Filosofía
Complejos de culpa (II) – ¿Trabajo poco?
Entre no cumplir con mi cometido y que «se me caiga el lápiz» a la hora de salida y no poder dejar de trabajar ni de madrugada, hay un abismo que podemos analizar de manera conveniente para llegar a un comportamiento razonable con respecto al trabajo y que nos aleje de estas dos aberraciones que hemos indicado, mucho más habitual la primera que la segunda pero igualmente nocivas para la persona.
En muchos momentos de nuestra vida nos podemos encontrar con disyuntivas de este tipo. Imaginemos entre estudiar y trabajar. Tengo responsabilidades en mi trabajo y también estoy estudiando una carrera, máster o cualquier otro curso. Si dedico mi tarde a estudiar puedo estar pensando que debería estar trabajando. Pero si me pongo a trabajar, estaré preocupado por la marcha de mis estudios. El resultado será que no estaré rindiendo en lo que hago por la preocupación, ni mucho menos disfrutando de ninguna de las dos cosas.
Y este es un círculo vicioso muy perverso pero que, en un alto porcentaje de ocasiones, lo generamos nosotros mismos sin ninguna intervención exterior de otras personas; autogeneramos este complejo de culpa sin la más mínima piedad hacia nosotros mismos. El resultado: sentirnos mal hagamos lo que hagamos. Si a esto le añadimos los factores externos, que los habrá, ya tendremos un cóctel de los más explosivos del mercado.

Efectivamente, puede que nos encontremos un jefe para el que no existen las horas libres, todo es trabajo que, bajo una dulce capa de dedicación, vocación y entrega, oculta probablemente cualquier tipo de las frustraciones personales que se desfogan en la empresa (ver el artículo de este blog sobre el jefe). Puede que exista una «sana» (o no) competencia entre compañeros con o sin cargos de responsabilidad, a ver quién queda mejor enviando un informe por correo electrónico al equipo de trabajo a la hora más intempestiva. Si somos comerciales, además de todo esto aparecerá el inconmensurable universo «del cliente» en el que nos encontramos todas las modalidades de personas que existen en el mundo (al fin y al cabo es lo que son aunque podamos dudarlo en algunos casos). Así, los habrá respetuosos y prudentes, y los habrá que quieren hacer sentir su yugo sobre nosotros forzando situaciones difíciles por el hecho de no perder negocio.
Pues que sepamos, que en muchas ocasiones y con dolor de nuestro corazón, a este tipo de personas es mejor perderlas no ya como clientes sino perderlas de vista en términos absolutos, sólo hola y adiós por cortesía y educación pero poco más.
El remate de estas situaciones en las que aparece este complejo de culpa por no trabajar lo suficiente se da cuando analizamos a las Pymes y los autónomos. Porque, efectivamente, aquí se concentra todo lo que hemos dicho en los párrafos anteriores: soy jefe pero trabajo a pie de obra, tengo empleados de todo tipo y además tengo que tener en cuenta los deseos de mis clientes. Con razón algunas veces se busca una ventana por la que saltar y escaparte de todo. Curioso cuando ser dueño de tus actividades, tener la capacidad de elegir el ritmo de desarrollo, debería darte más reposo y satisfacción. Porque esta es la razón de que muchas personas opten por este camino: dejar la rigidez de una empresa grande, del mundo asalariado y de aquella «sana» competencia de la que hemos hablado antes.
En algún momento hemos hablado de la «Hipercomunicación» en nuestra sociedad, uno de los conceptos que trata el filósofo Byung-Chul Han al definirla como «sociedad de la transparencia», eso que denomina «el infierno de lo igual». Y en este caso concreto que tratamos para este complejo de culpa específico, la aceleración extrema de la comunicación tiene gran parte de la culpa.
Enviamos un mensaje y EXIGIMOS una respuesta inmediata y esto es simplemente no tener respeto por el tiempo de los demás. La aplicación además te dice si el mensaje que has enviado ha sido leído… peor aún. Más ansiedad todavía para el remitente: ¡Cómo puede ser que no me responda si ya lo ha leído! Y así vamos pasando por la vida, tan centrados en todo lo inmediato, que no nos damos cuenta de que se nos está escapando.
Las herramientas de comunicación que tenemos son fantásticas y han tenido una evolución estratosférica… y la siguen teniendo, de tal forma que no creo que nadie sepa, ni el mejor de los científicos, a lo que vamos a llegar. Y esto creo que es más un problema que otra cosa sin querer ser un agorero. Fijaros la facilidad de comunicación que tenemos hoy en día con cualquiera a través del Whatsapp, pero fijaros también los millones de idioteces que se envían por este medio tan «útil». Esa facilidad de comunicación ha tenido un efecto perverso haciendo que tengamos que navegar en un mar, o mejor en un océano de iconos, memes, oks, fotografías graciosísimas con o sin movimiento, etc, etc… La misma herramienta que me facilita la comunicación, a la vez, me la dificulta.

Pero no es el único efecto perverso. Esta dificultad la podríamos dominar con mucha selección de grupos, mensajes, sonidos, etc. Es mucho más peligroso para nosotros la acumulación progresiva de cargas de trabajo debido a una multitarea permanente. Yo mismo mientras estoy escribiendo esto he intervenido varias veces en una conversación (importante si) en la que estoy intentando aportar para resolver una situación de conflicto, pero voy a centrarme.
Si una tarde os da por pasear con vuestra familia, ¿dejáis el móvil en casa? Yo creo que no, que lo llevamos encima de forma permanente. Pues que sepáis que hubo un tiempo en que no existía y no pasaba nada… al revés. Y ya que lo lleváis, ¿va en silencio y sólo lo consultáis de vez en cuando? Puede que si… o puede que no. Si veis los mensajes, tanto si es de vez en cuando como si saltáis cada vez que suena uno, ¿qué ocurre si un cliente os hace una pregunta o petición?… vamos a dejarlo aquí por ahora, pero no olvidéis esta cuestión.
Creo que debemos hacer una serie de consideraciones a tener en cuenta cuando asoma este complejo de culpa de que «deberíamos trabajar algo más»:
El trabajo es un gas y se expande.
Así es, y ocupará, si lo dejamos, todo el tiempo de que dispongamos y aún nos parecerá que nos queda todo pendiente. Funciona como un plato de arroz que estamos comiendo sin ganas, cuando llevemos un rato masticando al revés, nos parecerá que tenemos más que al principio. Por lo tanto, todo deberá tener su límite en cada mes, en cada semana y en cada día que vivamos. Debemos establecer rutinas con las que nos sintamos cómodos y que nos sean útiles para poder disfrutar de lo que hacemos y para poder tener tiempo de otras cosas que puedan aparecer, porque no todos los días serán iguales… gracias a Dios.
Y ahora que estamos en tiempos de trabajo a distancia, el problema se agrava porque antes, había una distinción clara: hora de entrada, trabajo (con sus pausas… o no), hora de salida… y extras. Todo muy definido. Cuando llegaron los portátiles, internet, las nubes y demás, todo se difuminó y muchos ven una ventaja en trabajar de seis a ocho de la mañana, después hacer otras cosas, otro ratito luego, después por la tarde y así caer en un desmadre con el que no consigues centrarte o con el que vas a estar trabajando todo el día y más horas que en la antigua oficina. Cuidemos nuestro tiempo, porque el que haya pasado no lo volveremos a recuperar.
Identifica verdaderos problemas que debes atender.
Si ya tenemos claro que el teléfono no lo debemos atender de forma indiscriminada porque va a hacer que trabajemos, sin la calidad necesaria por supuesto, hasta en el último rincón del mundo, vamos a intentar diferenciar aquellas situaciones que sí merecerán nuestra atención inmediata y directa.
En este caso, si tenemos una comunicación correcta con nuestro equipo, conocerán nuestros hábitos y si existe un mensaje o llamada en un momento no habitual, es que será importante. En este caso lo atenderemos con la mayor normalidad del mundo porque sabremos que será algo importante y necesario y, en el caso de que no lo sea, deberemos tomar medidas para que no se repita, bien porque alguien de mi equipo tenga más formación o más confianza o bien porque determinemos claramente que ese tipo de problemas tienen otra resolución.
Si realmente tienes un equipo y tu servicio se lleva a cabo durante toda la jornada, define guardias para horarios no habituales de forma que puedan «repartirse» las situaciones excepcionales. Y valora la posibilidad de que exista una diferenciación entre los teléfonos de trabajo y los personales.
Selecciona clientes.
Cuando estamos empezando con nuestro negocio, esto se antoja muy difícil… y lo es. Entramos casi en todo lo que nos llega porque necesitamos comenzar a generar ingresos y poner nuestra maquinaria fina para el desarrollo de nuestro negocio pero pronto nos daremos cuenta de los inconvenientes si no conseguimos controlar la situación.
Determinados clientes pueden ocupar una parte muy importante de nuestro tiempo, lo que nos va a impedir desarrollarnos. Por lo tanto, llegará un momento en que tendremos que evaluar la conveniencia de tenerlos. Creo que es importante desde un principio fijar nuestros niveles de servicio y definir hasta dónde llegaremos, si hay determinados horarios, si la resolución de problemas tiene un procedimiento determinado o si contamos con un servicio de soporte.
Aquellos clientes que, como mencioné antes, disfrutan haciéndonos sentir su yugo por el hecho de que son nuestros clientes y se saltan todos los acuerdos de servicios que les hayamos explicado, sencillamente NO deberán estar, no deben existir dudas en esto y sentiremos una tranquilidad muy grande desde el mismo momento en que los hayamos dejado. Seguramente encontrarán su proveedor adecuado, pero no seremos nosotros, sin alterarnos, sin preocuparnos, sólo es una decisión correcta según nuestros criterios y puntos de vista, así de simple.
Llegados a este punto y con estas breves consideraciones, volvamos al paseo con la familia y a los mensajes que nos llegan. Si hemos reflexionado sobre estos temas, no tendremos problemas, pero si no, comenzará nuestro complejo de culpa a actuar de forma inmisericorde: «debería responder en un momento porque tengo que sacar mi empresa adelante… en realidad lo hago por ellos»… ¡estás perdido!
Necesitamos toda la tranquilidad del mundo para ir lunes, miércoles y viernes al gimnasio durante una hora porque nos gusta y nos viene bien para la salud y esos son unos momentos nuestros y no de nuestro trabajo. También para hacer ese paseo que hemos interrumpido con la llamada innecesaria en el noventa y nueve por ciento de los casos, porque el momento será de nuestra familia y no de nuestro trabajo. Sin complejos, porque son momentos necesarios incluso para poder trabajar bien después. Y no nos olvidemos de que la preocupación nos la generamos muchas veces nosotros mismos porque el resto del mundo sigue funcionando sin nosotros, aunque nos parezca que somos imprescindibles.
¿Es necesario crecer tanto o mi negocio se encuentra bien así? Puedo parar el ritmo de crecimiento y vivir más en paralelo. O puedo no hacerlo en las temporadas que yo decida porque es con mi negocio con el que disfruto. El problema será si me siento libre para tomar esa decisión. Si lo eres, trabaja hasta por la noche si quieres… pero plantéatelo.
Y quizás alguien que haya leído el primero de mis artículos sobre el complejo de culpa, podría decir que me estoy contradiciendo, pero verá que este último criterio también coincide con el que reflejé en dicho artículo y que justificaba perfectamente que, cuando YO QUIERA puedo decidir ser menos productivo y trabajar tardes o noches. Pero no será porque tengo un complejo de trabajar poco, sino por una decisión consciente de la que soy capaz de disfrutar y que en ese preciso momento, justo en ese momento y no en otro, es la que YO QUIERO tomar. Los problemas vienen sólo cuando empieza a desaparecer mi capacidad de elegir.

¿Por qué? – Reflexiones sobre complejidad
Esta es una pregunta tremenda. Yo diría que es «la pregunta» por excelencia. Fijaros que es la más repetida por los niños cuando aprenden a hablar y no saben todavía cómo funciona esto de la vida, y puede llegar a tal punto que a algunos progenitores les entre un deseo desenfrenado de tirarse por la ventana… o de tirar al niño. Porque esta pregunta exige una respuesta razonada, o al menos razonable, o una aceptación un poco amarga de desconocimiento o de no tener muchas ganas de líos. Tanto si se responde como si no, siempre hay consecuencias, deseadas o no.

Admitamos que algunas veces las preguntas son inoportunas y evitables, y me refiero ya no a las de los niños (que serán inevitables), sino a las de los mayores con uso de razón. También tendremos que admitir que las respuestas en la mayoría de los casos no serán fáciles, bien porque la situación sea comprometida, bien porque, aunque no lo sea para el interrogado, la respuesta en sí sea difícil.
Y esto hace que nos planteemos el problema de «la complejidad», que tan bien ha tratado el filósofo francés Edgar Morin, a través de la «dialógica», el enfrentamiento necesario de contrarios.
«Legítimamente le pedimos al pensamiento que disipe las brumas y las oscuridades, que ponga orden y claridad en lo real, que revele las leyes que lo gobiernan. El término complejidad no puede más que expresar nuestra turbación, nuestra confusión, nuestra incapacidad para definir de manera simple, para nombrar de manera clara, para poner orden en nuestras ideas.»
Edgar Morin – Prólogo de «Introducción al pensamiento complejo»
Son múltiples los ejemplos muy contradictorios que nos encontramos de esta dialógica en nuestro desarrollo social y económico. Por ejemplo, la libertad se obtiene coartándola, es necesaria la ley (coerción) para garantizar las libertades individuales. Y para tener seguridad es necesaria la amenaza (policía). Para obtener bienestar físico es necesaria la disciplina y el sacrificio. Hasta la cosa más simple que nos podamos imaginar funciona, y progresa, con este enfrentamiento de contrarios.
Como Morin nos dice en el libro citado, la ciencia progresa porque es capaz de simplificar (consenso) y poner en duda de forma sistemática (conflicto). Progresa en definitiva porque es compleja. La evolución de la ciencia se logra a través de la puesta en duda de conceptos que en un principio quedaban fuera de su campo de actuación. Fundamentalmente se pusieron en duda los dogmas religiosos que imperaban en cada época para llegar a deducciones y demostraciones de las leyes que operaban en la naturaleza. Sin embargo, una vez superados todos estos dogmas y de dejar la religión en otro nivel de nuestra existencia, los nuevos dogmas sobre los que dudar serán los propios principios de la ciencia que se convierte en la nueva religión a superar. Y a medida que buscamos esos «ladrillos» de la creación, todo se va, a su vez, volviendo más y más complejo hasta tener que hacer los «nuevos actos de fe» sobre lo que nos dicen los científicos, porque entender lo que se dice entender, está al alcance de muy pocos, convertidos en los sumos sacerdotes de las nuevas creencias que durarán más o menos tiempo hasta que sean sustituidas por una nueva investigación aún más compleja.
Por lo tanto, cuando hacemos la consabida pregunta del título, por muy sencilla que veamos una situación, nunca llegaremos a saber de verdad en qué berengenal nos estaremos metiendo y cuál va a ser el resultado de nuestra investigación. Porque ante la situación que nos pueda parecer más sencilla se pueden esconder motivaciones muy profundas, muy complejas y, sobre todo, muy interconectadas.

Y voy a tocar de nuevo el tema de nuestras rutinas y su análisis de las que ya hablé en otras ocasiones y también en el artículo anterior dedicado al uso de la «ley del mínimo esfuerzo». Siguiendo el razonamiento que expongo en este artículo, la mayoría de nuestras rutinas conscientes se establecen en función de esta ley vital y pueden permanecer en el tiempo de forma indefinida si no nos las replanteamos nunca y nos sentimos cómodos con ellas. Aparecerán como el resultado de un análisis de todas nuestras circunstancias en un momento dado y se establecerán como una solución óptima para nosotros, como aquello que de una u otra forma «nos facilita y resuelve la vida». Pero es posible, casi seguro, que las circunstancias cambiarán. ¿Cambiaremos también nuestras rutinas? En estas situaciones puede ser necesario que aparezca la consabida pregunta: ¿Por qué?, ¿Por qué sigo haciendo esto o aquello? ¿Tiene sentido en mis circunstancias actuales?
Y nos podemos encontrar con distintos niveles de dificultad a la hora de respondernos. Dependerá de la trascendencia del hecho y de la profundidad con que hayamos admitido la rutina: no será lo mismo decidir a qué hora me levanto por la mañana que cambiar mi residencia; y habrá también una diferencia importante entre el «tener que» y el «querer». Por ejemplo, en cuanto a la hora de levantarme, si ya no tengo que ir a trabajar porque he cambiado al turno de tarde o me he jubilado, ¿tengo que seguir levantándome a las seis de la mañana?; es evidente que no, porque no tendré que estar ya en el trabajo a las ocho pero, ¿quiero seguir haciéndolo?; puede que sí, aunque a muchos les pueda parecer una idiotez; ¿qué sentido tiene que lo sigamos haciendo?
Pues puede que algunas rutinas que nos imponemos por obligación, como la de ir a trabajar, deriven en otro tipo de circunstancias personales que sean reconfortantes para la persona; quizás nos guste el frescor de la mañana (o directamente el frío en el invierno), que nos guste conducir, que ese primer café con tiempo no tenga precio, que se le añada un poco de lectura cuando las revoluciones del día aún no son muchas, ni las nuestras ni las de nadie…, que todas estas cosas juntas te hagan afrontar el día con más ganas, etc. De esta forma, la obligación de ir a trabajar ha generado una serie de elementos de los que no tenemos por qué prescindir. Sin embargo, a cualquiera que lo vea desde fuera, estos elementos por separado les parecerán una idiotez que no justifica el que nos sigamos levantando tan temprano, pero el conjunto puede que para nosotros sea importante.
Fijaros que todo esto que he comentado en el párrafo anterior puede llegar a justificar que una persona se siga levantando temprano independientemente de que desaparezca la causa que en principio lo generó. Y no estamos hablando en este caso de algo «vital», de una de esas cuestiones de peso en nuestra existencia. Sin embargo, ya para este hecho existen múltiples razones de fondo que alguien de fuera no se podrá explicar. Imaginemos qué profundas cuestiones aparecerán cuando el «¿por qué?» lo dirijamos hacia una de esas cuestiones vitales. Es posible que haya algunas razones a las que nunca seamos capaces de llegar, a veces ni nosotros mismos. Por eso, en multitud de circunstancias no queremos hacernos determinadas preguntas, y es cierto que, a veces, es mejor no hacerlas.
Mínimo esfuerzo
Para operar según la ley del mínimo esfuerzo, hay que hacer un gran esfuerzo de lógica y criterio porque, que no se llame nadie a engaño, esto no es lo mismo que ser un flojo, todo lo contrario, es un «modus operandi» en la vida que implica un análisis de las situaciones, unas decisiones sobre los métodos de operar y un objetivo de ser razonablemente productivo para liberar tiempo que necesitamos para hacer otras cosas, que una de ellas será «nada», un arte ancestral de gran dificultad.
La Naturaleza opera según el principio del mínimo esfuerzo, otra cosa sería derroche de facultades y energía; los leones de la sabana se llevarían bastante mal con los centros comerciales nuestros por ejemplo. Fijémonos en que en la Naturaleza hay fallos. De vez en cuando aparece un tigre blanco, las abejas se desorientan y crean más de un problema en la ciudad, se desborda un río e inunda y arrasa todo a su paso o se quema un bosque entero (me refiero sin intervención humana) que deja una desolación total. ¿Por qué un mecanismo tan evolucionado tiene estos fallos? Porque la perfección costaría demasiado trabajo y recursos. Los maravillosos mecanismos de la Naturaleza que nunca nos dejan de asombrar son así porque su tendencia es a ser óptimos, pero nunca perfectos. Hay determinados costes que la Naturaleza no está dispuesta a pagar porque así perderá menos energía que la que necesitaría para llegar a la perfección absoluta en un procedimiento.
Pasa igual en la Economía. Todos sus mecanismos trabajan conforme a esta ley, que tiene la otra cara de la misma moneda en la ley del máximo rendimiento. Aunque un agente de la Economía pretenda la perfección en lo que hace, y por mucho que éste se empeñe, la propia confluencia de distintos participantes y elementos nos llevará a que dicha perfección nunca se alcance. Sólo si todos los factores y elementos que intervienen en un proceso de principio a fin estuvieran bajo nuestro control en todo momento, y decimos «todos y en todo momento», podríamos tener mayores probabilidades, y nunca todas, de obtener un resultado perfecto.
La realidad nos indica que este cúmulo de circunstancias nunca se da, por lo que la perfección no es rentable. Además, se ve claramente que estos esfuerzos por conseguirla no merecen la pena cuando vemos que la búsqueda de la perfección nos lleva a obsesiones como la de la limpieza, la vigorexia, la anorexia, etc.
Llegamos a la conclusión, por lo tanto, de que esta ley del mínimo esfuerzo resulta ser, como nos diría Aristóteles (siempre volvemos a él), el término medio entre dos extremos indeseables: por un lado, el «dejarse llevar siempre por las circunstancias», y ojo, que digo «siempre»; y por otro lado el fantasma de la obsesión en cualquier aspecto de la vida. Operar según el mínimo esfuerzo, como la Naturaleza y la Economía, nos alejará de las obsesiones perfeccionistas porque tienen un coste demasiado elevado para el resultado que vamos a obtener, que será básicamente no llegar nunca a lo que nos gustaría a pesar de haber consumido todos nuestros recursos, pero también nos alejará de la laxitud que consume nuestro espíritu hasta no poder llegar a ser ni la sombra de una persona, apenas un triste despojo sin ánimo ninguno.
En este punto de la reflexión, todavía alguien podría pensar que le estoy quitando un peso de encima, pero nada más lejos de la realidad: operar bajo la ley del mínimo esfuerzo es tremendamente complicado porque se trata, para cada hecho de nuestra vida, de analizar todos los elementos y procesos que le afectan, sistematizar todas las actuaciones que deberemos llevar a cabo y establecer un método para que, AHORA SÍ, nuestra vida sea más fácil y podamos hacer todas las cosas de la forma más sencilla, liberando tiempo que quedará a nuestra disposición para poder hacer otras que, si estuviéramos en alguno de los dos extremos, jamás podríamos hacer, y esta forma de actuar nos llevaría a nuestro «máximo rendimiento».
Las grandes empresas tienen departamentos dedicados a esta ley; yo he pertenecido a uno de ellos unos veinte años de mi vida profesional. Son los departamentos de Organización, o también los de Métodos, Procesos de trabajo, Productividad, etc. Donde hay que tomar la decisión de decir que no a un maravilloso desarrollo informático en un programa, que a cualquiera le gustaría, porque quizás en ese momento no venga al caso para lo que pretendemos y comprometería unos recursos que no hacen falta. O decidir todo lo contrario: hacer que los informáticos trabajen horas y horas en determinadas aplicaciones, muchas veces pensando que es un capricho del técnico de organización, para llegar a una «pequeña» mejora del programa pero que, en manos de miles de usuarios, supondrán un ahorro en tiempo para la empresa que habrá merecido la pena con creces.
La pequeña y mediana empresa y los autónomos no tienen departamento de organización, pero precisamente por eso es importante que los emprendedores tomen conciencia de esta ley tan simple, y a la vez tan difícil, del mínimo esfuerzo, porque pensar con este filtro económico y natural nos puede salvar muchas situaciones de dificultad. Porque se trata de hacernos la vida más fácil para trabajar mejor e incluso más, si queremos, pero sólo si queremos, porque trabajando así muy probablemente llegaremos a todo aquello que nos hayamos planteado y con suficiente margen para poder maniobrar si se da el caso.
Llegar a que los procesos, y en general todas las cosas de la vida, sean fluidos y simples, es decir, que utilicemos el mínimo esfuerzo para llevarlos a cabo, exige grandes dosis de reflexión, de pruebas y errores (muchos errores), de un método para trabajar y de unas rutinas que nos ayuden, pero sobre todo de la capacidad de analizar constantemente, casi por costumbre, todo aquello que nos ocurre incluidos los métodos y las rutinas por si acaso podemos hacer aún la vida más fácil.
Es evidente que la tecnología nos hace más productivos por ejemplo. Pero en otro artículo también analizamos la enorme esclavitud a la que nos está llevando. El dilema en este caso sería ¿ese incremento exponecial de tecnología y de productividad… nos hace mejores y más felices? Suponiendo que estos sean algunos de nuestros objetivos vitales. Por otro lado… ¿qué nos supondría quedarnos atrás, nos desconectamos de nuestro flujo vital y social o sería posible seguir si no estamos a la última? Pensemos en este caso en las personas mayores con los cajeros automáticos «que hacen de todo».
Debemos llegar a nuestro equilibrio con la tecnología en función de nuestra edad y necesidades. De ser capaces de usar más o menos a nuestro antojo y no por exigencias. De ver las bondades y comodidades para nuestra existencia que tienen los nuevos métodos y aplicaciones y usarlas, pero también ser capaces de eliminar todo el ruido que llevan alrededor.
También oímos decir que la rutina mata, que es necesario salir de ella para «vivir». Pero vamos a imaginar cómo sería un día en el que tuviéramos que pensar cómo nos afeitamos, cómo nos duchamos, cómo hacemos la cama, cómo conducimos, cómo comemos, cómo operamos con el móvil, etc. Sin duda no tendríamos tiempo suficiente en el día para hacer este conjunto de «banalidades», no digamos ya para dedicarnos a los temas importantes. Estamos hablando de las rutinas «operativas» por llamarlas de alguna forma. Pero hay otras rutinas no tan simples, que han sido sistemáticamente establecidas por nosotros mismos para nuestra comodidad o disfrute. Puede que tengamos la rutina de ver todas las noches una película después de cenar. O de levantarnos temprano para ir a desayunar a un sitio determinado y pasar una hora leyendo o preparando el día. O de ir lunes, miércoles y viernes una hora al gimnasio y darnos una paliza consentida, o escuchar música los domingos por la mañana. Lo hacemos porque nos gusta y nos sentimos bien; ¿tendría sentido que eliminásemos este tipo de rutinas de nuestra vida? Creo que no.

Sin embargo se nos alienta a salir de cualquier rutina aduciendo que nos comen la vida porque ¿qué haces sentado todos los días viendo una película? Bueno… antes a quien hacía esto se le llamaba cinéfilo y se le tenía por una persona culta y experta en «el séptimo arte». Pase, pero ¿y si cambiamos las películas por partidos de fútbol? Ahí sí que seguramente seremos crucificados y ¿por qué?, ¿quién determina que el cine es algo culto que ayuda a desarrollar a la persona y el fútbol es algo vulgar que la embrutece?, ¿la gente «culta» no puede ser aficionada al fútbol?

Pensad ahora que por alguna circunstancia no podéis atender alguna de esas rutinas… ¿fastidia verdad? Pues será necesario ver la importancia que realmente tienen en nuestra vida para definir si podemos dejarlas y analizar continuamente si podemos vivir sin ellas. En función de su objeto podrían ser buenas o malas pero muchas serán muy ambiguas, como la del ejemplo del párrafo anterior. De esto podremos hablar otro día y buscar un criterio para definir lo que es bueno o malo para nosotros, pero lo que nos atañe hoy es que el hecho de que nos saquen de una de esas rutinas afecta a la ley del mínimo esfuerzo para nosotros… y esa es la razón de que nos fastidie tanto. Estas rutinas han conseguido un equilibrio de esfuerzo y resultado óptimo para nosotros, nos sentimos bien en ellas, y si sus objetos son legales, si son respetuosas con los demás y además dominamos los esfuerzos necesarios para llevarlas a cabo, tenemos un resultado satisfactorio desde muchos puntos de vista.
Pueden ser algunas de esas zonas de confort de las que mucha gente nos quiere sacar y no niego que en algunos casos sea conveniente. Si las rutinas nos hacen desarrollarnos, crecer como personas y ser relativamente felices, quizás no debamos plantearnos su abandono. Pero cuando aparece la inercia y se hacen las cosas porque siempre fueron así, cuando nos vamos desplazando peligrosamente de la ley del mínimo esfuerzo al estado de dejadez personal, sí que será hora de cambiar los planteamientos. Porque nada hay fijo en la vida, exactamente igual que ocurre en la economía; el cambio y la incertidumbre siempre están ahí y fijaros que las rutinas intentarán frenar estos dos elementos para ofrecer un panorama de estabilidad a la persona. Pero en ningún caso podrán hacerlos desaparecer, por lo que una de las cosas más importantes es que revisemos periódicamente nuestras costumbres para estar convencidos de que deben seguir siendo las mismas, algo que puede ser muy crítico cuando afecta a creencias y criterios, o cuando hay una carga importante de nostalgia posible por la desaparición de algo en nuestra vida.
Pensemos que ante cambios en la vida y en nuestro entorno, mantener igual todo puede suponer un trabajo que nos saque de la aplicación de la ley del mínimo esfuerzo, con lo cual procedería una reformulación. Sin embargo, mucho cuidado, porque aplicar esta ley sin criterio nos llevará en algunos casos a dinamitar nuestras creencias más profundas y esto sí que nos llevará a una vida vulgar y a la dejadez que se sitúa en el extremo opuesto a la perfección.

La vida es una feria
Un buen amigo y lector, me propuso en la comida del grupo CEN de Networking del martes de feria un reto que acepté: que mi próximo artículo a comentar en el grupo tratase precisamente de eso, de la feria. Como de lo que yo hablo normalmente es de una mezcla de Economía con Filosofía, el tema quizás pueda parecer muy alejado o, por lo menos, extraño. Y aquí estoy, navegando un poco por mi mente para enlazar conceptos… lo mismo sale algo con sentido.
Refiriéndonos a la feria, podemos decirle a alguien que no la conozca: «Te voy a llevar a un sitio en el que te lo vas a pasar de escándalo y no te vas a querer ir…». Es posible que nos diga: «Dime algo sobre cómo es ese sitio.», y aquí nos pueden surgir ya algunos problemas de definición. Porque es un sitio con un inmenso y constante «polverío», con gente por todas partes y en todas las condiciones posibles en las que puede estar un ser humano entre la sobriedad y el coma, donde se come a precio de restaurante pero con una calidad… bueno… ahí lo dejamos. Aunque cada vez es costumbre menos arraigada, ya que muchas cosas bonitas se van perdiendo, hay que ir un poco «arreglao» porque si van así las mujeres y se esfuerzan, no vas a ir tú en vaqueros y camiseta al lado, qué falta de consideración; pero hace calor, mucho calor, lo que significa que nada más entrar vas a estar sudando como un pollo y la cosa no va a parar hasta las nueve de la noche por lo menos… qué situación más agradable… Además hay caballos, muchos caballos, que se van a ver muy de cerca. En mi caso este año he visto un enganche tan de cerca que me hice amigo del caballo de mano del tronco delantero para toda la vida… cosas que pasan.

Llegados a este punto, nuestro interlocutor debería estar buscando una excusa para no aparecer por ese sitio infernal que le estamos describiendo. Incluso nosotros mismos es posible que a veces hayamos buscado alguna que la mayoría de las ocasiones no ha servido para nada porque volvemos a caer en el infierno ese tan bueno que es la feria.
Pero si nos fijamos, la feria es muy parecida a la vida misma. Se desarrolla en un sitio y en ese sitio tenemos nuestras zonas favoritas en las que nos encontramos mejor y otras por las que no queremos ni asomarnos. Y hay otros sitios parecidos a los que se puede ir, porque la nuestra no es la única fiesta de este tipo que existe. A pesar de tanta gente, hay momentos en los que nos podemos sentir solos. Pero existen todas las posibilidades para relacionarnos con conocidos… y con desconocidos también. Podemos llevar una buena feria o excedernos y perder los papeles en algún momento, hay tiempo para todo, y tenemos que hacer un esfuerzo para estar allí y desenvolvernos mas o menos bien. En muchas ocasiones se nos viene a la cabeza la pregunta de ¿qué hago yo aquí?, luego casi agradecemos que termine, pero, en el fondo, nos fastidia que se acabe, en este caso, no tanto como la vida, porque sabemos que el año que viene, con permiso de la ciencia y sus virus, habrá otra.
La feria es una escuela para la toma de decisiones, aunque no nos demos cuenta. Hay que saber llegar, y también saber retirarse. Podemos planificar cómo queremos llevar el día pero…ya sabemos lo que pasa… desde el inicio las buenas intenciones van a ser sistemáticamente torpedeadas a mala idea por el entorno que nos desviará sin cesar de lo que teníamos pensado. También esto nos suena bastante. Tendremos que saber navegar, dejarnos llevar, reconducir, liderar y, si es necesario, romper una situación en el momento adecuado. En definitiva, entre la llegada y la salida, tendremos que «saber estar», que es muy importante en la vida.
Hay que medir las conversaciones, en contenido y en longitud porque no acertar en esto puede ser una importante fuente de conflictos. En la feria todo es comunicación, y, como se suelen tomar más inhibidores de la conducta de lo que sería recomendable por los médicos, se convierte, ese todo, en hipercomunicación, de la que ya hemos hablado también en algún artículo. La feria siempre fue una enorme, aunque localizada, red social. Hoy es una hiper-red social, ya no está localizada, porque aunque se pretende que «lo que pase en Las Vegas se quede en Las Vegas» todo estará quedando grabado voluntaria o involuntariamente por alguna de las doscientas personas que siempre tendrás a tu alrededor y, además, convenientemente publicado para ser, claro, malinterpretado de alguna de las mil formas que hay de hacerlo.
No nos olvidemos de los recursos económicos: estamos ante un pequeño gran mercado. ¿Cuánto se mueve en esa semana? Es un importante desahogo para muchas familias, un gran negocio para otros y un mundo de excesos para todos. Hay que saber administrarse para cubrir la demanda que nos llegará por oleadas, calcular bien el servicio para que la atención sea correcta y seamos capaces de atender bien a los clientes, procurar unas condiciones aceptables en medio de «la polvareda», en definitiva, hay que saber hacer un ajuste «acertado» (no perfecto) de todos los recursos. Y si somos consumidores, también la administración es necesaria, porque estaremos en un entorno que no sólo facilita sino que estimula el consumo por todos los lados y que nos arrastra a usar la cartera más de la cuenta, no siendo extraño que más de uno, o una, acabe con un clavel con el que no llegó o paseando un inmenso peluche con el que no sabrá qué hacer.
Pero aunque parezca que todos son riesgos en los que hay que aprender a navegar, también hay otro aspecto a tener en cuenta: el enorme espíritu de positividad que te sobreviene en cuanto pones el pie dentro. Disfrutarás del «rato de vida» que vas a pasar, quizás nos arriesguemos más de la cuenta porque el ambiente nos hacer sentirnos más seguros, al fin y al cabo, todo nos parecerá que tiene solución y, si no la tiene, pues «estaría de Dios», y, sobre todo, entrará mucho aire fresco en la vida a pesar del calor insoportable. También esto tenemos que tenerlo en cuenta en nuestra vida de empresa. No soy partidario del aburrimiento del centro y norte de la Europa calvinista en la vida de la empresa, mucho más de la alegría mediterránea con un buen hacer y un bien vivir que siempre hemos sabido exprimir: Grecia, Italia, España, imperios duros pero de mezcla, colaboración y disfrute, ante imperios del pie en el cuello, explotación y exterminio. Norte o sur, frio o calor, clasismo o feria. Pues, qué queréis que os diga… feria, siempre feria; vida, siempre vida.

Inteligencia
Allá por el año 1989 un Jefe de Préstamos discutía con un compañero de Organización que se sentaba en la mesa que estaba junto a la mía y le decía: «Hay que aplicar la inteligencia artificial» para dar los préstamos. Lo dijo varias veces a lo largo de la conversación como si fuera un entendido en la materia, que no estaba aún ni en los comienzos, mientras mi compañero, que era una verdadera personalidad en todo lo que fueran avances tecnológicos, aguantaba el chaparrón estoicamente.
Cuando se fue esta voluntariosa persona, mi compañero se volvió hacia mi, que era todavía novato en el departamento, y ante la mirada que le dirigí me dijo: «Inteligencia artificial, si… si… donde falte la natural». Y esa frase todavía resuena en mi cabeza y aún más hoy en día cuando al pronunciar la palabra «inteligencia» inmediatamente pensamos en la palabra «artificial» para complementarla como lo más natural del mundo.
No mucho tiempo después se implantó el primer Credit Scoring, muy básico pero ya efectivo, y hoy en día la mayoría de los créditos los da el ordenador de la entidad financiera con toda la normalidad del mundo. Ni mi compañero Pepe ni yo éramos, ni lo somos ahora, sospechosos de ir en contra de la tecnología, sobre todo después de haber dedicado más de treinta años a diseñar y mejorar procesos de trabajo e implantar aplicaciones que los facilitaban. Pero el matiz, muy importante, es que nunca hemos implantado tecnología «porque sí». Siempre había una causa final para su implantación que tenía que ver con la mejora de los procesos para clientes y empleados, mejora de la productividad de la empresa, facilidad en la ejecución de las operaciones, ahorros importantes de costes y medios materiales, etc, etc. NUNCA la tecnología era el fin, y creo sinceramente que esto siempre debe ser el núcleo, la clave de la cuestión.
Si nos fijamos en la telefonía, podemos ver el avance vertiginoso que ha tenido en los últimos años y que no tiene visos de parar en el futuro próximo. Todo tipo de dispositivos con los mayores avances, cámaras con una calidad que, salvo en el caso de los profesionales, han eliminado a las reflex digitales que tan buenas fotos hacían, sonido que ha hecho plantearse a marcas de amplificadores como Marshall la producción de auriculares para los móviles, conectividad casi total a tiempo real con todo el mundo, miles de aplicaciones que hacen de todo… Pero ¿nos hemos parado a pensar QUÉ ES LO QUE COMUNICAMOS? Porque esto creo que es lo realmente importante y cada vez tiene menos importancia en el panorama general.

Y puede ser aún peor, porque cuando se trata de texto veremos miles de comunicaciones con una ortografía penosa disimulada por la existencia de un cuasi idioma virtual que utiliza muchas veces la «k» y los «emoji» y que empezó así para «economizar recursos» en la época en que se pagaba por caracteres en los mensajes, pero que, hoy en día con la barra libre de la comunicación, sólo sirve para ocultar o al menos disimular el embrutecimiento manifiesto de la persona que escribe. Pero cuando se trata de imágenes, no solo se trata de una comunicación deficiente, aquí si que sale a relucir la pericia del comunicador para FALSEAR los contenidos. Hay tantas posibilidades para retocar imágenes que directamente no nos podemos creer nada. No vendría mal que esa pericia que usan algunas personas para retocar imágenes la utilizaran para aprender un poco mejor el idioma y mejorar ortografía y gramática, de forma que no hablaran «…en plan…» como si no hubieran asistido en su vida al colegio.
Claro que tampoco el texto puro y duro queda hoy al margen de la falsedad. La maravillosa inteligencia artificial es capaz de obtener un buen mensaje publicitario introduciendo unos parámetros en una aplicación como si hablásemos en «indio». El incipiente y preocupante ChatGPT ya ha sido capaz de aprobar exámenes de una ingeniería, ya hace programación de ordenador sin problemas y yo mismo he hablado con un teleoperador robot, de los que llaman a las tres y media de la tarde, sin saber que era una máquina hasta la cuarta frase justo antes de cabrearme mucho y colgarle.
En un artículo anterior que titulé «Hipercomunicación» ya mencioné el concepto de «delegación del pensamiento» y creo que es necesario que lo vuelva a referenciar, porque este futuro tecnológico es el que tenemos, no vamos a dar marcha atrás aunque lo pudiéramos creer conveniente ante el cariz que toman las cosas, y vamos a acabar delegando nuestra propia vida. No será necesario ya que sepa escribir, y lo digo en general, no ya sólo que no haya faltas de ortografía y que haya una mínima conexión entre lo que esté diciendo. Ni hablamos ya de que el texto sea fluido y elegante, que parece que ya no se lleva. Cualquier «bodoque» que sea capaz de hacer una petición a la inteligencia artificial aunque sea con mala ortografía (que ya el corrector saldrá en su ayuda) podrá tener un texto que en la vida hubiera imaginado que saliera de su pluma… como así habrá sido.
Transhumanismo y Posthumanismo
La inteligencia y su aplicación ha distinguido al ser humano del resto de la creación. Capacidad de entender o comprender, de adquirir conocimientos y resolver problemas, de desarrollar habilidades y destrezas y de aprovechar la experiencia. Esta es la inteligencia natural que ha hecho que nos desarrollemos como especie por encima de las demás y que ¿dominemos? el mundo. Esta inteligencia natural ha hecho nuestras vidas más cómodas aunque no en todas partes del planeta. Pero, como «de todo hay en la viña del señor», algunos han utilizado esta inteligencia natural para llegar a crear su propia suplantación.
Ordenadores cada vez más pequeños pero con más capacidad tienen un «mundo» de información que procesar y relacionar a unos niveles que el ser humano no podrá jamas por lo que, en ese aspecto de acumulación de conocimientos, nos podemos dar por superados. Los problemas pueden empezar cuando el ordenador ya empieza a aprender por sí mismo de la información que va recibiendo de la interacción con los propios humanos. Podrán crear nexos de unión de esas respuestas extrañas que somos capaces de dar con las situaciones en las que lo hacemos lo que nos llevará a la «percepción» de que ese robot de alguna manera razona. Visto el nivel de razonamiento actual de mucha gente de todas las edades y por distintas razones, tampoco vamos a tener que exigirle mucho al robot para considerarlo inteligente, por lo que tendremos que preguntarnos en algún día no muy lejano si esta inteligencia realmente nos distingue.
Yo creo que el nivel de desarrollo de la robótica y la inteligencia artificial llegará a detectar, distinguir, manejar y expresar sentimientos y, de la misma forma que muchas personas fingen, los robots serán capaces de hacerlo. ¿Esto es bueno, lo podemos considerar progreso, es ético que me engañe una máquina? No, no y no son las respuestas, pero tampoco importa mucho porque estoy seguro de que se va a hacer sin el más mínimo remordimiento visto el nivel (el poco nivel) ético de la ciencia y la tecnología actuales.
En este punto nos quedamos sin referencia para establecer lo que es humano, porque la inteligencia ya no nos sirve, ni siquiera la emocional. Para diferenciarnos y definir nuestra existencia, nuestro ser, sólo nos queda aquello que la máquina por su propia esencia se negará a admitir: el error; la inesperada, ilógica y delirante ristra de equivocaciones en cadena que somos capaces de cometer. Se podrá enseñar a la máquina a cometer errores intencionados como parte de su «nueva lógica» pero eso nunca creo que pueda hacerlo tan bien como nosotros, en el momento más inesperado, en contra de cualquier predicción, con una ausencia de sentido total y con una falta de empatía que ni la misma máquina sería capaz de tener en la frialdad de sus circuitos.
La corriente transhumanista postula que todos estos avances pueden y deben ser utilizados para suplantar aquellas capacidades perdidas por los humanos, de forma que puedan acceder a una mejor vida. De esta forma, si perdemos un brazo o una pierna, habrá una prótesis que la sustituirá y podremos seguir una vida normal. La curación de muchas heridas internas se podrá hacer inyectando «algo» que irá directamente al sitio y hará la correspondiente reparación sin necesidad de las actuales operaciones. Será posible replicar un riñón y no serán necesarios los transplantes, etc…
Parece todo magnífico hasta aquí y esta evolución que nos permita no perder capacidades y poder continuar con una vida digna es muy plausible. Pero, si necesito aprender un idioma, quizás con un implante tenga el problema resuelto. Si mi capacidad espacial está limitada, otro implante que estimule alguna zona concreta de mi cerebro y resuelto. Y así todo lo que podamos imaginar. Empezamos aquí a tener dilemas que nos hacen pensar un poco el sentido de todo este nuevo mundo de posibilidades que se abre ante nosotros. Y, si nos detenemos un poco, veremos que no es muy distinto de lo que ha venido pasando con la cirugía estética en los últimos años; después de un accidente o de una enfermedad como el cáncer, una reconstrucción estética puede ser una bendición que haga recuperar a la persona su autoestima. El problema se da cuando llegamos a gente que, por gusto, tiene en el cuerpo ya más silicona que músculo, quitando de unos sitios, poniendo en otros, comprometiendo a veces su propia salud, para llegar a lo que nunca se llegará por ese camino, que es sentirse bien.
Estos trabajos, además, se pueden «vender» como «democratizadores» porque cualquiera puede llegar a adquirir la capacidad que le haga falta, eliminando así la penosa discriminación que hace la malvada naturaleza, sí, esa que tanto queremos preservar. Pero, ¿realmente «cualquiera» podrá llegar a adquirir estas capacidades? Pues no, no será tan democrático e igualitario el proceso. Harán falta unos desembolsos tales que, al final, sólo los ricos podrán acceder al mercado de los implantes. O quizás las empresas contraten al «bodoque» al que aludí anteriormente a bajo precio y con dos o tres implantes le faciliten todas las capacidades que le hacen falta, sin formación, ni experiencia, ni asimilación cultural en la empresa y en dos patadas ya estará trabajando a buen nivel.
Como todo esto será caro, a lo mejor se puede alquilar y entonces los implantes serán temporales. Me alquilo un implante de árabe para irme de vacaciones a Egipto dos semanas, que podría ir, qué maravilla, dentro del paquete turístico. Claro que también puedo alquilar uno de matemáticas para el día del examen y problema resuelto. Pero como esto incluso a los más progresistas les parecerá un camión de cara dura, seguramente optarán por eliminar ya definitivamente los exámenes y así no damos lugar a problemas.
Y estas, que tanta polémica crearán porque sólo estarán al alcance de los ricos, son las aplicaciones «buenas» de la nueva tecnología, porque ¿estaremos de acuerdo en que nadie la va a utilizar para hacer algo malo, claro? Los que no se estén partiendo en dos a carcajadas será porque no han leído bien la pregunta. SI, se le van a dar malos usos, no cabe la menor duda. Podremos tener un ejército de Robocops o de Terminators aplastando en Ucrania, por ejemplo, a cualquier humano que se ponga por delante y luchando por las más altas… ¿qué… si serán robots fabricados para matar por aquél que los haya programado? Dada la evolución de la tecnología, con la disminución del tamaño y el aumento de la potencia, imaginemos también una nube de insectos, como las plagas, bíblicas o no bíblicas, de langosta que arrasen campos y bosques o que directamente exploten al contacto. Es muy pesimista la visión, si, pero, dados los niveles más que escasos de ética de los científicos actuales o de infantilismo si creen que sus inventos sólo se utilizarán para hacer el bien, ¿alguien tiene dudas de que esto no se vaya a realizar, si es que no está ya preparado?
La guinda del pastel será la visión Posthumanista, con la creencia de que se evolucionará de forma que, esos cerebros humanos que pueden llegar a manejar miembros conectados al cuerpo o usar chips que aumenten sus capacidades, podrán viajar en el sentido contrario; en lugar de conectar un brazo nuevo al cuerpo que maneja el cerebro, se trataría de llevar el cerebro al Robocop y darle al final la razón a Walt Disney que, según dice la leyenda, anda por ahí congelado esperando la oportunidad.
Y no quedaría ahí la cosa, porque ese cerebro tiene un fallo: que sería humano y, por lo tanto, degradable. Además le podría quedar algo de «humanidad», que ya sabemos que para Robocop sería un problema que no sabría resolver. Mejor dar el último paso y «sintetizar un cerebro», quizás en una impresora 3D muy avanzada con lo que eliminaríamos estos dos problemas de un plumazo. Y ya, con una buena ficha de mantenimiento para los cambios de aceite y demás menudencias, tendríamos al Robocop eternamente, todo entero artificial pero con capacidades humanas de aprendizaje y razonamiento lógico llevadas al infinito y ni un sólo sentimiento ridículo que entorpezca su trabajo, SEA CUAL SEA, desde cuidar a un bebé (si es que nos queda alguno), llevar la contabilidad o matar a todos los que midan más de un metro noventa y tengan ojos azules. Y mientras tanto el ser humano cada vez más tonto, extinguiéndose y además con merecimientos.
Cultura objetiva y cultura subjetiva
Quedan ya lejos los momentos en los que el ritmo de la innovación era asumible por las personas que formaban parte de una comunidad. Tiempos en los que podíamos «hacer nuestros» esos avances, incorporarlos en mayor o menor medida a nuestra vida. Ahora, sencillamente, es inabarcable con lo que damos esta batalla por perdida; sabemos a ciencia cierta, y nunca mejor dicho, que se avanza tanto en todos los aspectos de la vida, que nos hemos quedado atrás y cada minuto que pasa más atrás; y que seremos afortunados si somos capaces de ponernos un poco al día, no más, en aquellos aspectos que vayamos necesitando para seguir adelante.
Es así, es un hecho, la cultura objetiva, ese conjunto de objetos y saberes de nuestra comunidad, que cada vez es más grande gracias a la globalización, nos resulta inabarcable y sólo podemos utilizar de ella un pequeño conjunto que serán los que llevemos a nuestro día a día y que constituirán nuestra cultura subjetiva. En esta vorágine, es normal que algunas veces nos aferremos a algunas de nuestras tradiciones, porque sólo de esta forma llegaremos a tener un poco de confort y tranquilidad. Si la persona tiene que estar soportando continuamente cambios en todos los aspectos de su vida, la sensación de inseguridad y desarraigo crecerá continuamente para provocarnos, en el mejor de los casos, desasosiego y desde ahí, pueden intervenir muchas pastillas y psicólogos.
¿Por qué algunos clientes tienen ese rechazo tan frontal a la tecnología? Porque les sobrepasa, porque no quieren que esto forme parte de su día a día aunque tengan capacidades para asumirlo. Por lo tanto, uno de los temas fundamentales, que desde nuestras empresas tendremos que asumir, será el hacer que los nuevos productos y servicios que ofertamos formen parte de la cultura subjetiva del cliente, que adquieran conciencia de que son parte también de «su mundo actual» y que son una herramienta poderosa que les servirá para vivir mejor, bien sea su vida profesional o la personal.
No se tratará de convencer simplemente, sino de que los clientes se convenzan (que no es lo mismo) de la bondad de lo que les ofrecemos, es decir, de que lo pueden hacer formar parte de «su vida», de su cultura propia. Es un trabajo previo e importante porque si sólo les convencemos, a la primera de cambio renunciarán, mientras que si son capaces de incorporar lo que le ofrecemos a sus propias rutinas, tendremos una venta permanente y, probablemente, nosotros también pasaremos a formar parte de esa «su vida» que he dicho antes, lo que resulta incluso más importante que la propia venta del momento.
Pero, cuidado, tenemos un reto ético también nosotros: que nuestros productos y servicios sean verdaderamente útiles y aporten valor, que no sean creaciones para seguir la espiral de la venta sin sentido. Nadie nos dijo que las cosas fueran fáciles, pero algunas veces las soluciones hay que buscarlas en un ámbito mucho más extenso y también inesperado. Muchas de las soluciones de la Economía están en realidad en la Filosofía.
Siempre nos quedará la equivocación…
No tengo ninguna duda de que la Ciencia seguirá avanzando y que nos hará la vida mejor, sobre todo en los aspectos innumerables de la Medicina, facilitando operaciones, sintetizando órganos, mejorando la movilidad, etc. No me gustan los demás aspectos de los que he hablado y que, lamentablemente, existirán también. Sólo tendremos que ver cuál de estas dos tendencias queda por encima, si podremos tener una vida más o menos digna o si directamente se anulan o si el reparto entre la población no es todo lo equitativo que desearíamos.
Pero tampoco tengo ninguna duda, y, además, de esto estoy mucho más convencido, de que nos seguiremos equivocando, para desconcierto de nuestros nuevos amigos los robots. Y que para arreglar las meteduras de pata, no tendremos más remedio que utilizar nuestras emociones. Que seguiremos teniendo miedo a muchas cosas injustificadas y que provocaremos ternura ante algunos comportamientos por muchos años que tengamos. Por ahora todo esto que nos hizo diferentes al resto de la creación, lo seguimos teniendo y marca la diferencia, para bien y para mal.
Y si algún día te pones a hablar con un robot, por favor, piensa lo que estás haciendo no vaya a ser que te acostumbres. Aunque llegará un momento que el robot nos sacará de quicio con su lógica aplastante y lo podremos tirar por la ventana. ¿Nos detendrá la Policía? ¿Nos acusarán de asesinato? ¿Tendremos cargo de conciencia? No hay más preguntas… por ahora, porque de este tema quedará todavía mucha tinta que derramar.

Vivimos de percepciones
Una buena amiga, a propósito de todas estas reflexiones que estoy haciendo en el blog, me envió hace unos días una cita de Saramago que había leído:
«El mundo se está convirtiendo en una caverna igual a la de Platón: todos mirando imágenes y creyendo que son la realidad.»
José Saramago
Y lo que yo me planteo es si alguna vez ha dejado de ser así. Después de darle muchas vueltas, creo que nada ha cambiado desde que Platón formuló esta teoría, y creo que hay un mundo distinto por cada persona que exista sobre la faz de la tierra. Y la evolución de las civilizaciones lo confirma. Hay mundos sencillos, muy básicos, en los que la gente ve la vida pasar sin muchas más preocupaciones en su cabeza pero muchos males en el cuerpo. Los hay, algo más complicados, con muchos más avances en la tecnología donde la vida ya no pasa tan plácidamente. Y también existen mundos tormentosos en los que resulta muy complicado vivir aunque tengamos todas las comodidades.
Es curioso, pero parece que según avanza la tecnología en esos mundos para curar los males del cuerpo y hacer más llevadera la vida, más problemas aparecen en la mente para compensar ese desarrollo y que siempre tengamos algo de qué preocuparnos.
La Filosofía nos regala el concepto del «Saber» para salir del mundo de sombras y que seamos capaces de ver la realidad del mundo, una realidad incontestable que sería común a cualquiera que llegara a su contemplación, algo que nos parecería imposible en los tiempos que corren, y la Religión nos regala el concepto de «Dios» para que, en su contemplación directa, podamos llegar también a eludir esas sombras. Tanto para la Filosofía como para la Religión, y en algunos casos resulta muy difícil trazar una línea entre las dos, cobra una importancia fundamental el camino hacia su meta final (el saber o el mismo Dios, sea el que sea), porque ese camino es nuestro presente y es éste el que estamos «condenados a vivir», bendita condena.
En cursos que he impartido he comentado la carga emocional que tienen nuestras decisiones a la hora de comprar y, por lo tanto, la importancia que tiene que las consideremos a la hora de vender un producto o servicio, sabiendo que en muchos casos a estas cosas no se les puede aplicar mucha lógica. ¿No estaremos hablando de entrar un momento en el mundo del otro para ver si le cuadra lo que le queremos vender?
También se habla desde hace tiempo ya de la «empatía», ponernos en el lugar del otro para entender sus comportamientos y sentimientos. Más de lo mismo, ¿no estamos de nuevo intentando entrar en el mundo del otro para ver si somos capaces de entender algo de lo que pasa por su cabeza?
El problema es que para hacer todo esto tenemos que salir un momento de «nuestro propio mundo», porque no podremos saber qué sensación tiene un pez si no nos metemos en el agua. Y aunque este ejemplo puede ser extremo porque el pez puede respirar en el agua y yo no, los mundos de algunas personas pueden ser igual de incompatibles, lo que va a requerir un esfuerzo tremendo para poder llegar a entender qué pasa por sus cabezas.

Una primera conclusión a la que podemos llegar es que jamás llegamos a la realidad como tal y que tenemos que manejar un concepto fundamental para nosotros que es el de PERCEPCIÓN. De la misma forma que llegamos a la conclusión de que lo único que no cambia es el cambio permanente, podemos llegar a decir que el conjunto de las distintas percepciones que tenemos sobre lo que ocurre en el mundo constituye nuestra realidad. Ese conjunto de percepciones que tenemos continuamente de todo lo que nos rodea ES nuestro mundo, y no tiene nada que ver con el de los demás.
Y ahora comienzan las interacciones, las relaciones más o menos amigables, más o menos interesadas o directamente los choques entre mundos, entre las distintas formas de percibir una realidad que permanece oculta. Y el problema de la comunicación. Por eso entiendo esta reflexión que hago aquí como extensión del artículo anterior sobre la «Hipercomunicación». Tal como mantenía en ese artículo, debemos protegernos de buena parte del caudal de información que nos llega precisamente porque intenta influir de forma manipuladora en «la percepción» que tenemos de las cosas y debemos ser conscientes de que cualquiera que se comunique con nosotros no lo va a hacer desde «la realidad» sino desde su propia percepción de la misma.
En realidad, todos manipulamos, o lo intentamos, y todos nos manipulan, o lo intentan, precisamente porque ninguno tiene el conocimiento absoluto de la realidad. Y si nos fijamos, personas que llegan a tener un nivel de conocimiento similar sobre algo pueden llegar a estar de acuerdo o, al menos, a estar muy cerca en sus criterios, mientras que si estamos confrontando percepciones superficiales sobre algo, los desacuerdos y los choques pueden llegar a ser bastante importantes. Por otra parte, somos capaces de confiar en personas que entendemos que «en ese camino de conocimiento» sobre algo, han llegado más lejos que nosotros, como ocurre con la mayoría de profesionales especializados.
Y esto último, un profesional, es lo que busca cualquier persona que se acerca a una empresa para lo que sea. Sabemos que el profesional nos dará un servicio y una opinión en función de su percepción y que será siempre subjetiva. Pero esperamos que esa percepción esté basada en un camino de conocimiento y experiencia adecuado. Esta será la garantía de nuestra empresa, ofrecer una percepción más cercana a la realidad que es la que busca nuestro cliente, sobre todo cuando estamos ofertando servicios que no sean tangibles. Y tenemos una responsabilidad importante, que es preparar adecuadamente ese camino de «sabiduría» y de «confianza» que garantizará nuestro desempeño, y operar sobre la parte emocional de nuestro cliente pero con la honestidad más absoluta porque, de lo contrario, además de tener esa insatisfacción que puede provocar una ética dudosa para obtener objetivos, nuestra empresa se puede ver perjudicada por las «percepciones muy negativas» que podemos generar en nuestros clientes en aquellos casos de ventas cogidas con alfileres.
Tengamos en cuenta, por lo tanto y como siempre, las dos direcciones: seamos conscientes de que lo que recibimos no son verdades absolutas sino percepciones de personas y seamos capaces de colocar un filtro razonable para valorar la corrección de lo que nos llega. Pero, sobre todo, seamos capaces de trabajar sobre nuestras propias percepciones para que cada vez se acerquen más a una realidad que nos convierta en profesionales y personas con criterio, y capaces de comunicarlas con la honestidad de aquellos sabedores de que no tienen la razón absoluta.

Hipercomunicación
Vivimos en la sociedad de la comunicación… y del estrés. Hace años ya que el problema no es que nos falte información sino cómo manejar el flujo que nos llega y, además, con un agravante añadido en las últimas décadas; cómo protegernos de informaciones falsas y malintencionadas y, sobre todo, del sesgo que con la clara intención de adoctrinar y manipular introducen muchos que se llaman «profesionales» de la información.
No es sino un rasgo más de una sociedad extrema, hipócrita y decadente que hemos generado con nuestro «buenismo» y a base de mucha indignación por cualquier cosa, falta de disciplina y miedo a tener criterio. Estamos envueltos en una verborrea de falsos expertos en todo o, justo en el otro lado, en una verborrea «quizás cierta» pero ininteligible de aquellos expertos en las miles de materias que se nos presentan hoy en día; sí, de esos expertos de los que hablamos en el artículo de la atomización del conocimiento.
Pero, supongamos que en nuestra vida personal podamos permitirnos el lujo, con nuestro tiempo, de atender a miles de estupideces que nos distraen un rato y a las que no les damos mayor importancia. En principio no supondrá ningún problema si somos conscientes de ello. No es difícil, basta con poner la televisión o la radio en cualquier programa informativo o de opinión y tendremos ejemplos a manos llenas. Lo difícil será encontrar algún profesional con criterio, sin sesgo ideológico, que exponga los hechos para que puedas formarte tu propia opinión. Sobre todo porque si aparece uno así, normalmente se va a jugar el puesto de trabajo en la cadena de turno. El problema real aparecerá si esta distracción se convierte en adictiva para nosotros y nuestra vida personal comienza a llenarse de falacias y adoctrinamientos.

Pero es aún peor, porque todo esto también está al alcance de jóvenes y no tan jóvenes, que no tienen la formación y experiencia como para recibir estas oleadas de desinformación y no sucumbir a lo que pretenden. Lo que empieza como una distracción y un espectáculo de los medios acaba modelando cerebros inmaduros dispuestos a defender causas perdidas según convenga a unos o a otros. ¿Queremos más problemas? El modelado de cerebros, ya que no llevará nunca a una reflexión lógica y serena, acabará generando violencia. A la vista está el odio y la crispación permanente en que vivimos, generados y manejados convenientemente ya incluso por formaciones políticas para la defensa de sus intereses, y me refiero a los intereses de sus dirigentes sobre todo.
Por lo tanto, si pensamos en la situación de la persona en nuestra sociedad, está pasando a ser más amenazada que ayudada por la gran cantidad de información, así como de la comunicación adulterada que se genera a su alrededor. Esta situación nos lleva a una saturación que puede incidir en nuestros criterios, creencias y, en general, en nuestra forma de ver el mundo.
Podemos fijarnos en que cuanta más distracción sin sentido, menos tiempo para pensar y reflexionar. Cuanto mayor sea el debate y la comunicación dirigida, menor el tiempo para una actuación consciente. De esta forma llegamos a veces a «delegar» nuestro pensamiento. Otros harán las reflexiones, otros formarán nuestros criterios sobre todos los temas posibles y esos mismos otros llegarán a las conclusiones y resultados que nosotros simplemente firmaremos sin mirar.
Ante esto es importante reaccionar. Y lo haremos cuestionando toda información que nos llega, hay que desempolvar el viejo criterio de Descartes para ponerlo a funcionar de nuevo. Lo haremos descartando totalmente fuentes de información que no exponen opiniones, lo que es algo plausible y necesario, sino que tienen un sesgo manipulador importante y cuyo objetivo no será informar sino adoctrinar. Y filtrando el resto de la información para atender a las fuentes fiables. Huyamos de la locuacidad estéril de muchos comunicadores.
Aunque yo no suelo citar los Evangelios porque me parecen muy complicados, más que muchas obras de Filosofía, y suelen necesitar una interpretación profunda, sí que os voy a hacer referencia a esta sentencia que Cristo dice justo antes de enseñar el Padre Nuestro:
«Y al rezar, no parlotearéis como los gentiles, pues piensan que mediante su locuacidad serán escuchados.»
Evangelio de Mateo 6,7
Esto sería algo así como «Huye de la confusión. Sé directo y sincero». En el momento cumbre de la relación con Dios, no valen las florituras para decir lo que queremos. En el momento de hablar con los demás tampoco. Y no me refiero a la persona que alardea de ser muy directa y decir siempre lo que piensa «a la cara» y que se convierte al final en una maleducada. Me refiero a una sinceridad prudente y oportuna. Prudente porque sólo hay que decir lo que sea conveniente en cada momento. Oportuna porque debemos aportar siempre algo positivo a aquello de lo que se esté hablando.
La locuacidad y la verborrea lo que hacen en la mayoría de los casos es enturbiar la comunicación, que no será inteligible para la otra parte. Si realmente estamos diciendo algo serio, envolverlo más de la cuenta le hará perder importancia por el ruido generado en la comunicación. Pero es que en muchas ocasiones en esos largos discursos «tampoco se dice nada», con lo que la pérdida de tiempo es total y absoluta. Así, una y otra vez, llegamos al cansancio comunicativo que tenemos hoy en día. Recibimos casi con el mismo impacto una noticia de guerra que el resultado del partido de ayer, que alguno habría sin duda.
La empresa también sufre las consecuencias.
Si esta interferencia la trasladamos al mundo de la empresa, un mundo en el que buscamos de forma denodada la eficiencia, empezamos a mascar la tragedia. La evolución de la empresa, aquella de departamentos estanco que no se comunicaban entre sí, y que pasó a necesitar de esa comunicación porque quizás podía estar en juego su supervivencia, nos ha llevado a todo tipo de teorías y prácticas para su mejora y nos dejó por el camino una herramienta para comunicarnos de la que aún seguimos «disfrutando»: la reunión.
No sé si habrán estado ustedes en alguna…. ¡Por supuesto que sí! Probablemente en muchas. Pensemos dos cosas: la primera, de todo el tiempo de reunión que hayamos tenido en los últimos años, ¿cuánto ha sido verdaderamente productivo?… y la segunda, de todos los temas, propuestas, objetivos, etc, que se hayan planteado, ¿cuántos nos quedaron totalmente claros?
Salvo casos excepcionales, no creo que las respuestas a estas preguntas sean muy esperanzadoras, pero aun así, creo que el balance terminaría siendo positivo. Unos flujos de comunicación deficientes en la empresa nos llevan directamente a la mala utilización de todos los recursos disponibles. Y digo «todos» porque aunque siempre se suele pensar de forma directa en el tiempo que se pierde en reuniones inútiles, y esto es cierto, las deficiencias en la comunicación, el hecho de que tampoco aquí sea «directa y sincera» como hemos dicho para el caso personal, va a hacer que las acciones que resulten no sean eficientes.
Si no tengo claro cómo y en qué momento tengo que intervenir, desperdiciaré recursos. Si no tengo claro el alcance de mi intervención en un proyecto, o bien no llegaré, y se resentirá el resultado final, o bien me pasaré y habré vuelto a usar recursos de más. Puede que por falta de comunicación el producto o servicio final no sea el correcto y pasamos al apartado de mejoras y correcciones, etc, etc, etc…
Cuando hablamos de trabajo es más importante aún esa comunicación directa y sincera, con prudencia y oportunidad. Sólo así se podrán conseguir flujos de trabajo y procedimientos en nuestra empresa que nos hagan sentir bien y consigan lo que queremos de nuestro quehacer. Y para esto hay dos elementos que me gustaría comentar y que creo fundamentales para la salud de la empresa y de la nuestra.
El primero de ellos es la preparación. Y hay que tomar esta palabra en todos los sentidos en que la podamos usar. Si volvemos a las reuniones que he mencionado, pensad lo que cambian si se preparan o no; de la noche al día. Con preparación pasamos en estos casos a dominar la situación porque perdemos ese plus de ansiedad que da el no saber por dónde me van a venir los tiros. Pero además, esa reducción de estrés permite intervenir con mucho más sentido, analizar mejor las consecuencias de lo que se está diciendo y quedar en disposición de llegar a mejores acuerdos, y esto es muy importante…, para todos.
Pero la preparación la podemos tomar también en su sentido genérico. Si tenemos una mayor formación y conocimiento estaremos en una mejor disposición para todas las situaciones. De la misma forma que si somos capaces de madurar nuestras experiencias y sacar conclusiones adecuadas, de compartirlas para tener opiniones diversas y de formar «recuerdos» que podamos usar a conciencia en las nuevas ocasiones que se nos presentan en la vida.
Y la segunda es la calma. Cuando interactuamos con personas, no debemos olvidar la «humanidad» de ambos interlocutores. Pensad en la sensación que os causa esa persona que se nos presenta alterada, insegura y, por lo tanto, a la defensiva, que no tiene criterios claros sobre algo o que quiere unos resultados que carecen del nivel de reflexión oportuna. Os propongo un nombre para esa sensación que causa: rechazo. Y el rechazo es una de las peores sensaciones que una persona puede sentir, con lo que el círculo negativo está asegurado. Pensad que no lo sabemos todo y los demás tampoco. Que podemos aprender mucho de los demás y que también nosotros podemos hacer aportaciones. Que es mejor ser sincero que andar siempre dando una imagen que seguramente no podemos mantener eternamente.

Cada vez más, no sé si decir afortunada o desgraciadamente, interactuaremos también con máquinas. Ahí no habrá entendimiento ni sentimientos, sólo bases de datos y programas lógicos. También nos hará falta la calma porque no sé si alguna vez habéis tenido ganas de meterle fuego al aparato o tirarlo por la ventana que también debe relajar bastante en el momento. Yo no he llegado a esto pero por muy poco, y algún golpe si que se llevó alguno pero siento deciros que no sirvió de nada. Mantener la calma es mejor solución.
Llegarán las situaciones complicadas en la vida, y entonces nos hará falta esta calma de la que hablo. Y es posible que cualquiera de ellas se complique aún más… pues más calma todavía necesitaremos porque cualquier otra actitud aboca al desastre.
El momento del equilibrio.
Sí, como ya he dicho muchas veces en mis artículos, «equilibrio» es el término fundamental en la vida. Y en la empresa lo es mucho más. Se trata de aplicar lo que aprendimos sobre Aristóteles en el artículo «Un mundo de decisiones». Porque no siempre iremos bien preparados a reuniones y entrevistas y será casi imposible que tengamos en cada momento el nivel de calma que necesitaríamos.
Quizás tendríamos que callar algunas cosas que vamos a decir y otras veces nos habremos guardado lo que deberíamos haber dicho. Siempre ocurre así, pero es que somos humanos y, por lo tanto, tenemos esa maravillosa cualidad de no ser perfectos. Pero para sentirnos bien, que en definitiva es lo que siempre vamos buscando, hay que intentar mejorar, en este caso que tratamos, nuestra comunicación. Y aunque no se consiga del todo, siempre podremos ser algo más prudentes a la hora de decir las cosas, siempre podremos intentar prepararnos antes de hacer algo. Quizás seamos capaces cada vez más de ser empáticos, algo muy complicado en el mundo en que vivimos. A lo mejor, poco a poco, vamos siendo capaces de controlar esos nervios y esa ansiedad que nos puede producir la comunicación, pero, al hablar en público por ejemplo, si alguien nos dice que no siente ese cosquilleo al menos al principio… o es una máquina o miente o, lo peor, no respeta a los que le están escuchando.
Por lo tanto, y como conclusiones ante el estado de la comunicación en nuestra sociedad, eliminemos aquellas fuentes que practican adoctrinamiento, dudemos de toda la información que nos llega y contrastemos para tener seguridad, no difundamos nada de lo que no estemos convencidos, practiquemos la calma en nuestras relaciones con los demás y apliquemos la prudencia en todo.
«Las palabras no son nunca «sólo palabras». Importan porque definen los contornos de lo que podemos hacer.»
Slavoj Žižek, «Chocolate sin grasa» pág. 21 Ediciones Godot
Y como última recomendación, no nos castiguemos demasiado si algunas veces no lo conseguimos, porque esto nos hará perder esa calma que necesitamos. Así podremos convertirnos en personas en las que se puede confiar, con criterio y sinceridad para reconocer aquello sobre lo que no se sabe y que los demás, por todo esto, podrán y sabrán valorar.
Un mundo de decisiones
Hace más de dos mil trescientos años desde que Aristóteles escribiera sus obras de ética. Un largo camino de sentido común aplicable a todos los ámbitos de la vida y que algunas veces complicamos más de lo necesario. Lo cierto es que cuando queremos buscar un poco de inspiración para ordenar las ideas y seguir adelante, no viene mal echar un vistazo a estos textos, algo difíciles en algunos párrafos, pero muy esclarecedores y aplicables a nuestras actividades actuales.
Vamos a analizar algunos de los aspectos fundamentales que pueden encontrarse en sus obras de Ética. Principios universales para gobernar nuestras empresas y, sobre todo, nuestras vidas, de las que nos olvidamos a veces, perdidos en una vorágine de obligaciones y falsos problemas que nos creamos para que el tiempo siempre esté ocupado y no nos permitamos pensar demasiado, porque pensar, algunas veces resulta hasta peligroso.
Una finalidad sencilla y aplastante
La buena vida. Sí, eso que decimos muchas veces de modo peyorativo para criticar lo que hacen algunas personas. Aunque el sentido en el que lo decimos, que tiene que ver con mucho ocio y poco hacer, oculta la realidad a la que nos tenemos que referir. Se trata de ver qué hacemos con nuestro tiempo. Se trata de qué actividades debemos abordar para caminar hacia la satisfacción y la felicidad. Se trata, en definitiva, de un camino de búsqueda del bien último que nos haga sentir nuestro vivir como un disfrutar de manera real y profunda nuestro tiempo en el mundo.
Es evidente que habrá que pensar qué significa disfrutar. Porque no nos servirá aquello de «eran pobres pero felices» donde se ve un conformismo velado que nos puede bloquear; pero tampoco vemos que sean más felices los que tienen de todo. Ya hemos hablado en estos artículos del modo de consumo extremo actual. Y cuántas veces hemos visto a un niño pequeño disfrutar más con la caja que con el juguete, y no digamos si la que llega es la caja de una lavadora o un frigorífico… da mucho que pensar esto también.
«…así también son los que actúan rectamente los que pueden alcanzar las cosas bellas y buenas de la vida. Y la vida de éstos es placentera por sí misma, pues sentir placer pertenece a las cosas del alma.»
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I,8
Vida placentera por sí misma, un matiz importante. No solo hago cosas para obtener algo aunque lo que tenga que hacer sea desagradable. También es importante que lo que hagamos en sí nos agrade. Y cómo cambia esto por ejemplo con el trabajo, ocho o diez o incluso más horas de martirio para tener mucho dinero que nos posibilite poder comprar o hacer otras cosas que nos ocuparán mucho menos tiempo. Pasar la mayor parte de la vida insatisfecho para poder estar ¿satisfecho? una pequeña parte de la misma. Quizás sería mejor que pudiéramos estar satisfechos durante esa gran parte de la jornada que nos dedicamos a sacar adelante ese castigo bíblico llamado trabajo. Pero es posible que nos encontremos con una limitación: nuestro «sistema». Será que tendremos que modificarlo un poco aunque ¿qué puedo hacer yo, un pobre mortal?
Un problema de recursos
Está claro que no podemos vivir solo del aire, que necesitamos recursos para poder desarrollarnos. Y el ser humano ha demostrado ser especialista en la obtención de recursos. Nuestra evolución se ha basado en una ilimitada habilidad para el aprovechamiento de los entornos en los que hemos vivido y en una creatividad desmedida para ser capaz de mejorar física e intelectualmente.
«Con todo, parece que también necesita adicionalmente de bienes externos, pues es imposible o nada fácil que nos vaya bien si carecemos de recursos.«
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I,9
Podremos tener todas las aspiraciones espirituales e intelectuales del mundo, pero casi con toda seguridad, no estará en nuestra mente el ideal de ser un esquelético y mugriento ermitaño. Y desde que empezamos en las cavernas hemos evolucionado para eliminar el hambre, el calor, el frío, el dolor y fomentar el placer y el bienestar. Cuando hemos visto que podríamos mejorar, sin dudarlo lo hemos hecho. Hemos sido capaces de aprovechar todos los recursos que teníamos a nuestra disposición a través de una técnica cada vez mejor. Hemos organizado los recursos para evolucionar… hasta hoy, el momento en el que parece que estamos quebrando una de las máximas fundamentales: debemos mantener y mantenernos en equilibrio con nuestro entorno.
Los griegos clásicos, que pusieron las bases de nuestra cultura, eran conscientes de que se necesitaban recursos externos para alcanzar nuestro bien supremo, pero a mi me gustaría conocer su opinión hoy en día a la vista del despilfarro y el agotamiento de dichos recursos hasta el punto de que pueda comprometerse en algunas décadas más el bienestar propiamente dicho, todo porque nos creemos no solo superiores a cualquier otra criatura del mundo, nos creemos el ser supremo.
Un camino de lógica y cordura
Aún admitiendo que nos hacían falta medios para conseguir mejorar y llegar a una buena vida, siempre el camino fue más espiritual que material. Y, hoy en día, también creo que una hora de buena lectura es infinitamente más gratificante que una hora de videojuegos. Lectura que te hace pensar, que te lleva a lugares, que te hace vivir sensaciones y que te proyecta hacia tu desarrollo personal, ante una actividad sin más pretensiones que una recompensa inmediata de satisfacción adictiva matando a doscientos monstruos ficticios o configurando la mejor plantilla de fútbol del mundo para jugar en una pantalla en la que pocas calorías vamos a perder.
Somos seres sociales que necesitamos relacionarnos pero vamos a una sociedad cada vez más numerosa, pero cada vez más aislada. Ese es nuestro camino. Pero hace poco hemos tenido una pandemia que nos ha mostrado hasta dónde pueden llegar las consecuencias del aislamiento… y no aprendemos, a pesar de todos los problemas de ansiedad y mentales de todo tipo que han surgido de este hecho lamentable que la «Ciencia» nos provocó y también nos resolvió con unos cuantos más ricos por el camino.
Por muchas vueltas que le doy, no veo ninguna señal en la marcha de la vida actual que nos lleve hacia ese bien supremo. Y quizás es que nos equivoquemos en el planteamiento. Tanto pensamos en lo que queremos llegar a ser, a sentir, a vivir, que parece que ese objetivo es una vida futura distinta de la que estoy viviendo. Pero hay que tener cuidado, porque cuando hablamos de la «buena vida» nos referimos a «nuestra» vida y esa la llevamos encima en cada momento, no es algo exterior a nosotros. La felicidad, la buena vida deberá ser un ideal al que nos gustaría llegar y por el que haremos grandes esfuerzos, pero que no vamos a conseguir si no miramos a lo que nos esté pasando ahora mismo, a lo que estemos haciendo por nosotros, por los demás y por el mundo ahora mismo.
Si quiero ser una persona valiente, justa, respetuosa y sensata, si quiero sentir lo que decía la primera cita que hemos apuntado en este artículo, «tener una vida placentera por sí misma», debo empezar ya. Debo hacer en cada momento lo que considere correcto y eso me llevará a la satisfacción.
Ser una persona virtuosa no es fácil, es más, es imposible, pero también nos viene el análisis desde esa lejanía de dos mil trescientos años:
«… de esta manera, todo experto rehúye el exceso y el defecto y en cambio busca el término medio y lo elige -pero el término medio no del objeto, sino el relativo a nosotros-.»
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro II, 6
Sí, así es, esta es una de las formulaciones de aquello que conocemos de forma popular como «en el término medio está la virtud» y por muy vulgar que se haya vuelto de tanto repetirlo en mil situaciones de nuestra vida, incluidas aquellas a las que no les va, el análisis es demoledor. Es un no a la obsesión, un no al perfeccionismo, un no a la generalización vulgar de todo lo que hacemos y una bienvenida a la adaptación, a la mejora y al sentido común.
¿Cómo debemos comportarnos en cada momento? Debemos ir domando nuestro carácter, debemos convertirnos en personas sensatas y en las que los demás puedan confiar por nuestro buen criterio. Pero las circunstancias de la vida son cambiantes y tenemos que saber adaptarnos, de ahí la segunda parte de la frase de Aristóteles.
En la cúspide de las virtudes, hay una moneda con dos caras, una teórica y otra práctica, y que parece resumir a todas las demás a la hora de definir nuestra vida. En la cara, el apartado teórico, está la sabiduría y en la cruz, el práctico, está la prudencia. Este tándem poderoso es el que nos hará vivir una vida buena y plena, pero no es fácil… sobre todo la práctica.
Cuando las cosas se tuercen: el mal menor.
Pero ya hemos dicho que las cosas no son fáciles y la vida nos trae circunstancias en las que no podemos poner en práctica nuestros criterios y maneras de pensar de una manera efectiva. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando te nombran jefe de algo y te sientas por primera vez en tu despacho. Si, los ves al llegar, allí te están esperando unos cuantos «marrones» sobre los que tendrás que tomar una decisión para no parar los temas en marcha de la empresa.
Es posible que algunas cosas que haya que hacer (algunas, muchas o incluso todas) no se adapten a tu forma de proceder, pero tienes que dar una respuesta porque el no hacerlo, sin duda, traerá peores consecuencias. En este momento será en el que tendremos que aplicar la teoría del «mal menor».
«… como es extremadamente difícil acertar el término medio, hay que aceptar el menor de los males.» y «… la condición de medio es elogiable en todos los casos, pero que hay que inclinarse unas veces al exceso y otras al defecto.»
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro II, 9
No siempre podremos operar con total rectitud en las circunstancias de la vida, habrá momentos de desasosiego, pero que nuestro criterio siempre sea tender a ese medio correcto evitando que provoquemos males mayores para nosotros y para los demás. Pensad en esas personas que nos dicen que son muy directas porque siempre dicen lo que piensan (que puede ser lo más honesto), ¿cuántas veces hay que callarse algo por muy verdad que sea?
La importancia de la ACCIÓN.
Bien hasta aquí, tenemos ya bastante para reflexionar sobre cómo podemos enfocarnos hacia una vida buena, que nos cause satisfacción. Conocemos la virtud, el término medio para su aplicación y la posibilidad de que se nos tuerza algo y tengamos que readaptarlo todo. Además valorando los medios con que contemos. Pero vayamos a una última cita:
«Lo mismo que en las Olimpiadas no reciben coronas los más hermosos y fuertes, sino los que compiten (es entre éstos entre los que algunos vencen), …
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I, 8
Esta es justo la frase anterior a la que sigue la primera cita que he hecho en este artículo, probad a leer las dos juntas y tendremos el sentido completo del artículo.
Si no somos capaces de actuar, NO TENEMOS NADA. Y es un tema repetitivo en Aristóteles la llamada a la acción. Solo seremos capaces de forjar nuestro carácter, nuestra forma de ser, mediante el mantenimiento de «hábitos», otro referente en este autor. No basta que hagamos algo una vez, debe ser nuestra norma para que pase a ser parte de nosotros, para que podamos sentirnos bien porque hacemos algo de forma correcta.
La prudencia, a la que hemos aludido anteriormente, es una virtud práctica, solo se puede dar si en realidad estamos siendo capaces de hacer algo. Algo que además sea voluntario, aquello por lo que el ser humano se distingue de los animales. No nos mueven sólo los actos reflejos de nuestra supervivencia sino también la capacidad de actuar según nuestros propios criterios, esos que nos habremos formado si hemos sido capaces de aplicar lo que nos dicen las demás citas de este hombre genial.
Y para actuar, debemos entrar en «un mundo de decisiones». Todo depende de nosotros. Podemos levantarnos o quedarnos en la cama, la primera decisión de cada día, podemos cumplir en nuestro trabajo, solo cubrir el expediente o sacudirnos de todo lo que nos llegue, podemos ayudar a otros o no. Continuamente tenemos que decidir, pero ya tenemos herramientas para hacerlo… la actuación según virtud, la mesura del término medio y la solución del mal menor adaptando todo a cada circunstancia de nuestra vida.
Algunas decisiones serán erróneas, claro que sí, otras veces dudaremos, pero es que no somos infalibles, ni tampoco tiene que ser perfecto. Pero tenemos que actuar y para hacerlo tendremos que tomar decisiones… con sabiduría y prudencia.

El sentido de la producción
A las 11 de la mañana en el colegio, tocaba el timbre de la «antigua EGB», que estaba en la primera planta, para salir al recreo. Yo, que ya estaba en el «antiguo BUP», en la segunda, veía algunas veces por la ventana lo que ocurría en el patio. Una horda de niños salía en estampida del hueco de la escalera y comenzaban a correr gritando como si no hubiera un mañana hasta que los frenaba la pared verde del frontón que estaba justo en el otro lado del patio. Ahí paraban, no se podía llegar más lejos… ¿y ahora qué? O lo más interesante, ¿a dónde creían que iban esos niños si estaban viendo la pared desde que salieron? ¿En serio era necesaria esa carrera?
Pero eran niños, no estaba el uso de razón todavía desarrollado del todo y se hacía notar este hecho. En realidad nada distinto de lo que ocurre con cualquier otra manada de mamíferos que metemos en una cerca: llegan corriendo al cercado como si les persiguiera el diablo hasta que se dan con la valla del otro lado y no pueden seguir, fin de la historia… a comer hierba.
Lo mismo ocurre hoy en día con la producción, más y más sin saber para qué, pero con la diferencia de que todavía no se ve ni la valla ni la pared del frontón para parar. O tal vez si que se ve, pero aún no queremos reconocerlo y hacemos lo posible por ponerla cada vez más lejos. La pared es la limitación de recursos. O el deterioro de nuestro ecosistema. O la laxitud moral y la falta de criterio razonable de la persona de nuestro tiempo.
A esto último, englobado en el concepto del «consumo» he dedicado un artículo anterior de este blog. Depende de las personas, de los consumidores que operamos en el sistema. Depende de que pensemos de forma razonable cómo queremos vivir y qué es lo importante en nuestra vida de forma que tomemos las decisiones más razonables en cada momento incluida la de decir no.

Pero hay también una responsabilidad manifiesta en los productores porque no se puede, o mejor, no se DEBE producir necesariamente todo lo que se demanda. Porque si los consumidores demandasen drogas como la heroína, cocaína o marihuana, ¿habría que producirlas? Salvando un grupo de gente muy «progre», casi con toda seguridad la mayoría diría que no, porque sólo pensarlo asusta un poco. Pero se producen, se distribuyen y se consumen y, además, es un negocio muy rentable.
Esa mayoría que diría que no, en la que me encuentro, hay que reconocer que tiene un punto hipócrita. No todos claro, pero muchos sí. Porque yo no he caído y ni siquiera he probado ninguna de esas tres mencionadas en el párrafo anterior, y que Dios me libre. Pero la cerveza y el vino sí que me gustan y hay personas que acaban alcoholizadas, o sea, que su peligro también tienen. ¿Qué diferencia hay? Alguien dirá que no habrá problemas si hay un «consumo responsable» (como dicen en la publicidad). Pero ¿sería posible también un consumo responsable de las tres drogas duras que he mencionado? Yo llego a dudarlo pero el planteamiento es parecido e igual de lógico, al menos para una de ellas.
Quizás este es un melón que habrá que abrir en otro momento porque no va en línea con los objetivos que tengo para este artículo. Se trata de un ejemplo muy extremo pero que nos sirve para ilustrar que en el tema de la producción, como en el resto de cosas en la vida, no hay verdades ni razones absolutas, no hay sólo blanco o negro sino muchos matices. Y es la gestión que hagamos de estos matices lo que nos llevará a una acción razonable o no.
Necesidades del consumidor: De la identificación a la creación.
Voy a comenzar por la relación con los consumidores. La evolución a lo largo de las últimas décadas es evidente. Todo comienza por el hecho de que si yo quiero producir, organizar la actividad empresarial para ganar dinero, debo dedicarme a algo que tenga salida, de lo contrario no irá muy bien el negocio. De hecho hay miles de productos y servicios que, sobre el papel, son muy buenos y que incluso pueden ser reconocidos así por los propios clientes. Pero cuando llega la pregunta clave de si «pagarías por esto», se hace un silencio incómodo, no lo compraría.
«El ordenador nació para resolver problemas que antes no existían.»
Bill Gates
Pero ojo a la cita de Bill Gates, una de las personas más ricas del mundo gracias, según nos dice él mismo, a la enorme oferta de productos que sirven para resolver esos problemas que no existían y que nosotros mismos hemos creado.
Parece normal que si nuestra vida evoluciona… y para mejor, vayamos superando etapas y tengamos nuevas necesidades que satisfacer. En las economías avanzadas, una gran parte de ellas relacionadas con el ocio. También es normal que si la investigación y la tecnología avanzan, aparezcan cosas que puedan ser deseables. Productos o servicios que no hubiéramos echado de menos pero, ya que se presentan delante de nuestros ojos, podamos desear y consumir.
El problema se presenta cuando esto se convierte en una parte importante de la actividad empresarial. Investigar, crear nuevos productos que a nadie les resultan imprescindibles o ni siquiera necesarios, pero que, con su adecuado márketing, se convierten en objeto de deseo y en algunos casos hasta de culto. Pensemos en lo que ha ocurrido con los últimos lanzamientos de móviles, en esas colas de gente esperando de madrugada a que abran la tienda para ser los primeros en «pagar un pastizal» por el nuevo aparato que, casi seguro podrán comprar dos días después sin hacer cola y que funciona no mucho mejor que el que tienen en el bolsillo.
Una pregunta, ¿es ético hacer esto?

Las disyuntivas de la industria moderna.
Tenemos que afrontar decisiones de mucho calado y de forma continuada. Desde el punto de vista de la industria (la empresa), podemos ver dos líneas de actuación en la toma de decisiones en cuanto a la producción y comercialización de nuevos productos:
La primera tiene que ver con lo que ya hemos comentado: genero nuevos productos casi sin control haciendo ver a los consumidores que su vida será otra si los tienen, que son imprescindibles y eran aquello que estaban esperando desde siempre. Generar necesidades que no existían, como decía Gates al hilo del ordenador y todo lo que nos ha traído.
La segunda es un poco más complicada. Si la primera se trataba de crear nuevas opciones «de lo que sea» y sacarlas al mercado creando la necesidad, esta consiste en parar la comercialización de algo que se ha creado, porque sería sustitutivo de productos que dan pingües beneficios en la actualidad o bien, si lo vemos por el otro lado, generaría unas adaptaciones en la industria tan importantes que no convienen. Porque, ahora que están ya de moda los coches eléctricos… ¿cuánto tiempo hace que existe esa tecnología? Creo que mucho, pero no convenía aunque fuera beneficiosa. Lo mismo con la generación de energía. ¿Cuánto tiempo hace que se conoce la energía solar y la eólica? ¿Por qué España con sol y viento para parar un barco no ha invertido más hace ya muchos años? ¿Hace cuántos años ya llevamos hablando del problema del carbón… y del nuclear? Con más sol y viento que nadie, seguimos a la cola. Y el problema lo tenemos ya en Europa.
Y volvemos a la misma pregunta ¿es ético hacer esto? Si llevamos años usando energías no renovables y «sucias» cuando podríamos haber estado migrando a las limpias, la cosa no pinta bien. Si creamos cosas que no sirven para nada pero tenemos la habilidad de venderlas por miles, algo no funciona correctamente en nuestras cabezas.
Pero hay más. Mientras todavía siguen funcionando electrodomésticos que compraron nuestros padres, los nuevos tienen una vida útil programada. La vida útil es muy efímera y es casi más caro relativamente reparar que comprar uno nuevo. Al caso de las impresoras me remito, en el que cuando tienes que cambiar el tóner, por poco más tienes otra nueva que, por supuesto, tendrá nuevos elementos más avanzados. Más chatarra en los puntos limpios. El concepto económico de obsolescencia, muy relacionado con el de amortización, que hace referencia a la vida útil y productiva de un bien y de la relación con su coste y su financiación, se retuerce para convertirse en el de «obsolescencia programada». ¡Qué contrasentido! Como si a nosotros nos hicieran viejos a más velocidad para que consumiéramos cuanto antes productos de la etapa senior… incluidas las residencias de ancianos.
El envejecimiento es el que es, en función del uso y del paso del tiempo por deterioro natural, pero en el caso de los productos, en los últimos tiempos, hemos programado conscientemente su deterioro, con algunas piezas débiles de corta duración que condicionan el producto entero.
Vemos de nuevo, al igual que con el consumo, que un término económico con sentido en la producción, como es el de la obsolescencia, pasa a ser una aberración en manos de los perseguidores del beneficio sin límites.
Soluciones para salir del paso
Este comportamiento descrito de la industria genera problemas evidentes. Montañas de residuos físicos y, lo que es peor, mentales. Acudiremos al término «hiperproducción» utilizado por algunos filósofos contemporáneos como justificativos de una sociedad sin sentido, acelerada, que no sabe a dónde va. Estamos produciendo mucho más de lo que realmente se necesita. Estamos creando necesidades sin una finalidad real para los consumidores, productos que solucionan problemas que no existen. Pero no importa, creemos el problema para vender nuestro producto, el carro delante de los bueyes.
Hoy en día no se imagina un desarrollo para luego investigar y llegar a soluciones que lo posibiliten. Se siguen creando nuevos productos, nuevas versiones que mejoran cosas innecesarias, la producción no tiene un sentido distinto que una comercialización agresiva para la generación de ingresos y beneficio. No existe el sentido de la utilidad, sólo el hecho de la venta.
Sólo con pensar un poco… sólo un poco, se genera en las personas normales un cargo de conciencia importante. El «angelito» en el hombro que nos susurra: «No vamos bien por aquí». Pero las correas de transmisión de nuestro sistema sin sentido siguen haciendo fluir esa corriente que nos arrastra sin remedio y entra en escena el «demonio» en el otro hombro: «Qué le vamos a hacer… déjate llevar».
Con ángeles y demonios luchando, llegamos a una solución que nos tranquiliza al menos: el reciclaje. Y si llegamos a más y lo convertimos en una nueva teoría, aparece ante nosotros la «economía circular». Todos los desechos que generemos, seremos capaces de reutilizarlos para incorporarlos de nuevo al sistema. No me lo acabo de creer. En principio hay ya una cantidad inmensa de residuos de todo tipo en todas partes. En tierra todo lo que podamos imaginar, en el mar, aunque el protagonismo es del plástico, si no me equivoco, también han caído algunos bidones radiactivos. Pero es que ya hasta en el espacio hay porquerías generadas por nuestra especie.
Y la solución es reciclar. Sí, tengo que reconocer que es la única solución para la mierda que ya hemos generado. Pero es que se normaliza dentro de la economía circular para todo lo que hagamos a partir de ahora. ¿Nunca nos vamos a preguntar si hace verdaderamente falta esto que vamos a producir? ¿Si algunas de las investigaciones que estamos llevando a cabo sólo atienden a temas económicos y no al desarrollo real de nuestro bienestar?

No creo que en esa teórica economía circular esté nada previsto para los miles de baterías que van a quedar inutilizadas dentro de ocho o diez años y que mueven a los coches híbridos o eléctricos actuales. De la misma forma que no se está haciendo una transición lógica del carbón a otras energías, sobre todo para los trabajadores del sector. Como tampoco ha habido verdadero interés en las renovables en años, sólo ahora que la cosa es urgente entre calentamiento global y guerras cercanas. Y eso a pesar de la destacada autonomía energética que podría haber facilitado a España el liderazgo en la investigación e inversión en energías renovables. Probablemente otros liderarán para aprovechar nuestro sol y nuestro viento.
¿Y acaso no es esto un contrasentido? Nos entregamos a una hiperproducción, investigamos para sacar novedades contínuas al mercado, pero no implantamos sistemas energéticos que posibilitarían a medio plazo una bajada de costes del recurso fundamental que mueve todo. El beneficio y la comodidad de gobernantes hipócritas de estados y grandes empresas retuerce los principios fundamentales de un sistema económico que hace ya muchos años habría iniciado una transición en los sistemas de producción para el uso de estas nuevas energías, atendiendo a sus mejores costes de oportunidad en un futuro cercano, pero que se está convirtiendo en un horizonte sin límite.
Por supuesto que el reciclaje es necesario como parte fundamental de cualquier proceso productivo, esto no es nuevo, recordemos que hace años se devolvían los envases de vidrio al comercio de nuestro barrio, no para su reciclaje, sino para su reutilización, más aprovechamiento imposible. Pero las empresas necesitan una reflexión profunda y serena. Para plantearse la finalidad de sus investigaciones y de su producción. Para ver si es necesario lo que están haciendo y si deben reorientar su actividad. Para decidir el ritmo de su innovación y la calidad de sus productos. Y como siempre digo, la actuación no debe ser radical, sinceramente odio esta actitud, sino meditada, pausada y acorde con nuestras posibilidades. Para que podamos aprovechar incluso la corriente de sinsentidos que desata nuestra sociedad actual y que condiciona nuestro sistema económico.
Los «residuos mentales»
He comentado en el punto anterior la problemática de los residuos físicos que genera el sistema. Y es este un problema que está al final de todo el proceso productivo. La producción en sí genera desechos en los procesos de fabricación, como es normal y siempre ha ocurrido. Pero la tendencia a una hiperproducción sin límite vomita al sistema una cantidad ingente de productos que sirven pero ya no están de moda y que, por consiguiente, son desechados por los consumidores.
Pues esta segunda tendencia es la realmente preocupante. Nuestra sociedad tiene adicción al consumo. Ya traté este problema en otro artículo del blog. Pero quiero también hacerlo aquí desde el punto de vista de los productores. Y esto es mucho más difícil. Porque como consumidores podemos adquirir una conciencia de qué es lo que hacemos, cómo estamos consumiendo y decidir cambiar o no consumir, lo que como vimos tampoco resulta fácil. Pero como productores, cada uno en su negocio, deberíamos plantearnos si es realmente ético lo que hacemos. Pero es que resulta de que se trata de nuestro medio de vida, y esto no se puede cambiar así como así.
Por lo tanto, necesitamos un planteamiento reposado sobre qué cosas hacemos y cómo las estamos haciendo, para poder reorientar nuestras formas o incluso nuestra actividad misma. No se trata de cerrar nuestro negocio y dar un salto al vacío para dedicarnos a otra cosa. Se trata de pensar si con alguna de nuestras actividades estamos promoviendo ese consumo desmedido, esa adicción de los consumidores que supone una lacra social aunque sustente nuestro sistema.
La pregunta que deberíamos hacernos entonces sería: ¿Está nuestra actividad, nuestro producto, nuestro servicio, aportando algo positivo al desarrollo y bienestar de los consumidores y de nuestro sistema?
Aunque os la formulo con toda la inocencia y buena intención, tiene mucha trampa esta pregunta. Porque pueden existir productos que salven cientos de vidas pero para cuya producción se vean afectadas las vidas de miles de personas. ¿qué sería bueno en este caso? Tendríamos que definir los términos «desarrollo» y «bienestar». Pero hay que tener en cuenta también en estos casos si nos estamos refiriendo al bien individual de un consumidor o al bien colectivo de un grupo o comunidad. Y si nos referimos a comunidades, tendríamos que ver si se trata de una zona geográfica concreta, pequeña o grande, de una zona económica con los mismos criterios genéricos o de la comunidad global del planeta.
Según el punto de vista que tomemos, la actividad, el producto o servicio que estemos analizando podrían producir resultados y conclusiones distintas. Y esto nos llevaría a que, para cada actividad productiva que desarrollemos, tengamos que considerar varios niveles de análisis. De otra forma nos veríamos en una simplificación peligrosa que no nos serviría nada más que para engañarnos en algunos casos y dejar nuestra conciencia tranquila, o todo lo contrario, para no ser capaces de abordar proyectos que tienen más beneficios que inconvenientes si se miran desde un punto de vista más global.

Llegamos así a la necesidad de un «balance de la producción» de cada actividad empresarial, necesario para comprender la realidad de las aportaciones que hacemos al sistema, así como para plantear una correcta evolución de la misma hacia una mayor satisfacción real tanto de nuestros clientes como de nosotros mismos. Dejaré este concepto para un próximo artículo para no extenderme demasiado.
Es importante, sin embargo, que tengamos claro que un desarrollo mal balanceado como el de los últimos años nos llevará a un círculo vicioso, con un consumo desenfrenado que exige una hiperproducción que, a su vez, alienta más aún el consumo y sin saber ya a ciencia cierta si fue antes el huevo o la gallina. El resultado sí sabemos que es una sociedad de excesos y con pérdida clara del sentido de muchas cosas. La sociedad que, filósofos contemporáneos como Byung-Chul Han, denominan «la sociedad de la transparencia», en la que «la mera existencia es por completo insignificante» y… «las cosas se revisten de un valor solamente cuando son vistas.» Para entendernos… lo más maravilloso e importante de la vida hoy en día no es nada si no tiene visibilidad y, sin embargo, estamos inundados por la mediocridad.
Conclusiones
Tenemos que plantearnos si queremos dedicarnos a las cosas importantes. A aquellas que se orientan al bien de las personas. Pero al «bien» con mayúsculas. No se trata de ser sólo altruistas porque con eso no nos ganaríamos la vida, se trata de no identificar sólo nuestro bienestar con nuestro dinero en la cuenta bancaria. Porque esta es una concepción muy pobre que excluye cosas como la salud, la tranquilidad de espíritu, la confianza en nosotros y en los demás y muchas otras que, sin darnos cuenta, nos aportan unos niveles de satisfacción insospechados de los que muchas veces no somos conscientes. Sólo lo somos cuando nos faltan. Pero hoy en día, en una sociedad cada vez más banalizada, quizás no nos demos cuenta de que nos faltan estas cosas. Probablemente haya personas, los más jóvenes, que, con la excepción de la salud, el resto no las haya experimentado nunca.
Los términos en que se plantean la producción y el consumo hoy en día se dirigen a una satisfacción urgente, inmediata pero también efímera, que genera una adicción porque no solo se consumen los productos sino, sobre todo, las características que se asocian a los mismos, y éstas desaparecen casi con el momento de la compra, dejando de nuevo un vacío que se llenará con la siguiente. La tranquilidad a la que yo me refería no se llena con satisfacciones inmediatas por muchas que sean y muy continuadas.
Por esto debemos plantearnos si nuestros productos y servicios tienen la suficiente calidad. Si tienen una duración razonable y adaptada al objetivo que pretenden cubrir. Si realmente sirven para algo que beneficie a quien lo compra o serían totalmente prescindibles. Debemos plantearnos si facilitan la existencia y se orientan al bien (con mayúsculas) de los clientes y del resto de la comunidad.
Y si con estas preguntas nos surgen dudas, quizás debamos ampliar el horizonte de pensamiento porque probablemente ni siquiera nosotros estemos muy satisfechos con lo que estamos haciendo y habrá llegado la hora de mover el timón de nuestra empresa y de nuestra vida para cambiar algo, poco a poco, como se saca a un palio de un templo… pero cambiarlo.
La paradoja del desarrollo
De la misma forma que siempre digo que el crecimiento y el beneficio están en el ADN de la empresa, el concepto de desarrollo también lo está. Y, además y con más fuerza, en el de la persona y creo que de forma previa y necesaria al de la empresa. Nunca debemos perder de vista la relación entre persona y empresa porque si prescindimos de esto no seremos capaces de encontrar el sentido a muchas de las cosas que ocurren. Es más, podemos llegar a importantes contrasentidos.
Pero esta dialéctica de lo bueno y lo malo, lo positivo y lo negativo, lo que aporta y lo que resta, ha estado siempre en todos los pasos de la evolución humana. Y así como de lo negativo que nos ocurre podemos obtener importantes aprendizajes, también lo bueno que hace la humanidad tiene sus sombras. Pensemos en el Nobel de la paz, el «premio» por excelencia, el reconocimiento a personas y organizaciones que luchan en el mundo por la justicia y el sentido común. Pensemos en cuánto de remordimiento hubo en su creación, por el testamento de un hombre que se dedicó al «desarrollo» en sentido estricto.
Lo más conocido por lo que se le conoce, además de los premios que llevan su nombre, es por la invención de la dinamita al conseguir que la nitroglicerina fuera absorbida por un material sólido y plástico de más fácil y seguro manejo. Importante avance para la minería, por la mejora de la seguridad en el trabajo y por el incremento de la productividad de las explotaciones que produjo el invento. Pero, ¿sólo se ha utilizado la dinamita en el mundo para fines productivos? Estaríamos hablando de «un mundo feliz» inexistente. ¿Cuántas veces se habrá usado para la violencia en revueltas, atentados y guerras? El desarrollo productivo de Alfred Nobel democratizó el uso de explosivos y lo puso al alcance de cualquier descerebrado que quisiera imponer sus ideas a pequeña escala.
Pero Nobel, ingeniero además de químico, también se dedicó desde su compañía Bofors al hierro y el acero orientados a la fabricación de armamento, y ahí siguen. También han trabajado para los que quieren imponer sus ideas a gran escala. Y llegados a este punto, ¿cuántas muertes tiene Alfred Nobel a sus espaldas? ¿se puede compensar con la «bondad» de sus premios? Da igual su redención, por lo menos a él, que era ateo y eso de la transcendencia se lo debía traer al pairo.
Pero pensemos en el balance. Quizás sería mejor que no se hubiese inventado la dinamita… o no… quizás estemos dispuestos a asumir sus daños colaterales, porque si no se hubiera inventado seguramente no tendríamos el nivelón de vida que tenemos en el mundo desarrollado… y esto es así, pensémoslo. ¿Estaríamos dispuestos a renunciar a nuestro bienestar actual si supiéramos que podríamos haber contribuido a disminuir la violencia en el mundo desde finales del siglo XIX? Aquí y ahora, mientras escribo este artículo, no me siento capaz de responderlo. Además, no pasaría de ser una quimera, aquello que nos gustaría que «pudiera haber ocurrido». Mejor os quito la responsabilidad… No respondáis a esta cuestión, pero vamos a plantearnos qué podemos hacer en nuestro pequeño mundo para no caer continuamente en esta paradoja del desarrollo.
En lo que sí tengo una confianza ciega es en la capacidad que tiene el ser humano de utilizar de forma perversa cualquier cosa que caiga en sus manos, por muy buenas que fueran las intenciones que tuvieran sus creadores. Y es que algunas veces, esta sencilla ley, que no es exactamente la de Murphy sino mucho peor, la utilizamos contra nosotros mismos sin necesidad de que nadie más intervenga. Vamos a pensar en el ordenador portátil, nos saltamos incluso la aparición de los propios ordenadores de sobremesa que tanto nos han «ayudado», esos portátiles ¿nos han facilitado el trabajo? ¿o estamos trabajando más… mucho más?
Y si llegamos a tener esta duda de los portátiles… ¿cuál es el razonamiento que tendremos que hacer de la locura absoluta de los teléfonos móviles? Quizás hayáis visto a una pareja en un banco «relacionándose» cada uno con su móvil. O a alguien a quien hayáis tenido que esquivar en la calle porque no tenía otro momento para ver los mensajes… o un vídeo. O quizás os hayáis sentido un poco ninguneados porque en una reunión vuestro interlocutor estaba más atento al aparatito que a lo que le estábais diciendo. Se admiten más situaciones… a lo mejor si en un grupo expongo esto que estoy tratando aquí, puede que haya más de uno inquieto con su móvil en vez de escuchar lo que digo, no sé… imaginaciones mías.
Trabajar en cualquier parte con tus herramientas hiperconectadas te facilita la labor, la flexibiliza, te permite adaptar tu tiempo (eres dueño de tu tiempo… o al menos eso piensas tu), te permite centrarte en los objetivos, bla, bla, bla… pero piensa si tanta flexibilidad y tanta hiperconetividad te está aislando. Aunque desde luego, para eliminar la sensación de aislamiento tenemos las redes sociales. Pero cuidado, eliminan la sensación… sólo la sensación, pero no tu aislamiento.
Hace ya mucho tiempo que en toda manifestación humana se prima la cantidad en lugar de la calidad, que pasa sistemáticamente a un segundo plano. Todo debe ser transparente, nuestra vida está expuesta a la vista de todos, de lo contrario es que algo tenemos que ocultar. Más amigos, más relaciones, más negocios, más producción, más consumo… y menos salud.
No queda aquí la cosa, el futuro nos puede llegar a horrorizar. Os dejo aquí dos términos de los que ya hablaremos: transhumanismo y posthumanismo. La nueva ola de gente bien intencionada que piensa que estos avances de la ciencia no los utilizará el ser humano para el mal. Visto lo visto, no sé yo qué pensar, si son muy ingenuos o muy estúpidos, algo totalmente compatible con un alto coeficiente intelectual, sobre todo para gente que sale de las últimas generaciones que en occidente hemos vivido sin muchos problemas. En fin, esperemos que estos grandes avances de la humanidad no los hagan en la Rusia actual de 2022.
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