Objetivos en la empresa (y en la vida), ser o no ser.

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Es este un tema en la doctrina empresarial que parece que no tiene discusión: Los objetivos son necesarios en cualquier caso si queremos llevar adelante los negocios con un mínimo de confianza y seguridad y tener proyección en los mismos para afrontar el futuro con garantía.

Pero no debemos obsesionarnos con los mismos porque, como cualquier tipo de obsesión, nos llevará a conseguir unos resultados distintos de los deseados. Vemos empresas que presionan a sus profesionales hasta el punto de provocar en ellos ansiedad y hastío. Profesionales a los que llega a no gustar su trabajo a pesar de que en un momento hubiera sido su pasión.

Y esto tiene un importante coste para la empresa, mucho más allá de no haber obtenido los ansiados objetivos.

La definición de los objetivos.

En este punto, podemos plantearnos el por qué se dan estas circunstancias. Podemos pensar que los trabajadores no están a  la altura de los cometidos que tienen que realizar, que no tienen las actitudes o las aptitudes apropiadas. Es posible en algunos casos, con lo que la solución pasaría por desarrollar sus capacidades o sustituirlos. Pero cuando esto ocurre de forma habitual, quizás debamos pensar que el problema es otro. Y en cualquier caso, está claro que estamos provocando un desequilibrio en la empresa.

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Los objetivos deben suponer un reto para la empresa en su conjunto y para los trabajadores que los tienen que conseguir, deben tener cierto grado de ambición sana, pero no deberán estar planteados de forma que para su obtención tengamos que aplicar las capacidades productivas actuales de la empresa al cien por cien.

El proceso de definición de los objetivos, por lo tanto, resulta fundamental para tener un marco de actuación en un ejercicio económico y es beneficioso para todos en la empresa por una serie de motivos como los siguientes,

  • Permite conocer a todos los implicados qué cosas hay que hacer y participar en su definición.
  • Marca tiempos de actuación a lo largo del ejercicio económico.
  • Define las exigencias de recursos que va a tener la empresa en cada ciclo.
  • Supone un marco de actuación definido para la toma de decisiones.
  • Se pueden cuantificar las actividades de la empresa.
  • Marca pautas para conocer la efectividad y la eficiencia de nuestro trabajo.
  • Y sobre todo, supone un importante proceso de reflexión sobre nuestro trabajo.

Por lo tanto, el simple hecho de abordar un proceso de definición de objetivos en nuestra empresa nos permitirá un conocimiento muy importante y aprovechable de nuestras actividades, de nuestras aspiraciones y de los requerimientos necesarios para llevar a cabo todo esto.

¿Qué debemos tener en cuenta en la definición de los objetivos?

Hemos comentado que los objetivos deben tener una “ambición sana”, es decir, que deben ser exigentes, como todo aquello en la vida que nos hace progresar. Debe ser necesaria cierta disciplina para poder llegar a conseguirlos y por lo tanto un esfuerzo que suponga el desarrollo profesional de todas las personas implicadas.

Pero, como todo en la empresa, debe existir equilibrio, el concepto fundamental, aquél por el que el balance se llama así, y que encarna el sentido principal de toda empresa.

Estudiemos los recursos que tenemos a nuestra disposición y los que necesitamos para conseguir los objetivos fijados. Veamos de qué forma podemos llegar a conseguirlos: ¿necesitamos recursos financieros? ¿más personal? ¿o nuevas cualificaciones del personal que ya trabaja con nosotros?. Si no podemos conseguirlo, está claro que mantener los objetivos fijados nos llevará a la frustración de no ser capaces de llegar nunca a ellos ni de lejos. O a una sobreexplotación y utilización de recursos que no eran los adecuados.

El proceso de reflexión para la definición de objetivos debe tener en cuenta todo nuestro proceso productivo en su situación actual y las posibilidades reales de que evolucione para poder llegar a los objetivos planteados. Si no es posible, habrá que replantear los objetivos.

Siempre debemos también tener en cuenta el criterio de prudencia en el crecimiento y que consiste en que este crecimiento sea tal, que siempre podamos controlarlo con los recursos que se están definiendo para la empresa. De lo contrario, es posible que lleguemos a un nivel de éxito importante pero que se nos vaya de las manos, por lo que los desajustes que vendrán luego pondrán a la empresa en serios problemas para poder atender a los clientes con la calidad necesaria.

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Y una vez fijados, ¿qué?: El seguimiento de los objetivos

Ya hemos visto la importancia de una correcta fijación de objetivos. Con este proceso habremos ganado conocimiento de nuestra empresa y tranquilidad para abordar el futuro. Sabremos a qué atenernos, cuáles son nuestras posibilidades y cuál nuestra situación deseada.

Pero ahora será necesario comprobar cómo nos están saliendo las cosas. Si no lo hemos hecho antes, en el propio proceso de fijación de los objetivos, debemos también definir de qué forma se puede controlar luego su nivel y si estamos consiguiendo lo que nos habíamos propuesto.

Es necesario definir una serie de indicadores que utilizaremos a lo largo del ejercicio económico para poder controlar el nivel de cumplimiento de los objetivos. De lo contrario, podemos llegar al final del año sin saber cuál es nuestra situación y tener sorpresas desagradables. Debemos fijar unos momentos en los que hacer balance de la situación. Podrá ser un control trimestral, mensual o hasta semanal si es necesario. Quizás unos objetivos necesiten controles trimestrales y otros semanales, dependerá de la importancia y del ciclo de obtención de los mismos. Pero en cualquier caso, debemos definir los indicadores y cuándo los vamos a controlar.

Esto supone que vamos a prolongar nuestro proceso de reflexión de forma continuada a lo largo del año, que vamos a tener información, mejor o peor, pero la vamos a tener, y que vamos a estar en condiciones de tomar decisiones en nuestra empresa con conocimiento de la situación. ¿Nos hemos parado a pensar alguna vez el valor que tiene esto?

Y entonces… ¿cuál es el problema?

Fijar objetivos en la empresa es realizar un proceso de reflexión profundo sobre nuestra situación actual, nuestros puntos fuertes y débiles y nuestras aspiraciones. Merece la pena. Todo bien hasta aquí. Pero lamentablemente la situación real en la actualidad no es tan idílica.

Por una parte, los hay que no fijan los objetivos y van a la deriva, a impulsos todo el año, con cambios de humor constantes según si entran clientes o no. Por otra, los hay que los convierten en la razón de ser de la empresa. Ni unos ni otros habrán entendido nada de lo dicho hasta ahora y, siendo sincero, si tuviera que elegir entre una de las dos posturas, me quedaría con la primera.

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Todo lo que habéis leído hasta ahora, lo escribí en 2014. Como creo que parte de las soluciones que debemos buscar pasan por la reconsideración de determinados conceptos de la Economía, tenía un interés sano por ver si mis posturas en este tema se habían modificado, pero no ha ocurrido, lo que me ha dado una enorme satisfacción porque he conseguido mantener cierta coherencia a lo largo de los años entre lo que pienso, digo y hago. Hasta la primera frase de este punto que tratamos, he reproducido íntegramente el artículo original, sin cambiar una sola coma.

Como muchas herramientas en la vida, el problema no está en la bondad de las mismas sino en la utilización que hacemos de ellas. Podemos utilizar un martillo para clavar un clavo y reforzar una estructura o podemos usarlo para destrozar un reloj de alguien que nos caiga mal. No hay color en las opciones pero las dos son posibles. En otros artículos también hemos hablado sobre esto, como en la paradoja de la productividad, disponer de infinitamente mejores medios técnicos para, al final, acabar viviendo peor.

El caso de los objetivos no es algo distinto. Es otra herramienta mal utilizada. ¿Cuál es el problema? «hacer de los objetivos nuestro objetivo en la vida».

Imaginemos que no hemos conseguido los objetivos planteados a final de año: frustración y tristeza. Imaginemos que los hemos conseguido: satisfacción y alegría. ¿Estamos seguros de esto? Yo no lo veo así en todos los casos y diría que en la mayoría.

Y de nuevo la contradicción. Veo mucho más peligroso el segundo caso que el primero. Si no se consiguen, se lanza de nuevo un proceso de reflexión que nos puede ayudar a ver qué ha ocurrido con los recursos, los productos, los clientes, el mercado, la competencia, nuestras personas… puede iniciarse una reflexión muy productiva. Pero si los hemos conseguido, lo normal es borrón y cuenta nueva, a fijar los del año siguiente, se olvida todo lo que ha pasado o gran parte de ello. El error más grande en la empresa. Parece que nadie va a reparar en nada de lo que haya ocurrido pero todo queda en el subconsciente, por ejemplo, de clientes a los que hemos presionado para comprar sin necesidad evidente, en algunos casos por compromiso. O en el de las personas de nuestra organización que hemos exprimido hasta no tener mas fuerzas ni ganas de seguir. Parece que la satisfacción de la obtención de los objetivos borra todo esto pero no es así, ni siquiera con los incentivos.

Definamos lo que es importante para nuestra empresa.

Definimos objetivos porque queremos progresar y llegar a nuevas cotas. Y para esto reflexionamos, analizamos, discutimos. Hacemos una planificación y programas con los que las personas podrán desenvolverse. Adquirimos recursos o mejoramos los que ya tenemos, todo para conseguir lo más importante, los objetivos.

Pero creo que no es así. Nuestra empresa no es un «crecimiento del 7,5%», no es un «volumen de ventas de 600 mil euros», no es una «presencia en 15 comunidades», etc, etc… Nuestra empresa es «saber hacer aquello a lo que nos dedicamos», es un «compromiso de las personas» que trabajamos en ella, es una «relación de confianza» con los clientes, es «un proceso productivo eficiente» con los recursos a nuestra disposición, etc, etc… Eso es lo verdaderamente importante.

Si alguien ha preparado algún tipo de espectáculo, comprobará que el estreno de la función, si todo va bien, podrá ser una inyección de adrenalina increíble. Pero pasa rápido, y no será casi nada comparado con las horas de trabajo, de aprendizaje, de reflexiones y debates hasta llegar a ese día. Nuestra mejora, nuestro desarrollo, nuestra experiencia no nos la da el día del estreno sino todo el proceso anterior que hemos llevado a cabo.

Cuando terminamos una carrera, sentimos una gran (y efímera) satisfacción, pero no es ese día el que nos da el conocimiento y la capacidad de trabajo, sino las horas y horas que hayamos dedicado en los tres, cuatro o seis años anteriores hasta lograr ese objetivo, tener ese título. Porque, ¿qué son los títulos sin ese esfuerzo titánico?… puede que hoy sí que lo sepa alguien ante la acumulación de carreras, másteres, cursos de especialización, cursos de experto y poco trabajo.

Algo así ocurre en la empresa. Definimos objetivos y lo supeditamos todo a ellos, pero creo que esto es lo que hay que reformular en el concepto: los objetivos que marcamos SON UN MEDIO para poder llegar a lo importante: el análisis, la profesionalidad, el compromiso, la confianza, eso es nuestra empresa. Y no podremos llegar a nada si en todo esto no hay solidez… por mucho que cumplamos objetivos. Porque llegará un momento en que la maquinaria no lo soportará. Es el camino lo importante, el final puede ser muy diverso, en la empresa y en la vida.

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