Vivencias

Complejos de culpa (I) – Productividad obsesiva

Posted on Actualizado enn

Pase que en España no seamos los más productivos del mundo, que desaprovechemos el tiempo un poco y no consigamos hacer en el mismo tiempo todo lo que un alemán, francés o noruego son capaces de hacer. También habrá que ver si por el camino de hacer las cosas, esas que nos han costado a nosotros más tiempo, ellos han disfrutado más o menos que nosotros, porque puede que la productividad sea mayor en sus casos pero la satisfacción menor. Es importante, eso sí, que el resultado final pueda tener la misma calidad en todos los casos.

Siempre que sale una estadística de productividad en Europa, o, en general, en ese grupo de países denominados «del primer mundo», comienza el debate por la posición de España. Una serie de expertos han definido los parámetros, en este caso de la productividad, de forma aséptica y fría y según unas teorías de la producción que no consideran bien los entornos y las formas de ser, y se acaban estableciendo las escalas de quiénes son mejores o peores. Pero según esos criterios sobre los que, muy probablemente, nadie nos ha preguntado.

Y así, siguiendo el error perpetuo de España desde que terminó el siglo de oro y empezó a fraguarse la ideología liberal y progresista, lo que viene de fuera siempre es lo mejor y se convierte en ley, nosotros no somos capaces de hacer nada a derechas y de establecer el más mínimo criterio y, por lo tanto somos una especie de «chuflas» y retrasados ante una Europa que nos escribió la historia. ¡Todos a acomplejarse!… Y hasta hoy y prácticamente en todos los aspectos de la vida: en cada parcela, una mayoría de acomplejados y una pseudo élite de expertos que se sienten por encima del común de los mortales porque defienden criterios que se han establecido en otros sitios «más avanzados», sin la más mínima capacidad de crítica hacia esos criterios que nos tenemos que «tragar» y sin ser capaces, tanto que saben, de proponer nada nuevo.

Photo by Ron Lach on Pexels.com

Pero creo que sería necesario que nos hiciéramos algunas preguntas, porque según su respuesta es posible que cambie mucho la situación:

Ante esta situación de la productividad por ejemplo, ¿aplicamos igual o mejor tecnología? Si la respuesta es que no, tenemos un claro margen de mejora que podremos analizar para igualarnos y probablemente con esas mejoras podremos alcanzar el mismo nivel. Aquí no habría mucha justificación de esos complejos, existe realmente un desfase y simplemente nosotros decidiremos cómo y cuándo hacer esas mejoras.

Si la respuesta es que sí y tenemos a nuestra disposición las mismas herramientas, entonces la cosa será algo más complicada y tendríamos que pasar a una segunda pregunta: ¿Es siempre así o estamos en aquello de generalizar por costumbre? Un vicio muy instaurado en nuestro país, analizamos unos resultados parciales e inmediatamente, si son malos claro, lo extendemos a la generalidad de los casos. Esto nos llevará al resultado de que habrá una gran mayoría trabajando muy bien, pero bajo el estigma de que no lo hace y sólo porque hay algunos que no cumplen esos estándares (que vienen de fuera). Tampoco caben aquí complejos porque en ningún sitio del mundo existirá un nivel de uniformidad total en la actividad económica y siempre «habrá de todo en la viña del Señor».

Pero está también la otra opción, que efectivamente sea siempre así en la mayoría de los casos, y teniendo a nuestra disposición la misma tecnología, los resultados sean peores. Esta situación nos llevaría a la tercera pregunta: ¿Nos importa realmente? Porque ya aquí, estamos entrando en otro tipo de análisis muchísimo más profundos aunque nos parezca todo lo contrario.

En el caso que nos ocupa de la productividad en el trabajo, el desfase podría significar que yo tardo, por ejemplo, tres horas más en hacer la misma tarea, con la misma calidad, que un holandés o un alemán teniendo a mi alcance las mismas herramientas y el mismo conocimiento personal y experiencia que ellos. Si esas tres horas además, las cobro, la empresa o el proyecto incurrirá en unos mayores costes de personal (suponiendo el mismo salario, que sabemos que en muchos casos no es así). Por lo tanto, o el margen será menor o, para tener el mismo que mis dos competidores, tendría que subir el precio del producto o servicio que he llevado a cabo. En ambas circunstancias mi negocio pierde, en teoría.

Y aunque haciendo las cuentas esto sería un hecho constatable, también he dicho «en teoría». Hagamos un supuesto: he tardado tres horas más porque he atendido, cuando no estaba previsto, a dos compañeros de trabajo que me pidieron opinión o ayuda para sus distintas actividades en lugar de ser un «estreñido» que les cortó en seco y les dijo que me pidieran cita por correo electrónico. Como consecuencia de esa ayuda, uno de ellos ha logrado una solución para la suya y el otro ha aprendido algo que incorporará de forma continuada como mejora a sus actividades diarias. La vida es compleja, como dije en otro artículo, así que, ¿qué balance podríamos hacer ahora? Mi actividad ha resultado algo más «cara» sí, pero posiblemente las mejoras de los otros dos compañeros han generado una notable mejora de la productividad de ellos y, por lo tanto, una mejora de la productividad «general» de la empresa desde ese preciso momento. ¿Con qué nos quedamos? Probablemente ya no sea tan crítica mi peor productividad, aunque también dichas aportaciones se las podría haber hecho en otro momento planificado más adelante y lo tendríamos todo… ¡o no!

Photo by Liza Summer on Pexels.co

Imaginemos que esas horas de más NO LAS COBRO. ¿Por qué puede ocurrir esto? Porque la empresa (que en muchos casos puedo ser yo mismo) no me las va a pagar aunque realmente hicieran falta para el proyecto; mal vamos, pero este es un tema muy distinto, porque si hacían falta, algo cambia en las condiciones con respecto al holandés y al alemán, pero en cualquier caso el coste de la actividad debería ser superior y estaríamos falseando los resultados… y esto da, no sólo para un artículo, sino hasta para un libro entero, y le dedicaremos tiempo al tema de los costes.

Pero, por ahora, vamos a las otras opciones: me han interrumpido esos compañeros y les he atendido con el resultado que he dicho antes y YO he decidido trabajarlas para terminar mi proyecto. O simplemente YO he decidido tomármelo con más calma en mi trabajo y de forma consciente he tardado más para hacerlo de una forma más tranquila, segura, e incluso disfrutándolo más. Con la primera opción (que es la que haría cualquier autónomo o pyme), la empresa no sólo no ha incrementado el coste sino que ha tenido una mejora; con la segunda opción (que es la que «debería» hacer el autónomo alguna que otra vez) no ha tenido incremento de coste y la persona ha seguido una decisión propia que entendemos que es satisfactoria para su bienestar personal.

En estos casos estoy sacrificando tres horas de mi vida personal para dedicarlas al trabajo sin tener ninguna compensación «económica», pero quizás de otro tipo sí (satisfacción por la ayuda prestada, satisfacción por disfrute de mi trabajo… y así podríamos seguir con este tipo de justificaciones por el que una buena parte de la población nos diría que somos tontos, que no debemos hacerlo, que deberíamos reclamar más salario, negarnos en redondo, acudir a la justicia o incluso a los sindicatos para que empiecen a envenenarlo todo, aunque eso era antes, ya ni eso…).

Es posible que nuestra forma de trabajo sea distinta a la del holandés o a la del alemán, pero el punto crítico es, según yo creo, ese «YO he decidido» que he usado antes y que constituye una libre y consciente elección de mi situación en el trabajo y que nadie puede ni debe criticar, porque hay fundamentos que no podemos imaginar detrás de cada comportamiento humano. Si nos fijamos, salvo en el último caso en el que decido trabajar de forma más relajada, en los demás en que atiendo a mis compañeros, cobrando las horas o sin cobrar, en realidad el problema es de una simple imputación contable, porque esas tres horas (y su correspondiente coste), nunca deberían haberse imputado al proyecto en cuestión, por lo que mi productividad habría sido la misma que la de los del norte, y si he cumplido al final los plazos, que es donde deberíamos tener mucho cuidado, incluso superior por las aportaciones realizadas a las demás actividades.

Si nos encontramos en estas situaciones, cualquiera de ellas, que son además la mayoría, COMPLEJOS NINGUNO, sólo mirada al frente y defensa de nuestra forma de trabajo, esa que nos hace más afables y que vivamos mejor si no fuera por el permanente complejo de culpa que tenemos en este tema concreto de la productividad.

Pero mucho cuidado: si no rindes lo suficiente, tardas más siempre, no aportas mucho al resto e incluso no cumples plazos… si siempre hay una excusa para lo que no se hace y una queja del poco tiempo que se tiene y lo complicado que resulta todo, probablemente debas plantearte que eres un flojo o un inútil o incluso las dos cosas juntas y que tu sitio no está ahí, en esa empresa y probablemente en ninguna otra, y si no cambias de actitud, deberías acabar en un sitio que yo personalmente no acabo de concretar o, como mínimo, en una cola de las tantas que hay para ayudas sin contraprestación alguna, quitándosela también a alguien que realmente la necesite, que hasta para eso se puede ser inútil en grado máximo.

Photo by Liza Summer on Pexels.com

¿Por qué? – Reflexiones sobre complejidad

Posted on Actualizado enn

Esta es una pregunta tremenda. Yo diría que es «la pregunta» por excelencia. Fijaros que es la más repetida por los niños cuando aprenden a hablar y no saben todavía cómo funciona esto de la vida, y puede llegar a tal punto que a algunos progenitores les entre un deseo desenfrenado de tirarse por la ventana… o de tirar al niño. Porque esta pregunta exige una respuesta razonada, o al menos razonable, o una aceptación un poco amarga de desconocimiento o de no tener muchas ganas de líos. Tanto si se responde como si no, siempre hay consecuencias, deseadas o no.

Photo by Leeloo Thefirst on Pexels.com

Admitamos que algunas veces las preguntas son inoportunas y evitables, y me refiero ya no a las de los niños (que serán inevitables), sino a las de los mayores con uso de razón. También tendremos que admitir que las respuestas en la mayoría de los casos no serán fáciles, bien porque la situación sea comprometida, bien porque, aunque no lo sea para el interrogado, la respuesta en sí sea difícil.

Y esto hace que nos planteemos el problema de «la complejidad», que tan bien ha tratado el filósofo francés Edgar Morin, a través de la «dialógica», el enfrentamiento necesario de contrarios.

«Legítimamente le pedimos al pensamiento que disipe las brumas y las oscuridades, que ponga orden y claridad en lo real, que revele las leyes que lo gobiernan. El término complejidad no puede más que expresar nuestra turbación, nuestra confusión, nuestra incapacidad para definir de manera simple, para nombrar de manera clara, para poner orden en nuestras ideas.»

Edgar Morin – Prólogo de «Introducción al pensamiento complejo»

Son múltiples los ejemplos muy contradictorios que nos encontramos de esta dialógica en nuestro desarrollo social y económico. Por ejemplo, la libertad se obtiene coartándola, es necesaria la ley (coerción) para garantizar las libertades individuales. Y para tener seguridad es necesaria la amenaza (policía). Para obtener bienestar físico es necesaria la disciplina y el sacrificio. Hasta la cosa más simple que nos podamos imaginar funciona, y progresa, con este enfrentamiento de contrarios.

Como Morin nos dice en el libro citado, la ciencia progresa porque es capaz de simplificar (consenso) y poner en duda de forma sistemática (conflicto). Progresa en definitiva porque es compleja. La evolución de la ciencia se logra a través de la puesta en duda de conceptos que en un principio quedaban fuera de su campo de actuación. Fundamentalmente se pusieron en duda los dogmas religiosos que imperaban en cada época para llegar a deducciones y demostraciones de las leyes que operaban en la naturaleza. Sin embargo, una vez superados todos estos dogmas y de dejar la religión en otro nivel de nuestra existencia, los nuevos dogmas sobre los que dudar serán los propios principios de la ciencia que se convierte en la nueva religión a superar. Y a medida que buscamos esos «ladrillos» de la creación, todo se va, a su vez, volviendo más y más complejo hasta tener que hacer los «nuevos actos de fe» sobre lo que nos dicen los científicos, porque entender lo que se dice entender, está al alcance de muy pocos, convertidos en los sumos sacerdotes de las nuevas creencias que durarán más o menos tiempo hasta que sean sustituidas por una nueva investigación aún más compleja.

Por lo tanto, cuando hacemos la consabida pregunta del título, por muy sencilla que veamos una situación, nunca llegaremos a saber de verdad en qué berengenal nos estaremos metiendo y cuál va a ser el resultado de nuestra investigación. Porque ante la situación que nos pueda parecer más sencilla se pueden esconder motivaciones muy profundas, muy complejas y, sobre todo, muy interconectadas.

Photo by Nathan Cowley on Pexels.com

Y voy a tocar de nuevo el tema de nuestras rutinas y su análisis de las que ya hablé en otras ocasiones y también en el artículo anterior dedicado al uso de la «ley del mínimo esfuerzo». Siguiendo el razonamiento que expongo en este artículo, la mayoría de nuestras rutinas conscientes se establecen en función de esta ley vital y pueden permanecer en el tiempo de forma indefinida si no nos las replanteamos nunca y nos sentimos cómodos con ellas. Aparecerán como el resultado de un análisis de todas nuestras circunstancias en un momento dado y se establecerán como una solución óptima para nosotros, como aquello que de una u otra forma «nos facilita y resuelve la vida». Pero es posible, casi seguro, que las circunstancias cambiarán. ¿Cambiaremos también nuestras rutinas? En estas situaciones puede ser necesario que aparezca la consabida pregunta: ¿Por qué?, ¿Por qué sigo haciendo esto o aquello? ¿Tiene sentido en mis circunstancias actuales?

Y nos podemos encontrar con distintos niveles de dificultad a la hora de respondernos. Dependerá de la trascendencia del hecho y de la profundidad con que hayamos admitido la rutina: no será lo mismo decidir a qué hora me levanto por la mañana que cambiar mi residencia; y habrá también una diferencia importante entre el «tener que» y el «querer». Por ejemplo, en cuanto a la hora de levantarme, si ya no tengo que ir a trabajar porque he cambiado al turno de tarde o me he jubilado, ¿tengo que seguir levantándome a las seis de la mañana?; es evidente que no, porque no tendré que estar ya en el trabajo a las ocho pero, ¿quiero seguir haciéndolo?; puede que sí, aunque a muchos les pueda parecer una idiotez; ¿qué sentido tiene que lo sigamos haciendo?

Pues puede que algunas rutinas que nos imponemos por obligación, como la de ir a trabajar, deriven en otro tipo de circunstancias personales que sean reconfortantes para la persona; quizás nos guste el frescor de la mañana (o directamente el frío en el invierno), que nos guste conducir, que ese primer café con tiempo no tenga precio, que se le añada un poco de lectura cuando las revoluciones del día aún no son muchas, ni las nuestras ni las de nadie…, que todas estas cosas juntas te hagan afrontar el día con más ganas, etc. De esta forma, la obligación de ir a trabajar ha generado una serie de elementos de los que no tenemos por qué prescindir. Sin embargo, a cualquiera que lo vea desde fuera, estos elementos por separado les parecerán una idiotez que no justifica el que nos sigamos levantando tan temprano, pero el conjunto puede que para nosotros sea importante.

Fijaros que todo esto que he comentado en el párrafo anterior puede llegar a justificar que una persona se siga levantando temprano independientemente de que desaparezca la causa que en principio lo generó. Y no estamos hablando en este caso de algo «vital», de una de esas cuestiones de peso en nuestra existencia. Sin embargo, ya para este hecho existen múltiples razones de fondo que alguien de fuera no se podrá explicar. Imaginemos qué profundas cuestiones aparecerán cuando el «¿por qué?» lo dirijamos hacia una de esas cuestiones vitales. Es posible que haya algunas razones a las que nunca seamos capaces de llegar, a veces ni nosotros mismos. Por eso, en multitud de circunstancias no queremos hacernos determinadas preguntas, y es cierto que, a veces, es mejor no hacerlas.

La vida es una feria

Posted on Actualizado enn

Un buen amigo y lector, me propuso en la comida del grupo CEN de Networking del martes de feria un reto que acepté: que mi próximo artículo a comentar en el grupo tratase precisamente de eso, de la feria. Como de lo que yo hablo normalmente es de una mezcla de Economía con Filosofía, el tema quizás pueda parecer muy alejado o, por lo menos, extraño. Y aquí estoy, navegando un poco por mi mente para enlazar conceptos… lo mismo sale algo con sentido.

Refiriéndonos a la feria, podemos decirle a alguien que no la conozca: «Te voy a llevar a un sitio en el que te lo vas a pasar de escándalo y no te vas a querer ir…». Es posible que nos diga: «Dime algo sobre cómo es ese sitio.», y aquí nos pueden surgir ya algunos problemas de definición. Porque es un sitio con un inmenso y constante «polverío», con gente por todas partes y en todas las condiciones posibles en las que puede estar un ser humano entre la sobriedad y el coma, donde se come a precio de restaurante pero con una calidad… bueno… ahí lo dejamos. Aunque cada vez es costumbre menos arraigada, ya que muchas cosas bonitas se van perdiendo, hay que ir un poco «arreglao» porque si van así las mujeres y se esfuerzan, no vas a ir tú en vaqueros y camiseta al lado, qué falta de consideración; pero hace calor, mucho calor, lo que significa que nada más entrar vas a estar sudando como un pollo y la cosa no va a parar hasta las nueve de la noche por lo menos… qué situación más agradable… Además hay caballos, muchos caballos, que se van a ver muy de cerca. En mi caso este año he visto un enganche tan de cerca que me hice amigo del caballo de mano del tronco delantero para toda la vida… cosas que pasan.

Llegados a este punto, nuestro interlocutor debería estar buscando una excusa para no aparecer por ese sitio infernal que le estamos describiendo. Incluso nosotros mismos es posible que a veces hayamos buscado alguna que la mayoría de las ocasiones no ha servido para nada porque volvemos a caer en el infierno ese tan bueno que es la feria.

Pero si nos fijamos, la feria es muy parecida a la vida misma. Se desarrolla en un sitio y en ese sitio tenemos nuestras zonas favoritas en las que nos encontramos mejor y otras por las que no queremos ni asomarnos. Y hay otros sitios parecidos a los que se puede ir, porque la nuestra no es la única fiesta de este tipo que existe. A pesar de tanta gente, hay momentos en los que nos podemos sentir solos. Pero existen todas las posibilidades para relacionarnos con conocidos… y con desconocidos también. Podemos llevar una buena feria o excedernos y perder los papeles en algún momento, hay tiempo para todo, y tenemos que hacer un esfuerzo para estar allí y desenvolvernos mas o menos bien. En muchas ocasiones se nos viene a la cabeza la pregunta de ¿qué hago yo aquí?, luego casi agradecemos que termine, pero, en el fondo, nos fastidia que se acabe, en este caso, no tanto como la vida, porque sabemos que el año que viene, con permiso de la ciencia y sus virus, habrá otra.

La feria es una escuela para la toma de decisiones, aunque no nos demos cuenta. Hay que saber llegar, y también saber retirarse. Podemos planificar cómo queremos llevar el día pero…ya sabemos lo que pasa… desde el inicio las buenas intenciones van a ser sistemáticamente torpedeadas a mala idea por el entorno que nos desviará sin cesar de lo que teníamos pensado. También esto nos suena bastante. Tendremos que saber navegar, dejarnos llevar, reconducir, liderar y, si es necesario, romper una situación en el momento adecuado. En definitiva, entre la llegada y la salida, tendremos que «saber estar», que es muy importante en la vida.

Hay que medir las conversaciones, en contenido y en longitud porque no acertar en esto puede ser una importante fuente de conflictos. En la feria todo es comunicación, y, como se suelen tomar más inhibidores de la conducta de lo que sería recomendable por los médicos, se convierte, ese todo, en hipercomunicación, de la que ya hemos hablado también en algún artículo. La feria siempre fue una enorme, aunque localizada, red social. Hoy es una hiper-red social, ya no está localizada, porque aunque se pretende que «lo que pase en Las Vegas se quede en Las Vegas» todo estará quedando grabado voluntaria o involuntariamente por alguna de las doscientas personas que siempre tendrás a tu alrededor y, además, convenientemente publicado para ser, claro, malinterpretado de alguna de las mil formas que hay de hacerlo.

No nos olvidemos de los recursos económicos: estamos ante un pequeño gran mercado. ¿Cuánto se mueve en esa semana? Es un importante desahogo para muchas familias, un gran negocio para otros y un mundo de excesos para todos. Hay que saber administrarse para cubrir la demanda que nos llegará por oleadas, calcular bien el servicio para que la atención sea correcta y seamos capaces de atender bien a los clientes, procurar unas condiciones aceptables en medio de «la polvareda», en definitiva, hay que saber hacer un ajuste «acertado» (no perfecto) de todos los recursos. Y si somos consumidores, también la administración es necesaria, porque estaremos en un entorno que no sólo facilita sino que estimula el consumo por todos los lados y que nos arrastra a usar la cartera más de la cuenta, no siendo extraño que más de uno, o una, acabe con un clavel con el que no llegó o paseando un inmenso peluche con el que no sabrá qué hacer.

Pero aunque parezca que todos son riesgos en los que hay que aprender a navegar, también hay otro aspecto a tener en cuenta: el enorme espíritu de positividad que te sobreviene en cuanto pones el pie dentro. Disfrutarás del «rato de vida» que vas a pasar, quizás nos arriesguemos más de la cuenta porque el ambiente nos hacer sentirnos más seguros, al fin y al cabo, todo nos parecerá que tiene solución y, si no la tiene, pues «estaría de Dios», y, sobre todo, entrará mucho aire fresco en la vida a pesar del calor insoportable. También esto tenemos que tenerlo en cuenta en nuestra vida de empresa. No soy partidario del aburrimiento del centro y norte de la Europa calvinista en la vida de la empresa, mucho más de la alegría mediterránea con un buen hacer y un bien vivir que siempre hemos sabido exprimir: Grecia, Italia, España, imperios duros pero de mezcla, colaboración y disfrute, ante imperios del pie en el cuello, explotación y exterminio. Norte o sur, frio o calor, clasismo o feria. Pues, qué queréis que os diga… feria, siempre feria; vida, siempre vida.

Inteligencia

Posted on

Allá por el año 1989 un Jefe de Préstamos discutía con un compañero de Organización que se sentaba en la mesa que estaba junto a la mía y le decía: «Hay que aplicar la inteligencia artificial» para dar los préstamos. Lo dijo varias veces a lo largo de la conversación como si fuera un entendido en la materia, que no estaba aún ni en los comienzos, mientras mi compañero, que era una verdadera personalidad en todo lo que fueran avances tecnológicos, aguantaba el chaparrón estoicamente.

Cuando se fue esta voluntariosa persona, mi compañero se volvió hacia mi, que era todavía novato en el departamento, y ante la mirada que le dirigí me dijo: «Inteligencia artificial, si… si… donde falte la natural». Y esa frase todavía resuena en mi cabeza y aún más hoy en día cuando al pronunciar la palabra «inteligencia» inmediatamente pensamos en la palabra «artificial» para complementarla como lo más natural del mundo.

No mucho tiempo después se implantó el primer Credit Scoring, muy básico pero ya efectivo, y hoy en día la mayoría de los créditos los da el ordenador de la entidad financiera con toda la normalidad del mundo. Ni mi compañero Pepe ni yo éramos, ni lo somos ahora, sospechosos de ir en contra de la tecnología, sobre todo después de haber dedicado más de treinta años a diseñar y mejorar procesos de trabajo e implantar aplicaciones que los facilitaban. Pero el matiz, muy importante, es que nunca hemos implantado tecnología «porque sí». Siempre había una causa final para su implantación que tenía que ver con la mejora de los procesos para clientes y empleados, mejora de la productividad de la empresa, facilidad en la ejecución de las operaciones, ahorros importantes de costes y medios materiales, etc, etc. NUNCA la tecnología era el fin, y creo sinceramente que esto siempre debe ser el núcleo, la clave de la cuestión.

Si nos fijamos en la telefonía, podemos ver el avance vertiginoso que ha tenido en los últimos años y que no tiene visos de parar en el futuro próximo. Todo tipo de dispositivos con los mayores avances, cámaras con una calidad que, salvo en el caso de los profesionales, han eliminado a las reflex digitales que tan buenas fotos hacían, sonido que ha hecho plantearse a marcas de amplificadores como Marshall la producción de auriculares para los móviles, conectividad casi total a tiempo real con todo el mundo, miles de aplicaciones que hacen de todo… Pero ¿nos hemos parado a pensar QUÉ ES LO QUE COMUNICAMOS? Porque esto creo que es lo realmente importante y cada vez tiene menos importancia en el panorama general.

Photo by Andrea Piacquadio on Pexels.com

Y puede ser aún peor, porque cuando se trata de texto veremos miles de comunicaciones con una ortografía penosa disimulada por la existencia de un cuasi idioma virtual que utiliza muchas veces la «k» y los «emoji» y que empezó así para «economizar recursos» en la época en que se pagaba por caracteres en los mensajes, pero que, hoy en día con la barra libre de la comunicación, sólo sirve para ocultar o al menos disimular el embrutecimiento manifiesto de la persona que escribe. Pero cuando se trata de imágenes, no solo se trata de una comunicación deficiente, aquí si que sale a relucir la pericia del comunicador para FALSEAR los contenidos. Hay tantas posibilidades para retocar imágenes que directamente no nos podemos creer nada. No vendría mal que esa pericia que usan algunas personas para retocar imágenes la utilizaran para aprender un poco mejor el idioma y mejorar ortografía y gramática, de forma que no hablaran «…en plan…» como si no hubieran asistido en su vida al colegio.

Claro que tampoco el texto puro y duro queda hoy al margen de la falsedad. La maravillosa inteligencia artificial es capaz de obtener un buen mensaje publicitario introduciendo unos parámetros en una aplicación como si hablásemos en «indio». El incipiente y preocupante ChatGPT ya ha sido capaz de aprobar exámenes de una ingeniería, ya hace programación de ordenador sin problemas y yo mismo he hablado con un teleoperador robot, de los que llaman a las tres y media de la tarde, sin saber que era una máquina hasta la cuarta frase justo antes de cabrearme mucho y colgarle.

En un artículo anterior que titulé «Hipercomunicación» ya mencioné el concepto de «delegación del pensamiento» y creo que es necesario que lo vuelva a referenciar, porque este futuro tecnológico es el que tenemos, no vamos a dar marcha atrás aunque lo pudiéramos creer conveniente ante el cariz que toman las cosas, y vamos a acabar delegando nuestra propia vida. No será necesario ya que sepa escribir, y lo digo en general, no ya sólo que no haya faltas de ortografía y que haya una mínima conexión entre lo que esté diciendo. Ni hablamos ya de que el texto sea fluido y elegante, que parece que ya no se lleva. Cualquier «bodoque» que sea capaz de hacer una petición a la inteligencia artificial aunque sea con mala ortografía (que ya el corrector saldrá en su ayuda) podrá tener un texto que en la vida hubiera imaginado que saliera de su pluma… como así habrá sido.

Transhumanismo y Posthumanismo

La inteligencia y su aplicación ha distinguido al ser humano del resto de la creación. Capacidad de entender o comprender, de adquirir conocimientos y resolver problemas, de desarrollar habilidades y destrezas y de aprovechar la experiencia. Esta es la inteligencia natural que ha hecho que nos desarrollemos como especie por encima de las demás y que ¿dominemos? el mundo. Esta inteligencia natural ha hecho nuestras vidas más cómodas aunque no en todas partes del planeta. Pero, como «de todo hay en la viña del señor», algunos han utilizado esta inteligencia natural para llegar a crear su propia suplantación.

Ordenadores cada vez más pequeños pero con más capacidad tienen un «mundo» de información que procesar y relacionar a unos niveles que el ser humano no podrá jamas por lo que, en ese aspecto de acumulación de conocimientos, nos podemos dar por superados. Los problemas pueden empezar cuando el ordenador ya empieza a aprender por sí mismo de la información que va recibiendo de la interacción con los propios humanos. Podrán crear nexos de unión de esas respuestas extrañas que somos capaces de dar con las situaciones en las que lo hacemos lo que nos llevará a la «percepción» de que ese robot de alguna manera razona. Visto el nivel de razonamiento actual de mucha gente de todas las edades y por distintas razones, tampoco vamos a tener que exigirle mucho al robot para considerarlo inteligente, por lo que tendremos que preguntarnos en algún día no muy lejano si esta inteligencia realmente nos distingue.

Yo creo que el nivel de desarrollo de la robótica y la inteligencia artificial llegará a detectar, distinguir, manejar y expresar sentimientos y, de la misma forma que muchas personas fingen, los robots serán capaces de hacerlo. ¿Esto es bueno, lo podemos considerar progreso, es ético que me engañe una máquina? No, no y no son las respuestas, pero tampoco importa mucho porque estoy seguro de que se va a hacer sin el más mínimo remordimiento visto el nivel (el poco nivel) ético de la ciencia y la tecnología actuales.

En este punto nos quedamos sin referencia para establecer lo que es humano, porque la inteligencia ya no nos sirve, ni siquiera la emocional. Para diferenciarnos y definir nuestra existencia, nuestro ser, sólo nos queda aquello que la máquina por su propia esencia se negará a admitir: el error; la inesperada, ilógica y delirante ristra de equivocaciones en cadena que somos capaces de cometer. Se podrá enseñar a la máquina a cometer errores intencionados como parte de su «nueva lógica» pero eso nunca creo que pueda hacerlo tan bien como nosotros, en el momento más inesperado, en contra de cualquier predicción, con una ausencia de sentido total y con una falta de empatía que ni la misma máquina sería capaz de tener en la frialdad de sus circuitos.

La corriente transhumanista postula que todos estos avances pueden y deben ser utilizados para suplantar aquellas capacidades perdidas por los humanos, de forma que puedan acceder a una mejor vida. De esta forma, si perdemos un brazo o una pierna, habrá una prótesis que la sustituirá y podremos seguir una vida normal. La curación de muchas heridas internas se podrá hacer inyectando «algo» que irá directamente al sitio y hará la correspondiente reparación sin necesidad de las actuales operaciones. Será posible replicar un riñón y no serán necesarios los transplantes, etc…

Parece todo magnífico hasta aquí y esta evolución que nos permita no perder capacidades y poder continuar con una vida digna es muy plausible. Pero, si necesito aprender un idioma, quizás con un implante tenga el problema resuelto. Si mi capacidad espacial está limitada, otro implante que estimule alguna zona concreta de mi cerebro y resuelto. Y así todo lo que podamos imaginar. Empezamos aquí a tener dilemas que nos hacen pensar un poco el sentido de todo este nuevo mundo de posibilidades que se abre ante nosotros. Y, si nos detenemos un poco, veremos que no es muy distinto de lo que ha venido pasando con la cirugía estética en los últimos años; después de un accidente o de una enfermedad como el cáncer, una reconstrucción estética puede ser una bendición que haga recuperar a la persona su autoestima. El problema se da cuando llegamos a gente que, por gusto, tiene en el cuerpo ya más silicona que músculo, quitando de unos sitios, poniendo en otros, comprometiendo a veces su propia salud, para llegar a lo que nunca se llegará por ese camino, que es sentirse bien.

Estos trabajos, además, se pueden «vender» como «democratizadores» porque cualquiera puede llegar a adquirir la capacidad que le haga falta, eliminando así la penosa discriminación que hace la malvada naturaleza, sí, esa que tanto queremos preservar. Pero, ¿realmente «cualquiera» podrá llegar a adquirir estas capacidades? Pues no, no será tan democrático e igualitario el proceso. Harán falta unos desembolsos tales que, al final, sólo los ricos podrán acceder al mercado de los implantes. O quizás las empresas contraten al «bodoque» al que aludí anteriormente a bajo precio y con dos o tres implantes le faciliten todas las capacidades que le hacen falta, sin formación, ni experiencia, ni asimilación cultural en la empresa y en dos patadas ya estará trabajando a buen nivel.

Como todo esto será caro, a lo mejor se puede alquilar y entonces los implantes serán temporales. Me alquilo un implante de árabe para irme de vacaciones a Egipto dos semanas, que podría ir, qué maravilla, dentro del paquete turístico. Claro que también puedo alquilar uno de matemáticas para el día del examen y problema resuelto. Pero como esto incluso a los más progresistas les parecerá un camión de cara dura, seguramente optarán por eliminar ya definitivamente los exámenes y así no damos lugar a problemas.

Y estas, que tanta polémica crearán porque sólo estarán al alcance de los ricos, son las aplicaciones «buenas» de la nueva tecnología, porque ¿estaremos de acuerdo en que nadie la va a utilizar para hacer algo malo, claro? Los que no se estén partiendo en dos a carcajadas será porque no han leído bien la pregunta. SI, se le van a dar malos usos, no cabe la menor duda. Podremos tener un ejército de Robocops o de Terminators aplastando en Ucrania, por ejemplo, a cualquier humano que se ponga por delante y luchando por las más altas… ¿qué… si serán robots fabricados para matar por aquél que los haya programado? Dada la evolución de la tecnología, con la disminución del tamaño y el aumento de la potencia, imaginemos también una nube de insectos, como las plagas, bíblicas o no bíblicas, de langosta que arrasen campos y bosques o que directamente exploten al contacto. Es muy pesimista la visión, si, pero, dados los niveles más que escasos de ética de los científicos actuales o de infantilismo si creen que sus inventos sólo se utilizarán para hacer el bien, ¿alguien tiene dudas de que esto no se vaya a realizar, si es que no está ya preparado?

La guinda del pastel será la visión Posthumanista, con la creencia de que se evolucionará de forma que, esos cerebros humanos que pueden llegar a manejar miembros conectados al cuerpo o usar chips que aumenten sus capacidades, podrán viajar en el sentido contrario; en lugar de conectar un brazo nuevo al cuerpo que maneja el cerebro, se trataría de llevar el cerebro al Robocop y darle al final la razón a Walt Disney que, según dice la leyenda, anda por ahí congelado esperando la oportunidad.

Y no quedaría ahí la cosa, porque ese cerebro tiene un fallo: que sería humano y, por lo tanto, degradable. Además le podría quedar algo de «humanidad», que ya sabemos que para Robocop sería un problema que no sabría resolver. Mejor dar el último paso y «sintetizar un cerebro», quizás en una impresora 3D muy avanzada con lo que eliminaríamos estos dos problemas de un plumazo. Y ya, con una buena ficha de mantenimiento para los cambios de aceite y demás menudencias, tendríamos al Robocop eternamente, todo entero artificial pero con capacidades humanas de aprendizaje y razonamiento lógico llevadas al infinito y ni un sólo sentimiento ridículo que entorpezca su trabajo, SEA CUAL SEA, desde cuidar a un bebé (si es que nos queda alguno), llevar la contabilidad o matar a todos los que midan más de un metro noventa y tengan ojos azules. Y mientras tanto el ser humano cada vez más tonto, extinguiéndose y además con merecimientos.

Cultura objetiva y cultura subjetiva

Quedan ya lejos los momentos en los que el ritmo de la innovación era asumible por las personas que formaban parte de una comunidad. Tiempos en los que podíamos «hacer nuestros» esos avances, incorporarlos en mayor o menor medida a nuestra vida. Ahora, sencillamente, es inabarcable con lo que damos esta batalla por perdida; sabemos a ciencia cierta, y nunca mejor dicho, que se avanza tanto en todos los aspectos de la vida, que nos hemos quedado atrás y cada minuto que pasa más atrás; y que seremos afortunados si somos capaces de ponernos un poco al día, no más, en aquellos aspectos que vayamos necesitando para seguir adelante.

Es así, es un hecho, la cultura objetiva, ese conjunto de objetos y saberes de nuestra comunidad, que cada vez es más grande gracias a la globalización, nos resulta inabarcable y sólo podemos utilizar de ella un pequeño conjunto que serán los que llevemos a nuestro día a día y que constituirán nuestra cultura subjetiva. En esta vorágine, es normal que algunas veces nos aferremos a algunas de nuestras tradiciones, porque sólo de esta forma llegaremos a tener un poco de confort y tranquilidad. Si la persona tiene que estar soportando continuamente cambios en todos los aspectos de su vida, la sensación de inseguridad y desarraigo crecerá continuamente para provocarnos, en el mejor de los casos, desasosiego y desde ahí, pueden intervenir muchas pastillas y psicólogos.

¿Por qué algunos clientes tienen ese rechazo tan frontal a la tecnología? Porque les sobrepasa, porque no quieren que esto forme parte de su día a día aunque tengan capacidades para asumirlo. Por lo tanto, uno de los temas fundamentales, que desde nuestras empresas tendremos que asumir, será el hacer que los nuevos productos y servicios que ofertamos formen parte de la cultura subjetiva del cliente, que adquieran conciencia de que son parte también de «su mundo actual» y que son una herramienta poderosa que les servirá para vivir mejor, bien sea su vida profesional o la personal.

No se tratará de convencer simplemente, sino de que los clientes se convenzan (que no es lo mismo) de la bondad de lo que les ofrecemos, es decir, de que lo pueden hacer formar parte de «su vida», de su cultura propia. Es un trabajo previo e importante porque si sólo les convencemos, a la primera de cambio renunciarán, mientras que si son capaces de incorporar lo que le ofrecemos a sus propias rutinas, tendremos una venta permanente y, probablemente, nosotros también pasaremos a formar parte de esa «su vida» que he dicho antes, lo que resulta incluso más importante que la propia venta del momento.

Pero, cuidado, tenemos un reto ético también nosotros: que nuestros productos y servicios sean verdaderamente útiles y aporten valor, que no sean creaciones para seguir la espiral de la venta sin sentido. Nadie nos dijo que las cosas fueran fáciles, pero algunas veces las soluciones hay que buscarlas en un ámbito mucho más extenso y también inesperado. Muchas de las soluciones de la Economía están en realidad en la Filosofía.

Siempre nos quedará la equivocación…

No tengo ninguna duda de que la Ciencia seguirá avanzando y que nos hará la vida mejor, sobre todo en los aspectos innumerables de la Medicina, facilitando operaciones, sintetizando órganos, mejorando la movilidad, etc. No me gustan los demás aspectos de los que he hablado y que, lamentablemente, existirán también. Sólo tendremos que ver cuál de estas dos tendencias queda por encima, si podremos tener una vida más o menos digna o si directamente se anulan o si el reparto entre la población no es todo lo equitativo que desearíamos.

Pero tampoco tengo ninguna duda, y, además, de esto estoy mucho más convencido, de que nos seguiremos equivocando, para desconcierto de nuestros nuevos amigos los robots. Y que para arreglar las meteduras de pata, no tendremos más remedio que utilizar nuestras emociones. Que seguiremos teniendo miedo a muchas cosas injustificadas y que provocaremos ternura ante algunos comportamientos por muchos años que tengamos. Por ahora todo esto que nos hizo diferentes al resto de la creación, lo seguimos teniendo y marca la diferencia, para bien y para mal.

Y si algún día te pones a hablar con un robot, por favor, piensa lo que estás haciendo no vaya a ser que te acostumbres. Aunque llegará un momento que el robot nos sacará de quicio con su lógica aplastante y lo podremos tirar por la ventana. ¿Nos detendrá la Policía? ¿Nos acusarán de asesinato? ¿Tendremos cargo de conciencia? No hay más preguntas… por ahora, porque de este tema quedará todavía mucha tinta que derramar.

Vivimos de percepciones

Posted on Actualizado enn

Una buena amiga, a propósito de todas estas reflexiones que estoy haciendo en el blog, me envió hace unos días una cita de Saramago que había leído:

«El mundo se está convirtiendo en una caverna igual a la de Platón: todos mirando imágenes y creyendo que son la realidad.»

José Saramago

Y lo que yo me planteo es si alguna vez ha dejado de ser así. Después de darle muchas vueltas, creo que nada ha cambiado desde que Platón formuló esta teoría, y creo que hay un mundo distinto por cada persona que exista sobre la faz de la tierra. Y la evolución de las civilizaciones lo confirma. Hay mundos sencillos, muy básicos, en los que la gente ve la vida pasar sin muchas más preocupaciones en su cabeza pero muchos males en el cuerpo. Los hay, algo más complicados, con muchos más avances en la tecnología donde la vida ya no pasa tan plácidamente. Y también existen mundos tormentosos en los que resulta muy complicado vivir aunque tengamos todas las comodidades.

Es curioso, pero parece que según avanza la tecnología en esos mundos para curar los males del cuerpo y hacer más llevadera la vida, más problemas aparecen en la mente para compensar ese desarrollo y que siempre tengamos algo de qué preocuparnos.

La Filosofía nos regala el concepto del «Saber» para salir del mundo de sombras y que seamos capaces de ver la realidad del mundo, una realidad incontestable que sería común a cualquiera que llegara a su contemplación, algo que nos parecería imposible en los tiempos que corren, y la Religión nos regala el concepto de «Dios» para que, en su contemplación directa, podamos llegar también a eludir esas sombras. Tanto para la Filosofía como para la Religión, y en algunos casos resulta muy difícil trazar una línea entre las dos, cobra una importancia fundamental el camino hacia su meta final (el saber o el mismo Dios, sea el que sea), porque ese camino es nuestro presente y es éste el que estamos «condenados a vivir», bendita condena.

En cursos que he impartido he comentado la carga emocional que tienen nuestras decisiones a la hora de comprar y, por lo tanto, la importancia que tiene que las consideremos a la hora de vender un producto o servicio, sabiendo que en muchos casos a estas cosas no se les puede aplicar mucha lógica. ¿No estaremos hablando de entrar un momento en el mundo del otro para ver si le cuadra lo que le queremos vender?

También se habla desde hace tiempo ya de la «empatía», ponernos en el lugar del otro para entender sus comportamientos y sentimientos. Más de lo mismo, ¿no estamos de nuevo intentando entrar en el mundo del otro para ver si somos capaces de entender algo de lo que pasa por su cabeza?

El problema es que para hacer todo esto tenemos que salir un momento de «nuestro propio mundo», porque no podremos saber qué sensación tiene un pez si no nos metemos en el agua. Y aunque este ejemplo puede ser extremo porque el pez puede respirar en el agua y yo no, los mundos de algunas personas pueden ser igual de incompatibles, lo que va a requerir un esfuerzo tremendo para poder llegar a entender qué pasa por sus cabezas.

Photo by cottonbro studio on Pexels.com

Una primera conclusión a la que podemos llegar es que jamás llegamos a la realidad como tal y que tenemos que manejar un concepto fundamental para nosotros que es el de PERCEPCIÓN. De la misma forma que llegamos a la conclusión de que lo único que no cambia es el cambio permanente, podemos llegar a decir que el conjunto de las distintas percepciones que tenemos sobre lo que ocurre en el mundo constituye nuestra realidad. Ese conjunto de percepciones que tenemos continuamente de todo lo que nos rodea ES nuestro mundo, y no tiene nada que ver con el de los demás.

Y ahora comienzan las interacciones, las relaciones más o menos amigables, más o menos interesadas o directamente los choques entre mundos, entre las distintas formas de percibir una realidad que permanece oculta. Y el problema de la comunicación. Por eso entiendo esta reflexión que hago aquí como extensión del artículo anterior sobre la «Hipercomunicación». Tal como mantenía en ese artículo, debemos protegernos de buena parte del caudal de información que nos llega precisamente porque intenta influir de forma manipuladora en «la percepción» que tenemos de las cosas y debemos ser conscientes de que cualquiera que se comunique con nosotros no lo va a hacer desde «la realidad» sino desde su propia percepción de la misma.

En realidad, todos manipulamos, o lo intentamos, y todos nos manipulan, o lo intentan, precisamente porque ninguno tiene el conocimiento absoluto de la realidad. Y si nos fijamos, personas que llegan a tener un nivel de conocimiento similar sobre algo pueden llegar a estar de acuerdo o, al menos, a estar muy cerca en sus criterios, mientras que si estamos confrontando percepciones superficiales sobre algo, los desacuerdos y los choques pueden llegar a ser bastante importantes. Por otra parte, somos capaces de confiar en personas que entendemos que «en ese camino de conocimiento» sobre algo, han llegado más lejos que nosotros, como ocurre con la mayoría de profesionales especializados.

Y esto último, un profesional, es lo que busca cualquier persona que se acerca a una empresa para lo que sea. Sabemos que el profesional nos dará un servicio y una opinión en función de su percepción y que será siempre subjetiva. Pero esperamos que esa percepción esté basada en un camino de conocimiento y experiencia adecuado. Esta será la garantía de nuestra empresa, ofrecer una percepción más cercana a la realidad que es la que busca nuestro cliente, sobre todo cuando estamos ofertando servicios que no sean tangibles. Y tenemos una responsabilidad importante, que es preparar adecuadamente ese camino de «sabiduría» y de «confianza» que garantizará nuestro desempeño, y operar sobre la parte emocional de nuestro cliente pero con la honestidad más absoluta porque, de lo contrario, además de tener esa insatisfacción que puede provocar una ética dudosa para obtener objetivos, nuestra empresa se puede ver perjudicada por las «percepciones muy negativas» que podemos generar en nuestros clientes en aquellos casos de ventas cogidas con alfileres.

Tengamos en cuenta, por lo tanto y como siempre, las dos direcciones: seamos conscientes de que lo que recibimos no son verdades absolutas sino percepciones de personas y seamos capaces de colocar un filtro razonable para valorar la corrección de lo que nos llega. Pero, sobre todo, seamos capaces de trabajar sobre nuestras propias percepciones para que cada vez se acerquen más a una realidad que nos convierta en profesionales y personas con criterio, y capaces de comunicarlas con la honestidad de aquellos sabedores de que no tienen la razón absoluta.

Photo by Mikhail Nilov on Pexels.com

La atomización del conocimiento

Posted on Actualizado enn

Existe una palabra que tomó una relevancia fundamental en todos los aspectos de la vida hace unos treinta años, ESPECIALIZACIÓN, una rara extensión a todas las disciplinas de la revolucionaria división del trabajo de la revolución industrial. Me ha acompañado esta tendencia durante toda mi vida profesional como me acompaña mi sombra cuando voy andando por la calle y me he llegado a acostumbrar. La diferencia es que la sombra es natural, no molesta y no nos la podemos sacudir, pero la especialización la hemos creado nosotros, está llegando a hacernos inútiles (en todas las cosas menos en una) pero, al contrario que con la sombra, podríamos hacer que desapareciera.

La curiosidad y, sobre todo, la necesidad nos ha hecho investigar y avanzar. Pero los grandes pensadores del pasado hasta probablemente el siglo XIX, eran personas que «tocaban todos los palos», en unos con más conocimiento que en otros y otros con más acierto que en unos. Y esa condición, la apertura de miras, fue algo fundamental para avanzar. Cuando opinaban sobre algún tema específico, eran capaces de ver la generalidad, la influencia de lo que defendían en todo lo demás y las consecuencias que su pensamiento podría acarrear.

Sin embargo, a medida que se producían avances, y constatando ya de una manera clara y meridiana aquella frase socrática del «solo sé que no sé nada», viendo cómo cada vez se abrían más los campos de conocimiento, sobre todo en la ciencia, comenzó la ramificación de las disciplinas, la especialización y el principio del desastre.

Tuve la oportunidad de vivir de primera mano una pequeña mota de polvo en el universo de la especialización. Recién terminada mi carrera y trabajando ya en el sector financiero, comencé a impartir en la Universidad una de las dos «tremendas» asignaturas de Teoría Económica de aquella época, años 80 y 90, Microeconomía. Esta era la de primero, lógicamente. Era una asignatura anual, intensa y muy dura no solo para los alumnos, para mí también. Difícil de explicar para que se entendiera, muy difícil para crear los exámenes y absolutamente horrorosa para corregirlos. Esto piensa el profesor… imagínense el alumnado (evidentemente yo fui también cocinero antes que fraile). Y sobre todo, sabiendo que después de superar la «Micro «en primero, se les venía encima la «Macro» de segundo.

En estas condiciones, resulta difícil explicar la enorme satisfacción de superar el curso y llegar al final del mismo. Para quienes aprobaban era una sensación dulce, comparable con la inmensa responsabilidad sentida por quienes no superaban la prueba, para abordar una nueva oportunidad de superación en la siguiente convocatoria. Estudiar y esforzarse un poco más, ver las lagunas que llevaron a que las cosas no fueran tan bien como se esperaba, ser conscientes de qué se jugaban y estar seguros de que el esfuerzo se les iba a exigir sin duda alguna.

Photo by Element5 Digital on Pexels.com

Y llegó el cambio, la mejora, el progreso, la homogeneización con Europa (o mejor con los Estados Unidos). Teníamos que dejar la antigua Universidad obsoleta, carca, seria, que tanto exigía a los alumnos (y a los profesores), que valoraba los conocimientos y el esfuerzo por obtenerlos, que exigía tanto sacrificio y que, por eso, perdía tanta gente por el camino. Y teníamos que acoger con brazos abiertos a una Universidad abierta, novedosa, progresista, con nuevos métodos de valoración mas «pedagógicos» (o sea, menos exigentes) e igualitarios (o sea, tipo test) que no fueran subjetivos, porque un examen escrito donde hubiera que desarrollar un tema quedaba al criterio del profesor (pues claro…) y a veces no se podía entender muy bien lo que, en el fondo, muy en el fondo, querían decir algunos estudiantes, porque siempre, siempre, había que dar el beneficio de la duda, bajo amenaza de reclamación al organismo que fuera, ante unas patéticas sintaxis, semántica y ortografía. Frases mal construidas, sin aparente significado y con una ortografía penosa. Pero, al fin y al cabo, yo enseñaba Economía, no Lengua, eso era lo que me decían en su descargo.

El resultado fue una nueva asignatura con un nombre que asustaba menos, ya no fue «teoría económica», se quedó solo en «principios de economía». Tenía contenido de micro y también de macro, pero solo era «cuatrimestral», es decir, todo el contenido que podría ser incluso mayor en extensión que la otra, en la mitad de tiempo. Para dar el temario había que explicar a medias, no entrar mucho en materia, pasar por alto muchas cosas. Y creo que hoy en día sigue igual. Créanme, cuando la denominación de algo comienza por las palabras «principios de…» es que no va a ser gran cosa; salvo que sea obligatorio para ustedes por alguna razón, se lo pueden ahorrar.

Impartir esta asignatura era algo con lo que no estaba yo muy motivado pero seguí algún tiempo. Imagino que los alumnos tampoco se sentirían muy orgullosos de aprobarla como ocurría con la anterior, pero viendo el progresivo deterioro del nivel de lo que iba entrando por las puertas de la Universidad, no creo que llegaran a ser conscientes de ello.

El millón de carreras: Muchas disciplinas, poco contenido.

Este proceso descrito en mi pequeña experiencia personal fue institucionalizado y se crearon nuevas asignaturas, nuevos planes de estudio y, al final de la cadena, nuevas carreras. Y todo esto a base de cortar áreas de conocimiento con incipiente desarrollo, como el márketing dentro de Empresariales, para coronarlas como nuevas disciplinas. Además, como los planes de estudio hay que «rellenarlos», se articulan todas las asignaturas complementarias que hagan falta y ya tenemos el menú. Habrá que ver ahora quién cocina… Así que si alguien en el nuevo Márketing decide que se debe impartir estadística, se incorpora… y que la impartan los de estadística, lo que puede hacer que la asignatura de la nueva carrera sea tan difícil como la del grado de una ingeniería cualquiera, la arquitectura o la propia estadística, porque puede que sea incluso la misma.

¿Y qué nivel tendrá la asignatura de márketing que queda en las otras ramas de economía? Pues puede ocurrir lo mismo que con la estadística pero en el sentido opuesto, con lo cual no habría problema, tendríamos una muy fuerte asignatura de márketing en una carrera de Economía. Pero en este caso, siendo las mismas áreas de conocimiento, se podría optar por otra vía: efectivamente, podremos crear una asignatura de «Introducción al… márketing» con los tres o cuatro conceptos clave. Solucionado.

En este maremágnum vemos algunas veces disciplinas troncales, o sea, obligatorias, cuatrimestrales como todas las demás pero con un título significativo: «lo que sea I» y «lo que sea II«. Menos mal, ahí parece que se mantiene algo de cordura, solo se dividió en dos la antigua asignatura. Pero todo lo demás, un despropósito para descentrar a estudiantes, profesores y comunidad en general. ¿Cuántas asignaturas tienes este año? Respuesta: catorce. No puede ser…

Muchos pueden pensar que, hoy en día, con esta oferta de titulaciones, el panorama ha mejorado para los alumnos. Gran variedad de disciplinas y especialidades. Que es mucho mejor centrarse en aspectos muy concretos y «eliminar las generalidades» que, al fin y al cabo, no sirven para el trabajo directamente. Porque, ¿a quién le ha servido alguna vez la Microeconomía en su puesto de trabajo a menos que fueras el profesor de la asignatura? Pero, por esta regla de tres… ¿para qué vamos a estudiar Historia?, o Geografía… y no digamos ya Filosofía.

Tenemos más carreras que nunca, más titulaciones que nunca, pero no tengo yo la sensación de que se esté mejor preparado para dar el salto a la vida real. Llevamos ya muchos años con este sistema y todos los años se sigue discutiendo del gran «gap» (iba a decir desfase pero para quedar bien hay que utilizar algún anglicismo, de lo contrario alguien va a pensar que no estoy al día) que existe entre los conocimientos impartidos y los que se necesitan en la empresa. Todos los años clamando por que las empresas participen en la formación y cuando llega alguien de prácticas nos seguimos echando a temblar.

Llevamos años haciendo los estudios más específicos, intentando adaptarlos a los puestos de trabajo y, además, sin éxito por lo que se ve. Sin embargo, lo que sí se ve es un empobrecimiento personal evidente y un cambio de actitud preocupante.

La evolución de la Ciencia (esa «vaca sagrada» de la que hablaremos otro día) y de la Tecnología, hace que se diga aquello de que quien está hoy en secundaria puede que vaya a estudiar una carrera que todavía no existe. Nos quedamos anonadados ante los gurús que nos dicen estas frases altisonantes en conferencias de tres al cuarto (o de cuatro o cinco mil euros), y pensamos que «¡hay que ver qué maravilla de progreso y evolución…!» Nos quedamos tan conformes viendo la evolución desenfrenada en la que no somos capaces de vivir y disfrutar a la vez. Basta que nos salga un cantamañanas con una frase rimbombante para que todos asintamos sin ser capaces de discutirla por temor al rechazo social y al apaleamiento que nos espera por disentir de la corriente de progresismo, que no de progreso real, porque mejorar, lo que se dice mejorar, no hemos mejorado mucho, como hemos visto.

Cuando se dicen estas cosas en conferencias multitudinarias o peor, en las comparecencias después de un Consejo de Ministros, quizás no se tiene en cuenta que estas disciplinas tan novedosas que no existían hace unos años, van a formar personas en materias que muy probablemente sean efímeras y si tu pequeña parcela de conocimientos específicos cae en desuso con la misma velocidad con la que apareció, tendrás un problema, y deberás buscar nueva parcela casi desde cero y con unos cuantos años mas. ¿De verdad hay esa empleabilidad que decimos que se necesita actuando de esta forma? No creo que este sea el sentido de lo que denominamos formación permanente.

¿Preparación suficiente o solo muchos conocimientos?

Es posible que hablemos de las últimas generaciones como «las más preparadas de nuestra historia» pero quizás habría que matizar. Si decimos que son las que más titulaciones acumulan, ahí no cabe ninguna duda. Si decimos que son las que más conocimientos acumulan desde un punto de vista teórico, se podría discutir largo y tendido. Pero para estar preparado se necesita una actitud que no se ve ni por asomo salvo honrosas excepciones (que también conozco). En la vida no está mejor preparado el que más conocimientos tiene; si miramos a nuestro alrededor veremos multitud de ejemplos.

Hemos basado nuestras expectativas solo en los conocimientos certificados por un título. Y detrás de ellas va también nuestro bienestar y nuestra felicidad, si es que se puede realmente conseguir, que yo creo que no. Por lo tanto, estamos consiguiendo una sociedad mucho más «titulada», que no preparada, y a la vez más insatisfecha que la de nuestros padres que, por desgracia, tuvieron menos acceso a los estudios.

Photo by Rodrigo on Pexels.com

Hay desajustes que serán eternos en el mercado laboral porque no hay una verdadera planificación para cubrir las necesidades del país. Y no la hay ni en la Administración Central, que es la que debería hacer esa planificación, ni en los 17 satélites administrativo burocráticos que tenemos en España generando caos, diferenciación, disputas y mucho, mucho gasto. El sistema sanitario español parece que va a necesitar en breve «miles» de médicos, y esta no es una carrera de las novedosas a las que nos hemos referido antes. Es de las de toda la vida. Si van a hacer falta ahora, quizás hace ocho o diez años tendríamos que haber aumentado las plazas y/o relajado las notas de acceso para disponer ahora de una cantidad de egresados suficiente para nuestra demanda. No creo que se haya hecho.

Probablemente, durante estos años, haya sido más fácil acceder a carreras que disponían de muchas plazas y a las que se les habrá bajado la nota de corte para el acceso, aunque no hicieran ninguna falta hoy estos tipos de profesionales. El resultado puede haber sido que estudiantes que han sido rechazados en unas carreras han «emigrado» a otras «para seguir sus estudios» vocacionales o no, me inclino más por esta segunda opción.

En el lado del que estudia, una vez que se termina la carrera y se obtiene el grado con un año menos de estudios en la mayoría de los casos. se puede llegar a pensar que habrá trabajo en la materia que se ha estudiado, pero no es así. Y ocurre porque los estudios cursados no tienen demanda HOY en nuestro mercado, bien porque se trata de materias que tradicionalmente no necesitan muchos profesionales o porque sea una de esas formaciones, incluso novedosas, pero tan especializadas que existan pocas oportunidades.

Quizás sí que haya demanda en el mercado de Alemania o en el de Canadá, país en el que, por cierto, parece que hace falta de todo, incluidas las ganas de vivir allí. Si estás dispuesto a «emigrar» podrás trabajar. Y esta palabra tiene mala prensa, dada nuestra tendencia a querer que nuestro puesto de trabajo esté justo en la acera de enfrente de nuestra casa. Pero a una persona con formación «de verdad», buena actitud ante el trabajo y veintipocos años, la perspectiva de pasar varias temporadas en otro país trabajando y acumulando experiencia, no creo que deba parecerle mal. Muy al contrario, puede aparecer como una magnífica oportunidad de acumular experiencia profesional y de vida, y un conocimiento «de verdad» de otro idioma y de otra cultura, que pasará a ser ya patrimonio intangible suyo.

Quizás sea nuestro estado el que debiera preocuparse por esta situación, aunque solo a corto plazo, porque hemos sufragado los costes de formación de una persona que, al final, va a rentabilizar la economía de otro país. Si a medio o largo plazo estos nuevos emigrantes vuelven, entonces será nuestra Economía la que recupere a una serie de profesionales muy experimentados y el esfuerzo en términos de rentabilidad habrá valido la pena.

Esto en cuanto a los nuevos emigrantes, pero ¿y los que EXIGEN su puesto de trabajo (y salario) acorde con los estudios cursados aquí, en suelo patrio? Está claro… no lo van a poder tener. Y entonces, surgen las alternativas: la primera es trabajar en otra cosa. Para gente con actitud, sincera y honesta, que piensa que después de varios años estudiando lo que querían y les gustaba, son capaces de reconocer que aquí no hay necesidades para esos conocimientos, no quieren irse fuera, y deben incorporarse a nuestra Economía para producir y progresar, que seguro que lo harán, desde otros puntos de vista. Podrán también así, con valentía y con decisión, buscar la oportunidad, por qué no, de trabajar en un futuro, y en el momento adecuado, en aquello para lo que se prepararon.

La otra alternativa es, para mí, algo más preocupante: seguir formándose para… ¿para qué? Y si lo pensamos veremos que va a ser difícil la respuesta. Una persona que con la titulación que tiene no encuentra ocupación acorde a la misma y que como solución opta por ampliarla. Pero cuanto mayor sea el nivel, menos posibilidad habrá de que aparezca el puesto deseado y acorde con la preparación. ¿Qué pretende entonces, alejarse aún más de la realidad? También habrá otra alternativa. Como ya estaremos en el entorno de esa palabra mágica, MASTER, que ha sido capaz de interconectar las materias más dispares, se puede cambiar de alguna forma la tipología de estudios. Y en estos casos nos aparece una probabilidad, aunque pequeña, de que si se amplíe el campo de actuación. Menos es nada, que diría un castizo, pero esta alternativa ya empieza a resultar muy arriesgada, porque la concatenación de títulos puede derivar en el «miedo» a entrar en el mercado laboral, en el miedo a hacerse mayor.

Aún hay otra alternativa, los que optan por el sofá, el victimismo y la exigencia a un sistema en el que han vivido de forma plácida, que les ha proporcionado los estudios que querían aunque no fueran necesarios, y que ahora criminalizan por no ofrecerles una solución llave en mano y en la puerta de casa, o directamente en el brazo del sofá porque quizás el esfuerzo de ir hasta la puerta tampoco les compense. No hablaré hoy de esta opción parásita, para no hablar tampoco de política, porque esta gente puede incluso acabar en algún partido que fomenta estas actitudes y se sirve de ellas para tener escaños que les sirvan para seguir viviendo a mesa y mantel de ese horrible sistema que les oprime.

Cuando no existe previsión, habrá desajustes, y muchos, en nuestro sistema. Pero es que, incluso con previsión, los desajustes existirán… siempre. Los sistemas económicos y sociales siempre estarán en un desequilibrio permanente y podremos hacer que tiendan más o menos a equilibrarse. Pero no lo intentemos nunca al cien por cien porque el esfuerzo será hercúleo y probablemente nos lleguemos a frustrar por no llegar nunca al objetivo. Aprendamos a vivir con ese desequilibrio y a saberlo manejar.

Educación y Formación.

Hace décadas que se utilizan casi como sinónimos pero, aunque son complementarios, no tienen nada que ver. «Dar forma» es lo que se pretende con la formación. Es el concepto utilizado en la empresa, no hay departamentos de educación sino de formación porque lo primero ya se le supone a todo el que accede a la misma. En la empresa sólo habría que adaptar, dar la forma necesaria a las personas para que puedan desempeñar sus funciones de forma correcta.

La educación es un concepto mucho más profundo. No nos referimos sólo a dar forma sino a tener un «buen fondo», como profesionales y, sobre todo, como personas. Se trata de un proceso continuo, que comienza desde que se nace y que tiene en la familia el principal elemento impulsor. Podremos tener más o menos conocimientos, sobre pocas o muchas materias, pero si no tenemos un «fondo» en el que se hayan desarrollado las distintas actitudes que necesitamos ante la vida, libertad, respeto y tolerancia, valentía y algunas otras con la prudencia como resumen de todas, difícilmente podremos llegar a tener en algún momento un estado de satisfacción con nosotros mismos y de plenitud de nuestra existencia.

Hace no mucho tiempo, todas las instituciones «educativas», tenían la educación de las personas como objetivo. Se educaba en la familia, el colegio y la universidad. Y nos quedan vestigios de esta tendencia tan beneficiosa. Así, ministerios, consejerías y delegaciones se llaman «de Educación». Pero tan habitualmente nos doblegamos a los simples conocimientos que, al final, solo nos quedarán los títulos.

Es tan importante y estamos tan preocupados por que en la guardería se hable en Inglés, que quizás no comprendamos que podamos tener a un inadaptado en dos idiomas. Pero si el niño tiene un mal comportamiento y el «educador» lo corrige, los padres se le echan encima, aunque luego quieran que se corrija a los demás si el perjudicado es el suyo. Y digo niño… o niña, que para lo malo también tendrá que haber igualdad… y bastante. Si esto es así en las guarderías, imaginemos… o directamente veamos lo que pasa en el colegio. Más de lo mismo. Y si nos vamos a la Universidad, donde se supone un mínimo de «emancipación» al menos, sería interesante analizar las demandas que se presentan al «defensor» del estudiante y que le hacen la vida imposible al profesorado. Aquello de «el profesor me tiene manía» elevado a la enésima potencia. Si seguimos así será «ese alumno (… o alumna) me tiene manía».

El resultado de esto es claro, si quien intenta educar recibe palos, tarde o temprano dejará de hacerlo y que sea lo que Dios quiera, que no será nada bueno, claro. Con el colectivo que tiene que educar despojado de toda autoridad, anulada la disciplina, tan necesaria para conseguir cosas en la vida, e instaurada la cultura del cero esfuerzo e infinito rendimiento, que vendrá del estado (pagado por todos los demás), ya tenemos el escenario perfecto de la decadencia social, anticipada por supuesto, como lo ha sido en todas las épocas, por el arte patético de las últimas décadas.

¿Se puede salir de esto?

Claro que se puede, pero llevamos años haciendo el imbécil por intereses que normalmente tienen que ver con mantenerse en el poder siendo políticamente correctos. En concreto cuarenta años llevamos así. Políticas «buenistas» a mansalva a costa de más presupuesto en lo que sea o de la capacidad de adoctrinar y hacer a la gente menos libre. Creando una sociedad irritable y blanda, o peor todavía, de cristal, frágil, sin capacidad para afrontar retos, esperando que llegue alguien y resuelva los problemas o que desaparezcan por sí solos en el aire.

La educación, y la formación también, pero sobre todo la educación, necesita exigencia, disciplina y sacrificio porque muchas veces en la vida tendremos que hacer cosas que no son las que nos gustarían pero sí las necesarias. Y no estamos preparando a nuestra juventud para esto. No estamos educando, ni siquiera en la familia, que delega todo lo que puede en cualquier otra institución para que le haga el trabajo, aunque no dudará en escarmentarla cuando adopte alguna postura difícil.

No debemos pensar que tener una carrera resolverá nuestros problemas y nos dará la felicidad. No todo el mundo debería ir por ahí porque generaremos miles de personas frustradas en su futuro. Demos una educación adecuada pero exigente para que la persona sepa desenvolverse en el mundo tan complejo en el que le va a tocar vivir. Que sepa utilizar sus recursos, tanto conocimientos como emociones para sacar su vida adelante. Construyamos materias en el colegio y en la universidad que merezcan la pena ser estudiadas y no supongan una pérdida de tiempo. Materias que sirvan para tener un fondo que estructure la persona. Los conocimientos concretos luego irán y vendrán según me vayan haciendo falta, para eso estará la formación. Demos su sitio a los que nos van a enseñar y tengamos el respeto suficiente por ellos. Miremos de frente los problemas sin que nos afecten las críticas de quien no tiene suficiente nivel ni para pasar el día sin olvidarse de respirar.

Llegará un momento en que la elección para salir de este sinsentido la tendremos que hacer. Porque de lo contrario, desde fuera alguien la hará por nosotros y nunca viene bien que tengan que venir de fuera a decidir aquello que no hemos sido capaces. Pero esto da para muchos artículos. Seguiremos hablando.

Photo by u0410u043du043du0430 u0420u044bu0436u043au043eu0432u0430 on Pexels.com

Tempus fugit

Posted on

Nos acercamos al final del año. Época de revisiones, de ansiedad por cubrir los objetivos o de resignación porque ya sabemos que no vamos a llegar. A este estado de ánimo empresarial se incorpora el «espíritu navideño» para ayudar en el cóctel explosivo del momento. Ojo… no dejemos atrás las comidas con «mesura» que estamos haciendo, los extras azucarados que tomamos entre horas, un poco de alcohol para aderezar y sin olvidar las sesiones de compras que llevamos ya o nos quedan por el camino que vamos.

Visto así, estaremos deseando que llegue el 15 de enero, sin duda ninguna.

Pero como dice el título, el tiempo se nos va. Se nos va en desear siempre que nos llegue algo. Cuántos comienzan el lunes deseando que llegue el viernes. Cuántos a poco que baje el termómetro están deseando que llegue mayo, o que cuando aprieta el calor llegue noviembre… o diciembre… o enero o no se sabe ya qué mes para que refresque algo. Los hay que viven pensando en las vacaciones. Hay quien está deseando que llegue la noche y quien desea que levante el día. Y de la jubilación ni hablamos.

Y entre deseo y deseo se nos va el presente, el único momento en el que podemos VIVIR. Hoy, en este preciso instante que vivimos, somos lo que hemos conseguido hacer con nuestro pasado y tenemos la oportunidad de afianzarlo o cambiarlo si queremos con lo que podamos hacer en el futuro, pero es solamente hoy cuando podemos HACER. Y el hacer también en el sentido contrario si es que vemos que puede ser más conveniente, porque también el «no hacer» puede ser lo correcto en muchos casos. Se trata de poder decidir, de actuar o no, de decir algo o callarlo, de ir o quedarte, pero hacerlo todo porque hemos tomado esa decisión que sólo se puede tomar HOY y AHORA.

El hoy y el ahora es una herramienta potentísima. Podemos agradecer, ayudar, aconsejar y consolar. Pero también podemos decidir no odiar, rechazar o herir. Tomar la vida con la calma que necesitan las decisiones. Apartar la prisa y la ansiedad. Disfrutar al conocer a otras personas o al conocer, sin más.

En este año 2022 me incorporé de nuevo al grupo CEN de networking al que pertenecí como miembro y al que he vuelto como colaborador para aburrirles con estas cosas que se me ocurren de vez en cuando. Solo les puedo dar las gracias por acogerme y escucharme y permitirme ayudar quizás de la mejor (o única) forma que sé, con la reflexión serena que nos lleve a disfrutar un poco más… de la empresa… y de la vida.

El título del artículo no es porque ahora me crea yo un pensador o un erudito, es porque estuve el otro día comiendo en Cádiz y el restaurante se llamaba así, Tempus fugit, y me dio la idea para escribir esto, que también comenté en el grupo de networking de esta semana. Que, por cierto, también el restaurante os lo recomiendo porque comimos de lujo.

Ya que tenemos la Navidad aquí, disfrutemos de los momentos que nos traiga, porque habrá muchos muy buenos y no es cuestión de desperdiciarlos. Ya hablaremos más adelante en el nuevo año de objetivos, beneficios, costes, mercados y otras cosas que son importantes y que nos pueden también hacer disfrutar aunque de distinta forma. Pero por el momento, centrémonos en nuestro hoy con cantes, bailes, comidas y bebidas. Disfrutemos de las felicitaciones, de las sinceras y hasta de las de compromiso y que seamos capaces de absorber toda la ilusión para convertirla en la energía que nos hará falta para vivir un día tras otro el 2023.

La Economía sin alma

Posted on

Hace ya bastantes años, asistí a un congreso de jefes de formación de entidades financieras y, tras una de las ponencias que correspondía a un profesor universitario, comenté que yo era un «economista frustrado». No recuerdo lo que pregunté en ese momento al ponente, pero sí que me definí de esta manera, y lo expliqué. Frustrado porque elegí una ciencia social y la matemática la había invadido. Frustrado por la evolución de unos mercados que ya no respondían a sus objetivos iniciales y habían caído en la más pura especulación. Frustrado porque el medio más sofisticado que habíamos creado para nuestro progreso, la empresa, se había convertido en un instrumento de tortura.

Photo by Karolina Grabowska on Pexels.com

Claro que podemos reconocer estos problemas e intentar darles solución para el mayor bienestar y felicidad de todos los componentes de nuestro «sistema». Pero nos encontramos con algunos inconvenientes:

  • Estamos inmersos en nuestra vorágine particular del día a día, de sacar adelante nuestro negocio, nuestro trabajo, nuestras obligaciones. Nos arrastra, nos dejamos llevar, no tenemos tiempo ni a veces fuerza para corregir nada, absolutamente nada, por pequeño que parezca.
  • Las respuestas las buscamos sólo dentro de nuestro entorno, en este caso en la Economía. Así no salimos del bucle, pero es que, tal y como está la vida, nos habremos centrado tanto en nuestra área concreta que difícilmente tendremos ocasión de buscar soluciones fuera.

Seguro que se nos pueden ocurrir más, pero nos quedaremos con estos dos para abrir boca, porque son muy importantes en nuestra vida y son capaces de darle forma a una existencia que puede llegar a ser infeliz. Y si no, pensemos un poco… ¿cuánta gente conocemos que esté verdaderamente contenta con su trabajo, con su empresa, con su modo de vida? Y cuando hablo del modo de vida no me refiero al del fin de semana que mucha gente desea desde que empieza el lunes (mala señal). A la hiperactividad senderista, montañera, de playa, de barbacoas, cines, teatros, espectáculos, discotecas, conciertos. De fútbol, tenis, baloncesto, balonmano y hasta golf y piragüismo. Lo que sea para la gran evasión, para sentir que te diviertes, que sales de la rutina, para «engañarte» como sea.

¿Malvivimos cinco días de la semana pensando sólo en esos otros dos de fiesta? Y eso si el fin de semana está libre porque ¿y quien trabaja en fin de semana, cómo se hace este planteamiento para los lunes o los miércoles? Si todo esto es así, vivimos más mal que bien. Y si en ese sagrado fin de semana las cosas no vienen como queremos, que no nos quepa duda de que el lunes está ahí.

La resaca del día a día.

Nuestro día a día nos consume, nos arrastra como una corriente de resaca en la playa. Y es tan peligroso como esa resaca, porque luchar abiertamente contra ese diario nos puede agotar hasta la resignación. Muchos lo llaman «rutina» pero creo que el concepto está equivocado. Las rutinas son una herramienta que tenemos y que necesitamos para sacar nuestra vida adelante. De hecho difícilmente podremos mejorar si no incorporamos elementos en nuestras rutinas que se establezcan como algo habitual en nuestra vida. Ese hábito aristotélico que conformará cómo somos y nos comportamos, nuestro carácter.

No se trata de la negación de nuestra condición actual, de romper con nuestro día a día, de cerrar la empresa e irnos a vivir a una cueva. Sólo cuando llegamos a extremos insoportables en la vida, tendrían justificación este tipo de cambios. Cambios de rumbo sacralizados por algunos programas de televisión que nos muestran la inmensa felicidad que obtuvieron algunos al dejar su trabajo en una gran ciudad con puestos de corbata diaria para servir comidas en un chiringuito de una playa de Puerto Plata.

No dudo de la felicidad que puede darnos ese planteamiento, pero es que la mayoría somos «normales», del centro de la campana de Gauss, y habrá también que pensar cuánta gente ha fracasado estrepitosamente en planteamientos radicales de ese tipo y han tenido luego que volver con el rabo entre las piernas a una existencia que les parecerá mucho más triste… o quizás no, una vez vista la experiencia con la cruel realidad por testigo.

Pues nademos como en una corriente de resaca, sin grandes resistencias, desviándonos poco a poco hasta encontrar la vuelta a la orilla. Usemos nuestras rutinas para introducir en la vida elementos de mejora, pequeños pero importantes para nosotros. Dejemos la impaciencia por nuestro día a día para disfrutar cada vez más pequeños momentos que se convertirán en grandes y permanentes hábitos. El tiempo así, estará a nuestro favor.

Si queremos leer más porque así nos sentiremos mejor, no nos planteemos tres horas todos los días porque seguramente no podremos. Pero quizás podamos veinte minutos tomando café por la mañana antes de trabajar, o en la cama por la noche antes de dormir. Nos parecerá poco y que no merece la pena. Pero hacedlo y cuando pase un año entero echad un vistazo al estante de los libros leídos, a ver qué os encontráis. Porque al final la cantidad irá siguiendo poco a poco a la calidad, y en la vida no todo es «cantidad».

Si el problema es la salud física, todos sabemos lo que pasa cuando nos proponemos ir al gimnasio todos los días, o salir a correr cinco veces en semana… o comer sólo verduras… no hay más preguntas Señoría…

Usemos las rutinas para mejorar nuestra vida, incorporemos pequeños detalles que nos hagan disfrutar. Los cambios bruscos y los objetivos demasiado ambiciosos que he señalado como ejemplos por todos conocidos como los de la lectura, el gimnasio, las dietas, etc, sólo nos provocarán frustración, porque participamos de un sistema social concreto, con unas formas que adoptamos y que son, hoy por hoy, nuestro estilo de vida, nuestra cultura. Y habrá que trabajar para ganarnos la vida, y cuidar la casa y habrá hijos (e hijas, para que nadie se enfade) que nos «quitarán» mucho tiempo… Y hasta cosas que nos gustan al principio, como la pertenencia a clubs, hermandades, asociaciones, etc, pueden convertirse en otras obligaciones que nos martiricen.

Photo by S Migaj on Pexels.com

Pero con el trabajo, la casa, los hijos… podemos incorporar este tipo de pequeñas cosas con las que disfrutar. ¡Quién sabe! Quizás encuentres los veinte minutos para leer esperando a que el niño salga del entrenamiento de fútbol en lugar de desesperarte por lo que tarda. O para escuchar música a todo volumen mientras limpias el salón. Nunca se sabe dónde va a saltar la liebre.

Y con todo aquello que «no sea una obligación» un sano NO también nos ayudará.

Sólo una advertencia en este punto de la potencia de una rutina para nuestra vida. Que también lo negativo entra por aquí. Así que tendremos que pensar si es conveniente fumar un cigarro después de comer o tomar una cerveza antes de cenar. Nada importante, pero pasará como con los libros del estante de los leídos después de un año.. ¿cuántos hay?

La solución endogámica.

El segundo inconveniente que señalé era buscar las respuestas a nuestros problemas siempre dentro y sólo dentro de nuestro entorno. Decía Avicena que para solucionar una enfermedad debían tratarse sus causas y no los síntomas, aunque si el estado del enfermo era de mucha gravedad, habría que actuar de urgencia sobre los síntomas. Parece que hoy en día nos quedamos sólo en la segunda parte, el enfermo en la UCI y a parar la fiebre.

Vivimos en sistemas globales, cada vez más globales para nuestro bien en muchas cosas y para nuestra desgracia en muchas otras. Esto implica un juego de acciones y reacciones cada vez más complicado por lo que cuando buscamos soluciones cada vez tendremos que ampliar más nuestro campo de actuación. Y el mayor problema será no encontrar una solución razonable dentro de nuestro ámbito de actuación, lo que nos llevará a intentar simplificar al máximo el problema y a obtener la menos mala de las soluciones. Es lo correcto para actuar de inmediato, algo que yo he defendido en muchas ocasiones: no podemos pretender siempre la solución perfecta al problema planteado. Será necesario utilizar la política del «mal menor», la menos mala de las soluciones, algo que ya planteara Aristóteles como forma de actuación, y es la segunda referencia que le hago.

Pero no deberíamos quedarnos ahí, solo en el cortísimo plazo. Será evidente que no hemos encontrado una solución correcta y una vía de actuación adecuada. Hemos hecho lo que debíamos ya que no actuar hubiera sido mucho peor. Sin embargo, se hará necesario que investiguemos la situación. Si no había una solución correcta dentro del entorno, seguramente sí la habrá fuera de él, por lo que deberíamos ampliar la búsqueda.

Si nos fijamos, no hay una sola crisis económica que no venga precedida de una intensa crisis social. Pero las soluciones que buscamos habitualmente son sólo «económicas», más o menos dinero en el mercado, mayor o menor tipo de interés, más o menos impuestos… Pero dejamos que sigan la hipocresía política, el populismo de los salvapatrias revolucionarios y, sobre todo los mismos patrones de consumo y de vida que han conseguido llevarnos a la situación crítica.

Deberíamos plantearnos qué es para nosotros la «buena vida». Significa «tener» o quizás es más «disfrutar», que no son la misma cosa por mucho que se intenten identificar los dos términos o que uno sea el resultado del otro. ¿Son correctos los patrones de consumo que tenemos hoy en día? Esto es lo que proviene de nuestro «estado social y personal» y lo que se refleja luego en nuestra actitud económica con respecto al consumo. Creo que sería necesaria una reflexión sobre nuestro modo de vida en particular y en la influencia sobre los otros modos de vida que hay sobre el planeta para prevenir futuras crisis, mucho más serias, que se plantearán sobre los recursos que utilizamos como si no tuvieran límite, además en muchos casos pasando por encima de lo que sea y de quien sea para obtenerlos.

Photo by Pixabay on Pexels.com

La ambición humana no tiene límites. Y la Economía debe recuperar su faceta social. Algunos conceptos económicos deberían ser replanteados a la luz de una ética empresarial real, y no la que se quiere disimular con un falso ecologismo que compense los desastres que se provocan. Y no me refiero con esto a los accidentes, que siempre pueden ocurrir, sino a los efectos de la actividad diaria que resulta nociva para el medio en el que vivimos personas y empresas. Porque el deterioro de las condiciones… ¿no perjudicará también en un futuro no muy lejano a estas empresas? Estoy seguro de que así será, pero prima el beneficio inmediato, confundido de manera malintencionada con el «bien vivir» al que me referí antes.

Es preciso que las soluciones a los problemas económicos no solo se busquen en la Economía sino que abran su campo de estudio al resto de la realidad humana, como ciencia social que es, y que se indaguen los problemas sociales, antropológicos y del medio ambiente. De lo contrario, las soluciones endogámicas y matematizadas de la Economía de la Empresa sólo conseguirán efectos rebote perniciosos aunque aparenten en un principio que mejoran la situación.

Tengo serias dudas de que nuestra élite dirigente tenga valor suficiente para abordar soluciones de este tipo. Por esto, será necesario que los distintos grupos que actuamos en economía, empresas, consumidores y, si ello fuera posible, nos niveles menos politizados de la administración, tomemos decisiones como resultado de una mayor apertura en el estudio de los problemas cotidianos. Debemos buscar las causas más lejanas, aquellas que están en el comportamiento de las personas, en su sentir y en su cultura. Sólo así las decisiones serán adecuadas y no paños calientes para salir del paso. Sólo así podremos llegar a una nueva Economía más social y a la vez más estable y beneficiosa para todos.

Cuatro años casi…

Posted on

Poco tiempo es ese en la vida y muchos sentimientos, sin embargo, tienen cabida en él. A la última etapa de mi vida profesional llegué un 1 de agosto, después de varios años bonitos pero muy duros como consultor por cuenta propia. Se trataba de aprovechar los muchos años de buen trabajo en banca y no tirar por la borda las ventajas que da el sector por un sueño romántico de emprendimiento incierto, y tan incierto que ha sido luego para muchos.

El jueves 16 de junio, celebré mi prejubilación con la mayoría de los compañeros que han formado parte de mi vida en esta etapa. Y si la firma de toda la documentación fue el adiós formal a la empresa, realmente la verdadera desvinculación, la emocional, fue esta comida.

Entre los dos momentos, un sinfín de vivencias. Llegaba a una empresa que realmente no había sido nunca «la mía», así que tocaba empezar otra vez, como en 1985, en una ventanilla muy parecida a pesar de los años. Me recibió, curiosamente, la persona que se iba a convertir en la más importante de esta etapa por la ayuda tan desinteresada que me prestó y las innumerables veces que la tuve que molestar. Comprometida con la entidad y con el trabajo a pesar de las dificultades. Suerte que tuve.

Pero, teniendo en cuenta mi situación de ser una persona más bien «mayorcita» que «se reincorporaba para irse en la primera oportunidad» , pensaba que, por no ser un activo muy interesante, lo iba a pasar mal. La empresa podía moverme en un radio de 25 kilómetros, que después fueron 50, y tenerme danzando por la sierra sin saber muy bien qué hacer conmigo. Pero no fue así, no lo hizo, y esto es lo primero que tengo que agradecer.

Lo que vino después de ese temor inicial fue un grupo de personas sencillamente genial, las personas que realmente hacen la empresa, algunas veces (o muchas) a pesar de las consignas que provienen de un despacho impersonal en la planta catorce de una torre algo alejada de la realidad.

Como el director estaba de vacaciones, el primer jefe que tuve fue el subdirector, una persona tan alta como buena que me dio las primeras consignas de mi nueva etapa. Todavía le recuerdan los clientes a los que ayudó todo lo que pudo y más. Con el paso del tiempo cambió a otra oficina y le sustituyó una persona que yo pensé que acababa de salir de clase del Instituto, pero no, era la nueva subdirectora, incansable… todos los días ha tenido examen… y todos los días ha sacado nota.

A la vuelta de ese primer mes de agosto, el director, paisano mío, volvió y él fue quien me transmitió la tranquilidad que necesitaba para esta nueva (y última) etapa. Cuál era mi plan de actuación y qué se esperaba de mí en este equipo. No sé si habré llegado a conseguirlo en algún momento. También le tocó cambiar… y nos vino el relevo. Una mente eléctrica con la capacidad de encontrar el argumento correcto en una milésima de segundo… envidia sana. Además está ahora en la noble tarea de aumentar el número de futuros contribuyentes que nos paguen las pensiones… ya volverá.

Otra más llegó ese primer día, con un bolso, dos bolsas, el maletín del portátil y seguro que algo más que se me olvida, una persona que aporta todo el optimismo del mundo y a la que por cercanía de su puesto, también le tocó la mundial conmigo. Y también se fue… a trabajar «el campo», y la sustituyó otra persona de altura, en todos los sentidos, con cara de traviesa, que lo habrá sido, y que visto y no visto, también se dedicó a aportar contribuyentes… y que volvió hace poco… y nos duró tres días… el Guadiana, y ahora hace de todo en una oficina, que es lo que tiene ser la única persona trabajando allí.

Apareció también por la oficina otro «técnico», como yo, de los que trabajábamos en Sierpes y San Francisco facilitando (o complicando) la vida a las oficinas. Una paliza diaria de coche en el sentido contrario a las que yo me daba en tiempos.

A estas alturas del relato, ya no se sabe muy bien quién sustituía a quién, pero… ¿y a mí? ¿quién me iba a sustituir a mi? Pues apareció alguien… un fusionado, como lo he sido yo cuatro veces, y que por su trayectoria aportaría a la oficina el plus comercial que yo no he podido. Aunque tampoco venía a sustituirme, así que, como yo seguía sin recibir la carta, a casa, que tenía que cuidar de otro nuevo contribuyente más que había venido.

Y nuestra última incorporación, todo simpatía, con una misión difícil en la oficina, aunque me pregunto si hay alguna fácil como está la cosa en el pueblo. Una apuesta de futuro para la entidad y a la que las comidas de los jueves le han quitado las ganas de aportar contribuyentes a pesar de lo que le viene dentro de poco.

Este es el equipo de la entidad con el que me ha tocado trabajar. Pero también surgió una palabra mágica en la economía actual… eteteeeee… una especie de mercado informe de horas que la empresa necesita para cubrir huecos de todo tipo, un saco de talento desaprovechado con el que se sale del paso sin mirar mas a largo plazo, tal vez porque el largo plazo ya no exista… ni el medio, y nos perdemos en ver si somos capaces de pasar el día. Y esto nunca ha sido bueno para la inteligencia.

De este saco salieron varios elementos de mucho cuidado que la entidad debería tener en cuenta a futuro aunque poco importará lo que yo diga. Fueron muy cercanas para mí porque entre otras cosas me sustituían para ir desayunar así que algo sé de lo que hablo. Un supercomercial con vida social muy intensa, una conocedora del mercado como ninguna, una comprometida con las necesidades de verdad del cliente y una máquina todoterreno que ya la hubiera querido yo en alguno de los equipos de mis épocas de jefatura.

Si sumamos estas capacidades, todas necesarias para una empresa actual, sale un equipo invencible. Sólo hay un pequeño detalle… hay que saber combinarlas, no vale todos haciendo de todo, no vale el «no pienses y actúa», no vale hacer lo que se pueda… Pero ese saber combinar le corresponde a la empresa, para que no se malgasten esfuerzos y capacidades, o para que no se desmotiven los dueños de las capacidades. Pero me pregunto yo, como lo hice muchas veces desde que estudiaba en la calle Porvera… ¿quién es «la empresa»?

Para todas estas personas, que han sido mi vida profesional los últimos cuatro años… casi, sólo tengo agradecimiento por lo bien que me acogieron, por todo lo que me ayudaron y, lo más importante, por todo lo que me enseñaron (y no me estoy refiriendo a operaciones del terminal). Espero sinceramente que os vaya todo bien en la vida y que seáis capaces de disfrutarla de forma plena. No importa que haya dificultades, de todo se sale. Sólo hay que mirar al frente con ilusión. Hacedlo porque valéis mucho, y nunca, nunca lo dudéis.

No es un Viernes Santo cualquiera.

Posted on Actualizado enn

Este no es un Viernes Santo cualquiera. La Hermandad del Cristo no hará su estación de penitencia. No hay nervios, no hay tensión. Tampoco habrá ese cansancio indescriptible a las tres de la mañana. Pero es que ese cansancio no lo cambiamos por nada. Hoy todo será mucho más duro. La penitencia va por dentro, siempre va por dentro, pero hoy más que nunca.

Tiempo para pensar, tiempo para reflexionar, tiempo para rezar. Para pedir que pase todo lo que estamos viviendo, para pedir a la Tierra, nuestra “Casa común”, que nos perdone lo que le hacemos de forma diaria. Y para pedir a los demás que nos perdonen por todas nuestras torpezas, por todo aquello que hacemos y que nos podríamos ahorrar, simplemente para no complicar tanto la vida y poder verla pasar de forma plácida.

Hoy haremos una y mil “levantás” internas en nuestra estación de penitencia particular, y haremos una carrera “no oficial” avanzando con tristeza por lo que hemos hecho mal pero con la esperanza de mejorar siempre.

Buena estación de penitencia en este Viernes Santo.