dirección

Personas y empresa (III) – Los perfiles necesarios

Posted on

El marco de actuación que he definido en mi anterior entrada del blog puede entenderse para las personas, en su binomio normativa-sociabilidad, como un estado de ánimo en un momento determinado de la vida laboral. Pero, como decía al finalizar el artículo, las posiciones de esta tabla que obtuvimos analizando las diferentes combinaciones, no tienen por qué coincidir para las personas con las que nos relacionamos, con lo que realmente necesitamos.

Y si pensamos detenidamente qué tipo de perfiles necesitamos, vemos que nos hace falta gente capaz de generar ideas, de tener una visión diferente del mundo que nos rodea para encontrar soluciones a nuevos retos y hacernos avanzar. También nos hará falta gente infatigable que asuma los primeros momentos de cada proyecto, gente capaz de poner un poco de orden en un caos inicial y que encauce la acción de una forma razonable y productiva. Y nada podría hacerse si nos faltara esa gente disciplinada y eficiente que, con pico y pala, saca adelante el día a día de cada una de nuestras líneas de actuación.

Y no se me ocurren más perfiles que estos para sacar adelante una actividad. Porque, cuando estamos en la labor de definir los perfiles que necesito, nunca debo hacer la definición de algo negativo, de algo que no buscaré, y que si nos fijamos, más que un perfil, resultará un estado de ánimo, una vivencia de un momento negativo más o menos largo para una persona, una «ausencia» de cualquiera de estas tres actitudes que buscamos. Y esta «ausencia de lo positivo» nos instalaría en uno de los estados definidos en el marco de actuación del artículo anterior o bien en una actitud negativa con respecto a la evolución personal, algo que trataremos en el siguiente.

Creativos

El primero de los perfiles que debo tener cerca es el de aquella persona «capaz de hacer magia» y sacar un pájaro de la chistera en el momento adecuado, cosas de la nada que a los demás no se nos ocurren. Gente capaz de «volar», que no tiene límites ni filtros y que no está encorsetada por nada. Pero, cuando pensamos en este tipo de personas, nuestra mente se va a grandes genios de la historia que nos parecen inaccesibles y, aunque éstos también serán necesarios (y mucho), no son realmente los que nos ocupan ahora. Tenemos un día a día, una vida normal en la que nos hacen falta estos papeles creativos.

Podemos ser nosotros los creativos, que hayamos tenido una idea que hayamos sido capaces de plasmar en una empresa para cubrir una necesidad de la sociedad, con un nuevo producto, un nuevo método de producción que abarata los costes, etc. Es posible también que necesitemos una campaña comercial para darnos a conocer y entren en juego los que llamamos de hecho «creativos», dedicados a la publicidad y la comunicación y que nos hagan conocidos en el mercado. Pero quizás haya tendencia a identificar este papel solo con personas extrovertidas como emprendedores y comerciales y nada más lejos de la realidad. Imaginemos un científico genial, capaz de descubrir un nuevo medicamento u otra fórmula magistral para cualquier aspecto que nos podamos imaginar; esa persona introvertida, casi asocial, a la que le cuesta trabajo hablar con los demás y hay que sacarle las palabras tirando de la lengua casi… también este perfil será creativo.

Si no existiera este perfil, estaríamos todavía viviendo en las cavernas. Pero, sin embargo, también los hay culpables de la sociedad de consumo extremo en la que vivimos. La creatividad es algo magnífico pero otra cosa muy distinta será el uso que le demos; estemos siempre atentos a esto.

Rompehielos

Después de muchos años de observación, la verdad es que la mayoría de estos creativos geniales, tanto por ser muy extrovertidos, como muy introvertidos, no sirven para poner en práctica las ideas que se les ocurren. Incapaces de «soportar» las exigencias, los rechazos y las actitudes en general de esos «mortales de mentes inferiores incapaces de apreciar su genialidad», sucumben a la realidad y al desánimo, dinamitando sus proyectos que puede que otros, mucho menos geniales pero más avispados, rescaten más adelante para beneficio propio y de esto sabemos mucho en España desde antes de la conquista de América.

Por esto, necesitamos de otro perfil fundamental. Gente capaz de traer a la tierra las ideas de los creativos, incluso bregando (negociando) con ellos mismos. Capaz de romper las resistencias de los distintos grupos de interés, de hacer ver las ventajas tanto en momentos cercanos como, sobre todo, en el medio y largo plazo, algo tan necesario pero tan difícil. Generación de acuerdos, cumplimiento de la legalidad, animación para la innovación, petición de colaboración y estructuración de los proyectos.

En definitiva, la apertura de caminos para avanzar con la nueva idea, el perfil del «rompehielos» que deja vías transitables para los demás.

Soldados.

Si tenemos una buena idea y hemos sido capaces de ponerla sobre la mesa y hacer que «aterrice», probablemente nos encontremos con que ninguno de los dos perfiles de los que hemos hablado hasta ahora tiene la suficiente «disciplina» para dotar a estos nuevos procesos de algo fundamental: la CONTINUIDAD. Será el perfil más numeroso, un ejército de «soldados» que, a base de pico y pala, con constancia y resistencia a la frustración, será capaz de hacer que el proyecto avance superando las dificultades de un día a día que puede aburrir tanto a los creativos como a los rompehielos.

Este perfil disfruta con la ejecución de las tareas, tiene una visión más a corto plazo, pero sin dejar de proyectarla al medio y largo. Es constante y capaz de resolver problemas con inmediatez, de forma que no se detenga la marcha. Es (debe ser) solidario y cree en el trabajo en grupo que fortalece las acciones y las orienta a logros. En definitiva, constituye la fuerza de trabajo sin la cual nada puede alcanzarse.

Podemos intentar complicar las cosas pero, a lo mejor, son así de simples… y a mí no se me ocurren más perfiles que sean necesarios para sacar las cosas adelante. O tenemos ideas, o somos capaces de traerlas a la tierra, o somos capaces de ejecutarlas, no hay más que se pueda pedir. Pero sí nos podríamos preguntar en cuál de estos tres perfiles nos situamos cada uno de nosotros. Pensadlo un poco y veréis que la cuestión no es tan fácil. Dependerá de en qué faceta de la vida nos centremos, en qué momento, cuál es nuestro estado de ánimo. De la misma forma que sucedió con el marco de actuación, las variables que tenemos que considerar son múltiples, por lo que no habrá una solución única ni un perfil totalmente claro.

La combinación de los perfiles.

Por lo tanto, ¿Podemos identificarnos con uno de estos tres perfiles? La respuesta, según mi punto de vista, será que no al cien por cien. Es más, en cada persona que analicemos habrá, en un momento determinado, una combinación de estos perfiles. Pero lo que sí es verdad es que, por nuestra formación, entorno, trayectoria personal y profesional, a lo largo de los años, sí que habrá alguno de los perfiles con los que nos identificaremos de forma mayoritaria.

Por ejemplo, he comentado que en el perfil de soldado se ejecuta, pero que también se deben resolver problemas con inmediatez. Pues este tipo de resolución de problemas necesita en ocasiones un punto creativo y alguna que otra habilidad de negociación, características básicas de los otros dos perfiles.

De la misma forma que sería necesario que el que estuviera como un rompehielos abriendo camino, fuera capaz de ejecutar actividades como un soldado. O que el creativo, con una idea en mente, fuera capaz por un momento de ver pros y contras y dar su brazo a torcer.

Cada uno de nosotros lleva dentro una combinación de los perfiles, nadie es al cien por cien uno de ellos siempre y en todas las circunstancias y esto también es algo que podemos modelar con trabajo y experiencia.

Por lo tanto, en un momento determinado de nuestra vida, tendremos una combinación de estos perfiles, pero, además, gracias a esta combinación, tendremos una disposición determinada en el cuadro que definimos como marco de actuación y, con respecto a nuestra actividad profesional, podremos ser más social que cuadriculado, o más normativo que estricto o, quizás, por los avatares de la vida, podríamos habernos convertido en un lastre. Sin embargo, nos nos preocupemos. De la misma forma que podamos haber evolucionado hasta una determinada situación, también podremos poner los medios para evolucionar hacia otra distinta. Y de esto es de lo que trataré en el último artículo de esta serie.

Personas y empresa (II) – El marco de actuación

Posted on

Como ya comenté en el primer artículo de esta serie que dediqué a la figura del jefe o, de forma extensa, del empresario de cualquier tipo (aquí puedes ir a ese artículo), las clasificaciones de los tipos de persona que nos podemos encontrar en la empresa son muy dispares, incompletas y tendentes a conseguir mas un «artículo distraído» para la audiencia y que tenga muchos «me gusta», que a proporcionar una verdadera ayuda a la hora de tratar con personas.

Este mundo de las relaciones creo que es mucho más complejo y no deberíamos frivolizar con él ya que se no se trata de sacos en un almacén para fabricar nuestro producto, ni de ordenadores y aplicaciones para gestionar nuestra contabilidad y nuestros procesos, aunque también supongan, eso si, desde los puntos de vista operativo y económico, recursos para la realización de nuestra actividad.

Como consecuencia de esto, podemos afirmar que no es lo mismo una persona con 19 años recién llegada al mundo laboral que alguien con 30 años de experiencia (ojo con este término que es un arma de doble filo). El tiempo será un factor que tendrá mucho que decirnos. También dependerán nuestras actuaciones de con quién estemos interactuando; si tenemos que interactuar con alguien agradable y empático, no será lo mismo que si nuestro interlocutor tiene problemas habituales de «estreñimiento social», por lo que las personas con las que tratamos también tendrán una influencia importante en nuestro comportamiento.

Y así, debemos considerar si tenemos algún problema personal que nos afecte, si estamos en el extranjero y no conocemos bien el idioma, si nos hemos metido en camisa de once varas con el puesto y estamos apuntando demasiado alto, si el sistema de selección no ha reconocido nuestra capacidad o incapacidad para la tarea de que se trate… y mil factores más que se nos puedan ocurrir y que influyen en el comportamiento.

Para poner un poco de orden en todo esto, entre ese maremagnum de variables, creo que hay dos que pueden ayudarnos a establecer un marco de actuación de las personas en su relación con las empresas. Es evidente que por nuestro marcado carácter social, una de las variables que debemos considerar será la de las «Relaciones personales». La actuación de las personas en la empresa depende de la interacción con los demás y esto condiciona nuestro rendimiento, por lo que creo que debería ser una de las variables fundamentales a considerar.

Por otro lado, es evidente que pertenecemos o nos relacionamos con organizaciones que tienen unas determinadas formas de hacer las cosas, unos procedimientos que podremos mejorar siempre, pero que no nos deberíamos saltar nunca, salvo causas de fuerza mayor muy justificadas. Es por esto que la otra variable fundamental que debemos considerar es nuestra relación con las «Normas», en el más amplio sentido del término, que abarcará, no sólo los aspectos estrictamente legales, sino también el de los procedimientos establecidos en las empresas, así como los usos y costumbres de las mismas.

Si combinamos estas dos variables y situamos cada una de ellas en uno de los ejes cartesianos, podemos representar la posición relativa de una persona en un momento determinado de su vida profesional en relación con estas dos variables fundamentales. Podremos generar así, una serie de zonas de comportamiento que nos ofrezcan un «marco de actuación» con respecto a las personas en relación con nuestra organización.

Fig. 1 - Marco de actuación de las personas en relación con la empresa

Perfiles con baja consideración de las relaciones sociales.

Fijémonos para empezar en la línea de posicionamiento más baja, donde existe la mínima habilidad de relación con las personas. Nos podemos encontrar a la persona fiel y estricta cumplidora de normas, sin tener en cuenta cualquier otra circunstancia y que se convierte en alguien «cuadriculado». El lema de «la norma es la norma» es el suyo independientemente de que el edificio esté en llamas. Podemos considerar que este perfil es negativo, pero pensemos que, en algunas ocasiones como a la hora de llevar la contabilidad y los impuestos, nos puede salvar de muchas situaciones difíciles.

Si nos movemos algo hacia el origen de los ejes, nos encontramos con otra posición poco social pero no tan estricta con respecto a las normas. Se trata de un perfil «normativo» que, en general opera según la ley y la costumbre de la empresa, pero es capaz de considerar algunos puntos de flexibilidad en su aplicación pero considerando aún de que se trata de un perfil con poca disposición social.

Justo en el origen de los ejes se encuentra un perfil con bajas relaciones sociales pero que, además, tampoco cumple las normas, por lo que en estas personas, que he denominado «lastres» se concentra toda la negatividad posible para nuestra actividad. Se les debe ayudar y también exigir un cambio drástico en sus actitudes o, de lo contrario, deberían abandonar su relación con nuestra organización. Si hablamos de un proveedor que tiene esta actitud, será relativamente fácil cambiarlo salvo que actúe en forma de monopolio y no tengamos otra opción para nuestro negocio. Si se trata de un trabajador y ya se ha intentado el cambio, deberá salir irremediablemente de la empresa. Si nos encontramos con un cliente que tiene este tipo de actitud debemos dejar de atenderlo cuanto antes.

Imaginemos también aquellos casos en los que no podemos deshacernos de la persona, por ejemplo, un funcionario de carrera al que no se puede despedir de ninguna forma. En este caso, si no se consigue ese cambio de actitud necesario, se irá alejando a la persona de la atención al público y de otros sitios que puedan ser claves en los procesos de trabajo, lo que hará que las funciones se sigan desempeñando sin que las contamine, pero con la injusticia de tener una persona vacía de contenido y trabajo y con un sueldo pagado por todos, que en algún caso podría ser considerable. Esto pasaría a ser un problema social: ¿tenemos que soportar en la Administración Pública pagada por todos una persona así, o deberíamos poder despedirla para que siga buscando su sitio en el mundo? Yo creo que sí, pero este desarrollo ocuparía demasiado en este artículo y nos desviaría del tema central. Hablaré de ello en otra ocasión porque el problema es muy generalizado y realmente grave.

Perfiles con baja consideración de las normas.

Volviendo a la tabla que nos sirve para analizar el marco de comportamiento en las relaciones, nos moveremos ahora en aquellos perfiles con baja consideración de normas y costumbres bien en nuestra organización, bien en las relaciones en general. Partiendo del «lastre» que he definido ya, nos encontramos con un nuevo perfil que tiene ya un mayor nivel en las relaciones sociales. Se trata de la persona «Voluntariosa». Es aquella que trata de ayudarte, además de buena fe en la mayoría de ocasiones; su actitud puede ser muy sincera, pero su desconocimiento de procesos, procedimientos, usos y costumbres le hace meter la pata de forma continua, no llegando a terminar aquello en lo que se ha quedado, haciéndolo tarde, mal, o las dos cosas a la vez, hasta el punto de la desesperación que nos hacer perder cualquier mínimo nivel de confianza que pudiéramos tener. Su característica fundamental, en definitiva, es la incompetencia.

El último perfil es, a mi modo de ver, el más peligroso y el que probablemente tiene un menor respeto por las normas y, por extensión, por el resto de las personas con quienes se relaciona; es el «Buenista». A cada uno le dice lo que quiere oír, aunque se contradiga con lo que ha dicho una semana, un día o un minuto antes. Pretende caer bien a todos aunque sea a costa de su propio criterio, si es que tiene alguno distinto de medrar, mantenerse o simplemente ser popular. Será, sin duda, el perfil más difícil de modificar, incluso más que el propio lastre, pero también resulta más complicado a la hora de deshacerse de él, puesto que es posible que la apariencia externa que emana de estas personas sea incompatible con el hecho de prescindir de las mismas, sobre todo de cara a los demás, que pueden estar atrapados en sus redes de ilusionismo barato. Esto es común en la Política y pueden verse ejemplos muy certeros de este perfil en las últimas décadas y en el presente rabioso de España al más alto nivel.

Photo by fauxels on Pexels.com

Perfiles de equilibrio.

Una vez analizada esta «L» de perfiles problemáticos pero, en algunos casos, aprovechables en función de su propensión al cambio, nos queda un cuadrante de perfiles que pueden estar realizando un conjunto de aportaciones importantes a nuestra actividad y que, además, cuentan con grandes posibilidades de desarrollo futuro y de ajuste real a nuestras necesidades de recursos humanos. Son los que denomino «perfiles equilibrados».

Si hay una carga importante de relaciones sociales y un cumplimiento razonable de las normas, estaremos ante una persona con un perfil «Social», imprescindible, por ejemplo, si queremos conseguir negocio para nuestra empresa. No podríamos imaginar a un comercial retraído, con poco don de palabra y gentes y que no quisiera en algún momento pedir una pequeña transgresión, si es necesario, en el servicio de un pedido, las rutas de entrega, los plazos o incluso los pagos.

Si, por el contrario, tenemos una carga importante de cumplimiento de procedimientos de la empresa, pero con unas relaciones sociales adecuadas, que tienen un mínimo de empatía, estaremos ante personas con un perfil «Estricto». Aunque ser estricto pueda tener hoy en día algo de mala prensa, no hay nada en el mundo que se consiga sin una mínima disciplina. Pensemos en que las personas que tienen que hacer las entregas de productos y materiales para nuestras actividades no cumplan los plazos acordados. Pensemos también en que si cumplen perfectamente no sean capaces de hacer una excepción en algún caso particular; también esto podría acarrear un grave problema de abastecimiento. También las facetas de administración, control, fiscalidad, organización, etc, necesitan disciplina, tanto para ellas mismas como para el resto de la organización, por lo que no nos podemos permitir el lujo de no disponer de este tipo de perfiles cerca de nosotros.

La relación entre estos dos perfiles quizás se nos antoje con alguna que otra fricción, pero son, en general muy complementarios y capaces de trabajar juntos con altos rendimientos. La maduración de estos perfiles, nos llevaría a otros dos, uno que ocupa la parte central del mapa y que he denominado «Equilibrado», y otro que ocuparía la posición diametralmente opuesta al lastre y que es muy excepcional; por esa excepcionalidad, si no imposibilidad, lo he denominado el «Mirlo blanco», algo que nunca se ve.

Es curioso que me refiera a una «maduración» en posiciones de la tabla más cercanas al origen de coordenadas, pero pensemos también en el valor que siempre he dado en todos mis artículos al concepto de equilibrio. Estas posiciones de perfil equilibrado son el germen de toda la evolución que la empresa necesita, tanto en caminos de ida como de vuelta. Ida en el sentido de que el abandono de posiciones peligrosas de la «L» inicial que tratamos, se llevará a cabo casi con seguridad a través de estas posiciones en la búsqueda de una mejora personal. Y vuelta en el sentido de que la experiencia de haber estado en posiciones tanto estrictas como sociales y el consiguiente aprendizaje bien aprovechado, también nos puede llevar a unas modificaciones de conducta tendentes a un mayor equilibrio personal que nos haga, desde ese centro, entender las bondades, defectos y necesidades de cada una de las posiciones de la tabla para poder ejecutar una correcta gobernanza de todas las actividades. Por esto, las jefaturas requieren de este tipo de perfiles equilibrados pero, sobre todo, en caminos de vuelta, con toda la experiencia acumulada.

El caso del «Mirlo blanco», la persona perfecta (que no es lo mismo que equilibrada), es posible que lo encontremos una o dos veces en nuestra vida profesional y por un periodo muy breve de tiempo.

Estas dos variables que he considerado, nos da un cuadro bastante útil para el posicionamiento de todos los profesionales que se relacionan con nosotros, tanto dentro como fuera de la organización de nuestro negocio. Si tenemos en cuenta alguna otra variable adicional, podremos ver cómo las personas serán capaces de modificar su situación, pasando de unas zonas a otras. Por ejemplo, será necesario considerar el tiempo para que pueda producirse algún cambio. La influencia de un buen o mal jefe podrá tener mucho que ver con la evolución de una persona. Del mismo modo la influencia de los compañeros, etc. Dejaremos esta evolución para el último artículo de la serie.

Siguiendo la argumentación que estoy llevando a cabo, este marco de actuación nos da un reflejo de la situación de cada uno de los profesionales con los que me relaciono en un momento determinado. Es un análisis estático, en un momento concreto, de la situación con respecto a los recursos humanos. Pero, también desde un punto de vista teórico, ¿cuáles son los perfiles de profesionales que la empresa de verdad necesita? Lo veremos en el siguiente artículo.

Complejos de culpa (I) – Productividad obsesiva

Posted on Actualizado enn

Pase que en España no seamos los más productivos del mundo, que desaprovechemos el tiempo un poco y no consigamos hacer en el mismo tiempo todo lo que un alemán, francés o noruego son capaces de hacer. También habrá que ver si por el camino de hacer las cosas, esas que nos han costado a nosotros más tiempo, ellos han disfrutado más o menos que nosotros, porque puede que la productividad sea mayor en sus casos pero la satisfacción menor. Es importante, eso sí, que el resultado final pueda tener la misma calidad en todos los casos.

Siempre que sale una estadística de productividad en Europa, o, en general, en ese grupo de países denominados «del primer mundo», comienza el debate por la posición de España. Una serie de expertos han definido los parámetros, en este caso de la productividad, de forma aséptica y fría y según unas teorías de la producción que no consideran bien los entornos y las formas de ser, y se acaban estableciendo las escalas de quiénes son mejores o peores. Pero según esos criterios sobre los que, muy probablemente, nadie nos ha preguntado.

Y así, siguiendo el error perpetuo de España desde que terminó el siglo de oro y empezó a fraguarse la ideología liberal y progresista, lo que viene de fuera siempre es lo mejor y se convierte en ley, nosotros no somos capaces de hacer nada a derechas y de establecer el más mínimo criterio y, por lo tanto somos una especie de «chuflas» y retrasados ante una Europa que nos escribió la historia. ¡Todos a acomplejarse!… Y hasta hoy y prácticamente en todos los aspectos de la vida: en cada parcela, una mayoría de acomplejados y una pseudo élite de expertos que se sienten por encima del común de los mortales porque defienden criterios que se han establecido en otros sitios «más avanzados», sin la más mínima capacidad de crítica hacia esos criterios que nos tenemos que «tragar» y sin ser capaces, tanto que saben, de proponer nada nuevo.

Photo by Ron Lach on Pexels.com

Pero creo que sería necesario que nos hiciéramos algunas preguntas, porque según su respuesta es posible que cambie mucho la situación:

Ante esta situación de la productividad por ejemplo, ¿aplicamos igual o mejor tecnología? Si la respuesta es que no, tenemos un claro margen de mejora que podremos analizar para igualarnos y probablemente con esas mejoras podremos alcanzar el mismo nivel. Aquí no habría mucha justificación de esos complejos, existe realmente un desfase y simplemente nosotros decidiremos cómo y cuándo hacer esas mejoras.

Si la respuesta es que sí y tenemos a nuestra disposición las mismas herramientas, entonces la cosa será algo más complicada y tendríamos que pasar a una segunda pregunta: ¿Es siempre así o estamos en aquello de generalizar por costumbre? Un vicio muy instaurado en nuestro país, analizamos unos resultados parciales e inmediatamente, si son malos claro, lo extendemos a la generalidad de los casos. Esto nos llevará al resultado de que habrá una gran mayoría trabajando muy bien, pero bajo el estigma de que no lo hace y sólo porque hay algunos que no cumplen esos estándares (que vienen de fuera). Tampoco caben aquí complejos porque en ningún sitio del mundo existirá un nivel de uniformidad total en la actividad económica y siempre «habrá de todo en la viña del Señor».

Pero está también la otra opción, que efectivamente sea siempre así en la mayoría de los casos, y teniendo a nuestra disposición la misma tecnología, los resultados sean peores. Esta situación nos llevaría a la tercera pregunta: ¿Nos importa realmente? Porque ya aquí, estamos entrando en otro tipo de análisis muchísimo más profundos aunque nos parezca todo lo contrario.

En el caso que nos ocupa de la productividad en el trabajo, el desfase podría significar que yo tardo, por ejemplo, tres horas más en hacer la misma tarea, con la misma calidad, que un holandés o un alemán teniendo a mi alcance las mismas herramientas y el mismo conocimiento personal y experiencia que ellos. Si esas tres horas además, las cobro, la empresa o el proyecto incurrirá en unos mayores costes de personal (suponiendo el mismo salario, que sabemos que en muchos casos no es así). Por lo tanto, o el margen será menor o, para tener el mismo que mis dos competidores, tendría que subir el precio del producto o servicio que he llevado a cabo. En ambas circunstancias mi negocio pierde, en teoría.

Y aunque haciendo las cuentas esto sería un hecho constatable, también he dicho «en teoría». Hagamos un supuesto: he tardado tres horas más porque he atendido, cuando no estaba previsto, a dos compañeros de trabajo que me pidieron opinión o ayuda para sus distintas actividades en lugar de ser un «estreñido» que les cortó en seco y les dijo que me pidieran cita por correo electrónico. Como consecuencia de esa ayuda, uno de ellos ha logrado una solución para la suya y el otro ha aprendido algo que incorporará de forma continuada como mejora a sus actividades diarias. La vida es compleja, como dije en otro artículo, así que, ¿qué balance podríamos hacer ahora? Mi actividad ha resultado algo más «cara» sí, pero posiblemente las mejoras de los otros dos compañeros han generado una notable mejora de la productividad de ellos y, por lo tanto, una mejora de la productividad «general» de la empresa desde ese preciso momento. ¿Con qué nos quedamos? Probablemente ya no sea tan crítica mi peor productividad, aunque también dichas aportaciones se las podría haber hecho en otro momento planificado más adelante y lo tendríamos todo… ¡o no!

Photo by Liza Summer on Pexels.co

Imaginemos que esas horas de más NO LAS COBRO. ¿Por qué puede ocurrir esto? Porque la empresa (que en muchos casos puedo ser yo mismo) no me las va a pagar aunque realmente hicieran falta para el proyecto; mal vamos, pero este es un tema muy distinto, porque si hacían falta, algo cambia en las condiciones con respecto al holandés y al alemán, pero en cualquier caso el coste de la actividad debería ser superior y estaríamos falseando los resultados… y esto da, no sólo para un artículo, sino hasta para un libro entero, y le dedicaremos tiempo al tema de los costes.

Pero, por ahora, vamos a las otras opciones: me han interrumpido esos compañeros y les he atendido con el resultado que he dicho antes y YO he decidido trabajarlas para terminar mi proyecto. O simplemente YO he decidido tomármelo con más calma en mi trabajo y de forma consciente he tardado más para hacerlo de una forma más tranquila, segura, e incluso disfrutándolo más. Con la primera opción (que es la que haría cualquier autónomo o pyme), la empresa no sólo no ha incrementado el coste sino que ha tenido una mejora; con la segunda opción (que es la que «debería» hacer el autónomo alguna que otra vez) no ha tenido incremento de coste y la persona ha seguido una decisión propia que entendemos que es satisfactoria para su bienestar personal.

En estos casos estoy sacrificando tres horas de mi vida personal para dedicarlas al trabajo sin tener ninguna compensación «económica», pero quizás de otro tipo sí (satisfacción por la ayuda prestada, satisfacción por disfrute de mi trabajo… y así podríamos seguir con este tipo de justificaciones por el que una buena parte de la población nos diría que somos tontos, que no debemos hacerlo, que deberíamos reclamar más salario, negarnos en redondo, acudir a la justicia o incluso a los sindicatos para que empiecen a envenenarlo todo, aunque eso era antes, ya ni eso…).

Es posible que nuestra forma de trabajo sea distinta a la del holandés o a la del alemán, pero el punto crítico es, según yo creo, ese «YO he decidido» que he usado antes y que constituye una libre y consciente elección de mi situación en el trabajo y que nadie puede ni debe criticar, porque hay fundamentos que no podemos imaginar detrás de cada comportamiento humano. Si nos fijamos, salvo en el último caso en el que decido trabajar de forma más relajada, en los demás en que atiendo a mis compañeros, cobrando las horas o sin cobrar, en realidad el problema es de una simple imputación contable, porque esas tres horas (y su correspondiente coste), nunca deberían haberse imputado al proyecto en cuestión, por lo que mi productividad habría sido la misma que la de los del norte, y si he cumplido al final los plazos, que es donde deberíamos tener mucho cuidado, incluso superior por las aportaciones realizadas a las demás actividades.

Si nos encontramos en estas situaciones, cualquiera de ellas, que son además la mayoría, COMPLEJOS NINGUNO, sólo mirada al frente y defensa de nuestra forma de trabajo, esa que nos hace más afables y que vivamos mejor si no fuera por el permanente complejo de culpa que tenemos en este tema concreto de la productividad.

Pero mucho cuidado: si no rindes lo suficiente, tardas más siempre, no aportas mucho al resto e incluso no cumples plazos… si siempre hay una excusa para lo que no se hace y una queja del poco tiempo que se tiene y lo complicado que resulta todo, probablemente debas plantearte que eres un flojo o un inútil o incluso las dos cosas juntas y que tu sitio no está ahí, en esa empresa y probablemente en ninguna otra, y si no cambias de actitud, deberías acabar en un sitio que yo personalmente no acabo de concretar o, como mínimo, en una cola de las tantas que hay para ayudas sin contraprestación alguna, quitándosela también a alguien que realmente la necesite, que hasta para eso se puede ser inútil en grado máximo.

Photo by Liza Summer on Pexels.com

Un mundo de decisiones

Posted on Actualizado enn

Hace más de dos mil trescientos años desde que Aristóteles escribiera sus obras de ética. Un largo camino de sentido común aplicable a todos los ámbitos de la vida y que algunas veces complicamos más de lo necesario. Lo cierto es que cuando queremos buscar un poco de inspiración para ordenar las ideas y seguir adelante, no viene mal echar un vistazo a estos textos, algo difíciles en algunos párrafos, pero muy esclarecedores y aplicables a nuestras actividades actuales.

Vamos a analizar algunos de los aspectos fundamentales que pueden encontrarse en sus obras de Ética. Principios universales para gobernar nuestras empresas y, sobre todo, nuestras vidas, de las que nos olvidamos a veces, perdidos en una vorágine de obligaciones y falsos problemas que nos creamos para que el tiempo siempre esté ocupado y no nos permitamos pensar demasiado, porque pensar, algunas veces resulta hasta peligroso.

Una finalidad sencilla y aplastante

La buena vida. Sí, eso que decimos muchas veces de modo peyorativo para criticar lo que hacen algunas personas. Aunque el sentido en el que lo decimos, que tiene que ver con mucho ocio y poco hacer, oculta la realidad a la que nos tenemos que referir. Se trata de ver qué hacemos con nuestro tiempo. Se trata de qué actividades debemos abordar para caminar hacia la satisfacción y la felicidad. Se trata, en definitiva, de un camino de búsqueda del bien último que nos haga sentir nuestro vivir como un disfrutar de manera real y profunda nuestro tiempo en el mundo.

Es evidente que habrá que pensar qué significa disfrutar. Porque no nos servirá aquello de «eran pobres pero felices» donde se ve un conformismo velado que nos puede bloquear; pero tampoco vemos que sean más felices los que tienen de todo. Ya hemos hablado en estos artículos del modo de consumo extremo actual. Y cuántas veces hemos visto a un niño pequeño disfrutar más con la caja que con el juguete, y no digamos si la que llega es la caja de una lavadora o un frigorífico… da mucho que pensar esto también.

«…así también son los que actúan rectamente los que pueden alcanzar las cosas bellas y buenas de la vida. Y la vida de éstos es placentera por sí misma, pues sentir placer pertenece a las cosas del alma.»

Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I,8

Vida placentera por sí misma, un matiz importante. No solo hago cosas para obtener algo aunque lo que tenga que hacer sea desagradable. También es importante que lo que hagamos en sí nos agrade. Y cómo cambia esto por ejemplo con el trabajo, ocho o diez o incluso más horas de martirio para tener mucho dinero que nos posibilite poder comprar o hacer otras cosas que nos ocuparán mucho menos tiempo. Pasar la mayor parte de la vida insatisfecho para poder estar ¿satisfecho? una pequeña parte de la misma. Quizás sería mejor que pudiéramos estar satisfechos durante esa gran parte de la jornada que nos dedicamos a sacar adelante ese castigo bíblico llamado trabajo. Pero es posible que nos encontremos con una limitación: nuestro «sistema». Será que tendremos que modificarlo un poco aunque ¿qué puedo hacer yo, un pobre mortal?

Un problema de recursos

Está claro que no podemos vivir solo del aire, que necesitamos recursos para poder desarrollarnos. Y el ser humano ha demostrado ser especialista en la obtención de recursos. Nuestra evolución se ha basado en una ilimitada habilidad para el aprovechamiento de los entornos en los que hemos vivido y en una creatividad desmedida para ser capaz de mejorar física e intelectualmente.

«Con todo, parece que también necesita adicionalmente de bienes externos, pues es imposible o nada fácil que nos vaya bien si carecemos de recursos.«

Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I,9

Podremos tener todas las aspiraciones espirituales e intelectuales del mundo, pero casi con toda seguridad, no estará en nuestra mente el ideal de ser un esquelético y mugriento ermitaño. Y desde que empezamos en las cavernas hemos evolucionado para eliminar el hambre, el calor, el frío, el dolor y fomentar el placer y el bienestar. Cuando hemos visto que podríamos mejorar, sin dudarlo lo hemos hecho. Hemos sido capaces de aprovechar todos los recursos que teníamos a nuestra disposición a través de una técnica cada vez mejor. Hemos organizado los recursos para evolucionar… hasta hoy, el momento en el que parece que estamos quebrando una de las máximas fundamentales: debemos mantener y mantenernos en equilibrio con nuestro entorno.

Los griegos clásicos, que pusieron las bases de nuestra cultura, eran conscientes de que se necesitaban recursos externos para alcanzar nuestro bien supremo, pero a mi me gustaría conocer su opinión hoy en día a la vista del despilfarro y el agotamiento de dichos recursos hasta el punto de que pueda comprometerse en algunas décadas más el bienestar propiamente dicho, todo porque nos creemos no solo superiores a cualquier otra criatura del mundo, nos creemos el ser supremo.

Un camino de lógica y cordura

Aún admitiendo que nos hacían falta medios para conseguir mejorar y llegar a una buena vida, siempre el camino fue más espiritual que material. Y, hoy en día, también creo que una hora de buena lectura es infinitamente más gratificante que una hora de videojuegos. Lectura que te hace pensar, que te lleva a lugares, que te hace vivir sensaciones y que te proyecta hacia tu desarrollo personal, ante una actividad sin más pretensiones que una recompensa inmediata de satisfacción adictiva matando a doscientos monstruos ficticios o configurando la mejor plantilla de fútbol del mundo para jugar en una pantalla en la que pocas calorías vamos a perder.

Somos seres sociales que necesitamos relacionarnos pero vamos a una sociedad cada vez más numerosa, pero cada vez más aislada. Ese es nuestro camino. Pero hace poco hemos tenido una pandemia que nos ha mostrado hasta dónde pueden llegar las consecuencias del aislamiento… y no aprendemos, a pesar de todos los problemas de ansiedad y mentales de todo tipo que han surgido de este hecho lamentable que la «Ciencia» nos provocó y también nos resolvió con unos cuantos más ricos por el camino.

Por muchas vueltas que le doy, no veo ninguna señal en la marcha de la vida actual que nos lleve hacia ese bien supremo. Y quizás es que nos equivoquemos en el planteamiento. Tanto pensamos en lo que queremos llegar a ser, a sentir, a vivir, que parece que ese objetivo es una vida futura distinta de la que estoy viviendo. Pero hay que tener cuidado, porque cuando hablamos de la «buena vida» nos referimos a «nuestra» vida y esa la llevamos encima en cada momento, no es algo exterior a nosotros. La felicidad, la buena vida deberá ser un ideal al que nos gustaría llegar y por el que haremos grandes esfuerzos, pero que no vamos a conseguir si no miramos a lo que nos esté pasando ahora mismo, a lo que estemos haciendo por nosotros, por los demás y por el mundo ahora mismo.

Si quiero ser una persona valiente, justa, respetuosa y sensata, si quiero sentir lo que decía la primera cita que hemos apuntado en este artículo, «tener una vida placentera por sí misma», debo empezar ya. Debo hacer en cada momento lo que considere correcto y eso me llevará a la satisfacción.

Ser una persona virtuosa no es fácil, es más, es imposible, pero también nos viene el análisis desde esa lejanía de dos mil trescientos años:

«… de esta manera, todo experto rehúye el exceso y el defecto y en cambio busca el término medio y lo elige -pero el término medio no del objeto, sino el relativo a nosotros-.»

Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro II, 6

Sí, así es, esta es una de las formulaciones de aquello que conocemos de forma popular como «en el término medio está la virtud» y por muy vulgar que se haya vuelto de tanto repetirlo en mil situaciones de nuestra vida, incluidas aquellas a las que no les va, el análisis es demoledor. Es un no a la obsesión, un no al perfeccionismo, un no a la generalización vulgar de todo lo que hacemos y una bienvenida a la adaptación, a la mejora y al sentido común.

¿Cómo debemos comportarnos en cada momento? Debemos ir domando nuestro carácter, debemos convertirnos en personas sensatas y en las que los demás puedan confiar por nuestro buen criterio. Pero las circunstancias de la vida son cambiantes y tenemos que saber adaptarnos, de ahí la segunda parte de la frase de Aristóteles.

En la cúspide de las virtudes, hay una moneda con dos caras, una teórica y otra práctica, y que parece resumir a todas las demás a la hora de definir nuestra vida. En la cara, el apartado teórico, está la sabiduría y en la cruz, el práctico, está la prudencia. Este tándem poderoso es el que nos hará vivir una vida buena y plena, pero no es fácil… sobre todo la práctica.

Cuando las cosas se tuercen: el mal menor.

Pero ya hemos dicho que las cosas no son fáciles y la vida nos trae circunstancias en las que no podemos poner en práctica nuestros criterios y maneras de pensar de una manera efectiva. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando te nombran jefe de algo y te sientas por primera vez en tu despacho. Si, los ves al llegar, allí te están esperando unos cuantos «marrones» sobre los que tendrás que tomar una decisión para no parar los temas en marcha de la empresa.

Es posible que algunas cosas que haya que hacer (algunas, muchas o incluso todas) no se adapten a tu forma de proceder, pero tienes que dar una respuesta porque el no hacerlo, sin duda, traerá peores consecuencias. En este momento será en el que tendremos que aplicar la teoría del «mal menor».

«… como es extremadamente difícil acertar el término medio, hay que aceptar el menor de los males.» y «… la condición de medio es elogiable en todos los casos, pero que hay que inclinarse unas veces al exceso y otras al defecto.»

Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro II, 9

No siempre podremos operar con total rectitud en las circunstancias de la vida, habrá momentos de desasosiego, pero que nuestro criterio siempre sea tender a ese medio correcto evitando que provoquemos males mayores para nosotros y para los demás. Pensad en esas personas que nos dicen que son muy directas porque siempre dicen lo que piensan (que puede ser lo más honesto), ¿cuántas veces hay que callarse algo por muy verdad que sea?

La importancia de la ACCIÓN.

Bien hasta aquí, tenemos ya bastante para reflexionar sobre cómo podemos enfocarnos hacia una vida buena, que nos cause satisfacción. Conocemos la virtud, el término medio para su aplicación y la posibilidad de que se nos tuerza algo y tengamos que readaptarlo todo. Además valorando los medios con que contemos. Pero vayamos a una última cita:

«Lo mismo que en las Olimpiadas no reciben coronas los más hermosos y fuertes, sino los que compiten (es entre éstos entre los que algunos vencen), …

Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I, 8

Esta es justo la frase anterior a la que sigue la primera cita que he hecho en este artículo, probad a leer las dos juntas y tendremos el sentido completo del artículo.

Si no somos capaces de actuar, NO TENEMOS NADA. Y es un tema repetitivo en Aristóteles la llamada a la acción. Solo seremos capaces de forjar nuestro carácter, nuestra forma de ser, mediante el mantenimiento de «hábitos», otro referente en este autor. No basta que hagamos algo una vez, debe ser nuestra norma para que pase a ser parte de nosotros, para que podamos sentirnos bien porque hacemos algo de forma correcta.

La prudencia, a la que hemos aludido anteriormente, es una virtud práctica, solo se puede dar si en realidad estamos siendo capaces de hacer algo. Algo que además sea voluntario, aquello por lo que el ser humano se distingue de los animales. No nos mueven sólo los actos reflejos de nuestra supervivencia sino también la capacidad de actuar según nuestros propios criterios, esos que nos habremos formado si hemos sido capaces de aplicar lo que nos dicen las demás citas de este hombre genial.

Y para actuar, debemos entrar en «un mundo de decisiones». Todo depende de nosotros. Podemos levantarnos o quedarnos en la cama, la primera decisión de cada día, podemos cumplir en nuestro trabajo, solo cubrir el expediente o sacudirnos de todo lo que nos llegue, podemos ayudar a otros o no. Continuamente tenemos que decidir, pero ya tenemos herramientas para hacerlo… la actuación según virtud, la mesura del término medio y la solución del mal menor adaptando todo a cada circunstancia de nuestra vida.

Algunas decisiones serán erróneas, claro que sí, otras veces dudaremos, pero es que no somos infalibles, ni tampoco tiene que ser perfecto. Pero tenemos que actuar y para hacerlo tendremos que tomar decisiones… con sabiduría y prudencia.

Motivación: ¿Ilusión o realidad?

Posted on

Y tu Amas tu Trabajo

Esta ha sido otra de las “vacas sagradas” de los Recursos Humanos en los últimos años. Sin embargo, estaremos de acuerdo en que, al final, ha llegado a hablarse más, mucho más, muchísimo más, de su opuesta: la des-motivación. No hay que preocuparse por esto, sin embargo, sólo concienciarse de ello. Con el nivel directivo del que se ha hecho gala en este país en los últimos quince años, la gestión de la motivación más que a una herramienta empresarial de desarrollo profesional, se ha parecido a ese juego en el que hay que dar con un martillo a la cabeza que asoma por el agujero: una persona motivada, con ilusión, saca la cabeza e inmediatamente un directivo al uso lo des-motiva de un martillazo.

A partir de ahí, el profesional que ha intentado hacer algo por su empresa (algo por lo que además le pagan y es “su obligación”), aturdido por este primer golpe se plantea el porqué de lo ocurrido, e incluso llega a darse a sí mismo una explicación razonable. Y vuelta a empezar. Segundo martillazo… ¿y ahora cuál es el problema? Explicación y vuelta a empezar. Y así sucesivamente hasta que ya empieza a no sacar la cabeza y quedar sumido en una realidad de monotonía o de instrucciones sin sentido aparente (claro que los de arriba tienen más información de por qué se hacen las cosas como se hacen) que constituyen lo que yo llamo la “dirección por bandazos” (ahora todos para allá, ahora todos para el otro lado…). Pero claro, los golpes duelen.

Si llegados a este punto, alguno de los lectores está sonriendo, aunque sea levemente, será que algún golpe se ha llevado. Esto es un problema empresarial grave porque hay que saber encauzar las iniciativas de las personas, sin hacer cosas que a la empresa no le interesen, pero sin frustrar a nadie porque esa fuerza, esa iniciativa y esa capacidad de pensar siempre es necesaria.

En cualquier caso, el tratamiento “teórico” de la motivación desde el punto de vista de la empresa lo dejaremos para otro momento. Hoy me quiero centrar en la actitud del profesional que ha experimentado este “juego de despropósitos”. ¿Debemos caer en el pozo de la mediocridad para no llevarnos más martillazos en el juego? ¿Debemos dejar de tener ideas, iniciativas, para hacer lo normal, “lo que se nos pide” sin aportar nada más? Categóricamente NO. Pero no porque sea malo para la empresa, que lo es, sino porque es malo para el profesional. Porque lo que no se ejercita se atrofia y en este caso estamos hablando de nuestra mente.

Aunque una propuesta no salga adelante por cualquier motivo, (y cuando digo “cualquier” hablo desde una explicación razonada hasta un ridículo, estúpido y tajante NO sin más o una callada por respuesta), el ejercicio de pensarla, estructurarla, darle forma en el papel y llegar a defenderla es tan importante para el profesional, que no podemos permitirnos el lujo de tan siquiera dudar si debemos hacerlo. Hay que seguir porque nuestra “persona” gana cada vez que lo hacemos.

Con un poco de suerte, de estas experiencias aprenderemos a que vaya saliendo poco a poco algún proyecto. Aunque si los golpes son muchos y continuados, quizás no estemos en la empresa correcta, quizás debamos emprender nosotros nuestro camino por otro lado. Y qué difícil es esto en nuestra cultura de estar toda la vida en una empresa aunque vivamos nuestro trabajo de forma triste y el mejor proyecto sea la lotería primitiva compartida con los compañeros del departamento.

Cambiemos el concepto. Hablemos de AUTO-motivación. Hagamos depender nuestro contento o descontento de lo que seamos capaces de hacer, de lo que seamos capaces de progresar nosotros mismos. No dejemos descansar este impulso sólo en el reconocimiento de otros. Porque esos otros podrán ser mejores o peores, pero tarde o temprano irán desapareciendo y apareciendo otros nuevos. Lo que siempre estará con nosotros será nuestra capacidad, nuestro convencimiento y nuestras ganas de hacer los proyectos que creamos oportunos para avanzar.

Si conseguimos la complicidad, ayuda o aprobación de los demás, habremos dado un gran paso, pero si no lo conseguimos, tenemos que seguir en el empeño de hacer grandes cosas. Y la más grande de todas probablemente sea que nuestra mano nunca llegue a manejar un martillo en el juego.

La automotivación es una de las cualidades de los profesionales de la “Nueva Economía” y la ayuda a los demás, la principal cualidad de sus directivos.

La empresa sin alma

Posted on Actualizado enn

Da igual el tiempo que lleves, el compromiso, la vinculación, la motivación… No importa tu experiencia, si has aprovechado el tiempo, tu capital intelectual, tu formación… Si hay que dar números y esos números son los de una reducción de plantilla, prescindirán de ti.

Esta es la realidad de nuestras empresas, pasarse «por el forro» todas esas máximas grandilocuentes que nos han estado regalando los responsables de Recursos Humanos, y por indicación de ellos los más altos directivos, sobre la importancia de su «capital intelectual», de la gestión del talento, de la mejora de las competencias, de la integración y motivación del trabajador.

Ha resultado ser papel mojado en cuanto la cosa se ha puesto dificil, hasta convertirse en un coge el dinero y corre… Y durante un momento, alguno de esos altos directivos que ha visto cómo han hundido la empresa por la que «se desvivían» habrá pensado «¿me tendría que estar dando vergüenza ahora?». Y acto seguido se habrá respondido a sí mismo: «Sí… algo… pero bueno, ya se pasará y por lo menos mi bolsillo anda calentito». Pero esto lo habrá hecho sólo alguno, los demás sólo han visto la segunda parte, la de llevarse dinero suficiente como para vivir dos vidas.

La empresa española, con honrosas excepciones,  ha progresado en estos años «A PESAR» de sus altos directivos, por la existencia de profesionales formados, con ideas y ganas de trabajar que han mantenido la producción y que han sido capaces incluso de cumplir los objetivos que les marcaban esos altos irresponsables. Quizás ahí ha estado el error, en que nunca el estrato de profesionales supo decir NO a lo que se le marcaba aún a sabiendas de que conducía a un suicidio colectivo. Pero estaba en juego el puesto de trabajo en época de bonanza y nadie quería hacer de héroe a costa de su bienestar personal. Al fin y al cabo todo se vendía, todo subía por la nubes…

El resultado sin embargo ha sido que muchos de estos profesionales han acabado finalmente perdiendo su puesto de trabajo. Sí, ese que defendían en época de bonanza, pero que ahora pierden en «vacas flacas», con un entorno mucho peor. Y los que les pusieron los objetivos, ricos, esperando otra oportunidad de asombrar al mundo con su sapiencia.

Esta es una nueva época, y yo creo sinceramente que este país saldrá adelante y muy reforzado de todo lo que nos está pasando, porque muchos cerebros muy capacitados se han «LIBERADO» del yugo de la gran empresa y ahora tienen que ponerse a pensar para crear nuevas estructuras y formas de trabajo. Veremos más pequeñas empresas y profesionales «freelance», que serán capaces de poner en valor su aportación al sistema sin que tengan que pasar por el tamiz de altos directivos arrimados a buenos árboles políticos y que no llegaban a la suela del zapato a la mayoría de ellos.

Veremos, y en realidad ya lo estamos viendo, la utilización de las nuevas tecnologías para que estos trabajos puedan internacionalizarse. Veremos multiplicarse las opciones de contratación para las empresas. Veremos cómo se gana confianza en los «nuevos artesanos» de esta época incipiente que vivimos. Ya la garantía no sólo nos la dará la gran empresa. Los profesionales, pymes y pequeños negocios volverán a centrar nuestra atención.

Y con las nuevas tecnologías, mucha atención, porque serán para multitud de productos y servicios, los profesionales, pymes y pequeños negocios de «cualquier rincón del mundo» los que atiendan esa demanda. Demos la bienvenida a la NUEVA ECONOMÍA. ¡Ya era hora y nos lo merecíamos!