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Personas y empresa (III) – Los perfiles necesarios
El marco de actuación que he definido en mi anterior entrada del blog puede entenderse para las personas, en su binomio normativa-sociabilidad, como un estado de ánimo en un momento determinado de la vida laboral. Pero, como decía al finalizar el artículo, las posiciones de esta tabla que obtuvimos analizando las diferentes combinaciones, no tienen por qué coincidir para las personas con las que nos relacionamos, con lo que realmente necesitamos.
Y si pensamos detenidamente qué tipo de perfiles necesitamos, vemos que nos hace falta gente capaz de generar ideas, de tener una visión diferente del mundo que nos rodea para encontrar soluciones a nuevos retos y hacernos avanzar. También nos hará falta gente infatigable que asuma los primeros momentos de cada proyecto, gente capaz de poner un poco de orden en un caos inicial y que encauce la acción de una forma razonable y productiva. Y nada podría hacerse si nos faltara esa gente disciplinada y eficiente que, con pico y pala, saca adelante el día a día de cada una de nuestras líneas de actuación.
Y no se me ocurren más perfiles que estos para sacar adelante una actividad. Porque, cuando estamos en la labor de definir los perfiles que necesito, nunca debo hacer la definición de algo negativo, de algo que no buscaré, y que si nos fijamos, más que un perfil, resultará un estado de ánimo, una vivencia de un momento negativo más o menos largo para una persona, una «ausencia» de cualquiera de estas tres actitudes que buscamos. Y esta «ausencia de lo positivo» nos instalaría en uno de los estados definidos en el marco de actuación del artículo anterior o bien en una actitud negativa con respecto a la evolución personal, algo que trataremos en el siguiente.
Creativos
El primero de los perfiles que debo tener cerca es el de aquella persona «capaz de hacer magia» y sacar un pájaro de la chistera en el momento adecuado, cosas de la nada que a los demás no se nos ocurren. Gente capaz de «volar», que no tiene límites ni filtros y que no está encorsetada por nada. Pero, cuando pensamos en este tipo de personas, nuestra mente se va a grandes genios de la historia que nos parecen inaccesibles y, aunque éstos también serán necesarios (y mucho), no son realmente los que nos ocupan ahora. Tenemos un día a día, una vida normal en la que nos hacen falta estos papeles creativos.
Podemos ser nosotros los creativos, que hayamos tenido una idea que hayamos sido capaces de plasmar en una empresa para cubrir una necesidad de la sociedad, con un nuevo producto, un nuevo método de producción que abarata los costes, etc. Es posible también que necesitemos una campaña comercial para darnos a conocer y entren en juego los que llamamos de hecho «creativos», dedicados a la publicidad y la comunicación y que nos hagan conocidos en el mercado. Pero quizás haya tendencia a identificar este papel solo con personas extrovertidas como emprendedores y comerciales y nada más lejos de la realidad. Imaginemos un científico genial, capaz de descubrir un nuevo medicamento u otra fórmula magistral para cualquier aspecto que nos podamos imaginar; esa persona introvertida, casi asocial, a la que le cuesta trabajo hablar con los demás y hay que sacarle las palabras tirando de la lengua casi… también este perfil será creativo.
Si no existiera este perfil, estaríamos todavía viviendo en las cavernas. Pero, sin embargo, también los hay culpables de la sociedad de consumo extremo en la que vivimos. La creatividad es algo magnífico pero otra cosa muy distinta será el uso que le demos; estemos siempre atentos a esto.
Rompehielos
Después de muchos años de observación, la verdad es que la mayoría de estos creativos geniales, tanto por ser muy extrovertidos, como muy introvertidos, no sirven para poner en práctica las ideas que se les ocurren. Incapaces de «soportar» las exigencias, los rechazos y las actitudes en general de esos «mortales de mentes inferiores incapaces de apreciar su genialidad», sucumben a la realidad y al desánimo, dinamitando sus proyectos que puede que otros, mucho menos geniales pero más avispados, rescaten más adelante para beneficio propio y de esto sabemos mucho en España desde antes de la conquista de América.
Por esto, necesitamos de otro perfil fundamental. Gente capaz de traer a la tierra las ideas de los creativos, incluso bregando (negociando) con ellos mismos. Capaz de romper las resistencias de los distintos grupos de interés, de hacer ver las ventajas tanto en momentos cercanos como, sobre todo, en el medio y largo plazo, algo tan necesario pero tan difícil. Generación de acuerdos, cumplimiento de la legalidad, animación para la innovación, petición de colaboración y estructuración de los proyectos.
En definitiva, la apertura de caminos para avanzar con la nueva idea, el perfil del «rompehielos» que deja vías transitables para los demás.
Soldados.
Si tenemos una buena idea y hemos sido capaces de ponerla sobre la mesa y hacer que «aterrice», probablemente nos encontremos con que ninguno de los dos perfiles de los que hemos hablado hasta ahora tiene la suficiente «disciplina» para dotar a estos nuevos procesos de algo fundamental: la CONTINUIDAD. Será el perfil más numeroso, un ejército de «soldados» que, a base de pico y pala, con constancia y resistencia a la frustración, será capaz de hacer que el proyecto avance superando las dificultades de un día a día que puede aburrir tanto a los creativos como a los rompehielos.
Este perfil disfruta con la ejecución de las tareas, tiene una visión más a corto plazo, pero sin dejar de proyectarla al medio y largo. Es constante y capaz de resolver problemas con inmediatez, de forma que no se detenga la marcha. Es (debe ser) solidario y cree en el trabajo en grupo que fortalece las acciones y las orienta a logros. En definitiva, constituye la fuerza de trabajo sin la cual nada puede alcanzarse.
Podemos intentar complicar las cosas pero, a lo mejor, son así de simples… y a mí no se me ocurren más perfiles que sean necesarios para sacar las cosas adelante. O tenemos ideas, o somos capaces de traerlas a la tierra, o somos capaces de ejecutarlas, no hay más que se pueda pedir. Pero sí nos podríamos preguntar en cuál de estos tres perfiles nos situamos cada uno de nosotros. Pensadlo un poco y veréis que la cuestión no es tan fácil. Dependerá de en qué faceta de la vida nos centremos, en qué momento, cuál es nuestro estado de ánimo. De la misma forma que sucedió con el marco de actuación, las variables que tenemos que considerar son múltiples, por lo que no habrá una solución única ni un perfil totalmente claro.
La combinación de los perfiles.
Por lo tanto, ¿Podemos identificarnos con uno de estos tres perfiles? La respuesta, según mi punto de vista, será que no al cien por cien. Es más, en cada persona que analicemos habrá, en un momento determinado, una combinación de estos perfiles. Pero lo que sí es verdad es que, por nuestra formación, entorno, trayectoria personal y profesional, a lo largo de los años, sí que habrá alguno de los perfiles con los que nos identificaremos de forma mayoritaria.
Por ejemplo, he comentado que en el perfil de soldado se ejecuta, pero que también se deben resolver problemas con inmediatez. Pues este tipo de resolución de problemas necesita en ocasiones un punto creativo y alguna que otra habilidad de negociación, características básicas de los otros dos perfiles.
De la misma forma que sería necesario que el que estuviera como un rompehielos abriendo camino, fuera capaz de ejecutar actividades como un soldado. O que el creativo, con una idea en mente, fuera capaz por un momento de ver pros y contras y dar su brazo a torcer.
Cada uno de nosotros lleva dentro una combinación de los perfiles, nadie es al cien por cien uno de ellos siempre y en todas las circunstancias y esto también es algo que podemos modelar con trabajo y experiencia.
Por lo tanto, en un momento determinado de nuestra vida, tendremos una combinación de estos perfiles, pero, además, gracias a esta combinación, tendremos una disposición determinada en el cuadro que definimos como marco de actuación y, con respecto a nuestra actividad profesional, podremos ser más social que cuadriculado, o más normativo que estricto o, quizás, por los avatares de la vida, podríamos habernos convertido en un lastre. Sin embargo, nos nos preocupemos. De la misma forma que podamos haber evolucionado hasta una determinada situación, también podremos poner los medios para evolucionar hacia otra distinta. Y de esto es de lo que trataré en el último artículo de esta serie.
Personas y empresa (II) – El marco de actuación
Como ya comenté en el primer artículo de esta serie que dediqué a la figura del jefe o, de forma extensa, del empresario de cualquier tipo (aquí puedes ir a ese artículo), las clasificaciones de los tipos de persona que nos podemos encontrar en la empresa son muy dispares, incompletas y tendentes a conseguir mas un «artículo distraído» para la audiencia y que tenga muchos «me gusta», que a proporcionar una verdadera ayuda a la hora de tratar con personas.
Este mundo de las relaciones creo que es mucho más complejo y no deberíamos frivolizar con él ya que se no se trata de sacos en un almacén para fabricar nuestro producto, ni de ordenadores y aplicaciones para gestionar nuestra contabilidad y nuestros procesos, aunque también supongan, eso si, desde los puntos de vista operativo y económico, recursos para la realización de nuestra actividad.
Como consecuencia de esto, podemos afirmar que no es lo mismo una persona con 19 años recién llegada al mundo laboral que alguien con 30 años de experiencia (ojo con este término que es un arma de doble filo). El tiempo será un factor que tendrá mucho que decirnos. También dependerán nuestras actuaciones de con quién estemos interactuando; si tenemos que interactuar con alguien agradable y empático, no será lo mismo que si nuestro interlocutor tiene problemas habituales de «estreñimiento social», por lo que las personas con las que tratamos también tendrán una influencia importante en nuestro comportamiento.
Y así, debemos considerar si tenemos algún problema personal que nos afecte, si estamos en el extranjero y no conocemos bien el idioma, si nos hemos metido en camisa de once varas con el puesto y estamos apuntando demasiado alto, si el sistema de selección no ha reconocido nuestra capacidad o incapacidad para la tarea de que se trate… y mil factores más que se nos puedan ocurrir y que influyen en el comportamiento.
Para poner un poco de orden en todo esto, entre ese maremagnum de variables, creo que hay dos que pueden ayudarnos a establecer un marco de actuación de las personas en su relación con las empresas. Es evidente que por nuestro marcado carácter social, una de las variables que debemos considerar será la de las «Relaciones personales». La actuación de las personas en la empresa depende de la interacción con los demás y esto condiciona nuestro rendimiento, por lo que creo que debería ser una de las variables fundamentales a considerar.
Por otro lado, es evidente que pertenecemos o nos relacionamos con organizaciones que tienen unas determinadas formas de hacer las cosas, unos procedimientos que podremos mejorar siempre, pero que no nos deberíamos saltar nunca, salvo causas de fuerza mayor muy justificadas. Es por esto que la otra variable fundamental que debemos considerar es nuestra relación con las «Normas», en el más amplio sentido del término, que abarcará, no sólo los aspectos estrictamente legales, sino también el de los procedimientos establecidos en las empresas, así como los usos y costumbres de las mismas.
Si combinamos estas dos variables y situamos cada una de ellas en uno de los ejes cartesianos, podemos representar la posición relativa de una persona en un momento determinado de su vida profesional en relación con estas dos variables fundamentales. Podremos generar así, una serie de zonas de comportamiento que nos ofrezcan un «marco de actuación» con respecto a las personas en relación con nuestra organización.
Perfiles con baja consideración de las relaciones sociales.
Fijémonos para empezar en la línea de posicionamiento más baja, donde existe la mínima habilidad de relación con las personas. Nos podemos encontrar a la persona fiel y estricta cumplidora de normas, sin tener en cuenta cualquier otra circunstancia y que se convierte en alguien «cuadriculado». El lema de «la norma es la norma» es el suyo independientemente de que el edificio esté en llamas. Podemos considerar que este perfil es negativo, pero pensemos que, en algunas ocasiones como a la hora de llevar la contabilidad y los impuestos, nos puede salvar de muchas situaciones difíciles.
Si nos movemos algo hacia el origen de los ejes, nos encontramos con otra posición poco social pero no tan estricta con respecto a las normas. Se trata de un perfil «normativo» que, en general opera según la ley y la costumbre de la empresa, pero es capaz de considerar algunos puntos de flexibilidad en su aplicación pero considerando aún de que se trata de un perfil con poca disposición social.
Justo en el origen de los ejes se encuentra un perfil con bajas relaciones sociales pero que, además, tampoco cumple las normas, por lo que en estas personas, que he denominado «lastres» se concentra toda la negatividad posible para nuestra actividad. Se les debe ayudar y también exigir un cambio drástico en sus actitudes o, de lo contrario, deberían abandonar su relación con nuestra organización. Si hablamos de un proveedor que tiene esta actitud, será relativamente fácil cambiarlo salvo que actúe en forma de monopolio y no tengamos otra opción para nuestro negocio. Si se trata de un trabajador y ya se ha intentado el cambio, deberá salir irremediablemente de la empresa. Si nos encontramos con un cliente que tiene este tipo de actitud debemos dejar de atenderlo cuanto antes.
Imaginemos también aquellos casos en los que no podemos deshacernos de la persona, por ejemplo, un funcionario de carrera al que no se puede despedir de ninguna forma. En este caso, si no se consigue ese cambio de actitud necesario, se irá alejando a la persona de la atención al público y de otros sitios que puedan ser claves en los procesos de trabajo, lo que hará que las funciones se sigan desempeñando sin que las contamine, pero con la injusticia de tener una persona vacía de contenido y trabajo y con un sueldo pagado por todos, que en algún caso podría ser considerable. Esto pasaría a ser un problema social: ¿tenemos que soportar en la Administración Pública pagada por todos una persona así, o deberíamos poder despedirla para que siga buscando su sitio en el mundo? Yo creo que sí, pero este desarrollo ocuparía demasiado en este artículo y nos desviaría del tema central. Hablaré de ello en otra ocasión porque el problema es muy generalizado y realmente grave.
Perfiles con baja consideración de las normas.
Volviendo a la tabla que nos sirve para analizar el marco de comportamiento en las relaciones, nos moveremos ahora en aquellos perfiles con baja consideración de normas y costumbres bien en nuestra organización, bien en las relaciones en general. Partiendo del «lastre» que he definido ya, nos encontramos con un nuevo perfil que tiene ya un mayor nivel en las relaciones sociales. Se trata de la persona «Voluntariosa». Es aquella que trata de ayudarte, además de buena fe en la mayoría de ocasiones; su actitud puede ser muy sincera, pero su desconocimiento de procesos, procedimientos, usos y costumbres le hace meter la pata de forma continua, no llegando a terminar aquello en lo que se ha quedado, haciéndolo tarde, mal, o las dos cosas a la vez, hasta el punto de la desesperación que nos hacer perder cualquier mínimo nivel de confianza que pudiéramos tener. Su característica fundamental, en definitiva, es la incompetencia.
El último perfil es, a mi modo de ver, el más peligroso y el que probablemente tiene un menor respeto por las normas y, por extensión, por el resto de las personas con quienes se relaciona; es el «Buenista». A cada uno le dice lo que quiere oír, aunque se contradiga con lo que ha dicho una semana, un día o un minuto antes. Pretende caer bien a todos aunque sea a costa de su propio criterio, si es que tiene alguno distinto de medrar, mantenerse o simplemente ser popular. Será, sin duda, el perfil más difícil de modificar, incluso más que el propio lastre, pero también resulta más complicado a la hora de deshacerse de él, puesto que es posible que la apariencia externa que emana de estas personas sea incompatible con el hecho de prescindir de las mismas, sobre todo de cara a los demás, que pueden estar atrapados en sus redes de ilusionismo barato. Esto es común en la Política y pueden verse ejemplos muy certeros de este perfil en las últimas décadas y en el presente rabioso de España al más alto nivel.

Perfiles de equilibrio.
Una vez analizada esta «L» de perfiles problemáticos pero, en algunos casos, aprovechables en función de su propensión al cambio, nos queda un cuadrante de perfiles que pueden estar realizando un conjunto de aportaciones importantes a nuestra actividad y que, además, cuentan con grandes posibilidades de desarrollo futuro y de ajuste real a nuestras necesidades de recursos humanos. Son los que denomino «perfiles equilibrados».
Si hay una carga importante de relaciones sociales y un cumplimiento razonable de las normas, estaremos ante una persona con un perfil «Social», imprescindible, por ejemplo, si queremos conseguir negocio para nuestra empresa. No podríamos imaginar a un comercial retraído, con poco don de palabra y gentes y que no quisiera en algún momento pedir una pequeña transgresión, si es necesario, en el servicio de un pedido, las rutas de entrega, los plazos o incluso los pagos.
Si, por el contrario, tenemos una carga importante de cumplimiento de procedimientos de la empresa, pero con unas relaciones sociales adecuadas, que tienen un mínimo de empatía, estaremos ante personas con un perfil «Estricto». Aunque ser estricto pueda tener hoy en día algo de mala prensa, no hay nada en el mundo que se consiga sin una mínima disciplina. Pensemos en que las personas que tienen que hacer las entregas de productos y materiales para nuestras actividades no cumplan los plazos acordados. Pensemos también en que si cumplen perfectamente no sean capaces de hacer una excepción en algún caso particular; también esto podría acarrear un grave problema de abastecimiento. También las facetas de administración, control, fiscalidad, organización, etc, necesitan disciplina, tanto para ellas mismas como para el resto de la organización, por lo que no nos podemos permitir el lujo de no disponer de este tipo de perfiles cerca de nosotros.
La relación entre estos dos perfiles quizás se nos antoje con alguna que otra fricción, pero son, en general muy complementarios y capaces de trabajar juntos con altos rendimientos. La maduración de estos perfiles, nos llevaría a otros dos, uno que ocupa la parte central del mapa y que he denominado «Equilibrado», y otro que ocuparía la posición diametralmente opuesta al lastre y que es muy excepcional; por esa excepcionalidad, si no imposibilidad, lo he denominado el «Mirlo blanco», algo que nunca se ve.
Es curioso que me refiera a una «maduración» en posiciones de la tabla más cercanas al origen de coordenadas, pero pensemos también en el valor que siempre he dado en todos mis artículos al concepto de equilibrio. Estas posiciones de perfil equilibrado son el germen de toda la evolución que la empresa necesita, tanto en caminos de ida como de vuelta. Ida en el sentido de que el abandono de posiciones peligrosas de la «L» inicial que tratamos, se llevará a cabo casi con seguridad a través de estas posiciones en la búsqueda de una mejora personal. Y vuelta en el sentido de que la experiencia de haber estado en posiciones tanto estrictas como sociales y el consiguiente aprendizaje bien aprovechado, también nos puede llevar a unas modificaciones de conducta tendentes a un mayor equilibrio personal que nos haga, desde ese centro, entender las bondades, defectos y necesidades de cada una de las posiciones de la tabla para poder ejecutar una correcta gobernanza de todas las actividades. Por esto, las jefaturas requieren de este tipo de perfiles equilibrados pero, sobre todo, en caminos de vuelta, con toda la experiencia acumulada.
El caso del «Mirlo blanco», la persona perfecta (que no es lo mismo que equilibrada), es posible que lo encontremos una o dos veces en nuestra vida profesional y por un periodo muy breve de tiempo.
Estas dos variables que he considerado, nos da un cuadro bastante útil para el posicionamiento de todos los profesionales que se relacionan con nosotros, tanto dentro como fuera de la organización de nuestro negocio. Si tenemos en cuenta alguna otra variable adicional, podremos ver cómo las personas serán capaces de modificar su situación, pasando de unas zonas a otras. Por ejemplo, será necesario considerar el tiempo para que pueda producirse algún cambio. La influencia de un buen o mal jefe podrá tener mucho que ver con la evolución de una persona. Del mismo modo la influencia de los compañeros, etc. Dejaremos esta evolución para el último artículo de la serie.
Siguiendo la argumentación que estoy llevando a cabo, este marco de actuación nos da un reflejo de la situación de cada uno de los profesionales con los que me relaciono en un momento determinado. Es un análisis estático, en un momento concreto, de la situación con respecto a los recursos humanos. Pero, también desde un punto de vista teórico, ¿cuáles son los perfiles de profesionales que la empresa de verdad necesita? Lo veremos en el siguiente artículo.
Complejos de culpa (II) – ¿Trabajo poco?
Entre no cumplir con mi cometido y que «se me caiga el lápiz» a la hora de salida y no poder dejar de trabajar ni de madrugada, hay un abismo que podemos analizar de manera conveniente para llegar a un comportamiento razonable con respecto al trabajo y que nos aleje de estas dos aberraciones que hemos indicado, mucho más habitual la primera que la segunda pero igualmente nocivas para la persona.
En muchos momentos de nuestra vida nos podemos encontrar con disyuntivas de este tipo. Imaginemos entre estudiar y trabajar. Tengo responsabilidades en mi trabajo y también estoy estudiando una carrera, máster o cualquier otro curso. Si dedico mi tarde a estudiar puedo estar pensando que debería estar trabajando. Pero si me pongo a trabajar, estaré preocupado por la marcha de mis estudios. El resultado será que no estaré rindiendo en lo que hago por la preocupación, ni mucho menos disfrutando de ninguna de las dos cosas.
Y este es un círculo vicioso muy perverso pero que, en un alto porcentaje de ocasiones, lo generamos nosotros mismos sin ninguna intervención exterior de otras personas; autogeneramos este complejo de culpa sin la más mínima piedad hacia nosotros mismos. El resultado: sentirnos mal hagamos lo que hagamos. Si a esto le añadimos los factores externos, que los habrá, ya tendremos un cóctel de los más explosivos del mercado.

Efectivamente, puede que nos encontremos un jefe para el que no existen las horas libres, todo es trabajo que, bajo una dulce capa de dedicación, vocación y entrega, oculta probablemente cualquier tipo de las frustraciones personales que se desfogan en la empresa (ver el artículo de este blog sobre el jefe). Puede que exista una «sana» (o no) competencia entre compañeros con o sin cargos de responsabilidad, a ver quién queda mejor enviando un informe por correo electrónico al equipo de trabajo a la hora más intempestiva. Si somos comerciales, además de todo esto aparecerá el inconmensurable universo «del cliente» en el que nos encontramos todas las modalidades de personas que existen en el mundo (al fin y al cabo es lo que son aunque podamos dudarlo en algunos casos). Así, los habrá respetuosos y prudentes, y los habrá que quieren hacer sentir su yugo sobre nosotros forzando situaciones difíciles por el hecho de no perder negocio.
Pues que sepamos, que en muchas ocasiones y con dolor de nuestro corazón, a este tipo de personas es mejor perderlas no ya como clientes sino perderlas de vista en términos absolutos, sólo hola y adiós por cortesía y educación pero poco más.
El remate de estas situaciones en las que aparece este complejo de culpa por no trabajar lo suficiente se da cuando analizamos a las Pymes y los autónomos. Porque, efectivamente, aquí se concentra todo lo que hemos dicho en los párrafos anteriores: soy jefe pero trabajo a pie de obra, tengo empleados de todo tipo y además tengo que tener en cuenta los deseos de mis clientes. Con razón algunas veces se busca una ventana por la que saltar y escaparte de todo. Curioso cuando ser dueño de tus actividades, tener la capacidad de elegir el ritmo de desarrollo, debería darte más reposo y satisfacción. Porque esta es la razón de que muchas personas opten por este camino: dejar la rigidez de una empresa grande, del mundo asalariado y de aquella «sana» competencia de la que hemos hablado antes.
En algún momento hemos hablado de la «Hipercomunicación» en nuestra sociedad, uno de los conceptos que trata el filósofo Byung-Chul Han al definirla como «sociedad de la transparencia», eso que denomina «el infierno de lo igual». Y en este caso concreto que tratamos para este complejo de culpa específico, la aceleración extrema de la comunicación tiene gran parte de la culpa.
Enviamos un mensaje y EXIGIMOS una respuesta inmediata y esto es simplemente no tener respeto por el tiempo de los demás. La aplicación además te dice si el mensaje que has enviado ha sido leído… peor aún. Más ansiedad todavía para el remitente: ¡Cómo puede ser que no me responda si ya lo ha leído! Y así vamos pasando por la vida, tan centrados en todo lo inmediato, que no nos damos cuenta de que se nos está escapando.
Las herramientas de comunicación que tenemos son fantásticas y han tenido una evolución estratosférica… y la siguen teniendo, de tal forma que no creo que nadie sepa, ni el mejor de los científicos, a lo que vamos a llegar. Y esto creo que es más un problema que otra cosa sin querer ser un agorero. Fijaros la facilidad de comunicación que tenemos hoy en día con cualquiera a través del Whatsapp, pero fijaros también los millones de idioteces que se envían por este medio tan «útil». Esa facilidad de comunicación ha tenido un efecto perverso haciendo que tengamos que navegar en un mar, o mejor en un océano de iconos, memes, oks, fotografías graciosísimas con o sin movimiento, etc, etc… La misma herramienta que me facilita la comunicación, a la vez, me la dificulta.

Pero no es el único efecto perverso. Esta dificultad la podríamos dominar con mucha selección de grupos, mensajes, sonidos, etc. Es mucho más peligroso para nosotros la acumulación progresiva de cargas de trabajo debido a una multitarea permanente. Yo mismo mientras estoy escribiendo esto he intervenido varias veces en una conversación (importante si) en la que estoy intentando aportar para resolver una situación de conflicto, pero voy a centrarme.
Si una tarde os da por pasear con vuestra familia, ¿dejáis el móvil en casa? Yo creo que no, que lo llevamos encima de forma permanente. Pues que sepáis que hubo un tiempo en que no existía y no pasaba nada… al revés. Y ya que lo lleváis, ¿va en silencio y sólo lo consultáis de vez en cuando? Puede que si… o puede que no. Si veis los mensajes, tanto si es de vez en cuando como si saltáis cada vez que suena uno, ¿qué ocurre si un cliente os hace una pregunta o petición?… vamos a dejarlo aquí por ahora, pero no olvidéis esta cuestión.
Creo que debemos hacer una serie de consideraciones a tener en cuenta cuando asoma este complejo de culpa de que «deberíamos trabajar algo más»:
El trabajo es un gas y se expande.
Así es, y ocupará, si lo dejamos, todo el tiempo de que dispongamos y aún nos parecerá que nos queda todo pendiente. Funciona como un plato de arroz que estamos comiendo sin ganas, cuando llevemos un rato masticando al revés, nos parecerá que tenemos más que al principio. Por lo tanto, todo deberá tener su límite en cada mes, en cada semana y en cada día que vivamos. Debemos establecer rutinas con las que nos sintamos cómodos y que nos sean útiles para poder disfrutar de lo que hacemos y para poder tener tiempo de otras cosas que puedan aparecer, porque no todos los días serán iguales… gracias a Dios.
Y ahora que estamos en tiempos de trabajo a distancia, el problema se agrava porque antes, había una distinción clara: hora de entrada, trabajo (con sus pausas… o no), hora de salida… y extras. Todo muy definido. Cuando llegaron los portátiles, internet, las nubes y demás, todo se difuminó y muchos ven una ventaja en trabajar de seis a ocho de la mañana, después hacer otras cosas, otro ratito luego, después por la tarde y así caer en un desmadre con el que no consigues centrarte o con el que vas a estar trabajando todo el día y más horas que en la antigua oficina. Cuidemos nuestro tiempo, porque el que haya pasado no lo volveremos a recuperar.
Identifica verdaderos problemas que debes atender.
Si ya tenemos claro que el teléfono no lo debemos atender de forma indiscriminada porque va a hacer que trabajemos, sin la calidad necesaria por supuesto, hasta en el último rincón del mundo, vamos a intentar diferenciar aquellas situaciones que sí merecerán nuestra atención inmediata y directa.
En este caso, si tenemos una comunicación correcta con nuestro equipo, conocerán nuestros hábitos y si existe un mensaje o llamada en un momento no habitual, es que será importante. En este caso lo atenderemos con la mayor normalidad del mundo porque sabremos que será algo importante y necesario y, en el caso de que no lo sea, deberemos tomar medidas para que no se repita, bien porque alguien de mi equipo tenga más formación o más confianza o bien porque determinemos claramente que ese tipo de problemas tienen otra resolución.
Si realmente tienes un equipo y tu servicio se lleva a cabo durante toda la jornada, define guardias para horarios no habituales de forma que puedan «repartirse» las situaciones excepcionales. Y valora la posibilidad de que exista una diferenciación entre los teléfonos de trabajo y los personales.
Selecciona clientes.
Cuando estamos empezando con nuestro negocio, esto se antoja muy difícil… y lo es. Entramos casi en todo lo que nos llega porque necesitamos comenzar a generar ingresos y poner nuestra maquinaria fina para el desarrollo de nuestro negocio pero pronto nos daremos cuenta de los inconvenientes si no conseguimos controlar la situación.
Determinados clientes pueden ocupar una parte muy importante de nuestro tiempo, lo que nos va a impedir desarrollarnos. Por lo tanto, llegará un momento en que tendremos que evaluar la conveniencia de tenerlos. Creo que es importante desde un principio fijar nuestros niveles de servicio y definir hasta dónde llegaremos, si hay determinados horarios, si la resolución de problemas tiene un procedimiento determinado o si contamos con un servicio de soporte.
Aquellos clientes que, como mencioné antes, disfrutan haciéndonos sentir su yugo por el hecho de que son nuestros clientes y se saltan todos los acuerdos de servicios que les hayamos explicado, sencillamente NO deberán estar, no deben existir dudas en esto y sentiremos una tranquilidad muy grande desde el mismo momento en que los hayamos dejado. Seguramente encontrarán su proveedor adecuado, pero no seremos nosotros, sin alterarnos, sin preocuparnos, sólo es una decisión correcta según nuestros criterios y puntos de vista, así de simple.
Llegados a este punto y con estas breves consideraciones, volvamos al paseo con la familia y a los mensajes que nos llegan. Si hemos reflexionado sobre estos temas, no tendremos problemas, pero si no, comenzará nuestro complejo de culpa a actuar de forma inmisericorde: «debería responder en un momento porque tengo que sacar mi empresa adelante… en realidad lo hago por ellos»… ¡estás perdido!
Necesitamos toda la tranquilidad del mundo para ir lunes, miércoles y viernes al gimnasio durante una hora porque nos gusta y nos viene bien para la salud y esos son unos momentos nuestros y no de nuestro trabajo. También para hacer ese paseo que hemos interrumpido con la llamada innecesaria en el noventa y nueve por ciento de los casos, porque el momento será de nuestra familia y no de nuestro trabajo. Sin complejos, porque son momentos necesarios incluso para poder trabajar bien después. Y no nos olvidemos de que la preocupación nos la generamos muchas veces nosotros mismos porque el resto del mundo sigue funcionando sin nosotros, aunque nos parezca que somos imprescindibles.
¿Es necesario crecer tanto o mi negocio se encuentra bien así? Puedo parar el ritmo de crecimiento y vivir más en paralelo. O puedo no hacerlo en las temporadas que yo decida porque es con mi negocio con el que disfruto. El problema será si me siento libre para tomar esa decisión. Si lo eres, trabaja hasta por la noche si quieres… pero plantéatelo.
Y quizás alguien que haya leído el primero de mis artículos sobre el complejo de culpa, podría decir que me estoy contradiciendo, pero verá que este último criterio también coincide con el que reflejé en dicho artículo y que justificaba perfectamente que, cuando YO QUIERA puedo decidir ser menos productivo y trabajar tardes o noches. Pero no será porque tengo un complejo de trabajar poco, sino por una decisión consciente de la que soy capaz de disfrutar y que en ese preciso momento, justo en ese momento y no en otro, es la que YO QUIERO tomar. Los problemas vienen sólo cuando empieza a desaparecer mi capacidad de elegir.

Personas y empresa (I) – ¿Qué se espera de mí si soy el jefe?
Si se consultan en internet las tipologías de personas que hay en una empresa, nos va a salir una innumerable relación de clasificaciones, unas más originales que otras y con más o menos sesgo cómico, que analizarán este tema desde todos los puntos de vista posibles. Son artículos, por lo general que tienen muchas lecturas porque son como el horóscopo: sencillos de leer y que despiertan una curiosidad por ver lo que pone, en este caso sobre todo para intentar identificarnos con alguna de las tipologías que describe, buena se entiende, porque todos somos muy buenos en la empresa y resultaría difícil identificarse con uno de los perfiles problemáticos que se mencionen.
Sin embargo, como ejercicio personal, esta identificación con un perfil de los «malos», incompletos o que no aportan mucho, sería muy enriquecedor por el gran recorrido de mejora personal que supondría aunque solo fuera por el simple reconocimiento de que no todo es color de rosa con nosotros mismos. En realidad nos resultará mucho más fácil encuadrar a cualquier otro en estos perfiles que a nosotros mismos, por lo que, si del criterio personal de cada uno dependiera, estas categorías problemáticas estarían vacías o con sólo un grupo de valientes capaces de reconocer errores.

Si esto sólo se usara para satisfacer una curiosidad y no como un criterio de trabajo, no tendría mayor importancia pero es que sí que se usa. Y como ejemplo, hace poco escuché unas declaraciones de un miembro del sindicato Csif, de la Administración, hablar de la situación en los centros infantiles de Andalucía, que habían empezado el curso con plazas sin cubrir, lo que planteaba serios problemas de servicio en algunos centros. Gracias a Dios, ese era el único problema, que estaba siendo solventado por una «abnegada» y competente plantilla de trabajadoras (y trabajadores, que en este sector son mayoritarias). Una pregunta… ¿toda la plantilla es competente? Típico sesgo sindical: el problema es de número, pero para él todos los trabajadores son buenos, en ningún caso considera que hay gente que no sirve ni para estar escondida y debería buscar otro sitio para estar. 100% de competencia laboral… pero quizás algunos centros tengan problemas por bajas (y no me refiero a las normales), o por falta de rendimiento de algunos trabajadores, o directamente por inadecuación y falta de competencia en su trabajo de algunos otros. Esto no se mira porque sería señalar a algún «compañero» o «compañera» y eso no está bien, aunque esté causando que el resto estén haciendo un sobreesfuerzo real o que estén causando una deficiencia del servicio también «real».
Por lo tanto, al analizar la categorías tendemos a tener un sesgo, tanto al calificarnos a nosotros como a los demás, pero sobre todo, a nosotros. Y quizás el problema sea que, como tendemos a categorizarlo todo de forma «absoluta», estamos perdiendo la riqueza que nos da la diversidad de las situaciones en la empresa y en la vida misma. Si cambian las circunstancias, nuestro comportamiento puede cambiar. Si soy capaz de aprovechar las enseñanzas que recibo de la vida, probablemente también. Y eso hará que podamos pertenecer simultáneamente a varias categorías de las que vamos a analizar en esta serie de artículos. Haré mi propia clasificación en base a la experiencia que tengo y para ello, como decía Nietzsche, tendré que dejar de leer sobre este tema, porque si no, no será lo que yo piense y pueda aportar sino un resumen o una amalgama de las opiniones más o menos versadas de los demás.
Pero voy a comenzar la casa por el tejado. Este grupo de artículos va a responder a una demanda de emprendedores que tiene curiosidad y necesidad de saber cómo bregar con los recursos humanos de su empresa, cómo comunicarse con ellos, cómo motivarlos, etc, porque soy su responsable, empresario, emprendedor, coordinador, jefe o como le queramos llamar a esta figura. Pero hay una pregunta fundamental: ¿qué es lo que se espera de MÍ? Tendremos que reflexionar sobre si yo estoy preparado para trabajar con toda esta tipología de personas cambiante que vamos a describir aquí, y si no lo estoy, que puede ser perfectamente, en qué facetas debo evolucionar para estarlo. Porque, en realidad, nunca se está suficientemente preparado para tratar con todas las personas en todas las situaciones… siempre habrá una nueva.
A estas cuestiones del desarrollo directivo se le han dado todas las vueltas del mundo. Se han volcado las reflexiones sobre el tema técnico, luego sobre el humano, se han impartido miles de cursos de desarrollo directivo con técnicas para manejar equipos y tiempos y al final, después de décadas, la misma doctrina del «Management» nos dice que «no podrás ser un buen jefe si no eres una buena persona». Así de simple… y así de complicado. Porque ser buena persona no significa bajo ningún concepto ser «tonto». Y si hoy, al cabo de tantos años y tantos jefes que he tenido, pienso un poco en esta cuestión, puedo confirmar que es cierta.
Pero, bajando a la tierra, ¿en qué áreas debería trabajar entonces? Porque para tener un cargo de responsabilidad también operará que no se comporta uno igual en todas las situaciones. Por lo tanto, habrá que considerar que tampoco nosotros como jefes seremos «absolutamente buenos» o absolutamente malos», al igual que hemos hecho referencia a que con los trabajadores pasará esto mismo.
Pues vamos a recuperar cuatro términos de nuestra tradición occidental que concretan muy bien el resumen de una vida buena y responsable. Si nos remitimos a la religión Cristiana, las denominó «virtudes cardinales», pero estos conceptos fueron absorbidos por esta nueva línea de pensamientos y provienen de nuestra tradición Grecorromana muy anterior. Del mismo modo, existen valores parecidos que rigen la vida en otras culturas: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
La prudencia, la virtud por excelencia que nos decía Aristóteles, con su otra inseparable cara de la moneda, la sabiduría (práctica) que nos va a permitir saber afrontar las diferentes situaciones que la vida nos presente y que nos ayudará a navegar con rumbo, manteniendo nuestros criterios y siendo capaces de adaptarnos a las circunstancias en cada momento. Y estas dos caras de la moneda sólo se adquirirán a través de la experiencia que nos ofrece la vida, pero una experiencia activa, con implicación, con ganas de llegar a conclusiones sobre lo que pasa a nuestro alrededor y que nos permita tomar en un futuro decisiones correctas.

La justicia, para dar a cada uno lo que le corresponde, para tratar a las personas como un fin en sí mismas y no como un simple medio para conseguir algo. Y remarco lo de dar «lo que le corresponda», nunca a todos lo mismo, porque no se trata de igualar en los resultados como hacen las políticas «buenistas» a las que tan acostumbrados estamos en los últimos tiempos para la compra patética de votos y el mantenimiento en el poder, sino de ofrecer a cada persona los medios que necesitará para su desarrollo y el reconocimiento y las recompensas que se deriven de sus actos.
Fortaleza para sacar adelante los retos y superar las dificultades. Para hacer lo correcto en cada momento aunque existan otras opciones más placenteras, para asumir lo que nos plantean las distintas situaciones de la vida, incluso aquellas en las que ser prudentes no ha bastado. Aquellas en las que hay que debatirse entre lo correcto y lo que no lo es y en las que incluso tenemos que decantarnos por esta segunda opción para evitar males mayores.
Y la templanza para «gobernar» sobre nosotros mismos, sobre cuerpo y alma, para alejarnos de los extremos y para soportar los errores de acercarnos a veces demasiado a ellos. Para no caer en perfeccionismos obsesivos o dejadez indolente que nos denigra. Es esta una virtud dedicada por entero a nuestro interior, como la del acero de una espada, para el que también se usa este término, de forma que nunca llegue a romperse.
Si pensamos en un jefe «buenista» de los que abundan hoy en día, es decir, ese ejército de «tontos» de los que habíamos hablado antes, probablemente no tengan ni siquiera un mínimo razonable en ninguno de estos aspectos: tratan a todos por igual, con lo que benefician a quienes menos lo merecen, eluden las dificultades y «sacan balones» continuamente, son gente que, si es que llegan a tener experiencia en algo, no son capaces de usarla para nada y tienen una vida probablemente hedonista y sin sentido. Y sí, es verdad, por los recovecos de la vida se nos cuelan en todos los ámbitos y son los que en muchos sitios están «liderando», entre comillas y por llamarlo de alguna manera, los procesos vitales en los que nos vemos envueltos; empresa, política y sociedad en general. También habrá que pensar que algo no habremos hecho bien si esta horda de incapaces es la que nos gobierna en la mayoría de los ámbitos. Será que el buen juicio y la capacidad se retira a cuarteles de invierno cuando es la ineptitud la que campa a sus anchas.
A medida que alguien consiga progresar en esas cuatro virtudes seguramente aparecerá un estado de «calma vital», aunque sea a destellos momentáneos, que nos indicarán que avanzamos por buen camino. Hará falta tiempo para esto. Si hemos dicho que la prudencia y la sabiduría se adquieren con la experiencia, podremos quizás explicarnos por qué la gente joven no conoce esa calma. Cuando no hay justicia, en el sentido descrito, no puede haber calma. Si las situaciones nos dominan en lugar de nosotros a ellas, tampoco la habrá. Y si, al final, no conseguimos controlar nuestros impulsos, también tendremos más ansiedad que sosiego.
Trabajemos estas virtudes, no sólo porque los demás es lo que esperan de nosotros si tenemos que liderar un proyecto, una empresa o una comunidad cualquiera, sino porque nosotros mismos también será eso lo que queramos de nuestra persona.

Complejos de culpa (I) – Productividad obsesiva
Pase que en España no seamos los más productivos del mundo, que desaprovechemos el tiempo un poco y no consigamos hacer en el mismo tiempo todo lo que un alemán, francés o noruego son capaces de hacer. También habrá que ver si por el camino de hacer las cosas, esas que nos han costado a nosotros más tiempo, ellos han disfrutado más o menos que nosotros, porque puede que la productividad sea mayor en sus casos pero la satisfacción menor. Es importante, eso sí, que el resultado final pueda tener la misma calidad en todos los casos.
Siempre que sale una estadística de productividad en Europa, o, en general, en ese grupo de países denominados «del primer mundo», comienza el debate por la posición de España. Una serie de expertos han definido los parámetros, en este caso de la productividad, de forma aséptica y fría y según unas teorías de la producción que no consideran bien los entornos y las formas de ser, y se acaban estableciendo las escalas de quiénes son mejores o peores. Pero según esos criterios sobre los que, muy probablemente, nadie nos ha preguntado.
Y así, siguiendo el error perpetuo de España desde que terminó el siglo de oro y empezó a fraguarse la ideología liberal y progresista, lo que viene de fuera siempre es lo mejor y se convierte en ley, nosotros no somos capaces de hacer nada a derechas y de establecer el más mínimo criterio y, por lo tanto somos una especie de «chuflas» y retrasados ante una Europa que nos escribió la historia. ¡Todos a acomplejarse!… Y hasta hoy y prácticamente en todos los aspectos de la vida: en cada parcela, una mayoría de acomplejados y una pseudo élite de expertos que se sienten por encima del común de los mortales porque defienden criterios que se han establecido en otros sitios «más avanzados», sin la más mínima capacidad de crítica hacia esos criterios que nos tenemos que «tragar» y sin ser capaces, tanto que saben, de proponer nada nuevo.

Pero creo que sería necesario que nos hiciéramos algunas preguntas, porque según su respuesta es posible que cambie mucho la situación:
Ante esta situación de la productividad por ejemplo, ¿aplicamos igual o mejor tecnología? Si la respuesta es que no, tenemos un claro margen de mejora que podremos analizar para igualarnos y probablemente con esas mejoras podremos alcanzar el mismo nivel. Aquí no habría mucha justificación de esos complejos, existe realmente un desfase y simplemente nosotros decidiremos cómo y cuándo hacer esas mejoras.
Si la respuesta es que sí y tenemos a nuestra disposición las mismas herramientas, entonces la cosa será algo más complicada y tendríamos que pasar a una segunda pregunta: ¿Es siempre así o estamos en aquello de generalizar por costumbre? Un vicio muy instaurado en nuestro país, analizamos unos resultados parciales e inmediatamente, si son malos claro, lo extendemos a la generalidad de los casos. Esto nos llevará al resultado de que habrá una gran mayoría trabajando muy bien, pero bajo el estigma de que no lo hace y sólo porque hay algunos que no cumplen esos estándares (que vienen de fuera). Tampoco caben aquí complejos porque en ningún sitio del mundo existirá un nivel de uniformidad total en la actividad económica y siempre «habrá de todo en la viña del Señor».
Pero está también la otra opción, que efectivamente sea siempre así en la mayoría de los casos, y teniendo a nuestra disposición la misma tecnología, los resultados sean peores. Esta situación nos llevaría a la tercera pregunta: ¿Nos importa realmente? Porque ya aquí, estamos entrando en otro tipo de análisis muchísimo más profundos aunque nos parezca todo lo contrario.
En el caso que nos ocupa de la productividad en el trabajo, el desfase podría significar que yo tardo, por ejemplo, tres horas más en hacer la misma tarea, con la misma calidad, que un holandés o un alemán teniendo a mi alcance las mismas herramientas y el mismo conocimiento personal y experiencia que ellos. Si esas tres horas además, las cobro, la empresa o el proyecto incurrirá en unos mayores costes de personal (suponiendo el mismo salario, que sabemos que en muchos casos no es así). Por lo tanto, o el margen será menor o, para tener el mismo que mis dos competidores, tendría que subir el precio del producto o servicio que he llevado a cabo. En ambas circunstancias mi negocio pierde, en teoría.
Y aunque haciendo las cuentas esto sería un hecho constatable, también he dicho «en teoría». Hagamos un supuesto: he tardado tres horas más porque he atendido, cuando no estaba previsto, a dos compañeros de trabajo que me pidieron opinión o ayuda para sus distintas actividades en lugar de ser un «estreñido» que les cortó en seco y les dijo que me pidieran cita por correo electrónico. Como consecuencia de esa ayuda, uno de ellos ha logrado una solución para la suya y el otro ha aprendido algo que incorporará de forma continuada como mejora a sus actividades diarias. La vida es compleja, como dije en otro artículo, así que, ¿qué balance podríamos hacer ahora? Mi actividad ha resultado algo más «cara» sí, pero posiblemente las mejoras de los otros dos compañeros han generado una notable mejora de la productividad de ellos y, por lo tanto, una mejora de la productividad «general» de la empresa desde ese preciso momento. ¿Con qué nos quedamos? Probablemente ya no sea tan crítica mi peor productividad, aunque también dichas aportaciones se las podría haber hecho en otro momento planificado más adelante y lo tendríamos todo… ¡o no!

Imaginemos que esas horas de más NO LAS COBRO. ¿Por qué puede ocurrir esto? Porque la empresa (que en muchos casos puedo ser yo mismo) no me las va a pagar aunque realmente hicieran falta para el proyecto; mal vamos, pero este es un tema muy distinto, porque si hacían falta, algo cambia en las condiciones con respecto al holandés y al alemán, pero en cualquier caso el coste de la actividad debería ser superior y estaríamos falseando los resultados… y esto da, no sólo para un artículo, sino hasta para un libro entero, y le dedicaremos tiempo al tema de los costes.
Pero, por ahora, vamos a las otras opciones: me han interrumpido esos compañeros y les he atendido con el resultado que he dicho antes y YO he decidido trabajarlas para terminar mi proyecto. O simplemente YO he decidido tomármelo con más calma en mi trabajo y de forma consciente he tardado más para hacerlo de una forma más tranquila, segura, e incluso disfrutándolo más. Con la primera opción (que es la que haría cualquier autónomo o pyme), la empresa no sólo no ha incrementado el coste sino que ha tenido una mejora; con la segunda opción (que es la que «debería» hacer el autónomo alguna que otra vez) no ha tenido incremento de coste y la persona ha seguido una decisión propia que entendemos que es satisfactoria para su bienestar personal.
En estos casos estoy sacrificando tres horas de mi vida personal para dedicarlas al trabajo sin tener ninguna compensación «económica», pero quizás de otro tipo sí (satisfacción por la ayuda prestada, satisfacción por disfrute de mi trabajo… y así podríamos seguir con este tipo de justificaciones por el que una buena parte de la población nos diría que somos tontos, que no debemos hacerlo, que deberíamos reclamar más salario, negarnos en redondo, acudir a la justicia o incluso a los sindicatos para que empiecen a envenenarlo todo, aunque eso era antes, ya ni eso…).
Es posible que nuestra forma de trabajo sea distinta a la del holandés o a la del alemán, pero el punto crítico es, según yo creo, ese «YO he decidido» que he usado antes y que constituye una libre y consciente elección de mi situación en el trabajo y que nadie puede ni debe criticar, porque hay fundamentos que no podemos imaginar detrás de cada comportamiento humano. Si nos fijamos, salvo en el último caso en el que decido trabajar de forma más relajada, en los demás en que atiendo a mis compañeros, cobrando las horas o sin cobrar, en realidad el problema es de una simple imputación contable, porque esas tres horas (y su correspondiente coste), nunca deberían haberse imputado al proyecto en cuestión, por lo que mi productividad habría sido la misma que la de los del norte, y si he cumplido al final los plazos, que es donde deberíamos tener mucho cuidado, incluso superior por las aportaciones realizadas a las demás actividades.
Si nos encontramos en estas situaciones, cualquiera de ellas, que son además la mayoría, COMPLEJOS NINGUNO, sólo mirada al frente y defensa de nuestra forma de trabajo, esa que nos hace más afables y que vivamos mejor si no fuera por el permanente complejo de culpa que tenemos en este tema concreto de la productividad.
Pero mucho cuidado: si no rindes lo suficiente, tardas más siempre, no aportas mucho al resto e incluso no cumples plazos… si siempre hay una excusa para lo que no se hace y una queja del poco tiempo que se tiene y lo complicado que resulta todo, probablemente debas plantearte que eres un flojo o un inútil o incluso las dos cosas juntas y que tu sitio no está ahí, en esa empresa y probablemente en ninguna otra, y si no cambias de actitud, deberías acabar en un sitio que yo personalmente no acabo de concretar o, como mínimo, en una cola de las tantas que hay para ayudas sin contraprestación alguna, quitándosela también a alguien que realmente la necesite, que hasta para eso se puede ser inútil en grado máximo.

Mínimo esfuerzo
Para operar según la ley del mínimo esfuerzo, hay que hacer un gran esfuerzo de lógica y criterio porque, que no se llame nadie a engaño, esto no es lo mismo que ser un flojo, todo lo contrario, es un «modus operandi» en la vida que implica un análisis de las situaciones, unas decisiones sobre los métodos de operar y un objetivo de ser razonablemente productivo para liberar tiempo que necesitamos para hacer otras cosas, que una de ellas será «nada», un arte ancestral de gran dificultad.
La Naturaleza opera según el principio del mínimo esfuerzo, otra cosa sería derroche de facultades y energía; los leones de la sabana se llevarían bastante mal con los centros comerciales nuestros por ejemplo. Fijémonos en que en la Naturaleza hay fallos. De vez en cuando aparece un tigre blanco, las abejas se desorientan y crean más de un problema en la ciudad, se desborda un río e inunda y arrasa todo a su paso o se quema un bosque entero (me refiero sin intervención humana) que deja una desolación total. ¿Por qué un mecanismo tan evolucionado tiene estos fallos? Porque la perfección costaría demasiado trabajo y recursos. Los maravillosos mecanismos de la Naturaleza que nunca nos dejan de asombrar son así porque su tendencia es a ser óptimos, pero nunca perfectos. Hay determinados costes que la Naturaleza no está dispuesta a pagar porque así perderá menos energía que la que necesitaría para llegar a la perfección absoluta en un procedimiento.
Pasa igual en la Economía. Todos sus mecanismos trabajan conforme a esta ley, que tiene la otra cara de la misma moneda en la ley del máximo rendimiento. Aunque un agente de la Economía pretenda la perfección en lo que hace, y por mucho que éste se empeñe, la propia confluencia de distintos participantes y elementos nos llevará a que dicha perfección nunca se alcance. Sólo si todos los factores y elementos que intervienen en un proceso de principio a fin estuvieran bajo nuestro control en todo momento, y decimos «todos y en todo momento», podríamos tener mayores probabilidades, y nunca todas, de obtener un resultado perfecto.
La realidad nos indica que este cúmulo de circunstancias nunca se da, por lo que la perfección no es rentable. Además, se ve claramente que estos esfuerzos por conseguirla no merecen la pena cuando vemos que la búsqueda de la perfección nos lleva a obsesiones como la de la limpieza, la vigorexia, la anorexia, etc.
Llegamos a la conclusión, por lo tanto, de que esta ley del mínimo esfuerzo resulta ser, como nos diría Aristóteles (siempre volvemos a él), el término medio entre dos extremos indeseables: por un lado, el «dejarse llevar siempre por las circunstancias», y ojo, que digo «siempre»; y por otro lado el fantasma de la obsesión en cualquier aspecto de la vida. Operar según el mínimo esfuerzo, como la Naturaleza y la Economía, nos alejará de las obsesiones perfeccionistas porque tienen un coste demasiado elevado para el resultado que vamos a obtener, que será básicamente no llegar nunca a lo que nos gustaría a pesar de haber consumido todos nuestros recursos, pero también nos alejará de la laxitud que consume nuestro espíritu hasta no poder llegar a ser ni la sombra de una persona, apenas un triste despojo sin ánimo ninguno.
En este punto de la reflexión, todavía alguien podría pensar que le estoy quitando un peso de encima, pero nada más lejos de la realidad: operar bajo la ley del mínimo esfuerzo es tremendamente complicado porque se trata, para cada hecho de nuestra vida, de analizar todos los elementos y procesos que le afectan, sistematizar todas las actuaciones que deberemos llevar a cabo y establecer un método para que, AHORA SÍ, nuestra vida sea más fácil y podamos hacer todas las cosas de la forma más sencilla, liberando tiempo que quedará a nuestra disposición para poder hacer otras que, si estuviéramos en alguno de los dos extremos, jamás podríamos hacer, y esta forma de actuar nos llevaría a nuestro «máximo rendimiento».
Las grandes empresas tienen departamentos dedicados a esta ley; yo he pertenecido a uno de ellos unos veinte años de mi vida profesional. Son los departamentos de Organización, o también los de Métodos, Procesos de trabajo, Productividad, etc. Donde hay que tomar la decisión de decir que no a un maravilloso desarrollo informático en un programa, que a cualquiera le gustaría, porque quizás en ese momento no venga al caso para lo que pretendemos y comprometería unos recursos que no hacen falta. O decidir todo lo contrario: hacer que los informáticos trabajen horas y horas en determinadas aplicaciones, muchas veces pensando que es un capricho del técnico de organización, para llegar a una «pequeña» mejora del programa pero que, en manos de miles de usuarios, supondrán un ahorro en tiempo para la empresa que habrá merecido la pena con creces.
La pequeña y mediana empresa y los autónomos no tienen departamento de organización, pero precisamente por eso es importante que los emprendedores tomen conciencia de esta ley tan simple, y a la vez tan difícil, del mínimo esfuerzo, porque pensar con este filtro económico y natural nos puede salvar muchas situaciones de dificultad. Porque se trata de hacernos la vida más fácil para trabajar mejor e incluso más, si queremos, pero sólo si queremos, porque trabajando así muy probablemente llegaremos a todo aquello que nos hayamos planteado y con suficiente margen para poder maniobrar si se da el caso.
Llegar a que los procesos, y en general todas las cosas de la vida, sean fluidos y simples, es decir, que utilicemos el mínimo esfuerzo para llevarlos a cabo, exige grandes dosis de reflexión, de pruebas y errores (muchos errores), de un método para trabajar y de unas rutinas que nos ayuden, pero sobre todo de la capacidad de analizar constantemente, casi por costumbre, todo aquello que nos ocurre incluidos los métodos y las rutinas por si acaso podemos hacer aún la vida más fácil.
Es evidente que la tecnología nos hace más productivos por ejemplo. Pero en otro artículo también analizamos la enorme esclavitud a la que nos está llevando. El dilema en este caso sería ¿ese incremento exponecial de tecnología y de productividad… nos hace mejores y más felices? Suponiendo que estos sean algunos de nuestros objetivos vitales. Por otro lado… ¿qué nos supondría quedarnos atrás, nos desconectamos de nuestro flujo vital y social o sería posible seguir si no estamos a la última? Pensemos en este caso en las personas mayores con los cajeros automáticos «que hacen de todo».
Debemos llegar a nuestro equilibrio con la tecnología en función de nuestra edad y necesidades. De ser capaces de usar más o menos a nuestro antojo y no por exigencias. De ver las bondades y comodidades para nuestra existencia que tienen los nuevos métodos y aplicaciones y usarlas, pero también ser capaces de eliminar todo el ruido que llevan alrededor.
También oímos decir que la rutina mata, que es necesario salir de ella para «vivir». Pero vamos a imaginar cómo sería un día en el que tuviéramos que pensar cómo nos afeitamos, cómo nos duchamos, cómo hacemos la cama, cómo conducimos, cómo comemos, cómo operamos con el móvil, etc. Sin duda no tendríamos tiempo suficiente en el día para hacer este conjunto de «banalidades», no digamos ya para dedicarnos a los temas importantes. Estamos hablando de las rutinas «operativas» por llamarlas de alguna forma. Pero hay otras rutinas no tan simples, que han sido sistemáticamente establecidas por nosotros mismos para nuestra comodidad o disfrute. Puede que tengamos la rutina de ver todas las noches una película después de cenar. O de levantarnos temprano para ir a desayunar a un sitio determinado y pasar una hora leyendo o preparando el día. O de ir lunes, miércoles y viernes una hora al gimnasio y darnos una paliza consentida, o escuchar música los domingos por la mañana. Lo hacemos porque nos gusta y nos sentimos bien; ¿tendría sentido que eliminásemos este tipo de rutinas de nuestra vida? Creo que no.

Sin embargo se nos alienta a salir de cualquier rutina aduciendo que nos comen la vida porque ¿qué haces sentado todos los días viendo una película? Bueno… antes a quien hacía esto se le llamaba cinéfilo y se le tenía por una persona culta y experta en «el séptimo arte». Pase, pero ¿y si cambiamos las películas por partidos de fútbol? Ahí sí que seguramente seremos crucificados y ¿por qué?, ¿quién determina que el cine es algo culto que ayuda a desarrollar a la persona y el fútbol es algo vulgar que la embrutece?, ¿la gente «culta» no puede ser aficionada al fútbol?

Pensad ahora que por alguna circunstancia no podéis atender alguna de esas rutinas… ¿fastidia verdad? Pues será necesario ver la importancia que realmente tienen en nuestra vida para definir si podemos dejarlas y analizar continuamente si podemos vivir sin ellas. En función de su objeto podrían ser buenas o malas pero muchas serán muy ambiguas, como la del ejemplo del párrafo anterior. De esto podremos hablar otro día y buscar un criterio para definir lo que es bueno o malo para nosotros, pero lo que nos atañe hoy es que el hecho de que nos saquen de una de esas rutinas afecta a la ley del mínimo esfuerzo para nosotros… y esa es la razón de que nos fastidie tanto. Estas rutinas han conseguido un equilibrio de esfuerzo y resultado óptimo para nosotros, nos sentimos bien en ellas, y si sus objetos son legales, si son respetuosas con los demás y además dominamos los esfuerzos necesarios para llevarlas a cabo, tenemos un resultado satisfactorio desde muchos puntos de vista.
Pueden ser algunas de esas zonas de confort de las que mucha gente nos quiere sacar y no niego que en algunos casos sea conveniente. Si las rutinas nos hacen desarrollarnos, crecer como personas y ser relativamente felices, quizás no debamos plantearnos su abandono. Pero cuando aparece la inercia y se hacen las cosas porque siempre fueron así, cuando nos vamos desplazando peligrosamente de la ley del mínimo esfuerzo al estado de dejadez personal, sí que será hora de cambiar los planteamientos. Porque nada hay fijo en la vida, exactamente igual que ocurre en la economía; el cambio y la incertidumbre siempre están ahí y fijaros que las rutinas intentarán frenar estos dos elementos para ofrecer un panorama de estabilidad a la persona. Pero en ningún caso podrán hacerlos desaparecer, por lo que una de las cosas más importantes es que revisemos periódicamente nuestras costumbres para estar convencidos de que deben seguir siendo las mismas, algo que puede ser muy crítico cuando afecta a creencias y criterios, o cuando hay una carga importante de nostalgia posible por la desaparición de algo en nuestra vida.
Pensemos que ante cambios en la vida y en nuestro entorno, mantener igual todo puede suponer un trabajo que nos saque de la aplicación de la ley del mínimo esfuerzo, con lo cual procedería una reformulación. Sin embargo, mucho cuidado, porque aplicar esta ley sin criterio nos llevará en algunos casos a dinamitar nuestras creencias más profundas y esto sí que nos llevará a una vida vulgar y a la dejadez que se sitúa en el extremo opuesto a la perfección.

La vida es una feria
Un buen amigo y lector, me propuso en la comida del grupo CEN de Networking del martes de feria un reto que acepté: que mi próximo artículo a comentar en el grupo tratase precisamente de eso, de la feria. Como de lo que yo hablo normalmente es de una mezcla de Economía con Filosofía, el tema quizás pueda parecer muy alejado o, por lo menos, extraño. Y aquí estoy, navegando un poco por mi mente para enlazar conceptos… lo mismo sale algo con sentido.
Refiriéndonos a la feria, podemos decirle a alguien que no la conozca: «Te voy a llevar a un sitio en el que te lo vas a pasar de escándalo y no te vas a querer ir…». Es posible que nos diga: «Dime algo sobre cómo es ese sitio.», y aquí nos pueden surgir ya algunos problemas de definición. Porque es un sitio con un inmenso y constante «polverío», con gente por todas partes y en todas las condiciones posibles en las que puede estar un ser humano entre la sobriedad y el coma, donde se come a precio de restaurante pero con una calidad… bueno… ahí lo dejamos. Aunque cada vez es costumbre menos arraigada, ya que muchas cosas bonitas se van perdiendo, hay que ir un poco «arreglao» porque si van así las mujeres y se esfuerzan, no vas a ir tú en vaqueros y camiseta al lado, qué falta de consideración; pero hace calor, mucho calor, lo que significa que nada más entrar vas a estar sudando como un pollo y la cosa no va a parar hasta las nueve de la noche por lo menos… qué situación más agradable… Además hay caballos, muchos caballos, que se van a ver muy de cerca. En mi caso este año he visto un enganche tan de cerca que me hice amigo del caballo de mano del tronco delantero para toda la vida… cosas que pasan.

Llegados a este punto, nuestro interlocutor debería estar buscando una excusa para no aparecer por ese sitio infernal que le estamos describiendo. Incluso nosotros mismos es posible que a veces hayamos buscado alguna que la mayoría de las ocasiones no ha servido para nada porque volvemos a caer en el infierno ese tan bueno que es la feria.
Pero si nos fijamos, la feria es muy parecida a la vida misma. Se desarrolla en un sitio y en ese sitio tenemos nuestras zonas favoritas en las que nos encontramos mejor y otras por las que no queremos ni asomarnos. Y hay otros sitios parecidos a los que se puede ir, porque la nuestra no es la única fiesta de este tipo que existe. A pesar de tanta gente, hay momentos en los que nos podemos sentir solos. Pero existen todas las posibilidades para relacionarnos con conocidos… y con desconocidos también. Podemos llevar una buena feria o excedernos y perder los papeles en algún momento, hay tiempo para todo, y tenemos que hacer un esfuerzo para estar allí y desenvolvernos mas o menos bien. En muchas ocasiones se nos viene a la cabeza la pregunta de ¿qué hago yo aquí?, luego casi agradecemos que termine, pero, en el fondo, nos fastidia que se acabe, en este caso, no tanto como la vida, porque sabemos que el año que viene, con permiso de la ciencia y sus virus, habrá otra.
La feria es una escuela para la toma de decisiones, aunque no nos demos cuenta. Hay que saber llegar, y también saber retirarse. Podemos planificar cómo queremos llevar el día pero…ya sabemos lo que pasa… desde el inicio las buenas intenciones van a ser sistemáticamente torpedeadas a mala idea por el entorno que nos desviará sin cesar de lo que teníamos pensado. También esto nos suena bastante. Tendremos que saber navegar, dejarnos llevar, reconducir, liderar y, si es necesario, romper una situación en el momento adecuado. En definitiva, entre la llegada y la salida, tendremos que «saber estar», que es muy importante en la vida.
Hay que medir las conversaciones, en contenido y en longitud porque no acertar en esto puede ser una importante fuente de conflictos. En la feria todo es comunicación, y, como se suelen tomar más inhibidores de la conducta de lo que sería recomendable por los médicos, se convierte, ese todo, en hipercomunicación, de la que ya hemos hablado también en algún artículo. La feria siempre fue una enorme, aunque localizada, red social. Hoy es una hiper-red social, ya no está localizada, porque aunque se pretende que «lo que pase en Las Vegas se quede en Las Vegas» todo estará quedando grabado voluntaria o involuntariamente por alguna de las doscientas personas que siempre tendrás a tu alrededor y, además, convenientemente publicado para ser, claro, malinterpretado de alguna de las mil formas que hay de hacerlo.
No nos olvidemos de los recursos económicos: estamos ante un pequeño gran mercado. ¿Cuánto se mueve en esa semana? Es un importante desahogo para muchas familias, un gran negocio para otros y un mundo de excesos para todos. Hay que saber administrarse para cubrir la demanda que nos llegará por oleadas, calcular bien el servicio para que la atención sea correcta y seamos capaces de atender bien a los clientes, procurar unas condiciones aceptables en medio de «la polvareda», en definitiva, hay que saber hacer un ajuste «acertado» (no perfecto) de todos los recursos. Y si somos consumidores, también la administración es necesaria, porque estaremos en un entorno que no sólo facilita sino que estimula el consumo por todos los lados y que nos arrastra a usar la cartera más de la cuenta, no siendo extraño que más de uno, o una, acabe con un clavel con el que no llegó o paseando un inmenso peluche con el que no sabrá qué hacer.
Pero aunque parezca que todos son riesgos en los que hay que aprender a navegar, también hay otro aspecto a tener en cuenta: el enorme espíritu de positividad que te sobreviene en cuanto pones el pie dentro. Disfrutarás del «rato de vida» que vas a pasar, quizás nos arriesguemos más de la cuenta porque el ambiente nos hacer sentirnos más seguros, al fin y al cabo, todo nos parecerá que tiene solución y, si no la tiene, pues «estaría de Dios», y, sobre todo, entrará mucho aire fresco en la vida a pesar del calor insoportable. También esto tenemos que tenerlo en cuenta en nuestra vida de empresa. No soy partidario del aburrimiento del centro y norte de la Europa calvinista en la vida de la empresa, mucho más de la alegría mediterránea con un buen hacer y un bien vivir que siempre hemos sabido exprimir: Grecia, Italia, España, imperios duros pero de mezcla, colaboración y disfrute, ante imperios del pie en el cuello, explotación y exterminio. Norte o sur, frio o calor, clasismo o feria. Pues, qué queréis que os diga… feria, siempre feria; vida, siempre vida.

Inteligencia
Allá por el año 1989 un Jefe de Préstamos discutía con un compañero de Organización que se sentaba en la mesa que estaba junto a la mía y le decía: «Hay que aplicar la inteligencia artificial» para dar los préstamos. Lo dijo varias veces a lo largo de la conversación como si fuera un entendido en la materia, que no estaba aún ni en los comienzos, mientras mi compañero, que era una verdadera personalidad en todo lo que fueran avances tecnológicos, aguantaba el chaparrón estoicamente.
Cuando se fue esta voluntariosa persona, mi compañero se volvió hacia mi, que era todavía novato en el departamento, y ante la mirada que le dirigí me dijo: «Inteligencia artificial, si… si… donde falte la natural». Y esa frase todavía resuena en mi cabeza y aún más hoy en día cuando al pronunciar la palabra «inteligencia» inmediatamente pensamos en la palabra «artificial» para complementarla como lo más natural del mundo.
No mucho tiempo después se implantó el primer Credit Scoring, muy básico pero ya efectivo, y hoy en día la mayoría de los créditos los da el ordenador de la entidad financiera con toda la normalidad del mundo. Ni mi compañero Pepe ni yo éramos, ni lo somos ahora, sospechosos de ir en contra de la tecnología, sobre todo después de haber dedicado más de treinta años a diseñar y mejorar procesos de trabajo e implantar aplicaciones que los facilitaban. Pero el matiz, muy importante, es que nunca hemos implantado tecnología «porque sí». Siempre había una causa final para su implantación que tenía que ver con la mejora de los procesos para clientes y empleados, mejora de la productividad de la empresa, facilidad en la ejecución de las operaciones, ahorros importantes de costes y medios materiales, etc, etc. NUNCA la tecnología era el fin, y creo sinceramente que esto siempre debe ser el núcleo, la clave de la cuestión.
Si nos fijamos en la telefonía, podemos ver el avance vertiginoso que ha tenido en los últimos años y que no tiene visos de parar en el futuro próximo. Todo tipo de dispositivos con los mayores avances, cámaras con una calidad que, salvo en el caso de los profesionales, han eliminado a las reflex digitales que tan buenas fotos hacían, sonido que ha hecho plantearse a marcas de amplificadores como Marshall la producción de auriculares para los móviles, conectividad casi total a tiempo real con todo el mundo, miles de aplicaciones que hacen de todo… Pero ¿nos hemos parado a pensar QUÉ ES LO QUE COMUNICAMOS? Porque esto creo que es lo realmente importante y cada vez tiene menos importancia en el panorama general.

Y puede ser aún peor, porque cuando se trata de texto veremos miles de comunicaciones con una ortografía penosa disimulada por la existencia de un cuasi idioma virtual que utiliza muchas veces la «k» y los «emoji» y que empezó así para «economizar recursos» en la época en que se pagaba por caracteres en los mensajes, pero que, hoy en día con la barra libre de la comunicación, sólo sirve para ocultar o al menos disimular el embrutecimiento manifiesto de la persona que escribe. Pero cuando se trata de imágenes, no solo se trata de una comunicación deficiente, aquí si que sale a relucir la pericia del comunicador para FALSEAR los contenidos. Hay tantas posibilidades para retocar imágenes que directamente no nos podemos creer nada. No vendría mal que esa pericia que usan algunas personas para retocar imágenes la utilizaran para aprender un poco mejor el idioma y mejorar ortografía y gramática, de forma que no hablaran «…en plan…» como si no hubieran asistido en su vida al colegio.
Claro que tampoco el texto puro y duro queda hoy al margen de la falsedad. La maravillosa inteligencia artificial es capaz de obtener un buen mensaje publicitario introduciendo unos parámetros en una aplicación como si hablásemos en «indio». El incipiente y preocupante ChatGPT ya ha sido capaz de aprobar exámenes de una ingeniería, ya hace programación de ordenador sin problemas y yo mismo he hablado con un teleoperador robot, de los que llaman a las tres y media de la tarde, sin saber que era una máquina hasta la cuarta frase justo antes de cabrearme mucho y colgarle.
En un artículo anterior que titulé «Hipercomunicación» ya mencioné el concepto de «delegación del pensamiento» y creo que es necesario que lo vuelva a referenciar, porque este futuro tecnológico es el que tenemos, no vamos a dar marcha atrás aunque lo pudiéramos creer conveniente ante el cariz que toman las cosas, y vamos a acabar delegando nuestra propia vida. No será necesario ya que sepa escribir, y lo digo en general, no ya sólo que no haya faltas de ortografía y que haya una mínima conexión entre lo que esté diciendo. Ni hablamos ya de que el texto sea fluido y elegante, que parece que ya no se lleva. Cualquier «bodoque» que sea capaz de hacer una petición a la inteligencia artificial aunque sea con mala ortografía (que ya el corrector saldrá en su ayuda) podrá tener un texto que en la vida hubiera imaginado que saliera de su pluma… como así habrá sido.
Transhumanismo y Posthumanismo
La inteligencia y su aplicación ha distinguido al ser humano del resto de la creación. Capacidad de entender o comprender, de adquirir conocimientos y resolver problemas, de desarrollar habilidades y destrezas y de aprovechar la experiencia. Esta es la inteligencia natural que ha hecho que nos desarrollemos como especie por encima de las demás y que ¿dominemos? el mundo. Esta inteligencia natural ha hecho nuestras vidas más cómodas aunque no en todas partes del planeta. Pero, como «de todo hay en la viña del señor», algunos han utilizado esta inteligencia natural para llegar a crear su propia suplantación.
Ordenadores cada vez más pequeños pero con más capacidad tienen un «mundo» de información que procesar y relacionar a unos niveles que el ser humano no podrá jamas por lo que, en ese aspecto de acumulación de conocimientos, nos podemos dar por superados. Los problemas pueden empezar cuando el ordenador ya empieza a aprender por sí mismo de la información que va recibiendo de la interacción con los propios humanos. Podrán crear nexos de unión de esas respuestas extrañas que somos capaces de dar con las situaciones en las que lo hacemos lo que nos llevará a la «percepción» de que ese robot de alguna manera razona. Visto el nivel de razonamiento actual de mucha gente de todas las edades y por distintas razones, tampoco vamos a tener que exigirle mucho al robot para considerarlo inteligente, por lo que tendremos que preguntarnos en algún día no muy lejano si esta inteligencia realmente nos distingue.
Yo creo que el nivel de desarrollo de la robótica y la inteligencia artificial llegará a detectar, distinguir, manejar y expresar sentimientos y, de la misma forma que muchas personas fingen, los robots serán capaces de hacerlo. ¿Esto es bueno, lo podemos considerar progreso, es ético que me engañe una máquina? No, no y no son las respuestas, pero tampoco importa mucho porque estoy seguro de que se va a hacer sin el más mínimo remordimiento visto el nivel (el poco nivel) ético de la ciencia y la tecnología actuales.
En este punto nos quedamos sin referencia para establecer lo que es humano, porque la inteligencia ya no nos sirve, ni siquiera la emocional. Para diferenciarnos y definir nuestra existencia, nuestro ser, sólo nos queda aquello que la máquina por su propia esencia se negará a admitir: el error; la inesperada, ilógica y delirante ristra de equivocaciones en cadena que somos capaces de cometer. Se podrá enseñar a la máquina a cometer errores intencionados como parte de su «nueva lógica» pero eso nunca creo que pueda hacerlo tan bien como nosotros, en el momento más inesperado, en contra de cualquier predicción, con una ausencia de sentido total y con una falta de empatía que ni la misma máquina sería capaz de tener en la frialdad de sus circuitos.
La corriente transhumanista postula que todos estos avances pueden y deben ser utilizados para suplantar aquellas capacidades perdidas por los humanos, de forma que puedan acceder a una mejor vida. De esta forma, si perdemos un brazo o una pierna, habrá una prótesis que la sustituirá y podremos seguir una vida normal. La curación de muchas heridas internas se podrá hacer inyectando «algo» que irá directamente al sitio y hará la correspondiente reparación sin necesidad de las actuales operaciones. Será posible replicar un riñón y no serán necesarios los transplantes, etc…
Parece todo magnífico hasta aquí y esta evolución que nos permita no perder capacidades y poder continuar con una vida digna es muy plausible. Pero, si necesito aprender un idioma, quizás con un implante tenga el problema resuelto. Si mi capacidad espacial está limitada, otro implante que estimule alguna zona concreta de mi cerebro y resuelto. Y así todo lo que podamos imaginar. Empezamos aquí a tener dilemas que nos hacen pensar un poco el sentido de todo este nuevo mundo de posibilidades que se abre ante nosotros. Y, si nos detenemos un poco, veremos que no es muy distinto de lo que ha venido pasando con la cirugía estética en los últimos años; después de un accidente o de una enfermedad como el cáncer, una reconstrucción estética puede ser una bendición que haga recuperar a la persona su autoestima. El problema se da cuando llegamos a gente que, por gusto, tiene en el cuerpo ya más silicona que músculo, quitando de unos sitios, poniendo en otros, comprometiendo a veces su propia salud, para llegar a lo que nunca se llegará por ese camino, que es sentirse bien.
Estos trabajos, además, se pueden «vender» como «democratizadores» porque cualquiera puede llegar a adquirir la capacidad que le haga falta, eliminando así la penosa discriminación que hace la malvada naturaleza, sí, esa que tanto queremos preservar. Pero, ¿realmente «cualquiera» podrá llegar a adquirir estas capacidades? Pues no, no será tan democrático e igualitario el proceso. Harán falta unos desembolsos tales que, al final, sólo los ricos podrán acceder al mercado de los implantes. O quizás las empresas contraten al «bodoque» al que aludí anteriormente a bajo precio y con dos o tres implantes le faciliten todas las capacidades que le hacen falta, sin formación, ni experiencia, ni asimilación cultural en la empresa y en dos patadas ya estará trabajando a buen nivel.
Como todo esto será caro, a lo mejor se puede alquilar y entonces los implantes serán temporales. Me alquilo un implante de árabe para irme de vacaciones a Egipto dos semanas, que podría ir, qué maravilla, dentro del paquete turístico. Claro que también puedo alquilar uno de matemáticas para el día del examen y problema resuelto. Pero como esto incluso a los más progresistas les parecerá un camión de cara dura, seguramente optarán por eliminar ya definitivamente los exámenes y así no damos lugar a problemas.
Y estas, que tanta polémica crearán porque sólo estarán al alcance de los ricos, son las aplicaciones «buenas» de la nueva tecnología, porque ¿estaremos de acuerdo en que nadie la va a utilizar para hacer algo malo, claro? Los que no se estén partiendo en dos a carcajadas será porque no han leído bien la pregunta. SI, se le van a dar malos usos, no cabe la menor duda. Podremos tener un ejército de Robocops o de Terminators aplastando en Ucrania, por ejemplo, a cualquier humano que se ponga por delante y luchando por las más altas… ¿qué… si serán robots fabricados para matar por aquél que los haya programado? Dada la evolución de la tecnología, con la disminución del tamaño y el aumento de la potencia, imaginemos también una nube de insectos, como las plagas, bíblicas o no bíblicas, de langosta que arrasen campos y bosques o que directamente exploten al contacto. Es muy pesimista la visión, si, pero, dados los niveles más que escasos de ética de los científicos actuales o de infantilismo si creen que sus inventos sólo se utilizarán para hacer el bien, ¿alguien tiene dudas de que esto no se vaya a realizar, si es que no está ya preparado?
La guinda del pastel será la visión Posthumanista, con la creencia de que se evolucionará de forma que, esos cerebros humanos que pueden llegar a manejar miembros conectados al cuerpo o usar chips que aumenten sus capacidades, podrán viajar en el sentido contrario; en lugar de conectar un brazo nuevo al cuerpo que maneja el cerebro, se trataría de llevar el cerebro al Robocop y darle al final la razón a Walt Disney que, según dice la leyenda, anda por ahí congelado esperando la oportunidad.
Y no quedaría ahí la cosa, porque ese cerebro tiene un fallo: que sería humano y, por lo tanto, degradable. Además le podría quedar algo de «humanidad», que ya sabemos que para Robocop sería un problema que no sabría resolver. Mejor dar el último paso y «sintetizar un cerebro», quizás en una impresora 3D muy avanzada con lo que eliminaríamos estos dos problemas de un plumazo. Y ya, con una buena ficha de mantenimiento para los cambios de aceite y demás menudencias, tendríamos al Robocop eternamente, todo entero artificial pero con capacidades humanas de aprendizaje y razonamiento lógico llevadas al infinito y ni un sólo sentimiento ridículo que entorpezca su trabajo, SEA CUAL SEA, desde cuidar a un bebé (si es que nos queda alguno), llevar la contabilidad o matar a todos los que midan más de un metro noventa y tengan ojos azules. Y mientras tanto el ser humano cada vez más tonto, extinguiéndose y además con merecimientos.
Cultura objetiva y cultura subjetiva
Quedan ya lejos los momentos en los que el ritmo de la innovación era asumible por las personas que formaban parte de una comunidad. Tiempos en los que podíamos «hacer nuestros» esos avances, incorporarlos en mayor o menor medida a nuestra vida. Ahora, sencillamente, es inabarcable con lo que damos esta batalla por perdida; sabemos a ciencia cierta, y nunca mejor dicho, que se avanza tanto en todos los aspectos de la vida, que nos hemos quedado atrás y cada minuto que pasa más atrás; y que seremos afortunados si somos capaces de ponernos un poco al día, no más, en aquellos aspectos que vayamos necesitando para seguir adelante.
Es así, es un hecho, la cultura objetiva, ese conjunto de objetos y saberes de nuestra comunidad, que cada vez es más grande gracias a la globalización, nos resulta inabarcable y sólo podemos utilizar de ella un pequeño conjunto que serán los que llevemos a nuestro día a día y que constituirán nuestra cultura subjetiva. En esta vorágine, es normal que algunas veces nos aferremos a algunas de nuestras tradiciones, porque sólo de esta forma llegaremos a tener un poco de confort y tranquilidad. Si la persona tiene que estar soportando continuamente cambios en todos los aspectos de su vida, la sensación de inseguridad y desarraigo crecerá continuamente para provocarnos, en el mejor de los casos, desasosiego y desde ahí, pueden intervenir muchas pastillas y psicólogos.
¿Por qué algunos clientes tienen ese rechazo tan frontal a la tecnología? Porque les sobrepasa, porque no quieren que esto forme parte de su día a día aunque tengan capacidades para asumirlo. Por lo tanto, uno de los temas fundamentales, que desde nuestras empresas tendremos que asumir, será el hacer que los nuevos productos y servicios que ofertamos formen parte de la cultura subjetiva del cliente, que adquieran conciencia de que son parte también de «su mundo actual» y que son una herramienta poderosa que les servirá para vivir mejor, bien sea su vida profesional o la personal.
No se tratará de convencer simplemente, sino de que los clientes se convenzan (que no es lo mismo) de la bondad de lo que les ofrecemos, es decir, de que lo pueden hacer formar parte de «su vida», de su cultura propia. Es un trabajo previo e importante porque si sólo les convencemos, a la primera de cambio renunciarán, mientras que si son capaces de incorporar lo que le ofrecemos a sus propias rutinas, tendremos una venta permanente y, probablemente, nosotros también pasaremos a formar parte de esa «su vida» que he dicho antes, lo que resulta incluso más importante que la propia venta del momento.
Pero, cuidado, tenemos un reto ético también nosotros: que nuestros productos y servicios sean verdaderamente útiles y aporten valor, que no sean creaciones para seguir la espiral de la venta sin sentido. Nadie nos dijo que las cosas fueran fáciles, pero algunas veces las soluciones hay que buscarlas en un ámbito mucho más extenso y también inesperado. Muchas de las soluciones de la Economía están en realidad en la Filosofía.
Siempre nos quedará la equivocación…
No tengo ninguna duda de que la Ciencia seguirá avanzando y que nos hará la vida mejor, sobre todo en los aspectos innumerables de la Medicina, facilitando operaciones, sintetizando órganos, mejorando la movilidad, etc. No me gustan los demás aspectos de los que he hablado y que, lamentablemente, existirán también. Sólo tendremos que ver cuál de estas dos tendencias queda por encima, si podremos tener una vida más o menos digna o si directamente se anulan o si el reparto entre la población no es todo lo equitativo que desearíamos.
Pero tampoco tengo ninguna duda, y, además, de esto estoy mucho más convencido, de que nos seguiremos equivocando, para desconcierto de nuestros nuevos amigos los robots. Y que para arreglar las meteduras de pata, no tendremos más remedio que utilizar nuestras emociones. Que seguiremos teniendo miedo a muchas cosas injustificadas y que provocaremos ternura ante algunos comportamientos por muchos años que tengamos. Por ahora todo esto que nos hizo diferentes al resto de la creación, lo seguimos teniendo y marca la diferencia, para bien y para mal.
Y si algún día te pones a hablar con un robot, por favor, piensa lo que estás haciendo no vaya a ser que te acostumbres. Aunque llegará un momento que el robot nos sacará de quicio con su lógica aplastante y lo podremos tirar por la ventana. ¿Nos detendrá la Policía? ¿Nos acusarán de asesinato? ¿Tendremos cargo de conciencia? No hay más preguntas… por ahora, porque de este tema quedará todavía mucha tinta que derramar.

Vivimos de percepciones
Una buena amiga, a propósito de todas estas reflexiones que estoy haciendo en el blog, me envió hace unos días una cita de Saramago que había leído:
«El mundo se está convirtiendo en una caverna igual a la de Platón: todos mirando imágenes y creyendo que son la realidad.»
José Saramago
Y lo que yo me planteo es si alguna vez ha dejado de ser así. Después de darle muchas vueltas, creo que nada ha cambiado desde que Platón formuló esta teoría, y creo que hay un mundo distinto por cada persona que exista sobre la faz de la tierra. Y la evolución de las civilizaciones lo confirma. Hay mundos sencillos, muy básicos, en los que la gente ve la vida pasar sin muchas más preocupaciones en su cabeza pero muchos males en el cuerpo. Los hay, algo más complicados, con muchos más avances en la tecnología donde la vida ya no pasa tan plácidamente. Y también existen mundos tormentosos en los que resulta muy complicado vivir aunque tengamos todas las comodidades.
Es curioso, pero parece que según avanza la tecnología en esos mundos para curar los males del cuerpo y hacer más llevadera la vida, más problemas aparecen en la mente para compensar ese desarrollo y que siempre tengamos algo de qué preocuparnos.
La Filosofía nos regala el concepto del «Saber» para salir del mundo de sombras y que seamos capaces de ver la realidad del mundo, una realidad incontestable que sería común a cualquiera que llegara a su contemplación, algo que nos parecería imposible en los tiempos que corren, y la Religión nos regala el concepto de «Dios» para que, en su contemplación directa, podamos llegar también a eludir esas sombras. Tanto para la Filosofía como para la Religión, y en algunos casos resulta muy difícil trazar una línea entre las dos, cobra una importancia fundamental el camino hacia su meta final (el saber o el mismo Dios, sea el que sea), porque ese camino es nuestro presente y es éste el que estamos «condenados a vivir», bendita condena.
En cursos que he impartido he comentado la carga emocional que tienen nuestras decisiones a la hora de comprar y, por lo tanto, la importancia que tiene que las consideremos a la hora de vender un producto o servicio, sabiendo que en muchos casos a estas cosas no se les puede aplicar mucha lógica. ¿No estaremos hablando de entrar un momento en el mundo del otro para ver si le cuadra lo que le queremos vender?
También se habla desde hace tiempo ya de la «empatía», ponernos en el lugar del otro para entender sus comportamientos y sentimientos. Más de lo mismo, ¿no estamos de nuevo intentando entrar en el mundo del otro para ver si somos capaces de entender algo de lo que pasa por su cabeza?
El problema es que para hacer todo esto tenemos que salir un momento de «nuestro propio mundo», porque no podremos saber qué sensación tiene un pez si no nos metemos en el agua. Y aunque este ejemplo puede ser extremo porque el pez puede respirar en el agua y yo no, los mundos de algunas personas pueden ser igual de incompatibles, lo que va a requerir un esfuerzo tremendo para poder llegar a entender qué pasa por sus cabezas.

Una primera conclusión a la que podemos llegar es que jamás llegamos a la realidad como tal y que tenemos que manejar un concepto fundamental para nosotros que es el de PERCEPCIÓN. De la misma forma que llegamos a la conclusión de que lo único que no cambia es el cambio permanente, podemos llegar a decir que el conjunto de las distintas percepciones que tenemos sobre lo que ocurre en el mundo constituye nuestra realidad. Ese conjunto de percepciones que tenemos continuamente de todo lo que nos rodea ES nuestro mundo, y no tiene nada que ver con el de los demás.
Y ahora comienzan las interacciones, las relaciones más o menos amigables, más o menos interesadas o directamente los choques entre mundos, entre las distintas formas de percibir una realidad que permanece oculta. Y el problema de la comunicación. Por eso entiendo esta reflexión que hago aquí como extensión del artículo anterior sobre la «Hipercomunicación». Tal como mantenía en ese artículo, debemos protegernos de buena parte del caudal de información que nos llega precisamente porque intenta influir de forma manipuladora en «la percepción» que tenemos de las cosas y debemos ser conscientes de que cualquiera que se comunique con nosotros no lo va a hacer desde «la realidad» sino desde su propia percepción de la misma.
En realidad, todos manipulamos, o lo intentamos, y todos nos manipulan, o lo intentan, precisamente porque ninguno tiene el conocimiento absoluto de la realidad. Y si nos fijamos, personas que llegan a tener un nivel de conocimiento similar sobre algo pueden llegar a estar de acuerdo o, al menos, a estar muy cerca en sus criterios, mientras que si estamos confrontando percepciones superficiales sobre algo, los desacuerdos y los choques pueden llegar a ser bastante importantes. Por otra parte, somos capaces de confiar en personas que entendemos que «en ese camino de conocimiento» sobre algo, han llegado más lejos que nosotros, como ocurre con la mayoría de profesionales especializados.
Y esto último, un profesional, es lo que busca cualquier persona que se acerca a una empresa para lo que sea. Sabemos que el profesional nos dará un servicio y una opinión en función de su percepción y que será siempre subjetiva. Pero esperamos que esa percepción esté basada en un camino de conocimiento y experiencia adecuado. Esta será la garantía de nuestra empresa, ofrecer una percepción más cercana a la realidad que es la que busca nuestro cliente, sobre todo cuando estamos ofertando servicios que no sean tangibles. Y tenemos una responsabilidad importante, que es preparar adecuadamente ese camino de «sabiduría» y de «confianza» que garantizará nuestro desempeño, y operar sobre la parte emocional de nuestro cliente pero con la honestidad más absoluta porque, de lo contrario, además de tener esa insatisfacción que puede provocar una ética dudosa para obtener objetivos, nuestra empresa se puede ver perjudicada por las «percepciones muy negativas» que podemos generar en nuestros clientes en aquellos casos de ventas cogidas con alfileres.
Tengamos en cuenta, por lo tanto y como siempre, las dos direcciones: seamos conscientes de que lo que recibimos no son verdades absolutas sino percepciones de personas y seamos capaces de colocar un filtro razonable para valorar la corrección de lo que nos llega. Pero, sobre todo, seamos capaces de trabajar sobre nuestras propias percepciones para que cada vez se acerquen más a una realidad que nos convierta en profesionales y personas con criterio, y capaces de comunicarlas con la honestidad de aquellos sabedores de que no tienen la razón absoluta.

Hipercomunicación
Vivimos en la sociedad de la comunicación… y del estrés. Hace años ya que el problema no es que nos falte información sino cómo manejar el flujo que nos llega y, además, con un agravante añadido en las últimas décadas; cómo protegernos de informaciones falsas y malintencionadas y, sobre todo, del sesgo que con la clara intención de adoctrinar y manipular introducen muchos que se llaman «profesionales» de la información.
No es sino un rasgo más de una sociedad extrema, hipócrita y decadente que hemos generado con nuestro «buenismo» y a base de mucha indignación por cualquier cosa, falta de disciplina y miedo a tener criterio. Estamos envueltos en una verborrea de falsos expertos en todo o, justo en el otro lado, en una verborrea «quizás cierta» pero ininteligible de aquellos expertos en las miles de materias que se nos presentan hoy en día; sí, de esos expertos de los que hablamos en el artículo de la atomización del conocimiento.
Pero, supongamos que en nuestra vida personal podamos permitirnos el lujo, con nuestro tiempo, de atender a miles de estupideces que nos distraen un rato y a las que no les damos mayor importancia. En principio no supondrá ningún problema si somos conscientes de ello. No es difícil, basta con poner la televisión o la radio en cualquier programa informativo o de opinión y tendremos ejemplos a manos llenas. Lo difícil será encontrar algún profesional con criterio, sin sesgo ideológico, que exponga los hechos para que puedas formarte tu propia opinión. Sobre todo porque si aparece uno así, normalmente se va a jugar el puesto de trabajo en la cadena de turno. El problema real aparecerá si esta distracción se convierte en adictiva para nosotros y nuestra vida personal comienza a llenarse de falacias y adoctrinamientos.

Pero es aún peor, porque todo esto también está al alcance de jóvenes y no tan jóvenes, que no tienen la formación y experiencia como para recibir estas oleadas de desinformación y no sucumbir a lo que pretenden. Lo que empieza como una distracción y un espectáculo de los medios acaba modelando cerebros inmaduros dispuestos a defender causas perdidas según convenga a unos o a otros. ¿Queremos más problemas? El modelado de cerebros, ya que no llevará nunca a una reflexión lógica y serena, acabará generando violencia. A la vista está el odio y la crispación permanente en que vivimos, generados y manejados convenientemente ya incluso por formaciones políticas para la defensa de sus intereses, y me refiero a los intereses de sus dirigentes sobre todo.
Por lo tanto, si pensamos en la situación de la persona en nuestra sociedad, está pasando a ser más amenazada que ayudada por la gran cantidad de información, así como de la comunicación adulterada que se genera a su alrededor. Esta situación nos lleva a una saturación que puede incidir en nuestros criterios, creencias y, en general, en nuestra forma de ver el mundo.
Podemos fijarnos en que cuanta más distracción sin sentido, menos tiempo para pensar y reflexionar. Cuanto mayor sea el debate y la comunicación dirigida, menor el tiempo para una actuación consciente. De esta forma llegamos a veces a «delegar» nuestro pensamiento. Otros harán las reflexiones, otros formarán nuestros criterios sobre todos los temas posibles y esos mismos otros llegarán a las conclusiones y resultados que nosotros simplemente firmaremos sin mirar.
Ante esto es importante reaccionar. Y lo haremos cuestionando toda información que nos llega, hay que desempolvar el viejo criterio de Descartes para ponerlo a funcionar de nuevo. Lo haremos descartando totalmente fuentes de información que no exponen opiniones, lo que es algo plausible y necesario, sino que tienen un sesgo manipulador importante y cuyo objetivo no será informar sino adoctrinar. Y filtrando el resto de la información para atender a las fuentes fiables. Huyamos de la locuacidad estéril de muchos comunicadores.
Aunque yo no suelo citar los Evangelios porque me parecen muy complicados, más que muchas obras de Filosofía, y suelen necesitar una interpretación profunda, sí que os voy a hacer referencia a esta sentencia que Cristo dice justo antes de enseñar el Padre Nuestro:
«Y al rezar, no parlotearéis como los gentiles, pues piensan que mediante su locuacidad serán escuchados.»
Evangelio de Mateo 6,7
Esto sería algo así como «Huye de la confusión. Sé directo y sincero». En el momento cumbre de la relación con Dios, no valen las florituras para decir lo que queremos. En el momento de hablar con los demás tampoco. Y no me refiero a la persona que alardea de ser muy directa y decir siempre lo que piensa «a la cara» y que se convierte al final en una maleducada. Me refiero a una sinceridad prudente y oportuna. Prudente porque sólo hay que decir lo que sea conveniente en cada momento. Oportuna porque debemos aportar siempre algo positivo a aquello de lo que se esté hablando.
La locuacidad y la verborrea lo que hacen en la mayoría de los casos es enturbiar la comunicación, que no será inteligible para la otra parte. Si realmente estamos diciendo algo serio, envolverlo más de la cuenta le hará perder importancia por el ruido generado en la comunicación. Pero es que en muchas ocasiones en esos largos discursos «tampoco se dice nada», con lo que la pérdida de tiempo es total y absoluta. Así, una y otra vez, llegamos al cansancio comunicativo que tenemos hoy en día. Recibimos casi con el mismo impacto una noticia de guerra que el resultado del partido de ayer, que alguno habría sin duda.
La empresa también sufre las consecuencias.
Si esta interferencia la trasladamos al mundo de la empresa, un mundo en el que buscamos de forma denodada la eficiencia, empezamos a mascar la tragedia. La evolución de la empresa, aquella de departamentos estanco que no se comunicaban entre sí, y que pasó a necesitar de esa comunicación porque quizás podía estar en juego su supervivencia, nos ha llevado a todo tipo de teorías y prácticas para su mejora y nos dejó por el camino una herramienta para comunicarnos de la que aún seguimos «disfrutando»: la reunión.
No sé si habrán estado ustedes en alguna…. ¡Por supuesto que sí! Probablemente en muchas. Pensemos dos cosas: la primera, de todo el tiempo de reunión que hayamos tenido en los últimos años, ¿cuánto ha sido verdaderamente productivo?… y la segunda, de todos los temas, propuestas, objetivos, etc, que se hayan planteado, ¿cuántos nos quedaron totalmente claros?
Salvo casos excepcionales, no creo que las respuestas a estas preguntas sean muy esperanzadoras, pero aun así, creo que el balance terminaría siendo positivo. Unos flujos de comunicación deficientes en la empresa nos llevan directamente a la mala utilización de todos los recursos disponibles. Y digo «todos» porque aunque siempre se suele pensar de forma directa en el tiempo que se pierde en reuniones inútiles, y esto es cierto, las deficiencias en la comunicación, el hecho de que tampoco aquí sea «directa y sincera» como hemos dicho para el caso personal, va a hacer que las acciones que resulten no sean eficientes.
Si no tengo claro cómo y en qué momento tengo que intervenir, desperdiciaré recursos. Si no tengo claro el alcance de mi intervención en un proyecto, o bien no llegaré, y se resentirá el resultado final, o bien me pasaré y habré vuelto a usar recursos de más. Puede que por falta de comunicación el producto o servicio final no sea el correcto y pasamos al apartado de mejoras y correcciones, etc, etc, etc…
Cuando hablamos de trabajo es más importante aún esa comunicación directa y sincera, con prudencia y oportunidad. Sólo así se podrán conseguir flujos de trabajo y procedimientos en nuestra empresa que nos hagan sentir bien y consigan lo que queremos de nuestro quehacer. Y para esto hay dos elementos que me gustaría comentar y que creo fundamentales para la salud de la empresa y de la nuestra.
El primero de ellos es la preparación. Y hay que tomar esta palabra en todos los sentidos en que la podamos usar. Si volvemos a las reuniones que he mencionado, pensad lo que cambian si se preparan o no; de la noche al día. Con preparación pasamos en estos casos a dominar la situación porque perdemos ese plus de ansiedad que da el no saber por dónde me van a venir los tiros. Pero además, esa reducción de estrés permite intervenir con mucho más sentido, analizar mejor las consecuencias de lo que se está diciendo y quedar en disposición de llegar a mejores acuerdos, y esto es muy importante…, para todos.
Pero la preparación la podemos tomar también en su sentido genérico. Si tenemos una mayor formación y conocimiento estaremos en una mejor disposición para todas las situaciones. De la misma forma que si somos capaces de madurar nuestras experiencias y sacar conclusiones adecuadas, de compartirlas para tener opiniones diversas y de formar «recuerdos» que podamos usar a conciencia en las nuevas ocasiones que se nos presentan en la vida.
Y la segunda es la calma. Cuando interactuamos con personas, no debemos olvidar la «humanidad» de ambos interlocutores. Pensad en la sensación que os causa esa persona que se nos presenta alterada, insegura y, por lo tanto, a la defensiva, que no tiene criterios claros sobre algo o que quiere unos resultados que carecen del nivel de reflexión oportuna. Os propongo un nombre para esa sensación que causa: rechazo. Y el rechazo es una de las peores sensaciones que una persona puede sentir, con lo que el círculo negativo está asegurado. Pensad que no lo sabemos todo y los demás tampoco. Que podemos aprender mucho de los demás y que también nosotros podemos hacer aportaciones. Que es mejor ser sincero que andar siempre dando una imagen que seguramente no podemos mantener eternamente.

Cada vez más, no sé si decir afortunada o desgraciadamente, interactuaremos también con máquinas. Ahí no habrá entendimiento ni sentimientos, sólo bases de datos y programas lógicos. También nos hará falta la calma porque no sé si alguna vez habéis tenido ganas de meterle fuego al aparato o tirarlo por la ventana que también debe relajar bastante en el momento. Yo no he llegado a esto pero por muy poco, y algún golpe si que se llevó alguno pero siento deciros que no sirvió de nada. Mantener la calma es mejor solución.
Llegarán las situaciones complicadas en la vida, y entonces nos hará falta esta calma de la que hablo. Y es posible que cualquiera de ellas se complique aún más… pues más calma todavía necesitaremos porque cualquier otra actitud aboca al desastre.
El momento del equilibrio.
Sí, como ya he dicho muchas veces en mis artículos, «equilibrio» es el término fundamental en la vida. Y en la empresa lo es mucho más. Se trata de aplicar lo que aprendimos sobre Aristóteles en el artículo «Un mundo de decisiones». Porque no siempre iremos bien preparados a reuniones y entrevistas y será casi imposible que tengamos en cada momento el nivel de calma que necesitaríamos.
Quizás tendríamos que callar algunas cosas que vamos a decir y otras veces nos habremos guardado lo que deberíamos haber dicho. Siempre ocurre así, pero es que somos humanos y, por lo tanto, tenemos esa maravillosa cualidad de no ser perfectos. Pero para sentirnos bien, que en definitiva es lo que siempre vamos buscando, hay que intentar mejorar, en este caso que tratamos, nuestra comunicación. Y aunque no se consiga del todo, siempre podremos ser algo más prudentes a la hora de decir las cosas, siempre podremos intentar prepararnos antes de hacer algo. Quizás seamos capaces cada vez más de ser empáticos, algo muy complicado en el mundo en que vivimos. A lo mejor, poco a poco, vamos siendo capaces de controlar esos nervios y esa ansiedad que nos puede producir la comunicación, pero, al hablar en público por ejemplo, si alguien nos dice que no siente ese cosquilleo al menos al principio… o es una máquina o miente o, lo peor, no respeta a los que le están escuchando.
Por lo tanto, y como conclusiones ante el estado de la comunicación en nuestra sociedad, eliminemos aquellas fuentes que practican adoctrinamiento, dudemos de toda la información que nos llega y contrastemos para tener seguridad, no difundamos nada de lo que no estemos convencidos, practiquemos la calma en nuestras relaciones con los demás y apliquemos la prudencia en todo.
«Las palabras no son nunca «sólo palabras». Importan porque definen los contornos de lo que podemos hacer.»
Slavoj Žižek, «Chocolate sin grasa» pág. 21 Ediciones Godot
Y como última recomendación, no nos castiguemos demasiado si algunas veces no lo conseguimos, porque esto nos hará perder esa calma que necesitamos. Así podremos convertirnos en personas en las que se puede confiar, con criterio y sinceridad para reconocer aquello sobre lo que no se sabe y que los demás, por todo esto, podrán y sabrán valorar.
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