Mes: octubre 2023

Personas y empresa (I) – ¿Qué se espera de mí si soy el jefe?

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Si se consultan en internet las tipologías de personas que hay en una empresa, nos va a salir una innumerable relación de clasificaciones, unas más originales que otras y con más o menos sesgo cómico, que analizarán este tema desde todos los puntos de vista posibles. Son artículos, por lo general que tienen muchas lecturas porque son como el horóscopo: sencillos de leer y que despiertan una curiosidad por ver lo que pone, en este caso sobre todo para intentar identificarnos con alguna de las tipologías que describe, buena se entiende, porque todos somos muy buenos en la empresa y resultaría difícil identificarse con uno de los perfiles problemáticos que se mencionen.

Sin embargo, como ejercicio personal, esta identificación con un perfil de los «malos», incompletos o que no aportan mucho, sería muy enriquecedor por el gran recorrido de mejora personal que supondría aunque solo fuera por el simple reconocimiento de que no todo es color de rosa con nosotros mismos. En realidad nos resultará mucho más fácil encuadrar a cualquier otro en estos perfiles que a nosotros mismos, por lo que, si del criterio personal de cada uno dependiera, estas categorías problemáticas estarían vacías o con sólo un grupo de valientes capaces de reconocer errores.

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Si esto sólo se usara para satisfacer una curiosidad y no como un criterio de trabajo, no tendría mayor importancia pero es que sí que se usa. Y como ejemplo, hace poco escuché unas declaraciones de un miembro del sindicato Csif, de la Administración, hablar de la situación en los centros infantiles de Andalucía, que habían empezado el curso con plazas sin cubrir, lo que planteaba serios problemas de servicio en algunos centros. Gracias a Dios, ese era el único problema, que estaba siendo solventado por una «abnegada» y competente plantilla de trabajadoras (y trabajadores, que en este sector son mayoritarias). Una pregunta… ¿toda la plantilla es competente? Típico sesgo sindical: el problema es de número, pero para él todos los trabajadores son buenos, en ningún caso considera que hay gente que no sirve ni para estar escondida y debería buscar otro sitio para estar. 100% de competencia laboral… pero quizás algunos centros tengan problemas por bajas (y no me refiero a las normales), o por falta de rendimiento de algunos trabajadores, o directamente por inadecuación y falta de competencia en su trabajo de algunos otros. Esto no se mira porque sería señalar a algún «compañero» o «compañera» y eso no está bien, aunque esté causando que el resto estén haciendo un sobreesfuerzo real o que estén causando una deficiencia del servicio también «real».

Por lo tanto, al analizar la categorías tendemos a tener un sesgo, tanto al calificarnos a nosotros como a los demás, pero sobre todo, a nosotros. Y quizás el problema sea que, como tendemos a categorizarlo todo de forma «absoluta», estamos perdiendo la riqueza que nos da la diversidad de las situaciones en la empresa y en la vida misma. Si cambian las circunstancias, nuestro comportamiento puede cambiar. Si soy capaz de aprovechar las enseñanzas que recibo de la vida, probablemente también. Y eso hará que podamos pertenecer simultáneamente a varias categorías de las que vamos a analizar en esta serie de artículos. Haré mi propia clasificación en base a la experiencia que tengo y para ello, como decía Nietzsche, tendré que dejar de leer sobre este tema, porque si no, no será lo que yo piense y pueda aportar sino un resumen o una amalgama de las opiniones más o menos versadas de los demás.

Pero voy a comenzar la casa por el tejado. Este grupo de artículos va a responder a una demanda de emprendedores que tiene curiosidad y necesidad de saber cómo bregar con los recursos humanos de su empresa, cómo comunicarse con ellos, cómo motivarlos, etc, porque soy su responsable, empresario, emprendedor, coordinador, jefe o como le queramos llamar a esta figura. Pero hay una pregunta fundamental: ¿qué es lo que se espera de MÍ? Tendremos que reflexionar sobre si yo estoy preparado para trabajar con toda esta tipología de personas cambiante que vamos a describir aquí, y si no lo estoy, que puede ser perfectamente, en qué facetas debo evolucionar para estarlo. Porque, en realidad, nunca se está suficientemente preparado para tratar con todas las personas en todas las situaciones… siempre habrá una nueva.

A estas cuestiones del desarrollo directivo se le han dado todas las vueltas del mundo. Se han volcado las reflexiones sobre el tema técnico, luego sobre el humano, se han impartido miles de cursos de desarrollo directivo con técnicas para manejar equipos y tiempos y al final, después de décadas, la misma doctrina del «Management» nos dice que «no podrás ser un buen jefe si no eres una buena persona». Así de simple… y así de complicado. Porque ser buena persona no significa bajo ningún concepto ser «tonto». Y si hoy, al cabo de tantos años y tantos jefes que he tenido, pienso un poco en esta cuestión, puedo confirmar que es cierta.

Pero, bajando a la tierra, ¿en qué áreas debería trabajar entonces? Porque para tener un cargo de responsabilidad también operará que no se comporta uno igual en todas las situaciones. Por lo tanto, habrá que considerar que tampoco nosotros como jefes seremos «absolutamente buenos» o absolutamente malos», al igual que hemos hecho referencia a que con los trabajadores pasará esto mismo.

Pues vamos a recuperar cuatro términos de nuestra tradición occidental que concretan muy bien el resumen de una vida buena y responsable. Si nos remitimos a la religión Cristiana, las denominó «virtudes cardinales», pero estos conceptos fueron absorbidos por esta nueva línea de pensamientos y provienen de nuestra tradición Grecorromana muy anterior. Del mismo modo, existen valores parecidos que rigen la vida en otras culturas: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.

La prudencia, la virtud por excelencia que nos decía Aristóteles, con su otra inseparable cara de la moneda, la sabiduría (práctica) que nos va a permitir saber afrontar las diferentes situaciones que la vida nos presente y que nos ayudará a navegar con rumbo, manteniendo nuestros criterios y siendo capaces de adaptarnos a las circunstancias en cada momento. Y estas dos caras de la moneda sólo se adquirirán a través de la experiencia que nos ofrece la vida, pero una experiencia activa, con implicación, con ganas de llegar a conclusiones sobre lo que pasa a nuestro alrededor y que nos permita tomar en un futuro decisiones correctas.

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La justicia, para dar a cada uno lo que le corresponde, para tratar a las personas como un fin en sí mismas y no como un simple medio para conseguir algo. Y remarco lo de dar «lo que le corresponda», nunca a todos lo mismo, porque no se trata de igualar en los resultados como hacen las políticas «buenistas» a las que tan acostumbrados estamos en los últimos tiempos para la compra patética de votos y el mantenimiento en el poder, sino de ofrecer a cada persona los medios que necesitará para su desarrollo y el reconocimiento y las recompensas que se deriven de sus actos.

Fortaleza para sacar adelante los retos y superar las dificultades. Para hacer lo correcto en cada momento aunque existan otras opciones más placenteras, para asumir lo que nos plantean las distintas situaciones de la vida, incluso aquellas en las que ser prudentes no ha bastado. Aquellas en las que hay que debatirse entre lo correcto y lo que no lo es y en las que incluso tenemos que decantarnos por esta segunda opción para evitar males mayores.

Y la templanza para «gobernar» sobre nosotros mismos, sobre cuerpo y alma, para alejarnos de los extremos y para soportar los errores de acercarnos a veces demasiado a ellos. Para no caer en perfeccionismos obsesivos o dejadez indolente que nos denigra. Es esta una virtud dedicada por entero a nuestro interior, como la del acero de una espada, para el que también se usa este término, de forma que nunca llegue a romperse.

Si pensamos en un jefe «buenista» de los que abundan hoy en día, es decir, ese ejército de «tontos» de los que habíamos hablado antes, probablemente no tengan ni siquiera un mínimo razonable en ninguno de estos aspectos: tratan a todos por igual, con lo que benefician a quienes menos lo merecen, eluden las dificultades y «sacan balones» continuamente, son gente que, si es que llegan a tener experiencia en algo, no son capaces de usarla para nada y tienen una vida probablemente hedonista y sin sentido. Y sí, es verdad, por los recovecos de la vida se nos cuelan en todos los ámbitos y son los que en muchos sitios están «liderando», entre comillas y por llamarlo de alguna manera, los procesos vitales en los que nos vemos envueltos; empresa, política y sociedad en general. También habrá que pensar que algo no habremos hecho bien si esta horda de incapaces es la que nos gobierna en la mayoría de los ámbitos. Será que el buen juicio y la capacidad se retira a cuarteles de invierno cuando es la ineptitud la que campa a sus anchas.

A medida que alguien consiga progresar en esas cuatro virtudes seguramente aparecerá un estado de «calma vital», aunque sea a destellos momentáneos, que nos indicarán que avanzamos por buen camino. Hará falta tiempo para esto. Si hemos dicho que la prudencia y la sabiduría se adquieren con la experiencia, podremos quizás explicarnos por qué la gente joven no conoce esa calma. Cuando no hay justicia, en el sentido descrito, no puede haber calma. Si las situaciones nos dominan en lugar de nosotros a ellas, tampoco la habrá. Y si, al final, no conseguimos controlar nuestros impulsos, también tendremos más ansiedad que sosiego.

Trabajemos estas virtudes, no sólo porque los demás es lo que esperan de nosotros si tenemos que liderar un proyecto, una empresa o una comunidad cualquiera, sino porque nosotros mismos también será eso lo que queramos de nuestra persona.

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Complejos de culpa (I) – Productividad obsesiva

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Pase que en España no seamos los más productivos del mundo, que desaprovechemos el tiempo un poco y no consigamos hacer en el mismo tiempo todo lo que un alemán, francés o noruego son capaces de hacer. También habrá que ver si por el camino de hacer las cosas, esas que nos han costado a nosotros más tiempo, ellos han disfrutado más o menos que nosotros, porque puede que la productividad sea mayor en sus casos pero la satisfacción menor. Es importante, eso sí, que el resultado final pueda tener la misma calidad en todos los casos.

Siempre que sale una estadística de productividad en Europa, o, en general, en ese grupo de países denominados «del primer mundo», comienza el debate por la posición de España. Una serie de expertos han definido los parámetros, en este caso de la productividad, de forma aséptica y fría y según unas teorías de la producción que no consideran bien los entornos y las formas de ser, y se acaban estableciendo las escalas de quiénes son mejores o peores. Pero según esos criterios sobre los que, muy probablemente, nadie nos ha preguntado.

Y así, siguiendo el error perpetuo de España desde que terminó el siglo de oro y empezó a fraguarse la ideología liberal y progresista, lo que viene de fuera siempre es lo mejor y se convierte en ley, nosotros no somos capaces de hacer nada a derechas y de establecer el más mínimo criterio y, por lo tanto somos una especie de «chuflas» y retrasados ante una Europa que nos escribió la historia. ¡Todos a acomplejarse!… Y hasta hoy y prácticamente en todos los aspectos de la vida: en cada parcela, una mayoría de acomplejados y una pseudo élite de expertos que se sienten por encima del común de los mortales porque defienden criterios que se han establecido en otros sitios «más avanzados», sin la más mínima capacidad de crítica hacia esos criterios que nos tenemos que «tragar» y sin ser capaces, tanto que saben, de proponer nada nuevo.

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Pero creo que sería necesario que nos hiciéramos algunas preguntas, porque según su respuesta es posible que cambie mucho la situación:

Ante esta situación de la productividad por ejemplo, ¿aplicamos igual o mejor tecnología? Si la respuesta es que no, tenemos un claro margen de mejora que podremos analizar para igualarnos y probablemente con esas mejoras podremos alcanzar el mismo nivel. Aquí no habría mucha justificación de esos complejos, existe realmente un desfase y simplemente nosotros decidiremos cómo y cuándo hacer esas mejoras.

Si la respuesta es que sí y tenemos a nuestra disposición las mismas herramientas, entonces la cosa será algo más complicada y tendríamos que pasar a una segunda pregunta: ¿Es siempre así o estamos en aquello de generalizar por costumbre? Un vicio muy instaurado en nuestro país, analizamos unos resultados parciales e inmediatamente, si son malos claro, lo extendemos a la generalidad de los casos. Esto nos llevará al resultado de que habrá una gran mayoría trabajando muy bien, pero bajo el estigma de que no lo hace y sólo porque hay algunos que no cumplen esos estándares (que vienen de fuera). Tampoco caben aquí complejos porque en ningún sitio del mundo existirá un nivel de uniformidad total en la actividad económica y siempre «habrá de todo en la viña del Señor».

Pero está también la otra opción, que efectivamente sea siempre así en la mayoría de los casos, y teniendo a nuestra disposición la misma tecnología, los resultados sean peores. Esta situación nos llevaría a la tercera pregunta: ¿Nos importa realmente? Porque ya aquí, estamos entrando en otro tipo de análisis muchísimo más profundos aunque nos parezca todo lo contrario.

En el caso que nos ocupa de la productividad en el trabajo, el desfase podría significar que yo tardo, por ejemplo, tres horas más en hacer la misma tarea, con la misma calidad, que un holandés o un alemán teniendo a mi alcance las mismas herramientas y el mismo conocimiento personal y experiencia que ellos. Si esas tres horas además, las cobro, la empresa o el proyecto incurrirá en unos mayores costes de personal (suponiendo el mismo salario, que sabemos que en muchos casos no es así). Por lo tanto, o el margen será menor o, para tener el mismo que mis dos competidores, tendría que subir el precio del producto o servicio que he llevado a cabo. En ambas circunstancias mi negocio pierde, en teoría.

Y aunque haciendo las cuentas esto sería un hecho constatable, también he dicho «en teoría». Hagamos un supuesto: he tardado tres horas más porque he atendido, cuando no estaba previsto, a dos compañeros de trabajo que me pidieron opinión o ayuda para sus distintas actividades en lugar de ser un «estreñido» que les cortó en seco y les dijo que me pidieran cita por correo electrónico. Como consecuencia de esa ayuda, uno de ellos ha logrado una solución para la suya y el otro ha aprendido algo que incorporará de forma continuada como mejora a sus actividades diarias. La vida es compleja, como dije en otro artículo, así que, ¿qué balance podríamos hacer ahora? Mi actividad ha resultado algo más «cara» sí, pero posiblemente las mejoras de los otros dos compañeros han generado una notable mejora de la productividad de ellos y, por lo tanto, una mejora de la productividad «general» de la empresa desde ese preciso momento. ¿Con qué nos quedamos? Probablemente ya no sea tan crítica mi peor productividad, aunque también dichas aportaciones se las podría haber hecho en otro momento planificado más adelante y lo tendríamos todo… ¡o no!

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Imaginemos que esas horas de más NO LAS COBRO. ¿Por qué puede ocurrir esto? Porque la empresa (que en muchos casos puedo ser yo mismo) no me las va a pagar aunque realmente hicieran falta para el proyecto; mal vamos, pero este es un tema muy distinto, porque si hacían falta, algo cambia en las condiciones con respecto al holandés y al alemán, pero en cualquier caso el coste de la actividad debería ser superior y estaríamos falseando los resultados… y esto da, no sólo para un artículo, sino hasta para un libro entero, y le dedicaremos tiempo al tema de los costes.

Pero, por ahora, vamos a las otras opciones: me han interrumpido esos compañeros y les he atendido con el resultado que he dicho antes y YO he decidido trabajarlas para terminar mi proyecto. O simplemente YO he decidido tomármelo con más calma en mi trabajo y de forma consciente he tardado más para hacerlo de una forma más tranquila, segura, e incluso disfrutándolo más. Con la primera opción (que es la que haría cualquier autónomo o pyme), la empresa no sólo no ha incrementado el coste sino que ha tenido una mejora; con la segunda opción (que es la que «debería» hacer el autónomo alguna que otra vez) no ha tenido incremento de coste y la persona ha seguido una decisión propia que entendemos que es satisfactoria para su bienestar personal.

En estos casos estoy sacrificando tres horas de mi vida personal para dedicarlas al trabajo sin tener ninguna compensación «económica», pero quizás de otro tipo sí (satisfacción por la ayuda prestada, satisfacción por disfrute de mi trabajo… y así podríamos seguir con este tipo de justificaciones por el que una buena parte de la población nos diría que somos tontos, que no debemos hacerlo, que deberíamos reclamar más salario, negarnos en redondo, acudir a la justicia o incluso a los sindicatos para que empiecen a envenenarlo todo, aunque eso era antes, ya ni eso…).

Es posible que nuestra forma de trabajo sea distinta a la del holandés o a la del alemán, pero el punto crítico es, según yo creo, ese «YO he decidido» que he usado antes y que constituye una libre y consciente elección de mi situación en el trabajo y que nadie puede ni debe criticar, porque hay fundamentos que no podemos imaginar detrás de cada comportamiento humano. Si nos fijamos, salvo en el último caso en el que decido trabajar de forma más relajada, en los demás en que atiendo a mis compañeros, cobrando las horas o sin cobrar, en realidad el problema es de una simple imputación contable, porque esas tres horas (y su correspondiente coste), nunca deberían haberse imputado al proyecto en cuestión, por lo que mi productividad habría sido la misma que la de los del norte, y si he cumplido al final los plazos, que es donde deberíamos tener mucho cuidado, incluso superior por las aportaciones realizadas a las demás actividades.

Si nos encontramos en estas situaciones, cualquiera de ellas, que son además la mayoría, COMPLEJOS NINGUNO, sólo mirada al frente y defensa de nuestra forma de trabajo, esa que nos hace más afables y que vivamos mejor si no fuera por el permanente complejo de culpa que tenemos en este tema concreto de la productividad.

Pero mucho cuidado: si no rindes lo suficiente, tardas más siempre, no aportas mucho al resto e incluso no cumples plazos… si siempre hay una excusa para lo que no se hace y una queja del poco tiempo que se tiene y lo complicado que resulta todo, probablemente debas plantearte que eres un flojo o un inútil o incluso las dos cosas juntas y que tu sitio no está ahí, en esa empresa y probablemente en ninguna otra, y si no cambias de actitud, deberías acabar en un sitio que yo personalmente no acabo de concretar o, como mínimo, en una cola de las tantas que hay para ayudas sin contraprestación alguna, quitándosela también a alguien que realmente la necesite, que hasta para eso se puede ser inútil en grado máximo.

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¿Por qué? – Reflexiones sobre complejidad

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Esta es una pregunta tremenda. Yo diría que es «la pregunta» por excelencia. Fijaros que es la más repetida por los niños cuando aprenden a hablar y no saben todavía cómo funciona esto de la vida, y puede llegar a tal punto que a algunos progenitores les entre un deseo desenfrenado de tirarse por la ventana… o de tirar al niño. Porque esta pregunta exige una respuesta razonada, o al menos razonable, o una aceptación un poco amarga de desconocimiento o de no tener muchas ganas de líos. Tanto si se responde como si no, siempre hay consecuencias, deseadas o no.

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Admitamos que algunas veces las preguntas son inoportunas y evitables, y me refiero ya no a las de los niños (que serán inevitables), sino a las de los mayores con uso de razón. También tendremos que admitir que las respuestas en la mayoría de los casos no serán fáciles, bien porque la situación sea comprometida, bien porque, aunque no lo sea para el interrogado, la respuesta en sí sea difícil.

Y esto hace que nos planteemos el problema de «la complejidad», que tan bien ha tratado el filósofo francés Edgar Morin, a través de la «dialógica», el enfrentamiento necesario de contrarios.

«Legítimamente le pedimos al pensamiento que disipe las brumas y las oscuridades, que ponga orden y claridad en lo real, que revele las leyes que lo gobiernan. El término complejidad no puede más que expresar nuestra turbación, nuestra confusión, nuestra incapacidad para definir de manera simple, para nombrar de manera clara, para poner orden en nuestras ideas.»

Edgar Morin – Prólogo de «Introducción al pensamiento complejo»

Son múltiples los ejemplos muy contradictorios que nos encontramos de esta dialógica en nuestro desarrollo social y económico. Por ejemplo, la libertad se obtiene coartándola, es necesaria la ley (coerción) para garantizar las libertades individuales. Y para tener seguridad es necesaria la amenaza (policía). Para obtener bienestar físico es necesaria la disciplina y el sacrificio. Hasta la cosa más simple que nos podamos imaginar funciona, y progresa, con este enfrentamiento de contrarios.

Como Morin nos dice en el libro citado, la ciencia progresa porque es capaz de simplificar (consenso) y poner en duda de forma sistemática (conflicto). Progresa en definitiva porque es compleja. La evolución de la ciencia se logra a través de la puesta en duda de conceptos que en un principio quedaban fuera de su campo de actuación. Fundamentalmente se pusieron en duda los dogmas religiosos que imperaban en cada época para llegar a deducciones y demostraciones de las leyes que operaban en la naturaleza. Sin embargo, una vez superados todos estos dogmas y de dejar la religión en otro nivel de nuestra existencia, los nuevos dogmas sobre los que dudar serán los propios principios de la ciencia que se convierte en la nueva religión a superar. Y a medida que buscamos esos «ladrillos» de la creación, todo se va, a su vez, volviendo más y más complejo hasta tener que hacer los «nuevos actos de fe» sobre lo que nos dicen los científicos, porque entender lo que se dice entender, está al alcance de muy pocos, convertidos en los sumos sacerdotes de las nuevas creencias que durarán más o menos tiempo hasta que sean sustituidas por una nueva investigación aún más compleja.

Por lo tanto, cuando hacemos la consabida pregunta del título, por muy sencilla que veamos una situación, nunca llegaremos a saber de verdad en qué berengenal nos estaremos metiendo y cuál va a ser el resultado de nuestra investigación. Porque ante la situación que nos pueda parecer más sencilla se pueden esconder motivaciones muy profundas, muy complejas y, sobre todo, muy interconectadas.

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Y voy a tocar de nuevo el tema de nuestras rutinas y su análisis de las que ya hablé en otras ocasiones y también en el artículo anterior dedicado al uso de la «ley del mínimo esfuerzo». Siguiendo el razonamiento que expongo en este artículo, la mayoría de nuestras rutinas conscientes se establecen en función de esta ley vital y pueden permanecer en el tiempo de forma indefinida si no nos las replanteamos nunca y nos sentimos cómodos con ellas. Aparecerán como el resultado de un análisis de todas nuestras circunstancias en un momento dado y se establecerán como una solución óptima para nosotros, como aquello que de una u otra forma «nos facilita y resuelve la vida». Pero es posible, casi seguro, que las circunstancias cambiarán. ¿Cambiaremos también nuestras rutinas? En estas situaciones puede ser necesario que aparezca la consabida pregunta: ¿Por qué?, ¿Por qué sigo haciendo esto o aquello? ¿Tiene sentido en mis circunstancias actuales?

Y nos podemos encontrar con distintos niveles de dificultad a la hora de respondernos. Dependerá de la trascendencia del hecho y de la profundidad con que hayamos admitido la rutina: no será lo mismo decidir a qué hora me levanto por la mañana que cambiar mi residencia; y habrá también una diferencia importante entre el «tener que» y el «querer». Por ejemplo, en cuanto a la hora de levantarme, si ya no tengo que ir a trabajar porque he cambiado al turno de tarde o me he jubilado, ¿tengo que seguir levantándome a las seis de la mañana?; es evidente que no, porque no tendré que estar ya en el trabajo a las ocho pero, ¿quiero seguir haciéndolo?; puede que sí, aunque a muchos les pueda parecer una idiotez; ¿qué sentido tiene que lo sigamos haciendo?

Pues puede que algunas rutinas que nos imponemos por obligación, como la de ir a trabajar, deriven en otro tipo de circunstancias personales que sean reconfortantes para la persona; quizás nos guste el frescor de la mañana (o directamente el frío en el invierno), que nos guste conducir, que ese primer café con tiempo no tenga precio, que se le añada un poco de lectura cuando las revoluciones del día aún no son muchas, ni las nuestras ni las de nadie…, que todas estas cosas juntas te hagan afrontar el día con más ganas, etc. De esta forma, la obligación de ir a trabajar ha generado una serie de elementos de los que no tenemos por qué prescindir. Sin embargo, a cualquiera que lo vea desde fuera, estos elementos por separado les parecerán una idiotez que no justifica el que nos sigamos levantando tan temprano, pero el conjunto puede que para nosotros sea importante.

Fijaros que todo esto que he comentado en el párrafo anterior puede llegar a justificar que una persona se siga levantando temprano independientemente de que desaparezca la causa que en principio lo generó. Y no estamos hablando en este caso de algo «vital», de una de esas cuestiones de peso en nuestra existencia. Sin embargo, ya para este hecho existen múltiples razones de fondo que alguien de fuera no se podrá explicar. Imaginemos qué profundas cuestiones aparecerán cuando el «¿por qué?» lo dirijamos hacia una de esas cuestiones vitales. Es posible que haya algunas razones a las que nunca seamos capaces de llegar, a veces ni nosotros mismos. Por eso, en multitud de circunstancias no queremos hacernos determinadas preguntas, y es cierto que, a veces, es mejor no hacerlas.