Homenaje a José Luis Sampedro

Dios nos libre del día de las alabanzas, dice el refrán. En este caso, las alabanzas nunca tuvieron que esperar a ese día. Y hasta en la muerte tuvo la sencillez de su persona, la amabilidad de su pensamiento y la fluidez de su verbo.
En mi juventud, aunque no fue ese mi deseo inicial, estudié Económicas como muchas otras personas de mi generación. La Economía se estaba matematizando cada vez más. Modelos, números, complejidad. No me gustaba.
Un día, en Televisión Española vi a un hombre simpático, risueño, lleno de vitalidad. Ante mi asombro… ¡Estaba hablando de Economía…! Se llamaba Sampedro. Fue algo que me pareció increíble y me senté a verlo. Después de aquella entrevista, al día siguiente, fui a la facultad contento. Y convencido de que detrás de los números era verdad que había algo más… que debía haber algo más, las personas.
No contento con eso, el profesor Sampedro me tenía preparada una sorpresa aún mayor. Un reconocido economista como era, se convirtió en escritor. Pero no solo de ensayos de economía, sino de novelas. De unas novelas maravillosas y llenas de humanidad con las que nos ha hecho soñar. Aunque nunca dejó de ser “economista”, porque eso al final acaba marcándote, qué cambio de rumbo en su vida más transgresor en los momentos en que se produjo, de economista a novelista, de la seriedad a la fantasía.
Años más tarde me tocó enseñar a mí. Me acordaba de este hombre ejemplar y le intentaba poner a esas clases toda la dedicación, pasión y disfrute que podía, tal como me imaginaba que él lo haría. No sé qué pensarían mis alumnos si alguno llegara a leer esto.
El profesor Sampedro fue guía en muchos momentos en la vida de miles de profesores y alumnos que le apreciábamos de una forma sincera, no sólo por sus logros sino por su persona, su enorme persona.
Demostró que la economía no es tan aburrida como la mayoría hace pensar al resto, que se puede cambiar de vida, que se puede vivir con ilusión y alegría. Nunca le llegué a conocer personalmente aunque tuve una ocasión inmejorable para hacerlo, pero no importa. Su forma de ser y sus obras nos han quedado para que podamos seguir teniendo ilusión por una economía más humana y una vida mejor.
Muchas gracias, profesor. Su cuerpo ya no está con nosotros, pero usted no morirá nunca.