economía
Un mundo de decisiones
Hace más de dos mil trescientos años desde que Aristóteles escribiera sus obras de ética. Un largo camino de sentido común aplicable a todos los ámbitos de la vida y que algunas veces complicamos más de lo necesario. Lo cierto es que cuando queremos buscar un poco de inspiración para ordenar las ideas y seguir adelante, no viene mal echar un vistazo a estos textos, algo difíciles en algunos párrafos, pero muy esclarecedores y aplicables a nuestras actividades actuales.
Vamos a analizar algunos de los aspectos fundamentales que pueden encontrarse en sus obras de Ética. Principios universales para gobernar nuestras empresas y, sobre todo, nuestras vidas, de las que nos olvidamos a veces, perdidos en una vorágine de obligaciones y falsos problemas que nos creamos para que el tiempo siempre esté ocupado y no nos permitamos pensar demasiado, porque pensar, algunas veces resulta hasta peligroso.
Una finalidad sencilla y aplastante
La buena vida. Sí, eso que decimos muchas veces de modo peyorativo para criticar lo que hacen algunas personas. Aunque el sentido en el que lo decimos, que tiene que ver con mucho ocio y poco hacer, oculta la realidad a la que nos tenemos que referir. Se trata de ver qué hacemos con nuestro tiempo. Se trata de qué actividades debemos abordar para caminar hacia la satisfacción y la felicidad. Se trata, en definitiva, de un camino de búsqueda del bien último que nos haga sentir nuestro vivir como un disfrutar de manera real y profunda nuestro tiempo en el mundo.
Es evidente que habrá que pensar qué significa disfrutar. Porque no nos servirá aquello de «eran pobres pero felices» donde se ve un conformismo velado que nos puede bloquear; pero tampoco vemos que sean más felices los que tienen de todo. Ya hemos hablado en estos artículos del modo de consumo extremo actual. Y cuántas veces hemos visto a un niño pequeño disfrutar más con la caja que con el juguete, y no digamos si la que llega es la caja de una lavadora o un frigorífico… da mucho que pensar esto también.
«…así también son los que actúan rectamente los que pueden alcanzar las cosas bellas y buenas de la vida. Y la vida de éstos es placentera por sí misma, pues sentir placer pertenece a las cosas del alma.»
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I,8
Vida placentera por sí misma, un matiz importante. No solo hago cosas para obtener algo aunque lo que tenga que hacer sea desagradable. También es importante que lo que hagamos en sí nos agrade. Y cómo cambia esto por ejemplo con el trabajo, ocho o diez o incluso más horas de martirio para tener mucho dinero que nos posibilite poder comprar o hacer otras cosas que nos ocuparán mucho menos tiempo. Pasar la mayor parte de la vida insatisfecho para poder estar ¿satisfecho? una pequeña parte de la misma. Quizás sería mejor que pudiéramos estar satisfechos durante esa gran parte de la jornada que nos dedicamos a sacar adelante ese castigo bíblico llamado trabajo. Pero es posible que nos encontremos con una limitación: nuestro «sistema». Será que tendremos que modificarlo un poco aunque ¿qué puedo hacer yo, un pobre mortal?
Un problema de recursos
Está claro que no podemos vivir solo del aire, que necesitamos recursos para poder desarrollarnos. Y el ser humano ha demostrado ser especialista en la obtención de recursos. Nuestra evolución se ha basado en una ilimitada habilidad para el aprovechamiento de los entornos en los que hemos vivido y en una creatividad desmedida para ser capaz de mejorar física e intelectualmente.
«Con todo, parece que también necesita adicionalmente de bienes externos, pues es imposible o nada fácil que nos vaya bien si carecemos de recursos.«
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I,9
Podremos tener todas las aspiraciones espirituales e intelectuales del mundo, pero casi con toda seguridad, no estará en nuestra mente el ideal de ser un esquelético y mugriento ermitaño. Y desde que empezamos en las cavernas hemos evolucionado para eliminar el hambre, el calor, el frío, el dolor y fomentar el placer y el bienestar. Cuando hemos visto que podríamos mejorar, sin dudarlo lo hemos hecho. Hemos sido capaces de aprovechar todos los recursos que teníamos a nuestra disposición a través de una técnica cada vez mejor. Hemos organizado los recursos para evolucionar… hasta hoy, el momento en el que parece que estamos quebrando una de las máximas fundamentales: debemos mantener y mantenernos en equilibrio con nuestro entorno.
Los griegos clásicos, que pusieron las bases de nuestra cultura, eran conscientes de que se necesitaban recursos externos para alcanzar nuestro bien supremo, pero a mi me gustaría conocer su opinión hoy en día a la vista del despilfarro y el agotamiento de dichos recursos hasta el punto de que pueda comprometerse en algunas décadas más el bienestar propiamente dicho, todo porque nos creemos no solo superiores a cualquier otra criatura del mundo, nos creemos el ser supremo.
Un camino de lógica y cordura
Aún admitiendo que nos hacían falta medios para conseguir mejorar y llegar a una buena vida, siempre el camino fue más espiritual que material. Y, hoy en día, también creo que una hora de buena lectura es infinitamente más gratificante que una hora de videojuegos. Lectura que te hace pensar, que te lleva a lugares, que te hace vivir sensaciones y que te proyecta hacia tu desarrollo personal, ante una actividad sin más pretensiones que una recompensa inmediata de satisfacción adictiva matando a doscientos monstruos ficticios o configurando la mejor plantilla de fútbol del mundo para jugar en una pantalla en la que pocas calorías vamos a perder.
Somos seres sociales que necesitamos relacionarnos pero vamos a una sociedad cada vez más numerosa, pero cada vez más aislada. Ese es nuestro camino. Pero hace poco hemos tenido una pandemia que nos ha mostrado hasta dónde pueden llegar las consecuencias del aislamiento… y no aprendemos, a pesar de todos los problemas de ansiedad y mentales de todo tipo que han surgido de este hecho lamentable que la «Ciencia» nos provocó y también nos resolvió con unos cuantos más ricos por el camino.
Por muchas vueltas que le doy, no veo ninguna señal en la marcha de la vida actual que nos lleve hacia ese bien supremo. Y quizás es que nos equivoquemos en el planteamiento. Tanto pensamos en lo que queremos llegar a ser, a sentir, a vivir, que parece que ese objetivo es una vida futura distinta de la que estoy viviendo. Pero hay que tener cuidado, porque cuando hablamos de la «buena vida» nos referimos a «nuestra» vida y esa la llevamos encima en cada momento, no es algo exterior a nosotros. La felicidad, la buena vida deberá ser un ideal al que nos gustaría llegar y por el que haremos grandes esfuerzos, pero que no vamos a conseguir si no miramos a lo que nos esté pasando ahora mismo, a lo que estemos haciendo por nosotros, por los demás y por el mundo ahora mismo.
Si quiero ser una persona valiente, justa, respetuosa y sensata, si quiero sentir lo que decía la primera cita que hemos apuntado en este artículo, «tener una vida placentera por sí misma», debo empezar ya. Debo hacer en cada momento lo que considere correcto y eso me llevará a la satisfacción.
Ser una persona virtuosa no es fácil, es más, es imposible, pero también nos viene el análisis desde esa lejanía de dos mil trescientos años:
«… de esta manera, todo experto rehúye el exceso y el defecto y en cambio busca el término medio y lo elige -pero el término medio no del objeto, sino el relativo a nosotros-.»
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro II, 6
Sí, así es, esta es una de las formulaciones de aquello que conocemos de forma popular como «en el término medio está la virtud» y por muy vulgar que se haya vuelto de tanto repetirlo en mil situaciones de nuestra vida, incluidas aquellas a las que no les va, el análisis es demoledor. Es un no a la obsesión, un no al perfeccionismo, un no a la generalización vulgar de todo lo que hacemos y una bienvenida a la adaptación, a la mejora y al sentido común.
¿Cómo debemos comportarnos en cada momento? Debemos ir domando nuestro carácter, debemos convertirnos en personas sensatas y en las que los demás puedan confiar por nuestro buen criterio. Pero las circunstancias de la vida son cambiantes y tenemos que saber adaptarnos, de ahí la segunda parte de la frase de Aristóteles.
En la cúspide de las virtudes, hay una moneda con dos caras, una teórica y otra práctica, y que parece resumir a todas las demás a la hora de definir nuestra vida. En la cara, el apartado teórico, está la sabiduría y en la cruz, el práctico, está la prudencia. Este tándem poderoso es el que nos hará vivir una vida buena y plena, pero no es fácil… sobre todo la práctica.
Cuando las cosas se tuercen: el mal menor.
Pero ya hemos dicho que las cosas no son fáciles y la vida nos trae circunstancias en las que no podemos poner en práctica nuestros criterios y maneras de pensar de una manera efectiva. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando te nombran jefe de algo y te sientas por primera vez en tu despacho. Si, los ves al llegar, allí te están esperando unos cuantos «marrones» sobre los que tendrás que tomar una decisión para no parar los temas en marcha de la empresa.
Es posible que algunas cosas que haya que hacer (algunas, muchas o incluso todas) no se adapten a tu forma de proceder, pero tienes que dar una respuesta porque el no hacerlo, sin duda, traerá peores consecuencias. En este momento será en el que tendremos que aplicar la teoría del «mal menor».
«… como es extremadamente difícil acertar el término medio, hay que aceptar el menor de los males.» y «… la condición de medio es elogiable en todos los casos, pero que hay que inclinarse unas veces al exceso y otras al defecto.»
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro II, 9
No siempre podremos operar con total rectitud en las circunstancias de la vida, habrá momentos de desasosiego, pero que nuestro criterio siempre sea tender a ese medio correcto evitando que provoquemos males mayores para nosotros y para los demás. Pensad en esas personas que nos dicen que son muy directas porque siempre dicen lo que piensan (que puede ser lo más honesto), ¿cuántas veces hay que callarse algo por muy verdad que sea?
La importancia de la ACCIÓN.
Bien hasta aquí, tenemos ya bastante para reflexionar sobre cómo podemos enfocarnos hacia una vida buena, que nos cause satisfacción. Conocemos la virtud, el término medio para su aplicación y la posibilidad de que se nos tuerza algo y tengamos que readaptarlo todo. Además valorando los medios con que contemos. Pero vayamos a una última cita:
«Lo mismo que en las Olimpiadas no reciben coronas los más hermosos y fuertes, sino los que compiten (es entre éstos entre los que algunos vencen), …
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I, 8
Esta es justo la frase anterior a la que sigue la primera cita que he hecho en este artículo, probad a leer las dos juntas y tendremos el sentido completo del artículo.
Si no somos capaces de actuar, NO TENEMOS NADA. Y es un tema repetitivo en Aristóteles la llamada a la acción. Solo seremos capaces de forjar nuestro carácter, nuestra forma de ser, mediante el mantenimiento de «hábitos», otro referente en este autor. No basta que hagamos algo una vez, debe ser nuestra norma para que pase a ser parte de nosotros, para que podamos sentirnos bien porque hacemos algo de forma correcta.
La prudencia, a la que hemos aludido anteriormente, es una virtud práctica, solo se puede dar si en realidad estamos siendo capaces de hacer algo. Algo que además sea voluntario, aquello por lo que el ser humano se distingue de los animales. No nos mueven sólo los actos reflejos de nuestra supervivencia sino también la capacidad de actuar según nuestros propios criterios, esos que nos habremos formado si hemos sido capaces de aplicar lo que nos dicen las demás citas de este hombre genial.
Y para actuar, debemos entrar en «un mundo de decisiones». Todo depende de nosotros. Podemos levantarnos o quedarnos en la cama, la primera decisión de cada día, podemos cumplir en nuestro trabajo, solo cubrir el expediente o sacudirnos de todo lo que nos llegue, podemos ayudar a otros o no. Continuamente tenemos que decidir, pero ya tenemos herramientas para hacerlo… la actuación según virtud, la mesura del término medio y la solución del mal menor adaptando todo a cada circunstancia de nuestra vida.
Algunas decisiones serán erróneas, claro que sí, otras veces dudaremos, pero es que no somos infalibles, ni tampoco tiene que ser perfecto. Pero tenemos que actuar y para hacerlo tendremos que tomar decisiones… con sabiduría y prudencia.

La atomización del conocimiento
Existe una palabra que tomó una relevancia fundamental en todos los aspectos de la vida hace unos treinta años, ESPECIALIZACIÓN, una rara extensión a todas las disciplinas de la revolucionaria división del trabajo de la revolución industrial. Me ha acompañado esta tendencia durante toda mi vida profesional como me acompaña mi sombra cuando voy andando por la calle y me he llegado a acostumbrar. La diferencia es que la sombra es natural, no molesta y no nos la podemos sacudir, pero la especialización la hemos creado nosotros, está llegando a hacernos inútiles (en todas las cosas menos en una) pero, al contrario que con la sombra, podríamos hacer que desapareciera.
La curiosidad y, sobre todo, la necesidad nos ha hecho investigar y avanzar. Pero los grandes pensadores del pasado hasta probablemente el siglo XIX, eran personas que «tocaban todos los palos», en unos con más conocimiento que en otros y otros con más acierto que en unos. Y esa condición, la apertura de miras, fue algo fundamental para avanzar. Cuando opinaban sobre algún tema específico, eran capaces de ver la generalidad, la influencia de lo que defendían en todo lo demás y las consecuencias que su pensamiento podría acarrear.
Sin embargo, a medida que se producían avances, y constatando ya de una manera clara y meridiana aquella frase socrática del «solo sé que no sé nada», viendo cómo cada vez se abrían más los campos de conocimiento, sobre todo en la ciencia, comenzó la ramificación de las disciplinas, la especialización y el principio del desastre.
Tuve la oportunidad de vivir de primera mano una pequeña mota de polvo en el universo de la especialización. Recién terminada mi carrera y trabajando ya en el sector financiero, comencé a impartir en la Universidad una de las dos «tremendas» asignaturas de Teoría Económica de aquella época, años 80 y 90, Microeconomía. Esta era la de primero, lógicamente. Era una asignatura anual, intensa y muy dura no solo para los alumnos, para mí también. Difícil de explicar para que se entendiera, muy difícil para crear los exámenes y absolutamente horrorosa para corregirlos. Esto piensa el profesor… imagínense el alumnado (evidentemente yo fui también cocinero antes que fraile). Y sobre todo, sabiendo que después de superar la «Micro «en primero, se les venía encima la «Macro» de segundo.
En estas condiciones, resulta difícil explicar la enorme satisfacción de superar el curso y llegar al final del mismo. Para quienes aprobaban era una sensación dulce, comparable con la inmensa responsabilidad sentida por quienes no superaban la prueba, para abordar una nueva oportunidad de superación en la siguiente convocatoria. Estudiar y esforzarse un poco más, ver las lagunas que llevaron a que las cosas no fueran tan bien como se esperaba, ser conscientes de qué se jugaban y estar seguros de que el esfuerzo se les iba a exigir sin duda alguna.

Y llegó el cambio, la mejora, el progreso, la homogeneización con Europa (o mejor con los Estados Unidos). Teníamos que dejar la antigua Universidad obsoleta, carca, seria, que tanto exigía a los alumnos (y a los profesores), que valoraba los conocimientos y el esfuerzo por obtenerlos, que exigía tanto sacrificio y que, por eso, perdía tanta gente por el camino. Y teníamos que acoger con brazos abiertos a una Universidad abierta, novedosa, progresista, con nuevos métodos de valoración mas «pedagógicos» (o sea, menos exigentes) e igualitarios (o sea, tipo test) que no fueran subjetivos, porque un examen escrito donde hubiera que desarrollar un tema quedaba al criterio del profesor (pues claro…) y a veces no se podía entender muy bien lo que, en el fondo, muy en el fondo, querían decir algunos estudiantes, porque siempre, siempre, había que dar el beneficio de la duda, bajo amenaza de reclamación al organismo que fuera, ante unas patéticas sintaxis, semántica y ortografía. Frases mal construidas, sin aparente significado y con una ortografía penosa. Pero, al fin y al cabo, yo enseñaba Economía, no Lengua, eso era lo que me decían en su descargo.
El resultado fue una nueva asignatura con un nombre que asustaba menos, ya no fue «teoría económica», se quedó solo en «principios de economía». Tenía contenido de micro y también de macro, pero solo era «cuatrimestral», es decir, todo el contenido que podría ser incluso mayor en extensión que la otra, en la mitad de tiempo. Para dar el temario había que explicar a medias, no entrar mucho en materia, pasar por alto muchas cosas. Y creo que hoy en día sigue igual. Créanme, cuando la denominación de algo comienza por las palabras «principios de…» es que no va a ser gran cosa; salvo que sea obligatorio para ustedes por alguna razón, se lo pueden ahorrar.
Impartir esta asignatura era algo con lo que no estaba yo muy motivado pero seguí algún tiempo. Imagino que los alumnos tampoco se sentirían muy orgullosos de aprobarla como ocurría con la anterior, pero viendo el progresivo deterioro del nivel de lo que iba entrando por las puertas de la Universidad, no creo que llegaran a ser conscientes de ello.
El millón de carreras: Muchas disciplinas, poco contenido.
Este proceso descrito en mi pequeña experiencia personal fue institucionalizado y se crearon nuevas asignaturas, nuevos planes de estudio y, al final de la cadena, nuevas carreras. Y todo esto a base de cortar áreas de conocimiento con incipiente desarrollo, como el márketing dentro de Empresariales, para coronarlas como nuevas disciplinas. Además, como los planes de estudio hay que «rellenarlos», se articulan todas las asignaturas complementarias que hagan falta y ya tenemos el menú. Habrá que ver ahora quién cocina… Así que si alguien en el nuevo Márketing decide que se debe impartir estadística, se incorpora… y que la impartan los de estadística, lo que puede hacer que la asignatura de la nueva carrera sea tan difícil como la del grado de una ingeniería cualquiera, la arquitectura o la propia estadística, porque puede que sea incluso la misma.
¿Y qué nivel tendrá la asignatura de márketing que queda en las otras ramas de economía? Pues puede ocurrir lo mismo que con la estadística pero en el sentido opuesto, con lo cual no habría problema, tendríamos una muy fuerte asignatura de márketing en una carrera de Economía. Pero en este caso, siendo las mismas áreas de conocimiento, se podría optar por otra vía: efectivamente, podremos crear una asignatura de «Introducción al… márketing» con los tres o cuatro conceptos clave. Solucionado.
En este maremágnum vemos algunas veces disciplinas troncales, o sea, obligatorias, cuatrimestrales como todas las demás pero con un título significativo: «lo que sea I» y «lo que sea II«. Menos mal, ahí parece que se mantiene algo de cordura, solo se dividió en dos la antigua asignatura. Pero todo lo demás, un despropósito para descentrar a estudiantes, profesores y comunidad en general. ¿Cuántas asignaturas tienes este año? Respuesta: catorce. No puede ser…
Muchos pueden pensar que, hoy en día, con esta oferta de titulaciones, el panorama ha mejorado para los alumnos. Gran variedad de disciplinas y especialidades. Que es mucho mejor centrarse en aspectos muy concretos y «eliminar las generalidades» que, al fin y al cabo, no sirven para el trabajo directamente. Porque, ¿a quién le ha servido alguna vez la Microeconomía en su puesto de trabajo a menos que fueras el profesor de la asignatura? Pero, por esta regla de tres… ¿para qué vamos a estudiar Historia?, o Geografía… y no digamos ya Filosofía.
Tenemos más carreras que nunca, más titulaciones que nunca, pero no tengo yo la sensación de que se esté mejor preparado para dar el salto a la vida real. Llevamos ya muchos años con este sistema y todos los años se sigue discutiendo del gran «gap» (iba a decir desfase pero para quedar bien hay que utilizar algún anglicismo, de lo contrario alguien va a pensar que no estoy al día) que existe entre los conocimientos impartidos y los que se necesitan en la empresa. Todos los años clamando por que las empresas participen en la formación y cuando llega alguien de prácticas nos seguimos echando a temblar.
Llevamos años haciendo los estudios más específicos, intentando adaptarlos a los puestos de trabajo y, además, sin éxito por lo que se ve. Sin embargo, lo que sí se ve es un empobrecimiento personal evidente y un cambio de actitud preocupante.
La evolución de la Ciencia (esa «vaca sagrada» de la que hablaremos otro día) y de la Tecnología, hace que se diga aquello de que quien está hoy en secundaria puede que vaya a estudiar una carrera que todavía no existe. Nos quedamos anonadados ante los gurús que nos dicen estas frases altisonantes en conferencias de tres al cuarto (o de cuatro o cinco mil euros), y pensamos que «¡hay que ver qué maravilla de progreso y evolución…!» Nos quedamos tan conformes viendo la evolución desenfrenada en la que no somos capaces de vivir y disfrutar a la vez. Basta que nos salga un cantamañanas con una frase rimbombante para que todos asintamos sin ser capaces de discutirla por temor al rechazo social y al apaleamiento que nos espera por disentir de la corriente de progresismo, que no de progreso real, porque mejorar, lo que se dice mejorar, no hemos mejorado mucho, como hemos visto.
Cuando se dicen estas cosas en conferencias multitudinarias o peor, en las comparecencias después de un Consejo de Ministros, quizás no se tiene en cuenta que estas disciplinas tan novedosas que no existían hace unos años, van a formar personas en materias que muy probablemente sean efímeras y si tu pequeña parcela de conocimientos específicos cae en desuso con la misma velocidad con la que apareció, tendrás un problema, y deberás buscar nueva parcela casi desde cero y con unos cuantos años mas. ¿De verdad hay esa empleabilidad que decimos que se necesita actuando de esta forma? No creo que este sea el sentido de lo que denominamos formación permanente.
¿Preparación suficiente o solo muchos conocimientos?
Es posible que hablemos de las últimas generaciones como «las más preparadas de nuestra historia» pero quizás habría que matizar. Si decimos que son las que más titulaciones acumulan, ahí no cabe ninguna duda. Si decimos que son las que más conocimientos acumulan desde un punto de vista teórico, se podría discutir largo y tendido. Pero para estar preparado se necesita una actitud que no se ve ni por asomo salvo honrosas excepciones (que también conozco). En la vida no está mejor preparado el que más conocimientos tiene; si miramos a nuestro alrededor veremos multitud de ejemplos.
Hemos basado nuestras expectativas solo en los conocimientos certificados por un título. Y detrás de ellas va también nuestro bienestar y nuestra felicidad, si es que se puede realmente conseguir, que yo creo que no. Por lo tanto, estamos consiguiendo una sociedad mucho más «titulada», que no preparada, y a la vez más insatisfecha que la de nuestros padres que, por desgracia, tuvieron menos acceso a los estudios.

Hay desajustes que serán eternos en el mercado laboral porque no hay una verdadera planificación para cubrir las necesidades del país. Y no la hay ni en la Administración Central, que es la que debería hacer esa planificación, ni en los 17 satélites administrativo burocráticos que tenemos en España generando caos, diferenciación, disputas y mucho, mucho gasto. El sistema sanitario español parece que va a necesitar en breve «miles» de médicos, y esta no es una carrera de las novedosas a las que nos hemos referido antes. Es de las de toda la vida. Si van a hacer falta ahora, quizás hace ocho o diez años tendríamos que haber aumentado las plazas y/o relajado las notas de acceso para disponer ahora de una cantidad de egresados suficiente para nuestra demanda. No creo que se haya hecho.
Probablemente, durante estos años, haya sido más fácil acceder a carreras que disponían de muchas plazas y a las que se les habrá bajado la nota de corte para el acceso, aunque no hicieran ninguna falta hoy estos tipos de profesionales. El resultado puede haber sido que estudiantes que han sido rechazados en unas carreras han «emigrado» a otras «para seguir sus estudios» vocacionales o no, me inclino más por esta segunda opción.
En el lado del que estudia, una vez que se termina la carrera y se obtiene el grado con un año menos de estudios en la mayoría de los casos. se puede llegar a pensar que habrá trabajo en la materia que se ha estudiado, pero no es así. Y ocurre porque los estudios cursados no tienen demanda HOY en nuestro mercado, bien porque se trata de materias que tradicionalmente no necesitan muchos profesionales o porque sea una de esas formaciones, incluso novedosas, pero tan especializadas que existan pocas oportunidades.
Quizás sí que haya demanda en el mercado de Alemania o en el de Canadá, país en el que, por cierto, parece que hace falta de todo, incluidas las ganas de vivir allí. Si estás dispuesto a «emigrar» podrás trabajar. Y esta palabra tiene mala prensa, dada nuestra tendencia a querer que nuestro puesto de trabajo esté justo en la acera de enfrente de nuestra casa. Pero a una persona con formación «de verdad», buena actitud ante el trabajo y veintipocos años, la perspectiva de pasar varias temporadas en otro país trabajando y acumulando experiencia, no creo que deba parecerle mal. Muy al contrario, puede aparecer como una magnífica oportunidad de acumular experiencia profesional y de vida, y un conocimiento «de verdad» de otro idioma y de otra cultura, que pasará a ser ya patrimonio intangible suyo.
Quizás sea nuestro estado el que debiera preocuparse por esta situación, aunque solo a corto plazo, porque hemos sufragado los costes de formación de una persona que, al final, va a rentabilizar la economía de otro país. Si a medio o largo plazo estos nuevos emigrantes vuelven, entonces será nuestra Economía la que recupere a una serie de profesionales muy experimentados y el esfuerzo en términos de rentabilidad habrá valido la pena.
Esto en cuanto a los nuevos emigrantes, pero ¿y los que EXIGEN su puesto de trabajo (y salario) acorde con los estudios cursados aquí, en suelo patrio? Está claro… no lo van a poder tener. Y entonces, surgen las alternativas: la primera es trabajar en otra cosa. Para gente con actitud, sincera y honesta, que piensa que después de varios años estudiando lo que querían y les gustaba, son capaces de reconocer que aquí no hay necesidades para esos conocimientos, no quieren irse fuera, y deben incorporarse a nuestra Economía para producir y progresar, que seguro que lo harán, desde otros puntos de vista. Podrán también así, con valentía y con decisión, buscar la oportunidad, por qué no, de trabajar en un futuro, y en el momento adecuado, en aquello para lo que se prepararon.
La otra alternativa es, para mí, algo más preocupante: seguir formándose para… ¿para qué? Y si lo pensamos veremos que va a ser difícil la respuesta. Una persona que con la titulación que tiene no encuentra ocupación acorde a la misma y que como solución opta por ampliarla. Pero cuanto mayor sea el nivel, menos posibilidad habrá de que aparezca el puesto deseado y acorde con la preparación. ¿Qué pretende entonces, alejarse aún más de la realidad? También habrá otra alternativa. Como ya estaremos en el entorno de esa palabra mágica, MASTER, que ha sido capaz de interconectar las materias más dispares, se puede cambiar de alguna forma la tipología de estudios. Y en estos casos nos aparece una probabilidad, aunque pequeña, de que si se amplíe el campo de actuación. Menos es nada, que diría un castizo, pero esta alternativa ya empieza a resultar muy arriesgada, porque la concatenación de títulos puede derivar en el «miedo» a entrar en el mercado laboral, en el miedo a hacerse mayor.
Aún hay otra alternativa, los que optan por el sofá, el victimismo y la exigencia a un sistema en el que han vivido de forma plácida, que les ha proporcionado los estudios que querían aunque no fueran necesarios, y que ahora criminalizan por no ofrecerles una solución llave en mano y en la puerta de casa, o directamente en el brazo del sofá porque quizás el esfuerzo de ir hasta la puerta tampoco les compense. No hablaré hoy de esta opción parásita, para no hablar tampoco de política, porque esta gente puede incluso acabar en algún partido que fomenta estas actitudes y se sirve de ellas para tener escaños que les sirvan para seguir viviendo a mesa y mantel de ese horrible sistema que les oprime.
Cuando no existe previsión, habrá desajustes, y muchos, en nuestro sistema. Pero es que, incluso con previsión, los desajustes existirán… siempre. Los sistemas económicos y sociales siempre estarán en un desequilibrio permanente y podremos hacer que tiendan más o menos a equilibrarse. Pero no lo intentemos nunca al cien por cien porque el esfuerzo será hercúleo y probablemente nos lleguemos a frustrar por no llegar nunca al objetivo. Aprendamos a vivir con ese desequilibrio y a saberlo manejar.
Educación y Formación.
Hace décadas que se utilizan casi como sinónimos pero, aunque son complementarios, no tienen nada que ver. «Dar forma» es lo que se pretende con la formación. Es el concepto utilizado en la empresa, no hay departamentos de educación sino de formación porque lo primero ya se le supone a todo el que accede a la misma. En la empresa sólo habría que adaptar, dar la forma necesaria a las personas para que puedan desempeñar sus funciones de forma correcta.
La educación es un concepto mucho más profundo. No nos referimos sólo a dar forma sino a tener un «buen fondo», como profesionales y, sobre todo, como personas. Se trata de un proceso continuo, que comienza desde que se nace y que tiene en la familia el principal elemento impulsor. Podremos tener más o menos conocimientos, sobre pocas o muchas materias, pero si no tenemos un «fondo» en el que se hayan desarrollado las distintas actitudes que necesitamos ante la vida, libertad, respeto y tolerancia, valentía y algunas otras con la prudencia como resumen de todas, difícilmente podremos llegar a tener en algún momento un estado de satisfacción con nosotros mismos y de plenitud de nuestra existencia.
Hace no mucho tiempo, todas las instituciones «educativas», tenían la educación de las personas como objetivo. Se educaba en la familia, el colegio y la universidad. Y nos quedan vestigios de esta tendencia tan beneficiosa. Así, ministerios, consejerías y delegaciones se llaman «de Educación». Pero tan habitualmente nos doblegamos a los simples conocimientos que, al final, solo nos quedarán los títulos.
Es tan importante y estamos tan preocupados por que en la guardería se hable en Inglés, que quizás no comprendamos que podamos tener a un inadaptado en dos idiomas. Pero si el niño tiene un mal comportamiento y el «educador» lo corrige, los padres se le echan encima, aunque luego quieran que se corrija a los demás si el perjudicado es el suyo. Y digo niño… o niña, que para lo malo también tendrá que haber igualdad… y bastante. Si esto es así en las guarderías, imaginemos… o directamente veamos lo que pasa en el colegio. Más de lo mismo. Y si nos vamos a la Universidad, donde se supone un mínimo de «emancipación» al menos, sería interesante analizar las demandas que se presentan al «defensor» del estudiante y que le hacen la vida imposible al profesorado. Aquello de «el profesor me tiene manía» elevado a la enésima potencia. Si seguimos así será «ese alumno (… o alumna) me tiene manía».
El resultado de esto es claro, si quien intenta educar recibe palos, tarde o temprano dejará de hacerlo y que sea lo que Dios quiera, que no será nada bueno, claro. Con el colectivo que tiene que educar despojado de toda autoridad, anulada la disciplina, tan necesaria para conseguir cosas en la vida, e instaurada la cultura del cero esfuerzo e infinito rendimiento, que vendrá del estado (pagado por todos los demás), ya tenemos el escenario perfecto de la decadencia social, anticipada por supuesto, como lo ha sido en todas las épocas, por el arte patético de las últimas décadas.
¿Se puede salir de esto?
Claro que se puede, pero llevamos años haciendo el imbécil por intereses que normalmente tienen que ver con mantenerse en el poder siendo políticamente correctos. En concreto cuarenta años llevamos así. Políticas «buenistas» a mansalva a costa de más presupuesto en lo que sea o de la capacidad de adoctrinar y hacer a la gente menos libre. Creando una sociedad irritable y blanda, o peor todavía, de cristal, frágil, sin capacidad para afrontar retos, esperando que llegue alguien y resuelva los problemas o que desaparezcan por sí solos en el aire.
La educación, y la formación también, pero sobre todo la educación, necesita exigencia, disciplina y sacrificio porque muchas veces en la vida tendremos que hacer cosas que no son las que nos gustarían pero sí las necesarias. Y no estamos preparando a nuestra juventud para esto. No estamos educando, ni siquiera en la familia, que delega todo lo que puede en cualquier otra institución para que le haga el trabajo, aunque no dudará en escarmentarla cuando adopte alguna postura difícil.
No debemos pensar que tener una carrera resolverá nuestros problemas y nos dará la felicidad. No todo el mundo debería ir por ahí porque generaremos miles de personas frustradas en su futuro. Demos una educación adecuada pero exigente para que la persona sepa desenvolverse en el mundo tan complejo en el que le va a tocar vivir. Que sepa utilizar sus recursos, tanto conocimientos como emociones para sacar su vida adelante. Construyamos materias en el colegio y en la universidad que merezcan la pena ser estudiadas y no supongan una pérdida de tiempo. Materias que sirvan para tener un fondo que estructure la persona. Los conocimientos concretos luego irán y vendrán según me vayan haciendo falta, para eso estará la formación. Demos su sitio a los que nos van a enseñar y tengamos el respeto suficiente por ellos. Miremos de frente los problemas sin que nos afecten las críticas de quien no tiene suficiente nivel ni para pasar el día sin olvidarse de respirar.
Llegará un momento en que la elección para salir de este sinsentido la tendremos que hacer. Porque de lo contrario, desde fuera alguien la hará por nosotros y nunca viene bien que tengan que venir de fuera a decidir aquello que no hemos sido capaces. Pero esto da para muchos artículos. Seguiremos hablando.

El sentido de la producción
A las 11 de la mañana en el colegio, tocaba el timbre de la «antigua EGB», que estaba en la primera planta, para salir al recreo. Yo, que ya estaba en el «antiguo BUP», en la segunda, veía algunas veces por la ventana lo que ocurría en el patio. Una horda de niños salía en estampida del hueco de la escalera y comenzaban a correr gritando como si no hubiera un mañana hasta que los frenaba la pared verde del frontón que estaba justo en el otro lado del patio. Ahí paraban, no se podía llegar más lejos… ¿y ahora qué? O lo más interesante, ¿a dónde creían que iban esos niños si estaban viendo la pared desde que salieron? ¿En serio era necesaria esa carrera?
Pero eran niños, no estaba el uso de razón todavía desarrollado del todo y se hacía notar este hecho. En realidad nada distinto de lo que ocurre con cualquier otra manada de mamíferos que metemos en una cerca: llegan corriendo al cercado como si les persiguiera el diablo hasta que se dan con la valla del otro lado y no pueden seguir, fin de la historia… a comer hierba.
Lo mismo ocurre hoy en día con la producción, más y más sin saber para qué, pero con la diferencia de que todavía no se ve ni la valla ni la pared del frontón para parar. O tal vez si que se ve, pero aún no queremos reconocerlo y hacemos lo posible por ponerla cada vez más lejos. La pared es la limitación de recursos. O el deterioro de nuestro ecosistema. O la laxitud moral y la falta de criterio razonable de la persona de nuestro tiempo.
A esto último, englobado en el concepto del «consumo» he dedicado un artículo anterior de este blog. Depende de las personas, de los consumidores que operamos en el sistema. Depende de que pensemos de forma razonable cómo queremos vivir y qué es lo importante en nuestra vida de forma que tomemos las decisiones más razonables en cada momento incluida la de decir no.

Pero hay también una responsabilidad manifiesta en los productores porque no se puede, o mejor, no se DEBE producir necesariamente todo lo que se demanda. Porque si los consumidores demandasen drogas como la heroína, cocaína o marihuana, ¿habría que producirlas? Salvando un grupo de gente muy «progre», casi con toda seguridad la mayoría diría que no, porque sólo pensarlo asusta un poco. Pero se producen, se distribuyen y se consumen y, además, es un negocio muy rentable.
Esa mayoría que diría que no, en la que me encuentro, hay que reconocer que tiene un punto hipócrita. No todos claro, pero muchos sí. Porque yo no he caído y ni siquiera he probado ninguna de esas tres mencionadas en el párrafo anterior, y que Dios me libre. Pero la cerveza y el vino sí que me gustan y hay personas que acaban alcoholizadas, o sea, que su peligro también tienen. ¿Qué diferencia hay? Alguien dirá que no habrá problemas si hay un «consumo responsable» (como dicen en la publicidad). Pero ¿sería posible también un consumo responsable de las tres drogas duras que he mencionado? Yo llego a dudarlo pero el planteamiento es parecido e igual de lógico, al menos para una de ellas.
Quizás este es un melón que habrá que abrir en otro momento porque no va en línea con los objetivos que tengo para este artículo. Se trata de un ejemplo muy extremo pero que nos sirve para ilustrar que en el tema de la producción, como en el resto de cosas en la vida, no hay verdades ni razones absolutas, no hay sólo blanco o negro sino muchos matices. Y es la gestión que hagamos de estos matices lo que nos llevará a una acción razonable o no.
Necesidades del consumidor: De la identificación a la creación.
Voy a comenzar por la relación con los consumidores. La evolución a lo largo de las últimas décadas es evidente. Todo comienza por el hecho de que si yo quiero producir, organizar la actividad empresarial para ganar dinero, debo dedicarme a algo que tenga salida, de lo contrario no irá muy bien el negocio. De hecho hay miles de productos y servicios que, sobre el papel, son muy buenos y que incluso pueden ser reconocidos así por los propios clientes. Pero cuando llega la pregunta clave de si «pagarías por esto», se hace un silencio incómodo, no lo compraría.
«El ordenador nació para resolver problemas que antes no existían.»
Bill Gates
Pero ojo a la cita de Bill Gates, una de las personas más ricas del mundo gracias, según nos dice él mismo, a la enorme oferta de productos que sirven para resolver esos problemas que no existían y que nosotros mismos hemos creado.
Parece normal que si nuestra vida evoluciona… y para mejor, vayamos superando etapas y tengamos nuevas necesidades que satisfacer. En las economías avanzadas, una gran parte de ellas relacionadas con el ocio. También es normal que si la investigación y la tecnología avanzan, aparezcan cosas que puedan ser deseables. Productos o servicios que no hubiéramos echado de menos pero, ya que se presentan delante de nuestros ojos, podamos desear y consumir.
El problema se presenta cuando esto se convierte en una parte importante de la actividad empresarial. Investigar, crear nuevos productos que a nadie les resultan imprescindibles o ni siquiera necesarios, pero que, con su adecuado márketing, se convierten en objeto de deseo y en algunos casos hasta de culto. Pensemos en lo que ha ocurrido con los últimos lanzamientos de móviles, en esas colas de gente esperando de madrugada a que abran la tienda para ser los primeros en «pagar un pastizal» por el nuevo aparato que, casi seguro podrán comprar dos días después sin hacer cola y que funciona no mucho mejor que el que tienen en el bolsillo.
Una pregunta, ¿es ético hacer esto?

Las disyuntivas de la industria moderna.
Tenemos que afrontar decisiones de mucho calado y de forma continuada. Desde el punto de vista de la industria (la empresa), podemos ver dos líneas de actuación en la toma de decisiones en cuanto a la producción y comercialización de nuevos productos:
La primera tiene que ver con lo que ya hemos comentado: genero nuevos productos casi sin control haciendo ver a los consumidores que su vida será otra si los tienen, que son imprescindibles y eran aquello que estaban esperando desde siempre. Generar necesidades que no existían, como decía Gates al hilo del ordenador y todo lo que nos ha traído.
La segunda es un poco más complicada. Si la primera se trataba de crear nuevas opciones «de lo que sea» y sacarlas al mercado creando la necesidad, esta consiste en parar la comercialización de algo que se ha creado, porque sería sustitutivo de productos que dan pingües beneficios en la actualidad o bien, si lo vemos por el otro lado, generaría unas adaptaciones en la industria tan importantes que no convienen. Porque, ahora que están ya de moda los coches eléctricos… ¿cuánto tiempo hace que existe esa tecnología? Creo que mucho, pero no convenía aunque fuera beneficiosa. Lo mismo con la generación de energía. ¿Cuánto tiempo hace que se conoce la energía solar y la eólica? ¿Por qué España con sol y viento para parar un barco no ha invertido más hace ya muchos años? ¿Hace cuántos años ya llevamos hablando del problema del carbón… y del nuclear? Con más sol y viento que nadie, seguimos a la cola. Y el problema lo tenemos ya en Europa.
Y volvemos a la misma pregunta ¿es ético hacer esto? Si llevamos años usando energías no renovables y «sucias» cuando podríamos haber estado migrando a las limpias, la cosa no pinta bien. Si creamos cosas que no sirven para nada pero tenemos la habilidad de venderlas por miles, algo no funciona correctamente en nuestras cabezas.
Pero hay más. Mientras todavía siguen funcionando electrodomésticos que compraron nuestros padres, los nuevos tienen una vida útil programada. La vida útil es muy efímera y es casi más caro relativamente reparar que comprar uno nuevo. Al caso de las impresoras me remito, en el que cuando tienes que cambiar el tóner, por poco más tienes otra nueva que, por supuesto, tendrá nuevos elementos más avanzados. Más chatarra en los puntos limpios. El concepto económico de obsolescencia, muy relacionado con el de amortización, que hace referencia a la vida útil y productiva de un bien y de la relación con su coste y su financiación, se retuerce para convertirse en el de «obsolescencia programada». ¡Qué contrasentido! Como si a nosotros nos hicieran viejos a más velocidad para que consumiéramos cuanto antes productos de la etapa senior… incluidas las residencias de ancianos.
El envejecimiento es el que es, en función del uso y del paso del tiempo por deterioro natural, pero en el caso de los productos, en los últimos tiempos, hemos programado conscientemente su deterioro, con algunas piezas débiles de corta duración que condicionan el producto entero.
Vemos de nuevo, al igual que con el consumo, que un término económico con sentido en la producción, como es el de la obsolescencia, pasa a ser una aberración en manos de los perseguidores del beneficio sin límites.
Soluciones para salir del paso
Este comportamiento descrito de la industria genera problemas evidentes. Montañas de residuos físicos y, lo que es peor, mentales. Acudiremos al término «hiperproducción» utilizado por algunos filósofos contemporáneos como justificativos de una sociedad sin sentido, acelerada, que no sabe a dónde va. Estamos produciendo mucho más de lo que realmente se necesita. Estamos creando necesidades sin una finalidad real para los consumidores, productos que solucionan problemas que no existen. Pero no importa, creemos el problema para vender nuestro producto, el carro delante de los bueyes.
Hoy en día no se imagina un desarrollo para luego investigar y llegar a soluciones que lo posibiliten. Se siguen creando nuevos productos, nuevas versiones que mejoran cosas innecesarias, la producción no tiene un sentido distinto que una comercialización agresiva para la generación de ingresos y beneficio. No existe el sentido de la utilidad, sólo el hecho de la venta.
Sólo con pensar un poco… sólo un poco, se genera en las personas normales un cargo de conciencia importante. El «angelito» en el hombro que nos susurra: «No vamos bien por aquí». Pero las correas de transmisión de nuestro sistema sin sentido siguen haciendo fluir esa corriente que nos arrastra sin remedio y entra en escena el «demonio» en el otro hombro: «Qué le vamos a hacer… déjate llevar».
Con ángeles y demonios luchando, llegamos a una solución que nos tranquiliza al menos: el reciclaje. Y si llegamos a más y lo convertimos en una nueva teoría, aparece ante nosotros la «economía circular». Todos los desechos que generemos, seremos capaces de reutilizarlos para incorporarlos de nuevo al sistema. No me lo acabo de creer. En principio hay ya una cantidad inmensa de residuos de todo tipo en todas partes. En tierra todo lo que podamos imaginar, en el mar, aunque el protagonismo es del plástico, si no me equivoco, también han caído algunos bidones radiactivos. Pero es que ya hasta en el espacio hay porquerías generadas por nuestra especie.
Y la solución es reciclar. Sí, tengo que reconocer que es la única solución para la mierda que ya hemos generado. Pero es que se normaliza dentro de la economía circular para todo lo que hagamos a partir de ahora. ¿Nunca nos vamos a preguntar si hace verdaderamente falta esto que vamos a producir? ¿Si algunas de las investigaciones que estamos llevando a cabo sólo atienden a temas económicos y no al desarrollo real de nuestro bienestar?

No creo que en esa teórica economía circular esté nada previsto para los miles de baterías que van a quedar inutilizadas dentro de ocho o diez años y que mueven a los coches híbridos o eléctricos actuales. De la misma forma que no se está haciendo una transición lógica del carbón a otras energías, sobre todo para los trabajadores del sector. Como tampoco ha habido verdadero interés en las renovables en años, sólo ahora que la cosa es urgente entre calentamiento global y guerras cercanas. Y eso a pesar de la destacada autonomía energética que podría haber facilitado a España el liderazgo en la investigación e inversión en energías renovables. Probablemente otros liderarán para aprovechar nuestro sol y nuestro viento.
¿Y acaso no es esto un contrasentido? Nos entregamos a una hiperproducción, investigamos para sacar novedades contínuas al mercado, pero no implantamos sistemas energéticos que posibilitarían a medio plazo una bajada de costes del recurso fundamental que mueve todo. El beneficio y la comodidad de gobernantes hipócritas de estados y grandes empresas retuerce los principios fundamentales de un sistema económico que hace ya muchos años habría iniciado una transición en los sistemas de producción para el uso de estas nuevas energías, atendiendo a sus mejores costes de oportunidad en un futuro cercano, pero que se está convirtiendo en un horizonte sin límite.
Por supuesto que el reciclaje es necesario como parte fundamental de cualquier proceso productivo, esto no es nuevo, recordemos que hace años se devolvían los envases de vidrio al comercio de nuestro barrio, no para su reciclaje, sino para su reutilización, más aprovechamiento imposible. Pero las empresas necesitan una reflexión profunda y serena. Para plantearse la finalidad de sus investigaciones y de su producción. Para ver si es necesario lo que están haciendo y si deben reorientar su actividad. Para decidir el ritmo de su innovación y la calidad de sus productos. Y como siempre digo, la actuación no debe ser radical, sinceramente odio esta actitud, sino meditada, pausada y acorde con nuestras posibilidades. Para que podamos aprovechar incluso la corriente de sinsentidos que desata nuestra sociedad actual y que condiciona nuestro sistema económico.
Los «residuos mentales»
He comentado en el punto anterior la problemática de los residuos físicos que genera el sistema. Y es este un problema que está al final de todo el proceso productivo. La producción en sí genera desechos en los procesos de fabricación, como es normal y siempre ha ocurrido. Pero la tendencia a una hiperproducción sin límite vomita al sistema una cantidad ingente de productos que sirven pero ya no están de moda y que, por consiguiente, son desechados por los consumidores.
Pues esta segunda tendencia es la realmente preocupante. Nuestra sociedad tiene adicción al consumo. Ya traté este problema en otro artículo del blog. Pero quiero también hacerlo aquí desde el punto de vista de los productores. Y esto es mucho más difícil. Porque como consumidores podemos adquirir una conciencia de qué es lo que hacemos, cómo estamos consumiendo y decidir cambiar o no consumir, lo que como vimos tampoco resulta fácil. Pero como productores, cada uno en su negocio, deberíamos plantearnos si es realmente ético lo que hacemos. Pero es que resulta de que se trata de nuestro medio de vida, y esto no se puede cambiar así como así.
Por lo tanto, necesitamos un planteamiento reposado sobre qué cosas hacemos y cómo las estamos haciendo, para poder reorientar nuestras formas o incluso nuestra actividad misma. No se trata de cerrar nuestro negocio y dar un salto al vacío para dedicarnos a otra cosa. Se trata de pensar si con alguna de nuestras actividades estamos promoviendo ese consumo desmedido, esa adicción de los consumidores que supone una lacra social aunque sustente nuestro sistema.
La pregunta que deberíamos hacernos entonces sería: ¿Está nuestra actividad, nuestro producto, nuestro servicio, aportando algo positivo al desarrollo y bienestar de los consumidores y de nuestro sistema?
Aunque os la formulo con toda la inocencia y buena intención, tiene mucha trampa esta pregunta. Porque pueden existir productos que salven cientos de vidas pero para cuya producción se vean afectadas las vidas de miles de personas. ¿qué sería bueno en este caso? Tendríamos que definir los términos «desarrollo» y «bienestar». Pero hay que tener en cuenta también en estos casos si nos estamos refiriendo al bien individual de un consumidor o al bien colectivo de un grupo o comunidad. Y si nos referimos a comunidades, tendríamos que ver si se trata de una zona geográfica concreta, pequeña o grande, de una zona económica con los mismos criterios genéricos o de la comunidad global del planeta.
Según el punto de vista que tomemos, la actividad, el producto o servicio que estemos analizando podrían producir resultados y conclusiones distintas. Y esto nos llevaría a que, para cada actividad productiva que desarrollemos, tengamos que considerar varios niveles de análisis. De otra forma nos veríamos en una simplificación peligrosa que no nos serviría nada más que para engañarnos en algunos casos y dejar nuestra conciencia tranquila, o todo lo contrario, para no ser capaces de abordar proyectos que tienen más beneficios que inconvenientes si se miran desde un punto de vista más global.

Llegamos así a la necesidad de un «balance de la producción» de cada actividad empresarial, necesario para comprender la realidad de las aportaciones que hacemos al sistema, así como para plantear una correcta evolución de la misma hacia una mayor satisfacción real tanto de nuestros clientes como de nosotros mismos. Dejaré este concepto para un próximo artículo para no extenderme demasiado.
Es importante, sin embargo, que tengamos claro que un desarrollo mal balanceado como el de los últimos años nos llevará a un círculo vicioso, con un consumo desenfrenado que exige una hiperproducción que, a su vez, alienta más aún el consumo y sin saber ya a ciencia cierta si fue antes el huevo o la gallina. El resultado sí sabemos que es una sociedad de excesos y con pérdida clara del sentido de muchas cosas. La sociedad que, filósofos contemporáneos como Byung-Chul Han, denominan «la sociedad de la transparencia», en la que «la mera existencia es por completo insignificante» y… «las cosas se revisten de un valor solamente cuando son vistas.» Para entendernos… lo más maravilloso e importante de la vida hoy en día no es nada si no tiene visibilidad y, sin embargo, estamos inundados por la mediocridad.
Conclusiones
Tenemos que plantearnos si queremos dedicarnos a las cosas importantes. A aquellas que se orientan al bien de las personas. Pero al «bien» con mayúsculas. No se trata de ser sólo altruistas porque con eso no nos ganaríamos la vida, se trata de no identificar sólo nuestro bienestar con nuestro dinero en la cuenta bancaria. Porque esta es una concepción muy pobre que excluye cosas como la salud, la tranquilidad de espíritu, la confianza en nosotros y en los demás y muchas otras que, sin darnos cuenta, nos aportan unos niveles de satisfacción insospechados de los que muchas veces no somos conscientes. Sólo lo somos cuando nos faltan. Pero hoy en día, en una sociedad cada vez más banalizada, quizás no nos demos cuenta de que nos faltan estas cosas. Probablemente haya personas, los más jóvenes, que, con la excepción de la salud, el resto no las haya experimentado nunca.
Los términos en que se plantean la producción y el consumo hoy en día se dirigen a una satisfacción urgente, inmediata pero también efímera, que genera una adicción porque no solo se consumen los productos sino, sobre todo, las características que se asocian a los mismos, y éstas desaparecen casi con el momento de la compra, dejando de nuevo un vacío que se llenará con la siguiente. La tranquilidad a la que yo me refería no se llena con satisfacciones inmediatas por muchas que sean y muy continuadas.
Por esto debemos plantearnos si nuestros productos y servicios tienen la suficiente calidad. Si tienen una duración razonable y adaptada al objetivo que pretenden cubrir. Si realmente sirven para algo que beneficie a quien lo compra o serían totalmente prescindibles. Debemos plantearnos si facilitan la existencia y se orientan al bien (con mayúsculas) de los clientes y del resto de la comunidad.
Y si con estas preguntas nos surgen dudas, quizás debamos ampliar el horizonte de pensamiento porque probablemente ni siquiera nosotros estemos muy satisfechos con lo que estamos haciendo y habrá llegado la hora de mover el timón de nuestra empresa y de nuestra vida para cambiar algo, poco a poco, como se saca a un palio de un templo… pero cambiarlo.
La paradoja del desarrollo
De la misma forma que siempre digo que el crecimiento y el beneficio están en el ADN de la empresa, el concepto de desarrollo también lo está. Y, además y con más fuerza, en el de la persona y creo que de forma previa y necesaria al de la empresa. Nunca debemos perder de vista la relación entre persona y empresa porque si prescindimos de esto no seremos capaces de encontrar el sentido a muchas de las cosas que ocurren. Es más, podemos llegar a importantes contrasentidos.
Pero esta dialéctica de lo bueno y lo malo, lo positivo y lo negativo, lo que aporta y lo que resta, ha estado siempre en todos los pasos de la evolución humana. Y así como de lo negativo que nos ocurre podemos obtener importantes aprendizajes, también lo bueno que hace la humanidad tiene sus sombras. Pensemos en el Nobel de la paz, el «premio» por excelencia, el reconocimiento a personas y organizaciones que luchan en el mundo por la justicia y el sentido común. Pensemos en cuánto de remordimiento hubo en su creación, por el testamento de un hombre que se dedicó al «desarrollo» en sentido estricto.
Lo más conocido por lo que se le conoce, además de los premios que llevan su nombre, es por la invención de la dinamita al conseguir que la nitroglicerina fuera absorbida por un material sólido y plástico de más fácil y seguro manejo. Importante avance para la minería, por la mejora de la seguridad en el trabajo y por el incremento de la productividad de las explotaciones que produjo el invento. Pero, ¿sólo se ha utilizado la dinamita en el mundo para fines productivos? Estaríamos hablando de «un mundo feliz» inexistente. ¿Cuántas veces se habrá usado para la violencia en revueltas, atentados y guerras? El desarrollo productivo de Alfred Nobel democratizó el uso de explosivos y lo puso al alcance de cualquier descerebrado que quisiera imponer sus ideas a pequeña escala.
Pero Nobel, ingeniero además de químico, también se dedicó desde su compañía Bofors al hierro y el acero orientados a la fabricación de armamento, y ahí siguen. También han trabajado para los que quieren imponer sus ideas a gran escala. Y llegados a este punto, ¿cuántas muertes tiene Alfred Nobel a sus espaldas? ¿se puede compensar con la «bondad» de sus premios? Da igual su redención, por lo menos a él, que era ateo y eso de la transcendencia se lo debía traer al pairo.
Pero pensemos en el balance. Quizás sería mejor que no se hubiese inventado la dinamita… o no… quizás estemos dispuestos a asumir sus daños colaterales, porque si no se hubiera inventado seguramente no tendríamos el nivelón de vida que tenemos en el mundo desarrollado… y esto es así, pensémoslo. ¿Estaríamos dispuestos a renunciar a nuestro bienestar actual si supiéramos que podríamos haber contribuido a disminuir la violencia en el mundo desde finales del siglo XIX? Aquí y ahora, mientras escribo este artículo, no me siento capaz de responderlo. Además, no pasaría de ser una quimera, aquello que nos gustaría que «pudiera haber ocurrido». Mejor os quito la responsabilidad… No respondáis a esta cuestión, pero vamos a plantearnos qué podemos hacer en nuestro pequeño mundo para no caer continuamente en esta paradoja del desarrollo.
En lo que sí tengo una confianza ciega es en la capacidad que tiene el ser humano de utilizar de forma perversa cualquier cosa que caiga en sus manos, por muy buenas que fueran las intenciones que tuvieran sus creadores. Y es que algunas veces, esta sencilla ley, que no es exactamente la de Murphy sino mucho peor, la utilizamos contra nosotros mismos sin necesidad de que nadie más intervenga. Vamos a pensar en el ordenador portátil, nos saltamos incluso la aparición de los propios ordenadores de sobremesa que tanto nos han «ayudado», esos portátiles ¿nos han facilitado el trabajo? ¿o estamos trabajando más… mucho más?
Y si llegamos a tener esta duda de los portátiles… ¿cuál es el razonamiento que tendremos que hacer de la locura absoluta de los teléfonos móviles? Quizás hayáis visto a una pareja en un banco «relacionándose» cada uno con su móvil. O a alguien a quien hayáis tenido que esquivar en la calle porque no tenía otro momento para ver los mensajes… o un vídeo. O quizás os hayáis sentido un poco ninguneados porque en una reunión vuestro interlocutor estaba más atento al aparatito que a lo que le estábais diciendo. Se admiten más situaciones… a lo mejor si en un grupo expongo esto que estoy tratando aquí, puede que haya más de uno inquieto con su móvil en vez de escuchar lo que digo, no sé… imaginaciones mías.
Trabajar en cualquier parte con tus herramientas hiperconectadas te facilita la labor, la flexibiliza, te permite adaptar tu tiempo (eres dueño de tu tiempo… o al menos eso piensas tu), te permite centrarte en los objetivos, bla, bla, bla… pero piensa si tanta flexibilidad y tanta hiperconetividad te está aislando. Aunque desde luego, para eliminar la sensación de aislamiento tenemos las redes sociales. Pero cuidado, eliminan la sensación… sólo la sensación, pero no tu aislamiento.
Hace ya mucho tiempo que en toda manifestación humana se prima la cantidad en lugar de la calidad, que pasa sistemáticamente a un segundo plano. Todo debe ser transparente, nuestra vida está expuesta a la vista de todos, de lo contrario es que algo tenemos que ocultar. Más amigos, más relaciones, más negocios, más producción, más consumo… y menos salud.
No queda aquí la cosa, el futuro nos puede llegar a horrorizar. Os dejo aquí dos términos de los que ya hablaremos: transhumanismo y posthumanismo. La nueva ola de gente bien intencionada que piensa que estos avances de la ciencia no los utilizará el ser humano para el mal. Visto lo visto, no sé yo qué pensar, si son muy ingenuos o muy estúpidos, algo totalmente compatible con un alto coeficiente intelectual, sobre todo para gente que sale de las últimas generaciones que en occidente hemos vivido sin muchos problemas. En fin, esperemos que estos grandes avances de la humanidad no los hagan en la Rusia actual de 2022.
El consumo: ¿cuándo debemos parar?
En su origen, cuando estudiábamos el fenómeno del consumo en Teoría Económica, se ligaba de manera inequívoca a los bienes consumidos con la utilidad que los mismos tenían para la persona que los consumía, bien por una cuantificación teórica de esa utilidad o por comparación con las otras alternativas de consumo que existieran en la economía.
De la misma manera, si lo que se consumía se podía hacer en distintas cantidades, a medida que consumíamos más, las nuevas unidades cada vez nos reportaban menos utilidad porque ya habíamos saciado de forma suficiente nuestra necesidad, hasta que llegaba el momento en que no demandábamos ni una sola unidad más del producto.
Si nos fijamos, en la teoría, nada ha cambiado de hecho. Consumimos aquello que necesitamos y en la cantidad que necesitamos y podemos adquirir. Pero hay dos puntos importantes en lo que acabo de decir: lo que «necesitamos» y lo que «podemos adquirir». Y aquí está el «quid» de la cuestión, la doble pregunta que marca la situación de los consumidores modernos, ¿de verdad lo necesito? y en caso verdaderamente afirmativo, ¿me lo puedo permitir?
La historia de la economía moderna ha consistido en cómo saltarse los principios de la propia Economía, en cómo retorcerlos para conseguir más negocio, más ingreso, más beneficio aunque se vulneren los más elementales principios de prudencia, como nos ha ocurrido con el caso de las hipotecas, o aunque se desliguen los mercados de las bases de las economías, con alzas y bajas en las cotizaciones que dependen de la actuación de «tiburones» y no de la realidad de la marcha de las propias empresas y países.
Podemos pensar que no nos afecta en nada, ya que la mayoría no somos grandes inversores pero no vendría mal que echáramos un vistazo a la marcha de nuestro plan de pensiones para ver si nos afecta o no todo esto que estoy diciendo.
¿Es posible que una empresa esté cayendo en bolsa aunque su actividad siga siendo adecuada, sin que se hayan modificado sus políticas ni su planificación, incluso con una línea de buenos resultados? Pues claro que sí. Es más, esa vorágine de bajadas le influirá a su actividad de forma que entre en un flujo negativo y tengamos el mundo al revés: en lugar de reflejar el mercado el resultado de la buena o mala gestión, será la actividad y resultados de la empresa los que caerán o se incrementarán en función de su cotización. Y si están haciendo las cosas bien y caen por la bajada en el mercado, mal, porque estamos fastidiando una buena marcha de las cosas. Pero si empiezan a subir por subidas especulativas sin que se estén haciendo las cosas bien… esto será casi peor porque tendremos un gigante con pies de barro o una nueva burbuja, como lo queramos llamar.
El baile de las necesidades.
Cuando Parménides preguntaba a sus contemporáneos, allá por el año 500 antes de Cristo, qué era lo que movía el mundo, obtenía muchas respuestas, la ambición, el amor, la curiosidad… Pero para este filósofo ninguna de estas era la correcta. Lo que movía el mundo era «la necesidad».
Si, exactamente, lo que posteriormente fue el fundamento de la Economía. Tanto que este concepto está en la definición de esta ciencia, relativamente joven, aunque su objeto de estudio esté anclado en los orígenes de la humanidad. A partir de ahí, todo ha sido desarrollar el concepto. La actividad económica surge para la satisfacción de las «múltiples» necesidades de las personas.
Pero, ¿cuántas necesidades tenemos?. Pues la evidencia nos dice que más cuanto más ha avanzado la sociedad en la que vivimos, de tal modo que hoy en día «no podríamos vivir sin» cosas que hace unos años no existían y no nos importaba lo más mínimo. Cuando no había conexión muy directa entre los diferentes entornos sociales, el incremento de las necesidades se originaba de una forma muy local y en un porcentaje prudente de casos se exportaban e importaban tendencias entre grupos sociales o entre diferentes entornos físicos.

Hoy en día, con la globalización, las diferencias entre occidente y oriente, norte y sur y, si apareciera vida en saturno, entre planetas, se han dinamitado. El mundo entero tiene acceso a todo. Faltará agua en regiones del planeta, pero no un móvil con acceso a la red. De esta forma las necesidades se han hecho simplemente INFINITAS.
Lo malo de todo esto es que para la satisfacción de estas necesidades hacen falta recursos. Infinitas necesidades, infinitos recursos, y no los tenemos. Pero no importa, si hay una necesidad, por patética que sea, siempre habrá alguien que organizará los medios de producción para producir esos bienes que la satisfagan, y aquí viene lo peor… «cueste lo que cueste». Pero esto, la producción, será objeto de otro artículo, así que no adelantaré acontecimientos.
Centrémonos por lo tanto en nuestro papel como consumidores, vamos a preguntarnos de forma seria cuáles son realmente nuestras necesidades. Se suele hacer referencia aquí a Maslow y su pirámide en la que fue la primera y más conocida división de las necesidades de una persona y que aún se utiliza. Un análisis por encima de las distintas escalas de la pirámide nos llevaría a la conclusión de que las necesidades básicas de una persona y quizás algunas de las de seguridad, que es la siguiente escala, requieren obligatoriamente el consumo de productos y servicios. Sin embargo, el resto de niveles, necesidades sociales, de autoestima y de autorrealización, quizás no lo necesiten tanto.
Sin embargo, siguiendo la visión calvinista occidental de la vida, que no es necesariamente la nuestra, la realidad de las últimas décadas ha sido la asociación de la satisfacción de necesidades con el consumo obligado de algún tipo de bien. Podríamos hacer un ejercicio para ver qué bienes se asocian a muchas necesidades de reconocimiento social, éxito y autoestima que no significan que la persona en cuestión tenga una vida más cercana a la felicidad, más bien al contrario en la mayoría de los casos.
Podríamos ver cuál ha sido la evolución de los problemas mentales y psicológicos en estas décadas derivados de la necesidad de apariencia y ostentación, de la necesidad de tener símbolos sociales que refuercen nuestra posición social y nuestra confianza personal.
Y fijémonos en cómo es la cosa, que hasta este último punto «es economía». Porque la asociación de productos a todo tipo de necesidades como símbolos implica su comercialización y distribución. Pero es que la aparición de problemas de salud física o psíquica en las personas también implica la comercialización y distribución de productos y servicios para paliar las consecuencias de no tener los símbolos o de tenerlos con una insatisfacción manifiesta.
«Cuando los niños meten la mano en un tarro de cuello estrecho para sacar higos con nueces, si se llenan la mano, no pueden sacarla y luego lloran. ¡Deja caer unos cuantos dulces y podrás sacar la mano! Frena tu deseo, no llenes tu corazón con demasiadas cosas y obtendrás lo que necesitas.»
Epicteto, Disertaciones por Arriano, 3.9.22
Así el estado de la cuestión del consumo, resulta que nuestro sistema se mantiene hoy por hoy si las correas que mueven el motor del consumo no se rompen y siguen adelante. Cuando el consumo se contrae se contrae la economía, menos demanda, menos ventas y al final menos producción, lo que nos lleva a menos recursos (bueno para el planeta) y menos empleo (malo para los que vivimos en él).
El concepto mágico y fundamental, el equilibrio, no sólo en el aspecto económico sino también en el social, puede romperse. Y quizás serán necesarias algunas roturas para poder evolucionar, lo mismo que sucede en los músculos cuando queremos que se desarrollen. Pero sin llegar a la lesión.
¿Qué me puedo permitir?
La vida es una cuestión de elección. Y la Economía lo es también. Por lo tanto, a la hora de consumir habrá que elegir y, lo que es más importante y definitorio para la persona, SACRIFICAR algunas opciones. Tendremos que saber decir «no» a algunas de las opciones que se nos presenten en beneficio de otras. Incluso tendríamos que saber decir no a algunas cosas aunque no existan otras alternativas y alguno de nuestros recursos quedara ocioso.
Pero claro, no ha sido esta la tendencia de nuestro sistema. Puesta en marcha la maquinaria del consumo con todas sus correas funcionando, aquella etapa en la que había demanda natural para todo lo que se producía y quedaban incluso algunas necesidades insatisfechas, hace ya algún siglo que terminó y pasamos a tener capacidad de producir hasta lo que no nos hace falta. Pero como he dicho más arriba, de la producción hablaremos en otro artículo.
Milton Friedman, máximo exponente del liberalismo económico, refutando las críticas de que la publicidad generaba necesidades artificiales a los consumidores, decía que cuál era el sentido de esto si resultaba más fácil vender lo que ya necesitaban. La cuestión es de cajón, será mucho más fácil hacerlo así, pero cuando casi todo está cubierto, la maquinaria del sistema inventará algo nuevo como hemos analizado en el punto anterior.
El único bastión que quedaba dentro de nuestro sistema económico para que un consumidor no llegara a consumir algo que realmente no necesitaba, era que no tuviera recursos suficientes para hacerlo. Pero el sistema también tendría salida para esta minucia. La evolución generalizada del crédito y de los sistemas de pago, con el plástico (y ahora el móvil) al frente, iban a hacer que el consumo pudiera ampliarse de formas insospechadas. Y en ello estamos.
Si no me lo puedo permitir, me endeudo hasta el límite de mis capacidades. Algo que en algún momento de nuestras vidas, nos puede dar problemas de forma que, cuando realmente necesite ese instrumento tan potente e imprescindible del endeudamiento, no lo pueda utilizar por haberlo desperdiciado en idioteces. De la misma forma que la dinamita, creada para buenos fines científicos e industriales, se utilizó luego para matar gente… de esta forma instrumentos imprescindibles del sistema, que nos ayudan a vivir mejor, se utilizan de forma perversa y ayudan a generar una importante inconsistencia de la Economía que podemos llegar a pagar a un alto precio como sucedió hace unos años con la crisis de las hipotecas y la burbuja inmobiliaria que nos estalló en la cara.
Cuando llegue el momento en que nuestros recursos se hayan agotado, incluso el crédito, y ya no podamos consumir más, estaremos asfixiados y con las manos atadas. Podemos echarle entonces la culpa «al sistema despiadado» que nos hace consumir lo que no queremos y que nos da recursos casi a la fuerza para hacerlo. Pero siempre la elección es personal. Es nuestra elección aplicar dosis de racionalidad en lo que hacemos y en lo que consumimos. Es nuestra elección decir que no a algunas, o a muchas de las cosas que se nos presentan. Para quedarnos con lo verdaderamente bueno para nosotros, para nuestra familia y para nuestro entorno como quiera que lo entendamos.
El consumo responsable.
Hace ya unos años una línea de acción que denominamos «consumo responsable», ha entrado en competición directa con el «consumo desenfrenado» de las últimas décadas. Si consultamos páginas de organizaciones ecologistas como Greenpeace o WWF, encontraremos consejos en sintonías muy parecidas que persiguen la mejora del planeta, o al menos un freno a su deterioro, pero curiosamente sin que perdamos satisfacción.
La actitud combativa de la primera de estas organizaciones, podemos ver que en la faceta de consumo, ha evolucionado hacia una racionalidad de comportamiento y, por lo tanto, económica. No se trata de renunciar drásticamente a productos sino a reducir u orientar su consumo. No es una actitud de acoso y derribo de nada sino de una nueva adaptación de las costumbres para una satisfacción de otro tipo a obtener por las personas en consonancia con su entorno.
El consumo responsable se presenta así como una reflexión sobre los hábitos de vida y sobre la vida misma y es esta la orientación crítica, la que nos llevaría a analizar los fundamentos reales de nuestro bienestar, a considerar nuestra posición en este mundo y, como resultado de todo este análisis, a establecer nuestros patrones de felicidad y la actuación consecuente.

El cambio drástico que preconizan algunos, incluso alguna adolescente un poco hipócrita y agria como ella sola, que irradia odio y malestar sólo con verle la cara, rompería el inestable equilibrio de nuestro «injusto» sistema acarreando más males que bienes.
Pero una correcta reflexión, fruto de lo que realmente queremos y nos importa, que lleve como consecuencia ese consumo responsable y esa resistencia activa, pacífica y resiliente al bombardeo continuo de nuevos productos, servicios, versiones, accesorios, etc, sí que operará un cambio importante en nuestro sistema. Nunca pudo hacerse una manzana en un día. Todo tiene su tiempo y la maduración es importante hasta que llegue su momento.
Un cambio drástico en el sistema provocará la reacción inmediata de las fuerzas que operan en el mismo para contrarrestarlo, anulándolo de forma inmediata o provocando otra serie de cambios de consecuencias impredecibles. Sin embargo, la modificación en los hábitos de millones de personas de forma progresiva y casi simultánea, llevará de forma paulatina a ese sistema a una nueva realidad más sostenible.
Lo que hoy llamamos «consumo responsable» es lo que para la Economía siempre fue el concepto de «consumo», que se estudiaba en la Teoría Económica de nuestras Universidades, sabe Dios en qué habrá quedado hoy en día esa asignatura, asfixiada por estrategias, objetivos despiadados, desarrollo empresarial incontrolado y por el márketing que todo lo cubre.
Recuperemos el consumo de la Teoría Económica, ese que obedece al análisis «racional» del consumidor. Consumamos sí, pero lo que necesitemos y en la medida en que lo necesitemos, sin dejar de lado el desarrollo económico y del bienestar, pero alejándonos del egoísmo, el sinsentido y el derroche.
Conclusiones
Las leyes económicas implican un comportamiento «racional» del consumidor. Nuestra actitud económica es una herramienta que nos ayuda a elegir lo correcto para obtener nuestro equilibrio personal. Nos equivocaremos y no llegaremos a estar nunca realmente en equilibrio. Pero ese es el juego, una dialéctica continua entre las fuerzas de la necesidad, los bienes y los recursos de que dispongamos.
Y lo que realmente podemos ver es que si queremos tener éxito en esa constante lucha, necesitamos reflexionar sobre temas que sobrepasan el ámbito económico. Reflexionar sobre nuestra forma de vida, sobre aquello que es importante para nosotros, sobre qué es para nosotros vivir bien y sentirnos satisfechos. Probablemente cambiaríamos algunas de las cosas que hacemos y dejaríamos de necesitar muchos bienes de los que consumimos. Pero también es cierto que nuestro sistema, este que nos induce a ese tipo de consumo, «ES» nuestro entorno y constituye nuestra forma de vida, por lo que también tendríamos que reconstruirlo.

Epicteto, al que ya hemos citado en el artículo, decía: «No desees mucho». También dicen que Sócrates una vez se paró ante un puesto y dijo: «¡Cuántas cosas hay que no necesito!» . Pero no lo hagamos todo de una vez. Entrenemos nuestra mente para preguntarnos siempre: ¿Necesito esto? ¿Qué pasaría si no lo tengo?, en definitiva, las preguntas que vinculan nuestra vida y nuestro bienestar real con todas las cosas externas.
Si utilizamos este filtro natural de la persona, podremos llegar a ese consumo responsable que nos hará incluso un poco más libres, porque realmente ahora no lo somos. Nuestra vida está constantemente manipulada y sólo una mirada a nuestro interior podrá dar como resultado un comportamiento más racional que nos lleve al bienestar por caminos distintos del mero consumismo que identifica tener con ser mejor, más exitoso y más feliz.
Dejemos esta filosofía. Las sociedades calvinistas lo tendrán más difícil pero nosotros ya tenemos una tradición milenaria en la que no fue todo así y podremos recuperar más fácilmente a través de nuestra costumbre valores que desliguen la felicidad de la mera acumulación de bienes sin sentido.
Si reflexionamos sobre los valores de nuestra sociedad, creados a lo largo de más de dos mil años, con sus luces y sus sombras pero con una clara vocación de desarrollo de las personas como individuos y como colectividad, llegaremos a los principios fundamentales de la Economía, a la racionalidad de nuestras actuaciones y a la evolución sostenible e inclusiva de nuestro (eco)sistema. Hagámoslo una realidad.
La Economía sin alma
Hace ya bastantes años, asistí a un congreso de jefes de formación de entidades financieras y, tras una de las ponencias que correspondía a un profesor universitario, comenté que yo era un «economista frustrado». No recuerdo lo que pregunté en ese momento al ponente, pero sí que me definí de esta manera, y lo expliqué. Frustrado porque elegí una ciencia social y la matemática la había invadido. Frustrado por la evolución de unos mercados que ya no respondían a sus objetivos iniciales y habían caído en la más pura especulación. Frustrado porque el medio más sofisticado que habíamos creado para nuestro progreso, la empresa, se había convertido en un instrumento de tortura.

Claro que podemos reconocer estos problemas e intentar darles solución para el mayor bienestar y felicidad de todos los componentes de nuestro «sistema». Pero nos encontramos con algunos inconvenientes:
- Estamos inmersos en nuestra vorágine particular del día a día, de sacar adelante nuestro negocio, nuestro trabajo, nuestras obligaciones. Nos arrastra, nos dejamos llevar, no tenemos tiempo ni a veces fuerza para corregir nada, absolutamente nada, por pequeño que parezca.
- Las respuestas las buscamos sólo dentro de nuestro entorno, en este caso en la Economía. Así no salimos del bucle, pero es que, tal y como está la vida, nos habremos centrado tanto en nuestra área concreta que difícilmente tendremos ocasión de buscar soluciones fuera.
Seguro que se nos pueden ocurrir más, pero nos quedaremos con estos dos para abrir boca, porque son muy importantes en nuestra vida y son capaces de darle forma a una existencia que puede llegar a ser infeliz. Y si no, pensemos un poco… ¿cuánta gente conocemos que esté verdaderamente contenta con su trabajo, con su empresa, con su modo de vida? Y cuando hablo del modo de vida no me refiero al del fin de semana que mucha gente desea desde que empieza el lunes (mala señal). A la hiperactividad senderista, montañera, de playa, de barbacoas, cines, teatros, espectáculos, discotecas, conciertos. De fútbol, tenis, baloncesto, balonmano y hasta golf y piragüismo. Lo que sea para la gran evasión, para sentir que te diviertes, que sales de la rutina, para «engañarte» como sea.
¿Malvivimos cinco días de la semana pensando sólo en esos otros dos de fiesta? Y eso si el fin de semana está libre porque ¿y quien trabaja en fin de semana, cómo se hace este planteamiento para los lunes o los miércoles? Si todo esto es así, vivimos más mal que bien. Y si en ese sagrado fin de semana las cosas no vienen como queremos, que no nos quepa duda de que el lunes está ahí.
La resaca del día a día.
Nuestro día a día nos consume, nos arrastra como una corriente de resaca en la playa. Y es tan peligroso como esa resaca, porque luchar abiertamente contra ese diario nos puede agotar hasta la resignación. Muchos lo llaman «rutina» pero creo que el concepto está equivocado. Las rutinas son una herramienta que tenemos y que necesitamos para sacar nuestra vida adelante. De hecho difícilmente podremos mejorar si no incorporamos elementos en nuestras rutinas que se establezcan como algo habitual en nuestra vida. Ese hábito aristotélico que conformará cómo somos y nos comportamos, nuestro carácter.
No se trata de la negación de nuestra condición actual, de romper con nuestro día a día, de cerrar la empresa e irnos a vivir a una cueva. Sólo cuando llegamos a extremos insoportables en la vida, tendrían justificación este tipo de cambios. Cambios de rumbo sacralizados por algunos programas de televisión que nos muestran la inmensa felicidad que obtuvieron algunos al dejar su trabajo en una gran ciudad con puestos de corbata diaria para servir comidas en un chiringuito de una playa de Puerto Plata.
No dudo de la felicidad que puede darnos ese planteamiento, pero es que la mayoría somos «normales», del centro de la campana de Gauss, y habrá también que pensar cuánta gente ha fracasado estrepitosamente en planteamientos radicales de ese tipo y han tenido luego que volver con el rabo entre las piernas a una existencia que les parecerá mucho más triste… o quizás no, una vez vista la experiencia con la cruel realidad por testigo.
Pues nademos como en una corriente de resaca, sin grandes resistencias, desviándonos poco a poco hasta encontrar la vuelta a la orilla. Usemos nuestras rutinas para introducir en la vida elementos de mejora, pequeños pero importantes para nosotros. Dejemos la impaciencia por nuestro día a día para disfrutar cada vez más pequeños momentos que se convertirán en grandes y permanentes hábitos. El tiempo así, estará a nuestro favor.
Si queremos leer más porque así nos sentiremos mejor, no nos planteemos tres horas todos los días porque seguramente no podremos. Pero quizás podamos veinte minutos tomando café por la mañana antes de trabajar, o en la cama por la noche antes de dormir. Nos parecerá poco y que no merece la pena. Pero hacedlo y cuando pase un año entero echad un vistazo al estante de los libros leídos, a ver qué os encontráis. Porque al final la cantidad irá siguiendo poco a poco a la calidad, y en la vida no todo es «cantidad».
Si el problema es la salud física, todos sabemos lo que pasa cuando nos proponemos ir al gimnasio todos los días, o salir a correr cinco veces en semana… o comer sólo verduras… no hay más preguntas Señoría…
Usemos las rutinas para mejorar nuestra vida, incorporemos pequeños detalles que nos hagan disfrutar. Los cambios bruscos y los objetivos demasiado ambiciosos que he señalado como ejemplos por todos conocidos como los de la lectura, el gimnasio, las dietas, etc, sólo nos provocarán frustración, porque participamos de un sistema social concreto, con unas formas que adoptamos y que son, hoy por hoy, nuestro estilo de vida, nuestra cultura. Y habrá que trabajar para ganarnos la vida, y cuidar la casa y habrá hijos (e hijas, para que nadie se enfade) que nos «quitarán» mucho tiempo… Y hasta cosas que nos gustan al principio, como la pertenencia a clubs, hermandades, asociaciones, etc, pueden convertirse en otras obligaciones que nos martiricen.

Pero con el trabajo, la casa, los hijos… podemos incorporar este tipo de pequeñas cosas con las que disfrutar. ¡Quién sabe! Quizás encuentres los veinte minutos para leer esperando a que el niño salga del entrenamiento de fútbol en lugar de desesperarte por lo que tarda. O para escuchar música a todo volumen mientras limpias el salón. Nunca se sabe dónde va a saltar la liebre.
Y con todo aquello que «no sea una obligación» un sano NO también nos ayudará.
Sólo una advertencia en este punto de la potencia de una rutina para nuestra vida. Que también lo negativo entra por aquí. Así que tendremos que pensar si es conveniente fumar un cigarro después de comer o tomar una cerveza antes de cenar. Nada importante, pero pasará como con los libros del estante de los leídos después de un año.. ¿cuántos hay?
La solución endogámica.
El segundo inconveniente que señalé era buscar las respuestas a nuestros problemas siempre dentro y sólo dentro de nuestro entorno. Decía Avicena que para solucionar una enfermedad debían tratarse sus causas y no los síntomas, aunque si el estado del enfermo era de mucha gravedad, habría que actuar de urgencia sobre los síntomas. Parece que hoy en día nos quedamos sólo en la segunda parte, el enfermo en la UCI y a parar la fiebre.
Vivimos en sistemas globales, cada vez más globales para nuestro bien en muchas cosas y para nuestra desgracia en muchas otras. Esto implica un juego de acciones y reacciones cada vez más complicado por lo que cuando buscamos soluciones cada vez tendremos que ampliar más nuestro campo de actuación. Y el mayor problema será no encontrar una solución razonable dentro de nuestro ámbito de actuación, lo que nos llevará a intentar simplificar al máximo el problema y a obtener la menos mala de las soluciones. Es lo correcto para actuar de inmediato, algo que yo he defendido en muchas ocasiones: no podemos pretender siempre la solución perfecta al problema planteado. Será necesario utilizar la política del «mal menor», la menos mala de las soluciones, algo que ya planteara Aristóteles como forma de actuación, y es la segunda referencia que le hago.
Pero no deberíamos quedarnos ahí, solo en el cortísimo plazo. Será evidente que no hemos encontrado una solución correcta y una vía de actuación adecuada. Hemos hecho lo que debíamos ya que no actuar hubiera sido mucho peor. Sin embargo, se hará necesario que investiguemos la situación. Si no había una solución correcta dentro del entorno, seguramente sí la habrá fuera de él, por lo que deberíamos ampliar la búsqueda.
Si nos fijamos, no hay una sola crisis económica que no venga precedida de una intensa crisis social. Pero las soluciones que buscamos habitualmente son sólo «económicas», más o menos dinero en el mercado, mayor o menor tipo de interés, más o menos impuestos… Pero dejamos que sigan la hipocresía política, el populismo de los salvapatrias revolucionarios y, sobre todo los mismos patrones de consumo y de vida que han conseguido llevarnos a la situación crítica.
Deberíamos plantearnos qué es para nosotros la «buena vida». Significa «tener» o quizás es más «disfrutar», que no son la misma cosa por mucho que se intenten identificar los dos términos o que uno sea el resultado del otro. ¿Son correctos los patrones de consumo que tenemos hoy en día? Esto es lo que proviene de nuestro «estado social y personal» y lo que se refleja luego en nuestra actitud económica con respecto al consumo. Creo que sería necesaria una reflexión sobre nuestro modo de vida en particular y en la influencia sobre los otros modos de vida que hay sobre el planeta para prevenir futuras crisis, mucho más serias, que se plantearán sobre los recursos que utilizamos como si no tuvieran límite, además en muchos casos pasando por encima de lo que sea y de quien sea para obtenerlos.

La ambición humana no tiene límites. Y la Economía debe recuperar su faceta social. Algunos conceptos económicos deberían ser replanteados a la luz de una ética empresarial real, y no la que se quiere disimular con un falso ecologismo que compense los desastres que se provocan. Y no me refiero con esto a los accidentes, que siempre pueden ocurrir, sino a los efectos de la actividad diaria que resulta nociva para el medio en el que vivimos personas y empresas. Porque el deterioro de las condiciones… ¿no perjudicará también en un futuro no muy lejano a estas empresas? Estoy seguro de que así será, pero prima el beneficio inmediato, confundido de manera malintencionada con el «bien vivir» al que me referí antes.
Es preciso que las soluciones a los problemas económicos no solo se busquen en la Economía sino que abran su campo de estudio al resto de la realidad humana, como ciencia social que es, y que se indaguen los problemas sociales, antropológicos y del medio ambiente. De lo contrario, las soluciones endogámicas y matematizadas de la Economía de la Empresa sólo conseguirán efectos rebote perniciosos aunque aparenten en un principio que mejoran la situación.
Tengo serias dudas de que nuestra élite dirigente tenga valor suficiente para abordar soluciones de este tipo. Por esto, será necesario que los distintos grupos que actuamos en economía, empresas, consumidores y, si ello fuera posible, nos niveles menos politizados de la administración, tomemos decisiones como resultado de una mayor apertura en el estudio de los problemas cotidianos. Debemos buscar las causas más lejanas, aquellas que están en el comportamiento de las personas, en su sentir y en su cultura. Sólo así las decisiones serán adecuadas y no paños calientes para salir del paso. Sólo así podremos llegar a una nueva Economía más social y a la vez más estable y beneficiosa para todos.
Web 2.0… una nueva forma de vida.
Bienvenidos a la Web 2.0. Herramientas basadas en internet que nos han permitido acceder a información que no hubiéramos imaginado, a servicios que se nos han simplificado a más no poder y con las que hemos encontrado amigos que ya casi teníamos olvidados.
Se trata de un caos ordenado… o un orden caótico. Llevamos años y años buscando rutinas, estructuras, procesos y procedimientos… orden en definitiva para saber dónde estábamos y a qué atenernos. La información era un bien escaso, hasta difícil de conseguir y ahora tenemos que poner filtros para que no nos ahogue.
El usuario final pasa a ser el protagonista…
El mundo nos ha quedado a un clic de ratón y el usuario, antes pasivo, se hace protagonista. Es difícil encontrar a alguien con quien queramos contactar y que no esté en alguno de los infinitos nodos de frenética actividad. Sentados delante del ordenador o con un móvil en la mano tenemos información, contactos y transacciones. Cuidado: también nuestros datos jamás habían sido tan públicos si no se tiene una prudencia mínima al interactuar.
Nuevas formas de trabajar y entender las cosas…
Nuevas profesiones como la del Community Manager, deben ser consideradas por las empresas porque son capaces de vincular e influir en seguidores para el buen nombre de una marca y sin abandonar la silla o tomar un café en un bar, como se hacía antes.
Cambia la forma de comunicar y, sobre todo, la velocidad de la comunicación hasta un punto que provoca la taquicardia. Cambian las formas de trabajo porque se abren posibilidades enormes para que los profesionales se centren en su cometido y no en las herramientas, que son cada vez más amigables. Y cambia la vida personal ya que esta ola afecta incluso a aquellos que no quieren verla venir, porque sus vidas, de una forma u otra, se están viendo afectadas en todo.
Medios Sociales: el presente… y también el futuro.
Los Medios Sociales y toda la Web 2.0 han llegado para quedarse porque suponen un avance irrenunciable en nuestras vidas, porque nos las hacen mucho más fáciles y a la vez dinámicas, y lo que ahora es una “locura” evolucionará hacia unos estados asumidos por la población de forma que se convertirán en nuestra “nueva forma de vida”. Ya podemos ver la siguiente ola 3.0. Son las herramientas de la “Nueva Economía” que establecerá un orden distinto del trabajo y la producción para llegar a un nuevo escalón en la evolución de nuestra cultura.
Yo, que fui algo escéptico en la empresa porque al principio no veía clara la utilidad (y en aquellos momentos, para ser sincero, creo que aún no la tenía), dedico “un momento para pensar” a todos estos temas en mi blog de WordPress, tengo mi currículum en LinkedIn y si me buscáis en Facebook y Twitter, también me encontraréis. Es una nueva era, hay que asumirla y, sobre todo, disfrutarla.
Publicado por Manuel Zúñiga HitaChina, una gran incógnita
En varias entradas anteriores he hecho referencia a los países del “BRIC” como una de las vías de salida de la crisis y una forma de reflotar nuestro sistema económico. En concreto me he referido a China porque entiendo que es la que más expectativas nos puede ofrecer, ya que tiene una potencialidad evidente y una cultura muy distinta a la nuestra que, a la vez que apasionante para estudiar, puede resultar una salvaguarda importante para no caer de nuevo en los mismos errores que ha cometido occidente en la última década.
El desarrollo chino ha sido espectacular en los últimos años y eso está posibilitando el que asuma un papel estratégico en el concierto mundial. Su desarrollo hará que se pueda ir superando su extrema desigualdad y vaya apareciendo esa clase media que supondrá una mejora real de los niveles de vida del país.
Por eso ahora, justo ahora, es importante que España aparezca con fuerza en el panorama Chino en todos los aspectos posibles. Es importante que las empresas españolas puedan “exportar todo”, con lo que me refiero a que puedan tanto colocar productos fabricados en España, como establecerse en China para asumir parte de la producción emergente en oriente.
Es importante que China pueda ser vista como uno de los destinos de profesionales españoles que en nuestro país e incluso en Europa no tienen sitio dentro del sistema productivo para desarrollar todo lo aprendido y materializar sus ilusiones. Y esto debe hacerse tanto como parte de las empresas españolas que se establezcan allí en el país lejano, como directamente en las empresas chinas, que podrán, a través de nuestros profesionales, conocer nuestro país.
Es importante que nuestro Estado venda la marca España, que deberá ser una marca de prestigio, para que las relaciones entre las dos economías sea fructífera. No vienen nada bien las disputas soberanistas ridículas ni los escándalos de políticos corruptos de todos los colores, aunque en todos lados, incluso en China, “cuecen habas” y ellos lo saben mejor que nadie.
Si España tiene visibilidad en China, la incipiente clase media pondrá su vista en nuestro país cuando se cuelgue la cámara de fotos al hombro y, mucho ojo, cuando en China pasa algo, siempre es muy grande por pequeño que sea el porcentaje, porque ellos son muchos… muchos. Y esto puede ser un impulso importante para la economía española, y otra vez en nuestro sector salvavidas. Hagámoslo bien esta vez. Estemos preparados para dar una calidad excelente. Ya tenemos mucha experiencia y podemos hacerlo. Eliminemos a toda la gente que “te hace un favor cuando te atiende” por todos los medios a nuestro alcance.
Sin embargo hay un “PERO” en toda esta cuestión. China es, como digo en el título, una incógnita. Una incógnita que viene de la política. Se trata de un país comunista, de una dictadura en toda regla, “popular” e hipócrita como todas las dictaduras comunistas que quieren aparentar lo que no son y que algunos incluso se creen. Como lo fue Rusia y como lo es la Cuba que tantas simpatías despierta en los sectores más “progres” y libertarios de nuestro país, esos que quieren imponer la “dictadura de la calle”. Y como lo son otras democracias encubiertas gobernadas por “comandantes” de la América Latina.
Muy pronto habrá que despejar esta incógnita de la ecuación mundial. Está por ver la evolución del régimen comunista chino hacia la apertura. No podrán mantener eternamente las censuras a internet y las redes sociales. La población se hará cada vez más sensible según progrese la clase media y todo esto podría acabar en otra “primavera alborotada” como la árabe, pero con la diferencia de que aquí, no hay tantos países occidentales implicados como en el Magreb y cualquier incidente podría ser considerado una injerencia por una potencia cuyo alcance real aún no conoce occidente.
Esta situación inestable, también es conocida por la sociedad China y esto puede ser un punto a favor de que algunas de sus empresas se establezcan en el exterior, de forma que pudieran soportar en un futuro un periodo de inestabilidad de su país. Por tanto, es posible que un periodo de inestabilidad en este nuevo motor económico mundial se convierta también en una oportunidad a medio plazo para nuestra economía, ofreciendo un establecimiento seguro y de calidad para empresas de gran nivel.
Debemos establecer acuerdos de cooperación, vías comerciales y afianzar la enseñanza y alentar el aprendizaje del Chino en España. Por si alguien ve esto como lejano y difícil, puedo decir que lejano no va a ser y, además, no debería si queremos coger este tren. Y en cuanto al idioma mandarín, puedo asegurar, por mi propia experiencia, que es apasionante.
Por último, la cultura china puede hacernos recuperar algunos valores que ellos no han perdido por la ambición desmedida. Esta cultura aún valora el tiempo necesario para hacer las cosas y vive con menos prisa. Allí, además del corto plazo, que es nuestra única medida, también existen todavía el medio y el largo plazo. No sólo podemos aportar, sino que, sobre todo, también podemos aprender. No perdamos más tiempo.
- ← Anterior
- 1
- 2
- 3
- 4
- Siguiente →









