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El sentido de la producción

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A las 11 de la mañana en el colegio, tocaba el timbre de la «antigua EGB», que estaba en la primera planta, para salir al recreo. Yo, que ya estaba en el «antiguo BUP», en la segunda, veía algunas veces por la ventana lo que ocurría en el patio. Una horda de niños salía en estampida del hueco de la escalera y comenzaban a correr gritando como si no hubiera un mañana hasta que los frenaba la pared verde del frontón que estaba justo en el otro lado del patio. Ahí paraban, no se podía llegar más lejos… ¿y ahora qué? O lo más interesante, ¿a dónde creían que iban esos niños si estaban viendo la pared desde que salieron? ¿En serio era necesaria esa carrera?

Pero eran niños, no estaba el uso de razón todavía desarrollado del todo y se hacía notar este hecho. En realidad nada distinto de lo que ocurre con cualquier otra manada de mamíferos que metemos en una cerca: llegan corriendo al cercado como si les persiguiera el diablo hasta que se dan con la valla del otro lado y no pueden seguir, fin de la historia… a comer hierba.

Lo mismo ocurre hoy en día con la producción, más y más sin saber para qué, pero con la diferencia de que todavía no se ve ni la valla ni la pared del frontón para parar. O tal vez si que se ve, pero aún no queremos reconocerlo y hacemos lo posible por ponerla cada vez más lejos. La pared es la limitación de recursos. O el deterioro de nuestro ecosistema. O la laxitud moral y la falta de criterio razonable de la persona de nuestro tiempo.

A esto último, englobado en el concepto del «consumo» he dedicado un artículo anterior de este blog. Depende de las personas, de los consumidores que operamos en el sistema. Depende de que pensemos de forma razonable cómo queremos vivir y qué es lo importante en nuestra vida de forma que tomemos las decisiones más razonables en cada momento incluida la de decir no.

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Pero hay también una responsabilidad manifiesta en los productores porque no se puede, o mejor, no se DEBE producir necesariamente todo lo que se demanda. Porque si los consumidores demandasen drogas como la heroína, cocaína o marihuana, ¿habría que producirlas? Salvando un grupo de gente muy «progre», casi con toda seguridad la mayoría diría que no, porque sólo pensarlo asusta un poco. Pero se producen, se distribuyen y se consumen y, además, es un negocio muy rentable.

Esa mayoría que diría que no, en la que me encuentro, hay que reconocer que tiene un punto hipócrita. No todos claro, pero muchos sí. Porque yo no he caído y ni siquiera he probado ninguna de esas tres mencionadas en el párrafo anterior, y que Dios me libre. Pero la cerveza y el vino sí que me gustan y hay personas que acaban alcoholizadas, o sea, que su peligro también tienen. ¿Qué diferencia hay? Alguien dirá que no habrá problemas si hay un «consumo responsable» (como dicen en la publicidad). Pero ¿sería posible también un consumo responsable de las tres drogas duras que he mencionado? Yo llego a dudarlo pero el planteamiento es parecido e igual de lógico, al menos para una de ellas.

Quizás este es un melón que habrá que abrir en otro momento porque no va en línea con los objetivos que tengo para este artículo. Se trata de un ejemplo muy extremo pero que nos sirve para ilustrar que en el tema de la producción, como en el resto de cosas en la vida, no hay verdades ni razones absolutas, no hay sólo blanco o negro sino muchos matices. Y es la gestión que hagamos de estos matices lo que nos llevará a una acción razonable o no.

Necesidades del consumidor: De la identificación a la creación.

Voy a comenzar por la relación con los consumidores. La evolución a lo largo de las últimas décadas es evidente. Todo comienza por el hecho de que si yo quiero producir, organizar la actividad empresarial para ganar dinero, debo dedicarme a algo que tenga salida, de lo contrario no irá muy bien el negocio. De hecho hay miles de productos y servicios que, sobre el papel, son muy buenos y que incluso pueden ser reconocidos así por los propios clientes. Pero cuando llega la pregunta clave de si «pagarías por esto», se hace un silencio incómodo, no lo compraría.

«El ordenador nació para resolver problemas que antes no existían.»

Bill Gates

Pero ojo a la cita de Bill Gates, una de las personas más ricas del mundo gracias, según nos dice él mismo, a la enorme oferta de productos que sirven para resolver esos problemas que no existían y que nosotros mismos hemos creado.

Parece normal que si nuestra vida evoluciona… y para mejor, vayamos superando etapas y tengamos nuevas necesidades que satisfacer. En las economías avanzadas, una gran parte de ellas relacionadas con el ocio. También es normal que si la investigación y la tecnología avanzan, aparezcan cosas que puedan ser deseables. Productos o servicios que no hubiéramos echado de menos pero, ya que se presentan delante de nuestros ojos, podamos desear y consumir.

El problema se presenta cuando esto se convierte en una parte importante de la actividad empresarial. Investigar, crear nuevos productos que a nadie les resultan imprescindibles o ni siquiera necesarios, pero que, con su adecuado márketing, se convierten en objeto de deseo y en algunos casos hasta de culto. Pensemos en lo que ha ocurrido con los últimos lanzamientos de móviles, en esas colas de gente esperando de madrugada a que abran la tienda para ser los primeros en «pagar un pastizal» por el nuevo aparato que, casi seguro podrán comprar dos días después sin hacer cola y que funciona no mucho mejor que el que tienen en el bolsillo.

Una pregunta, ¿es ético hacer esto?

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Las disyuntivas de la industria moderna.

Tenemos que afrontar decisiones de mucho calado y de forma continuada. Desde el punto de vista de la industria (la empresa), podemos ver dos líneas de actuación en la toma de decisiones en cuanto a la producción y comercialización de nuevos productos:

La primera tiene que ver con lo que ya hemos comentado: genero nuevos productos casi sin control haciendo ver a los consumidores que su vida será otra si los tienen, que son imprescindibles y eran aquello que estaban esperando desde siempre. Generar necesidades que no existían, como decía Gates al hilo del ordenador y todo lo que nos ha traído.

La segunda es un poco más complicada. Si la primera se trataba de crear nuevas opciones «de lo que sea» y sacarlas al mercado creando la necesidad, esta consiste en parar la comercialización de algo que se ha creado, porque sería sustitutivo de productos que dan pingües beneficios en la actualidad o bien, si lo vemos por el otro lado, generaría unas adaptaciones en la industria tan importantes que no convienen. Porque, ahora que están ya de moda los coches eléctricos… ¿cuánto tiempo hace que existe esa tecnología? Creo que mucho, pero no convenía aunque fuera beneficiosa. Lo mismo con la generación de energía. ¿Cuánto tiempo hace que se conoce la energía solar y la eólica? ¿Por qué España con sol y viento para parar un barco no ha invertido más hace ya muchos años? ¿Hace cuántos años ya llevamos hablando del problema del carbón… y del nuclear? Con más sol y viento que nadie, seguimos a la cola. Y el problema lo tenemos ya en Europa.

Y volvemos a la misma pregunta ¿es ético hacer esto? Si llevamos años usando energías no renovables y «sucias» cuando podríamos haber estado migrando a las limpias, la cosa no pinta bien. Si creamos cosas que no sirven para nada pero tenemos la habilidad de venderlas por miles, algo no funciona correctamente en nuestras cabezas.

Pero hay más. Mientras todavía siguen funcionando electrodomésticos que compraron nuestros padres, los nuevos tienen una vida útil programada. La vida útil es muy efímera y es casi más caro relativamente reparar que comprar uno nuevo. Al caso de las impresoras me remito, en el que cuando tienes que cambiar el tóner, por poco más tienes otra nueva que, por supuesto, tendrá nuevos elementos más avanzados. Más chatarra en los puntos limpios. El concepto económico de obsolescencia, muy relacionado con el de amortización, que hace referencia a la vida útil y productiva de un bien y de la relación con su coste y su financiación, se retuerce para convertirse en el de «obsolescencia programada». ¡Qué contrasentido! Como si a nosotros nos hicieran viejos a más velocidad para que consumiéramos cuanto antes productos de la etapa senior… incluidas las residencias de ancianos.

El envejecimiento es el que es, en función del uso y del paso del tiempo por deterioro natural, pero en el caso de los productos, en los últimos tiempos, hemos programado conscientemente su deterioro, con algunas piezas débiles de corta duración que condicionan el producto entero.

Vemos de nuevo, al igual que con el consumo, que un término económico con sentido en la producción, como es el de la obsolescencia, pasa a ser una aberración en manos de los perseguidores del beneficio sin límites.

Soluciones para salir del paso

Este comportamiento descrito de la industria genera problemas evidentes. Montañas de residuos físicos y, lo que es peor, mentales. Acudiremos al término «hiperproducción» utilizado por algunos filósofos contemporáneos como justificativos de una sociedad sin sentido, acelerada, que no sabe a dónde va. Estamos produciendo mucho más de lo que realmente se necesita. Estamos creando necesidades sin una finalidad real para los consumidores, productos que solucionan problemas que no existen. Pero no importa, creemos el problema para vender nuestro producto, el carro delante de los bueyes.

Hoy en día no se imagina un desarrollo para luego investigar y llegar a soluciones que lo posibiliten. Se siguen creando nuevos productos, nuevas versiones que mejoran cosas innecesarias, la producción no tiene un sentido distinto que una comercialización agresiva para la generación de ingresos y beneficio. No existe el sentido de la utilidad, sólo el hecho de la venta.

Sólo con pensar un poco… sólo un poco, se genera en las personas normales un cargo de conciencia importante. El «angelito» en el hombro que nos susurra: «No vamos bien por aquí». Pero las correas de transmisión de nuestro sistema sin sentido siguen haciendo fluir esa corriente que nos arrastra sin remedio y entra en escena el «demonio» en el otro hombro: «Qué le vamos a hacer… déjate llevar».

Con ángeles y demonios luchando, llegamos a una solución que nos tranquiliza al menos: el reciclaje. Y si llegamos a más y lo convertimos en una nueva teoría, aparece ante nosotros la «economía circular». Todos los desechos que generemos, seremos capaces de reutilizarlos para incorporarlos de nuevo al sistema. No me lo acabo de creer. En principio hay ya una cantidad inmensa de residuos de todo tipo en todas partes. En tierra todo lo que podamos imaginar, en el mar, aunque el protagonismo es del plástico, si no me equivoco, también han caído algunos bidones radiactivos. Pero es que ya hasta en el espacio hay porquerías generadas por nuestra especie.

Y la solución es reciclar. Sí, tengo que reconocer que es la única solución para la mierda que ya hemos generado. Pero es que se normaliza dentro de la economía circular para todo lo que hagamos a partir de ahora. ¿Nunca nos vamos a preguntar si hace verdaderamente falta esto que vamos a producir? ¿Si algunas de las investigaciones que estamos llevando a cabo sólo atienden a temas económicos y no al desarrollo real de nuestro bienestar?

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No creo que en esa teórica economía circular esté nada previsto para los miles de baterías que van a quedar inutilizadas dentro de ocho o diez años y que mueven a los coches híbridos o eléctricos actuales. De la misma forma que no se está haciendo una transición lógica del carbón a otras energías, sobre todo para los trabajadores del sector. Como tampoco ha habido verdadero interés en las renovables en años, sólo ahora que la cosa es urgente entre calentamiento global y guerras cercanas. Y eso a pesar de la destacada autonomía energética que podría haber facilitado a España el liderazgo en la investigación e inversión en energías renovables. Probablemente otros liderarán para aprovechar nuestro sol y nuestro viento.

¿Y acaso no es esto un contrasentido? Nos entregamos a una hiperproducción, investigamos para sacar novedades contínuas al mercado, pero no implantamos sistemas energéticos que posibilitarían a medio plazo una bajada de costes del recurso fundamental que mueve todo. El beneficio y la comodidad de gobernantes hipócritas de estados y grandes empresas retuerce los principios fundamentales de un sistema económico que hace ya muchos años habría iniciado una transición en los sistemas de producción para el uso de estas nuevas energías, atendiendo a sus mejores costes de oportunidad en un futuro cercano, pero que se está convirtiendo en un horizonte sin límite.

Por supuesto que el reciclaje es necesario como parte fundamental de cualquier proceso productivo, esto no es nuevo, recordemos que hace años se devolvían los envases de vidrio al comercio de nuestro barrio, no para su reciclaje, sino para su reutilización, más aprovechamiento imposible. Pero las empresas necesitan una reflexión profunda y serena. Para plantearse la finalidad de sus investigaciones y de su producción. Para ver si es necesario lo que están haciendo y si deben reorientar su actividad. Para decidir el ritmo de su innovación y la calidad de sus productos. Y como siempre digo, la actuación no debe ser radical, sinceramente odio esta actitud, sino meditada, pausada y acorde con nuestras posibilidades. Para que podamos aprovechar incluso la corriente de sinsentidos que desata nuestra sociedad actual y que condiciona nuestro sistema económico.

Los «residuos mentales»

He comentado en el punto anterior la problemática de los residuos físicos que genera el sistema. Y es este un problema que está al final de todo el proceso productivo. La producción en sí genera desechos en los procesos de fabricación, como es normal y siempre ha ocurrido. Pero la tendencia a una hiperproducción sin límite vomita al sistema una cantidad ingente de productos que sirven pero ya no están de moda y que, por consiguiente, son desechados por los consumidores.

Pues esta segunda tendencia es la realmente preocupante. Nuestra sociedad tiene adicción al consumo. Ya traté este problema en otro artículo del blog. Pero quiero también hacerlo aquí desde el punto de vista de los productores. Y esto es mucho más difícil. Porque como consumidores podemos adquirir una conciencia de qué es lo que hacemos, cómo estamos consumiendo y decidir cambiar o no consumir, lo que como vimos tampoco resulta fácil. Pero como productores, cada uno en su negocio, deberíamos plantearnos si es realmente ético lo que hacemos. Pero es que resulta de que se trata de nuestro medio de vida, y esto no se puede cambiar así como así.

Por lo tanto, necesitamos un planteamiento reposado sobre qué cosas hacemos y cómo las estamos haciendo, para poder reorientar nuestras formas o incluso nuestra actividad misma. No se trata de cerrar nuestro negocio y dar un salto al vacío para dedicarnos a otra cosa. Se trata de pensar si con alguna de nuestras actividades estamos promoviendo ese consumo desmedido, esa adicción de los consumidores que supone una lacra social aunque sustente nuestro sistema.

La pregunta que deberíamos hacernos entonces sería: ¿Está nuestra actividad, nuestro producto, nuestro servicio, aportando algo positivo al desarrollo y bienestar de los consumidores y de nuestro sistema?

Aunque os la formulo con toda la inocencia y buena intención, tiene mucha trampa esta pregunta. Porque pueden existir productos que salven cientos de vidas pero para cuya producción se vean afectadas las vidas de miles de personas. ¿qué sería bueno en este caso? Tendríamos que definir los términos «desarrollo» y «bienestar». Pero hay que tener en cuenta también en estos casos si nos estamos refiriendo al bien individual de un consumidor o al bien colectivo de un grupo o comunidad. Y si nos referimos a comunidades, tendríamos que ver si se trata de una zona geográfica concreta, pequeña o grande, de una zona económica con los mismos criterios genéricos o de la comunidad global del planeta.

Según el punto de vista que tomemos, la actividad, el producto o servicio que estemos analizando podrían producir resultados y conclusiones distintas. Y esto nos llevaría a que, para cada actividad productiva que desarrollemos, tengamos que considerar varios niveles de análisis. De otra forma nos veríamos en una simplificación peligrosa que no nos serviría nada más que para engañarnos en algunos casos y dejar nuestra conciencia tranquila, o todo lo contrario, para no ser capaces de abordar proyectos que tienen más beneficios que inconvenientes si se miran desde un punto de vista más global.

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Llegamos así a la necesidad de un «balance de la producción» de cada actividad empresarial, necesario para comprender la realidad de las aportaciones que hacemos al sistema, así como para plantear una correcta evolución de la misma hacia una mayor satisfacción real tanto de nuestros clientes como de nosotros mismos. Dejaré este concepto para un próximo artículo para no extenderme demasiado.

Es importante, sin embargo, que tengamos claro que un desarrollo mal balanceado como el de los últimos años nos llevará a un círculo vicioso, con un consumo desenfrenado que exige una hiperproducción que, a su vez, alienta más aún el consumo y sin saber ya a ciencia cierta si fue antes el huevo o la gallina. El resultado sí sabemos que es una sociedad de excesos y con pérdida clara del sentido de muchas cosas. La sociedad que, filósofos contemporáneos como Byung-Chul Han, denominan «la sociedad de la transparencia», en la que «la mera existencia es por completo insignificante» y… «las cosas se revisten de un valor solamente cuando son vistas.» Para entendernos… lo más maravilloso e importante de la vida hoy en día no es nada si no tiene visibilidad y, sin embargo, estamos inundados por la mediocridad.

Conclusiones

Tenemos que plantearnos si queremos dedicarnos a las cosas importantes. A aquellas que se orientan al bien de las personas. Pero al «bien» con mayúsculas. No se trata de ser sólo altruistas porque con eso no nos ganaríamos la vida, se trata de no identificar sólo nuestro bienestar con nuestro dinero en la cuenta bancaria. Porque esta es una concepción muy pobre que excluye cosas como la salud, la tranquilidad de espíritu, la confianza en nosotros y en los demás y muchas otras que, sin darnos cuenta, nos aportan unos niveles de satisfacción insospechados de los que muchas veces no somos conscientes. Sólo lo somos cuando nos faltan. Pero hoy en día, en una sociedad cada vez más banalizada, quizás no nos demos cuenta de que nos faltan estas cosas. Probablemente haya personas, los más jóvenes, que, con la excepción de la salud, el resto no las haya experimentado nunca.

Los términos en que se plantean la producción y el consumo hoy en día se dirigen a una satisfacción urgente, inmediata pero también efímera, que genera una adicción porque no solo se consumen los productos sino, sobre todo, las características que se asocian a los mismos, y éstas desaparecen casi con el momento de la compra, dejando de nuevo un vacío que se llenará con la siguiente. La tranquilidad a la que yo me refería no se llena con satisfacciones inmediatas por muchas que sean y muy continuadas.

Por esto debemos plantearnos si nuestros productos y servicios tienen la suficiente calidad. Si tienen una duración razonable y adaptada al objetivo que pretenden cubrir. Si realmente sirven para algo que beneficie a quien lo compra o serían totalmente prescindibles. Debemos plantearnos si facilitan la existencia y se orientan al bien (con mayúsculas) de los clientes y del resto de la comunidad.

Y si con estas preguntas nos surgen dudas, quizás debamos ampliar el horizonte de pensamiento porque probablemente ni siquiera nosotros estemos muy satisfechos con lo que estamos haciendo y habrá llegado la hora de mover el timón de nuestra empresa y de nuestra vida para cambiar algo, poco a poco, como se saca a un palio de un templo… pero cambiarlo.

El consumo: ¿cuándo debemos parar?

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En su origen, cuando estudiábamos el fenómeno del consumo en Teoría Económica, se ligaba de manera inequívoca a los bienes consumidos con la utilidad que los mismos tenían para la persona que los consumía, bien por una cuantificación teórica de esa utilidad o por comparación con las otras alternativas de consumo que existieran en la economía.

De la misma manera, si lo que se consumía se podía hacer en distintas cantidades, a medida que consumíamos más, las nuevas unidades cada vez nos reportaban menos utilidad porque ya habíamos saciado de forma suficiente nuestra necesidad, hasta que llegaba el momento en que no demandábamos ni una sola unidad más del producto.

Si nos fijamos, en la teoría, nada ha cambiado de hecho. Consumimos aquello que necesitamos y en la cantidad que necesitamos y podemos adquirir. Pero hay dos puntos importantes en lo que acabo de decir: lo que «necesitamos» y lo que «podemos adquirir». Y aquí está el «quid» de la cuestión, la doble pregunta que marca la situación de los consumidores modernos, ¿de verdad lo necesito? y en caso verdaderamente afirmativo, ¿me lo puedo permitir?

La historia de la economía moderna ha consistido en cómo saltarse los principios de la propia Economía, en cómo retorcerlos para conseguir más negocio, más ingreso, más beneficio aunque se vulneren los más elementales principios de prudencia, como nos ha ocurrido con el caso de las hipotecas, o aunque se desliguen los mercados de las bases de las economías, con alzas y bajas en las cotizaciones que dependen de la actuación de «tiburones» y no de la realidad de la marcha de las propias empresas y países.

Podemos pensar que no nos afecta en nada, ya que la mayoría no somos grandes inversores pero no vendría mal que echáramos un vistazo a la marcha de nuestro plan de pensiones para ver si nos afecta o no todo esto que estoy diciendo.

¿Es posible que una empresa esté cayendo en bolsa aunque su actividad siga siendo adecuada, sin que se hayan modificado sus políticas ni su planificación, incluso con una línea de buenos resultados? Pues claro que sí. Es más, esa vorágine de bajadas le influirá a su actividad de forma que entre en un flujo negativo y tengamos el mundo al revés: en lugar de reflejar el mercado el resultado de la buena o mala gestión, será la actividad y resultados de la empresa los que caerán o se incrementarán en función de su cotización. Y si están haciendo las cosas bien y caen por la bajada en el mercado, mal, porque estamos fastidiando una buena marcha de las cosas. Pero si empiezan a subir por subidas especulativas sin que se estén haciendo las cosas bien… esto será casi peor porque tendremos un gigante con pies de barro o una nueva burbuja, como lo queramos llamar.

El baile de las necesidades.

Cuando Parménides preguntaba a sus contemporáneos, allá por el año 500 antes de Cristo, qué era lo que movía el mundo, obtenía muchas respuestas, la ambición, el amor, la curiosidad… Pero para este filósofo ninguna de estas era la correcta. Lo que movía el mundo era «la necesidad».

Si, exactamente, lo que posteriormente fue el fundamento de la Economía. Tanto que este concepto está en la definición de esta ciencia, relativamente joven, aunque su objeto de estudio esté anclado en los orígenes de la humanidad. A partir de ahí, todo ha sido desarrollar el concepto. La actividad económica surge para la satisfacción de las «múltiples» necesidades de las personas.

Pero, ¿cuántas necesidades tenemos?. Pues la evidencia nos dice que más cuanto más ha avanzado la sociedad en la que vivimos, de tal modo que hoy en día «no podríamos vivir sin» cosas que hace unos años no existían y no nos importaba lo más mínimo. Cuando no había conexión muy directa entre los diferentes entornos sociales, el incremento de las necesidades se originaba de una forma muy local y en un porcentaje prudente de casos se exportaban e importaban tendencias entre grupos sociales o entre diferentes entornos físicos.

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Hoy en día, con la globalización, las diferencias entre occidente y oriente, norte y sur y, si apareciera vida en saturno, entre planetas, se han dinamitado. El mundo entero tiene acceso a todo. Faltará agua en regiones del planeta, pero no un móvil con acceso a la red. De esta forma las necesidades se han hecho simplemente INFINITAS.

Lo malo de todo esto es que para la satisfacción de estas necesidades hacen falta recursos. Infinitas necesidades, infinitos recursos, y no los tenemos. Pero no importa, si hay una necesidad, por patética que sea, siempre habrá alguien que organizará los medios de producción para producir esos bienes que la satisfagan, y aquí viene lo peor… «cueste lo que cueste». Pero esto, la producción, será objeto de otro artículo, así que no adelantaré acontecimientos.

Centrémonos por lo tanto en nuestro papel como consumidores, vamos a preguntarnos de forma seria cuáles son realmente nuestras necesidades. Se suele hacer referencia aquí a Maslow y su pirámide en la que fue la primera y más conocida división de las necesidades de una persona y que aún se utiliza. Un análisis por encima de las distintas escalas de la pirámide nos llevaría a la conclusión de que las necesidades básicas de una persona y quizás algunas de las de seguridad, que es la siguiente escala, requieren obligatoriamente el consumo de productos y servicios. Sin embargo, el resto de niveles, necesidades sociales, de autoestima y de autorrealización, quizás no lo necesiten tanto.

Sin embargo, siguiendo la visión calvinista occidental de la vida, que no es necesariamente la nuestra, la realidad de las últimas décadas ha sido la asociación de la satisfacción de necesidades con el consumo obligado de algún tipo de bien. Podríamos hacer un ejercicio para ver qué bienes se asocian a muchas necesidades de reconocimiento social, éxito y autoestima que no significan que la persona en cuestión tenga una vida más cercana a la felicidad, más bien al contrario en la mayoría de los casos.

Podríamos ver cuál ha sido la evolución de los problemas mentales y psicológicos en estas décadas derivados de la necesidad de apariencia y ostentación, de la necesidad de tener símbolos sociales que refuercen nuestra posición social y nuestra confianza personal.

Y fijémonos en cómo es la cosa, que hasta este último punto «es economía». Porque la asociación de productos a todo tipo de necesidades como símbolos implica su comercialización y distribución. Pero es que la aparición de problemas de salud física o psíquica en las personas también implica la comercialización y distribución de productos y servicios para paliar las consecuencias de no tener los símbolos o de tenerlos con una insatisfacción manifiesta.

«Cuando los niños meten la mano en un tarro de cuello estrecho para sacar higos con nueces, si se llenan la mano, no pueden sacarla y luego lloran. ¡Deja caer unos cuantos dulces y podrás sacar la mano! Frena tu deseo, no llenes tu corazón con demasiadas cosas y obtendrás lo que necesitas.»

Epicteto, Disertaciones por Arriano, 3.9.22

Así el estado de la cuestión del consumo, resulta que nuestro sistema se mantiene hoy por hoy si las correas que mueven el motor del consumo no se rompen y siguen adelante. Cuando el consumo se contrae se contrae la economía, menos demanda, menos ventas y al final menos producción, lo que nos lleva a menos recursos (bueno para el planeta) y menos empleo (malo para los que vivimos en él).

El concepto mágico y fundamental, el equilibrio, no sólo en el aspecto económico sino también en el social, puede romperse. Y quizás serán necesarias algunas roturas para poder evolucionar, lo mismo que sucede en los músculos cuando queremos que se desarrollen. Pero sin llegar a la lesión.

¿Qué me puedo permitir?

La vida es una cuestión de elección. Y la Economía lo es también. Por lo tanto, a la hora de consumir habrá que elegir y, lo que es más importante y definitorio para la persona, SACRIFICAR algunas opciones. Tendremos que saber decir «no» a algunas de las opciones que se nos presenten en beneficio de otras. Incluso tendríamos que saber decir no a algunas cosas aunque no existan otras alternativas y alguno de nuestros recursos quedara ocioso.

Pero claro, no ha sido esta la tendencia de nuestro sistema. Puesta en marcha la maquinaria del consumo con todas sus correas funcionando, aquella etapa en la que había demanda natural para todo lo que se producía y quedaban incluso algunas necesidades insatisfechas, hace ya algún siglo que terminó y pasamos a tener capacidad de producir hasta lo que no nos hace falta. Pero como he dicho más arriba, de la producción hablaremos en otro artículo.

Milton Friedman, máximo exponente del liberalismo económico, refutando las críticas de que la publicidad generaba necesidades artificiales a los consumidores, decía que cuál era el sentido de esto si resultaba más fácil vender lo que ya necesitaban. La cuestión es de cajón, será mucho más fácil hacerlo así, pero cuando casi todo está cubierto, la maquinaria del sistema inventará algo nuevo como hemos analizado en el punto anterior.

El único bastión que quedaba dentro de nuestro sistema económico para que un consumidor no llegara a consumir algo que realmente no necesitaba, era que no tuviera recursos suficientes para hacerlo. Pero el sistema también tendría salida para esta minucia. La evolución generalizada del crédito y de los sistemas de pago, con el plástico (y ahora el móvil) al frente, iban a hacer que el consumo pudiera ampliarse de formas insospechadas. Y en ello estamos.

Si no me lo puedo permitir, me endeudo hasta el límite de mis capacidades. Algo que en algún momento de nuestras vidas, nos puede dar problemas de forma que, cuando realmente necesite ese instrumento tan potente e imprescindible del endeudamiento, no lo pueda utilizar por haberlo desperdiciado en idioteces. De la misma forma que la dinamita, creada para buenos fines científicos e industriales, se utilizó luego para matar gente… de esta forma instrumentos imprescindibles del sistema, que nos ayudan a vivir mejor, se utilizan de forma perversa y ayudan a generar una importante inconsistencia de la Economía que podemos llegar a pagar a un alto precio como sucedió hace unos años con la crisis de las hipotecas y la burbuja inmobiliaria que nos estalló en la cara.

Cuando llegue el momento en que nuestros recursos se hayan agotado, incluso el crédito, y ya no podamos consumir más, estaremos asfixiados y con las manos atadas. Podemos echarle entonces la culpa «al sistema despiadado» que nos hace consumir lo que no queremos y que nos da recursos casi a la fuerza para hacerlo. Pero siempre la elección es personal. Es nuestra elección aplicar dosis de racionalidad en lo que hacemos y en lo que consumimos. Es nuestra elección decir que no a algunas, o a muchas de las cosas que se nos presentan. Para quedarnos con lo verdaderamente bueno para nosotros, para nuestra familia y para nuestro entorno como quiera que lo entendamos.

El consumo responsable.

Hace ya unos años una línea de acción que denominamos «consumo responsable», ha entrado en competición directa con el «consumo desenfrenado» de las últimas décadas. Si consultamos páginas de organizaciones ecologistas como Greenpeace o WWF, encontraremos consejos en sintonías muy parecidas que persiguen la mejora del planeta, o al menos un freno a su deterioro, pero curiosamente sin que perdamos satisfacción.

La actitud combativa de la primera de estas organizaciones, podemos ver que en la faceta de consumo, ha evolucionado hacia una racionalidad de comportamiento y, por lo tanto, económica. No se trata de renunciar drásticamente a productos sino a reducir u orientar su consumo. No es una actitud de acoso y derribo de nada sino de una nueva adaptación de las costumbres para una satisfacción de otro tipo a obtener por las personas en consonancia con su entorno.

El consumo responsable se presenta así como una reflexión sobre los hábitos de vida y sobre la vida misma y es esta la orientación crítica, la que nos llevaría a analizar los fundamentos reales de nuestro bienestar, a considerar nuestra posición en este mundo y, como resultado de todo este análisis, a establecer nuestros patrones de felicidad y la actuación consecuente.

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El cambio drástico que preconizan algunos, incluso alguna adolescente un poco hipócrita y agria como ella sola, que irradia odio y malestar sólo con verle la cara, rompería el inestable equilibrio de nuestro «injusto» sistema acarreando más males que bienes.

Pero una correcta reflexión, fruto de lo que realmente queremos y nos importa, que lleve como consecuencia ese consumo responsable y esa resistencia activa, pacífica y resiliente al bombardeo continuo de nuevos productos, servicios, versiones, accesorios, etc, sí que operará un cambio importante en nuestro sistema. Nunca pudo hacerse una manzana en un día. Todo tiene su tiempo y la maduración es importante hasta que llegue su momento.

Un cambio drástico en el sistema provocará la reacción inmediata de las fuerzas que operan en el mismo para contrarrestarlo, anulándolo de forma inmediata o provocando otra serie de cambios de consecuencias impredecibles. Sin embargo, la modificación en los hábitos de millones de personas de forma progresiva y casi simultánea, llevará de forma paulatina a ese sistema a una nueva realidad más sostenible.

Lo que hoy llamamos «consumo responsable» es lo que para la Economía siempre fue el concepto de «consumo», que se estudiaba en la Teoría Económica de nuestras Universidades, sabe Dios en qué habrá quedado hoy en día esa asignatura, asfixiada por estrategias, objetivos despiadados, desarrollo empresarial incontrolado y por el márketing que todo lo cubre.

Recuperemos el consumo de la Teoría Económica, ese que obedece al análisis «racional» del consumidor. Consumamos sí, pero lo que necesitemos y en la medida en que lo necesitemos, sin dejar de lado el desarrollo económico y del bienestar, pero alejándonos del egoísmo, el sinsentido y el derroche.

Conclusiones

Las leyes económicas implican un comportamiento «racional» del consumidor. Nuestra actitud económica es una herramienta que nos ayuda a elegir lo correcto para obtener nuestro equilibrio personal. Nos equivocaremos y no llegaremos a estar nunca realmente en equilibrio. Pero ese es el juego, una dialéctica continua entre las fuerzas de la necesidad, los bienes y los recursos de que dispongamos.

Y lo que realmente podemos ver es que si queremos tener éxito en esa constante lucha, necesitamos reflexionar sobre temas que sobrepasan el ámbito económico. Reflexionar sobre nuestra forma de vida, sobre aquello que es importante para nosotros, sobre qué es para nosotros vivir bien y sentirnos satisfechos. Probablemente cambiaríamos algunas de las cosas que hacemos y dejaríamos de necesitar muchos bienes de los que consumimos. Pero también es cierto que nuestro sistema, este que nos induce a ese tipo de consumo, «ES» nuestro entorno y constituye nuestra forma de vida, por lo que también tendríamos que reconstruirlo.

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Epicteto, al que ya hemos citado en el artículo, decía: «No desees mucho». También dicen que Sócrates una vez se paró ante un puesto y dijo: «¡Cuántas cosas hay que no necesito!» . Pero no lo hagamos todo de una vez. Entrenemos nuestra mente para preguntarnos siempre: ¿Necesito esto? ¿Qué pasaría si no lo tengo?, en definitiva, las preguntas que vinculan nuestra vida y nuestro bienestar real con todas las cosas externas.

Si utilizamos este filtro natural de la persona, podremos llegar a ese consumo responsable que nos hará incluso un poco más libres, porque realmente ahora no lo somos. Nuestra vida está constantemente manipulada y sólo una mirada a nuestro interior podrá dar como resultado un comportamiento más racional que nos lleve al bienestar por caminos distintos del mero consumismo que identifica tener con ser mejor, más exitoso y más feliz.

Dejemos esta filosofía. Las sociedades calvinistas lo tendrán más difícil pero nosotros ya tenemos una tradición milenaria en la que no fue todo así y podremos recuperar más fácilmente a través de nuestra costumbre valores que desliguen la felicidad de la mera acumulación de bienes sin sentido.

Si reflexionamos sobre los valores de nuestra sociedad, creados a lo largo de más de dos mil años, con sus luces y sus sombras pero con una clara vocación de desarrollo de las personas como individuos y como colectividad, llegaremos a los principios fundamentales de la Economía, a la racionalidad de nuestras actuaciones y a la evolución sostenible e inclusiva de nuestro (eco)sistema. Hagámoslo una realidad.