nueva economía
Personas y empresa (II) – El marco de actuación
Como ya comenté en el primer artículo de esta serie que dediqué a la figura del jefe o, de forma extensa, del empresario de cualquier tipo (aquí puedes ir a ese artículo), las clasificaciones de los tipos de persona que nos podemos encontrar en la empresa son muy dispares, incompletas y tendentes a conseguir mas un «artículo distraído» para la audiencia y que tenga muchos «me gusta», que a proporcionar una verdadera ayuda a la hora de tratar con personas.
Este mundo de las relaciones creo que es mucho más complejo y no deberíamos frivolizar con él ya que se no se trata de sacos en un almacén para fabricar nuestro producto, ni de ordenadores y aplicaciones para gestionar nuestra contabilidad y nuestros procesos, aunque también supongan, eso si, desde los puntos de vista operativo y económico, recursos para la realización de nuestra actividad.
Como consecuencia de esto, podemos afirmar que no es lo mismo una persona con 19 años recién llegada al mundo laboral que alguien con 30 años de experiencia (ojo con este término que es un arma de doble filo). El tiempo será un factor que tendrá mucho que decirnos. También dependerán nuestras actuaciones de con quién estemos interactuando; si tenemos que interactuar con alguien agradable y empático, no será lo mismo que si nuestro interlocutor tiene problemas habituales de «estreñimiento social», por lo que las personas con las que tratamos también tendrán una influencia importante en nuestro comportamiento.
Y así, debemos considerar si tenemos algún problema personal que nos afecte, si estamos en el extranjero y no conocemos bien el idioma, si nos hemos metido en camisa de once varas con el puesto y estamos apuntando demasiado alto, si el sistema de selección no ha reconocido nuestra capacidad o incapacidad para la tarea de que se trate… y mil factores más que se nos puedan ocurrir y que influyen en el comportamiento.
Para poner un poco de orden en todo esto, entre ese maremagnum de variables, creo que hay dos que pueden ayudarnos a establecer un marco de actuación de las personas en su relación con las empresas. Es evidente que por nuestro marcado carácter social, una de las variables que debemos considerar será la de las «Relaciones personales». La actuación de las personas en la empresa depende de la interacción con los demás y esto condiciona nuestro rendimiento, por lo que creo que debería ser una de las variables fundamentales a considerar.
Por otro lado, es evidente que pertenecemos o nos relacionamos con organizaciones que tienen unas determinadas formas de hacer las cosas, unos procedimientos que podremos mejorar siempre, pero que no nos deberíamos saltar nunca, salvo causas de fuerza mayor muy justificadas. Es por esto que la otra variable fundamental que debemos considerar es nuestra relación con las «Normas», en el más amplio sentido del término, que abarcará, no sólo los aspectos estrictamente legales, sino también el de los procedimientos establecidos en las empresas, así como los usos y costumbres de las mismas.
Si combinamos estas dos variables y situamos cada una de ellas en uno de los ejes cartesianos, podemos representar la posición relativa de una persona en un momento determinado de su vida profesional en relación con estas dos variables fundamentales. Podremos generar así, una serie de zonas de comportamiento que nos ofrezcan un «marco de actuación» con respecto a las personas en relación con nuestra organización.
Perfiles con baja consideración de las relaciones sociales.
Fijémonos para empezar en la línea de posicionamiento más baja, donde existe la mínima habilidad de relación con las personas. Nos podemos encontrar a la persona fiel y estricta cumplidora de normas, sin tener en cuenta cualquier otra circunstancia y que se convierte en alguien «cuadriculado». El lema de «la norma es la norma» es el suyo independientemente de que el edificio esté en llamas. Podemos considerar que este perfil es negativo, pero pensemos que, en algunas ocasiones como a la hora de llevar la contabilidad y los impuestos, nos puede salvar de muchas situaciones difíciles.
Si nos movemos algo hacia el origen de los ejes, nos encontramos con otra posición poco social pero no tan estricta con respecto a las normas. Se trata de un perfil «normativo» que, en general opera según la ley y la costumbre de la empresa, pero es capaz de considerar algunos puntos de flexibilidad en su aplicación pero considerando aún de que se trata de un perfil con poca disposición social.
Justo en el origen de los ejes se encuentra un perfil con bajas relaciones sociales pero que, además, tampoco cumple las normas, por lo que en estas personas, que he denominado «lastres» se concentra toda la negatividad posible para nuestra actividad. Se les debe ayudar y también exigir un cambio drástico en sus actitudes o, de lo contrario, deberían abandonar su relación con nuestra organización. Si hablamos de un proveedor que tiene esta actitud, será relativamente fácil cambiarlo salvo que actúe en forma de monopolio y no tengamos otra opción para nuestro negocio. Si se trata de un trabajador y ya se ha intentado el cambio, deberá salir irremediablemente de la empresa. Si nos encontramos con un cliente que tiene este tipo de actitud debemos dejar de atenderlo cuanto antes.
Imaginemos también aquellos casos en los que no podemos deshacernos de la persona, por ejemplo, un funcionario de carrera al que no se puede despedir de ninguna forma. En este caso, si no se consigue ese cambio de actitud necesario, se irá alejando a la persona de la atención al público y de otros sitios que puedan ser claves en los procesos de trabajo, lo que hará que las funciones se sigan desempeñando sin que las contamine, pero con la injusticia de tener una persona vacía de contenido y trabajo y con un sueldo pagado por todos, que en algún caso podría ser considerable. Esto pasaría a ser un problema social: ¿tenemos que soportar en la Administración Pública pagada por todos una persona así, o deberíamos poder despedirla para que siga buscando su sitio en el mundo? Yo creo que sí, pero este desarrollo ocuparía demasiado en este artículo y nos desviaría del tema central. Hablaré de ello en otra ocasión porque el problema es muy generalizado y realmente grave.
Perfiles con baja consideración de las normas.
Volviendo a la tabla que nos sirve para analizar el marco de comportamiento en las relaciones, nos moveremos ahora en aquellos perfiles con baja consideración de normas y costumbres bien en nuestra organización, bien en las relaciones en general. Partiendo del «lastre» que he definido ya, nos encontramos con un nuevo perfil que tiene ya un mayor nivel en las relaciones sociales. Se trata de la persona «Voluntariosa». Es aquella que trata de ayudarte, además de buena fe en la mayoría de ocasiones; su actitud puede ser muy sincera, pero su desconocimiento de procesos, procedimientos, usos y costumbres le hace meter la pata de forma continua, no llegando a terminar aquello en lo que se ha quedado, haciéndolo tarde, mal, o las dos cosas a la vez, hasta el punto de la desesperación que nos hacer perder cualquier mínimo nivel de confianza que pudiéramos tener. Su característica fundamental, en definitiva, es la incompetencia.
El último perfil es, a mi modo de ver, el más peligroso y el que probablemente tiene un menor respeto por las normas y, por extensión, por el resto de las personas con quienes se relaciona; es el «Buenista». A cada uno le dice lo que quiere oír, aunque se contradiga con lo que ha dicho una semana, un día o un minuto antes. Pretende caer bien a todos aunque sea a costa de su propio criterio, si es que tiene alguno distinto de medrar, mantenerse o simplemente ser popular. Será, sin duda, el perfil más difícil de modificar, incluso más que el propio lastre, pero también resulta más complicado a la hora de deshacerse de él, puesto que es posible que la apariencia externa que emana de estas personas sea incompatible con el hecho de prescindir de las mismas, sobre todo de cara a los demás, que pueden estar atrapados en sus redes de ilusionismo barato. Esto es común en la Política y pueden verse ejemplos muy certeros de este perfil en las últimas décadas y en el presente rabioso de España al más alto nivel.

Perfiles de equilibrio.
Una vez analizada esta «L» de perfiles problemáticos pero, en algunos casos, aprovechables en función de su propensión al cambio, nos queda un cuadrante de perfiles que pueden estar realizando un conjunto de aportaciones importantes a nuestra actividad y que, además, cuentan con grandes posibilidades de desarrollo futuro y de ajuste real a nuestras necesidades de recursos humanos. Son los que denomino «perfiles equilibrados».
Si hay una carga importante de relaciones sociales y un cumplimiento razonable de las normas, estaremos ante una persona con un perfil «Social», imprescindible, por ejemplo, si queremos conseguir negocio para nuestra empresa. No podríamos imaginar a un comercial retraído, con poco don de palabra y gentes y que no quisiera en algún momento pedir una pequeña transgresión, si es necesario, en el servicio de un pedido, las rutas de entrega, los plazos o incluso los pagos.
Si, por el contrario, tenemos una carga importante de cumplimiento de procedimientos de la empresa, pero con unas relaciones sociales adecuadas, que tienen un mínimo de empatía, estaremos ante personas con un perfil «Estricto». Aunque ser estricto pueda tener hoy en día algo de mala prensa, no hay nada en el mundo que se consiga sin una mínima disciplina. Pensemos en que las personas que tienen que hacer las entregas de productos y materiales para nuestras actividades no cumplan los plazos acordados. Pensemos también en que si cumplen perfectamente no sean capaces de hacer una excepción en algún caso particular; también esto podría acarrear un grave problema de abastecimiento. También las facetas de administración, control, fiscalidad, organización, etc, necesitan disciplina, tanto para ellas mismas como para el resto de la organización, por lo que no nos podemos permitir el lujo de no disponer de este tipo de perfiles cerca de nosotros.
La relación entre estos dos perfiles quizás se nos antoje con alguna que otra fricción, pero son, en general muy complementarios y capaces de trabajar juntos con altos rendimientos. La maduración de estos perfiles, nos llevaría a otros dos, uno que ocupa la parte central del mapa y que he denominado «Equilibrado», y otro que ocuparía la posición diametralmente opuesta al lastre y que es muy excepcional; por esa excepcionalidad, si no imposibilidad, lo he denominado el «Mirlo blanco», algo que nunca se ve.
Es curioso que me refiera a una «maduración» en posiciones de la tabla más cercanas al origen de coordenadas, pero pensemos también en el valor que siempre he dado en todos mis artículos al concepto de equilibrio. Estas posiciones de perfil equilibrado son el germen de toda la evolución que la empresa necesita, tanto en caminos de ida como de vuelta. Ida en el sentido de que el abandono de posiciones peligrosas de la «L» inicial que tratamos, se llevará a cabo casi con seguridad a través de estas posiciones en la búsqueda de una mejora personal. Y vuelta en el sentido de que la experiencia de haber estado en posiciones tanto estrictas como sociales y el consiguiente aprendizaje bien aprovechado, también nos puede llevar a unas modificaciones de conducta tendentes a un mayor equilibrio personal que nos haga, desde ese centro, entender las bondades, defectos y necesidades de cada una de las posiciones de la tabla para poder ejecutar una correcta gobernanza de todas las actividades. Por esto, las jefaturas requieren de este tipo de perfiles equilibrados pero, sobre todo, en caminos de vuelta, con toda la experiencia acumulada.
El caso del «Mirlo blanco», la persona perfecta (que no es lo mismo que equilibrada), es posible que lo encontremos una o dos veces en nuestra vida profesional y por un periodo muy breve de tiempo.
Estas dos variables que he considerado, nos da un cuadro bastante útil para el posicionamiento de todos los profesionales que se relacionan con nosotros, tanto dentro como fuera de la organización de nuestro negocio. Si tenemos en cuenta alguna otra variable adicional, podremos ver cómo las personas serán capaces de modificar su situación, pasando de unas zonas a otras. Por ejemplo, será necesario considerar el tiempo para que pueda producirse algún cambio. La influencia de un buen o mal jefe podrá tener mucho que ver con la evolución de una persona. Del mismo modo la influencia de los compañeros, etc. Dejaremos esta evolución para el último artículo de la serie.
Siguiendo la argumentación que estoy llevando a cabo, este marco de actuación nos da un reflejo de la situación de cada uno de los profesionales con los que me relaciono en un momento determinado. Es un análisis estático, en un momento concreto, de la situación con respecto a los recursos humanos. Pero, también desde un punto de vista teórico, ¿cuáles son los perfiles de profesionales que la empresa de verdad necesita? Lo veremos en el siguiente artículo.
Complejos de culpa (II) – ¿Trabajo poco?
Entre no cumplir con mi cometido y que «se me caiga el lápiz» a la hora de salida y no poder dejar de trabajar ni de madrugada, hay un abismo que podemos analizar de manera conveniente para llegar a un comportamiento razonable con respecto al trabajo y que nos aleje de estas dos aberraciones que hemos indicado, mucho más habitual la primera que la segunda pero igualmente nocivas para la persona.
En muchos momentos de nuestra vida nos podemos encontrar con disyuntivas de este tipo. Imaginemos entre estudiar y trabajar. Tengo responsabilidades en mi trabajo y también estoy estudiando una carrera, máster o cualquier otro curso. Si dedico mi tarde a estudiar puedo estar pensando que debería estar trabajando. Pero si me pongo a trabajar, estaré preocupado por la marcha de mis estudios. El resultado será que no estaré rindiendo en lo que hago por la preocupación, ni mucho menos disfrutando de ninguna de las dos cosas.
Y este es un círculo vicioso muy perverso pero que, en un alto porcentaje de ocasiones, lo generamos nosotros mismos sin ninguna intervención exterior de otras personas; autogeneramos este complejo de culpa sin la más mínima piedad hacia nosotros mismos. El resultado: sentirnos mal hagamos lo que hagamos. Si a esto le añadimos los factores externos, que los habrá, ya tendremos un cóctel de los más explosivos del mercado.

Efectivamente, puede que nos encontremos un jefe para el que no existen las horas libres, todo es trabajo que, bajo una dulce capa de dedicación, vocación y entrega, oculta probablemente cualquier tipo de las frustraciones personales que se desfogan en la empresa (ver el artículo de este blog sobre el jefe). Puede que exista una «sana» (o no) competencia entre compañeros con o sin cargos de responsabilidad, a ver quién queda mejor enviando un informe por correo electrónico al equipo de trabajo a la hora más intempestiva. Si somos comerciales, además de todo esto aparecerá el inconmensurable universo «del cliente» en el que nos encontramos todas las modalidades de personas que existen en el mundo (al fin y al cabo es lo que son aunque podamos dudarlo en algunos casos). Así, los habrá respetuosos y prudentes, y los habrá que quieren hacer sentir su yugo sobre nosotros forzando situaciones difíciles por el hecho de no perder negocio.
Pues que sepamos, que en muchas ocasiones y con dolor de nuestro corazón, a este tipo de personas es mejor perderlas no ya como clientes sino perderlas de vista en términos absolutos, sólo hola y adiós por cortesía y educación pero poco más.
El remate de estas situaciones en las que aparece este complejo de culpa por no trabajar lo suficiente se da cuando analizamos a las Pymes y los autónomos. Porque, efectivamente, aquí se concentra todo lo que hemos dicho en los párrafos anteriores: soy jefe pero trabajo a pie de obra, tengo empleados de todo tipo y además tengo que tener en cuenta los deseos de mis clientes. Con razón algunas veces se busca una ventana por la que saltar y escaparte de todo. Curioso cuando ser dueño de tus actividades, tener la capacidad de elegir el ritmo de desarrollo, debería darte más reposo y satisfacción. Porque esta es la razón de que muchas personas opten por este camino: dejar la rigidez de una empresa grande, del mundo asalariado y de aquella «sana» competencia de la que hemos hablado antes.
En algún momento hemos hablado de la «Hipercomunicación» en nuestra sociedad, uno de los conceptos que trata el filósofo Byung-Chul Han al definirla como «sociedad de la transparencia», eso que denomina «el infierno de lo igual». Y en este caso concreto que tratamos para este complejo de culpa específico, la aceleración extrema de la comunicación tiene gran parte de la culpa.
Enviamos un mensaje y EXIGIMOS una respuesta inmediata y esto es simplemente no tener respeto por el tiempo de los demás. La aplicación además te dice si el mensaje que has enviado ha sido leído… peor aún. Más ansiedad todavía para el remitente: ¡Cómo puede ser que no me responda si ya lo ha leído! Y así vamos pasando por la vida, tan centrados en todo lo inmediato, que no nos damos cuenta de que se nos está escapando.
Las herramientas de comunicación que tenemos son fantásticas y han tenido una evolución estratosférica… y la siguen teniendo, de tal forma que no creo que nadie sepa, ni el mejor de los científicos, a lo que vamos a llegar. Y esto creo que es más un problema que otra cosa sin querer ser un agorero. Fijaros la facilidad de comunicación que tenemos hoy en día con cualquiera a través del Whatsapp, pero fijaros también los millones de idioteces que se envían por este medio tan «útil». Esa facilidad de comunicación ha tenido un efecto perverso haciendo que tengamos que navegar en un mar, o mejor en un océano de iconos, memes, oks, fotografías graciosísimas con o sin movimiento, etc, etc… La misma herramienta que me facilita la comunicación, a la vez, me la dificulta.

Pero no es el único efecto perverso. Esta dificultad la podríamos dominar con mucha selección de grupos, mensajes, sonidos, etc. Es mucho más peligroso para nosotros la acumulación progresiva de cargas de trabajo debido a una multitarea permanente. Yo mismo mientras estoy escribiendo esto he intervenido varias veces en una conversación (importante si) en la que estoy intentando aportar para resolver una situación de conflicto, pero voy a centrarme.
Si una tarde os da por pasear con vuestra familia, ¿dejáis el móvil en casa? Yo creo que no, que lo llevamos encima de forma permanente. Pues que sepáis que hubo un tiempo en que no existía y no pasaba nada… al revés. Y ya que lo lleváis, ¿va en silencio y sólo lo consultáis de vez en cuando? Puede que si… o puede que no. Si veis los mensajes, tanto si es de vez en cuando como si saltáis cada vez que suena uno, ¿qué ocurre si un cliente os hace una pregunta o petición?… vamos a dejarlo aquí por ahora, pero no olvidéis esta cuestión.
Creo que debemos hacer una serie de consideraciones a tener en cuenta cuando asoma este complejo de culpa de que «deberíamos trabajar algo más»:
El trabajo es un gas y se expande.
Así es, y ocupará, si lo dejamos, todo el tiempo de que dispongamos y aún nos parecerá que nos queda todo pendiente. Funciona como un plato de arroz que estamos comiendo sin ganas, cuando llevemos un rato masticando al revés, nos parecerá que tenemos más que al principio. Por lo tanto, todo deberá tener su límite en cada mes, en cada semana y en cada día que vivamos. Debemos establecer rutinas con las que nos sintamos cómodos y que nos sean útiles para poder disfrutar de lo que hacemos y para poder tener tiempo de otras cosas que puedan aparecer, porque no todos los días serán iguales… gracias a Dios.
Y ahora que estamos en tiempos de trabajo a distancia, el problema se agrava porque antes, había una distinción clara: hora de entrada, trabajo (con sus pausas… o no), hora de salida… y extras. Todo muy definido. Cuando llegaron los portátiles, internet, las nubes y demás, todo se difuminó y muchos ven una ventaja en trabajar de seis a ocho de la mañana, después hacer otras cosas, otro ratito luego, después por la tarde y así caer en un desmadre con el que no consigues centrarte o con el que vas a estar trabajando todo el día y más horas que en la antigua oficina. Cuidemos nuestro tiempo, porque el que haya pasado no lo volveremos a recuperar.
Identifica verdaderos problemas que debes atender.
Si ya tenemos claro que el teléfono no lo debemos atender de forma indiscriminada porque va a hacer que trabajemos, sin la calidad necesaria por supuesto, hasta en el último rincón del mundo, vamos a intentar diferenciar aquellas situaciones que sí merecerán nuestra atención inmediata y directa.
En este caso, si tenemos una comunicación correcta con nuestro equipo, conocerán nuestros hábitos y si existe un mensaje o llamada en un momento no habitual, es que será importante. En este caso lo atenderemos con la mayor normalidad del mundo porque sabremos que será algo importante y necesario y, en el caso de que no lo sea, deberemos tomar medidas para que no se repita, bien porque alguien de mi equipo tenga más formación o más confianza o bien porque determinemos claramente que ese tipo de problemas tienen otra resolución.
Si realmente tienes un equipo y tu servicio se lleva a cabo durante toda la jornada, define guardias para horarios no habituales de forma que puedan «repartirse» las situaciones excepcionales. Y valora la posibilidad de que exista una diferenciación entre los teléfonos de trabajo y los personales.
Selecciona clientes.
Cuando estamos empezando con nuestro negocio, esto se antoja muy difícil… y lo es. Entramos casi en todo lo que nos llega porque necesitamos comenzar a generar ingresos y poner nuestra maquinaria fina para el desarrollo de nuestro negocio pero pronto nos daremos cuenta de los inconvenientes si no conseguimos controlar la situación.
Determinados clientes pueden ocupar una parte muy importante de nuestro tiempo, lo que nos va a impedir desarrollarnos. Por lo tanto, llegará un momento en que tendremos que evaluar la conveniencia de tenerlos. Creo que es importante desde un principio fijar nuestros niveles de servicio y definir hasta dónde llegaremos, si hay determinados horarios, si la resolución de problemas tiene un procedimiento determinado o si contamos con un servicio de soporte.
Aquellos clientes que, como mencioné antes, disfrutan haciéndonos sentir su yugo por el hecho de que son nuestros clientes y se saltan todos los acuerdos de servicios que les hayamos explicado, sencillamente NO deberán estar, no deben existir dudas en esto y sentiremos una tranquilidad muy grande desde el mismo momento en que los hayamos dejado. Seguramente encontrarán su proveedor adecuado, pero no seremos nosotros, sin alterarnos, sin preocuparnos, sólo es una decisión correcta según nuestros criterios y puntos de vista, así de simple.
Llegados a este punto y con estas breves consideraciones, volvamos al paseo con la familia y a los mensajes que nos llegan. Si hemos reflexionado sobre estos temas, no tendremos problemas, pero si no, comenzará nuestro complejo de culpa a actuar de forma inmisericorde: «debería responder en un momento porque tengo que sacar mi empresa adelante… en realidad lo hago por ellos»… ¡estás perdido!
Necesitamos toda la tranquilidad del mundo para ir lunes, miércoles y viernes al gimnasio durante una hora porque nos gusta y nos viene bien para la salud y esos son unos momentos nuestros y no de nuestro trabajo. También para hacer ese paseo que hemos interrumpido con la llamada innecesaria en el noventa y nueve por ciento de los casos, porque el momento será de nuestra familia y no de nuestro trabajo. Sin complejos, porque son momentos necesarios incluso para poder trabajar bien después. Y no nos olvidemos de que la preocupación nos la generamos muchas veces nosotros mismos porque el resto del mundo sigue funcionando sin nosotros, aunque nos parezca que somos imprescindibles.
¿Es necesario crecer tanto o mi negocio se encuentra bien así? Puedo parar el ritmo de crecimiento y vivir más en paralelo. O puedo no hacerlo en las temporadas que yo decida porque es con mi negocio con el que disfruto. El problema será si me siento libre para tomar esa decisión. Si lo eres, trabaja hasta por la noche si quieres… pero plantéatelo.
Y quizás alguien que haya leído el primero de mis artículos sobre el complejo de culpa, podría decir que me estoy contradiciendo, pero verá que este último criterio también coincide con el que reflejé en dicho artículo y que justificaba perfectamente que, cuando YO QUIERA puedo decidir ser menos productivo y trabajar tardes o noches. Pero no será porque tengo un complejo de trabajar poco, sino por una decisión consciente de la que soy capaz de disfrutar y que en ese preciso momento, justo en ese momento y no en otro, es la que YO QUIERO tomar. Los problemas vienen sólo cuando empieza a desaparecer mi capacidad de elegir.

Personas y empresa (I) – ¿Qué se espera de mí si soy el jefe?
Si se consultan en internet las tipologías de personas que hay en una empresa, nos va a salir una innumerable relación de clasificaciones, unas más originales que otras y con más o menos sesgo cómico, que analizarán este tema desde todos los puntos de vista posibles. Son artículos, por lo general que tienen muchas lecturas porque son como el horóscopo: sencillos de leer y que despiertan una curiosidad por ver lo que pone, en este caso sobre todo para intentar identificarnos con alguna de las tipologías que describe, buena se entiende, porque todos somos muy buenos en la empresa y resultaría difícil identificarse con uno de los perfiles problemáticos que se mencionen.
Sin embargo, como ejercicio personal, esta identificación con un perfil de los «malos», incompletos o que no aportan mucho, sería muy enriquecedor por el gran recorrido de mejora personal que supondría aunque solo fuera por el simple reconocimiento de que no todo es color de rosa con nosotros mismos. En realidad nos resultará mucho más fácil encuadrar a cualquier otro en estos perfiles que a nosotros mismos, por lo que, si del criterio personal de cada uno dependiera, estas categorías problemáticas estarían vacías o con sólo un grupo de valientes capaces de reconocer errores.

Si esto sólo se usara para satisfacer una curiosidad y no como un criterio de trabajo, no tendría mayor importancia pero es que sí que se usa. Y como ejemplo, hace poco escuché unas declaraciones de un miembro del sindicato Csif, de la Administración, hablar de la situación en los centros infantiles de Andalucía, que habían empezado el curso con plazas sin cubrir, lo que planteaba serios problemas de servicio en algunos centros. Gracias a Dios, ese era el único problema, que estaba siendo solventado por una «abnegada» y competente plantilla de trabajadoras (y trabajadores, que en este sector son mayoritarias). Una pregunta… ¿toda la plantilla es competente? Típico sesgo sindical: el problema es de número, pero para él todos los trabajadores son buenos, en ningún caso considera que hay gente que no sirve ni para estar escondida y debería buscar otro sitio para estar. 100% de competencia laboral… pero quizás algunos centros tengan problemas por bajas (y no me refiero a las normales), o por falta de rendimiento de algunos trabajadores, o directamente por inadecuación y falta de competencia en su trabajo de algunos otros. Esto no se mira porque sería señalar a algún «compañero» o «compañera» y eso no está bien, aunque esté causando que el resto estén haciendo un sobreesfuerzo real o que estén causando una deficiencia del servicio también «real».
Por lo tanto, al analizar la categorías tendemos a tener un sesgo, tanto al calificarnos a nosotros como a los demás, pero sobre todo, a nosotros. Y quizás el problema sea que, como tendemos a categorizarlo todo de forma «absoluta», estamos perdiendo la riqueza que nos da la diversidad de las situaciones en la empresa y en la vida misma. Si cambian las circunstancias, nuestro comportamiento puede cambiar. Si soy capaz de aprovechar las enseñanzas que recibo de la vida, probablemente también. Y eso hará que podamos pertenecer simultáneamente a varias categorías de las que vamos a analizar en esta serie de artículos. Haré mi propia clasificación en base a la experiencia que tengo y para ello, como decía Nietzsche, tendré que dejar de leer sobre este tema, porque si no, no será lo que yo piense y pueda aportar sino un resumen o una amalgama de las opiniones más o menos versadas de los demás.
Pero voy a comenzar la casa por el tejado. Este grupo de artículos va a responder a una demanda de emprendedores que tiene curiosidad y necesidad de saber cómo bregar con los recursos humanos de su empresa, cómo comunicarse con ellos, cómo motivarlos, etc, porque soy su responsable, empresario, emprendedor, coordinador, jefe o como le queramos llamar a esta figura. Pero hay una pregunta fundamental: ¿qué es lo que se espera de MÍ? Tendremos que reflexionar sobre si yo estoy preparado para trabajar con toda esta tipología de personas cambiante que vamos a describir aquí, y si no lo estoy, que puede ser perfectamente, en qué facetas debo evolucionar para estarlo. Porque, en realidad, nunca se está suficientemente preparado para tratar con todas las personas en todas las situaciones… siempre habrá una nueva.
A estas cuestiones del desarrollo directivo se le han dado todas las vueltas del mundo. Se han volcado las reflexiones sobre el tema técnico, luego sobre el humano, se han impartido miles de cursos de desarrollo directivo con técnicas para manejar equipos y tiempos y al final, después de décadas, la misma doctrina del «Management» nos dice que «no podrás ser un buen jefe si no eres una buena persona». Así de simple… y así de complicado. Porque ser buena persona no significa bajo ningún concepto ser «tonto». Y si hoy, al cabo de tantos años y tantos jefes que he tenido, pienso un poco en esta cuestión, puedo confirmar que es cierta.
Pero, bajando a la tierra, ¿en qué áreas debería trabajar entonces? Porque para tener un cargo de responsabilidad también operará que no se comporta uno igual en todas las situaciones. Por lo tanto, habrá que considerar que tampoco nosotros como jefes seremos «absolutamente buenos» o absolutamente malos», al igual que hemos hecho referencia a que con los trabajadores pasará esto mismo.
Pues vamos a recuperar cuatro términos de nuestra tradición occidental que concretan muy bien el resumen de una vida buena y responsable. Si nos remitimos a la religión Cristiana, las denominó «virtudes cardinales», pero estos conceptos fueron absorbidos por esta nueva línea de pensamientos y provienen de nuestra tradición Grecorromana muy anterior. Del mismo modo, existen valores parecidos que rigen la vida en otras culturas: prudencia, justicia, fortaleza y templanza.
La prudencia, la virtud por excelencia que nos decía Aristóteles, con su otra inseparable cara de la moneda, la sabiduría (práctica) que nos va a permitir saber afrontar las diferentes situaciones que la vida nos presente y que nos ayudará a navegar con rumbo, manteniendo nuestros criterios y siendo capaces de adaptarnos a las circunstancias en cada momento. Y estas dos caras de la moneda sólo se adquirirán a través de la experiencia que nos ofrece la vida, pero una experiencia activa, con implicación, con ganas de llegar a conclusiones sobre lo que pasa a nuestro alrededor y que nos permita tomar en un futuro decisiones correctas.

La justicia, para dar a cada uno lo que le corresponde, para tratar a las personas como un fin en sí mismas y no como un simple medio para conseguir algo. Y remarco lo de dar «lo que le corresponda», nunca a todos lo mismo, porque no se trata de igualar en los resultados como hacen las políticas «buenistas» a las que tan acostumbrados estamos en los últimos tiempos para la compra patética de votos y el mantenimiento en el poder, sino de ofrecer a cada persona los medios que necesitará para su desarrollo y el reconocimiento y las recompensas que se deriven de sus actos.
Fortaleza para sacar adelante los retos y superar las dificultades. Para hacer lo correcto en cada momento aunque existan otras opciones más placenteras, para asumir lo que nos plantean las distintas situaciones de la vida, incluso aquellas en las que ser prudentes no ha bastado. Aquellas en las que hay que debatirse entre lo correcto y lo que no lo es y en las que incluso tenemos que decantarnos por esta segunda opción para evitar males mayores.
Y la templanza para «gobernar» sobre nosotros mismos, sobre cuerpo y alma, para alejarnos de los extremos y para soportar los errores de acercarnos a veces demasiado a ellos. Para no caer en perfeccionismos obsesivos o dejadez indolente que nos denigra. Es esta una virtud dedicada por entero a nuestro interior, como la del acero de una espada, para el que también se usa este término, de forma que nunca llegue a romperse.
Si pensamos en un jefe «buenista» de los que abundan hoy en día, es decir, ese ejército de «tontos» de los que habíamos hablado antes, probablemente no tengan ni siquiera un mínimo razonable en ninguno de estos aspectos: tratan a todos por igual, con lo que benefician a quienes menos lo merecen, eluden las dificultades y «sacan balones» continuamente, son gente que, si es que llegan a tener experiencia en algo, no son capaces de usarla para nada y tienen una vida probablemente hedonista y sin sentido. Y sí, es verdad, por los recovecos de la vida se nos cuelan en todos los ámbitos y son los que en muchos sitios están «liderando», entre comillas y por llamarlo de alguna manera, los procesos vitales en los que nos vemos envueltos; empresa, política y sociedad en general. También habrá que pensar que algo no habremos hecho bien si esta horda de incapaces es la que nos gobierna en la mayoría de los ámbitos. Será que el buen juicio y la capacidad se retira a cuarteles de invierno cuando es la ineptitud la que campa a sus anchas.
A medida que alguien consiga progresar en esas cuatro virtudes seguramente aparecerá un estado de «calma vital», aunque sea a destellos momentáneos, que nos indicarán que avanzamos por buen camino. Hará falta tiempo para esto. Si hemos dicho que la prudencia y la sabiduría se adquieren con la experiencia, podremos quizás explicarnos por qué la gente joven no conoce esa calma. Cuando no hay justicia, en el sentido descrito, no puede haber calma. Si las situaciones nos dominan en lugar de nosotros a ellas, tampoco la habrá. Y si, al final, no conseguimos controlar nuestros impulsos, también tendremos más ansiedad que sosiego.
Trabajemos estas virtudes, no sólo porque los demás es lo que esperan de nosotros si tenemos que liderar un proyecto, una empresa o una comunidad cualquiera, sino porque nosotros mismos también será eso lo que queramos de nuestra persona.

Complejos de culpa (I) – Productividad obsesiva
Pase que en España no seamos los más productivos del mundo, que desaprovechemos el tiempo un poco y no consigamos hacer en el mismo tiempo todo lo que un alemán, francés o noruego son capaces de hacer. También habrá que ver si por el camino de hacer las cosas, esas que nos han costado a nosotros más tiempo, ellos han disfrutado más o menos que nosotros, porque puede que la productividad sea mayor en sus casos pero la satisfacción menor. Es importante, eso sí, que el resultado final pueda tener la misma calidad en todos los casos.
Siempre que sale una estadística de productividad en Europa, o, en general, en ese grupo de países denominados «del primer mundo», comienza el debate por la posición de España. Una serie de expertos han definido los parámetros, en este caso de la productividad, de forma aséptica y fría y según unas teorías de la producción que no consideran bien los entornos y las formas de ser, y se acaban estableciendo las escalas de quiénes son mejores o peores. Pero según esos criterios sobre los que, muy probablemente, nadie nos ha preguntado.
Y así, siguiendo el error perpetuo de España desde que terminó el siglo de oro y empezó a fraguarse la ideología liberal y progresista, lo que viene de fuera siempre es lo mejor y se convierte en ley, nosotros no somos capaces de hacer nada a derechas y de establecer el más mínimo criterio y, por lo tanto somos una especie de «chuflas» y retrasados ante una Europa que nos escribió la historia. ¡Todos a acomplejarse!… Y hasta hoy y prácticamente en todos los aspectos de la vida: en cada parcela, una mayoría de acomplejados y una pseudo élite de expertos que se sienten por encima del común de los mortales porque defienden criterios que se han establecido en otros sitios «más avanzados», sin la más mínima capacidad de crítica hacia esos criterios que nos tenemos que «tragar» y sin ser capaces, tanto que saben, de proponer nada nuevo.

Pero creo que sería necesario que nos hiciéramos algunas preguntas, porque según su respuesta es posible que cambie mucho la situación:
Ante esta situación de la productividad por ejemplo, ¿aplicamos igual o mejor tecnología? Si la respuesta es que no, tenemos un claro margen de mejora que podremos analizar para igualarnos y probablemente con esas mejoras podremos alcanzar el mismo nivel. Aquí no habría mucha justificación de esos complejos, existe realmente un desfase y simplemente nosotros decidiremos cómo y cuándo hacer esas mejoras.
Si la respuesta es que sí y tenemos a nuestra disposición las mismas herramientas, entonces la cosa será algo más complicada y tendríamos que pasar a una segunda pregunta: ¿Es siempre así o estamos en aquello de generalizar por costumbre? Un vicio muy instaurado en nuestro país, analizamos unos resultados parciales e inmediatamente, si son malos claro, lo extendemos a la generalidad de los casos. Esto nos llevará al resultado de que habrá una gran mayoría trabajando muy bien, pero bajo el estigma de que no lo hace y sólo porque hay algunos que no cumplen esos estándares (que vienen de fuera). Tampoco caben aquí complejos porque en ningún sitio del mundo existirá un nivel de uniformidad total en la actividad económica y siempre «habrá de todo en la viña del Señor».
Pero está también la otra opción, que efectivamente sea siempre así en la mayoría de los casos, y teniendo a nuestra disposición la misma tecnología, los resultados sean peores. Esta situación nos llevaría a la tercera pregunta: ¿Nos importa realmente? Porque ya aquí, estamos entrando en otro tipo de análisis muchísimo más profundos aunque nos parezca todo lo contrario.
En el caso que nos ocupa de la productividad en el trabajo, el desfase podría significar que yo tardo, por ejemplo, tres horas más en hacer la misma tarea, con la misma calidad, que un holandés o un alemán teniendo a mi alcance las mismas herramientas y el mismo conocimiento personal y experiencia que ellos. Si esas tres horas además, las cobro, la empresa o el proyecto incurrirá en unos mayores costes de personal (suponiendo el mismo salario, que sabemos que en muchos casos no es así). Por lo tanto, o el margen será menor o, para tener el mismo que mis dos competidores, tendría que subir el precio del producto o servicio que he llevado a cabo. En ambas circunstancias mi negocio pierde, en teoría.
Y aunque haciendo las cuentas esto sería un hecho constatable, también he dicho «en teoría». Hagamos un supuesto: he tardado tres horas más porque he atendido, cuando no estaba previsto, a dos compañeros de trabajo que me pidieron opinión o ayuda para sus distintas actividades en lugar de ser un «estreñido» que les cortó en seco y les dijo que me pidieran cita por correo electrónico. Como consecuencia de esa ayuda, uno de ellos ha logrado una solución para la suya y el otro ha aprendido algo que incorporará de forma continuada como mejora a sus actividades diarias. La vida es compleja, como dije en otro artículo, así que, ¿qué balance podríamos hacer ahora? Mi actividad ha resultado algo más «cara» sí, pero posiblemente las mejoras de los otros dos compañeros han generado una notable mejora de la productividad de ellos y, por lo tanto, una mejora de la productividad «general» de la empresa desde ese preciso momento. ¿Con qué nos quedamos? Probablemente ya no sea tan crítica mi peor productividad, aunque también dichas aportaciones se las podría haber hecho en otro momento planificado más adelante y lo tendríamos todo… ¡o no!

Imaginemos que esas horas de más NO LAS COBRO. ¿Por qué puede ocurrir esto? Porque la empresa (que en muchos casos puedo ser yo mismo) no me las va a pagar aunque realmente hicieran falta para el proyecto; mal vamos, pero este es un tema muy distinto, porque si hacían falta, algo cambia en las condiciones con respecto al holandés y al alemán, pero en cualquier caso el coste de la actividad debería ser superior y estaríamos falseando los resultados… y esto da, no sólo para un artículo, sino hasta para un libro entero, y le dedicaremos tiempo al tema de los costes.
Pero, por ahora, vamos a las otras opciones: me han interrumpido esos compañeros y les he atendido con el resultado que he dicho antes y YO he decidido trabajarlas para terminar mi proyecto. O simplemente YO he decidido tomármelo con más calma en mi trabajo y de forma consciente he tardado más para hacerlo de una forma más tranquila, segura, e incluso disfrutándolo más. Con la primera opción (que es la que haría cualquier autónomo o pyme), la empresa no sólo no ha incrementado el coste sino que ha tenido una mejora; con la segunda opción (que es la que «debería» hacer el autónomo alguna que otra vez) no ha tenido incremento de coste y la persona ha seguido una decisión propia que entendemos que es satisfactoria para su bienestar personal.
En estos casos estoy sacrificando tres horas de mi vida personal para dedicarlas al trabajo sin tener ninguna compensación «económica», pero quizás de otro tipo sí (satisfacción por la ayuda prestada, satisfacción por disfrute de mi trabajo… y así podríamos seguir con este tipo de justificaciones por el que una buena parte de la población nos diría que somos tontos, que no debemos hacerlo, que deberíamos reclamar más salario, negarnos en redondo, acudir a la justicia o incluso a los sindicatos para que empiecen a envenenarlo todo, aunque eso era antes, ya ni eso…).
Es posible que nuestra forma de trabajo sea distinta a la del holandés o a la del alemán, pero el punto crítico es, según yo creo, ese «YO he decidido» que he usado antes y que constituye una libre y consciente elección de mi situación en el trabajo y que nadie puede ni debe criticar, porque hay fundamentos que no podemos imaginar detrás de cada comportamiento humano. Si nos fijamos, salvo en el último caso en el que decido trabajar de forma más relajada, en los demás en que atiendo a mis compañeros, cobrando las horas o sin cobrar, en realidad el problema es de una simple imputación contable, porque esas tres horas (y su correspondiente coste), nunca deberían haberse imputado al proyecto en cuestión, por lo que mi productividad habría sido la misma que la de los del norte, y si he cumplido al final los plazos, que es donde deberíamos tener mucho cuidado, incluso superior por las aportaciones realizadas a las demás actividades.
Si nos encontramos en estas situaciones, cualquiera de ellas, que son además la mayoría, COMPLEJOS NINGUNO, sólo mirada al frente y defensa de nuestra forma de trabajo, esa que nos hace más afables y que vivamos mejor si no fuera por el permanente complejo de culpa que tenemos en este tema concreto de la productividad.
Pero mucho cuidado: si no rindes lo suficiente, tardas más siempre, no aportas mucho al resto e incluso no cumples plazos… si siempre hay una excusa para lo que no se hace y una queja del poco tiempo que se tiene y lo complicado que resulta todo, probablemente debas plantearte que eres un flojo o un inútil o incluso las dos cosas juntas y que tu sitio no está ahí, en esa empresa y probablemente en ninguna otra, y si no cambias de actitud, deberías acabar en un sitio que yo personalmente no acabo de concretar o, como mínimo, en una cola de las tantas que hay para ayudas sin contraprestación alguna, quitándosela también a alguien que realmente la necesite, que hasta para eso se puede ser inútil en grado máximo.

¿Por qué? – Reflexiones sobre complejidad
Esta es una pregunta tremenda. Yo diría que es «la pregunta» por excelencia. Fijaros que es la más repetida por los niños cuando aprenden a hablar y no saben todavía cómo funciona esto de la vida, y puede llegar a tal punto que a algunos progenitores les entre un deseo desenfrenado de tirarse por la ventana… o de tirar al niño. Porque esta pregunta exige una respuesta razonada, o al menos razonable, o una aceptación un poco amarga de desconocimiento o de no tener muchas ganas de líos. Tanto si se responde como si no, siempre hay consecuencias, deseadas o no.

Admitamos que algunas veces las preguntas son inoportunas y evitables, y me refiero ya no a las de los niños (que serán inevitables), sino a las de los mayores con uso de razón. También tendremos que admitir que las respuestas en la mayoría de los casos no serán fáciles, bien porque la situación sea comprometida, bien porque, aunque no lo sea para el interrogado, la respuesta en sí sea difícil.
Y esto hace que nos planteemos el problema de «la complejidad», que tan bien ha tratado el filósofo francés Edgar Morin, a través de la «dialógica», el enfrentamiento necesario de contrarios.
«Legítimamente le pedimos al pensamiento que disipe las brumas y las oscuridades, que ponga orden y claridad en lo real, que revele las leyes que lo gobiernan. El término complejidad no puede más que expresar nuestra turbación, nuestra confusión, nuestra incapacidad para definir de manera simple, para nombrar de manera clara, para poner orden en nuestras ideas.»
Edgar Morin – Prólogo de «Introducción al pensamiento complejo»
Son múltiples los ejemplos muy contradictorios que nos encontramos de esta dialógica en nuestro desarrollo social y económico. Por ejemplo, la libertad se obtiene coartándola, es necesaria la ley (coerción) para garantizar las libertades individuales. Y para tener seguridad es necesaria la amenaza (policía). Para obtener bienestar físico es necesaria la disciplina y el sacrificio. Hasta la cosa más simple que nos podamos imaginar funciona, y progresa, con este enfrentamiento de contrarios.
Como Morin nos dice en el libro citado, la ciencia progresa porque es capaz de simplificar (consenso) y poner en duda de forma sistemática (conflicto). Progresa en definitiva porque es compleja. La evolución de la ciencia se logra a través de la puesta en duda de conceptos que en un principio quedaban fuera de su campo de actuación. Fundamentalmente se pusieron en duda los dogmas religiosos que imperaban en cada época para llegar a deducciones y demostraciones de las leyes que operaban en la naturaleza. Sin embargo, una vez superados todos estos dogmas y de dejar la religión en otro nivel de nuestra existencia, los nuevos dogmas sobre los que dudar serán los propios principios de la ciencia que se convierte en la nueva religión a superar. Y a medida que buscamos esos «ladrillos» de la creación, todo se va, a su vez, volviendo más y más complejo hasta tener que hacer los «nuevos actos de fe» sobre lo que nos dicen los científicos, porque entender lo que se dice entender, está al alcance de muy pocos, convertidos en los sumos sacerdotes de las nuevas creencias que durarán más o menos tiempo hasta que sean sustituidas por una nueva investigación aún más compleja.
Por lo tanto, cuando hacemos la consabida pregunta del título, por muy sencilla que veamos una situación, nunca llegaremos a saber de verdad en qué berengenal nos estaremos metiendo y cuál va a ser el resultado de nuestra investigación. Porque ante la situación que nos pueda parecer más sencilla se pueden esconder motivaciones muy profundas, muy complejas y, sobre todo, muy interconectadas.

Y voy a tocar de nuevo el tema de nuestras rutinas y su análisis de las que ya hablé en otras ocasiones y también en el artículo anterior dedicado al uso de la «ley del mínimo esfuerzo». Siguiendo el razonamiento que expongo en este artículo, la mayoría de nuestras rutinas conscientes se establecen en función de esta ley vital y pueden permanecer en el tiempo de forma indefinida si no nos las replanteamos nunca y nos sentimos cómodos con ellas. Aparecerán como el resultado de un análisis de todas nuestras circunstancias en un momento dado y se establecerán como una solución óptima para nosotros, como aquello que de una u otra forma «nos facilita y resuelve la vida». Pero es posible, casi seguro, que las circunstancias cambiarán. ¿Cambiaremos también nuestras rutinas? En estas situaciones puede ser necesario que aparezca la consabida pregunta: ¿Por qué?, ¿Por qué sigo haciendo esto o aquello? ¿Tiene sentido en mis circunstancias actuales?
Y nos podemos encontrar con distintos niveles de dificultad a la hora de respondernos. Dependerá de la trascendencia del hecho y de la profundidad con que hayamos admitido la rutina: no será lo mismo decidir a qué hora me levanto por la mañana que cambiar mi residencia; y habrá también una diferencia importante entre el «tener que» y el «querer». Por ejemplo, en cuanto a la hora de levantarme, si ya no tengo que ir a trabajar porque he cambiado al turno de tarde o me he jubilado, ¿tengo que seguir levantándome a las seis de la mañana?; es evidente que no, porque no tendré que estar ya en el trabajo a las ocho pero, ¿quiero seguir haciéndolo?; puede que sí, aunque a muchos les pueda parecer una idiotez; ¿qué sentido tiene que lo sigamos haciendo?
Pues puede que algunas rutinas que nos imponemos por obligación, como la de ir a trabajar, deriven en otro tipo de circunstancias personales que sean reconfortantes para la persona; quizás nos guste el frescor de la mañana (o directamente el frío en el invierno), que nos guste conducir, que ese primer café con tiempo no tenga precio, que se le añada un poco de lectura cuando las revoluciones del día aún no son muchas, ni las nuestras ni las de nadie…, que todas estas cosas juntas te hagan afrontar el día con más ganas, etc. De esta forma, la obligación de ir a trabajar ha generado una serie de elementos de los que no tenemos por qué prescindir. Sin embargo, a cualquiera que lo vea desde fuera, estos elementos por separado les parecerán una idiotez que no justifica el que nos sigamos levantando tan temprano, pero el conjunto puede que para nosotros sea importante.
Fijaros que todo esto que he comentado en el párrafo anterior puede llegar a justificar que una persona se siga levantando temprano independientemente de que desaparezca la causa que en principio lo generó. Y no estamos hablando en este caso de algo «vital», de una de esas cuestiones de peso en nuestra existencia. Sin embargo, ya para este hecho existen múltiples razones de fondo que alguien de fuera no se podrá explicar. Imaginemos qué profundas cuestiones aparecerán cuando el «¿por qué?» lo dirijamos hacia una de esas cuestiones vitales. Es posible que haya algunas razones a las que nunca seamos capaces de llegar, a veces ni nosotros mismos. Por eso, en multitud de circunstancias no queremos hacernos determinadas preguntas, y es cierto que, a veces, es mejor no hacerlas.
Mínimo esfuerzo
Para operar según la ley del mínimo esfuerzo, hay que hacer un gran esfuerzo de lógica y criterio porque, que no se llame nadie a engaño, esto no es lo mismo que ser un flojo, todo lo contrario, es un «modus operandi» en la vida que implica un análisis de las situaciones, unas decisiones sobre los métodos de operar y un objetivo de ser razonablemente productivo para liberar tiempo que necesitamos para hacer otras cosas, que una de ellas será «nada», un arte ancestral de gran dificultad.
La Naturaleza opera según el principio del mínimo esfuerzo, otra cosa sería derroche de facultades y energía; los leones de la sabana se llevarían bastante mal con los centros comerciales nuestros por ejemplo. Fijémonos en que en la Naturaleza hay fallos. De vez en cuando aparece un tigre blanco, las abejas se desorientan y crean más de un problema en la ciudad, se desborda un río e inunda y arrasa todo a su paso o se quema un bosque entero (me refiero sin intervención humana) que deja una desolación total. ¿Por qué un mecanismo tan evolucionado tiene estos fallos? Porque la perfección costaría demasiado trabajo y recursos. Los maravillosos mecanismos de la Naturaleza que nunca nos dejan de asombrar son así porque su tendencia es a ser óptimos, pero nunca perfectos. Hay determinados costes que la Naturaleza no está dispuesta a pagar porque así perderá menos energía que la que necesitaría para llegar a la perfección absoluta en un procedimiento.
Pasa igual en la Economía. Todos sus mecanismos trabajan conforme a esta ley, que tiene la otra cara de la misma moneda en la ley del máximo rendimiento. Aunque un agente de la Economía pretenda la perfección en lo que hace, y por mucho que éste se empeñe, la propia confluencia de distintos participantes y elementos nos llevará a que dicha perfección nunca se alcance. Sólo si todos los factores y elementos que intervienen en un proceso de principio a fin estuvieran bajo nuestro control en todo momento, y decimos «todos y en todo momento», podríamos tener mayores probabilidades, y nunca todas, de obtener un resultado perfecto.
La realidad nos indica que este cúmulo de circunstancias nunca se da, por lo que la perfección no es rentable. Además, se ve claramente que estos esfuerzos por conseguirla no merecen la pena cuando vemos que la búsqueda de la perfección nos lleva a obsesiones como la de la limpieza, la vigorexia, la anorexia, etc.
Llegamos a la conclusión, por lo tanto, de que esta ley del mínimo esfuerzo resulta ser, como nos diría Aristóteles (siempre volvemos a él), el término medio entre dos extremos indeseables: por un lado, el «dejarse llevar siempre por las circunstancias», y ojo, que digo «siempre»; y por otro lado el fantasma de la obsesión en cualquier aspecto de la vida. Operar según el mínimo esfuerzo, como la Naturaleza y la Economía, nos alejará de las obsesiones perfeccionistas porque tienen un coste demasiado elevado para el resultado que vamos a obtener, que será básicamente no llegar nunca a lo que nos gustaría a pesar de haber consumido todos nuestros recursos, pero también nos alejará de la laxitud que consume nuestro espíritu hasta no poder llegar a ser ni la sombra de una persona, apenas un triste despojo sin ánimo ninguno.
En este punto de la reflexión, todavía alguien podría pensar que le estoy quitando un peso de encima, pero nada más lejos de la realidad: operar bajo la ley del mínimo esfuerzo es tremendamente complicado porque se trata, para cada hecho de nuestra vida, de analizar todos los elementos y procesos que le afectan, sistematizar todas las actuaciones que deberemos llevar a cabo y establecer un método para que, AHORA SÍ, nuestra vida sea más fácil y podamos hacer todas las cosas de la forma más sencilla, liberando tiempo que quedará a nuestra disposición para poder hacer otras que, si estuviéramos en alguno de los dos extremos, jamás podríamos hacer, y esta forma de actuar nos llevaría a nuestro «máximo rendimiento».
Las grandes empresas tienen departamentos dedicados a esta ley; yo he pertenecido a uno de ellos unos veinte años de mi vida profesional. Son los departamentos de Organización, o también los de Métodos, Procesos de trabajo, Productividad, etc. Donde hay que tomar la decisión de decir que no a un maravilloso desarrollo informático en un programa, que a cualquiera le gustaría, porque quizás en ese momento no venga al caso para lo que pretendemos y comprometería unos recursos que no hacen falta. O decidir todo lo contrario: hacer que los informáticos trabajen horas y horas en determinadas aplicaciones, muchas veces pensando que es un capricho del técnico de organización, para llegar a una «pequeña» mejora del programa pero que, en manos de miles de usuarios, supondrán un ahorro en tiempo para la empresa que habrá merecido la pena con creces.
La pequeña y mediana empresa y los autónomos no tienen departamento de organización, pero precisamente por eso es importante que los emprendedores tomen conciencia de esta ley tan simple, y a la vez tan difícil, del mínimo esfuerzo, porque pensar con este filtro económico y natural nos puede salvar muchas situaciones de dificultad. Porque se trata de hacernos la vida más fácil para trabajar mejor e incluso más, si queremos, pero sólo si queremos, porque trabajando así muy probablemente llegaremos a todo aquello que nos hayamos planteado y con suficiente margen para poder maniobrar si se da el caso.
Llegar a que los procesos, y en general todas las cosas de la vida, sean fluidos y simples, es decir, que utilicemos el mínimo esfuerzo para llevarlos a cabo, exige grandes dosis de reflexión, de pruebas y errores (muchos errores), de un método para trabajar y de unas rutinas que nos ayuden, pero sobre todo de la capacidad de analizar constantemente, casi por costumbre, todo aquello que nos ocurre incluidos los métodos y las rutinas por si acaso podemos hacer aún la vida más fácil.
Es evidente que la tecnología nos hace más productivos por ejemplo. Pero en otro artículo también analizamos la enorme esclavitud a la que nos está llevando. El dilema en este caso sería ¿ese incremento exponecial de tecnología y de productividad… nos hace mejores y más felices? Suponiendo que estos sean algunos de nuestros objetivos vitales. Por otro lado… ¿qué nos supondría quedarnos atrás, nos desconectamos de nuestro flujo vital y social o sería posible seguir si no estamos a la última? Pensemos en este caso en las personas mayores con los cajeros automáticos «que hacen de todo».
Debemos llegar a nuestro equilibrio con la tecnología en función de nuestra edad y necesidades. De ser capaces de usar más o menos a nuestro antojo y no por exigencias. De ver las bondades y comodidades para nuestra existencia que tienen los nuevos métodos y aplicaciones y usarlas, pero también ser capaces de eliminar todo el ruido que llevan alrededor.
También oímos decir que la rutina mata, que es necesario salir de ella para «vivir». Pero vamos a imaginar cómo sería un día en el que tuviéramos que pensar cómo nos afeitamos, cómo nos duchamos, cómo hacemos la cama, cómo conducimos, cómo comemos, cómo operamos con el móvil, etc. Sin duda no tendríamos tiempo suficiente en el día para hacer este conjunto de «banalidades», no digamos ya para dedicarnos a los temas importantes. Estamos hablando de las rutinas «operativas» por llamarlas de alguna forma. Pero hay otras rutinas no tan simples, que han sido sistemáticamente establecidas por nosotros mismos para nuestra comodidad o disfrute. Puede que tengamos la rutina de ver todas las noches una película después de cenar. O de levantarnos temprano para ir a desayunar a un sitio determinado y pasar una hora leyendo o preparando el día. O de ir lunes, miércoles y viernes una hora al gimnasio y darnos una paliza consentida, o escuchar música los domingos por la mañana. Lo hacemos porque nos gusta y nos sentimos bien; ¿tendría sentido que eliminásemos este tipo de rutinas de nuestra vida? Creo que no.

Sin embargo se nos alienta a salir de cualquier rutina aduciendo que nos comen la vida porque ¿qué haces sentado todos los días viendo una película? Bueno… antes a quien hacía esto se le llamaba cinéfilo y se le tenía por una persona culta y experta en «el séptimo arte». Pase, pero ¿y si cambiamos las películas por partidos de fútbol? Ahí sí que seguramente seremos crucificados y ¿por qué?, ¿quién determina que el cine es algo culto que ayuda a desarrollar a la persona y el fútbol es algo vulgar que la embrutece?, ¿la gente «culta» no puede ser aficionada al fútbol?

Pensad ahora que por alguna circunstancia no podéis atender alguna de esas rutinas… ¿fastidia verdad? Pues será necesario ver la importancia que realmente tienen en nuestra vida para definir si podemos dejarlas y analizar continuamente si podemos vivir sin ellas. En función de su objeto podrían ser buenas o malas pero muchas serán muy ambiguas, como la del ejemplo del párrafo anterior. De esto podremos hablar otro día y buscar un criterio para definir lo que es bueno o malo para nosotros, pero lo que nos atañe hoy es que el hecho de que nos saquen de una de esas rutinas afecta a la ley del mínimo esfuerzo para nosotros… y esa es la razón de que nos fastidie tanto. Estas rutinas han conseguido un equilibrio de esfuerzo y resultado óptimo para nosotros, nos sentimos bien en ellas, y si sus objetos son legales, si son respetuosas con los demás y además dominamos los esfuerzos necesarios para llevarlas a cabo, tenemos un resultado satisfactorio desde muchos puntos de vista.
Pueden ser algunas de esas zonas de confort de las que mucha gente nos quiere sacar y no niego que en algunos casos sea conveniente. Si las rutinas nos hacen desarrollarnos, crecer como personas y ser relativamente felices, quizás no debamos plantearnos su abandono. Pero cuando aparece la inercia y se hacen las cosas porque siempre fueron así, cuando nos vamos desplazando peligrosamente de la ley del mínimo esfuerzo al estado de dejadez personal, sí que será hora de cambiar los planteamientos. Porque nada hay fijo en la vida, exactamente igual que ocurre en la economía; el cambio y la incertidumbre siempre están ahí y fijaros que las rutinas intentarán frenar estos dos elementos para ofrecer un panorama de estabilidad a la persona. Pero en ningún caso podrán hacerlos desaparecer, por lo que una de las cosas más importantes es que revisemos periódicamente nuestras costumbres para estar convencidos de que deben seguir siendo las mismas, algo que puede ser muy crítico cuando afecta a creencias y criterios, o cuando hay una carga importante de nostalgia posible por la desaparición de algo en nuestra vida.
Pensemos que ante cambios en la vida y en nuestro entorno, mantener igual todo puede suponer un trabajo que nos saque de la aplicación de la ley del mínimo esfuerzo, con lo cual procedería una reformulación. Sin embargo, mucho cuidado, porque aplicar esta ley sin criterio nos llevará en algunos casos a dinamitar nuestras creencias más profundas y esto sí que nos llevará a una vida vulgar y a la dejadez que se sitúa en el extremo opuesto a la perfección.

La vida es una feria
Un buen amigo y lector, me propuso en la comida del grupo CEN de Networking del martes de feria un reto que acepté: que mi próximo artículo a comentar en el grupo tratase precisamente de eso, de la feria. Como de lo que yo hablo normalmente es de una mezcla de Economía con Filosofía, el tema quizás pueda parecer muy alejado o, por lo menos, extraño. Y aquí estoy, navegando un poco por mi mente para enlazar conceptos… lo mismo sale algo con sentido.
Refiriéndonos a la feria, podemos decirle a alguien que no la conozca: «Te voy a llevar a un sitio en el que te lo vas a pasar de escándalo y no te vas a querer ir…». Es posible que nos diga: «Dime algo sobre cómo es ese sitio.», y aquí nos pueden surgir ya algunos problemas de definición. Porque es un sitio con un inmenso y constante «polverío», con gente por todas partes y en todas las condiciones posibles en las que puede estar un ser humano entre la sobriedad y el coma, donde se come a precio de restaurante pero con una calidad… bueno… ahí lo dejamos. Aunque cada vez es costumbre menos arraigada, ya que muchas cosas bonitas se van perdiendo, hay que ir un poco «arreglao» porque si van así las mujeres y se esfuerzan, no vas a ir tú en vaqueros y camiseta al lado, qué falta de consideración; pero hace calor, mucho calor, lo que significa que nada más entrar vas a estar sudando como un pollo y la cosa no va a parar hasta las nueve de la noche por lo menos… qué situación más agradable… Además hay caballos, muchos caballos, que se van a ver muy de cerca. En mi caso este año he visto un enganche tan de cerca que me hice amigo del caballo de mano del tronco delantero para toda la vida… cosas que pasan.

Llegados a este punto, nuestro interlocutor debería estar buscando una excusa para no aparecer por ese sitio infernal que le estamos describiendo. Incluso nosotros mismos es posible que a veces hayamos buscado alguna que la mayoría de las ocasiones no ha servido para nada porque volvemos a caer en el infierno ese tan bueno que es la feria.
Pero si nos fijamos, la feria es muy parecida a la vida misma. Se desarrolla en un sitio y en ese sitio tenemos nuestras zonas favoritas en las que nos encontramos mejor y otras por las que no queremos ni asomarnos. Y hay otros sitios parecidos a los que se puede ir, porque la nuestra no es la única fiesta de este tipo que existe. A pesar de tanta gente, hay momentos en los que nos podemos sentir solos. Pero existen todas las posibilidades para relacionarnos con conocidos… y con desconocidos también. Podemos llevar una buena feria o excedernos y perder los papeles en algún momento, hay tiempo para todo, y tenemos que hacer un esfuerzo para estar allí y desenvolvernos mas o menos bien. En muchas ocasiones se nos viene a la cabeza la pregunta de ¿qué hago yo aquí?, luego casi agradecemos que termine, pero, en el fondo, nos fastidia que se acabe, en este caso, no tanto como la vida, porque sabemos que el año que viene, con permiso de la ciencia y sus virus, habrá otra.
La feria es una escuela para la toma de decisiones, aunque no nos demos cuenta. Hay que saber llegar, y también saber retirarse. Podemos planificar cómo queremos llevar el día pero…ya sabemos lo que pasa… desde el inicio las buenas intenciones van a ser sistemáticamente torpedeadas a mala idea por el entorno que nos desviará sin cesar de lo que teníamos pensado. También esto nos suena bastante. Tendremos que saber navegar, dejarnos llevar, reconducir, liderar y, si es necesario, romper una situación en el momento adecuado. En definitiva, entre la llegada y la salida, tendremos que «saber estar», que es muy importante en la vida.
Hay que medir las conversaciones, en contenido y en longitud porque no acertar en esto puede ser una importante fuente de conflictos. En la feria todo es comunicación, y, como se suelen tomar más inhibidores de la conducta de lo que sería recomendable por los médicos, se convierte, ese todo, en hipercomunicación, de la que ya hemos hablado también en algún artículo. La feria siempre fue una enorme, aunque localizada, red social. Hoy es una hiper-red social, ya no está localizada, porque aunque se pretende que «lo que pase en Las Vegas se quede en Las Vegas» todo estará quedando grabado voluntaria o involuntariamente por alguna de las doscientas personas que siempre tendrás a tu alrededor y, además, convenientemente publicado para ser, claro, malinterpretado de alguna de las mil formas que hay de hacerlo.
No nos olvidemos de los recursos económicos: estamos ante un pequeño gran mercado. ¿Cuánto se mueve en esa semana? Es un importante desahogo para muchas familias, un gran negocio para otros y un mundo de excesos para todos. Hay que saber administrarse para cubrir la demanda que nos llegará por oleadas, calcular bien el servicio para que la atención sea correcta y seamos capaces de atender bien a los clientes, procurar unas condiciones aceptables en medio de «la polvareda», en definitiva, hay que saber hacer un ajuste «acertado» (no perfecto) de todos los recursos. Y si somos consumidores, también la administración es necesaria, porque estaremos en un entorno que no sólo facilita sino que estimula el consumo por todos los lados y que nos arrastra a usar la cartera más de la cuenta, no siendo extraño que más de uno, o una, acabe con un clavel con el que no llegó o paseando un inmenso peluche con el que no sabrá qué hacer.
Pero aunque parezca que todos son riesgos en los que hay que aprender a navegar, también hay otro aspecto a tener en cuenta: el enorme espíritu de positividad que te sobreviene en cuanto pones el pie dentro. Disfrutarás del «rato de vida» que vas a pasar, quizás nos arriesguemos más de la cuenta porque el ambiente nos hacer sentirnos más seguros, al fin y al cabo, todo nos parecerá que tiene solución y, si no la tiene, pues «estaría de Dios», y, sobre todo, entrará mucho aire fresco en la vida a pesar del calor insoportable. También esto tenemos que tenerlo en cuenta en nuestra vida de empresa. No soy partidario del aburrimiento del centro y norte de la Europa calvinista en la vida de la empresa, mucho más de la alegría mediterránea con un buen hacer y un bien vivir que siempre hemos sabido exprimir: Grecia, Italia, España, imperios duros pero de mezcla, colaboración y disfrute, ante imperios del pie en el cuello, explotación y exterminio. Norte o sur, frio o calor, clasismo o feria. Pues, qué queréis que os diga… feria, siempre feria; vida, siempre vida.

Hipercomunicación
Vivimos en la sociedad de la comunicación… y del estrés. Hace años ya que el problema no es que nos falte información sino cómo manejar el flujo que nos llega y, además, con un agravante añadido en las últimas décadas; cómo protegernos de informaciones falsas y malintencionadas y, sobre todo, del sesgo que con la clara intención de adoctrinar y manipular introducen muchos que se llaman «profesionales» de la información.
No es sino un rasgo más de una sociedad extrema, hipócrita y decadente que hemos generado con nuestro «buenismo» y a base de mucha indignación por cualquier cosa, falta de disciplina y miedo a tener criterio. Estamos envueltos en una verborrea de falsos expertos en todo o, justo en el otro lado, en una verborrea «quizás cierta» pero ininteligible de aquellos expertos en las miles de materias que se nos presentan hoy en día; sí, de esos expertos de los que hablamos en el artículo de la atomización del conocimiento.
Pero, supongamos que en nuestra vida personal podamos permitirnos el lujo, con nuestro tiempo, de atender a miles de estupideces que nos distraen un rato y a las que no les damos mayor importancia. En principio no supondrá ningún problema si somos conscientes de ello. No es difícil, basta con poner la televisión o la radio en cualquier programa informativo o de opinión y tendremos ejemplos a manos llenas. Lo difícil será encontrar algún profesional con criterio, sin sesgo ideológico, que exponga los hechos para que puedas formarte tu propia opinión. Sobre todo porque si aparece uno así, normalmente se va a jugar el puesto de trabajo en la cadena de turno. El problema real aparecerá si esta distracción se convierte en adictiva para nosotros y nuestra vida personal comienza a llenarse de falacias y adoctrinamientos.

Pero es aún peor, porque todo esto también está al alcance de jóvenes y no tan jóvenes, que no tienen la formación y experiencia como para recibir estas oleadas de desinformación y no sucumbir a lo que pretenden. Lo que empieza como una distracción y un espectáculo de los medios acaba modelando cerebros inmaduros dispuestos a defender causas perdidas según convenga a unos o a otros. ¿Queremos más problemas? El modelado de cerebros, ya que no llevará nunca a una reflexión lógica y serena, acabará generando violencia. A la vista está el odio y la crispación permanente en que vivimos, generados y manejados convenientemente ya incluso por formaciones políticas para la defensa de sus intereses, y me refiero a los intereses de sus dirigentes sobre todo.
Por lo tanto, si pensamos en la situación de la persona en nuestra sociedad, está pasando a ser más amenazada que ayudada por la gran cantidad de información, así como de la comunicación adulterada que se genera a su alrededor. Esta situación nos lleva a una saturación que puede incidir en nuestros criterios, creencias y, en general, en nuestra forma de ver el mundo.
Podemos fijarnos en que cuanta más distracción sin sentido, menos tiempo para pensar y reflexionar. Cuanto mayor sea el debate y la comunicación dirigida, menor el tiempo para una actuación consciente. De esta forma llegamos a veces a «delegar» nuestro pensamiento. Otros harán las reflexiones, otros formarán nuestros criterios sobre todos los temas posibles y esos mismos otros llegarán a las conclusiones y resultados que nosotros simplemente firmaremos sin mirar.
Ante esto es importante reaccionar. Y lo haremos cuestionando toda información que nos llega, hay que desempolvar el viejo criterio de Descartes para ponerlo a funcionar de nuevo. Lo haremos descartando totalmente fuentes de información que no exponen opiniones, lo que es algo plausible y necesario, sino que tienen un sesgo manipulador importante y cuyo objetivo no será informar sino adoctrinar. Y filtrando el resto de la información para atender a las fuentes fiables. Huyamos de la locuacidad estéril de muchos comunicadores.
Aunque yo no suelo citar los Evangelios porque me parecen muy complicados, más que muchas obras de Filosofía, y suelen necesitar una interpretación profunda, sí que os voy a hacer referencia a esta sentencia que Cristo dice justo antes de enseñar el Padre Nuestro:
«Y al rezar, no parlotearéis como los gentiles, pues piensan que mediante su locuacidad serán escuchados.»
Evangelio de Mateo 6,7
Esto sería algo así como «Huye de la confusión. Sé directo y sincero». En el momento cumbre de la relación con Dios, no valen las florituras para decir lo que queremos. En el momento de hablar con los demás tampoco. Y no me refiero a la persona que alardea de ser muy directa y decir siempre lo que piensa «a la cara» y que se convierte al final en una maleducada. Me refiero a una sinceridad prudente y oportuna. Prudente porque sólo hay que decir lo que sea conveniente en cada momento. Oportuna porque debemos aportar siempre algo positivo a aquello de lo que se esté hablando.
La locuacidad y la verborrea lo que hacen en la mayoría de los casos es enturbiar la comunicación, que no será inteligible para la otra parte. Si realmente estamos diciendo algo serio, envolverlo más de la cuenta le hará perder importancia por el ruido generado en la comunicación. Pero es que en muchas ocasiones en esos largos discursos «tampoco se dice nada», con lo que la pérdida de tiempo es total y absoluta. Así, una y otra vez, llegamos al cansancio comunicativo que tenemos hoy en día. Recibimos casi con el mismo impacto una noticia de guerra que el resultado del partido de ayer, que alguno habría sin duda.
La empresa también sufre las consecuencias.
Si esta interferencia la trasladamos al mundo de la empresa, un mundo en el que buscamos de forma denodada la eficiencia, empezamos a mascar la tragedia. La evolución de la empresa, aquella de departamentos estanco que no se comunicaban entre sí, y que pasó a necesitar de esa comunicación porque quizás podía estar en juego su supervivencia, nos ha llevado a todo tipo de teorías y prácticas para su mejora y nos dejó por el camino una herramienta para comunicarnos de la que aún seguimos «disfrutando»: la reunión.
No sé si habrán estado ustedes en alguna…. ¡Por supuesto que sí! Probablemente en muchas. Pensemos dos cosas: la primera, de todo el tiempo de reunión que hayamos tenido en los últimos años, ¿cuánto ha sido verdaderamente productivo?… y la segunda, de todos los temas, propuestas, objetivos, etc, que se hayan planteado, ¿cuántos nos quedaron totalmente claros?
Salvo casos excepcionales, no creo que las respuestas a estas preguntas sean muy esperanzadoras, pero aun así, creo que el balance terminaría siendo positivo. Unos flujos de comunicación deficientes en la empresa nos llevan directamente a la mala utilización de todos los recursos disponibles. Y digo «todos» porque aunque siempre se suele pensar de forma directa en el tiempo que se pierde en reuniones inútiles, y esto es cierto, las deficiencias en la comunicación, el hecho de que tampoco aquí sea «directa y sincera» como hemos dicho para el caso personal, va a hacer que las acciones que resulten no sean eficientes.
Si no tengo claro cómo y en qué momento tengo que intervenir, desperdiciaré recursos. Si no tengo claro el alcance de mi intervención en un proyecto, o bien no llegaré, y se resentirá el resultado final, o bien me pasaré y habré vuelto a usar recursos de más. Puede que por falta de comunicación el producto o servicio final no sea el correcto y pasamos al apartado de mejoras y correcciones, etc, etc, etc…
Cuando hablamos de trabajo es más importante aún esa comunicación directa y sincera, con prudencia y oportunidad. Sólo así se podrán conseguir flujos de trabajo y procedimientos en nuestra empresa que nos hagan sentir bien y consigan lo que queremos de nuestro quehacer. Y para esto hay dos elementos que me gustaría comentar y que creo fundamentales para la salud de la empresa y de la nuestra.
El primero de ellos es la preparación. Y hay que tomar esta palabra en todos los sentidos en que la podamos usar. Si volvemos a las reuniones que he mencionado, pensad lo que cambian si se preparan o no; de la noche al día. Con preparación pasamos en estos casos a dominar la situación porque perdemos ese plus de ansiedad que da el no saber por dónde me van a venir los tiros. Pero además, esa reducción de estrés permite intervenir con mucho más sentido, analizar mejor las consecuencias de lo que se está diciendo y quedar en disposición de llegar a mejores acuerdos, y esto es muy importante…, para todos.
Pero la preparación la podemos tomar también en su sentido genérico. Si tenemos una mayor formación y conocimiento estaremos en una mejor disposición para todas las situaciones. De la misma forma que si somos capaces de madurar nuestras experiencias y sacar conclusiones adecuadas, de compartirlas para tener opiniones diversas y de formar «recuerdos» que podamos usar a conciencia en las nuevas ocasiones que se nos presentan en la vida.
Y la segunda es la calma. Cuando interactuamos con personas, no debemos olvidar la «humanidad» de ambos interlocutores. Pensad en la sensación que os causa esa persona que se nos presenta alterada, insegura y, por lo tanto, a la defensiva, que no tiene criterios claros sobre algo o que quiere unos resultados que carecen del nivel de reflexión oportuna. Os propongo un nombre para esa sensación que causa: rechazo. Y el rechazo es una de las peores sensaciones que una persona puede sentir, con lo que el círculo negativo está asegurado. Pensad que no lo sabemos todo y los demás tampoco. Que podemos aprender mucho de los demás y que también nosotros podemos hacer aportaciones. Que es mejor ser sincero que andar siempre dando una imagen que seguramente no podemos mantener eternamente.

Cada vez más, no sé si decir afortunada o desgraciadamente, interactuaremos también con máquinas. Ahí no habrá entendimiento ni sentimientos, sólo bases de datos y programas lógicos. También nos hará falta la calma porque no sé si alguna vez habéis tenido ganas de meterle fuego al aparato o tirarlo por la ventana que también debe relajar bastante en el momento. Yo no he llegado a esto pero por muy poco, y algún golpe si que se llevó alguno pero siento deciros que no sirvió de nada. Mantener la calma es mejor solución.
Llegarán las situaciones complicadas en la vida, y entonces nos hará falta esta calma de la que hablo. Y es posible que cualquiera de ellas se complique aún más… pues más calma todavía necesitaremos porque cualquier otra actitud aboca al desastre.
El momento del equilibrio.
Sí, como ya he dicho muchas veces en mis artículos, «equilibrio» es el término fundamental en la vida. Y en la empresa lo es mucho más. Se trata de aplicar lo que aprendimos sobre Aristóteles en el artículo «Un mundo de decisiones». Porque no siempre iremos bien preparados a reuniones y entrevistas y será casi imposible que tengamos en cada momento el nivel de calma que necesitaríamos.
Quizás tendríamos que callar algunas cosas que vamos a decir y otras veces nos habremos guardado lo que deberíamos haber dicho. Siempre ocurre así, pero es que somos humanos y, por lo tanto, tenemos esa maravillosa cualidad de no ser perfectos. Pero para sentirnos bien, que en definitiva es lo que siempre vamos buscando, hay que intentar mejorar, en este caso que tratamos, nuestra comunicación. Y aunque no se consiga del todo, siempre podremos ser algo más prudentes a la hora de decir las cosas, siempre podremos intentar prepararnos antes de hacer algo. Quizás seamos capaces cada vez más de ser empáticos, algo muy complicado en el mundo en que vivimos. A lo mejor, poco a poco, vamos siendo capaces de controlar esos nervios y esa ansiedad que nos puede producir la comunicación, pero, al hablar en público por ejemplo, si alguien nos dice que no siente ese cosquilleo al menos al principio… o es una máquina o miente o, lo peor, no respeta a los que le están escuchando.
Por lo tanto, y como conclusiones ante el estado de la comunicación en nuestra sociedad, eliminemos aquellas fuentes que practican adoctrinamiento, dudemos de toda la información que nos llega y contrastemos para tener seguridad, no difundamos nada de lo que no estemos convencidos, practiquemos la calma en nuestras relaciones con los demás y apliquemos la prudencia en todo.
«Las palabras no son nunca «sólo palabras». Importan porque definen los contornos de lo que podemos hacer.»
Slavoj Žižek, «Chocolate sin grasa» pág. 21 Ediciones Godot
Y como última recomendación, no nos castiguemos demasiado si algunas veces no lo conseguimos, porque esto nos hará perder esa calma que necesitamos. Así podremos convertirnos en personas en las que se puede confiar, con criterio y sinceridad para reconocer aquello sobre lo que no se sabe y que los demás, por todo esto, podrán y sabrán valorar.
La atomización del conocimiento
Existe una palabra que tomó una relevancia fundamental en todos los aspectos de la vida hace unos treinta años, ESPECIALIZACIÓN, una rara extensión a todas las disciplinas de la revolucionaria división del trabajo de la revolución industrial. Me ha acompañado esta tendencia durante toda mi vida profesional como me acompaña mi sombra cuando voy andando por la calle y me he llegado a acostumbrar. La diferencia es que la sombra es natural, no molesta y no nos la podemos sacudir, pero la especialización la hemos creado nosotros, está llegando a hacernos inútiles (en todas las cosas menos en una) pero, al contrario que con la sombra, podríamos hacer que desapareciera.
La curiosidad y, sobre todo, la necesidad nos ha hecho investigar y avanzar. Pero los grandes pensadores del pasado hasta probablemente el siglo XIX, eran personas que «tocaban todos los palos», en unos con más conocimiento que en otros y otros con más acierto que en unos. Y esa condición, la apertura de miras, fue algo fundamental para avanzar. Cuando opinaban sobre algún tema específico, eran capaces de ver la generalidad, la influencia de lo que defendían en todo lo demás y las consecuencias que su pensamiento podría acarrear.
Sin embargo, a medida que se producían avances, y constatando ya de una manera clara y meridiana aquella frase socrática del «solo sé que no sé nada», viendo cómo cada vez se abrían más los campos de conocimiento, sobre todo en la ciencia, comenzó la ramificación de las disciplinas, la especialización y el principio del desastre.
Tuve la oportunidad de vivir de primera mano una pequeña mota de polvo en el universo de la especialización. Recién terminada mi carrera y trabajando ya en el sector financiero, comencé a impartir en la Universidad una de las dos «tremendas» asignaturas de Teoría Económica de aquella época, años 80 y 90, Microeconomía. Esta era la de primero, lógicamente. Era una asignatura anual, intensa y muy dura no solo para los alumnos, para mí también. Difícil de explicar para que se entendiera, muy difícil para crear los exámenes y absolutamente horrorosa para corregirlos. Esto piensa el profesor… imagínense el alumnado (evidentemente yo fui también cocinero antes que fraile). Y sobre todo, sabiendo que después de superar la «Micro «en primero, se les venía encima la «Macro» de segundo.
En estas condiciones, resulta difícil explicar la enorme satisfacción de superar el curso y llegar al final del mismo. Para quienes aprobaban era una sensación dulce, comparable con la inmensa responsabilidad sentida por quienes no superaban la prueba, para abordar una nueva oportunidad de superación en la siguiente convocatoria. Estudiar y esforzarse un poco más, ver las lagunas que llevaron a que las cosas no fueran tan bien como se esperaba, ser conscientes de qué se jugaban y estar seguros de que el esfuerzo se les iba a exigir sin duda alguna.

Y llegó el cambio, la mejora, el progreso, la homogeneización con Europa (o mejor con los Estados Unidos). Teníamos que dejar la antigua Universidad obsoleta, carca, seria, que tanto exigía a los alumnos (y a los profesores), que valoraba los conocimientos y el esfuerzo por obtenerlos, que exigía tanto sacrificio y que, por eso, perdía tanta gente por el camino. Y teníamos que acoger con brazos abiertos a una Universidad abierta, novedosa, progresista, con nuevos métodos de valoración mas «pedagógicos» (o sea, menos exigentes) e igualitarios (o sea, tipo test) que no fueran subjetivos, porque un examen escrito donde hubiera que desarrollar un tema quedaba al criterio del profesor (pues claro…) y a veces no se podía entender muy bien lo que, en el fondo, muy en el fondo, querían decir algunos estudiantes, porque siempre, siempre, había que dar el beneficio de la duda, bajo amenaza de reclamación al organismo que fuera, ante unas patéticas sintaxis, semántica y ortografía. Frases mal construidas, sin aparente significado y con una ortografía penosa. Pero, al fin y al cabo, yo enseñaba Economía, no Lengua, eso era lo que me decían en su descargo.
El resultado fue una nueva asignatura con un nombre que asustaba menos, ya no fue «teoría económica», se quedó solo en «principios de economía». Tenía contenido de micro y también de macro, pero solo era «cuatrimestral», es decir, todo el contenido que podría ser incluso mayor en extensión que la otra, en la mitad de tiempo. Para dar el temario había que explicar a medias, no entrar mucho en materia, pasar por alto muchas cosas. Y creo que hoy en día sigue igual. Créanme, cuando la denominación de algo comienza por las palabras «principios de…» es que no va a ser gran cosa; salvo que sea obligatorio para ustedes por alguna razón, se lo pueden ahorrar.
Impartir esta asignatura era algo con lo que no estaba yo muy motivado pero seguí algún tiempo. Imagino que los alumnos tampoco se sentirían muy orgullosos de aprobarla como ocurría con la anterior, pero viendo el progresivo deterioro del nivel de lo que iba entrando por las puertas de la Universidad, no creo que llegaran a ser conscientes de ello.
El millón de carreras: Muchas disciplinas, poco contenido.
Este proceso descrito en mi pequeña experiencia personal fue institucionalizado y se crearon nuevas asignaturas, nuevos planes de estudio y, al final de la cadena, nuevas carreras. Y todo esto a base de cortar áreas de conocimiento con incipiente desarrollo, como el márketing dentro de Empresariales, para coronarlas como nuevas disciplinas. Además, como los planes de estudio hay que «rellenarlos», se articulan todas las asignaturas complementarias que hagan falta y ya tenemos el menú. Habrá que ver ahora quién cocina… Así que si alguien en el nuevo Márketing decide que se debe impartir estadística, se incorpora… y que la impartan los de estadística, lo que puede hacer que la asignatura de la nueva carrera sea tan difícil como la del grado de una ingeniería cualquiera, la arquitectura o la propia estadística, porque puede que sea incluso la misma.
¿Y qué nivel tendrá la asignatura de márketing que queda en las otras ramas de economía? Pues puede ocurrir lo mismo que con la estadística pero en el sentido opuesto, con lo cual no habría problema, tendríamos una muy fuerte asignatura de márketing en una carrera de Economía. Pero en este caso, siendo las mismas áreas de conocimiento, se podría optar por otra vía: efectivamente, podremos crear una asignatura de «Introducción al… márketing» con los tres o cuatro conceptos clave. Solucionado.
En este maremágnum vemos algunas veces disciplinas troncales, o sea, obligatorias, cuatrimestrales como todas las demás pero con un título significativo: «lo que sea I» y «lo que sea II«. Menos mal, ahí parece que se mantiene algo de cordura, solo se dividió en dos la antigua asignatura. Pero todo lo demás, un despropósito para descentrar a estudiantes, profesores y comunidad en general. ¿Cuántas asignaturas tienes este año? Respuesta: catorce. No puede ser…
Muchos pueden pensar que, hoy en día, con esta oferta de titulaciones, el panorama ha mejorado para los alumnos. Gran variedad de disciplinas y especialidades. Que es mucho mejor centrarse en aspectos muy concretos y «eliminar las generalidades» que, al fin y al cabo, no sirven para el trabajo directamente. Porque, ¿a quién le ha servido alguna vez la Microeconomía en su puesto de trabajo a menos que fueras el profesor de la asignatura? Pero, por esta regla de tres… ¿para qué vamos a estudiar Historia?, o Geografía… y no digamos ya Filosofía.
Tenemos más carreras que nunca, más titulaciones que nunca, pero no tengo yo la sensación de que se esté mejor preparado para dar el salto a la vida real. Llevamos ya muchos años con este sistema y todos los años se sigue discutiendo del gran «gap» (iba a decir desfase pero para quedar bien hay que utilizar algún anglicismo, de lo contrario alguien va a pensar que no estoy al día) que existe entre los conocimientos impartidos y los que se necesitan en la empresa. Todos los años clamando por que las empresas participen en la formación y cuando llega alguien de prácticas nos seguimos echando a temblar.
Llevamos años haciendo los estudios más específicos, intentando adaptarlos a los puestos de trabajo y, además, sin éxito por lo que se ve. Sin embargo, lo que sí se ve es un empobrecimiento personal evidente y un cambio de actitud preocupante.
La evolución de la Ciencia (esa «vaca sagrada» de la que hablaremos otro día) y de la Tecnología, hace que se diga aquello de que quien está hoy en secundaria puede que vaya a estudiar una carrera que todavía no existe. Nos quedamos anonadados ante los gurús que nos dicen estas frases altisonantes en conferencias de tres al cuarto (o de cuatro o cinco mil euros), y pensamos que «¡hay que ver qué maravilla de progreso y evolución…!» Nos quedamos tan conformes viendo la evolución desenfrenada en la que no somos capaces de vivir y disfrutar a la vez. Basta que nos salga un cantamañanas con una frase rimbombante para que todos asintamos sin ser capaces de discutirla por temor al rechazo social y al apaleamiento que nos espera por disentir de la corriente de progresismo, que no de progreso real, porque mejorar, lo que se dice mejorar, no hemos mejorado mucho, como hemos visto.
Cuando se dicen estas cosas en conferencias multitudinarias o peor, en las comparecencias después de un Consejo de Ministros, quizás no se tiene en cuenta que estas disciplinas tan novedosas que no existían hace unos años, van a formar personas en materias que muy probablemente sean efímeras y si tu pequeña parcela de conocimientos específicos cae en desuso con la misma velocidad con la que apareció, tendrás un problema, y deberás buscar nueva parcela casi desde cero y con unos cuantos años mas. ¿De verdad hay esa empleabilidad que decimos que se necesita actuando de esta forma? No creo que este sea el sentido de lo que denominamos formación permanente.
¿Preparación suficiente o solo muchos conocimientos?
Es posible que hablemos de las últimas generaciones como «las más preparadas de nuestra historia» pero quizás habría que matizar. Si decimos que son las que más titulaciones acumulan, ahí no cabe ninguna duda. Si decimos que son las que más conocimientos acumulan desde un punto de vista teórico, se podría discutir largo y tendido. Pero para estar preparado se necesita una actitud que no se ve ni por asomo salvo honrosas excepciones (que también conozco). En la vida no está mejor preparado el que más conocimientos tiene; si miramos a nuestro alrededor veremos multitud de ejemplos.
Hemos basado nuestras expectativas solo en los conocimientos certificados por un título. Y detrás de ellas va también nuestro bienestar y nuestra felicidad, si es que se puede realmente conseguir, que yo creo que no. Por lo tanto, estamos consiguiendo una sociedad mucho más «titulada», que no preparada, y a la vez más insatisfecha que la de nuestros padres que, por desgracia, tuvieron menos acceso a los estudios.

Hay desajustes que serán eternos en el mercado laboral porque no hay una verdadera planificación para cubrir las necesidades del país. Y no la hay ni en la Administración Central, que es la que debería hacer esa planificación, ni en los 17 satélites administrativo burocráticos que tenemos en España generando caos, diferenciación, disputas y mucho, mucho gasto. El sistema sanitario español parece que va a necesitar en breve «miles» de médicos, y esta no es una carrera de las novedosas a las que nos hemos referido antes. Es de las de toda la vida. Si van a hacer falta ahora, quizás hace ocho o diez años tendríamos que haber aumentado las plazas y/o relajado las notas de acceso para disponer ahora de una cantidad de egresados suficiente para nuestra demanda. No creo que se haya hecho.
Probablemente, durante estos años, haya sido más fácil acceder a carreras que disponían de muchas plazas y a las que se les habrá bajado la nota de corte para el acceso, aunque no hicieran ninguna falta hoy estos tipos de profesionales. El resultado puede haber sido que estudiantes que han sido rechazados en unas carreras han «emigrado» a otras «para seguir sus estudios» vocacionales o no, me inclino más por esta segunda opción.
En el lado del que estudia, una vez que se termina la carrera y se obtiene el grado con un año menos de estudios en la mayoría de los casos. se puede llegar a pensar que habrá trabajo en la materia que se ha estudiado, pero no es así. Y ocurre porque los estudios cursados no tienen demanda HOY en nuestro mercado, bien porque se trata de materias que tradicionalmente no necesitan muchos profesionales o porque sea una de esas formaciones, incluso novedosas, pero tan especializadas que existan pocas oportunidades.
Quizás sí que haya demanda en el mercado de Alemania o en el de Canadá, país en el que, por cierto, parece que hace falta de todo, incluidas las ganas de vivir allí. Si estás dispuesto a «emigrar» podrás trabajar. Y esta palabra tiene mala prensa, dada nuestra tendencia a querer que nuestro puesto de trabajo esté justo en la acera de enfrente de nuestra casa. Pero a una persona con formación «de verdad», buena actitud ante el trabajo y veintipocos años, la perspectiva de pasar varias temporadas en otro país trabajando y acumulando experiencia, no creo que deba parecerle mal. Muy al contrario, puede aparecer como una magnífica oportunidad de acumular experiencia profesional y de vida, y un conocimiento «de verdad» de otro idioma y de otra cultura, que pasará a ser ya patrimonio intangible suyo.
Quizás sea nuestro estado el que debiera preocuparse por esta situación, aunque solo a corto plazo, porque hemos sufragado los costes de formación de una persona que, al final, va a rentabilizar la economía de otro país. Si a medio o largo plazo estos nuevos emigrantes vuelven, entonces será nuestra Economía la que recupere a una serie de profesionales muy experimentados y el esfuerzo en términos de rentabilidad habrá valido la pena.
Esto en cuanto a los nuevos emigrantes, pero ¿y los que EXIGEN su puesto de trabajo (y salario) acorde con los estudios cursados aquí, en suelo patrio? Está claro… no lo van a poder tener. Y entonces, surgen las alternativas: la primera es trabajar en otra cosa. Para gente con actitud, sincera y honesta, que piensa que después de varios años estudiando lo que querían y les gustaba, son capaces de reconocer que aquí no hay necesidades para esos conocimientos, no quieren irse fuera, y deben incorporarse a nuestra Economía para producir y progresar, que seguro que lo harán, desde otros puntos de vista. Podrán también así, con valentía y con decisión, buscar la oportunidad, por qué no, de trabajar en un futuro, y en el momento adecuado, en aquello para lo que se prepararon.
La otra alternativa es, para mí, algo más preocupante: seguir formándose para… ¿para qué? Y si lo pensamos veremos que va a ser difícil la respuesta. Una persona que con la titulación que tiene no encuentra ocupación acorde a la misma y que como solución opta por ampliarla. Pero cuanto mayor sea el nivel, menos posibilidad habrá de que aparezca el puesto deseado y acorde con la preparación. ¿Qué pretende entonces, alejarse aún más de la realidad? También habrá otra alternativa. Como ya estaremos en el entorno de esa palabra mágica, MASTER, que ha sido capaz de interconectar las materias más dispares, se puede cambiar de alguna forma la tipología de estudios. Y en estos casos nos aparece una probabilidad, aunque pequeña, de que si se amplíe el campo de actuación. Menos es nada, que diría un castizo, pero esta alternativa ya empieza a resultar muy arriesgada, porque la concatenación de títulos puede derivar en el «miedo» a entrar en el mercado laboral, en el miedo a hacerse mayor.
Aún hay otra alternativa, los que optan por el sofá, el victimismo y la exigencia a un sistema en el que han vivido de forma plácida, que les ha proporcionado los estudios que querían aunque no fueran necesarios, y que ahora criminalizan por no ofrecerles una solución llave en mano y en la puerta de casa, o directamente en el brazo del sofá porque quizás el esfuerzo de ir hasta la puerta tampoco les compense. No hablaré hoy de esta opción parásita, para no hablar tampoco de política, porque esta gente puede incluso acabar en algún partido que fomenta estas actitudes y se sirve de ellas para tener escaños que les sirvan para seguir viviendo a mesa y mantel de ese horrible sistema que les oprime.
Cuando no existe previsión, habrá desajustes, y muchos, en nuestro sistema. Pero es que, incluso con previsión, los desajustes existirán… siempre. Los sistemas económicos y sociales siempre estarán en un desequilibrio permanente y podremos hacer que tiendan más o menos a equilibrarse. Pero no lo intentemos nunca al cien por cien porque el esfuerzo será hercúleo y probablemente nos lleguemos a frustrar por no llegar nunca al objetivo. Aprendamos a vivir con ese desequilibrio y a saberlo manejar.
Educación y Formación.
Hace décadas que se utilizan casi como sinónimos pero, aunque son complementarios, no tienen nada que ver. «Dar forma» es lo que se pretende con la formación. Es el concepto utilizado en la empresa, no hay departamentos de educación sino de formación porque lo primero ya se le supone a todo el que accede a la misma. En la empresa sólo habría que adaptar, dar la forma necesaria a las personas para que puedan desempeñar sus funciones de forma correcta.
La educación es un concepto mucho más profundo. No nos referimos sólo a dar forma sino a tener un «buen fondo», como profesionales y, sobre todo, como personas. Se trata de un proceso continuo, que comienza desde que se nace y que tiene en la familia el principal elemento impulsor. Podremos tener más o menos conocimientos, sobre pocas o muchas materias, pero si no tenemos un «fondo» en el que se hayan desarrollado las distintas actitudes que necesitamos ante la vida, libertad, respeto y tolerancia, valentía y algunas otras con la prudencia como resumen de todas, difícilmente podremos llegar a tener en algún momento un estado de satisfacción con nosotros mismos y de plenitud de nuestra existencia.
Hace no mucho tiempo, todas las instituciones «educativas», tenían la educación de las personas como objetivo. Se educaba en la familia, el colegio y la universidad. Y nos quedan vestigios de esta tendencia tan beneficiosa. Así, ministerios, consejerías y delegaciones se llaman «de Educación». Pero tan habitualmente nos doblegamos a los simples conocimientos que, al final, solo nos quedarán los títulos.
Es tan importante y estamos tan preocupados por que en la guardería se hable en Inglés, que quizás no comprendamos que podamos tener a un inadaptado en dos idiomas. Pero si el niño tiene un mal comportamiento y el «educador» lo corrige, los padres se le echan encima, aunque luego quieran que se corrija a los demás si el perjudicado es el suyo. Y digo niño… o niña, que para lo malo también tendrá que haber igualdad… y bastante. Si esto es así en las guarderías, imaginemos… o directamente veamos lo que pasa en el colegio. Más de lo mismo. Y si nos vamos a la Universidad, donde se supone un mínimo de «emancipación» al menos, sería interesante analizar las demandas que se presentan al «defensor» del estudiante y que le hacen la vida imposible al profesorado. Aquello de «el profesor me tiene manía» elevado a la enésima potencia. Si seguimos así será «ese alumno (… o alumna) me tiene manía».
El resultado de esto es claro, si quien intenta educar recibe palos, tarde o temprano dejará de hacerlo y que sea lo que Dios quiera, que no será nada bueno, claro. Con el colectivo que tiene que educar despojado de toda autoridad, anulada la disciplina, tan necesaria para conseguir cosas en la vida, e instaurada la cultura del cero esfuerzo e infinito rendimiento, que vendrá del estado (pagado por todos los demás), ya tenemos el escenario perfecto de la decadencia social, anticipada por supuesto, como lo ha sido en todas las épocas, por el arte patético de las últimas décadas.
¿Se puede salir de esto?
Claro que se puede, pero llevamos años haciendo el imbécil por intereses que normalmente tienen que ver con mantenerse en el poder siendo políticamente correctos. En concreto cuarenta años llevamos así. Políticas «buenistas» a mansalva a costa de más presupuesto en lo que sea o de la capacidad de adoctrinar y hacer a la gente menos libre. Creando una sociedad irritable y blanda, o peor todavía, de cristal, frágil, sin capacidad para afrontar retos, esperando que llegue alguien y resuelva los problemas o que desaparezcan por sí solos en el aire.
La educación, y la formación también, pero sobre todo la educación, necesita exigencia, disciplina y sacrificio porque muchas veces en la vida tendremos que hacer cosas que no son las que nos gustarían pero sí las necesarias. Y no estamos preparando a nuestra juventud para esto. No estamos educando, ni siquiera en la familia, que delega todo lo que puede en cualquier otra institución para que le haga el trabajo, aunque no dudará en escarmentarla cuando adopte alguna postura difícil.
No debemos pensar que tener una carrera resolverá nuestros problemas y nos dará la felicidad. No todo el mundo debería ir por ahí porque generaremos miles de personas frustradas en su futuro. Demos una educación adecuada pero exigente para que la persona sepa desenvolverse en el mundo tan complejo en el que le va a tocar vivir. Que sepa utilizar sus recursos, tanto conocimientos como emociones para sacar su vida adelante. Construyamos materias en el colegio y en la universidad que merezcan la pena ser estudiadas y no supongan una pérdida de tiempo. Materias que sirvan para tener un fondo que estructure la persona. Los conocimientos concretos luego irán y vendrán según me vayan haciendo falta, para eso estará la formación. Demos su sitio a los que nos van a enseñar y tengamos el respeto suficiente por ellos. Miremos de frente los problemas sin que nos afecten las críticas de quien no tiene suficiente nivel ni para pasar el día sin olvidarse de respirar.
Llegará un momento en que la elección para salir de este sinsentido la tendremos que hacer. Porque de lo contrario, desde fuera alguien la hará por nosotros y nunca viene bien que tengan que venir de fuera a decidir aquello que no hemos sido capaces. Pero esto da para muchos artículos. Seguiremos hablando.

El sentido de la producción
A las 11 de la mañana en el colegio, tocaba el timbre de la «antigua EGB», que estaba en la primera planta, para salir al recreo. Yo, que ya estaba en el «antiguo BUP», en la segunda, veía algunas veces por la ventana lo que ocurría en el patio. Una horda de niños salía en estampida del hueco de la escalera y comenzaban a correr gritando como si no hubiera un mañana hasta que los frenaba la pared verde del frontón que estaba justo en el otro lado del patio. Ahí paraban, no se podía llegar más lejos… ¿y ahora qué? O lo más interesante, ¿a dónde creían que iban esos niños si estaban viendo la pared desde que salieron? ¿En serio era necesaria esa carrera?
Pero eran niños, no estaba el uso de razón todavía desarrollado del todo y se hacía notar este hecho. En realidad nada distinto de lo que ocurre con cualquier otra manada de mamíferos que metemos en una cerca: llegan corriendo al cercado como si les persiguiera el diablo hasta que se dan con la valla del otro lado y no pueden seguir, fin de la historia… a comer hierba.
Lo mismo ocurre hoy en día con la producción, más y más sin saber para qué, pero con la diferencia de que todavía no se ve ni la valla ni la pared del frontón para parar. O tal vez si que se ve, pero aún no queremos reconocerlo y hacemos lo posible por ponerla cada vez más lejos. La pared es la limitación de recursos. O el deterioro de nuestro ecosistema. O la laxitud moral y la falta de criterio razonable de la persona de nuestro tiempo.
A esto último, englobado en el concepto del «consumo» he dedicado un artículo anterior de este blog. Depende de las personas, de los consumidores que operamos en el sistema. Depende de que pensemos de forma razonable cómo queremos vivir y qué es lo importante en nuestra vida de forma que tomemos las decisiones más razonables en cada momento incluida la de decir no.

Pero hay también una responsabilidad manifiesta en los productores porque no se puede, o mejor, no se DEBE producir necesariamente todo lo que se demanda. Porque si los consumidores demandasen drogas como la heroína, cocaína o marihuana, ¿habría que producirlas? Salvando un grupo de gente muy «progre», casi con toda seguridad la mayoría diría que no, porque sólo pensarlo asusta un poco. Pero se producen, se distribuyen y se consumen y, además, es un negocio muy rentable.
Esa mayoría que diría que no, en la que me encuentro, hay que reconocer que tiene un punto hipócrita. No todos claro, pero muchos sí. Porque yo no he caído y ni siquiera he probado ninguna de esas tres mencionadas en el párrafo anterior, y que Dios me libre. Pero la cerveza y el vino sí que me gustan y hay personas que acaban alcoholizadas, o sea, que su peligro también tienen. ¿Qué diferencia hay? Alguien dirá que no habrá problemas si hay un «consumo responsable» (como dicen en la publicidad). Pero ¿sería posible también un consumo responsable de las tres drogas duras que he mencionado? Yo llego a dudarlo pero el planteamiento es parecido e igual de lógico, al menos para una de ellas.
Quizás este es un melón que habrá que abrir en otro momento porque no va en línea con los objetivos que tengo para este artículo. Se trata de un ejemplo muy extremo pero que nos sirve para ilustrar que en el tema de la producción, como en el resto de cosas en la vida, no hay verdades ni razones absolutas, no hay sólo blanco o negro sino muchos matices. Y es la gestión que hagamos de estos matices lo que nos llevará a una acción razonable o no.
Necesidades del consumidor: De la identificación a la creación.
Voy a comenzar por la relación con los consumidores. La evolución a lo largo de las últimas décadas es evidente. Todo comienza por el hecho de que si yo quiero producir, organizar la actividad empresarial para ganar dinero, debo dedicarme a algo que tenga salida, de lo contrario no irá muy bien el negocio. De hecho hay miles de productos y servicios que, sobre el papel, son muy buenos y que incluso pueden ser reconocidos así por los propios clientes. Pero cuando llega la pregunta clave de si «pagarías por esto», se hace un silencio incómodo, no lo compraría.
«El ordenador nació para resolver problemas que antes no existían.»
Bill Gates
Pero ojo a la cita de Bill Gates, una de las personas más ricas del mundo gracias, según nos dice él mismo, a la enorme oferta de productos que sirven para resolver esos problemas que no existían y que nosotros mismos hemos creado.
Parece normal que si nuestra vida evoluciona… y para mejor, vayamos superando etapas y tengamos nuevas necesidades que satisfacer. En las economías avanzadas, una gran parte de ellas relacionadas con el ocio. También es normal que si la investigación y la tecnología avanzan, aparezcan cosas que puedan ser deseables. Productos o servicios que no hubiéramos echado de menos pero, ya que se presentan delante de nuestros ojos, podamos desear y consumir.
El problema se presenta cuando esto se convierte en una parte importante de la actividad empresarial. Investigar, crear nuevos productos que a nadie les resultan imprescindibles o ni siquiera necesarios, pero que, con su adecuado márketing, se convierten en objeto de deseo y en algunos casos hasta de culto. Pensemos en lo que ha ocurrido con los últimos lanzamientos de móviles, en esas colas de gente esperando de madrugada a que abran la tienda para ser los primeros en «pagar un pastizal» por el nuevo aparato que, casi seguro podrán comprar dos días después sin hacer cola y que funciona no mucho mejor que el que tienen en el bolsillo.
Una pregunta, ¿es ético hacer esto?

Las disyuntivas de la industria moderna.
Tenemos que afrontar decisiones de mucho calado y de forma continuada. Desde el punto de vista de la industria (la empresa), podemos ver dos líneas de actuación en la toma de decisiones en cuanto a la producción y comercialización de nuevos productos:
La primera tiene que ver con lo que ya hemos comentado: genero nuevos productos casi sin control haciendo ver a los consumidores que su vida será otra si los tienen, que son imprescindibles y eran aquello que estaban esperando desde siempre. Generar necesidades que no existían, como decía Gates al hilo del ordenador y todo lo que nos ha traído.
La segunda es un poco más complicada. Si la primera se trataba de crear nuevas opciones «de lo que sea» y sacarlas al mercado creando la necesidad, esta consiste en parar la comercialización de algo que se ha creado, porque sería sustitutivo de productos que dan pingües beneficios en la actualidad o bien, si lo vemos por el otro lado, generaría unas adaptaciones en la industria tan importantes que no convienen. Porque, ahora que están ya de moda los coches eléctricos… ¿cuánto tiempo hace que existe esa tecnología? Creo que mucho, pero no convenía aunque fuera beneficiosa. Lo mismo con la generación de energía. ¿Cuánto tiempo hace que se conoce la energía solar y la eólica? ¿Por qué España con sol y viento para parar un barco no ha invertido más hace ya muchos años? ¿Hace cuántos años ya llevamos hablando del problema del carbón… y del nuclear? Con más sol y viento que nadie, seguimos a la cola. Y el problema lo tenemos ya en Europa.
Y volvemos a la misma pregunta ¿es ético hacer esto? Si llevamos años usando energías no renovables y «sucias» cuando podríamos haber estado migrando a las limpias, la cosa no pinta bien. Si creamos cosas que no sirven para nada pero tenemos la habilidad de venderlas por miles, algo no funciona correctamente en nuestras cabezas.
Pero hay más. Mientras todavía siguen funcionando electrodomésticos que compraron nuestros padres, los nuevos tienen una vida útil programada. La vida útil es muy efímera y es casi más caro relativamente reparar que comprar uno nuevo. Al caso de las impresoras me remito, en el que cuando tienes que cambiar el tóner, por poco más tienes otra nueva que, por supuesto, tendrá nuevos elementos más avanzados. Más chatarra en los puntos limpios. El concepto económico de obsolescencia, muy relacionado con el de amortización, que hace referencia a la vida útil y productiva de un bien y de la relación con su coste y su financiación, se retuerce para convertirse en el de «obsolescencia programada». ¡Qué contrasentido! Como si a nosotros nos hicieran viejos a más velocidad para que consumiéramos cuanto antes productos de la etapa senior… incluidas las residencias de ancianos.
El envejecimiento es el que es, en función del uso y del paso del tiempo por deterioro natural, pero en el caso de los productos, en los últimos tiempos, hemos programado conscientemente su deterioro, con algunas piezas débiles de corta duración que condicionan el producto entero.
Vemos de nuevo, al igual que con el consumo, que un término económico con sentido en la producción, como es el de la obsolescencia, pasa a ser una aberración en manos de los perseguidores del beneficio sin límites.
Soluciones para salir del paso
Este comportamiento descrito de la industria genera problemas evidentes. Montañas de residuos físicos y, lo que es peor, mentales. Acudiremos al término «hiperproducción» utilizado por algunos filósofos contemporáneos como justificativos de una sociedad sin sentido, acelerada, que no sabe a dónde va. Estamos produciendo mucho más de lo que realmente se necesita. Estamos creando necesidades sin una finalidad real para los consumidores, productos que solucionan problemas que no existen. Pero no importa, creemos el problema para vender nuestro producto, el carro delante de los bueyes.
Hoy en día no se imagina un desarrollo para luego investigar y llegar a soluciones que lo posibiliten. Se siguen creando nuevos productos, nuevas versiones que mejoran cosas innecesarias, la producción no tiene un sentido distinto que una comercialización agresiva para la generación de ingresos y beneficio. No existe el sentido de la utilidad, sólo el hecho de la venta.
Sólo con pensar un poco… sólo un poco, se genera en las personas normales un cargo de conciencia importante. El «angelito» en el hombro que nos susurra: «No vamos bien por aquí». Pero las correas de transmisión de nuestro sistema sin sentido siguen haciendo fluir esa corriente que nos arrastra sin remedio y entra en escena el «demonio» en el otro hombro: «Qué le vamos a hacer… déjate llevar».
Con ángeles y demonios luchando, llegamos a una solución que nos tranquiliza al menos: el reciclaje. Y si llegamos a más y lo convertimos en una nueva teoría, aparece ante nosotros la «economía circular». Todos los desechos que generemos, seremos capaces de reutilizarlos para incorporarlos de nuevo al sistema. No me lo acabo de creer. En principio hay ya una cantidad inmensa de residuos de todo tipo en todas partes. En tierra todo lo que podamos imaginar, en el mar, aunque el protagonismo es del plástico, si no me equivoco, también han caído algunos bidones radiactivos. Pero es que ya hasta en el espacio hay porquerías generadas por nuestra especie.
Y la solución es reciclar. Sí, tengo que reconocer que es la única solución para la mierda que ya hemos generado. Pero es que se normaliza dentro de la economía circular para todo lo que hagamos a partir de ahora. ¿Nunca nos vamos a preguntar si hace verdaderamente falta esto que vamos a producir? ¿Si algunas de las investigaciones que estamos llevando a cabo sólo atienden a temas económicos y no al desarrollo real de nuestro bienestar?

No creo que en esa teórica economía circular esté nada previsto para los miles de baterías que van a quedar inutilizadas dentro de ocho o diez años y que mueven a los coches híbridos o eléctricos actuales. De la misma forma que no se está haciendo una transición lógica del carbón a otras energías, sobre todo para los trabajadores del sector. Como tampoco ha habido verdadero interés en las renovables en años, sólo ahora que la cosa es urgente entre calentamiento global y guerras cercanas. Y eso a pesar de la destacada autonomía energética que podría haber facilitado a España el liderazgo en la investigación e inversión en energías renovables. Probablemente otros liderarán para aprovechar nuestro sol y nuestro viento.
¿Y acaso no es esto un contrasentido? Nos entregamos a una hiperproducción, investigamos para sacar novedades contínuas al mercado, pero no implantamos sistemas energéticos que posibilitarían a medio plazo una bajada de costes del recurso fundamental que mueve todo. El beneficio y la comodidad de gobernantes hipócritas de estados y grandes empresas retuerce los principios fundamentales de un sistema económico que hace ya muchos años habría iniciado una transición en los sistemas de producción para el uso de estas nuevas energías, atendiendo a sus mejores costes de oportunidad en un futuro cercano, pero que se está convirtiendo en un horizonte sin límite.
Por supuesto que el reciclaje es necesario como parte fundamental de cualquier proceso productivo, esto no es nuevo, recordemos que hace años se devolvían los envases de vidrio al comercio de nuestro barrio, no para su reciclaje, sino para su reutilización, más aprovechamiento imposible. Pero las empresas necesitan una reflexión profunda y serena. Para plantearse la finalidad de sus investigaciones y de su producción. Para ver si es necesario lo que están haciendo y si deben reorientar su actividad. Para decidir el ritmo de su innovación y la calidad de sus productos. Y como siempre digo, la actuación no debe ser radical, sinceramente odio esta actitud, sino meditada, pausada y acorde con nuestras posibilidades. Para que podamos aprovechar incluso la corriente de sinsentidos que desata nuestra sociedad actual y que condiciona nuestro sistema económico.
Los «residuos mentales»
He comentado en el punto anterior la problemática de los residuos físicos que genera el sistema. Y es este un problema que está al final de todo el proceso productivo. La producción en sí genera desechos en los procesos de fabricación, como es normal y siempre ha ocurrido. Pero la tendencia a una hiperproducción sin límite vomita al sistema una cantidad ingente de productos que sirven pero ya no están de moda y que, por consiguiente, son desechados por los consumidores.
Pues esta segunda tendencia es la realmente preocupante. Nuestra sociedad tiene adicción al consumo. Ya traté este problema en otro artículo del blog. Pero quiero también hacerlo aquí desde el punto de vista de los productores. Y esto es mucho más difícil. Porque como consumidores podemos adquirir una conciencia de qué es lo que hacemos, cómo estamos consumiendo y decidir cambiar o no consumir, lo que como vimos tampoco resulta fácil. Pero como productores, cada uno en su negocio, deberíamos plantearnos si es realmente ético lo que hacemos. Pero es que resulta de que se trata de nuestro medio de vida, y esto no se puede cambiar así como así.
Por lo tanto, necesitamos un planteamiento reposado sobre qué cosas hacemos y cómo las estamos haciendo, para poder reorientar nuestras formas o incluso nuestra actividad misma. No se trata de cerrar nuestro negocio y dar un salto al vacío para dedicarnos a otra cosa. Se trata de pensar si con alguna de nuestras actividades estamos promoviendo ese consumo desmedido, esa adicción de los consumidores que supone una lacra social aunque sustente nuestro sistema.
La pregunta que deberíamos hacernos entonces sería: ¿Está nuestra actividad, nuestro producto, nuestro servicio, aportando algo positivo al desarrollo y bienestar de los consumidores y de nuestro sistema?
Aunque os la formulo con toda la inocencia y buena intención, tiene mucha trampa esta pregunta. Porque pueden existir productos que salven cientos de vidas pero para cuya producción se vean afectadas las vidas de miles de personas. ¿qué sería bueno en este caso? Tendríamos que definir los términos «desarrollo» y «bienestar». Pero hay que tener en cuenta también en estos casos si nos estamos refiriendo al bien individual de un consumidor o al bien colectivo de un grupo o comunidad. Y si nos referimos a comunidades, tendríamos que ver si se trata de una zona geográfica concreta, pequeña o grande, de una zona económica con los mismos criterios genéricos o de la comunidad global del planeta.
Según el punto de vista que tomemos, la actividad, el producto o servicio que estemos analizando podrían producir resultados y conclusiones distintas. Y esto nos llevaría a que, para cada actividad productiva que desarrollemos, tengamos que considerar varios niveles de análisis. De otra forma nos veríamos en una simplificación peligrosa que no nos serviría nada más que para engañarnos en algunos casos y dejar nuestra conciencia tranquila, o todo lo contrario, para no ser capaces de abordar proyectos que tienen más beneficios que inconvenientes si se miran desde un punto de vista más global.

Llegamos así a la necesidad de un «balance de la producción» de cada actividad empresarial, necesario para comprender la realidad de las aportaciones que hacemos al sistema, así como para plantear una correcta evolución de la misma hacia una mayor satisfacción real tanto de nuestros clientes como de nosotros mismos. Dejaré este concepto para un próximo artículo para no extenderme demasiado.
Es importante, sin embargo, que tengamos claro que un desarrollo mal balanceado como el de los últimos años nos llevará a un círculo vicioso, con un consumo desenfrenado que exige una hiperproducción que, a su vez, alienta más aún el consumo y sin saber ya a ciencia cierta si fue antes el huevo o la gallina. El resultado sí sabemos que es una sociedad de excesos y con pérdida clara del sentido de muchas cosas. La sociedad que, filósofos contemporáneos como Byung-Chul Han, denominan «la sociedad de la transparencia», en la que «la mera existencia es por completo insignificante» y… «las cosas se revisten de un valor solamente cuando son vistas.» Para entendernos… lo más maravilloso e importante de la vida hoy en día no es nada si no tiene visibilidad y, sin embargo, estamos inundados por la mediocridad.
Conclusiones
Tenemos que plantearnos si queremos dedicarnos a las cosas importantes. A aquellas que se orientan al bien de las personas. Pero al «bien» con mayúsculas. No se trata de ser sólo altruistas porque con eso no nos ganaríamos la vida, se trata de no identificar sólo nuestro bienestar con nuestro dinero en la cuenta bancaria. Porque esta es una concepción muy pobre que excluye cosas como la salud, la tranquilidad de espíritu, la confianza en nosotros y en los demás y muchas otras que, sin darnos cuenta, nos aportan unos niveles de satisfacción insospechados de los que muchas veces no somos conscientes. Sólo lo somos cuando nos faltan. Pero hoy en día, en una sociedad cada vez más banalizada, quizás no nos demos cuenta de que nos faltan estas cosas. Probablemente haya personas, los más jóvenes, que, con la excepción de la salud, el resto no las haya experimentado nunca.
Los términos en que se plantean la producción y el consumo hoy en día se dirigen a una satisfacción urgente, inmediata pero también efímera, que genera una adicción porque no solo se consumen los productos sino, sobre todo, las características que se asocian a los mismos, y éstas desaparecen casi con el momento de la compra, dejando de nuevo un vacío que se llenará con la siguiente. La tranquilidad a la que yo me refería no se llena con satisfacciones inmediatas por muchas que sean y muy continuadas.
Por esto debemos plantearnos si nuestros productos y servicios tienen la suficiente calidad. Si tienen una duración razonable y adaptada al objetivo que pretenden cubrir. Si realmente sirven para algo que beneficie a quien lo compra o serían totalmente prescindibles. Debemos plantearnos si facilitan la existencia y se orientan al bien (con mayúsculas) de los clientes y del resto de la comunidad.
Y si con estas preguntas nos surgen dudas, quizás debamos ampliar el horizonte de pensamiento porque probablemente ni siquiera nosotros estemos muy satisfechos con lo que estamos haciendo y habrá llegado la hora de mover el timón de nuestra empresa y de nuestra vida para cambiar algo, poco a poco, como se saca a un palio de un templo… pero cambiarlo.
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