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La paradoja del desarrollo

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De la misma forma que siempre digo que el crecimiento y el beneficio están en el ADN de la empresa, el concepto de desarrollo también lo está. Y, además y con más fuerza, en el de la persona y creo que de forma previa y necesaria al de la empresa. Nunca debemos perder de vista la relación entre persona y empresa porque si prescindimos de esto no seremos capaces de encontrar el sentido a muchas de las cosas que ocurren. Es más, podemos llegar a importantes contrasentidos.

Pero esta dialéctica de lo bueno y lo malo, lo positivo y lo negativo, lo que aporta y lo que resta, ha estado siempre en todos los pasos de la evolución humana. Y así como de lo negativo que nos ocurre podemos obtener importantes aprendizajes, también lo bueno que hace la humanidad tiene sus sombras. Pensemos en el Nobel de la paz, el «premio» por excelencia, el reconocimiento a personas y organizaciones que luchan en el mundo por la justicia y el sentido común. Pensemos en cuánto de remordimiento hubo en su creación, por el testamento de un hombre que se dedicó al «desarrollo» en sentido estricto.

Alfred Bernhard Nobel (1833-1896)

Lo más conocido por lo que se le conoce, además de los premios que llevan su nombre, es por la invención de la dinamita al conseguir que la nitroglicerina fuera absorbida por un material sólido y plástico de más fácil y seguro manejo. Importante avance para la minería, por la mejora de la seguridad en el trabajo y por el incremento de la productividad de las explotaciones que produjo el invento. Pero, ¿sólo se ha utilizado la dinamita en el mundo para fines productivos? Estaríamos hablando de «un mundo feliz» inexistente. ¿Cuántas veces se habrá usado para la violencia en revueltas, atentados y guerras? El desarrollo productivo de Alfred Nobel democratizó el uso de explosivos y lo puso al alcance de cualquier descerebrado que quisiera imponer sus ideas a pequeña escala.

Pero Nobel, ingeniero además de químico, también se dedicó desde su compañía Bofors al hierro y el acero orientados a la fabricación de armamento, y ahí siguen. También han trabajado para los que quieren imponer sus ideas a gran escala. Y llegados a este punto, ¿cuántas muertes tiene Alfred Nobel a sus espaldas? ¿se puede compensar con la «bondad» de sus premios? Da igual su redención, por lo menos a él, que era ateo y eso de la transcendencia se lo debía traer al pairo.

Pero pensemos en el balance. Quizás sería mejor que no se hubiese inventado la dinamita… o no… quizás estemos dispuestos a asumir sus daños colaterales, porque si no se hubiera inventado seguramente no tendríamos el nivelón de vida que tenemos en el mundo desarrollado… y esto es así, pensémoslo. ¿Estaríamos dispuestos a renunciar a nuestro bienestar actual si supiéramos que podríamos haber contribuido a disminuir la violencia en el mundo desde finales del siglo XIX? Aquí y ahora, mientras escribo este artículo, no me siento capaz de responderlo. Además, no pasaría de ser una quimera, aquello que nos gustaría que «pudiera haber ocurrido». Mejor os quito la responsabilidad… No respondáis a esta cuestión, pero vamos a plantearnos qué podemos hacer en nuestro pequeño mundo para no caer continuamente en esta paradoja del desarrollo.

En lo que sí tengo una confianza ciega es en la capacidad que tiene el ser humano de utilizar de forma perversa cualquier cosa que caiga en sus manos, por muy buenas que fueran las intenciones que tuvieran sus creadores. Y es que algunas veces, esta sencilla ley, que no es exactamente la de Murphy sino mucho peor, la utilizamos contra nosotros mismos sin necesidad de que nadie más intervenga. Vamos a pensar en el ordenador portátil, nos saltamos incluso la aparición de los propios ordenadores de sobremesa que tanto nos han «ayudado», esos portátiles ¿nos han facilitado el trabajo? ¿o estamos trabajando más… mucho más?

Y si llegamos a tener esta duda de los portátiles… ¿cuál es el razonamiento que tendremos que hacer de la locura absoluta de los teléfonos móviles? Quizás hayáis visto a una pareja en un banco «relacionándose» cada uno con su móvil. O a alguien a quien hayáis tenido que esquivar en la calle porque no tenía otro momento para ver los mensajes… o un vídeo. O quizás os hayáis sentido un poco ninguneados porque en una reunión vuestro interlocutor estaba más atento al aparatito que a lo que le estábais diciendo. Se admiten más situaciones… a lo mejor si en un grupo expongo esto que estoy tratando aquí, puede que haya más de uno inquieto con su móvil en vez de escuchar lo que digo, no sé… imaginaciones mías.

Trabajar en cualquier parte con tus herramientas hiperconectadas te facilita la labor, la flexibiliza, te permite adaptar tu tiempo (eres dueño de tu tiempo… o al menos eso piensas tu), te permite centrarte en los objetivos, bla, bla, bla… pero piensa si tanta flexibilidad y tanta hiperconetividad te está aislando. Aunque desde luego, para eliminar la sensación de aislamiento tenemos las redes sociales. Pero cuidado, eliminan la sensación… sólo la sensación, pero no tu aislamiento.

Hace ya mucho tiempo que en toda manifestación humana se prima la cantidad en lugar de la calidad, que pasa sistemáticamente a un segundo plano. Todo debe ser transparente, nuestra vida está expuesta a la vista de todos, de lo contrario es que algo tenemos que ocultar. Más amigos, más relaciones, más negocios, más producción, más consumo… y menos salud.

No queda aquí la cosa, el futuro nos puede llegar a horrorizar. Os dejo aquí dos términos de los que ya hablaremos: transhumanismo y posthumanismo. La nueva ola de gente bien intencionada que piensa que estos avances de la ciencia no los utilizará el ser humano para el mal. Visto lo visto, no sé yo qué pensar, si son muy ingenuos o muy estúpidos, algo totalmente compatible con un alto coeficiente intelectual, sobre todo para gente que sale de las últimas generaciones que en occidente hemos vivido sin muchos problemas. En fin, esperemos que estos grandes avances de la humanidad no los hagan en la Rusia actual de 2022.

El consumo: ¿cuándo debemos parar?

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En su origen, cuando estudiábamos el fenómeno del consumo en Teoría Económica, se ligaba de manera inequívoca a los bienes consumidos con la utilidad que los mismos tenían para la persona que los consumía, bien por una cuantificación teórica de esa utilidad o por comparación con las otras alternativas de consumo que existieran en la economía.

De la misma manera, si lo que se consumía se podía hacer en distintas cantidades, a medida que consumíamos más, las nuevas unidades cada vez nos reportaban menos utilidad porque ya habíamos saciado de forma suficiente nuestra necesidad, hasta que llegaba el momento en que no demandábamos ni una sola unidad más del producto.

Si nos fijamos, en la teoría, nada ha cambiado de hecho. Consumimos aquello que necesitamos y en la cantidad que necesitamos y podemos adquirir. Pero hay dos puntos importantes en lo que acabo de decir: lo que «necesitamos» y lo que «podemos adquirir». Y aquí está el «quid» de la cuestión, la doble pregunta que marca la situación de los consumidores modernos, ¿de verdad lo necesito? y en caso verdaderamente afirmativo, ¿me lo puedo permitir?

La historia de la economía moderna ha consistido en cómo saltarse los principios de la propia Economía, en cómo retorcerlos para conseguir más negocio, más ingreso, más beneficio aunque se vulneren los más elementales principios de prudencia, como nos ha ocurrido con el caso de las hipotecas, o aunque se desliguen los mercados de las bases de las economías, con alzas y bajas en las cotizaciones que dependen de la actuación de «tiburones» y no de la realidad de la marcha de las propias empresas y países.

Podemos pensar que no nos afecta en nada, ya que la mayoría no somos grandes inversores pero no vendría mal que echáramos un vistazo a la marcha de nuestro plan de pensiones para ver si nos afecta o no todo esto que estoy diciendo.

¿Es posible que una empresa esté cayendo en bolsa aunque su actividad siga siendo adecuada, sin que se hayan modificado sus políticas ni su planificación, incluso con una línea de buenos resultados? Pues claro que sí. Es más, esa vorágine de bajadas le influirá a su actividad de forma que entre en un flujo negativo y tengamos el mundo al revés: en lugar de reflejar el mercado el resultado de la buena o mala gestión, será la actividad y resultados de la empresa los que caerán o se incrementarán en función de su cotización. Y si están haciendo las cosas bien y caen por la bajada en el mercado, mal, porque estamos fastidiando una buena marcha de las cosas. Pero si empiezan a subir por subidas especulativas sin que se estén haciendo las cosas bien… esto será casi peor porque tendremos un gigante con pies de barro o una nueva burbuja, como lo queramos llamar.

El baile de las necesidades.

Cuando Parménides preguntaba a sus contemporáneos, allá por el año 500 antes de Cristo, qué era lo que movía el mundo, obtenía muchas respuestas, la ambición, el amor, la curiosidad… Pero para este filósofo ninguna de estas era la correcta. Lo que movía el mundo era «la necesidad».

Si, exactamente, lo que posteriormente fue el fundamento de la Economía. Tanto que este concepto está en la definición de esta ciencia, relativamente joven, aunque su objeto de estudio esté anclado en los orígenes de la humanidad. A partir de ahí, todo ha sido desarrollar el concepto. La actividad económica surge para la satisfacción de las «múltiples» necesidades de las personas.

Pero, ¿cuántas necesidades tenemos?. Pues la evidencia nos dice que más cuanto más ha avanzado la sociedad en la que vivimos, de tal modo que hoy en día «no podríamos vivir sin» cosas que hace unos años no existían y no nos importaba lo más mínimo. Cuando no había conexión muy directa entre los diferentes entornos sociales, el incremento de las necesidades se originaba de una forma muy local y en un porcentaje prudente de casos se exportaban e importaban tendencias entre grupos sociales o entre diferentes entornos físicos.

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Hoy en día, con la globalización, las diferencias entre occidente y oriente, norte y sur y, si apareciera vida en saturno, entre planetas, se han dinamitado. El mundo entero tiene acceso a todo. Faltará agua en regiones del planeta, pero no un móvil con acceso a la red. De esta forma las necesidades se han hecho simplemente INFINITAS.

Lo malo de todo esto es que para la satisfacción de estas necesidades hacen falta recursos. Infinitas necesidades, infinitos recursos, y no los tenemos. Pero no importa, si hay una necesidad, por patética que sea, siempre habrá alguien que organizará los medios de producción para producir esos bienes que la satisfagan, y aquí viene lo peor… «cueste lo que cueste». Pero esto, la producción, será objeto de otro artículo, así que no adelantaré acontecimientos.

Centrémonos por lo tanto en nuestro papel como consumidores, vamos a preguntarnos de forma seria cuáles son realmente nuestras necesidades. Se suele hacer referencia aquí a Maslow y su pirámide en la que fue la primera y más conocida división de las necesidades de una persona y que aún se utiliza. Un análisis por encima de las distintas escalas de la pirámide nos llevaría a la conclusión de que las necesidades básicas de una persona y quizás algunas de las de seguridad, que es la siguiente escala, requieren obligatoriamente el consumo de productos y servicios. Sin embargo, el resto de niveles, necesidades sociales, de autoestima y de autorrealización, quizás no lo necesiten tanto.

Sin embargo, siguiendo la visión calvinista occidental de la vida, que no es necesariamente la nuestra, la realidad de las últimas décadas ha sido la asociación de la satisfacción de necesidades con el consumo obligado de algún tipo de bien. Podríamos hacer un ejercicio para ver qué bienes se asocian a muchas necesidades de reconocimiento social, éxito y autoestima que no significan que la persona en cuestión tenga una vida más cercana a la felicidad, más bien al contrario en la mayoría de los casos.

Podríamos ver cuál ha sido la evolución de los problemas mentales y psicológicos en estas décadas derivados de la necesidad de apariencia y ostentación, de la necesidad de tener símbolos sociales que refuercen nuestra posición social y nuestra confianza personal.

Y fijémonos en cómo es la cosa, que hasta este último punto «es economía». Porque la asociación de productos a todo tipo de necesidades como símbolos implica su comercialización y distribución. Pero es que la aparición de problemas de salud física o psíquica en las personas también implica la comercialización y distribución de productos y servicios para paliar las consecuencias de no tener los símbolos o de tenerlos con una insatisfacción manifiesta.

«Cuando los niños meten la mano en un tarro de cuello estrecho para sacar higos con nueces, si se llenan la mano, no pueden sacarla y luego lloran. ¡Deja caer unos cuantos dulces y podrás sacar la mano! Frena tu deseo, no llenes tu corazón con demasiadas cosas y obtendrás lo que necesitas.»

Epicteto, Disertaciones por Arriano, 3.9.22

Así el estado de la cuestión del consumo, resulta que nuestro sistema se mantiene hoy por hoy si las correas que mueven el motor del consumo no se rompen y siguen adelante. Cuando el consumo se contrae se contrae la economía, menos demanda, menos ventas y al final menos producción, lo que nos lleva a menos recursos (bueno para el planeta) y menos empleo (malo para los que vivimos en él).

El concepto mágico y fundamental, el equilibrio, no sólo en el aspecto económico sino también en el social, puede romperse. Y quizás serán necesarias algunas roturas para poder evolucionar, lo mismo que sucede en los músculos cuando queremos que se desarrollen. Pero sin llegar a la lesión.

¿Qué me puedo permitir?

La vida es una cuestión de elección. Y la Economía lo es también. Por lo tanto, a la hora de consumir habrá que elegir y, lo que es más importante y definitorio para la persona, SACRIFICAR algunas opciones. Tendremos que saber decir «no» a algunas de las opciones que se nos presenten en beneficio de otras. Incluso tendríamos que saber decir no a algunas cosas aunque no existan otras alternativas y alguno de nuestros recursos quedara ocioso.

Pero claro, no ha sido esta la tendencia de nuestro sistema. Puesta en marcha la maquinaria del consumo con todas sus correas funcionando, aquella etapa en la que había demanda natural para todo lo que se producía y quedaban incluso algunas necesidades insatisfechas, hace ya algún siglo que terminó y pasamos a tener capacidad de producir hasta lo que no nos hace falta. Pero como he dicho más arriba, de la producción hablaremos en otro artículo.

Milton Friedman, máximo exponente del liberalismo económico, refutando las críticas de que la publicidad generaba necesidades artificiales a los consumidores, decía que cuál era el sentido de esto si resultaba más fácil vender lo que ya necesitaban. La cuestión es de cajón, será mucho más fácil hacerlo así, pero cuando casi todo está cubierto, la maquinaria del sistema inventará algo nuevo como hemos analizado en el punto anterior.

El único bastión que quedaba dentro de nuestro sistema económico para que un consumidor no llegara a consumir algo que realmente no necesitaba, era que no tuviera recursos suficientes para hacerlo. Pero el sistema también tendría salida para esta minucia. La evolución generalizada del crédito y de los sistemas de pago, con el plástico (y ahora el móvil) al frente, iban a hacer que el consumo pudiera ampliarse de formas insospechadas. Y en ello estamos.

Si no me lo puedo permitir, me endeudo hasta el límite de mis capacidades. Algo que en algún momento de nuestras vidas, nos puede dar problemas de forma que, cuando realmente necesite ese instrumento tan potente e imprescindible del endeudamiento, no lo pueda utilizar por haberlo desperdiciado en idioteces. De la misma forma que la dinamita, creada para buenos fines científicos e industriales, se utilizó luego para matar gente… de esta forma instrumentos imprescindibles del sistema, que nos ayudan a vivir mejor, se utilizan de forma perversa y ayudan a generar una importante inconsistencia de la Economía que podemos llegar a pagar a un alto precio como sucedió hace unos años con la crisis de las hipotecas y la burbuja inmobiliaria que nos estalló en la cara.

Cuando llegue el momento en que nuestros recursos se hayan agotado, incluso el crédito, y ya no podamos consumir más, estaremos asfixiados y con las manos atadas. Podemos echarle entonces la culpa «al sistema despiadado» que nos hace consumir lo que no queremos y que nos da recursos casi a la fuerza para hacerlo. Pero siempre la elección es personal. Es nuestra elección aplicar dosis de racionalidad en lo que hacemos y en lo que consumimos. Es nuestra elección decir que no a algunas, o a muchas de las cosas que se nos presentan. Para quedarnos con lo verdaderamente bueno para nosotros, para nuestra familia y para nuestro entorno como quiera que lo entendamos.

El consumo responsable.

Hace ya unos años una línea de acción que denominamos «consumo responsable», ha entrado en competición directa con el «consumo desenfrenado» de las últimas décadas. Si consultamos páginas de organizaciones ecologistas como Greenpeace o WWF, encontraremos consejos en sintonías muy parecidas que persiguen la mejora del planeta, o al menos un freno a su deterioro, pero curiosamente sin que perdamos satisfacción.

La actitud combativa de la primera de estas organizaciones, podemos ver que en la faceta de consumo, ha evolucionado hacia una racionalidad de comportamiento y, por lo tanto, económica. No se trata de renunciar drásticamente a productos sino a reducir u orientar su consumo. No es una actitud de acoso y derribo de nada sino de una nueva adaptación de las costumbres para una satisfacción de otro tipo a obtener por las personas en consonancia con su entorno.

El consumo responsable se presenta así como una reflexión sobre los hábitos de vida y sobre la vida misma y es esta la orientación crítica, la que nos llevaría a analizar los fundamentos reales de nuestro bienestar, a considerar nuestra posición en este mundo y, como resultado de todo este análisis, a establecer nuestros patrones de felicidad y la actuación consecuente.

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El cambio drástico que preconizan algunos, incluso alguna adolescente un poco hipócrita y agria como ella sola, que irradia odio y malestar sólo con verle la cara, rompería el inestable equilibrio de nuestro «injusto» sistema acarreando más males que bienes.

Pero una correcta reflexión, fruto de lo que realmente queremos y nos importa, que lleve como consecuencia ese consumo responsable y esa resistencia activa, pacífica y resiliente al bombardeo continuo de nuevos productos, servicios, versiones, accesorios, etc, sí que operará un cambio importante en nuestro sistema. Nunca pudo hacerse una manzana en un día. Todo tiene su tiempo y la maduración es importante hasta que llegue su momento.

Un cambio drástico en el sistema provocará la reacción inmediata de las fuerzas que operan en el mismo para contrarrestarlo, anulándolo de forma inmediata o provocando otra serie de cambios de consecuencias impredecibles. Sin embargo, la modificación en los hábitos de millones de personas de forma progresiva y casi simultánea, llevará de forma paulatina a ese sistema a una nueva realidad más sostenible.

Lo que hoy llamamos «consumo responsable» es lo que para la Economía siempre fue el concepto de «consumo», que se estudiaba en la Teoría Económica de nuestras Universidades, sabe Dios en qué habrá quedado hoy en día esa asignatura, asfixiada por estrategias, objetivos despiadados, desarrollo empresarial incontrolado y por el márketing que todo lo cubre.

Recuperemos el consumo de la Teoría Económica, ese que obedece al análisis «racional» del consumidor. Consumamos sí, pero lo que necesitemos y en la medida en que lo necesitemos, sin dejar de lado el desarrollo económico y del bienestar, pero alejándonos del egoísmo, el sinsentido y el derroche.

Conclusiones

Las leyes económicas implican un comportamiento «racional» del consumidor. Nuestra actitud económica es una herramienta que nos ayuda a elegir lo correcto para obtener nuestro equilibrio personal. Nos equivocaremos y no llegaremos a estar nunca realmente en equilibrio. Pero ese es el juego, una dialéctica continua entre las fuerzas de la necesidad, los bienes y los recursos de que dispongamos.

Y lo que realmente podemos ver es que si queremos tener éxito en esa constante lucha, necesitamos reflexionar sobre temas que sobrepasan el ámbito económico. Reflexionar sobre nuestra forma de vida, sobre aquello que es importante para nosotros, sobre qué es para nosotros vivir bien y sentirnos satisfechos. Probablemente cambiaríamos algunas de las cosas que hacemos y dejaríamos de necesitar muchos bienes de los que consumimos. Pero también es cierto que nuestro sistema, este que nos induce a ese tipo de consumo, «ES» nuestro entorno y constituye nuestra forma de vida, por lo que también tendríamos que reconstruirlo.

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Epicteto, al que ya hemos citado en el artículo, decía: «No desees mucho». También dicen que Sócrates una vez se paró ante un puesto y dijo: «¡Cuántas cosas hay que no necesito!» . Pero no lo hagamos todo de una vez. Entrenemos nuestra mente para preguntarnos siempre: ¿Necesito esto? ¿Qué pasaría si no lo tengo?, en definitiva, las preguntas que vinculan nuestra vida y nuestro bienestar real con todas las cosas externas.

Si utilizamos este filtro natural de la persona, podremos llegar a ese consumo responsable que nos hará incluso un poco más libres, porque realmente ahora no lo somos. Nuestra vida está constantemente manipulada y sólo una mirada a nuestro interior podrá dar como resultado un comportamiento más racional que nos lleve al bienestar por caminos distintos del mero consumismo que identifica tener con ser mejor, más exitoso y más feliz.

Dejemos esta filosofía. Las sociedades calvinistas lo tendrán más difícil pero nosotros ya tenemos una tradición milenaria en la que no fue todo así y podremos recuperar más fácilmente a través de nuestra costumbre valores que desliguen la felicidad de la mera acumulación de bienes sin sentido.

Si reflexionamos sobre los valores de nuestra sociedad, creados a lo largo de más de dos mil años, con sus luces y sus sombras pero con una clara vocación de desarrollo de las personas como individuos y como colectividad, llegaremos a los principios fundamentales de la Economía, a la racionalidad de nuestras actuaciones y a la evolución sostenible e inclusiva de nuestro (eco)sistema. Hagámoslo una realidad.

La Economía sin alma

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Hace ya bastantes años, asistí a un congreso de jefes de formación de entidades financieras y, tras una de las ponencias que correspondía a un profesor universitario, comenté que yo era un «economista frustrado». No recuerdo lo que pregunté en ese momento al ponente, pero sí que me definí de esta manera, y lo expliqué. Frustrado porque elegí una ciencia social y la matemática la había invadido. Frustrado por la evolución de unos mercados que ya no respondían a sus objetivos iniciales y habían caído en la más pura especulación. Frustrado porque el medio más sofisticado que habíamos creado para nuestro progreso, la empresa, se había convertido en un instrumento de tortura.

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Claro que podemos reconocer estos problemas e intentar darles solución para el mayor bienestar y felicidad de todos los componentes de nuestro «sistema». Pero nos encontramos con algunos inconvenientes:

  • Estamos inmersos en nuestra vorágine particular del día a día, de sacar adelante nuestro negocio, nuestro trabajo, nuestras obligaciones. Nos arrastra, nos dejamos llevar, no tenemos tiempo ni a veces fuerza para corregir nada, absolutamente nada, por pequeño que parezca.
  • Las respuestas las buscamos sólo dentro de nuestro entorno, en este caso en la Economía. Así no salimos del bucle, pero es que, tal y como está la vida, nos habremos centrado tanto en nuestra área concreta que difícilmente tendremos ocasión de buscar soluciones fuera.

Seguro que se nos pueden ocurrir más, pero nos quedaremos con estos dos para abrir boca, porque son muy importantes en nuestra vida y son capaces de darle forma a una existencia que puede llegar a ser infeliz. Y si no, pensemos un poco… ¿cuánta gente conocemos que esté verdaderamente contenta con su trabajo, con su empresa, con su modo de vida? Y cuando hablo del modo de vida no me refiero al del fin de semana que mucha gente desea desde que empieza el lunes (mala señal). A la hiperactividad senderista, montañera, de playa, de barbacoas, cines, teatros, espectáculos, discotecas, conciertos. De fútbol, tenis, baloncesto, balonmano y hasta golf y piragüismo. Lo que sea para la gran evasión, para sentir que te diviertes, que sales de la rutina, para «engañarte» como sea.

¿Malvivimos cinco días de la semana pensando sólo en esos otros dos de fiesta? Y eso si el fin de semana está libre porque ¿y quien trabaja en fin de semana, cómo se hace este planteamiento para los lunes o los miércoles? Si todo esto es así, vivimos más mal que bien. Y si en ese sagrado fin de semana las cosas no vienen como queremos, que no nos quepa duda de que el lunes está ahí.

La resaca del día a día.

Nuestro día a día nos consume, nos arrastra como una corriente de resaca en la playa. Y es tan peligroso como esa resaca, porque luchar abiertamente contra ese diario nos puede agotar hasta la resignación. Muchos lo llaman «rutina» pero creo que el concepto está equivocado. Las rutinas son una herramienta que tenemos y que necesitamos para sacar nuestra vida adelante. De hecho difícilmente podremos mejorar si no incorporamos elementos en nuestras rutinas que se establezcan como algo habitual en nuestra vida. Ese hábito aristotélico que conformará cómo somos y nos comportamos, nuestro carácter.

No se trata de la negación de nuestra condición actual, de romper con nuestro día a día, de cerrar la empresa e irnos a vivir a una cueva. Sólo cuando llegamos a extremos insoportables en la vida, tendrían justificación este tipo de cambios. Cambios de rumbo sacralizados por algunos programas de televisión que nos muestran la inmensa felicidad que obtuvieron algunos al dejar su trabajo en una gran ciudad con puestos de corbata diaria para servir comidas en un chiringuito de una playa de Puerto Plata.

No dudo de la felicidad que puede darnos ese planteamiento, pero es que la mayoría somos «normales», del centro de la campana de Gauss, y habrá también que pensar cuánta gente ha fracasado estrepitosamente en planteamientos radicales de ese tipo y han tenido luego que volver con el rabo entre las piernas a una existencia que les parecerá mucho más triste… o quizás no, una vez vista la experiencia con la cruel realidad por testigo.

Pues nademos como en una corriente de resaca, sin grandes resistencias, desviándonos poco a poco hasta encontrar la vuelta a la orilla. Usemos nuestras rutinas para introducir en la vida elementos de mejora, pequeños pero importantes para nosotros. Dejemos la impaciencia por nuestro día a día para disfrutar cada vez más pequeños momentos que se convertirán en grandes y permanentes hábitos. El tiempo así, estará a nuestro favor.

Si queremos leer más porque así nos sentiremos mejor, no nos planteemos tres horas todos los días porque seguramente no podremos. Pero quizás podamos veinte minutos tomando café por la mañana antes de trabajar, o en la cama por la noche antes de dormir. Nos parecerá poco y que no merece la pena. Pero hacedlo y cuando pase un año entero echad un vistazo al estante de los libros leídos, a ver qué os encontráis. Porque al final la cantidad irá siguiendo poco a poco a la calidad, y en la vida no todo es «cantidad».

Si el problema es la salud física, todos sabemos lo que pasa cuando nos proponemos ir al gimnasio todos los días, o salir a correr cinco veces en semana… o comer sólo verduras… no hay más preguntas Señoría…

Usemos las rutinas para mejorar nuestra vida, incorporemos pequeños detalles que nos hagan disfrutar. Los cambios bruscos y los objetivos demasiado ambiciosos que he señalado como ejemplos por todos conocidos como los de la lectura, el gimnasio, las dietas, etc, sólo nos provocarán frustración, porque participamos de un sistema social concreto, con unas formas que adoptamos y que son, hoy por hoy, nuestro estilo de vida, nuestra cultura. Y habrá que trabajar para ganarnos la vida, y cuidar la casa y habrá hijos (e hijas, para que nadie se enfade) que nos «quitarán» mucho tiempo… Y hasta cosas que nos gustan al principio, como la pertenencia a clubs, hermandades, asociaciones, etc, pueden convertirse en otras obligaciones que nos martiricen.

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Pero con el trabajo, la casa, los hijos… podemos incorporar este tipo de pequeñas cosas con las que disfrutar. ¡Quién sabe! Quizás encuentres los veinte minutos para leer esperando a que el niño salga del entrenamiento de fútbol en lugar de desesperarte por lo que tarda. O para escuchar música a todo volumen mientras limpias el salón. Nunca se sabe dónde va a saltar la liebre.

Y con todo aquello que «no sea una obligación» un sano NO también nos ayudará.

Sólo una advertencia en este punto de la potencia de una rutina para nuestra vida. Que también lo negativo entra por aquí. Así que tendremos que pensar si es conveniente fumar un cigarro después de comer o tomar una cerveza antes de cenar. Nada importante, pero pasará como con los libros del estante de los leídos después de un año.. ¿cuántos hay?

La solución endogámica.

El segundo inconveniente que señalé era buscar las respuestas a nuestros problemas siempre dentro y sólo dentro de nuestro entorno. Decía Avicena que para solucionar una enfermedad debían tratarse sus causas y no los síntomas, aunque si el estado del enfermo era de mucha gravedad, habría que actuar de urgencia sobre los síntomas. Parece que hoy en día nos quedamos sólo en la segunda parte, el enfermo en la UCI y a parar la fiebre.

Vivimos en sistemas globales, cada vez más globales para nuestro bien en muchas cosas y para nuestra desgracia en muchas otras. Esto implica un juego de acciones y reacciones cada vez más complicado por lo que cuando buscamos soluciones cada vez tendremos que ampliar más nuestro campo de actuación. Y el mayor problema será no encontrar una solución razonable dentro de nuestro ámbito de actuación, lo que nos llevará a intentar simplificar al máximo el problema y a obtener la menos mala de las soluciones. Es lo correcto para actuar de inmediato, algo que yo he defendido en muchas ocasiones: no podemos pretender siempre la solución perfecta al problema planteado. Será necesario utilizar la política del «mal menor», la menos mala de las soluciones, algo que ya planteara Aristóteles como forma de actuación, y es la segunda referencia que le hago.

Pero no deberíamos quedarnos ahí, solo en el cortísimo plazo. Será evidente que no hemos encontrado una solución correcta y una vía de actuación adecuada. Hemos hecho lo que debíamos ya que no actuar hubiera sido mucho peor. Sin embargo, se hará necesario que investiguemos la situación. Si no había una solución correcta dentro del entorno, seguramente sí la habrá fuera de él, por lo que deberíamos ampliar la búsqueda.

Si nos fijamos, no hay una sola crisis económica que no venga precedida de una intensa crisis social. Pero las soluciones que buscamos habitualmente son sólo «económicas», más o menos dinero en el mercado, mayor o menor tipo de interés, más o menos impuestos… Pero dejamos que sigan la hipocresía política, el populismo de los salvapatrias revolucionarios y, sobre todo los mismos patrones de consumo y de vida que han conseguido llevarnos a la situación crítica.

Deberíamos plantearnos qué es para nosotros la «buena vida». Significa «tener» o quizás es más «disfrutar», que no son la misma cosa por mucho que se intenten identificar los dos términos o que uno sea el resultado del otro. ¿Son correctos los patrones de consumo que tenemos hoy en día? Esto es lo que proviene de nuestro «estado social y personal» y lo que se refleja luego en nuestra actitud económica con respecto al consumo. Creo que sería necesaria una reflexión sobre nuestro modo de vida en particular y en la influencia sobre los otros modos de vida que hay sobre el planeta para prevenir futuras crisis, mucho más serias, que se plantearán sobre los recursos que utilizamos como si no tuvieran límite, además en muchos casos pasando por encima de lo que sea y de quien sea para obtenerlos.

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La ambición humana no tiene límites. Y la Economía debe recuperar su faceta social. Algunos conceptos económicos deberían ser replanteados a la luz de una ética empresarial real, y no la que se quiere disimular con un falso ecologismo que compense los desastres que se provocan. Y no me refiero con esto a los accidentes, que siempre pueden ocurrir, sino a los efectos de la actividad diaria que resulta nociva para el medio en el que vivimos personas y empresas. Porque el deterioro de las condiciones… ¿no perjudicará también en un futuro no muy lejano a estas empresas? Estoy seguro de que así será, pero prima el beneficio inmediato, confundido de manera malintencionada con el «bien vivir» al que me referí antes.

Es preciso que las soluciones a los problemas económicos no solo se busquen en la Economía sino que abran su campo de estudio al resto de la realidad humana, como ciencia social que es, y que se indaguen los problemas sociales, antropológicos y del medio ambiente. De lo contrario, las soluciones endogámicas y matematizadas de la Economía de la Empresa sólo conseguirán efectos rebote perniciosos aunque aparenten en un principio que mejoran la situación.

Tengo serias dudas de que nuestra élite dirigente tenga valor suficiente para abordar soluciones de este tipo. Por esto, será necesario que los distintos grupos que actuamos en economía, empresas, consumidores y, si ello fuera posible, nos niveles menos politizados de la administración, tomemos decisiones como resultado de una mayor apertura en el estudio de los problemas cotidianos. Debemos buscar las causas más lejanas, aquellas que están en el comportamiento de las personas, en su sentir y en su cultura. Sólo así las decisiones serán adecuadas y no paños calientes para salir del paso. Sólo así podremos llegar a una nueva Economía más social y a la vez más estable y beneficiosa para todos.

Cuatro años casi…

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Poco tiempo es ese en la vida y muchos sentimientos, sin embargo, tienen cabida en él. A la última etapa de mi vida profesional llegué un 1 de agosto, después de varios años bonitos pero muy duros como consultor por cuenta propia. Se trataba de aprovechar los muchos años de buen trabajo en banca y no tirar por la borda las ventajas que da el sector por un sueño romántico de emprendimiento incierto, y tan incierto que ha sido luego para muchos.

El jueves 16 de junio, celebré mi prejubilación con la mayoría de los compañeros que han formado parte de mi vida en esta etapa. Y si la firma de toda la documentación fue el adiós formal a la empresa, realmente la verdadera desvinculación, la emocional, fue esta comida.

Entre los dos momentos, un sinfín de vivencias. Llegaba a una empresa que realmente no había sido nunca «la mía», así que tocaba empezar otra vez, como en 1985, en una ventanilla muy parecida a pesar de los años. Me recibió, curiosamente, la persona que se iba a convertir en la más importante de esta etapa por la ayuda tan desinteresada que me prestó y las innumerables veces que la tuve que molestar. Comprometida con la entidad y con el trabajo a pesar de las dificultades. Suerte que tuve.

Pero, teniendo en cuenta mi situación de ser una persona más bien «mayorcita» que «se reincorporaba para irse en la primera oportunidad» , pensaba que, por no ser un activo muy interesante, lo iba a pasar mal. La empresa podía moverme en un radio de 25 kilómetros, que después fueron 50, y tenerme danzando por la sierra sin saber muy bien qué hacer conmigo. Pero no fue así, no lo hizo, y esto es lo primero que tengo que agradecer.

Lo que vino después de ese temor inicial fue un grupo de personas sencillamente genial, las personas que realmente hacen la empresa, algunas veces (o muchas) a pesar de las consignas que provienen de un despacho impersonal en la planta catorce de una torre algo alejada de la realidad.

Como el director estaba de vacaciones, el primer jefe que tuve fue el subdirector, una persona tan alta como buena que me dio las primeras consignas de mi nueva etapa. Todavía le recuerdan los clientes a los que ayudó todo lo que pudo y más. Con el paso del tiempo cambió a otra oficina y le sustituyó una persona que yo pensé que acababa de salir de clase del Instituto, pero no, era la nueva subdirectora, incansable… todos los días ha tenido examen… y todos los días ha sacado nota.

A la vuelta de ese primer mes de agosto, el director, paisano mío, volvió y él fue quien me transmitió la tranquilidad que necesitaba para esta nueva (y última) etapa. Cuál era mi plan de actuación y qué se esperaba de mí en este equipo. No sé si habré llegado a conseguirlo en algún momento. También le tocó cambiar… y nos vino el relevo. Una mente eléctrica con la capacidad de encontrar el argumento correcto en una milésima de segundo… envidia sana. Además está ahora en la noble tarea de aumentar el número de futuros contribuyentes que nos paguen las pensiones… ya volverá.

Otra más llegó ese primer día, con un bolso, dos bolsas, el maletín del portátil y seguro que algo más que se me olvida, una persona que aporta todo el optimismo del mundo y a la que por cercanía de su puesto, también le tocó la mundial conmigo. Y también se fue… a trabajar «el campo», y la sustituyó otra persona de altura, en todos los sentidos, con cara de traviesa, que lo habrá sido, y que visto y no visto, también se dedicó a aportar contribuyentes… y que volvió hace poco… y nos duró tres días… el Guadiana, y ahora hace de todo en una oficina, que es lo que tiene ser la única persona trabajando allí.

Apareció también por la oficina otro «técnico», como yo, de los que trabajábamos en Sierpes y San Francisco facilitando (o complicando) la vida a las oficinas. Una paliza diaria de coche en el sentido contrario a las que yo me daba en tiempos.

A estas alturas del relato, ya no se sabe muy bien quién sustituía a quién, pero… ¿y a mí? ¿quién me iba a sustituir a mi? Pues apareció alguien… un fusionado, como lo he sido yo cuatro veces, y que por su trayectoria aportaría a la oficina el plus comercial que yo no he podido. Aunque tampoco venía a sustituirme, así que, como yo seguía sin recibir la carta, a casa, que tenía que cuidar de otro nuevo contribuyente más que había venido.

Y nuestra última incorporación, todo simpatía, con una misión difícil en la oficina, aunque me pregunto si hay alguna fácil como está la cosa en el pueblo. Una apuesta de futuro para la entidad y a la que las comidas de los jueves le han quitado las ganas de aportar contribuyentes a pesar de lo que le viene dentro de poco.

Este es el equipo de la entidad con el que me ha tocado trabajar. Pero también surgió una palabra mágica en la economía actual… eteteeeee… una especie de mercado informe de horas que la empresa necesita para cubrir huecos de todo tipo, un saco de talento desaprovechado con el que se sale del paso sin mirar mas a largo plazo, tal vez porque el largo plazo ya no exista… ni el medio, y nos perdemos en ver si somos capaces de pasar el día. Y esto nunca ha sido bueno para la inteligencia.

De este saco salieron varios elementos de mucho cuidado que la entidad debería tener en cuenta a futuro aunque poco importará lo que yo diga. Fueron muy cercanas para mí porque entre otras cosas me sustituían para ir desayunar así que algo sé de lo que hablo. Un supercomercial con vida social muy intensa, una conocedora del mercado como ninguna, una comprometida con las necesidades de verdad del cliente y una máquina todoterreno que ya la hubiera querido yo en alguno de los equipos de mis épocas de jefatura.

Si sumamos estas capacidades, todas necesarias para una empresa actual, sale un equipo invencible. Sólo hay un pequeño detalle… hay que saber combinarlas, no vale todos haciendo de todo, no vale el «no pienses y actúa», no vale hacer lo que se pueda… Pero ese saber combinar le corresponde a la empresa, para que no se malgasten esfuerzos y capacidades, o para que no se desmotiven los dueños de las capacidades. Pero me pregunto yo, como lo hice muchas veces desde que estudiaba en la calle Porvera… ¿quién es «la empresa»?

Para todas estas personas, que han sido mi vida profesional los últimos cuatro años… casi, sólo tengo agradecimiento por lo bien que me acogieron, por todo lo que me ayudaron y, lo más importante, por todo lo que me enseñaron (y no me estoy refiriendo a operaciones del terminal). Espero sinceramente que os vaya todo bien en la vida y que seáis capaces de disfrutarla de forma plena. No importa que haya dificultades, de todo se sale. Sólo hay que mirar al frente con ilusión. Hacedlo porque valéis mucho, y nunca, nunca lo dudéis.

No es un Viernes Santo cualquiera.

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Este no es un Viernes Santo cualquiera. La Hermandad del Cristo no hará su estación de penitencia. No hay nervios, no hay tensión. Tampoco habrá ese cansancio indescriptible a las tres de la mañana. Pero es que ese cansancio no lo cambiamos por nada. Hoy todo será mucho más duro. La penitencia va por dentro, siempre va por dentro, pero hoy más que nunca.

Tiempo para pensar, tiempo para reflexionar, tiempo para rezar. Para pedir que pase todo lo que estamos viviendo, para pedir a la Tierra, nuestra “Casa común”, que nos perdone lo que le hacemos de forma diaria. Y para pedir a los demás que nos perdonen por todas nuestras torpezas, por todo aquello que hacemos y que nos podríamos ahorrar, simplemente para no complicar tanto la vida y poder verla pasar de forma plácida.

Hoy haremos una y mil “levantás” internas en nuestra estación de penitencia particular, y haremos una carrera “no oficial” avanzando con tristeza por lo que hemos hecho mal pero con la esperanza de mejorar siempre.

Buena estación de penitencia en este Viernes Santo.

«La Borriquita». Una historia de azul y blanco.

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El patio de los naranjos del Colegio San José se va llenando de azul y blanco en la tarde del Domingo de Ramos. Los juegos, carreras, mochilas y griterío diario se convierten en esa tarde en una tensa pero alegre espera antes de la estación de penitencia. Todo organizado; además del patio de los naranjos, varias aulas y salones para una marea de nazarenos que serán los que “oficialmente” inauguren la Semana Santa de Jerez “de toda la vida” aunque ya llevemos tres días de procesiones en la calle.

Borriquita nazarenos

Costaleros arriba y abajo; entre ellos me encuentro con Javier Valle, que cambió la dirección de cofradía por una trabajadera. Podrá decirnos cuando acabe el día cuál de los dos trabajos es más duro… y cuál más desagradecido. Ya veo otras caras conocidas, los de “mi quinta”; veo a Miguel Pérez, insigne belenista que algo tuvo también que ver con la palmera de su Misterio, a Abelardo Escudero, vecino mío de infancia y juventud, veo también a Manolo y Antonio Serrano, grandes veteranos de esta Hermandad, a José Manuel Ramírez y a Javier Jiménez, otro compañero de fatigas bancarias, igual que Miguel, Antonio y el mismo José Manuel, y que desde hace muchos años siempre se me ha acercado en la calle para dejarme un recuerdo del Domingo de Ramos con la imagen de alguno de sus Titulares. Aunque no sea mi Hermandad, me encuentro como en casa; mi pasado lasaliano algo tendrá también que ver.

Y en el Oratorio, la inmensa presencia de Cristo Rey y la Estrella esperando su momento. Atributos ordenados preparados para la salida y murmullos y en algunos momentos griterío que llega desde el patio lateral, como si hubiera sonado la campana del recreo. Oraciones personales de hermanos ante sus titulares y también la mía, para que todo en esa tarde fuera perfecto.

Pero mi presencia allí no era casual, como tampoco lo fue los dos años anteriores, sino por echar una mano a un amigo de mi Hermandad, Sebastián, al que le había “tocado” ser delegado de día de la Unión de Hermandades y que, conociendo mi pasado, me había asignado para colaborar en el recorrido de “La Borriquita”. Le estoy muy agradecido por esto. Así que busqué a las dos personas con las que tenía que contactar, el Hermano Mayor y el Director de Cofradía. Los encontré en el patio de los naranjos atendiendo a los medios. Saludo desde lejos… ¡Ahora nos vemos!… ¡Sin problema!

Cuando terminaron, un saludo muy alegre, porque la tarde pintaba muy bien, y una conversación corta. Javi Castañeda, de familia con el corazón partido el Domingo de Ramos entre La Salle y la Ermita de Guía, y Juan Miguel, el Hermano Mayor, sólo me confirmaron que todo estaba controlado, sin novedades. Perfecto, no os molesto más que uno tiene que rematar la salida y el otro atender al pregonero. Mi información en el grupo de delegados de día: “Todo perfecto en San José”, sin florituras.

Borriquita Cristo Rey

Se acercaba la hora y el patio, las aulas y los salones ya eran todo azul y blanco. Todo el mundo preparado, los costaleros tras los pasos y los primeros tramos de palmas levantados. Cruz de Guía y faroles… Puerta abierta, aplausos, iniciamos el camino para convertir la “Entrada Triunfal” en “Salida Gloriosa”. Gente con muchos años a la espalda en la dirección de cofradía iba entregando atributos a medida que avanzaban los tramos por el Oratorio. Un poco más, se abre otra puerta… ahora sí, mi información al grupo: “Cruz de Guía de la Borriquita en la calle”.

Sin darme cuenta, en el sitio de absoluto privilegio en que me encontraba por mi cometido de esa tarde, me vi rodeado de los más viejos del lugar, todos los que ya mencioné y muchos más. Ayudé lo que pude a poner capirotes, sostener insignias o quitar dobleces del antifaz porque ya tocó Martín el llamador del Misterio. Una levantá suave como para no despertar a la Estrella que estaba a su lado, la banda tocando desde el patio y una revirá genial para enfrentar la puerta del Oratorio. Nuevo toque del llamador, salida complicada y perfecta, Himno y el paso fuera. Unos metros después, la otra puerta y mi información en el grupo: “Cristo Rey en la calle”.

Borriquita Estrella

Siguió el trabajo dentro, tramos de cirios, insignias, atributos, detrás del portentoso paso de Misterio de la Hermandad, y, en un suspiro, le tocó el turno a la Señora. Antes de que fuera más tarde, me despedí del Hermano Mayor: “Juan, buena estación. Si necesitas algo ya sabes”. Pocas cosas hay en el mundo con tanta estética y simbología y que deleite más a los sentidos que un paso de palio. Vista, oído y olfato trabajan para que casi podamos tocarlo y para que podamos saborearlo en toda su dimensión. Toque de llamador y el palio arriba, una marcha eterna como la revirá del paso en el Oratorio pero que pasó en un momento. En el costado izquierdo mi amigo Lolo Becerra, su mayordomo, hermano también de nuestra otra Hermandad, El Cristo, donde está tan desaprovechado. Otro esfuerzo más y el palio ya estaba fuera. Mi última información al grupo: “La Estrella en la calle”. Ahora nos quedaba toda la tarde.

Este cinco de abril de 2020 no podrá ser. Un microorganismo nos hace valorar aún más lo que tenemos y que damos por sentado, pero que podemos perder en un momento. Estoy seguro de que los hermanos de La Borriquita, pasarán un mal momento, como lo iremos pasando los demás según lleguen los días, pero llevarán a Cristo Rey y a la Estrella en su corazón como si estuvieran vestidos de azul y blanco. Hoy me he acordado de ellos y quería dedicarles estas palabras para que supieran cómo vivió esos momentos de privilegio, alguien que no es de la Hermandad, pero que tuvo la ocasión de compartirlos y que se siente muy agradecido por ello. Ya sólo os queda un año.

Publicado por Manuel Zúñiga Hita.

Fin de trayecto. #UnaSolaHermandad.

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Una vez finalizadas las elecciones del Cristo, lo primero es dar mi más sincera felicitación a Carmen Alonso, elegida como nueva Hermana Mayor por una amplia mayoría de los hermanos y hermanas del Cristo. Le deseo lo mejor al frente de la Hermandad para que la pueda gobernar con justicia, la virtud fundamental que se le debe desear y exigir a todo responsable de cualquier ámbito de la vida social desde los tiempos de la Grecia Clásica.

Candidatura Carmen Alonso

A ella le tocará ahora conformar su Mesa de Hermandad y Junta de Gobierno con las personas que la han acompañado en esta aventura y tomar posesión de los cargos con la Cuaresma asomando ya por la esquina. Mucha suerte a todos también en su desempeño.

En lo que a mí respecta, el pasado mes de agosto de 2019 comencé, junto a un magnífico grupo de personas, una andadura para ofrecer a los hermanos y hermanas del Cristo una alternativa basada en orientar nuestras acciones a nuestra gente y a la del barrio y Jerez en general, por encima de las actuaciones patrimoniales. Una alternativa que pudiera limar la polarización que había en la Hermandad y que se demostró en las candidaturas presentadas y, finalmente, también en el resultado de la votación.

Esta es la realidad y esta ha sido la decisión de los hermanos y hermanas del Cristo; la respetamos y a ella nos debemos.

Quiero agradecer la confianza de las 83 personas que me han apoyado con su voto en estas elecciones, así como a todas aquellas que han leído los documentos que he publicado y han visionado los vídeos de la candidatura. Les estaré eternamente agradecidos. En breves fechas cerraremos la página de la candidatura, pero los artículos sobre los distintos aspectos que se han publicado los dejaré en mi blog personal “unmomentoparapensar.wordpress.es” por si los queréis consultar en algún momento.

Por último, un agradecimiento sin límites a las personas de mi candidatura, que me han apoyado casi de forma ciega, que me han aportado en poco tiempo mucho conocimiento y muchos valores personales. Ha sido un auténtico privilegio trabajar con este grupo y mi única pena es que no haya tenido la oportunidad de trabajar como tal en pos de la Hermandad, porque, como ya he dicho en más de una ocasión, el Hermano Mayor no es lo importante, sino el grupo de trabajo que sea capaz de conformar a su alrededor.

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Toca ahora un periodo de reflexión sobre todo lo ocurrido, bonito porque va a coincidir con la Cuaresma, para luego ir incorporándose, con toda la normalidad que sea posible, de nuevo a la Hermandad.

Muchas gracias a todos y un cordial saludo en el Cristo, su Madre del Valle y nuestro apóstol San Juan.

 

Publicado por Manuel Zúñiga Hita

Una Hermandad de futuro. #UnaSolaHermandad

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Nuestra Hermandad es un referente ya en Jerez y lo lleva siendo desde hace muchas décadas. Es una Hermandad valiente, decidida y muy temperamental, lo que nos ha traído en la Historia no pocos problemas de los que siempre hemos salido. Creemos que, de ahí, a ser una institución que traspase estas fronteras nos queda muy poco. Aquellas personas que vienen a Jerez de fuera preguntan por las bodegas, los caballos y el flamenco, pero llegará el momento en que también preguntarán por El Cristo y querrán acercarse a la Ermita para ver a nuestros Titulares como una seña de identidad del lugar que están visitando.

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Nosotros no tenemos un templo con tanta historia como San Miguel, Santiago, San Mateo o muchos otros de la ciudad. Esta diferencia para que, incluso los de fuera, quieran acercarse a San Telmo, nos la dará, por un lado, la devoción a nuestros Titulares y por otro, nuestro espíritu de compromiso y ayuda a los demás, nuestra fuerza para afrontar los retos del futuro para una Hermandad Cristiana.

Sabemos que la imagen no es lo más importante. Un buen aspecto, unas buenas intenciones, unos proyectos, pero sin realidades detrás que los sustenten no nos sirven para nada. Sin embargo, algunas veces es importante lo que somos capaces de transmitir porque una Hermandad debe “dar testimonio” de su fe con su comportamiento en todos los ámbitos de actuación. Y esta será nuestra auténtica fuerza, por esto es uno más de los puntos que pretendemos abordar si los hermanos y hermanas nos dan su confianza.

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Por otra parte, nuestro patrimonio, que se ha visto acrecentado en los últimos años, también ayudará a esta mejora de nuestra imagen. En los próximos años, sin embargo, en los que tendremos que reducir nuestra deuda todo lo posible, creemos que será una buena opción mantener en buen estado el mismo y si se pueden conseguir fondos adicionales por otras vías, mejorarlo con inversiones menores y orientadas al conjunto de atributos e insignias que sacamos a la calle en nuestra estación de penitencia.

Ya sabéis que nuestra opción fundamental, si nos dais la confianza, son las personas y sus relaciones, porque si cuidamos nuestras relaciones, la Hermandad del Cristo será imparable.

Y si seguimos mirando al futuro, el presente nos da opciones ya de que nuestra Hermandad esté también físicamente muy cerca, de que podamos llevarla en nuestro bolsillo en forma de móvil. La app debe extenderse a todos los modelos tecnológicos, de forma que cualquier hermano o hermana del Cristo pueda acceder en cualquier momento y lugar a toda la información y pueda realizar gestiones de forma inmediata.

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Un grupo de personas diverso, con riqueza en todos los sentidos, mirando al futuro con esperanza y alegría, con ilusión por seguir el legado material y, sobre todo, espiritual que hemos recibido y transmitirlo a las nuevas generaciones para su disfrute y vivencia, y para que seamos ejemplo de fe. Esta es una visión de la Hermandad del Cristo, que no nos quitamos de la cabeza.

Gracias por la acogida que nos habéis dado en estos meses y esperemos que el futuro nos sea favorable y si no lo es, que sepamos salir de las dificultades como siempre hemos hecho.

Publicado por Manuel Zúñiga Hita

La estabilidad y la fuerza económica. #UnaSolaHermandad.

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Creo que todos somos conscientes del tremendo esfuerzo que ha tenido que realizar la actual Junta de Gobierno para llevar a cabo la rehabilitación de la Ermita de San Telmo. Además, lo ha tenido que hacer con premura, porque había riesgos importantes en algunas partes del Templo. Gracias a Dios y a este gran esfuerzo, los riesgos han quedado conjurados y disponemos de un patrimonio en magníficas condiciones.

La parte negativa es que, como no ha sido posible hacer acopio de fondos previamente a las obras, la Hermandad tiene hoy una deuda importante con terceros: unos 300.000 euros según la información facilitada en los dos Cabildos de cuentas. Sin embargo, es una ventaja indudable que la mayor parte de esa deuda esté estructurada en un préstamo a largo plazo, que contemos, según se nos ha comunicado, con el apoyo del Obispado para cubrir la certificación pendiente con el contratista y que nos haya tocado la lotería en forma de herencia.

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Pero, aunque todo indica que la Hermandad va a salir sin problemas de este episodio, creo que debemos poner los medios para que esto no vuelva a pasar. Siempre se dice que lo mejor es prevenir, y estoy, básicamente, de acuerdo con esta afirmación.

Aspiro, si soy elegido hermano mayor, a que la Hermandad tenga unos medios económicos adecuados para mantener con cierto desahogo su patrimonio, que no es escaso. Quizás peque de ambicioso en este punto, pero entiendo que debemos tener una economía que no solo nos permita costear la procesión del Viernes Santo y poco más, sino que también posibilite una fuente de financiación para nuestros objetivos sociales y patrimoniales y una tesorería desahogada que permita el cumplimiento en tiempo de nuestros pagos.

Para eso, habrá que apurar las posibilidades de actividades que ya se vienen haciendo y que tienen una rentabilidad económica real. En este punto, posiblemente, lo primero que haya que hacer es conocer cuáles de las que se hacen por motivos económicos, tienen un bajo impacto en este ámbito.

Una posibilidad que nos gustaría explorar, si los hermanos nos dan la oportunidad, es que este tipo de actos “menores” desde el punto de vista económico, puedan ser asumidos por grupos de hermanos, de forma que se les dé un sentido más social que económico para la Hermandad. Además, entiendo que esta fórmula tendría como beneficio adicional, descargar algo al grupo de Mayordomía, en quien habitualmente recaen todos los trabajos más ingratos de la Hermandad.

Creo que hay otras actividades, como la caseta o la zambomba, que pueden ser susceptibles de algunos cambios, aunque, dado que tienen un peso significativo desde el punto de vista económico, estos deberían realizarse con cautela.

Finalmente, hay otros actos o recursos incorporados más recientemente, como los festivales flamencos o el columbario, a los que espero se les pueda dar aún mayor relevancia en todos los órdenes, entre ellos el económico.

Pero el fin último que creo que deberíamos alcanzar en este campo, como en la práctica totalidad de los que estamos tocando en estos textos, es que participemos en mayor medida los hermanos y que seamos capaces de atraer a más personas a la Hermandad.

Cuantas más personas tengamos un vínculo fuerte con la Hermandad, más sencillo será conseguir los recursos necesarios para mantener en perfecto estado nuestro patrimonio material y, cuando sea posible, ampliarlo de forma razonable.

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Confío no molestar a nadie si afirmo que, en este aspecto económico, una parte significativa de hermanos no hemos colaborado en la medida que se podría entender deseable en los últimos años. Aparte de ser casi siempre los mismos quienes trabajan, los que acuden o colaboran en algunos casos, también, suelen ser una nómina bastante corta.

Participar en el sustento económico de la Hermandad y ayudar a dar realce a sus actividades se supone que es un deber que nos afecta a todos sus miembros y me temo que somos muchos los que podríamos hacer más en este punto.

Es posible que, por las circunstancias en las que nos hemos visto envueltos a causa de la rehabilitación de la Ermita, la parte más relacionada con las personas haya sido en parte postergada, primando lo patrimonial por razones de urgencia.

También es cierto, y vuelvo a insistir en que no busco polémica alguna, sino motivar mi punto de vista, que una razón bastante aducida por algunos hermanos, para participar solo el mínimo imprescindible en el sostenimiento de la Hermandad, es la falta de confianza:  a un número significativo de ellos les gustaría tener los aspectos económicos más claros y, creo, están en su derecho de pedir que así sea (lo que no quiere decir que me parezca que tienen motivos para desconfiar).

Mi propuesta en este punto es hacer un esfuerzo adicional de trasparencia, para eliminar cualquier tipo de suspicacia y, junto con todas las demás medidas que os proponemos, insisto, alcanzar el objetivo de involucrar a más hermanos y devotos.

Entiendo que ser escrupulosos en el cumplimiento de los Estatutos y, además, establecer medios para facilitar que los hermanos sientan que poseen el control real del patrimonio de la Hermandad, puede ser algo que nos ayude a alcanzar ese fin.

En cualquier caso, las grandes corporaciones (como lo es la Hermandad del Cristo) están obligadas a ser trasparentes en sus actuaciones y respetuosas con sus propias normas.

Si fuese elegido Hermano Mayor, intentaré que la junta que presida sea la servidora de todos los hermanos, que, entiendo, es la directriz que señalan nuestros Estatutos.

Para que todo eso sea efectivo en el campo económico, procuraré ser respetuoso con el orden en el que, entiendo, deben hacerse las cosas: proyectarlas en la Junta de Gobierno, requerir la aprobación del Cabildo a unas actuaciones concretas y presupuestadas, ejecutar la decisión del mencionado Cabildo y, una vez finalizadas, rendir cuentas de la forma más clara posible.

Además, mi idea, si resultase elegido, es recuperar la figura del censor de cuentas, ya que, si es un hermano con prestigio, experiencia y formación, puede dar tranquilidad a aquellos que la necesiten, además de ayudarnos a los que fuésemos gestores del patrimonio común a ser respetuosos con las normas escritas y con nuestro papel de administradores de bienes ajenos, con todas las servidumbres que esto conlleva.

Estoy convencido de que actuando así y, sobre todo, contando con la devoción que en la ciudad hay al Cristo y a su Madre del Valle, seríamos cada vez más los que colaborásemos a sostener la Hermandad, su patrimonio y sus obras de caridad, lo que facilitará las cosas a quienes en el futuro nos tuvieran que sustituir.

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Publicado por Manuel Zúñiga Hita

La estación de penitencia. #UnaSolaHermandad.

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Honrad vuestra túnica. Es lo que pediría a cada hermano o hermana del Cristo en el único día del año en que la vestimos. Sea la que sea, nazarena, de cargador o molía, la túnica va más allá de una vestimenta para una jornada especial. La túnica es un sentir que nos acompaña durante toda la jornada del Viernes Santo. Ese que tienen muchos acompañantes espirituales y muchos devotos que ven nuestro paso desde las calles de Jerez y que, a veces, llevan esa “túnica” espiritual mejor que los que estamos en procesión llevamos la negra.

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El Viernes Santo salimos a hacer una manifestación de fe. Llevamos al corazón de Jerez a un Cristo que Expira pero que desafía a la muerte. Le acompañan su Madre del Valle y su discípulo amado, para que nuestra Cofradía conforme un “Calvario” perfecto en las calles. Pero no nos equivoquemos, no somos nosotros los que les acompañamos, son ellos los que nos acompañan para dar ese testimonio.

El Viernes Santo es un “día de fiesta” y debemos alegrarnos porque podemos hacer esa manifestación de nuestra fe. Sin embargo, el carnaval ya terminó unos días antes y la feria tardará también otros cuantos en llegar. Y tanto en uno como en otro evento tenemos ocasión de relajarnos, disfrutar con amigos, beber y comer. Pero el Viernes Santo hacemos “estación de penitencia”, con todo el respeto que merecen nuestros Titulares y el pueblo de Jerez.

Nuestra forma de estar en la calle es “distinta”, yo la defiendo y participo de ella, y nuestro recorrido muy complicado, y lo he “sufrido” muchos años ya. La pasión que despierta nuestra Hermandad es bien conocida, pero no creo que debamos permitir que se convierta en un espectáculo en el que se olvide a los hermanos y hermanas que hacemos la estación de penitencia hasta convertirla en insufrible.

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Tenemos que conseguir sentirnos plenamente satisfechos y orgullosos de nuestro comportamiento en la calle. Para conseguirlo, sería necesario que cada uno de nosotros hiciera una reflexión muy seria en este aspecto, antes de salir y cuando nos hayamos recogido. A los integrantes de nuestra candidatura nos gustaría que todos cuantos acudan a vernos puedan considerar que el Cristo es una Hermandad firme en sus convicciones y en su forma de ser y de manifestar su fe. Pretendemos que los devotos de Jerez, cuando acudan a ver a la Hermandad en la calle, la perciban como un conjunto en el que no sobra ni falta nada, que suponga un disfrute desde el diputado de Cruz hasta los escoltas del palio y que no solo vayan a ver los pasos obviando todo lo demás.

Creo que es importante que analicemos nuestro recorrido para que sea el más adecuado, y el número de horas que estamos en la calle para que sean las justas y necesarias para nuestra estación. No creo que sea lo mejor aprovechar que “El Cristo” está en la calle para hacer actos y homenajes que puedan hacerse otros días del año. Aunque, lógicamente, habrá quien tenga otro punto de vista, me gustaría que la propia Hermandad y, sobre todo, sus dirigentes, optaran por este enfoque con el fin de hacer la estación más llevadera para los que participamos en ella.

La estación de penitencia es voluntaria: no se obliga ni se compromete a nadie a salir en la procesión, ni tampoco pensamos que sea una competición. Por esto queremos de los hermanos y hermanas que hagan la estación de penitencia, ese compromiso que sale de uno mismo, y que nos hace ser capaces de completar el recorrido con nuestro cirio, de portar atributos complicados e insignias que exigen disciplina y de cargar hasta que las fuerzas flaquean y se levantan los pasos más con el alma que con el cuerpo.

Y a las dos de la mañana, con la emoción acumulada de una tarde larga de plegarias, sentir la satisfacción de haber participado en un trabajo bien hecho y el orgullo de pertenecer a una “Gran Hermandad”, como es la nuestra. Esta es la sensación que me gustaría que nos quedara a todos los hermanos tras la procesión del Viernes Santo.

Publicado por Manuel Zúñiga.

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