Filosofía
Un mundo de decisiones
Hace más de dos mil trescientos años desde que Aristóteles escribiera sus obras de ética. Un largo camino de sentido común aplicable a todos los ámbitos de la vida y que algunas veces complicamos más de lo necesario. Lo cierto es que cuando queremos buscar un poco de inspiración para ordenar las ideas y seguir adelante, no viene mal echar un vistazo a estos textos, algo difíciles en algunos párrafos, pero muy esclarecedores y aplicables a nuestras actividades actuales.
Vamos a analizar algunos de los aspectos fundamentales que pueden encontrarse en sus obras de Ética. Principios universales para gobernar nuestras empresas y, sobre todo, nuestras vidas, de las que nos olvidamos a veces, perdidos en una vorágine de obligaciones y falsos problemas que nos creamos para que el tiempo siempre esté ocupado y no nos permitamos pensar demasiado, porque pensar, algunas veces resulta hasta peligroso.
Una finalidad sencilla y aplastante
La buena vida. Sí, eso que decimos muchas veces de modo peyorativo para criticar lo que hacen algunas personas. Aunque el sentido en el que lo decimos, que tiene que ver con mucho ocio y poco hacer, oculta la realidad a la que nos tenemos que referir. Se trata de ver qué hacemos con nuestro tiempo. Se trata de qué actividades debemos abordar para caminar hacia la satisfacción y la felicidad. Se trata, en definitiva, de un camino de búsqueda del bien último que nos haga sentir nuestro vivir como un disfrutar de manera real y profunda nuestro tiempo en el mundo.
Es evidente que habrá que pensar qué significa disfrutar. Porque no nos servirá aquello de «eran pobres pero felices» donde se ve un conformismo velado que nos puede bloquear; pero tampoco vemos que sean más felices los que tienen de todo. Ya hemos hablado en estos artículos del modo de consumo extremo actual. Y cuántas veces hemos visto a un niño pequeño disfrutar más con la caja que con el juguete, y no digamos si la que llega es la caja de una lavadora o un frigorífico… da mucho que pensar esto también.
«…así también son los que actúan rectamente los que pueden alcanzar las cosas bellas y buenas de la vida. Y la vida de éstos es placentera por sí misma, pues sentir placer pertenece a las cosas del alma.»
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I,8
Vida placentera por sí misma, un matiz importante. No solo hago cosas para obtener algo aunque lo que tenga que hacer sea desagradable. También es importante que lo que hagamos en sí nos agrade. Y cómo cambia esto por ejemplo con el trabajo, ocho o diez o incluso más horas de martirio para tener mucho dinero que nos posibilite poder comprar o hacer otras cosas que nos ocuparán mucho menos tiempo. Pasar la mayor parte de la vida insatisfecho para poder estar ¿satisfecho? una pequeña parte de la misma. Quizás sería mejor que pudiéramos estar satisfechos durante esa gran parte de la jornada que nos dedicamos a sacar adelante ese castigo bíblico llamado trabajo. Pero es posible que nos encontremos con una limitación: nuestro «sistema». Será que tendremos que modificarlo un poco aunque ¿qué puedo hacer yo, un pobre mortal?
Un problema de recursos
Está claro que no podemos vivir solo del aire, que necesitamos recursos para poder desarrollarnos. Y el ser humano ha demostrado ser especialista en la obtención de recursos. Nuestra evolución se ha basado en una ilimitada habilidad para el aprovechamiento de los entornos en los que hemos vivido y en una creatividad desmedida para ser capaz de mejorar física e intelectualmente.
«Con todo, parece que también necesita adicionalmente de bienes externos, pues es imposible o nada fácil que nos vaya bien si carecemos de recursos.«
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I,9
Podremos tener todas las aspiraciones espirituales e intelectuales del mundo, pero casi con toda seguridad, no estará en nuestra mente el ideal de ser un esquelético y mugriento ermitaño. Y desde que empezamos en las cavernas hemos evolucionado para eliminar el hambre, el calor, el frío, el dolor y fomentar el placer y el bienestar. Cuando hemos visto que podríamos mejorar, sin dudarlo lo hemos hecho. Hemos sido capaces de aprovechar todos los recursos que teníamos a nuestra disposición a través de una técnica cada vez mejor. Hemos organizado los recursos para evolucionar… hasta hoy, el momento en el que parece que estamos quebrando una de las máximas fundamentales: debemos mantener y mantenernos en equilibrio con nuestro entorno.
Los griegos clásicos, que pusieron las bases de nuestra cultura, eran conscientes de que se necesitaban recursos externos para alcanzar nuestro bien supremo, pero a mi me gustaría conocer su opinión hoy en día a la vista del despilfarro y el agotamiento de dichos recursos hasta el punto de que pueda comprometerse en algunas décadas más el bienestar propiamente dicho, todo porque nos creemos no solo superiores a cualquier otra criatura del mundo, nos creemos el ser supremo.
Un camino de lógica y cordura
Aún admitiendo que nos hacían falta medios para conseguir mejorar y llegar a una buena vida, siempre el camino fue más espiritual que material. Y, hoy en día, también creo que una hora de buena lectura es infinitamente más gratificante que una hora de videojuegos. Lectura que te hace pensar, que te lleva a lugares, que te hace vivir sensaciones y que te proyecta hacia tu desarrollo personal, ante una actividad sin más pretensiones que una recompensa inmediata de satisfacción adictiva matando a doscientos monstruos ficticios o configurando la mejor plantilla de fútbol del mundo para jugar en una pantalla en la que pocas calorías vamos a perder.
Somos seres sociales que necesitamos relacionarnos pero vamos a una sociedad cada vez más numerosa, pero cada vez más aislada. Ese es nuestro camino. Pero hace poco hemos tenido una pandemia que nos ha mostrado hasta dónde pueden llegar las consecuencias del aislamiento… y no aprendemos, a pesar de todos los problemas de ansiedad y mentales de todo tipo que han surgido de este hecho lamentable que la «Ciencia» nos provocó y también nos resolvió con unos cuantos más ricos por el camino.
Por muchas vueltas que le doy, no veo ninguna señal en la marcha de la vida actual que nos lleve hacia ese bien supremo. Y quizás es que nos equivoquemos en el planteamiento. Tanto pensamos en lo que queremos llegar a ser, a sentir, a vivir, que parece que ese objetivo es una vida futura distinta de la que estoy viviendo. Pero hay que tener cuidado, porque cuando hablamos de la «buena vida» nos referimos a «nuestra» vida y esa la llevamos encima en cada momento, no es algo exterior a nosotros. La felicidad, la buena vida deberá ser un ideal al que nos gustaría llegar y por el que haremos grandes esfuerzos, pero que no vamos a conseguir si no miramos a lo que nos esté pasando ahora mismo, a lo que estemos haciendo por nosotros, por los demás y por el mundo ahora mismo.
Si quiero ser una persona valiente, justa, respetuosa y sensata, si quiero sentir lo que decía la primera cita que hemos apuntado en este artículo, «tener una vida placentera por sí misma», debo empezar ya. Debo hacer en cada momento lo que considere correcto y eso me llevará a la satisfacción.
Ser una persona virtuosa no es fácil, es más, es imposible, pero también nos viene el análisis desde esa lejanía de dos mil trescientos años:
«… de esta manera, todo experto rehúye el exceso y el defecto y en cambio busca el término medio y lo elige -pero el término medio no del objeto, sino el relativo a nosotros-.»
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro II, 6
Sí, así es, esta es una de las formulaciones de aquello que conocemos de forma popular como «en el término medio está la virtud» y por muy vulgar que se haya vuelto de tanto repetirlo en mil situaciones de nuestra vida, incluidas aquellas a las que no les va, el análisis es demoledor. Es un no a la obsesión, un no al perfeccionismo, un no a la generalización vulgar de todo lo que hacemos y una bienvenida a la adaptación, a la mejora y al sentido común.
¿Cómo debemos comportarnos en cada momento? Debemos ir domando nuestro carácter, debemos convertirnos en personas sensatas y en las que los demás puedan confiar por nuestro buen criterio. Pero las circunstancias de la vida son cambiantes y tenemos que saber adaptarnos, de ahí la segunda parte de la frase de Aristóteles.
En la cúspide de las virtudes, hay una moneda con dos caras, una teórica y otra práctica, y que parece resumir a todas las demás a la hora de definir nuestra vida. En la cara, el apartado teórico, está la sabiduría y en la cruz, el práctico, está la prudencia. Este tándem poderoso es el que nos hará vivir una vida buena y plena, pero no es fácil… sobre todo la práctica.
Cuando las cosas se tuercen: el mal menor.
Pero ya hemos dicho que las cosas no son fáciles y la vida nos trae circunstancias en las que no podemos poner en práctica nuestros criterios y maneras de pensar de una manera efectiva. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando te nombran jefe de algo y te sientas por primera vez en tu despacho. Si, los ves al llegar, allí te están esperando unos cuantos «marrones» sobre los que tendrás que tomar una decisión para no parar los temas en marcha de la empresa.
Es posible que algunas cosas que haya que hacer (algunas, muchas o incluso todas) no se adapten a tu forma de proceder, pero tienes que dar una respuesta porque el no hacerlo, sin duda, traerá peores consecuencias. En este momento será en el que tendremos que aplicar la teoría del «mal menor».
«… como es extremadamente difícil acertar el término medio, hay que aceptar el menor de los males.» y «… la condición de medio es elogiable en todos los casos, pero que hay que inclinarse unas veces al exceso y otras al defecto.»
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro II, 9
No siempre podremos operar con total rectitud en las circunstancias de la vida, habrá momentos de desasosiego, pero que nuestro criterio siempre sea tender a ese medio correcto evitando que provoquemos males mayores para nosotros y para los demás. Pensad en esas personas que nos dicen que son muy directas porque siempre dicen lo que piensan (que puede ser lo más honesto), ¿cuántas veces hay que callarse algo por muy verdad que sea?
La importancia de la ACCIÓN.
Bien hasta aquí, tenemos ya bastante para reflexionar sobre cómo podemos enfocarnos hacia una vida buena, que nos cause satisfacción. Conocemos la virtud, el término medio para su aplicación y la posibilidad de que se nos tuerza algo y tengamos que readaptarlo todo. Además valorando los medios con que contemos. Pero vayamos a una última cita:
«Lo mismo que en las Olimpiadas no reciben coronas los más hermosos y fuertes, sino los que compiten (es entre éstos entre los que algunos vencen), …
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I, 8
Esta es justo la frase anterior a la que sigue la primera cita que he hecho en este artículo, probad a leer las dos juntas y tendremos el sentido completo del artículo.
Si no somos capaces de actuar, NO TENEMOS NADA. Y es un tema repetitivo en Aristóteles la llamada a la acción. Solo seremos capaces de forjar nuestro carácter, nuestra forma de ser, mediante el mantenimiento de «hábitos», otro referente en este autor. No basta que hagamos algo una vez, debe ser nuestra norma para que pase a ser parte de nosotros, para que podamos sentirnos bien porque hacemos algo de forma correcta.
La prudencia, a la que hemos aludido anteriormente, es una virtud práctica, solo se puede dar si en realidad estamos siendo capaces de hacer algo. Algo que además sea voluntario, aquello por lo que el ser humano se distingue de los animales. No nos mueven sólo los actos reflejos de nuestra supervivencia sino también la capacidad de actuar según nuestros propios criterios, esos que nos habremos formado si hemos sido capaces de aplicar lo que nos dicen las demás citas de este hombre genial.
Y para actuar, debemos entrar en «un mundo de decisiones». Todo depende de nosotros. Podemos levantarnos o quedarnos en la cama, la primera decisión de cada día, podemos cumplir en nuestro trabajo, solo cubrir el expediente o sacudirnos de todo lo que nos llegue, podemos ayudar a otros o no. Continuamente tenemos que decidir, pero ya tenemos herramientas para hacerlo… la actuación según virtud, la mesura del término medio y la solución del mal menor adaptando todo a cada circunstancia de nuestra vida.
Algunas decisiones serán erróneas, claro que sí, otras veces dudaremos, pero es que no somos infalibles, ni tampoco tiene que ser perfecto. Pero tenemos que actuar y para hacerlo tendremos que tomar decisiones… con sabiduría y prudencia.

El sentido de la producción
A las 11 de la mañana en el colegio, tocaba el timbre de la «antigua EGB», que estaba en la primera planta, para salir al recreo. Yo, que ya estaba en el «antiguo BUP», en la segunda, veía algunas veces por la ventana lo que ocurría en el patio. Una horda de niños salía en estampida del hueco de la escalera y comenzaban a correr gritando como si no hubiera un mañana hasta que los frenaba la pared verde del frontón que estaba justo en el otro lado del patio. Ahí paraban, no se podía llegar más lejos… ¿y ahora qué? O lo más interesante, ¿a dónde creían que iban esos niños si estaban viendo la pared desde que salieron? ¿En serio era necesaria esa carrera?
Pero eran niños, no estaba el uso de razón todavía desarrollado del todo y se hacía notar este hecho. En realidad nada distinto de lo que ocurre con cualquier otra manada de mamíferos que metemos en una cerca: llegan corriendo al cercado como si les persiguiera el diablo hasta que se dan con la valla del otro lado y no pueden seguir, fin de la historia… a comer hierba.
Lo mismo ocurre hoy en día con la producción, más y más sin saber para qué, pero con la diferencia de que todavía no se ve ni la valla ni la pared del frontón para parar. O tal vez si que se ve, pero aún no queremos reconocerlo y hacemos lo posible por ponerla cada vez más lejos. La pared es la limitación de recursos. O el deterioro de nuestro ecosistema. O la laxitud moral y la falta de criterio razonable de la persona de nuestro tiempo.
A esto último, englobado en el concepto del «consumo» he dedicado un artículo anterior de este blog. Depende de las personas, de los consumidores que operamos en el sistema. Depende de que pensemos de forma razonable cómo queremos vivir y qué es lo importante en nuestra vida de forma que tomemos las decisiones más razonables en cada momento incluida la de decir no.

Pero hay también una responsabilidad manifiesta en los productores porque no se puede, o mejor, no se DEBE producir necesariamente todo lo que se demanda. Porque si los consumidores demandasen drogas como la heroína, cocaína o marihuana, ¿habría que producirlas? Salvando un grupo de gente muy «progre», casi con toda seguridad la mayoría diría que no, porque sólo pensarlo asusta un poco. Pero se producen, se distribuyen y se consumen y, además, es un negocio muy rentable.
Esa mayoría que diría que no, en la que me encuentro, hay que reconocer que tiene un punto hipócrita. No todos claro, pero muchos sí. Porque yo no he caído y ni siquiera he probado ninguna de esas tres mencionadas en el párrafo anterior, y que Dios me libre. Pero la cerveza y el vino sí que me gustan y hay personas que acaban alcoholizadas, o sea, que su peligro también tienen. ¿Qué diferencia hay? Alguien dirá que no habrá problemas si hay un «consumo responsable» (como dicen en la publicidad). Pero ¿sería posible también un consumo responsable de las tres drogas duras que he mencionado? Yo llego a dudarlo pero el planteamiento es parecido e igual de lógico, al menos para una de ellas.
Quizás este es un melón que habrá que abrir en otro momento porque no va en línea con los objetivos que tengo para este artículo. Se trata de un ejemplo muy extremo pero que nos sirve para ilustrar que en el tema de la producción, como en el resto de cosas en la vida, no hay verdades ni razones absolutas, no hay sólo blanco o negro sino muchos matices. Y es la gestión que hagamos de estos matices lo que nos llevará a una acción razonable o no.
Necesidades del consumidor: De la identificación a la creación.
Voy a comenzar por la relación con los consumidores. La evolución a lo largo de las últimas décadas es evidente. Todo comienza por el hecho de que si yo quiero producir, organizar la actividad empresarial para ganar dinero, debo dedicarme a algo que tenga salida, de lo contrario no irá muy bien el negocio. De hecho hay miles de productos y servicios que, sobre el papel, son muy buenos y que incluso pueden ser reconocidos así por los propios clientes. Pero cuando llega la pregunta clave de si «pagarías por esto», se hace un silencio incómodo, no lo compraría.
«El ordenador nació para resolver problemas que antes no existían.»
Bill Gates
Pero ojo a la cita de Bill Gates, una de las personas más ricas del mundo gracias, según nos dice él mismo, a la enorme oferta de productos que sirven para resolver esos problemas que no existían y que nosotros mismos hemos creado.
Parece normal que si nuestra vida evoluciona… y para mejor, vayamos superando etapas y tengamos nuevas necesidades que satisfacer. En las economías avanzadas, una gran parte de ellas relacionadas con el ocio. También es normal que si la investigación y la tecnología avanzan, aparezcan cosas que puedan ser deseables. Productos o servicios que no hubiéramos echado de menos pero, ya que se presentan delante de nuestros ojos, podamos desear y consumir.
El problema se presenta cuando esto se convierte en una parte importante de la actividad empresarial. Investigar, crear nuevos productos que a nadie les resultan imprescindibles o ni siquiera necesarios, pero que, con su adecuado márketing, se convierten en objeto de deseo y en algunos casos hasta de culto. Pensemos en lo que ha ocurrido con los últimos lanzamientos de móviles, en esas colas de gente esperando de madrugada a que abran la tienda para ser los primeros en «pagar un pastizal» por el nuevo aparato que, casi seguro podrán comprar dos días después sin hacer cola y que funciona no mucho mejor que el que tienen en el bolsillo.
Una pregunta, ¿es ético hacer esto?

Las disyuntivas de la industria moderna.
Tenemos que afrontar decisiones de mucho calado y de forma continuada. Desde el punto de vista de la industria (la empresa), podemos ver dos líneas de actuación en la toma de decisiones en cuanto a la producción y comercialización de nuevos productos:
La primera tiene que ver con lo que ya hemos comentado: genero nuevos productos casi sin control haciendo ver a los consumidores que su vida será otra si los tienen, que son imprescindibles y eran aquello que estaban esperando desde siempre. Generar necesidades que no existían, como decía Gates al hilo del ordenador y todo lo que nos ha traído.
La segunda es un poco más complicada. Si la primera se trataba de crear nuevas opciones «de lo que sea» y sacarlas al mercado creando la necesidad, esta consiste en parar la comercialización de algo que se ha creado, porque sería sustitutivo de productos que dan pingües beneficios en la actualidad o bien, si lo vemos por el otro lado, generaría unas adaptaciones en la industria tan importantes que no convienen. Porque, ahora que están ya de moda los coches eléctricos… ¿cuánto tiempo hace que existe esa tecnología? Creo que mucho, pero no convenía aunque fuera beneficiosa. Lo mismo con la generación de energía. ¿Cuánto tiempo hace que se conoce la energía solar y la eólica? ¿Por qué España con sol y viento para parar un barco no ha invertido más hace ya muchos años? ¿Hace cuántos años ya llevamos hablando del problema del carbón… y del nuclear? Con más sol y viento que nadie, seguimos a la cola. Y el problema lo tenemos ya en Europa.
Y volvemos a la misma pregunta ¿es ético hacer esto? Si llevamos años usando energías no renovables y «sucias» cuando podríamos haber estado migrando a las limpias, la cosa no pinta bien. Si creamos cosas que no sirven para nada pero tenemos la habilidad de venderlas por miles, algo no funciona correctamente en nuestras cabezas.
Pero hay más. Mientras todavía siguen funcionando electrodomésticos que compraron nuestros padres, los nuevos tienen una vida útil programada. La vida útil es muy efímera y es casi más caro relativamente reparar que comprar uno nuevo. Al caso de las impresoras me remito, en el que cuando tienes que cambiar el tóner, por poco más tienes otra nueva que, por supuesto, tendrá nuevos elementos más avanzados. Más chatarra en los puntos limpios. El concepto económico de obsolescencia, muy relacionado con el de amortización, que hace referencia a la vida útil y productiva de un bien y de la relación con su coste y su financiación, se retuerce para convertirse en el de «obsolescencia programada». ¡Qué contrasentido! Como si a nosotros nos hicieran viejos a más velocidad para que consumiéramos cuanto antes productos de la etapa senior… incluidas las residencias de ancianos.
El envejecimiento es el que es, en función del uso y del paso del tiempo por deterioro natural, pero en el caso de los productos, en los últimos tiempos, hemos programado conscientemente su deterioro, con algunas piezas débiles de corta duración que condicionan el producto entero.
Vemos de nuevo, al igual que con el consumo, que un término económico con sentido en la producción, como es el de la obsolescencia, pasa a ser una aberración en manos de los perseguidores del beneficio sin límites.
Soluciones para salir del paso
Este comportamiento descrito de la industria genera problemas evidentes. Montañas de residuos físicos y, lo que es peor, mentales. Acudiremos al término «hiperproducción» utilizado por algunos filósofos contemporáneos como justificativos de una sociedad sin sentido, acelerada, que no sabe a dónde va. Estamos produciendo mucho más de lo que realmente se necesita. Estamos creando necesidades sin una finalidad real para los consumidores, productos que solucionan problemas que no existen. Pero no importa, creemos el problema para vender nuestro producto, el carro delante de los bueyes.
Hoy en día no se imagina un desarrollo para luego investigar y llegar a soluciones que lo posibiliten. Se siguen creando nuevos productos, nuevas versiones que mejoran cosas innecesarias, la producción no tiene un sentido distinto que una comercialización agresiva para la generación de ingresos y beneficio. No existe el sentido de la utilidad, sólo el hecho de la venta.
Sólo con pensar un poco… sólo un poco, se genera en las personas normales un cargo de conciencia importante. El «angelito» en el hombro que nos susurra: «No vamos bien por aquí». Pero las correas de transmisión de nuestro sistema sin sentido siguen haciendo fluir esa corriente que nos arrastra sin remedio y entra en escena el «demonio» en el otro hombro: «Qué le vamos a hacer… déjate llevar».
Con ángeles y demonios luchando, llegamos a una solución que nos tranquiliza al menos: el reciclaje. Y si llegamos a más y lo convertimos en una nueva teoría, aparece ante nosotros la «economía circular». Todos los desechos que generemos, seremos capaces de reutilizarlos para incorporarlos de nuevo al sistema. No me lo acabo de creer. En principio hay ya una cantidad inmensa de residuos de todo tipo en todas partes. En tierra todo lo que podamos imaginar, en el mar, aunque el protagonismo es del plástico, si no me equivoco, también han caído algunos bidones radiactivos. Pero es que ya hasta en el espacio hay porquerías generadas por nuestra especie.
Y la solución es reciclar. Sí, tengo que reconocer que es la única solución para la mierda que ya hemos generado. Pero es que se normaliza dentro de la economía circular para todo lo que hagamos a partir de ahora. ¿Nunca nos vamos a preguntar si hace verdaderamente falta esto que vamos a producir? ¿Si algunas de las investigaciones que estamos llevando a cabo sólo atienden a temas económicos y no al desarrollo real de nuestro bienestar?

No creo que en esa teórica economía circular esté nada previsto para los miles de baterías que van a quedar inutilizadas dentro de ocho o diez años y que mueven a los coches híbridos o eléctricos actuales. De la misma forma que no se está haciendo una transición lógica del carbón a otras energías, sobre todo para los trabajadores del sector. Como tampoco ha habido verdadero interés en las renovables en años, sólo ahora que la cosa es urgente entre calentamiento global y guerras cercanas. Y eso a pesar de la destacada autonomía energética que podría haber facilitado a España el liderazgo en la investigación e inversión en energías renovables. Probablemente otros liderarán para aprovechar nuestro sol y nuestro viento.
¿Y acaso no es esto un contrasentido? Nos entregamos a una hiperproducción, investigamos para sacar novedades contínuas al mercado, pero no implantamos sistemas energéticos que posibilitarían a medio plazo una bajada de costes del recurso fundamental que mueve todo. El beneficio y la comodidad de gobernantes hipócritas de estados y grandes empresas retuerce los principios fundamentales de un sistema económico que hace ya muchos años habría iniciado una transición en los sistemas de producción para el uso de estas nuevas energías, atendiendo a sus mejores costes de oportunidad en un futuro cercano, pero que se está convirtiendo en un horizonte sin límite.
Por supuesto que el reciclaje es necesario como parte fundamental de cualquier proceso productivo, esto no es nuevo, recordemos que hace años se devolvían los envases de vidrio al comercio de nuestro barrio, no para su reciclaje, sino para su reutilización, más aprovechamiento imposible. Pero las empresas necesitan una reflexión profunda y serena. Para plantearse la finalidad de sus investigaciones y de su producción. Para ver si es necesario lo que están haciendo y si deben reorientar su actividad. Para decidir el ritmo de su innovación y la calidad de sus productos. Y como siempre digo, la actuación no debe ser radical, sinceramente odio esta actitud, sino meditada, pausada y acorde con nuestras posibilidades. Para que podamos aprovechar incluso la corriente de sinsentidos que desata nuestra sociedad actual y que condiciona nuestro sistema económico.
Los «residuos mentales»
He comentado en el punto anterior la problemática de los residuos físicos que genera el sistema. Y es este un problema que está al final de todo el proceso productivo. La producción en sí genera desechos en los procesos de fabricación, como es normal y siempre ha ocurrido. Pero la tendencia a una hiperproducción sin límite vomita al sistema una cantidad ingente de productos que sirven pero ya no están de moda y que, por consiguiente, son desechados por los consumidores.
Pues esta segunda tendencia es la realmente preocupante. Nuestra sociedad tiene adicción al consumo. Ya traté este problema en otro artículo del blog. Pero quiero también hacerlo aquí desde el punto de vista de los productores. Y esto es mucho más difícil. Porque como consumidores podemos adquirir una conciencia de qué es lo que hacemos, cómo estamos consumiendo y decidir cambiar o no consumir, lo que como vimos tampoco resulta fácil. Pero como productores, cada uno en su negocio, deberíamos plantearnos si es realmente ético lo que hacemos. Pero es que resulta de que se trata de nuestro medio de vida, y esto no se puede cambiar así como así.
Por lo tanto, necesitamos un planteamiento reposado sobre qué cosas hacemos y cómo las estamos haciendo, para poder reorientar nuestras formas o incluso nuestra actividad misma. No se trata de cerrar nuestro negocio y dar un salto al vacío para dedicarnos a otra cosa. Se trata de pensar si con alguna de nuestras actividades estamos promoviendo ese consumo desmedido, esa adicción de los consumidores que supone una lacra social aunque sustente nuestro sistema.
La pregunta que deberíamos hacernos entonces sería: ¿Está nuestra actividad, nuestro producto, nuestro servicio, aportando algo positivo al desarrollo y bienestar de los consumidores y de nuestro sistema?
Aunque os la formulo con toda la inocencia y buena intención, tiene mucha trampa esta pregunta. Porque pueden existir productos que salven cientos de vidas pero para cuya producción se vean afectadas las vidas de miles de personas. ¿qué sería bueno en este caso? Tendríamos que definir los términos «desarrollo» y «bienestar». Pero hay que tener en cuenta también en estos casos si nos estamos refiriendo al bien individual de un consumidor o al bien colectivo de un grupo o comunidad. Y si nos referimos a comunidades, tendríamos que ver si se trata de una zona geográfica concreta, pequeña o grande, de una zona económica con los mismos criterios genéricos o de la comunidad global del planeta.
Según el punto de vista que tomemos, la actividad, el producto o servicio que estemos analizando podrían producir resultados y conclusiones distintas. Y esto nos llevaría a que, para cada actividad productiva que desarrollemos, tengamos que considerar varios niveles de análisis. De otra forma nos veríamos en una simplificación peligrosa que no nos serviría nada más que para engañarnos en algunos casos y dejar nuestra conciencia tranquila, o todo lo contrario, para no ser capaces de abordar proyectos que tienen más beneficios que inconvenientes si se miran desde un punto de vista más global.

Llegamos así a la necesidad de un «balance de la producción» de cada actividad empresarial, necesario para comprender la realidad de las aportaciones que hacemos al sistema, así como para plantear una correcta evolución de la misma hacia una mayor satisfacción real tanto de nuestros clientes como de nosotros mismos. Dejaré este concepto para un próximo artículo para no extenderme demasiado.
Es importante, sin embargo, que tengamos claro que un desarrollo mal balanceado como el de los últimos años nos llevará a un círculo vicioso, con un consumo desenfrenado que exige una hiperproducción que, a su vez, alienta más aún el consumo y sin saber ya a ciencia cierta si fue antes el huevo o la gallina. El resultado sí sabemos que es una sociedad de excesos y con pérdida clara del sentido de muchas cosas. La sociedad que, filósofos contemporáneos como Byung-Chul Han, denominan «la sociedad de la transparencia», en la que «la mera existencia es por completo insignificante» y… «las cosas se revisten de un valor solamente cuando son vistas.» Para entendernos… lo más maravilloso e importante de la vida hoy en día no es nada si no tiene visibilidad y, sin embargo, estamos inundados por la mediocridad.
Conclusiones
Tenemos que plantearnos si queremos dedicarnos a las cosas importantes. A aquellas que se orientan al bien de las personas. Pero al «bien» con mayúsculas. No se trata de ser sólo altruistas porque con eso no nos ganaríamos la vida, se trata de no identificar sólo nuestro bienestar con nuestro dinero en la cuenta bancaria. Porque esta es una concepción muy pobre que excluye cosas como la salud, la tranquilidad de espíritu, la confianza en nosotros y en los demás y muchas otras que, sin darnos cuenta, nos aportan unos niveles de satisfacción insospechados de los que muchas veces no somos conscientes. Sólo lo somos cuando nos faltan. Pero hoy en día, en una sociedad cada vez más banalizada, quizás no nos demos cuenta de que nos faltan estas cosas. Probablemente haya personas, los más jóvenes, que, con la excepción de la salud, el resto no las haya experimentado nunca.
Los términos en que se plantean la producción y el consumo hoy en día se dirigen a una satisfacción urgente, inmediata pero también efímera, que genera una adicción porque no solo se consumen los productos sino, sobre todo, las características que se asocian a los mismos, y éstas desaparecen casi con el momento de la compra, dejando de nuevo un vacío que se llenará con la siguiente. La tranquilidad a la que yo me refería no se llena con satisfacciones inmediatas por muchas que sean y muy continuadas.
Por esto debemos plantearnos si nuestros productos y servicios tienen la suficiente calidad. Si tienen una duración razonable y adaptada al objetivo que pretenden cubrir. Si realmente sirven para algo que beneficie a quien lo compra o serían totalmente prescindibles. Debemos plantearnos si facilitan la existencia y se orientan al bien (con mayúsculas) de los clientes y del resto de la comunidad.
Y si con estas preguntas nos surgen dudas, quizás debamos ampliar el horizonte de pensamiento porque probablemente ni siquiera nosotros estemos muy satisfechos con lo que estamos haciendo y habrá llegado la hora de mover el timón de nuestra empresa y de nuestra vida para cambiar algo, poco a poco, como se saca a un palio de un templo… pero cambiarlo.
La paradoja del desarrollo
De la misma forma que siempre digo que el crecimiento y el beneficio están en el ADN de la empresa, el concepto de desarrollo también lo está. Y, además y con más fuerza, en el de la persona y creo que de forma previa y necesaria al de la empresa. Nunca debemos perder de vista la relación entre persona y empresa porque si prescindimos de esto no seremos capaces de encontrar el sentido a muchas de las cosas que ocurren. Es más, podemos llegar a importantes contrasentidos.
Pero esta dialéctica de lo bueno y lo malo, lo positivo y lo negativo, lo que aporta y lo que resta, ha estado siempre en todos los pasos de la evolución humana. Y así como de lo negativo que nos ocurre podemos obtener importantes aprendizajes, también lo bueno que hace la humanidad tiene sus sombras. Pensemos en el Nobel de la paz, el «premio» por excelencia, el reconocimiento a personas y organizaciones que luchan en el mundo por la justicia y el sentido común. Pensemos en cuánto de remordimiento hubo en su creación, por el testamento de un hombre que se dedicó al «desarrollo» en sentido estricto.
Lo más conocido por lo que se le conoce, además de los premios que llevan su nombre, es por la invención de la dinamita al conseguir que la nitroglicerina fuera absorbida por un material sólido y plástico de más fácil y seguro manejo. Importante avance para la minería, por la mejora de la seguridad en el trabajo y por el incremento de la productividad de las explotaciones que produjo el invento. Pero, ¿sólo se ha utilizado la dinamita en el mundo para fines productivos? Estaríamos hablando de «un mundo feliz» inexistente. ¿Cuántas veces se habrá usado para la violencia en revueltas, atentados y guerras? El desarrollo productivo de Alfred Nobel democratizó el uso de explosivos y lo puso al alcance de cualquier descerebrado que quisiera imponer sus ideas a pequeña escala.
Pero Nobel, ingeniero además de químico, también se dedicó desde su compañía Bofors al hierro y el acero orientados a la fabricación de armamento, y ahí siguen. También han trabajado para los que quieren imponer sus ideas a gran escala. Y llegados a este punto, ¿cuántas muertes tiene Alfred Nobel a sus espaldas? ¿se puede compensar con la «bondad» de sus premios? Da igual su redención, por lo menos a él, que era ateo y eso de la transcendencia se lo debía traer al pairo.
Pero pensemos en el balance. Quizás sería mejor que no se hubiese inventado la dinamita… o no… quizás estemos dispuestos a asumir sus daños colaterales, porque si no se hubiera inventado seguramente no tendríamos el nivelón de vida que tenemos en el mundo desarrollado… y esto es así, pensémoslo. ¿Estaríamos dispuestos a renunciar a nuestro bienestar actual si supiéramos que podríamos haber contribuido a disminuir la violencia en el mundo desde finales del siglo XIX? Aquí y ahora, mientras escribo este artículo, no me siento capaz de responderlo. Además, no pasaría de ser una quimera, aquello que nos gustaría que «pudiera haber ocurrido». Mejor os quito la responsabilidad… No respondáis a esta cuestión, pero vamos a plantearnos qué podemos hacer en nuestro pequeño mundo para no caer continuamente en esta paradoja del desarrollo.
En lo que sí tengo una confianza ciega es en la capacidad que tiene el ser humano de utilizar de forma perversa cualquier cosa que caiga en sus manos, por muy buenas que fueran las intenciones que tuvieran sus creadores. Y es que algunas veces, esta sencilla ley, que no es exactamente la de Murphy sino mucho peor, la utilizamos contra nosotros mismos sin necesidad de que nadie más intervenga. Vamos a pensar en el ordenador portátil, nos saltamos incluso la aparición de los propios ordenadores de sobremesa que tanto nos han «ayudado», esos portátiles ¿nos han facilitado el trabajo? ¿o estamos trabajando más… mucho más?
Y si llegamos a tener esta duda de los portátiles… ¿cuál es el razonamiento que tendremos que hacer de la locura absoluta de los teléfonos móviles? Quizás hayáis visto a una pareja en un banco «relacionándose» cada uno con su móvil. O a alguien a quien hayáis tenido que esquivar en la calle porque no tenía otro momento para ver los mensajes… o un vídeo. O quizás os hayáis sentido un poco ninguneados porque en una reunión vuestro interlocutor estaba más atento al aparatito que a lo que le estábais diciendo. Se admiten más situaciones… a lo mejor si en un grupo expongo esto que estoy tratando aquí, puede que haya más de uno inquieto con su móvil en vez de escuchar lo que digo, no sé… imaginaciones mías.
Trabajar en cualquier parte con tus herramientas hiperconectadas te facilita la labor, la flexibiliza, te permite adaptar tu tiempo (eres dueño de tu tiempo… o al menos eso piensas tu), te permite centrarte en los objetivos, bla, bla, bla… pero piensa si tanta flexibilidad y tanta hiperconetividad te está aislando. Aunque desde luego, para eliminar la sensación de aislamiento tenemos las redes sociales. Pero cuidado, eliminan la sensación… sólo la sensación, pero no tu aislamiento.
Hace ya mucho tiempo que en toda manifestación humana se prima la cantidad en lugar de la calidad, que pasa sistemáticamente a un segundo plano. Todo debe ser transparente, nuestra vida está expuesta a la vista de todos, de lo contrario es que algo tenemos que ocultar. Más amigos, más relaciones, más negocios, más producción, más consumo… y menos salud.
No queda aquí la cosa, el futuro nos puede llegar a horrorizar. Os dejo aquí dos términos de los que ya hablaremos: transhumanismo y posthumanismo. La nueva ola de gente bien intencionada que piensa que estos avances de la ciencia no los utilizará el ser humano para el mal. Visto lo visto, no sé yo qué pensar, si son muy ingenuos o muy estúpidos, algo totalmente compatible con un alto coeficiente intelectual, sobre todo para gente que sale de las últimas generaciones que en occidente hemos vivido sin muchos problemas. En fin, esperemos que estos grandes avances de la humanidad no los hagan en la Rusia actual de 2022.




