¿Por qué? – Reflexiones sobre complejidad

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Esta es una pregunta tremenda. Yo diría que es «la pregunta» por excelencia. Fijaros que es la más repetida por los niños cuando aprenden a hablar y no saben todavía cómo funciona esto de la vida, y puede llegar a tal punto que a algunos progenitores les entre un deseo desenfrenado de tirarse por la ventana… o de tirar al niño. Porque esta pregunta exige una respuesta razonada, o al menos razonable, o una aceptación un poco amarga de desconocimiento o de no tener muchas ganas de líos. Tanto si se responde como si no, siempre hay consecuencias, deseadas o no.

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Admitamos que algunas veces las preguntas son inoportunas y evitables, y me refiero ya no a las de los niños (que serán inevitables), sino a las de los mayores con uso de razón. También tendremos que admitir que las respuestas en la mayoría de los casos no serán fáciles, bien porque la situación sea comprometida, bien porque, aunque no lo sea para el interrogado, la respuesta en sí sea difícil.

Y esto hace que nos planteemos el problema de «la complejidad», que tan bien ha tratado el filósofo francés Edgar Morin, a través de la «dialógica», el enfrentamiento necesario de contrarios.

«Legítimamente le pedimos al pensamiento que disipe las brumas y las oscuridades, que ponga orden y claridad en lo real, que revele las leyes que lo gobiernan. El término complejidad no puede más que expresar nuestra turbación, nuestra confusión, nuestra incapacidad para definir de manera simple, para nombrar de manera clara, para poner orden en nuestras ideas.»

Edgar Morin – Prólogo de «Introducción al pensamiento complejo»

Son múltiples los ejemplos muy contradictorios que nos encontramos de esta dialógica en nuestro desarrollo social y económico. Por ejemplo, la libertad se obtiene coartándola, es necesaria la ley (coerción) para garantizar las libertades individuales. Y para tener seguridad es necesaria la amenaza (policía). Para obtener bienestar físico es necesaria la disciplina y el sacrificio. Hasta la cosa más simple que nos podamos imaginar funciona, y progresa, con este enfrentamiento de contrarios.

Como Morin nos dice en el libro citado, la ciencia progresa porque es capaz de simplificar (consenso) y poner en duda de forma sistemática (conflicto). Progresa en definitiva porque es compleja. La evolución de la ciencia se logra a través de la puesta en duda de conceptos que en un principio quedaban fuera de su campo de actuación. Fundamentalmente se pusieron en duda los dogmas religiosos que imperaban en cada época para llegar a deducciones y demostraciones de las leyes que operaban en la naturaleza. Sin embargo, una vez superados todos estos dogmas y de dejar la religión en otro nivel de nuestra existencia, los nuevos dogmas sobre los que dudar serán los propios principios de la ciencia que se convierte en la nueva religión a superar. Y a medida que buscamos esos «ladrillos» de la creación, todo se va, a su vez, volviendo más y más complejo hasta tener que hacer los «nuevos actos de fe» sobre lo que nos dicen los científicos, porque entender lo que se dice entender, está al alcance de muy pocos, convertidos en los sumos sacerdotes de las nuevas creencias que durarán más o menos tiempo hasta que sean sustituidas por una nueva investigación aún más compleja.

Por lo tanto, cuando hacemos la consabida pregunta del título, por muy sencilla que veamos una situación, nunca llegaremos a saber de verdad en qué berengenal nos estaremos metiendo y cuál va a ser el resultado de nuestra investigación. Porque ante la situación que nos pueda parecer más sencilla se pueden esconder motivaciones muy profundas, muy complejas y, sobre todo, muy interconectadas.

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Y voy a tocar de nuevo el tema de nuestras rutinas y su análisis de las que ya hablé en otras ocasiones y también en el artículo anterior dedicado al uso de la «ley del mínimo esfuerzo». Siguiendo el razonamiento que expongo en este artículo, la mayoría de nuestras rutinas conscientes se establecen en función de esta ley vital y pueden permanecer en el tiempo de forma indefinida si no nos las replanteamos nunca y nos sentimos cómodos con ellas. Aparecerán como el resultado de un análisis de todas nuestras circunstancias en un momento dado y se establecerán como una solución óptima para nosotros, como aquello que de una u otra forma «nos facilita y resuelve la vida». Pero es posible, casi seguro, que las circunstancias cambiarán. ¿Cambiaremos también nuestras rutinas? En estas situaciones puede ser necesario que aparezca la consabida pregunta: ¿Por qué?, ¿Por qué sigo haciendo esto o aquello? ¿Tiene sentido en mis circunstancias actuales?

Y nos podemos encontrar con distintos niveles de dificultad a la hora de respondernos. Dependerá de la trascendencia del hecho y de la profundidad con que hayamos admitido la rutina: no será lo mismo decidir a qué hora me levanto por la mañana que cambiar mi residencia; y habrá también una diferencia importante entre el «tener que» y el «querer». Por ejemplo, en cuanto a la hora de levantarme, si ya no tengo que ir a trabajar porque he cambiado al turno de tarde o me he jubilado, ¿tengo que seguir levantándome a las seis de la mañana?; es evidente que no, porque no tendré que estar ya en el trabajo a las ocho pero, ¿quiero seguir haciéndolo?; puede que sí, aunque a muchos les pueda parecer una idiotez; ¿qué sentido tiene que lo sigamos haciendo?

Pues puede que algunas rutinas que nos imponemos por obligación, como la de ir a trabajar, deriven en otro tipo de circunstancias personales que sean reconfortantes para la persona; quizás nos guste el frescor de la mañana (o directamente el frío en el invierno), que nos guste conducir, que ese primer café con tiempo no tenga precio, que se le añada un poco de lectura cuando las revoluciones del día aún no son muchas, ni las nuestras ni las de nadie…, que todas estas cosas juntas te hagan afrontar el día con más ganas, etc. De esta forma, la obligación de ir a trabajar ha generado una serie de elementos de los que no tenemos por qué prescindir. Sin embargo, a cualquiera que lo vea desde fuera, estos elementos por separado les parecerán una idiotez que no justifica el que nos sigamos levantando tan temprano, pero el conjunto puede que para nosotros sea importante.

Fijaros que todo esto que he comentado en el párrafo anterior puede llegar a justificar que una persona se siga levantando temprano independientemente de que desaparezca la causa que en principio lo generó. Y no estamos hablando en este caso de algo «vital», de una de esas cuestiones de peso en nuestra existencia. Sin embargo, ya para este hecho existen múltiples razones de fondo que alguien de fuera no se podrá explicar. Imaginemos qué profundas cuestiones aparecerán cuando el «¿por qué?» lo dirijamos hacia una de esas cuestiones vitales. Es posible que haya algunas razones a las que nunca seamos capaces de llegar, a veces ni nosotros mismos. Por eso, en multitud de circunstancias no queremos hacernos determinadas preguntas, y es cierto que, a veces, es mejor no hacerlas.

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