La Economía sin alma

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Hace ya bastantes años, asistí a un congreso de jefes de formación de entidades financieras y, tras una de las ponencias que correspondía a un profesor universitario, comenté que yo era un «economista frustrado». No recuerdo lo que pregunté en ese momento al ponente, pero sí que me definí de esta manera, y lo expliqué. Frustrado porque elegí una ciencia social y la matemática la había invadido. Frustrado por la evolución de unos mercados que ya no respondían a sus objetivos iniciales y habían caído en la más pura especulación. Frustrado porque el medio más sofisticado que habíamos creado para nuestro progreso, la empresa, se había convertido en un instrumento de tortura.

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Claro que podemos reconocer estos problemas e intentar darles solución para el mayor bienestar y felicidad de todos los componentes de nuestro «sistema». Pero nos encontramos con algunos inconvenientes:

  • Estamos inmersos en nuestra vorágine particular del día a día, de sacar adelante nuestro negocio, nuestro trabajo, nuestras obligaciones. Nos arrastra, nos dejamos llevar, no tenemos tiempo ni a veces fuerza para corregir nada, absolutamente nada, por pequeño que parezca.
  • Las respuestas las buscamos sólo dentro de nuestro entorno, en este caso en la Economía. Así no salimos del bucle, pero es que, tal y como está la vida, nos habremos centrado tanto en nuestra área concreta que difícilmente tendremos ocasión de buscar soluciones fuera.

Seguro que se nos pueden ocurrir más, pero nos quedaremos con estos dos para abrir boca, porque son muy importantes en nuestra vida y son capaces de darle forma a una existencia que puede llegar a ser infeliz. Y si no, pensemos un poco… ¿cuánta gente conocemos que esté verdaderamente contenta con su trabajo, con su empresa, con su modo de vida? Y cuando hablo del modo de vida no me refiero al del fin de semana que mucha gente desea desde que empieza el lunes (mala señal). A la hiperactividad senderista, montañera, de playa, de barbacoas, cines, teatros, espectáculos, discotecas, conciertos. De fútbol, tenis, baloncesto, balonmano y hasta golf y piragüismo. Lo que sea para la gran evasión, para sentir que te diviertes, que sales de la rutina, para «engañarte» como sea.

¿Malvivimos cinco días de la semana pensando sólo en esos otros dos de fiesta? Y eso si el fin de semana está libre porque ¿y quien trabaja en fin de semana, cómo se hace este planteamiento para los lunes o los miércoles? Si todo esto es así, vivimos más mal que bien. Y si en ese sagrado fin de semana las cosas no vienen como queremos, que no nos quepa duda de que el lunes está ahí.

La resaca del día a día.

Nuestro día a día nos consume, nos arrastra como una corriente de resaca en la playa. Y es tan peligroso como esa resaca, porque luchar abiertamente contra ese diario nos puede agotar hasta la resignación. Muchos lo llaman «rutina» pero creo que el concepto está equivocado. Las rutinas son una herramienta que tenemos y que necesitamos para sacar nuestra vida adelante. De hecho difícilmente podremos mejorar si no incorporamos elementos en nuestras rutinas que se establezcan como algo habitual en nuestra vida. Ese hábito aristotélico que conformará cómo somos y nos comportamos, nuestro carácter.

No se trata de la negación de nuestra condición actual, de romper con nuestro día a día, de cerrar la empresa e irnos a vivir a una cueva. Sólo cuando llegamos a extremos insoportables en la vida, tendrían justificación este tipo de cambios. Cambios de rumbo sacralizados por algunos programas de televisión que nos muestran la inmensa felicidad que obtuvieron algunos al dejar su trabajo en una gran ciudad con puestos de corbata diaria para servir comidas en un chiringuito de una playa de Puerto Plata.

No dudo de la felicidad que puede darnos ese planteamiento, pero es que la mayoría somos «normales», del centro de la campana de Gauss, y habrá también que pensar cuánta gente ha fracasado estrepitosamente en planteamientos radicales de ese tipo y han tenido luego que volver con el rabo entre las piernas a una existencia que les parecerá mucho más triste… o quizás no, una vez vista la experiencia con la cruel realidad por testigo.

Pues nademos como en una corriente de resaca, sin grandes resistencias, desviándonos poco a poco hasta encontrar la vuelta a la orilla. Usemos nuestras rutinas para introducir en la vida elementos de mejora, pequeños pero importantes para nosotros. Dejemos la impaciencia por nuestro día a día para disfrutar cada vez más pequeños momentos que se convertirán en grandes y permanentes hábitos. El tiempo así, estará a nuestro favor.

Si queremos leer más porque así nos sentiremos mejor, no nos planteemos tres horas todos los días porque seguramente no podremos. Pero quizás podamos veinte minutos tomando café por la mañana antes de trabajar, o en la cama por la noche antes de dormir. Nos parecerá poco y que no merece la pena. Pero hacedlo y cuando pase un año entero echad un vistazo al estante de los libros leídos, a ver qué os encontráis. Porque al final la cantidad irá siguiendo poco a poco a la calidad, y en la vida no todo es «cantidad».

Si el problema es la salud física, todos sabemos lo que pasa cuando nos proponemos ir al gimnasio todos los días, o salir a correr cinco veces en semana… o comer sólo verduras… no hay más preguntas Señoría…

Usemos las rutinas para mejorar nuestra vida, incorporemos pequeños detalles que nos hagan disfrutar. Los cambios bruscos y los objetivos demasiado ambiciosos que he señalado como ejemplos por todos conocidos como los de la lectura, el gimnasio, las dietas, etc, sólo nos provocarán frustración, porque participamos de un sistema social concreto, con unas formas que adoptamos y que son, hoy por hoy, nuestro estilo de vida, nuestra cultura. Y habrá que trabajar para ganarnos la vida, y cuidar la casa y habrá hijos (e hijas, para que nadie se enfade) que nos «quitarán» mucho tiempo… Y hasta cosas que nos gustan al principio, como la pertenencia a clubs, hermandades, asociaciones, etc, pueden convertirse en otras obligaciones que nos martiricen.

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Pero con el trabajo, la casa, los hijos… podemos incorporar este tipo de pequeñas cosas con las que disfrutar. ¡Quién sabe! Quizás encuentres los veinte minutos para leer esperando a que el niño salga del entrenamiento de fútbol en lugar de desesperarte por lo que tarda. O para escuchar música a todo volumen mientras limpias el salón. Nunca se sabe dónde va a saltar la liebre.

Y con todo aquello que «no sea una obligación» un sano NO también nos ayudará.

Sólo una advertencia en este punto de la potencia de una rutina para nuestra vida. Que también lo negativo entra por aquí. Así que tendremos que pensar si es conveniente fumar un cigarro después de comer o tomar una cerveza antes de cenar. Nada importante, pero pasará como con los libros del estante de los leídos después de un año.. ¿cuántos hay?

La solución endogámica.

El segundo inconveniente que señalé era buscar las respuestas a nuestros problemas siempre dentro y sólo dentro de nuestro entorno. Decía Avicena que para solucionar una enfermedad debían tratarse sus causas y no los síntomas, aunque si el estado del enfermo era de mucha gravedad, habría que actuar de urgencia sobre los síntomas. Parece que hoy en día nos quedamos sólo en la segunda parte, el enfermo en la UCI y a parar la fiebre.

Vivimos en sistemas globales, cada vez más globales para nuestro bien en muchas cosas y para nuestra desgracia en muchas otras. Esto implica un juego de acciones y reacciones cada vez más complicado por lo que cuando buscamos soluciones cada vez tendremos que ampliar más nuestro campo de actuación. Y el mayor problema será no encontrar una solución razonable dentro de nuestro ámbito de actuación, lo que nos llevará a intentar simplificar al máximo el problema y a obtener la menos mala de las soluciones. Es lo correcto para actuar de inmediato, algo que yo he defendido en muchas ocasiones: no podemos pretender siempre la solución perfecta al problema planteado. Será necesario utilizar la política del «mal menor», la menos mala de las soluciones, algo que ya planteara Aristóteles como forma de actuación, y es la segunda referencia que le hago.

Pero no deberíamos quedarnos ahí, solo en el cortísimo plazo. Será evidente que no hemos encontrado una solución correcta y una vía de actuación adecuada. Hemos hecho lo que debíamos ya que no actuar hubiera sido mucho peor. Sin embargo, se hará necesario que investiguemos la situación. Si no había una solución correcta dentro del entorno, seguramente sí la habrá fuera de él, por lo que deberíamos ampliar la búsqueda.

Si nos fijamos, no hay una sola crisis económica que no venga precedida de una intensa crisis social. Pero las soluciones que buscamos habitualmente son sólo «económicas», más o menos dinero en el mercado, mayor o menor tipo de interés, más o menos impuestos… Pero dejamos que sigan la hipocresía política, el populismo de los salvapatrias revolucionarios y, sobre todo los mismos patrones de consumo y de vida que han conseguido llevarnos a la situación crítica.

Deberíamos plantearnos qué es para nosotros la «buena vida». Significa «tener» o quizás es más «disfrutar», que no son la misma cosa por mucho que se intenten identificar los dos términos o que uno sea el resultado del otro. ¿Son correctos los patrones de consumo que tenemos hoy en día? Esto es lo que proviene de nuestro «estado social y personal» y lo que se refleja luego en nuestra actitud económica con respecto al consumo. Creo que sería necesaria una reflexión sobre nuestro modo de vida en particular y en la influencia sobre los otros modos de vida que hay sobre el planeta para prevenir futuras crisis, mucho más serias, que se plantearán sobre los recursos que utilizamos como si no tuvieran límite, además en muchos casos pasando por encima de lo que sea y de quien sea para obtenerlos.

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La ambición humana no tiene límites. Y la Economía debe recuperar su faceta social. Algunos conceptos económicos deberían ser replanteados a la luz de una ética empresarial real, y no la que se quiere disimular con un falso ecologismo que compense los desastres que se provocan. Y no me refiero con esto a los accidentes, que siempre pueden ocurrir, sino a los efectos de la actividad diaria que resulta nociva para el medio en el que vivimos personas y empresas. Porque el deterioro de las condiciones… ¿no perjudicará también en un futuro no muy lejano a estas empresas? Estoy seguro de que así será, pero prima el beneficio inmediato, confundido de manera malintencionada con el «bien vivir» al que me referí antes.

Es preciso que las soluciones a los problemas económicos no solo se busquen en la Economía sino que abran su campo de estudio al resto de la realidad humana, como ciencia social que es, y que se indaguen los problemas sociales, antropológicos y del medio ambiente. De lo contrario, las soluciones endogámicas y matematizadas de la Economía de la Empresa sólo conseguirán efectos rebote perniciosos aunque aparenten en un principio que mejoran la situación.

Tengo serias dudas de que nuestra élite dirigente tenga valor suficiente para abordar soluciones de este tipo. Por esto, será necesario que los distintos grupos que actuamos en economía, empresas, consumidores y, si ello fuera posible, nos niveles menos politizados de la administración, tomemos decisiones como resultado de una mayor apertura en el estudio de los problemas cotidianos. Debemos buscar las causas más lejanas, aquellas que están en el comportamiento de las personas, en su sentir y en su cultura. Sólo así las decisiones serán adecuadas y no paños calientes para salir del paso. Sólo así podremos llegar a una nueva Economía más social y a la vez más estable y beneficiosa para todos.

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