Mínimo esfuerzo
Para operar según la ley del mínimo esfuerzo, hay que hacer un gran esfuerzo de lógica y criterio porque, que no se llame nadie a engaño, esto no es lo mismo que ser un flojo, todo lo contrario, es un «modus operandi» en la vida que implica un análisis de las situaciones, unas decisiones sobre los métodos de operar y un objetivo de ser razonablemente productivo para liberar tiempo que necesitamos para hacer otras cosas, que una de ellas será «nada», un arte ancestral de gran dificultad.
La Naturaleza opera según el principio del mínimo esfuerzo, otra cosa sería derroche de facultades y energía; los leones de la sabana se llevarían bastante mal con los centros comerciales nuestros por ejemplo. Fijémonos en que en la Naturaleza hay fallos. De vez en cuando aparece un tigre blanco, las abejas se desorientan y crean más de un problema en la ciudad, se desborda un río e inunda y arrasa todo a su paso o se quema un bosque entero (me refiero sin intervención humana) que deja una desolación total. ¿Por qué un mecanismo tan evolucionado tiene estos fallos? Porque la perfección costaría demasiado trabajo y recursos. Los maravillosos mecanismos de la Naturaleza que nunca nos dejan de asombrar son así porque su tendencia es a ser óptimos, pero nunca perfectos. Hay determinados costes que la Naturaleza no está dispuesta a pagar porque así perderá menos energía que la que necesitaría para llegar a la perfección absoluta en un procedimiento.
Pasa igual en la Economía. Todos sus mecanismos trabajan conforme a esta ley, que tiene la otra cara de la misma moneda en la ley del máximo rendimiento. Aunque un agente de la Economía pretenda la perfección en lo que hace, y por mucho que éste se empeñe, la propia confluencia de distintos participantes y elementos nos llevará a que dicha perfección nunca se alcance. Sólo si todos los factores y elementos que intervienen en un proceso de principio a fin estuvieran bajo nuestro control en todo momento, y decimos «todos y en todo momento», podríamos tener mayores probabilidades, y nunca todas, de obtener un resultado perfecto.
La realidad nos indica que este cúmulo de circunstancias nunca se da, por lo que la perfección no es rentable. Además, se ve claramente que estos esfuerzos por conseguirla no merecen la pena cuando vemos que la búsqueda de la perfección nos lleva a obsesiones como la de la limpieza, la vigorexia, la anorexia, etc.
Llegamos a la conclusión, por lo tanto, de que esta ley del mínimo esfuerzo resulta ser, como nos diría Aristóteles (siempre volvemos a él), el término medio entre dos extremos indeseables: por un lado, el «dejarse llevar siempre por las circunstancias», y ojo, que digo «siempre»; y por otro lado el fantasma de la obsesión en cualquier aspecto de la vida. Operar según el mínimo esfuerzo, como la Naturaleza y la Economía, nos alejará de las obsesiones perfeccionistas porque tienen un coste demasiado elevado para el resultado que vamos a obtener, que será básicamente no llegar nunca a lo que nos gustaría a pesar de haber consumido todos nuestros recursos, pero también nos alejará de la laxitud que consume nuestro espíritu hasta no poder llegar a ser ni la sombra de una persona, apenas un triste despojo sin ánimo ninguno.
En este punto de la reflexión, todavía alguien podría pensar que le estoy quitando un peso de encima, pero nada más lejos de la realidad: operar bajo la ley del mínimo esfuerzo es tremendamente complicado porque se trata, para cada hecho de nuestra vida, de analizar todos los elementos y procesos que le afectan, sistematizar todas las actuaciones que deberemos llevar a cabo y establecer un método para que, AHORA SÍ, nuestra vida sea más fácil y podamos hacer todas las cosas de la forma más sencilla, liberando tiempo que quedará a nuestra disposición para poder hacer otras que, si estuviéramos en alguno de los dos extremos, jamás podríamos hacer, y esta forma de actuar nos llevaría a nuestro «máximo rendimiento».
Las grandes empresas tienen departamentos dedicados a esta ley; yo he pertenecido a uno de ellos unos veinte años de mi vida profesional. Son los departamentos de Organización, o también los de Métodos, Procesos de trabajo, Productividad, etc. Donde hay que tomar la decisión de decir que no a un maravilloso desarrollo informático en un programa, que a cualquiera le gustaría, porque quizás en ese momento no venga al caso para lo que pretendemos y comprometería unos recursos que no hacen falta. O decidir todo lo contrario: hacer que los informáticos trabajen horas y horas en determinadas aplicaciones, muchas veces pensando que es un capricho del técnico de organización, para llegar a una «pequeña» mejora del programa pero que, en manos de miles de usuarios, supondrán un ahorro en tiempo para la empresa que habrá merecido la pena con creces.
La pequeña y mediana empresa y los autónomos no tienen departamento de organización, pero precisamente por eso es importante que los emprendedores tomen conciencia de esta ley tan simple, y a la vez tan difícil, del mínimo esfuerzo, porque pensar con este filtro económico y natural nos puede salvar muchas situaciones de dificultad. Porque se trata de hacernos la vida más fácil para trabajar mejor e incluso más, si queremos, pero sólo si queremos, porque trabajando así muy probablemente llegaremos a todo aquello que nos hayamos planteado y con suficiente margen para poder maniobrar si se da el caso.
Llegar a que los procesos, y en general todas las cosas de la vida, sean fluidos y simples, es decir, que utilicemos el mínimo esfuerzo para llevarlos a cabo, exige grandes dosis de reflexión, de pruebas y errores (muchos errores), de un método para trabajar y de unas rutinas que nos ayuden, pero sobre todo de la capacidad de analizar constantemente, casi por costumbre, todo aquello que nos ocurre incluidos los métodos y las rutinas por si acaso podemos hacer aún la vida más fácil.
Es evidente que la tecnología nos hace más productivos por ejemplo. Pero en otro artículo también analizamos la enorme esclavitud a la que nos está llevando. El dilema en este caso sería ¿ese incremento exponecial de tecnología y de productividad… nos hace mejores y más felices? Suponiendo que estos sean algunos de nuestros objetivos vitales. Por otro lado… ¿qué nos supondría quedarnos atrás, nos desconectamos de nuestro flujo vital y social o sería posible seguir si no estamos a la última? Pensemos en este caso en las personas mayores con los cajeros automáticos «que hacen de todo».
Debemos llegar a nuestro equilibrio con la tecnología en función de nuestra edad y necesidades. De ser capaces de usar más o menos a nuestro antojo y no por exigencias. De ver las bondades y comodidades para nuestra existencia que tienen los nuevos métodos y aplicaciones y usarlas, pero también ser capaces de eliminar todo el ruido que llevan alrededor.
También oímos decir que la rutina mata, que es necesario salir de ella para «vivir». Pero vamos a imaginar cómo sería un día en el que tuviéramos que pensar cómo nos afeitamos, cómo nos duchamos, cómo hacemos la cama, cómo conducimos, cómo comemos, cómo operamos con el móvil, etc. Sin duda no tendríamos tiempo suficiente en el día para hacer este conjunto de «banalidades», no digamos ya para dedicarnos a los temas importantes. Estamos hablando de las rutinas «operativas» por llamarlas de alguna forma. Pero hay otras rutinas no tan simples, que han sido sistemáticamente establecidas por nosotros mismos para nuestra comodidad o disfrute. Puede que tengamos la rutina de ver todas las noches una película después de cenar. O de levantarnos temprano para ir a desayunar a un sitio determinado y pasar una hora leyendo o preparando el día. O de ir lunes, miércoles y viernes una hora al gimnasio y darnos una paliza consentida, o escuchar música los domingos por la mañana. Lo hacemos porque nos gusta y nos sentimos bien; ¿tendría sentido que eliminásemos este tipo de rutinas de nuestra vida? Creo que no.

Sin embargo se nos alienta a salir de cualquier rutina aduciendo que nos comen la vida porque ¿qué haces sentado todos los días viendo una película? Bueno… antes a quien hacía esto se le llamaba cinéfilo y se le tenía por una persona culta y experta en «el séptimo arte». Pase, pero ¿y si cambiamos las películas por partidos de fútbol? Ahí sí que seguramente seremos crucificados y ¿por qué?, ¿quién determina que el cine es algo culto que ayuda a desarrollar a la persona y el fútbol es algo vulgar que la embrutece?, ¿la gente «culta» no puede ser aficionada al fútbol?

Pensad ahora que por alguna circunstancia no podéis atender alguna de esas rutinas… ¿fastidia verdad? Pues será necesario ver la importancia que realmente tienen en nuestra vida para definir si podemos dejarlas y analizar continuamente si podemos vivir sin ellas. En función de su objeto podrían ser buenas o malas pero muchas serán muy ambiguas, como la del ejemplo del párrafo anterior. De esto podremos hablar otro día y buscar un criterio para definir lo que es bueno o malo para nosotros, pero lo que nos atañe hoy es que el hecho de que nos saquen de una de esas rutinas afecta a la ley del mínimo esfuerzo para nosotros… y esa es la razón de que nos fastidie tanto. Estas rutinas han conseguido un equilibrio de esfuerzo y resultado óptimo para nosotros, nos sentimos bien en ellas, y si sus objetos son legales, si son respetuosas con los demás y además dominamos los esfuerzos necesarios para llevarlas a cabo, tenemos un resultado satisfactorio desde muchos puntos de vista.
Pueden ser algunas de esas zonas de confort de las que mucha gente nos quiere sacar y no niego que en algunos casos sea conveniente. Si las rutinas nos hacen desarrollarnos, crecer como personas y ser relativamente felices, quizás no debamos plantearnos su abandono. Pero cuando aparece la inercia y se hacen las cosas porque siempre fueron así, cuando nos vamos desplazando peligrosamente de la ley del mínimo esfuerzo al estado de dejadez personal, sí que será hora de cambiar los planteamientos. Porque nada hay fijo en la vida, exactamente igual que ocurre en la economía; el cambio y la incertidumbre siempre están ahí y fijaros que las rutinas intentarán frenar estos dos elementos para ofrecer un panorama de estabilidad a la persona. Pero en ningún caso podrán hacerlos desaparecer, por lo que una de las cosas más importantes es que revisemos periódicamente nuestras costumbres para estar convencidos de que deben seguir siendo las mismas, algo que puede ser muy crítico cuando afecta a creencias y criterios, o cuando hay una carga importante de nostalgia posible por la desaparición de algo en nuestra vida.
Pensemos que ante cambios en la vida y en nuestro entorno, mantener igual todo puede suponer un trabajo que nos saque de la aplicación de la ley del mínimo esfuerzo, con lo cual procedería una reformulación. Sin embargo, mucho cuidado, porque aplicar esta ley sin criterio nos llevará en algunos casos a dinamitar nuestras creencias más profundas y esto sí que nos llevará a una vida vulgar y a la dejadez que se sitúa en el extremo opuesto a la perfección.


4 de octubre de 2023 en 7:37
[…] de las que ya hablé en otras ocasiones y también en el artículo anterior dedicado al uso de la «ley del mínimo esfuerzo». Siguiendo el razonamiento que expongo en este artículo, la mayoría de nuestras rutinas […]