Filosofía
El consumo: ¿cuándo debemos parar?
En su origen, cuando estudiábamos el fenómeno del consumo en Teoría Económica, se ligaba de manera inequívoca a los bienes consumidos con la utilidad que los mismos tenían para la persona que los consumía, bien por una cuantificación teórica de esa utilidad o por comparación con las otras alternativas de consumo que existieran en la economía.
De la misma manera, si lo que se consumía se podía hacer en distintas cantidades, a medida que consumíamos más, las nuevas unidades cada vez nos reportaban menos utilidad porque ya habíamos saciado de forma suficiente nuestra necesidad, hasta que llegaba el momento en que no demandábamos ni una sola unidad más del producto.
Si nos fijamos, en la teoría, nada ha cambiado de hecho. Consumimos aquello que necesitamos y en la cantidad que necesitamos y podemos adquirir. Pero hay dos puntos importantes en lo que acabo de decir: lo que «necesitamos» y lo que «podemos adquirir». Y aquí está el «quid» de la cuestión, la doble pregunta que marca la situación de los consumidores modernos, ¿de verdad lo necesito? y en caso verdaderamente afirmativo, ¿me lo puedo permitir?
La historia de la economía moderna ha consistido en cómo saltarse los principios de la propia Economía, en cómo retorcerlos para conseguir más negocio, más ingreso, más beneficio aunque se vulneren los más elementales principios de prudencia, como nos ha ocurrido con el caso de las hipotecas, o aunque se desliguen los mercados de las bases de las economías, con alzas y bajas en las cotizaciones que dependen de la actuación de «tiburones» y no de la realidad de la marcha de las propias empresas y países.
Podemos pensar que no nos afecta en nada, ya que la mayoría no somos grandes inversores pero no vendría mal que echáramos un vistazo a la marcha de nuestro plan de pensiones para ver si nos afecta o no todo esto que estoy diciendo.
¿Es posible que una empresa esté cayendo en bolsa aunque su actividad siga siendo adecuada, sin que se hayan modificado sus políticas ni su planificación, incluso con una línea de buenos resultados? Pues claro que sí. Es más, esa vorágine de bajadas le influirá a su actividad de forma que entre en un flujo negativo y tengamos el mundo al revés: en lugar de reflejar el mercado el resultado de la buena o mala gestión, será la actividad y resultados de la empresa los que caerán o se incrementarán en función de su cotización. Y si están haciendo las cosas bien y caen por la bajada en el mercado, mal, porque estamos fastidiando una buena marcha de las cosas. Pero si empiezan a subir por subidas especulativas sin que se estén haciendo las cosas bien… esto será casi peor porque tendremos un gigante con pies de barro o una nueva burbuja, como lo queramos llamar.
El baile de las necesidades.
Cuando Parménides preguntaba a sus contemporáneos, allá por el año 500 antes de Cristo, qué era lo que movía el mundo, obtenía muchas respuestas, la ambición, el amor, la curiosidad… Pero para este filósofo ninguna de estas era la correcta. Lo que movía el mundo era «la necesidad».
Si, exactamente, lo que posteriormente fue el fundamento de la Economía. Tanto que este concepto está en la definición de esta ciencia, relativamente joven, aunque su objeto de estudio esté anclado en los orígenes de la humanidad. A partir de ahí, todo ha sido desarrollar el concepto. La actividad económica surge para la satisfacción de las «múltiples» necesidades de las personas.
Pero, ¿cuántas necesidades tenemos?. Pues la evidencia nos dice que más cuanto más ha avanzado la sociedad en la que vivimos, de tal modo que hoy en día «no podríamos vivir sin» cosas que hace unos años no existían y no nos importaba lo más mínimo. Cuando no había conexión muy directa entre los diferentes entornos sociales, el incremento de las necesidades se originaba de una forma muy local y en un porcentaje prudente de casos se exportaban e importaban tendencias entre grupos sociales o entre diferentes entornos físicos.

Hoy en día, con la globalización, las diferencias entre occidente y oriente, norte y sur y, si apareciera vida en saturno, entre planetas, se han dinamitado. El mundo entero tiene acceso a todo. Faltará agua en regiones del planeta, pero no un móvil con acceso a la red. De esta forma las necesidades se han hecho simplemente INFINITAS.
Lo malo de todo esto es que para la satisfacción de estas necesidades hacen falta recursos. Infinitas necesidades, infinitos recursos, y no los tenemos. Pero no importa, si hay una necesidad, por patética que sea, siempre habrá alguien que organizará los medios de producción para producir esos bienes que la satisfagan, y aquí viene lo peor… «cueste lo que cueste». Pero esto, la producción, será objeto de otro artículo, así que no adelantaré acontecimientos.
Centrémonos por lo tanto en nuestro papel como consumidores, vamos a preguntarnos de forma seria cuáles son realmente nuestras necesidades. Se suele hacer referencia aquí a Maslow y su pirámide en la que fue la primera y más conocida división de las necesidades de una persona y que aún se utiliza. Un análisis por encima de las distintas escalas de la pirámide nos llevaría a la conclusión de que las necesidades básicas de una persona y quizás algunas de las de seguridad, que es la siguiente escala, requieren obligatoriamente el consumo de productos y servicios. Sin embargo, el resto de niveles, necesidades sociales, de autoestima y de autorrealización, quizás no lo necesiten tanto.
Sin embargo, siguiendo la visión calvinista occidental de la vida, que no es necesariamente la nuestra, la realidad de las últimas décadas ha sido la asociación de la satisfacción de necesidades con el consumo obligado de algún tipo de bien. Podríamos hacer un ejercicio para ver qué bienes se asocian a muchas necesidades de reconocimiento social, éxito y autoestima que no significan que la persona en cuestión tenga una vida más cercana a la felicidad, más bien al contrario en la mayoría de los casos.
Podríamos ver cuál ha sido la evolución de los problemas mentales y psicológicos en estas décadas derivados de la necesidad de apariencia y ostentación, de la necesidad de tener símbolos sociales que refuercen nuestra posición social y nuestra confianza personal.
Y fijémonos en cómo es la cosa, que hasta este último punto «es economía». Porque la asociación de productos a todo tipo de necesidades como símbolos implica su comercialización y distribución. Pero es que la aparición de problemas de salud física o psíquica en las personas también implica la comercialización y distribución de productos y servicios para paliar las consecuencias de no tener los símbolos o de tenerlos con una insatisfacción manifiesta.
«Cuando los niños meten la mano en un tarro de cuello estrecho para sacar higos con nueces, si se llenan la mano, no pueden sacarla y luego lloran. ¡Deja caer unos cuantos dulces y podrás sacar la mano! Frena tu deseo, no llenes tu corazón con demasiadas cosas y obtendrás lo que necesitas.»
Epicteto, Disertaciones por Arriano, 3.9.22
Así el estado de la cuestión del consumo, resulta que nuestro sistema se mantiene hoy por hoy si las correas que mueven el motor del consumo no se rompen y siguen adelante. Cuando el consumo se contrae se contrae la economía, menos demanda, menos ventas y al final menos producción, lo que nos lleva a menos recursos (bueno para el planeta) y menos empleo (malo para los que vivimos en él).
El concepto mágico y fundamental, el equilibrio, no sólo en el aspecto económico sino también en el social, puede romperse. Y quizás serán necesarias algunas roturas para poder evolucionar, lo mismo que sucede en los músculos cuando queremos que se desarrollen. Pero sin llegar a la lesión.
¿Qué me puedo permitir?
La vida es una cuestión de elección. Y la Economía lo es también. Por lo tanto, a la hora de consumir habrá que elegir y, lo que es más importante y definitorio para la persona, SACRIFICAR algunas opciones. Tendremos que saber decir «no» a algunas de las opciones que se nos presenten en beneficio de otras. Incluso tendríamos que saber decir no a algunas cosas aunque no existan otras alternativas y alguno de nuestros recursos quedara ocioso.
Pero claro, no ha sido esta la tendencia de nuestro sistema. Puesta en marcha la maquinaria del consumo con todas sus correas funcionando, aquella etapa en la que había demanda natural para todo lo que se producía y quedaban incluso algunas necesidades insatisfechas, hace ya algún siglo que terminó y pasamos a tener capacidad de producir hasta lo que no nos hace falta. Pero como he dicho más arriba, de la producción hablaremos en otro artículo.
Milton Friedman, máximo exponente del liberalismo económico, refutando las críticas de que la publicidad generaba necesidades artificiales a los consumidores, decía que cuál era el sentido de esto si resultaba más fácil vender lo que ya necesitaban. La cuestión es de cajón, será mucho más fácil hacerlo así, pero cuando casi todo está cubierto, la maquinaria del sistema inventará algo nuevo como hemos analizado en el punto anterior.
El único bastión que quedaba dentro de nuestro sistema económico para que un consumidor no llegara a consumir algo que realmente no necesitaba, era que no tuviera recursos suficientes para hacerlo. Pero el sistema también tendría salida para esta minucia. La evolución generalizada del crédito y de los sistemas de pago, con el plástico (y ahora el móvil) al frente, iban a hacer que el consumo pudiera ampliarse de formas insospechadas. Y en ello estamos.
Si no me lo puedo permitir, me endeudo hasta el límite de mis capacidades. Algo que en algún momento de nuestras vidas, nos puede dar problemas de forma que, cuando realmente necesite ese instrumento tan potente e imprescindible del endeudamiento, no lo pueda utilizar por haberlo desperdiciado en idioteces. De la misma forma que la dinamita, creada para buenos fines científicos e industriales, se utilizó luego para matar gente… de esta forma instrumentos imprescindibles del sistema, que nos ayudan a vivir mejor, se utilizan de forma perversa y ayudan a generar una importante inconsistencia de la Economía que podemos llegar a pagar a un alto precio como sucedió hace unos años con la crisis de las hipotecas y la burbuja inmobiliaria que nos estalló en la cara.
Cuando llegue el momento en que nuestros recursos se hayan agotado, incluso el crédito, y ya no podamos consumir más, estaremos asfixiados y con las manos atadas. Podemos echarle entonces la culpa «al sistema despiadado» que nos hace consumir lo que no queremos y que nos da recursos casi a la fuerza para hacerlo. Pero siempre la elección es personal. Es nuestra elección aplicar dosis de racionalidad en lo que hacemos y en lo que consumimos. Es nuestra elección decir que no a algunas, o a muchas de las cosas que se nos presentan. Para quedarnos con lo verdaderamente bueno para nosotros, para nuestra familia y para nuestro entorno como quiera que lo entendamos.
El consumo responsable.
Hace ya unos años una línea de acción que denominamos «consumo responsable», ha entrado en competición directa con el «consumo desenfrenado» de las últimas décadas. Si consultamos páginas de organizaciones ecologistas como Greenpeace o WWF, encontraremos consejos en sintonías muy parecidas que persiguen la mejora del planeta, o al menos un freno a su deterioro, pero curiosamente sin que perdamos satisfacción.
La actitud combativa de la primera de estas organizaciones, podemos ver que en la faceta de consumo, ha evolucionado hacia una racionalidad de comportamiento y, por lo tanto, económica. No se trata de renunciar drásticamente a productos sino a reducir u orientar su consumo. No es una actitud de acoso y derribo de nada sino de una nueva adaptación de las costumbres para una satisfacción de otro tipo a obtener por las personas en consonancia con su entorno.
El consumo responsable se presenta así como una reflexión sobre los hábitos de vida y sobre la vida misma y es esta la orientación crítica, la que nos llevaría a analizar los fundamentos reales de nuestro bienestar, a considerar nuestra posición en este mundo y, como resultado de todo este análisis, a establecer nuestros patrones de felicidad y la actuación consecuente.

El cambio drástico que preconizan algunos, incluso alguna adolescente un poco hipócrita y agria como ella sola, que irradia odio y malestar sólo con verle la cara, rompería el inestable equilibrio de nuestro «injusto» sistema acarreando más males que bienes.
Pero una correcta reflexión, fruto de lo que realmente queremos y nos importa, que lleve como consecuencia ese consumo responsable y esa resistencia activa, pacífica y resiliente al bombardeo continuo de nuevos productos, servicios, versiones, accesorios, etc, sí que operará un cambio importante en nuestro sistema. Nunca pudo hacerse una manzana en un día. Todo tiene su tiempo y la maduración es importante hasta que llegue su momento.
Un cambio drástico en el sistema provocará la reacción inmediata de las fuerzas que operan en el mismo para contrarrestarlo, anulándolo de forma inmediata o provocando otra serie de cambios de consecuencias impredecibles. Sin embargo, la modificación en los hábitos de millones de personas de forma progresiva y casi simultánea, llevará de forma paulatina a ese sistema a una nueva realidad más sostenible.
Lo que hoy llamamos «consumo responsable» es lo que para la Economía siempre fue el concepto de «consumo», que se estudiaba en la Teoría Económica de nuestras Universidades, sabe Dios en qué habrá quedado hoy en día esa asignatura, asfixiada por estrategias, objetivos despiadados, desarrollo empresarial incontrolado y por el márketing que todo lo cubre.
Recuperemos el consumo de la Teoría Económica, ese que obedece al análisis «racional» del consumidor. Consumamos sí, pero lo que necesitemos y en la medida en que lo necesitemos, sin dejar de lado el desarrollo económico y del bienestar, pero alejándonos del egoísmo, el sinsentido y el derroche.
Conclusiones
Las leyes económicas implican un comportamiento «racional» del consumidor. Nuestra actitud económica es una herramienta que nos ayuda a elegir lo correcto para obtener nuestro equilibrio personal. Nos equivocaremos y no llegaremos a estar nunca realmente en equilibrio. Pero ese es el juego, una dialéctica continua entre las fuerzas de la necesidad, los bienes y los recursos de que dispongamos.
Y lo que realmente podemos ver es que si queremos tener éxito en esa constante lucha, necesitamos reflexionar sobre temas que sobrepasan el ámbito económico. Reflexionar sobre nuestra forma de vida, sobre aquello que es importante para nosotros, sobre qué es para nosotros vivir bien y sentirnos satisfechos. Probablemente cambiaríamos algunas de las cosas que hacemos y dejaríamos de necesitar muchos bienes de los que consumimos. Pero también es cierto que nuestro sistema, este que nos induce a ese tipo de consumo, «ES» nuestro entorno y constituye nuestra forma de vida, por lo que también tendríamos que reconstruirlo.

Epicteto, al que ya hemos citado en el artículo, decía: «No desees mucho». También dicen que Sócrates una vez se paró ante un puesto y dijo: «¡Cuántas cosas hay que no necesito!» . Pero no lo hagamos todo de una vez. Entrenemos nuestra mente para preguntarnos siempre: ¿Necesito esto? ¿Qué pasaría si no lo tengo?, en definitiva, las preguntas que vinculan nuestra vida y nuestro bienestar real con todas las cosas externas.
Si utilizamos este filtro natural de la persona, podremos llegar a ese consumo responsable que nos hará incluso un poco más libres, porque realmente ahora no lo somos. Nuestra vida está constantemente manipulada y sólo una mirada a nuestro interior podrá dar como resultado un comportamiento más racional que nos lleve al bienestar por caminos distintos del mero consumismo que identifica tener con ser mejor, más exitoso y más feliz.
Dejemos esta filosofía. Las sociedades calvinistas lo tendrán más difícil pero nosotros ya tenemos una tradición milenaria en la que no fue todo así y podremos recuperar más fácilmente a través de nuestra costumbre valores que desliguen la felicidad de la mera acumulación de bienes sin sentido.
Si reflexionamos sobre los valores de nuestra sociedad, creados a lo largo de más de dos mil años, con sus luces y sus sombras pero con una clara vocación de desarrollo de las personas como individuos y como colectividad, llegaremos a los principios fundamentales de la Economía, a la racionalidad de nuestras actuaciones y a la evolución sostenible e inclusiva de nuestro (eco)sistema. Hagámoslo una realidad.
De la corrupción al esperpento (continuación)
Artículo continuación del publicado el 12 de febrero de 2013 con el mismo título (“De la corrupción al esperpento”).
Centrada la situación de relajación generalizada de las costumbres de cumplimiento de normas, mínimo respeto al prójimo, laxitud en la disciplina personal, etc, etc… vemos justamente en el otro extremo la hipocresía de los que se llevan las manos a la cabeza y en seguida exigen dimisiones acompañados de la charanga permanente de la política española.
De un lado, los acusados, con la “mierda” (con perdón) al cuello, y de otro, las moscas acudiendo y regodeándose en ella. Los primeros han decidido en este caso que van a hacer públicas sus declaraciones, cuentas y todo lo que es de su entorno privado. Los otros, que se ven ahora cogidos en su propia trampa, dicen que eso no explica nada y tampoco es que les falte razón. Pero también los acusados les exigen que sus cuentas se hagan públicas. Respuesta… “si, pero vamos a hacer un proyecto de propuesta de estandarización y homogeneización de la documentación necesaria que permita la adecuada comparativa de los conceptos…..”.
En definitiva, que salvo presión mediática no lo van a hacer, porque esto será tan largo que cuando se llegue a alguna conclusión, ya todo habrá pasado de moda y estaremos hablando de otra historia. Además no cabe duda de que es una de las idioteces más extremas que se han visto en los últimos tiempos, tanto que parecería ideada por nuestro anterior presidente, Mr. Bean, que estará ahora tranquilo en su casa pasándolo en grande después de haber dejado el país patas arriba.
Mucho ojo, mientras el partido del gobierno, en el que más de cuatro han metido la pata… y quizás también la mano, está contra las cuerdas defendiéndose y la oposición está haciendo un ejercicio de irresponsabilidad supremo y la charanga política, compuesta por la izquierda ridícula y los nacionalistas de hace dos siglos, está disfrutando dándoles a unos y a otros a diestro y siniestro como si ellos tuvieran la razón y fueran las víctimas… mientras pasa todo esto, la capacidad para resolver los problemas importantes de este país se ha venido a mínimos.
La forma de ser española tiende a creer cualquier cosa negativa que se filtre en un medio de comunicación… ¿imparcial? A partir de ese momento, estamos dispuestos a patear, dilapidar y machacar al objeto de la crítica sin atender a ninguna otra razón. No es la primera vez. Luego a lo mejor resulta que se trataba de una burda maniobra de desprestigio, pero eso quizás no merezca más que una pequeña anotación en una página de las que menos visibilidad tenga en el periódico que desató el escándalo sin pensar en el mal que le haría al país. Un daño que se nos hace a todos, amparándose claro está, en la libertad de información y en la “obligación” de informar por parte de los ¿periodistas?…o mejor, de unas personas que han estudiado una carrera de periodismo, porque una cosa es estudiar una carrera y otra ser un profesional de la materia. Pero el mal ya quedó hecho, “calumnia que algo queda” decimos por aquí.
¿Quién se beneficia de todo esto? En este caso está claro. Los que perdieron el gobierno por haber tenido uno de los grados de ineptitud más elevados de la Historia de España y que quieren recuperarlo cueste lo que cueste. Aunque no sepan lo que podrían hacer si se volvieran a sentar en la poltrona y de dónde iban a sacar dinero para volver a derrocharlo y dejarnos otra vez en la miseria. Pero esto no es importante, o al menos lo más importante que tratamos aquí.
Lo importante es que, en una situación difícil como la que vivimos, no nos importa destruir lo que sea, aunque se trate del propio prestigio del país, de aquello gracias a lo que podríamos salir adelante, con el objetivo de ver arrastrándose a los contrarios. Que no existe la humildad suficiente para admitir que tenemos defectos y hay que mejorar y que exigimos a los demás un nivel que se relaja cuando nos miramos a nosotros mismos. Y que esta forma de ser y pensar deteriora la credibilidad de España ante el asombro y la preocupación de todos los de fuera, que tienen las mismas intrigas, pero que las tratan de distinta forma.
A mí personalmente me trae sin cuidado la declaración de la renta del presidente del gobierno, del líder de la oposición y de los de la charanga. Creo que son cuestiones privadas que no deben airearse. Creo que una máxima responsabilidad y una dedicación tan exclusiva como la de un presidente del gobierno DEBE tener uno de los más altos sueldos del país y si pensamos que el presidente o un ministro debe tener el sueldo de un peón… mal vamos. Porque la remuneración debe ir en función de muchas cosas de las que hablaremos otro día, pero desde luego seguro que el esfuerzo, la dedicación, la valía y los resultados deben considerarse.
Si alguien trabaja en un cargo público y en un partido, deberá tener DOS sueldos porque tiene dos trabajos y cotizará proporcionalmente y tributará proporcionalmente. Y si el problema de los dos trabajos es de exclusividad en la dedicación por cualquier razón, la ley de incompatibilidades lo fijará y la persona tendrá que elegir. Para trabajar y no cobrar ya están las Hermandades, ONG y demás organizaciones humanitarias.
Y no me importa la declaración de esta fauna porque entiendo que existen organismos de control en los ministerios de Hacienda, Economía e Interior que van a conocer al céntimo las materias económicas y al milímetro los movimientos de estos políticos, como lo hacen con los míos. Y si alguien no cumple deberá pagar como tendría que hacerlo yo y en la proporción correspondiente a su delito. Y lo que yo quiero como ciudadano es que esto funcione bien y no que se haga un sumario público en la plaza mayor por quienes menos información tienen.
Yo no quiero una amnistía sino una persecución fiscal donde estén las bolsas de fraude que hagan rentables a los equipos de inspectores del Estado. Y quiero que esos equipos sean implacables en estos casos en los que las personas ostentan un cargo público. Yo no pido que los políticos no tengan otros negocios o que tengan que vivir en la miseria porque si hacen alguna ostentación son sistemáticamente vapuleados sea o no verdad lo que se dice. Pero quiero que todo eso sea estrictamente controlado y si hay irregularidades respondan por ellas… como yo ante las mías.
No nos merecemos un linchamiento público y sucesivo de unos y otros. No nos merecemos el espectáculo lamentable que están dando. No nos merecemos el desprestigio que se está causando al país. No nos merecemos este esperpento. Pero tengo claro que, hablando de cargos públicos, tan corrupto y deleznable es el que hace negocios ilegales con fondos privados o públicos, como el que no tiene escrúpulos para atentar contra la estabilidad económica del Estado y anteponer su beneficio personal o de partido al interés general de su país.
De la corrupción al esperpento

Dicen que si no hay más corrupción en este país es porque no tenemos más oportunidades. Y estoy de acuerdo pero sin estarlo. Cuando llegan las navidades, muchas patas de jamón viajan de un sitio a otro y aparecen por muchas casas. Y muchas cestas también. Y muchas cestas con patas de jamón también. Sería difícil trazar la línea entre lo que es un “agradecimiento” a personas clave por los negocios realizados y el “intento de soborno” para influir en negocios futuros.
También alguna vez habremos dicho todos que no nos hace falta factura y por lo tanto nos saltamos el impuesto. Bueno…no todos, es posible que uno o ninguno de los ciudadanos de este país las pida siempre… lo dejaremos en una gran mayoría. Este importe que al final no se declara va a una caja innombrable definida de forma habitual con la segunda letra de nuestro abecedario. Y cuando esto se da en múltiples ocasiones y la caja empieza a llenarse, a algún empresario se le puede ocurrir utilizar estos fondos para pagar los incentivos a sus trabajadores haciéndoles el favor de que tampoco ellos lo tengan que declarar. Uno o ninguno de los trabajadores quizás se niegue a recibir ese salario “bajo cuerda”, pero la mayoría sí que lo acepta. Total… ¡Hay tanta gente haciendo chanchullos que esto es una minucia…!
Así empieza la bola a hacerse cada vez más grande y nos instalamos en la normalidad de que ocurran algunos pecadillos sin importancia en tales o cuales cuentas. Y luego en algunos casos va a ser difícil salir y en otros, un comportamiento, aunque subsanado, nos perseguirá toda la vida. Algo sobre esto, brillante como todo lo que hizo, nos dejó Aristóteles en su Ética a Nicómaco, una obra que en estos tiempos tan convulsos deberíamos tener como libro de cabecera… todos.
Sin embargo, cuando aplicamos el término “corrupción” que ya de por sí suena mal, estamos hablando de alguien sin la más mínima vergüenza para embaucar, poner trampas y manipular a todo lo que le rodea y que salpica a todo el que haya estado cerca en algún momento. Parece que lo demás que he comentado no lo es. Y por poco que nos hayamos acercado a una persona de estas, al final, acabaremos mal. El Partido Popular conoce esto y habrá seguro dentro quién supiera lo que estaba pasando y quién se ha enterado ahora. Parece que fondos privados fueron utilizados para financiar al partido, descontando una considerable cantidad que fue a parar al bolsillo del principal implicado “por sus gestiones”. Y ahora todos a ver qué excusa había, cómo se ven afectados, etc, etc…
El Partido Socialista, principal elemento de la oposición y único en realidad significativo por el momento, se lleva las manos a la cabeza escandalizado, como si no hubiera roto un plato en su vida, como si no hubiera tenido problemas con algún tipo de fauna, los “reptiles” creo que eran los que les dieron más de un mordisco. Parece que en Andalucía, que sepamos, fondos PÚBLICOS, si… si, esos cuya gestión responsable encomendamos a nuestros dirigentes, fueron utilizados para favorecer a diestro y siniestro a sus “simpatizantes”. Y luego, si quieres que algo no se resuelva, nombra una comisión. La solución más propuesta, o la única propuesta, por la izquierda ridícula de este país, también llamada Unida. Y eso hizo la comisión… Nadie sabía nada, nadie fue responsable…un cabeza de turco que era imposible que trabajara solo, pero que se “come el marrón”, no sabemos a qué precio, que también vendrá o habrá venido de fondos públicos, y asunto cerrado, a otra cosa mariposa.
Y qué podemos decir del urbanismo de los Ayuntamientos de todos los colores en los últimos veinte años. Un indicador importante habrá sido el incremento de la demanda de máquinas destructoras de documentos cuando había un cambio político en las entidades locales.
Con este estado de la cuestión, Cristo lo dijo bien claro en los Evangelios: “quien esté libre de culpa, que tire la primera piedra”. Pero parece que no está de moda ser cristiano, porque las piedras llueven en cuanto alguien se “resbala”. Pero… “prepárate que ya me tocará a mí”, dice el apedreado de turno. ¡Por favor!… ¡que hasta el Papa dimitió ayer…!
Y yo me pregunto: mientras tanto… ¿qué pasa con el país?… COMIENZA EL ESPERPENTO…
Como sé que este artículo es muy largo para internet, escribiré “la segunda parte” en la siguiente entrada. Queda hablar de la situación esperpéntica que estamos viviendo y de cómo creo, en mi opinión, que habría que abordar estas cuestiones… que tienen para rato…
Cerebros cautivos

En una entrada anterior que titulé “Motivación: ¿Ilusión o realidad?” llegaba a la conclusión de que es la auto-motivación la capacidad fundamental a desarrollar por parte de los profesionales en cualquier lugar que se encuentren, porque es la que les llevará a conseguir los más altos logros. Decía también que la empresa, y me refería sobre todo a lo que denominamos “gran empresa”, tiene habitualmente unos mecanismos importantes de desmotivación de sus profesionales, aunque sin generalizar, porque habrá alguna que esté haciendo un esfuerzo por aprovechar al máximo a su gente.
Y estos mecanismos provienen precisamente de su gran tamaño, que hace que todo sea mucho más difícil. Llegar con una propuesta al estamento y persona adecuado, convencer a todos los que te pueden ayudar o se pueden oponer a lo que propones, intentar incluir tu propuesta en unos objetivos, planes, programas, presupuestos, líneas de producción, gamas de productos y servicios, nichos de clientela… Es necesario tanto tiempo para que algo cuaje, que se pone a prueba la paciencia de tal manera que hasta el santo Job se subiría por las paredes. Y además, será casi imposible que nuestra propuesta llegue al final con pocas variaciones. Tanto, que puede que no se parezca en nada. También introduje algo de esto en otra entrada que titulé “¿Cuál es el tamaño ideal de una empresa?”.
Por lo tanto, nos encontramos con cientos de profesionales brillantes incorporados a la disciplina de grandes empresas que consiguen sacar sus ideas adelante a duras penas y no todas. Y estas ideas e iniciativas se están perdiendo para nuestra Economía porque donde se están generando no llegan a materializarse. Estos profesionales son “cerebros cautivos”. Acabarán acomodándose en la rutina de su gran empresa y tampoco se les podrá culpar porque el mínimo esfuerzo y máximo rendimiento es una ley natural adoptada, además, por la Economía, que la lleva en su propia definición.
La Nueva Economía necesita poner a trabajar de forma eficiente a estos cerebros cautivos y sólo con un importante estímulo se puede hacer porque estamos hablando de quebrar aparentemente una ley económica y natural. Pero en los últimos años, ha ocurrido algo que nos ha sacado de la comodidad: la crisis más virulenta que hayamos conocido. Esta situación está llevando a gigantes a regular todo el sobreempleo de unas vacas gordas que se tenían por eternas y muchos profesionales están ahora mismo fuera de esas grandes empresas de mejor o peor manera. De una forma no deseada pero muy efectiva, muchos cerebros cautivos han sido liberados. Les falta un poco de práctica para funcionar de forma efectiva como ellos saben, pero lo harán.
Pero tienen que hacer una reflexión profunda: No deben dejarse cautivar de nuevo. La Nueva Economía necesita más autónomos, freelancers, pequeños empresarios, artesanos y profesionales independientes que estén ligados a su profesión más que a una empresa y si tienen que estarlo a una, que no sea muy grande. De esta forma, hasta las grandes empresas de la Economía saldrán beneficiadas porque cuando necesiten los servicios de estos profesionales que ahora estarán fuera de sus plantillas y su tedio, recibirán ideas con toda la potencia de los cerebros activos.
El estado debe facilitar lo que la crisis ha forzado de forma cruenta. El fomento de la actividad profesional, facilitando trámites y concediendo ayudas que, si no pueden ser directas porque las arcas no lo permitan, que sí sean indirectas con la eliminación de tasas y de algunos impuestos. Puede parecer un contrasentido que se reduzcan los ingresos del Estado de esta forma, pero será la única manera de que a corto plazo vuelvan a crecer por otras vías. La puesta en circulación de los cerebros cautivos de nuestra Economía puede ser un efecto positivo de la crisis. Una catarsis que, desde la misma tragedia, pueda llegar a suponer el bienestar y la satisfacción de una buena e importante parte de la población.
Eduard Punset nos invita a hacer nuevos planteamientos para nuestros problemas
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Os hago una referencia aquí a una entrada en el blog de Eduard Punset, donde se habla de la forma que tenemos de abordar nuestros problemas. Es una reflexión interesante como la mayoría de los razonamientos que plantea esta importante personalidad del panorama actual. Os recomiendo su lectura.
Cansados de que se aborden los problemas a la antigua – Eduard Punset en su blog
Difuntos y fiestas
Hay un poco de niebla esta tarde noche en el centro, el tiempo fresco ya y de vez en cuando llueve. Qué niebla más rara, cuanto más intensa mejor huele. Bueno, pues resulta que de niebla nada, que era un puesto de castañas. Aprovecharé para comprar un par de euros y acabar con los dedos negros y una sensación reconfortante en el cuerpo.
Es pleno otoño ya, tiempo de los frutos secos, aquel en el que las familias visitaban…y visitan los cementerios para recordar a sus difuntos y dejar todo reluciente. Aunque, hoy en día que quemamos todo, alguno no tendrá que salir de casa para el recuerdo y algún otro tendría que ir a un millón de sitios o a ninguno. Bolsa de nueces y almendras, tabla de madera, un buen martillo y un cuenco para el resultado. Golpe, una abierta, mitad para el cuenco y mitad para adentro… La segunda igual, y la tercera, no sé si ese cuenco se llenará.
Los que se dedican a vender flores esperan el momento para arreglar un poco su economía antes de una de las grandes fiestas que ya va asomando por el camino. Los niños en el colegio ya han cogido ritmo y parece que no existió el verano y la playa, y los mayores… también lo han cogido, porque el año natural es importante, pero como siempre hemos estado estudiando, para la mayoría el año “normal” empieza en septiembre. Y, salvando fiesta nacional y desfiles, esta de los santos y de los difuntos es la primera que, para los que tenemos cierta edad, supone un pequeño alto en nuestra vorágine diaria, supone valorar la vida y a todos los que pasaron por ella y ya no están y, además, celebrarlo con esta cualidad que tiene nuestra especie de encontrar explicaciones y saber ver todo lo bueno que tiene incluso lo que en apariencia es malo.
Teniendo cementerios, tumbas, nichos, urnas, flores naturales o hasta de plástico (qué horror), y además puestos de castañas y almendras, nueces, tablas, martillos y cuencos, y sobre todo, el recuerdo que nos dejó la gente que nos enseñó mil cosas, ¿qué necesidad hay de “zombis” y demás muertos vivientes, brujas, trucos y tratos y unos míseros caramelos? Yo prefiero los muertos propios que los ajenos… pero cuidado, hay que hacer ver a los más jóvenes que los muertos del cementerio no nos hacen nada, somos los vivos los que tenemos la manía de hacer daño.
NOTA: Este artículo quiere ser un homenaje a las familias que partían (y parten) nueces y almendras en “tosantos” y difuntos en el salón, sentados a la mesa-camilla y con el brasero puesto.
Motivación: ¿Ilusión o realidad?
Esta ha sido otra de las “vacas sagradas” de los Recursos Humanos en los últimos años. Sin embargo, estaremos de acuerdo en que, al final, ha llegado a hablarse más, mucho más, muchísimo más, de su opuesta: la des-motivación. No hay que preocuparse por esto, sin embargo, sólo concienciarse de ello. Con el nivel directivo del que se ha hecho gala en este país en los últimos quince años, la gestión de la motivación más que a una herramienta empresarial de desarrollo profesional, se ha parecido a ese juego en el que hay que dar con un martillo a la cabeza que asoma por el agujero: una persona motivada, con ilusión, saca la cabeza e inmediatamente un directivo al uso lo des-motiva de un martillazo.
A partir de ahí, el profesional que ha intentado hacer algo por su empresa (algo por lo que además le pagan y es “su obligación”), aturdido por este primer golpe se plantea el porqué de lo ocurrido, e incluso llega a darse a sí mismo una explicación razonable. Y vuelta a empezar. Segundo martillazo… ¿y ahora cuál es el problema? Explicación y vuelta a empezar. Y así sucesivamente hasta que ya empieza a no sacar la cabeza y quedar sumido en una realidad de monotonía o de instrucciones sin sentido aparente (claro que los de arriba tienen más información de por qué se hacen las cosas como se hacen) que constituyen lo que yo llamo la “dirección por bandazos” (ahora todos para allá, ahora todos para el otro lado…). Pero claro, los golpes duelen.
Si llegados a este punto, alguno de los lectores está sonriendo, aunque sea levemente, será que algún golpe se ha llevado. Esto es un problema empresarial grave porque hay que saber encauzar las iniciativas de las personas, sin hacer cosas que a la empresa no le interesen, pero sin frustrar a nadie porque esa fuerza, esa iniciativa y esa capacidad de pensar siempre es necesaria.
En cualquier caso, el tratamiento “teórico” de la motivación desde el punto de vista de la empresa lo dejaremos para otro momento. Hoy me quiero centrar en la actitud del profesional que ha experimentado este “juego de despropósitos”. ¿Debemos caer en el pozo de la mediocridad para no llevarnos más martillazos en el juego? ¿Debemos dejar de tener ideas, iniciativas, para hacer lo normal, “lo que se nos pide” sin aportar nada más? Categóricamente NO. Pero no porque sea malo para la empresa, que lo es, sino porque es malo para el profesional. Porque lo que no se ejercita se atrofia y en este caso estamos hablando de nuestra mente.
Aunque una propuesta no salga adelante por cualquier motivo, (y cuando digo “cualquier” hablo desde una explicación razonada hasta un ridículo, estúpido y tajante NO sin más o una callada por respuesta), el ejercicio de pensarla, estructurarla, darle forma en el papel y llegar a defenderla es tan importante para el profesional, que no podemos permitirnos el lujo de tan siquiera dudar si debemos hacerlo. Hay que seguir porque nuestra “persona” gana cada vez que lo hacemos.
Con un poco de suerte, de estas experiencias aprenderemos a que vaya saliendo poco a poco algún proyecto. Aunque si los golpes son muchos y continuados, quizás no estemos en la empresa correcta, quizás debamos emprender nosotros nuestro camino por otro lado. Y qué difícil es esto en nuestra cultura de estar toda la vida en una empresa aunque vivamos nuestro trabajo de forma triste y el mejor proyecto sea la lotería primitiva compartida con los compañeros del departamento.
Cambiemos el concepto. Hablemos de AUTO-motivación. Hagamos depender nuestro contento o descontento de lo que seamos capaces de hacer, de lo que seamos capaces de progresar nosotros mismos. No dejemos descansar este impulso sólo en el reconocimiento de otros. Porque esos otros podrán ser mejores o peores, pero tarde o temprano irán desapareciendo y apareciendo otros nuevos. Lo que siempre estará con nosotros será nuestra capacidad, nuestro convencimiento y nuestras ganas de hacer los proyectos que creamos oportunos para avanzar.
Si conseguimos la complicidad, ayuda o aprobación de los demás, habremos dado un gran paso, pero si no lo conseguimos, tenemos que seguir en el empeño de hacer grandes cosas. Y la más grande de todas probablemente sea que nuestra mano nunca llegue a manejar un martillo en el juego.
La automotivación es una de las cualidades de los profesionales de la “Nueva Economía” y la ayuda a los demás, la principal cualidad de sus directivos.
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