nueva economía
La paradoja del desarrollo
De la misma forma que siempre digo que el crecimiento y el beneficio están en el ADN de la empresa, el concepto de desarrollo también lo está. Y, además y con más fuerza, en el de la persona y creo que de forma previa y necesaria al de la empresa. Nunca debemos perder de vista la relación entre persona y empresa porque si prescindimos de esto no seremos capaces de encontrar el sentido a muchas de las cosas que ocurren. Es más, podemos llegar a importantes contrasentidos.
Pero esta dialéctica de lo bueno y lo malo, lo positivo y lo negativo, lo que aporta y lo que resta, ha estado siempre en todos los pasos de la evolución humana. Y así como de lo negativo que nos ocurre podemos obtener importantes aprendizajes, también lo bueno que hace la humanidad tiene sus sombras. Pensemos en el Nobel de la paz, el «premio» por excelencia, el reconocimiento a personas y organizaciones que luchan en el mundo por la justicia y el sentido común. Pensemos en cuánto de remordimiento hubo en su creación, por el testamento de un hombre que se dedicó al «desarrollo» en sentido estricto.
Lo más conocido por lo que se le conoce, además de los premios que llevan su nombre, es por la invención de la dinamita al conseguir que la nitroglicerina fuera absorbida por un material sólido y plástico de más fácil y seguro manejo. Importante avance para la minería, por la mejora de la seguridad en el trabajo y por el incremento de la productividad de las explotaciones que produjo el invento. Pero, ¿sólo se ha utilizado la dinamita en el mundo para fines productivos? Estaríamos hablando de «un mundo feliz» inexistente. ¿Cuántas veces se habrá usado para la violencia en revueltas, atentados y guerras? El desarrollo productivo de Alfred Nobel democratizó el uso de explosivos y lo puso al alcance de cualquier descerebrado que quisiera imponer sus ideas a pequeña escala.
Pero Nobel, ingeniero además de químico, también se dedicó desde su compañía Bofors al hierro y el acero orientados a la fabricación de armamento, y ahí siguen. También han trabajado para los que quieren imponer sus ideas a gran escala. Y llegados a este punto, ¿cuántas muertes tiene Alfred Nobel a sus espaldas? ¿se puede compensar con la «bondad» de sus premios? Da igual su redención, por lo menos a él, que era ateo y eso de la transcendencia se lo debía traer al pairo.
Pero pensemos en el balance. Quizás sería mejor que no se hubiese inventado la dinamita… o no… quizás estemos dispuestos a asumir sus daños colaterales, porque si no se hubiera inventado seguramente no tendríamos el nivelón de vida que tenemos en el mundo desarrollado… y esto es así, pensémoslo. ¿Estaríamos dispuestos a renunciar a nuestro bienestar actual si supiéramos que podríamos haber contribuido a disminuir la violencia en el mundo desde finales del siglo XIX? Aquí y ahora, mientras escribo este artículo, no me siento capaz de responderlo. Además, no pasaría de ser una quimera, aquello que nos gustaría que «pudiera haber ocurrido». Mejor os quito la responsabilidad… No respondáis a esta cuestión, pero vamos a plantearnos qué podemos hacer en nuestro pequeño mundo para no caer continuamente en esta paradoja del desarrollo.
En lo que sí tengo una confianza ciega es en la capacidad que tiene el ser humano de utilizar de forma perversa cualquier cosa que caiga en sus manos, por muy buenas que fueran las intenciones que tuvieran sus creadores. Y es que algunas veces, esta sencilla ley, que no es exactamente la de Murphy sino mucho peor, la utilizamos contra nosotros mismos sin necesidad de que nadie más intervenga. Vamos a pensar en el ordenador portátil, nos saltamos incluso la aparición de los propios ordenadores de sobremesa que tanto nos han «ayudado», esos portátiles ¿nos han facilitado el trabajo? ¿o estamos trabajando más… mucho más?
Y si llegamos a tener esta duda de los portátiles… ¿cuál es el razonamiento que tendremos que hacer de la locura absoluta de los teléfonos móviles? Quizás hayáis visto a una pareja en un banco «relacionándose» cada uno con su móvil. O a alguien a quien hayáis tenido que esquivar en la calle porque no tenía otro momento para ver los mensajes… o un vídeo. O quizás os hayáis sentido un poco ninguneados porque en una reunión vuestro interlocutor estaba más atento al aparatito que a lo que le estábais diciendo. Se admiten más situaciones… a lo mejor si en un grupo expongo esto que estoy tratando aquí, puede que haya más de uno inquieto con su móvil en vez de escuchar lo que digo, no sé… imaginaciones mías.
Trabajar en cualquier parte con tus herramientas hiperconectadas te facilita la labor, la flexibiliza, te permite adaptar tu tiempo (eres dueño de tu tiempo… o al menos eso piensas tu), te permite centrarte en los objetivos, bla, bla, bla… pero piensa si tanta flexibilidad y tanta hiperconetividad te está aislando. Aunque desde luego, para eliminar la sensación de aislamiento tenemos las redes sociales. Pero cuidado, eliminan la sensación… sólo la sensación, pero no tu aislamiento.
Hace ya mucho tiempo que en toda manifestación humana se prima la cantidad en lugar de la calidad, que pasa sistemáticamente a un segundo plano. Todo debe ser transparente, nuestra vida está expuesta a la vista de todos, de lo contrario es que algo tenemos que ocultar. Más amigos, más relaciones, más negocios, más producción, más consumo… y menos salud.
No queda aquí la cosa, el futuro nos puede llegar a horrorizar. Os dejo aquí dos términos de los que ya hablaremos: transhumanismo y posthumanismo. La nueva ola de gente bien intencionada que piensa que estos avances de la ciencia no los utilizará el ser humano para el mal. Visto lo visto, no sé yo qué pensar, si son muy ingenuos o muy estúpidos, algo totalmente compatible con un alto coeficiente intelectual, sobre todo para gente que sale de las últimas generaciones que en occidente hemos vivido sin muchos problemas. En fin, esperemos que estos grandes avances de la humanidad no los hagan en la Rusia actual de 2022.
El consumo: ¿cuándo debemos parar?
En su origen, cuando estudiábamos el fenómeno del consumo en Teoría Económica, se ligaba de manera inequívoca a los bienes consumidos con la utilidad que los mismos tenían para la persona que los consumía, bien por una cuantificación teórica de esa utilidad o por comparación con las otras alternativas de consumo que existieran en la economía.
De la misma manera, si lo que se consumía se podía hacer en distintas cantidades, a medida que consumíamos más, las nuevas unidades cada vez nos reportaban menos utilidad porque ya habíamos saciado de forma suficiente nuestra necesidad, hasta que llegaba el momento en que no demandábamos ni una sola unidad más del producto.
Si nos fijamos, en la teoría, nada ha cambiado de hecho. Consumimos aquello que necesitamos y en la cantidad que necesitamos y podemos adquirir. Pero hay dos puntos importantes en lo que acabo de decir: lo que «necesitamos» y lo que «podemos adquirir». Y aquí está el «quid» de la cuestión, la doble pregunta que marca la situación de los consumidores modernos, ¿de verdad lo necesito? y en caso verdaderamente afirmativo, ¿me lo puedo permitir?
La historia de la economía moderna ha consistido en cómo saltarse los principios de la propia Economía, en cómo retorcerlos para conseguir más negocio, más ingreso, más beneficio aunque se vulneren los más elementales principios de prudencia, como nos ha ocurrido con el caso de las hipotecas, o aunque se desliguen los mercados de las bases de las economías, con alzas y bajas en las cotizaciones que dependen de la actuación de «tiburones» y no de la realidad de la marcha de las propias empresas y países.
Podemos pensar que no nos afecta en nada, ya que la mayoría no somos grandes inversores pero no vendría mal que echáramos un vistazo a la marcha de nuestro plan de pensiones para ver si nos afecta o no todo esto que estoy diciendo.
¿Es posible que una empresa esté cayendo en bolsa aunque su actividad siga siendo adecuada, sin que se hayan modificado sus políticas ni su planificación, incluso con una línea de buenos resultados? Pues claro que sí. Es más, esa vorágine de bajadas le influirá a su actividad de forma que entre en un flujo negativo y tengamos el mundo al revés: en lugar de reflejar el mercado el resultado de la buena o mala gestión, será la actividad y resultados de la empresa los que caerán o se incrementarán en función de su cotización. Y si están haciendo las cosas bien y caen por la bajada en el mercado, mal, porque estamos fastidiando una buena marcha de las cosas. Pero si empiezan a subir por subidas especulativas sin que se estén haciendo las cosas bien… esto será casi peor porque tendremos un gigante con pies de barro o una nueva burbuja, como lo queramos llamar.
El baile de las necesidades.
Cuando Parménides preguntaba a sus contemporáneos, allá por el año 500 antes de Cristo, qué era lo que movía el mundo, obtenía muchas respuestas, la ambición, el amor, la curiosidad… Pero para este filósofo ninguna de estas era la correcta. Lo que movía el mundo era «la necesidad».
Si, exactamente, lo que posteriormente fue el fundamento de la Economía. Tanto que este concepto está en la definición de esta ciencia, relativamente joven, aunque su objeto de estudio esté anclado en los orígenes de la humanidad. A partir de ahí, todo ha sido desarrollar el concepto. La actividad económica surge para la satisfacción de las «múltiples» necesidades de las personas.
Pero, ¿cuántas necesidades tenemos?. Pues la evidencia nos dice que más cuanto más ha avanzado la sociedad en la que vivimos, de tal modo que hoy en día «no podríamos vivir sin» cosas que hace unos años no existían y no nos importaba lo más mínimo. Cuando no había conexión muy directa entre los diferentes entornos sociales, el incremento de las necesidades se originaba de una forma muy local y en un porcentaje prudente de casos se exportaban e importaban tendencias entre grupos sociales o entre diferentes entornos físicos.

Hoy en día, con la globalización, las diferencias entre occidente y oriente, norte y sur y, si apareciera vida en saturno, entre planetas, se han dinamitado. El mundo entero tiene acceso a todo. Faltará agua en regiones del planeta, pero no un móvil con acceso a la red. De esta forma las necesidades se han hecho simplemente INFINITAS.
Lo malo de todo esto es que para la satisfacción de estas necesidades hacen falta recursos. Infinitas necesidades, infinitos recursos, y no los tenemos. Pero no importa, si hay una necesidad, por patética que sea, siempre habrá alguien que organizará los medios de producción para producir esos bienes que la satisfagan, y aquí viene lo peor… «cueste lo que cueste». Pero esto, la producción, será objeto de otro artículo, así que no adelantaré acontecimientos.
Centrémonos por lo tanto en nuestro papel como consumidores, vamos a preguntarnos de forma seria cuáles son realmente nuestras necesidades. Se suele hacer referencia aquí a Maslow y su pirámide en la que fue la primera y más conocida división de las necesidades de una persona y que aún se utiliza. Un análisis por encima de las distintas escalas de la pirámide nos llevaría a la conclusión de que las necesidades básicas de una persona y quizás algunas de las de seguridad, que es la siguiente escala, requieren obligatoriamente el consumo de productos y servicios. Sin embargo, el resto de niveles, necesidades sociales, de autoestima y de autorrealización, quizás no lo necesiten tanto.
Sin embargo, siguiendo la visión calvinista occidental de la vida, que no es necesariamente la nuestra, la realidad de las últimas décadas ha sido la asociación de la satisfacción de necesidades con el consumo obligado de algún tipo de bien. Podríamos hacer un ejercicio para ver qué bienes se asocian a muchas necesidades de reconocimiento social, éxito y autoestima que no significan que la persona en cuestión tenga una vida más cercana a la felicidad, más bien al contrario en la mayoría de los casos.
Podríamos ver cuál ha sido la evolución de los problemas mentales y psicológicos en estas décadas derivados de la necesidad de apariencia y ostentación, de la necesidad de tener símbolos sociales que refuercen nuestra posición social y nuestra confianza personal.
Y fijémonos en cómo es la cosa, que hasta este último punto «es economía». Porque la asociación de productos a todo tipo de necesidades como símbolos implica su comercialización y distribución. Pero es que la aparición de problemas de salud física o psíquica en las personas también implica la comercialización y distribución de productos y servicios para paliar las consecuencias de no tener los símbolos o de tenerlos con una insatisfacción manifiesta.
«Cuando los niños meten la mano en un tarro de cuello estrecho para sacar higos con nueces, si se llenan la mano, no pueden sacarla y luego lloran. ¡Deja caer unos cuantos dulces y podrás sacar la mano! Frena tu deseo, no llenes tu corazón con demasiadas cosas y obtendrás lo que necesitas.»
Epicteto, Disertaciones por Arriano, 3.9.22
Así el estado de la cuestión del consumo, resulta que nuestro sistema se mantiene hoy por hoy si las correas que mueven el motor del consumo no se rompen y siguen adelante. Cuando el consumo se contrae se contrae la economía, menos demanda, menos ventas y al final menos producción, lo que nos lleva a menos recursos (bueno para el planeta) y menos empleo (malo para los que vivimos en él).
El concepto mágico y fundamental, el equilibrio, no sólo en el aspecto económico sino también en el social, puede romperse. Y quizás serán necesarias algunas roturas para poder evolucionar, lo mismo que sucede en los músculos cuando queremos que se desarrollen. Pero sin llegar a la lesión.
¿Qué me puedo permitir?
La vida es una cuestión de elección. Y la Economía lo es también. Por lo tanto, a la hora de consumir habrá que elegir y, lo que es más importante y definitorio para la persona, SACRIFICAR algunas opciones. Tendremos que saber decir «no» a algunas de las opciones que se nos presenten en beneficio de otras. Incluso tendríamos que saber decir no a algunas cosas aunque no existan otras alternativas y alguno de nuestros recursos quedara ocioso.
Pero claro, no ha sido esta la tendencia de nuestro sistema. Puesta en marcha la maquinaria del consumo con todas sus correas funcionando, aquella etapa en la que había demanda natural para todo lo que se producía y quedaban incluso algunas necesidades insatisfechas, hace ya algún siglo que terminó y pasamos a tener capacidad de producir hasta lo que no nos hace falta. Pero como he dicho más arriba, de la producción hablaremos en otro artículo.
Milton Friedman, máximo exponente del liberalismo económico, refutando las críticas de que la publicidad generaba necesidades artificiales a los consumidores, decía que cuál era el sentido de esto si resultaba más fácil vender lo que ya necesitaban. La cuestión es de cajón, será mucho más fácil hacerlo así, pero cuando casi todo está cubierto, la maquinaria del sistema inventará algo nuevo como hemos analizado en el punto anterior.
El único bastión que quedaba dentro de nuestro sistema económico para que un consumidor no llegara a consumir algo que realmente no necesitaba, era que no tuviera recursos suficientes para hacerlo. Pero el sistema también tendría salida para esta minucia. La evolución generalizada del crédito y de los sistemas de pago, con el plástico (y ahora el móvil) al frente, iban a hacer que el consumo pudiera ampliarse de formas insospechadas. Y en ello estamos.
Si no me lo puedo permitir, me endeudo hasta el límite de mis capacidades. Algo que en algún momento de nuestras vidas, nos puede dar problemas de forma que, cuando realmente necesite ese instrumento tan potente e imprescindible del endeudamiento, no lo pueda utilizar por haberlo desperdiciado en idioteces. De la misma forma que la dinamita, creada para buenos fines científicos e industriales, se utilizó luego para matar gente… de esta forma instrumentos imprescindibles del sistema, que nos ayudan a vivir mejor, se utilizan de forma perversa y ayudan a generar una importante inconsistencia de la Economía que podemos llegar a pagar a un alto precio como sucedió hace unos años con la crisis de las hipotecas y la burbuja inmobiliaria que nos estalló en la cara.
Cuando llegue el momento en que nuestros recursos se hayan agotado, incluso el crédito, y ya no podamos consumir más, estaremos asfixiados y con las manos atadas. Podemos echarle entonces la culpa «al sistema despiadado» que nos hace consumir lo que no queremos y que nos da recursos casi a la fuerza para hacerlo. Pero siempre la elección es personal. Es nuestra elección aplicar dosis de racionalidad en lo que hacemos y en lo que consumimos. Es nuestra elección decir que no a algunas, o a muchas de las cosas que se nos presentan. Para quedarnos con lo verdaderamente bueno para nosotros, para nuestra familia y para nuestro entorno como quiera que lo entendamos.
El consumo responsable.
Hace ya unos años una línea de acción que denominamos «consumo responsable», ha entrado en competición directa con el «consumo desenfrenado» de las últimas décadas. Si consultamos páginas de organizaciones ecologistas como Greenpeace o WWF, encontraremos consejos en sintonías muy parecidas que persiguen la mejora del planeta, o al menos un freno a su deterioro, pero curiosamente sin que perdamos satisfacción.
La actitud combativa de la primera de estas organizaciones, podemos ver que en la faceta de consumo, ha evolucionado hacia una racionalidad de comportamiento y, por lo tanto, económica. No se trata de renunciar drásticamente a productos sino a reducir u orientar su consumo. No es una actitud de acoso y derribo de nada sino de una nueva adaptación de las costumbres para una satisfacción de otro tipo a obtener por las personas en consonancia con su entorno.
El consumo responsable se presenta así como una reflexión sobre los hábitos de vida y sobre la vida misma y es esta la orientación crítica, la que nos llevaría a analizar los fundamentos reales de nuestro bienestar, a considerar nuestra posición en este mundo y, como resultado de todo este análisis, a establecer nuestros patrones de felicidad y la actuación consecuente.

El cambio drástico que preconizan algunos, incluso alguna adolescente un poco hipócrita y agria como ella sola, que irradia odio y malestar sólo con verle la cara, rompería el inestable equilibrio de nuestro «injusto» sistema acarreando más males que bienes.
Pero una correcta reflexión, fruto de lo que realmente queremos y nos importa, que lleve como consecuencia ese consumo responsable y esa resistencia activa, pacífica y resiliente al bombardeo continuo de nuevos productos, servicios, versiones, accesorios, etc, sí que operará un cambio importante en nuestro sistema. Nunca pudo hacerse una manzana en un día. Todo tiene su tiempo y la maduración es importante hasta que llegue su momento.
Un cambio drástico en el sistema provocará la reacción inmediata de las fuerzas que operan en el mismo para contrarrestarlo, anulándolo de forma inmediata o provocando otra serie de cambios de consecuencias impredecibles. Sin embargo, la modificación en los hábitos de millones de personas de forma progresiva y casi simultánea, llevará de forma paulatina a ese sistema a una nueva realidad más sostenible.
Lo que hoy llamamos «consumo responsable» es lo que para la Economía siempre fue el concepto de «consumo», que se estudiaba en la Teoría Económica de nuestras Universidades, sabe Dios en qué habrá quedado hoy en día esa asignatura, asfixiada por estrategias, objetivos despiadados, desarrollo empresarial incontrolado y por el márketing que todo lo cubre.
Recuperemos el consumo de la Teoría Económica, ese que obedece al análisis «racional» del consumidor. Consumamos sí, pero lo que necesitemos y en la medida en que lo necesitemos, sin dejar de lado el desarrollo económico y del bienestar, pero alejándonos del egoísmo, el sinsentido y el derroche.
Conclusiones
Las leyes económicas implican un comportamiento «racional» del consumidor. Nuestra actitud económica es una herramienta que nos ayuda a elegir lo correcto para obtener nuestro equilibrio personal. Nos equivocaremos y no llegaremos a estar nunca realmente en equilibrio. Pero ese es el juego, una dialéctica continua entre las fuerzas de la necesidad, los bienes y los recursos de que dispongamos.
Y lo que realmente podemos ver es que si queremos tener éxito en esa constante lucha, necesitamos reflexionar sobre temas que sobrepasan el ámbito económico. Reflexionar sobre nuestra forma de vida, sobre aquello que es importante para nosotros, sobre qué es para nosotros vivir bien y sentirnos satisfechos. Probablemente cambiaríamos algunas de las cosas que hacemos y dejaríamos de necesitar muchos bienes de los que consumimos. Pero también es cierto que nuestro sistema, este que nos induce a ese tipo de consumo, «ES» nuestro entorno y constituye nuestra forma de vida, por lo que también tendríamos que reconstruirlo.

Epicteto, al que ya hemos citado en el artículo, decía: «No desees mucho». También dicen que Sócrates una vez se paró ante un puesto y dijo: «¡Cuántas cosas hay que no necesito!» . Pero no lo hagamos todo de una vez. Entrenemos nuestra mente para preguntarnos siempre: ¿Necesito esto? ¿Qué pasaría si no lo tengo?, en definitiva, las preguntas que vinculan nuestra vida y nuestro bienestar real con todas las cosas externas.
Si utilizamos este filtro natural de la persona, podremos llegar a ese consumo responsable que nos hará incluso un poco más libres, porque realmente ahora no lo somos. Nuestra vida está constantemente manipulada y sólo una mirada a nuestro interior podrá dar como resultado un comportamiento más racional que nos lleve al bienestar por caminos distintos del mero consumismo que identifica tener con ser mejor, más exitoso y más feliz.
Dejemos esta filosofía. Las sociedades calvinistas lo tendrán más difícil pero nosotros ya tenemos una tradición milenaria en la que no fue todo así y podremos recuperar más fácilmente a través de nuestra costumbre valores que desliguen la felicidad de la mera acumulación de bienes sin sentido.
Si reflexionamos sobre los valores de nuestra sociedad, creados a lo largo de más de dos mil años, con sus luces y sus sombras pero con una clara vocación de desarrollo de las personas como individuos y como colectividad, llegaremos a los principios fundamentales de la Economía, a la racionalidad de nuestras actuaciones y a la evolución sostenible e inclusiva de nuestro (eco)sistema. Hagámoslo una realidad.
La Economía sin alma
Hace ya bastantes años, asistí a un congreso de jefes de formación de entidades financieras y, tras una de las ponencias que correspondía a un profesor universitario, comenté que yo era un «economista frustrado». No recuerdo lo que pregunté en ese momento al ponente, pero sí que me definí de esta manera, y lo expliqué. Frustrado porque elegí una ciencia social y la matemática la había invadido. Frustrado por la evolución de unos mercados que ya no respondían a sus objetivos iniciales y habían caído en la más pura especulación. Frustrado porque el medio más sofisticado que habíamos creado para nuestro progreso, la empresa, se había convertido en un instrumento de tortura.

Claro que podemos reconocer estos problemas e intentar darles solución para el mayor bienestar y felicidad de todos los componentes de nuestro «sistema». Pero nos encontramos con algunos inconvenientes:
- Estamos inmersos en nuestra vorágine particular del día a día, de sacar adelante nuestro negocio, nuestro trabajo, nuestras obligaciones. Nos arrastra, nos dejamos llevar, no tenemos tiempo ni a veces fuerza para corregir nada, absolutamente nada, por pequeño que parezca.
- Las respuestas las buscamos sólo dentro de nuestro entorno, en este caso en la Economía. Así no salimos del bucle, pero es que, tal y como está la vida, nos habremos centrado tanto en nuestra área concreta que difícilmente tendremos ocasión de buscar soluciones fuera.
Seguro que se nos pueden ocurrir más, pero nos quedaremos con estos dos para abrir boca, porque son muy importantes en nuestra vida y son capaces de darle forma a una existencia que puede llegar a ser infeliz. Y si no, pensemos un poco… ¿cuánta gente conocemos que esté verdaderamente contenta con su trabajo, con su empresa, con su modo de vida? Y cuando hablo del modo de vida no me refiero al del fin de semana que mucha gente desea desde que empieza el lunes (mala señal). A la hiperactividad senderista, montañera, de playa, de barbacoas, cines, teatros, espectáculos, discotecas, conciertos. De fútbol, tenis, baloncesto, balonmano y hasta golf y piragüismo. Lo que sea para la gran evasión, para sentir que te diviertes, que sales de la rutina, para «engañarte» como sea.
¿Malvivimos cinco días de la semana pensando sólo en esos otros dos de fiesta? Y eso si el fin de semana está libre porque ¿y quien trabaja en fin de semana, cómo se hace este planteamiento para los lunes o los miércoles? Si todo esto es así, vivimos más mal que bien. Y si en ese sagrado fin de semana las cosas no vienen como queremos, que no nos quepa duda de que el lunes está ahí.
La resaca del día a día.
Nuestro día a día nos consume, nos arrastra como una corriente de resaca en la playa. Y es tan peligroso como esa resaca, porque luchar abiertamente contra ese diario nos puede agotar hasta la resignación. Muchos lo llaman «rutina» pero creo que el concepto está equivocado. Las rutinas son una herramienta que tenemos y que necesitamos para sacar nuestra vida adelante. De hecho difícilmente podremos mejorar si no incorporamos elementos en nuestras rutinas que se establezcan como algo habitual en nuestra vida. Ese hábito aristotélico que conformará cómo somos y nos comportamos, nuestro carácter.
No se trata de la negación de nuestra condición actual, de romper con nuestro día a día, de cerrar la empresa e irnos a vivir a una cueva. Sólo cuando llegamos a extremos insoportables en la vida, tendrían justificación este tipo de cambios. Cambios de rumbo sacralizados por algunos programas de televisión que nos muestran la inmensa felicidad que obtuvieron algunos al dejar su trabajo en una gran ciudad con puestos de corbata diaria para servir comidas en un chiringuito de una playa de Puerto Plata.
No dudo de la felicidad que puede darnos ese planteamiento, pero es que la mayoría somos «normales», del centro de la campana de Gauss, y habrá también que pensar cuánta gente ha fracasado estrepitosamente en planteamientos radicales de ese tipo y han tenido luego que volver con el rabo entre las piernas a una existencia que les parecerá mucho más triste… o quizás no, una vez vista la experiencia con la cruel realidad por testigo.
Pues nademos como en una corriente de resaca, sin grandes resistencias, desviándonos poco a poco hasta encontrar la vuelta a la orilla. Usemos nuestras rutinas para introducir en la vida elementos de mejora, pequeños pero importantes para nosotros. Dejemos la impaciencia por nuestro día a día para disfrutar cada vez más pequeños momentos que se convertirán en grandes y permanentes hábitos. El tiempo así, estará a nuestro favor.
Si queremos leer más porque así nos sentiremos mejor, no nos planteemos tres horas todos los días porque seguramente no podremos. Pero quizás podamos veinte minutos tomando café por la mañana antes de trabajar, o en la cama por la noche antes de dormir. Nos parecerá poco y que no merece la pena. Pero hacedlo y cuando pase un año entero echad un vistazo al estante de los libros leídos, a ver qué os encontráis. Porque al final la cantidad irá siguiendo poco a poco a la calidad, y en la vida no todo es «cantidad».
Si el problema es la salud física, todos sabemos lo que pasa cuando nos proponemos ir al gimnasio todos los días, o salir a correr cinco veces en semana… o comer sólo verduras… no hay más preguntas Señoría…
Usemos las rutinas para mejorar nuestra vida, incorporemos pequeños detalles que nos hagan disfrutar. Los cambios bruscos y los objetivos demasiado ambiciosos que he señalado como ejemplos por todos conocidos como los de la lectura, el gimnasio, las dietas, etc, sólo nos provocarán frustración, porque participamos de un sistema social concreto, con unas formas que adoptamos y que son, hoy por hoy, nuestro estilo de vida, nuestra cultura. Y habrá que trabajar para ganarnos la vida, y cuidar la casa y habrá hijos (e hijas, para que nadie se enfade) que nos «quitarán» mucho tiempo… Y hasta cosas que nos gustan al principio, como la pertenencia a clubs, hermandades, asociaciones, etc, pueden convertirse en otras obligaciones que nos martiricen.

Pero con el trabajo, la casa, los hijos… podemos incorporar este tipo de pequeñas cosas con las que disfrutar. ¡Quién sabe! Quizás encuentres los veinte minutos para leer esperando a que el niño salga del entrenamiento de fútbol en lugar de desesperarte por lo que tarda. O para escuchar música a todo volumen mientras limpias el salón. Nunca se sabe dónde va a saltar la liebre.
Y con todo aquello que «no sea una obligación» un sano NO también nos ayudará.
Sólo una advertencia en este punto de la potencia de una rutina para nuestra vida. Que también lo negativo entra por aquí. Así que tendremos que pensar si es conveniente fumar un cigarro después de comer o tomar una cerveza antes de cenar. Nada importante, pero pasará como con los libros del estante de los leídos después de un año.. ¿cuántos hay?
La solución endogámica.
El segundo inconveniente que señalé era buscar las respuestas a nuestros problemas siempre dentro y sólo dentro de nuestro entorno. Decía Avicena que para solucionar una enfermedad debían tratarse sus causas y no los síntomas, aunque si el estado del enfermo era de mucha gravedad, habría que actuar de urgencia sobre los síntomas. Parece que hoy en día nos quedamos sólo en la segunda parte, el enfermo en la UCI y a parar la fiebre.
Vivimos en sistemas globales, cada vez más globales para nuestro bien en muchas cosas y para nuestra desgracia en muchas otras. Esto implica un juego de acciones y reacciones cada vez más complicado por lo que cuando buscamos soluciones cada vez tendremos que ampliar más nuestro campo de actuación. Y el mayor problema será no encontrar una solución razonable dentro de nuestro ámbito de actuación, lo que nos llevará a intentar simplificar al máximo el problema y a obtener la menos mala de las soluciones. Es lo correcto para actuar de inmediato, algo que yo he defendido en muchas ocasiones: no podemos pretender siempre la solución perfecta al problema planteado. Será necesario utilizar la política del «mal menor», la menos mala de las soluciones, algo que ya planteara Aristóteles como forma de actuación, y es la segunda referencia que le hago.
Pero no deberíamos quedarnos ahí, solo en el cortísimo plazo. Será evidente que no hemos encontrado una solución correcta y una vía de actuación adecuada. Hemos hecho lo que debíamos ya que no actuar hubiera sido mucho peor. Sin embargo, se hará necesario que investiguemos la situación. Si no había una solución correcta dentro del entorno, seguramente sí la habrá fuera de él, por lo que deberíamos ampliar la búsqueda.
Si nos fijamos, no hay una sola crisis económica que no venga precedida de una intensa crisis social. Pero las soluciones que buscamos habitualmente son sólo «económicas», más o menos dinero en el mercado, mayor o menor tipo de interés, más o menos impuestos… Pero dejamos que sigan la hipocresía política, el populismo de los salvapatrias revolucionarios y, sobre todo los mismos patrones de consumo y de vida que han conseguido llevarnos a la situación crítica.
Deberíamos plantearnos qué es para nosotros la «buena vida». Significa «tener» o quizás es más «disfrutar», que no son la misma cosa por mucho que se intenten identificar los dos términos o que uno sea el resultado del otro. ¿Son correctos los patrones de consumo que tenemos hoy en día? Esto es lo que proviene de nuestro «estado social y personal» y lo que se refleja luego en nuestra actitud económica con respecto al consumo. Creo que sería necesaria una reflexión sobre nuestro modo de vida en particular y en la influencia sobre los otros modos de vida que hay sobre el planeta para prevenir futuras crisis, mucho más serias, que se plantearán sobre los recursos que utilizamos como si no tuvieran límite, además en muchos casos pasando por encima de lo que sea y de quien sea para obtenerlos.

La ambición humana no tiene límites. Y la Economía debe recuperar su faceta social. Algunos conceptos económicos deberían ser replanteados a la luz de una ética empresarial real, y no la que se quiere disimular con un falso ecologismo que compense los desastres que se provocan. Y no me refiero con esto a los accidentes, que siempre pueden ocurrir, sino a los efectos de la actividad diaria que resulta nociva para el medio en el que vivimos personas y empresas. Porque el deterioro de las condiciones… ¿no perjudicará también en un futuro no muy lejano a estas empresas? Estoy seguro de que así será, pero prima el beneficio inmediato, confundido de manera malintencionada con el «bien vivir» al que me referí antes.
Es preciso que las soluciones a los problemas económicos no solo se busquen en la Economía sino que abran su campo de estudio al resto de la realidad humana, como ciencia social que es, y que se indaguen los problemas sociales, antropológicos y del medio ambiente. De lo contrario, las soluciones endogámicas y matematizadas de la Economía de la Empresa sólo conseguirán efectos rebote perniciosos aunque aparenten en un principio que mejoran la situación.
Tengo serias dudas de que nuestra élite dirigente tenga valor suficiente para abordar soluciones de este tipo. Por esto, será necesario que los distintos grupos que actuamos en economía, empresas, consumidores y, si ello fuera posible, nos niveles menos politizados de la administración, tomemos decisiones como resultado de una mayor apertura en el estudio de los problemas cotidianos. Debemos buscar las causas más lejanas, aquellas que están en el comportamiento de las personas, en su sentir y en su cultura. Sólo así las decisiones serán adecuadas y no paños calientes para salir del paso. Sólo así podremos llegar a una nueva Economía más social y a la vez más estable y beneficiosa para todos.
Web 2.0… una nueva forma de vida.
Bienvenidos a la Web 2.0. Herramientas basadas en internet que nos han permitido acceder a información que no hubiéramos imaginado, a servicios que se nos han simplificado a más no poder y con las que hemos encontrado amigos que ya casi teníamos olvidados.
Se trata de un caos ordenado… o un orden caótico. Llevamos años y años buscando rutinas, estructuras, procesos y procedimientos… orden en definitiva para saber dónde estábamos y a qué atenernos. La información era un bien escaso, hasta difícil de conseguir y ahora tenemos que poner filtros para que no nos ahogue.
El usuario final pasa a ser el protagonista…
El mundo nos ha quedado a un clic de ratón y el usuario, antes pasivo, se hace protagonista. Es difícil encontrar a alguien con quien queramos contactar y que no esté en alguno de los infinitos nodos de frenética actividad. Sentados delante del ordenador o con un móvil en la mano tenemos información, contactos y transacciones. Cuidado: también nuestros datos jamás habían sido tan públicos si no se tiene una prudencia mínima al interactuar.
Nuevas formas de trabajar y entender las cosas…
Nuevas profesiones como la del Community Manager, deben ser consideradas por las empresas porque son capaces de vincular e influir en seguidores para el buen nombre de una marca y sin abandonar la silla o tomar un café en un bar, como se hacía antes.
Cambia la forma de comunicar y, sobre todo, la velocidad de la comunicación hasta un punto que provoca la taquicardia. Cambian las formas de trabajo porque se abren posibilidades enormes para que los profesionales se centren en su cometido y no en las herramientas, que son cada vez más amigables. Y cambia la vida personal ya que esta ola afecta incluso a aquellos que no quieren verla venir, porque sus vidas, de una forma u otra, se están viendo afectadas en todo.
Medios Sociales: el presente… y también el futuro.
Los Medios Sociales y toda la Web 2.0 han llegado para quedarse porque suponen un avance irrenunciable en nuestras vidas, porque nos las hacen mucho más fáciles y a la vez dinámicas, y lo que ahora es una “locura” evolucionará hacia unos estados asumidos por la población de forma que se convertirán en nuestra “nueva forma de vida”. Ya podemos ver la siguiente ola 3.0. Son las herramientas de la “Nueva Economía” que establecerá un orden distinto del trabajo y la producción para llegar a un nuevo escalón en la evolución de nuestra cultura.
Yo, que fui algo escéptico en la empresa porque al principio no veía clara la utilidad (y en aquellos momentos, para ser sincero, creo que aún no la tenía), dedico “un momento para pensar” a todos estos temas en mi blog de WordPress, tengo mi currículum en LinkedIn y si me buscáis en Facebook y Twitter, también me encontraréis. Es una nueva era, hay que asumirla y, sobre todo, disfrutarla.
Publicado por Manuel Zúñiga HitaChina, una gran incógnita
En varias entradas anteriores he hecho referencia a los países del “BRIC” como una de las vías de salida de la crisis y una forma de reflotar nuestro sistema económico. En concreto me he referido a China porque entiendo que es la que más expectativas nos puede ofrecer, ya que tiene una potencialidad evidente y una cultura muy distinta a la nuestra que, a la vez que apasionante para estudiar, puede resultar una salvaguarda importante para no caer de nuevo en los mismos errores que ha cometido occidente en la última década.
El desarrollo chino ha sido espectacular en los últimos años y eso está posibilitando el que asuma un papel estratégico en el concierto mundial. Su desarrollo hará que se pueda ir superando su extrema desigualdad y vaya apareciendo esa clase media que supondrá una mejora real de los niveles de vida del país.
Por eso ahora, justo ahora, es importante que España aparezca con fuerza en el panorama Chino en todos los aspectos posibles. Es importante que las empresas españolas puedan “exportar todo”, con lo que me refiero a que puedan tanto colocar productos fabricados en España, como establecerse en China para asumir parte de la producción emergente en oriente.
Es importante que China pueda ser vista como uno de los destinos de profesionales españoles que en nuestro país e incluso en Europa no tienen sitio dentro del sistema productivo para desarrollar todo lo aprendido y materializar sus ilusiones. Y esto debe hacerse tanto como parte de las empresas españolas que se establezcan allí en el país lejano, como directamente en las empresas chinas, que podrán, a través de nuestros profesionales, conocer nuestro país.
Es importante que nuestro Estado venda la marca España, que deberá ser una marca de prestigio, para que las relaciones entre las dos economías sea fructífera. No vienen nada bien las disputas soberanistas ridículas ni los escándalos de políticos corruptos de todos los colores, aunque en todos lados, incluso en China, “cuecen habas” y ellos lo saben mejor que nadie.
Si España tiene visibilidad en China, la incipiente clase media pondrá su vista en nuestro país cuando se cuelgue la cámara de fotos al hombro y, mucho ojo, cuando en China pasa algo, siempre es muy grande por pequeño que sea el porcentaje, porque ellos son muchos… muchos. Y esto puede ser un impulso importante para la economía española, y otra vez en nuestro sector salvavidas. Hagámoslo bien esta vez. Estemos preparados para dar una calidad excelente. Ya tenemos mucha experiencia y podemos hacerlo. Eliminemos a toda la gente que “te hace un favor cuando te atiende” por todos los medios a nuestro alcance.
Sin embargo hay un “PERO” en toda esta cuestión. China es, como digo en el título, una incógnita. Una incógnita que viene de la política. Se trata de un país comunista, de una dictadura en toda regla, “popular” e hipócrita como todas las dictaduras comunistas que quieren aparentar lo que no son y que algunos incluso se creen. Como lo fue Rusia y como lo es la Cuba que tantas simpatías despierta en los sectores más “progres” y libertarios de nuestro país, esos que quieren imponer la “dictadura de la calle”. Y como lo son otras democracias encubiertas gobernadas por “comandantes” de la América Latina.
Muy pronto habrá que despejar esta incógnita de la ecuación mundial. Está por ver la evolución del régimen comunista chino hacia la apertura. No podrán mantener eternamente las censuras a internet y las redes sociales. La población se hará cada vez más sensible según progrese la clase media y todo esto podría acabar en otra “primavera alborotada” como la árabe, pero con la diferencia de que aquí, no hay tantos países occidentales implicados como en el Magreb y cualquier incidente podría ser considerado una injerencia por una potencia cuyo alcance real aún no conoce occidente.
Esta situación inestable, también es conocida por la sociedad China y esto puede ser un punto a favor de que algunas de sus empresas se establezcan en el exterior, de forma que pudieran soportar en un futuro un periodo de inestabilidad de su país. Por tanto, es posible que un periodo de inestabilidad en este nuevo motor económico mundial se convierta también en una oportunidad a medio plazo para nuestra economía, ofreciendo un establecimiento seguro y de calidad para empresas de gran nivel.
Debemos establecer acuerdos de cooperación, vías comerciales y afianzar la enseñanza y alentar el aprendizaje del Chino en España. Por si alguien ve esto como lejano y difícil, puedo decir que lejano no va a ser y, además, no debería si queremos coger este tren. Y en cuanto al idioma mandarín, puedo asegurar, por mi propia experiencia, que es apasionante.
Por último, la cultura china puede hacernos recuperar algunos valores que ellos no han perdido por la ambición desmedida. Esta cultura aún valora el tiempo necesario para hacer las cosas y vive con menos prisa. Allí, además del corto plazo, que es nuestra única medida, también existen todavía el medio y el largo plazo. No sólo podemos aportar, sino que, sobre todo, también podemos aprender. No perdamos más tiempo.
El nivel de la educación en España
Mucho revuelo en los últimos tiempos en la educación en este país, muchas voces exigiendo (de nuevo) cada una de ellas algo parcial y casi sectario. En otras ocasiones, exigiendo generalidades que no dicen nada salvo una apelación al populismo, a la justicia, a los derechos de la persona y demás excusas que suelen poner por delante de su discurso aquellos que no tienen verdaderos argumentos salvo su conveniencia o su cabezonería.
Sin embargo, hay una sola realidad: el fracaso absoluto de las políticas educativas como demuestran una y otra vez los niveles de los alumnos españoles en las pruebas que se realizan en el ámbito europeo o mundial. Falta de comprensión, falta de capacidad de argumentación, falta de capacidad matemática y abstracta… ¿Para qué seguir? Lo peor es que estos resultados no indican que los alumnos españoles tengan más o menos acumulación de conocimientos. Lo peor es que la falta de estas capacidades, indica que no están preparados para afrontar la vida tal como es en su más cruda realidad.
Y esto que digo, no lo hago sólo porque haya visto los resultados de estas pruebas comparativas en los medios de comunicación. Desgraciadamente, lo experimenté durante trece años cuando impartía una asignatura de primer curso en la Universidad. Era una asignatura de Economía dura, “la Micro”. Bueno, dura los primeros años, luego la primera reforma universitaria cambió el nombre, los contenidos y la reblandeció casi para que no sirviera de nada. Se convirtió así en “Principios de Economía”, una asignatura más “genérica”, más “insulsa” y algo muy importante, “más fácil” claro, adaptada al nivel de los cerebros con encefalograma cada vez más plano que nos llegaban un año tras otro.
Como yo daba clases como asociado por la tarde porque en esos momentos trabajaba también en otra empresa, algo que fue luego mal visto y casi perseguido por la Universidad, tuve la suerte de contar entre mis alumnos con personas mayores, trabajadores, autónomos o empresarios, que se matriculaban para progresar en sus ámbitos profesionales. Además, parte del alumnado era también “especial” ya que la globalidad de “estudiantes profesionales” quedaba en el turno de mañana y los de la tarde aparecían en este turno por una gran diversidad de razones. Por ejemplo, por una inquietud de poder buscar trabajo por la mañana, o por asumir algún tipo de responsabilidad familiar, o por asistir a otro tipo de actividades complementarias. Pero también, de los 80 a 100 alumnos que tenía en mi lista, de los que asistían normalmente a clase entre 20 y 30, los había que estaban en este turno porque ya no había sitio en el de mañana.
Con esta tesitura, comenzaba las clases de una asignatura dura con la que disfrutaba en las cuatro horas lectivas de cada semana intentando transmitir las entrañas del funcionamiento de la Economía. Avanzaba en el programa de la asignatura, que tenía la lógica de años, muchos años de enseñanza a sus espaldas, con referencias en España como la del profesor Castañeda, y, más pronto o más tarde, llegaban los exámenes. Todos mis alumnos eran conscientes de que los exámenes iban a ser exigentes, adecuados a lo que se espera de los profesionales que debían ser una vez finalizada la carrera. Y no me gustaba especialmente el tipo “test”, consciente de la quiniela que suponía en muchas ocasiones. Prefería que la gente se EXPRESARA, que fuera capaz de explicar abiertamente aquello que le preguntaba, que usara sus propias argumentaciones. Suponía que toda la educación recibida hasta los dieciocho años tendría que haber servido para abrir las mentes, para que fueran capaces de asimilar conocimientos, conceptos abstractos, de concretar, de sintetizar y también de analizar.
Cuando vi los primeros exámenes tuve una sensación que estaba entre el asombro y la tristeza, entre la sorpresa y la desesperación más absoluta. ¿Qué había pasado? ¿Cómo después de tanta dedicación e ilusión por enseñar el resultado era ese? Nunca tuve un porcentaje de aprobados superior al veinte por ciento. Claro que el problema podía ser mío. Podía ser un pésimo profesor y no haberme dado cuenta. Pero claro, todos los profesores a la vez no podíamos ser tan malos. Alguno bueno habría en el claustro. Y además no era eso lo que decían algunas encuestas de mí, respondidas por los propios estudiantes, y que pude comprobar pasados los años cuando estaba ya a punto de cerrar esa etapa profesional en la Universidad.
Una inmensa mayoría de estas personas mayores de edad, que llevaban estudiando toda su vida, era INCAPAZ DE EXPRESARSE en condiciones de transmitir una idea. Pero ya estaban en primero de carrera, no se podía volver a empezar con ellos y, si el nivel de la Universidad era el correcto, un nivel exigente que proporcionara una adecuada preparación, lo iban a pasar muy mal en los próximos años. Pero nosotros éramos los profesores de Economía, Derecho, Sociología, etc, no los de lectura, expresión oral y escrita, Lengua y Matemáticas. Todo esto tenía que haberse resuelto en los dieciocho años anteriores.
En los años posteriores todo empeoró. Cada vez capacidades menos desarrolladas, menos interés, más dejadez y por supuesto más exigencia de derechos. Como si plantear un nivel elevado en los exámenes supusiera una afrenta. Si un alumno no aprueba es porque el profesor es malo o el nivel inadecuado. Nunca porque el alumno es un incapaz. Y el profesor… que tuviera cuidado, porque si no entraba en cintura, quizás era mal valorado luego en las encuestas y podía tener problemas.
La respuesta del sistema educativo no fue aumentar la exigencia y la disciplina en los niveles inferiores, no. La laxitud se generalizó, el mimo al alumno se extralimitó, la autoridad de los profesores fue cuestionada y eliminada, los padres, tampoco ayudaron a que los alumnos mantuvieran el respeto y la cordura mínima que exigía el sistema, y los programas se adaptaron, con mucha pedagogía, eso sí, para nuevas formas de aprender, nuevas asignaturas y todo muy “light”, no fuera a ser que a alguien se le acusara de ser un defensor de aquello de “la letra con sangre entra”.
Para que no fuera así, todas las facilidades, si hay que bajar el nivel para que los niños no se esfuercen tanto y protesten, se baja. Si hay que reducir el número de horas, se reduce. Si hay que examinar cada dos temas porque no pueden estudiar cinco juntos, se hace. Si hay que regalar un ordenador portátil a cada uno, se regala. Si hay que reducir el número de alumnos casi a clases particulares, se reduce. Total, estamos en vacas gordas y sale dinero de todas partes… y si no, nos endeudamos y no pasa nada… porque tenemos la excusa perfecta y nadie se atreverá a discutirla: «es por la educación de nuestros hijos que es lo más importante, que es el futuro del país».
Esta turba de hipócritas es la que ha regido los destinos de la educación en España y que ha vendido esto como una mejora de la calidad de la enseñanza y un paso más del “Estado del Bienestar”. Si tener menos horas lectivas, que los exámenes sean más fáciles, que no se pueda poner un cero por gañán que se sea, que los alumnos pasen y pasen de curso sin problema, que se tenga “libertad” para replicar a un profesor, para no hacer los deberes de toda la vida y para no valorar lo que la educación significa… si todo esto es una mejora de la calidad y del bienestar, el objetivo en estos años se ha conseguido al cien por cien.
Pero, por torpes que seamos, todos sabemos que no es así. Cuando no hay esfuerzo y dedicación. Cuando no hay horas y horas para llegar al conocimiento. Cuando no hay una disciplina y una exigencia que marque límites y objetivos. Cuando no hay una actitud de firmeza por parte de docentes y padres. Cuando no hay una actitud de entrega por los alumnos, sintiéndolo mucho, NUNCA podremos llegar a tener personas preparadas.
La calidad en la educación no está sólo en los ratios y en los materiales. Si se pueden tener, mejor. Pero la verdadera calidad siempre está en las personas que intervienen, en la dedicación de los docentes, en la actitud de los alumnos y en el apoyo de los padres. Sabemos que lo que he descrito antes no es “bienestar”, es una especie de letargo que produce una satisfacción más cercana a la del animal que a la de la persona, como ocurre con el caballo que se libra de una carrera aunque haya un toque de espuela o del perro que se zafa de una orden. Si las cosas siguen así, acabaremos por no querer ni al caballo ni al perro. No hagamos lo mismo con las personas, no nos creamos que ese letargo es bienestar, no nos creamos que no hacer lo que dice el profesor es un logro de la libertad porque el profesor es un elemento represor del sistema.
La verdadera satisfacción llegará a la persona cuando vea los resultados de su esfuerzo a lo largo de su vida. Llegará cuando vea todo el trabajo que tuvo que hacer para conseguir sus objetivos. Entonces se dibujará en su cara una sonrisa indescriptible, agradeciéndose a sí misma todo lo realizado. Sonreirá por los buenos y los malos momentos, y se acordará de los profesores “duros”, aquellos que le exigieron y con los que consiguió superarse. Aquellos blandos con los que “no había problema” no se recordarán porque lo importante no será tanto lo aprendido como la capacidad de esfuerzo que se llevó a cabo. Y si no, ¿por qué no pensamos un poco en ello, a ver a quién recordamos y a quién no?
Y ahora, la turba de hipócritas que ha hundido la educación y despilfarrado recursos sin ton ni son, está preocupada de nuevo por los problemas fundamentales, entre ellos seguramente estarán si hay o no crucifijo en las clases, si se ha puesto o no el belén en las Navidades, si se habla en un idioma o en otro, si se incluye una asignatura con la Historia de la Comunidad de turno o, ¿por qué no?, de la provincia, comarca, ciudad o incluso del barrio que, con unos dirigentes con un nivel de estupidez congénita adecuado, podría llegar a tener himno, bandera y hasta llegar a ser independiente. Esto es lo importante para ellos, para esas minorías ruidosas, como todas las minorías, porque creen que haciendo ruido van a tener más razón. No les resultará importante si los niños aprenden a leer y escribir en condiciones o si entienden los conceptos de la Matemática y comprenden la vida que les rodea.
Esto de leer y escribir será de la escuela antigua, no son conceptos modernos, pero por mucho que le pese a la turba de hipócritas, a mí en ese primer curso de la Universidad me habría encantado que los que estaban allí hubieran sido atendidos en su momento en condiciones y hubieran tenido mayor capacidad para entender los conceptos y para expresar lo que habían aprendido. En aquel momento fue tarde, pero ¿y ahora? ¿Seguiremos adoctrinando desde la política «progre» y absolutamente mediocre que se ha utilizado hasta ahora o seremos capaces de hacer que los alumnos entiendan y se expresen bien para que así puedan afrontar con firmeza y libertad con mayúsculas todo lo que su vida les deparará? Y en la vida complicada que hemos conseguido, unas cosas son difíciles, otras más difíciles y otras extremadamente difíciles, requieren mucho esfuerzo y no vienen caídas del cielo.
Con todo esto, ¿Creen ustedes que es necesario cambiar el sistema educativo? Yo creo que sí… y mucho. Seguiremos hablando de este tema, no cabe la menor duda.
Los nuevos emigrantes
Lo de la Economía Global no es ninguna broma. Aunque los niveles de globalización, según los expertos, aún son menores de lo que pensamos, se dan algunas facetas que evolucionan con rapidez hacia una pérdida total de fronteras. Lo podemos ver con internet; podemos buscar cualquier conocimiento, producto, servicio o simple curiosidad en cualquier momento, en cualquier idioma y con múltiples finalidades. Esto ha hecho que nos planteemos, como ya advertí en un artículo anterior, que podamos seguir haciendo lo mismo que hacíamos, pero que podamos venderlo en cualquier otra parte del mundo si hay medios para que llegue.
Esto que nos parece una enorme ventaja en el lado de la comercialización, visto desde el lado de los medios de producción, se puede convertir en un gran inconveniente. Claro que eso será según nuestra forma de pensar «no globalizada». En nuestro mercado hay una necesidad limitada de recursos, mientras que en otros emergentes se necesitan recursos justamente de ese tipo que a nosotros nos sobra. Volvemos a los países emergentes, los de la América Latina, ademas de Rusia, China e India. Estos paises que están en un grado de desarrollo en algunos casos superlativo y que nos recuerdan a nosotros hace algunas décadas, cuando la deuda no nos ahogaba y se podía utilizar el gasto público como motor de la Economía. Algo que hicimos hasta que lo hemos reventado.
Y cuando hablo de recursos productivos, me estoy refiriendo a los humanos, claro está. Los demás pueden tener más arreglo con acuerdos comerciales internacionales para desplazar algunos a estos países o para utilizarlos aquí completando producciones de estas nuevas potencias (hablaremos de esto también en futuros artículos). Tenemos profesionales que ahora no son necesarios en el mismo régimen de trabajo asalariado en España, si bien será necesario también un ajuste inter regional. La solución para estos recursos expertos sólo tiene dos vías: EMPRENDER por su cuenta o SALIR a estas otras economías emergentes.
La teoría es sencilla, pero las dos soluciones necesitan el valor suficiente para ponerlas en práctica. Y las dos dependen de la mentalidad con la que se aborden. La primera de ellas es desarrollar una forma de pensar independiente y arriesgada que nunca se ha apoyado de forma suficiente en este país y que, por la acción de algunas ovejas negras, ha estado en algunos casos hasta mal vista. Este pensamiento tiene reminiscencias en las enormes dificultades que tiene que abordar cualquiera que quiera iniciar una actividad empresarial (permisos, licencias, todas las administraciones posibles pidiendo cosas, etc…)
Pero la segunda, salir al exterior, es aún más difícil en España. Nuestra tradición es trabajar en nuestra ciudad, a ser posible en nuestro barrio o en el centro, y a ser posible en el portal junto a casa. Cambiar de ciudad ha sido siempre un trauma para la gran mayoría y lo de cambiar de país ya era para aventureros, prófugos, gente desesperada o algún que otro especímen «raro». Pero las cosas han cambiado, y no sólo afectan a los profesionales «reconvertidos», también a los jóvenes recién licenciados. Profesionales brillantes con futuro, pero no aquí. Creo que debemos ser conscientes de esto. Los miles de estudiantes universitarios que están terminando sus carreras no podrán ser todos absorbidos por el mercado nacional, al menos en las especialidades que han estudiado.
Esta situación nos lleva a varios de los interrogantes que habrá que abordar con respecto a la educación, algo que haré en próximos artículos. La Economía Nacional sólo puede absorber en cada momento un determinado número de profesionales en unos sectores y con unas dedicaciones específicas. Los demás no serán necesarios en aquellas materias para las que han estudiado. Entonces…¿debe cada persona estudiar lo que quiere realmente? ¿aunque luego no tenga salida…y lo sepamos de antemano? Y lo que es más importante para la Economía, ¿debe el Estado financiar estos estudios sin salida en nuestro sistema? Sea como sea, está claro que el Estado, gran padre, debe llegar a un difícil equilibrio para que el sistema educativo, en este caso el superior, funcione y cubra las expectativas del país.
Pero, de lo que se trata hoy es de ser conscientes de que muchos de los universitarios que han terminado recientemente sus estudios o que lo van a hacer próximamente, tendrán que ir a trabajar a una de estas economías emergentes, si realmente están interesados en hacerlo en su disciplina. La alternativa será intentar trabajar aquí, pero en otra cosa que probablemente no tenga nada que ver, no ya con su especialidad, sino con su carrera en general o incluso con su nivel de estudios. Si la persona está satisfecha por los estudios realizados y conforme con trabajar en otra cosa, no habrá problema, salvo la pérdida parcial comunitaria de la inversión realizada en esta persona. Pero si pasa a la EXIGENCIA al «gran padre» de que haya un puesto para ella, que sepa que ni este sistema económico, ni ningún otro puede «pintar» un puesto a su medida porque esto no funciona así.
Miento un poco en realidad, que me perdone el lector. Porque la verdad en los últimos años es que se han «pintado» muchos puestos en las administraciones y empresas públicas y otras entidades político-sociales, que nos han costado el dinero a los contribuyentes. Ya conocemos los resultados, por eso podemos reafirmarnos en que las cosas no funcionan así y sólo deben utilizarse y consumirse los recursos necesarios para la producción y en concreto, los más rentables para la misma.
Aquellos universitarios que estudiaron una disciplina por vocación o por pasión o simplemente porque creían que se podrían labrar su futuro ahí, y lo siguen pensando, deben adaptar su mente a este mundo globalizado y considerar como opción la de buscar el trabajo allá donde se necesite su conocimiento. Sinceramente pienso que si personas brillantes deben salir para realizarse profesionalmente, este sentimiento y esta situación deben asumirla con serenidad. Porque será mucho mejor que llegar a irse del país porque se han convertido, como dije antes, en «gente desesperada» que deja atrás una tragedia social.
Siempre estaremos orgullosos de los profesionales que triunfan en el extranjero porque sentimos su triunfo como algo nuestro. Siempre estarán también los que ven el lado negativo y piensan que «vaya país este que no tiene trabajo para su gente» y «vaya inútiles los dirigentes que no saben arreglar esta situación». Yo estoy mejor entre los primeros. Los que piensan en negativo en España ya los tenemos casi como «ruido de fondo» en nuestras vidas y cada vez les hacemos menos caso. Y el problema del ajuste fino de la educación y los recursos, lo trataré en otro artículo más adelante, cuando yo mismo consiga que mi mente sea más global.
Cosas que se han hecho bien en tiempos de crisis
Tenía una deuda con todos los que leen lo que escribo desde uno de los primeros artículos que titulé “Otra vez el fin del mundo”, porque referí que en los tiempos de crisis, no todo se hizo mal. Es verdad que algunas veces la Economía es como una fiesta. Muchos, tendríamos que decir que la mayoría, comen, beben, bailan y se divierten sin molestar. E incluso la diversión es mayor porque es colectiva, porque todos lo están haciendo. De lo contrario, vaya aburrimiento de fiesta. Igual que en la Economía, la actividad de todos los que intervienen refuerza el sistema completo y beneficia a todos.
Claro que en las fiestas hay siempre quien se emborracha, se va a la pista con la copa llena, y se le cae el vaso al suelo. O se sube a una mesa a demostrar sus dotes atléticas y al final acaba en el suelo con toda la vajilla. Si el problema solo fuera suyo, tampoco pasaría nada extraordinario, pero siempre el borracho acaba manchando a los demás y, lo que es peor, probablemente acabe con el ánimo de la fiesta. Lo mismo que ha pasado con algunos sectores en nuestra Economía. No han respetado las buenas prácticas, se han llenado de ambición, y han acabado manchando a todos. Al final hay que salir al rescate de estos sectores de la misma forma que a la fiesta acaba llegando la ambulancia para poner la inyección que evite el coma etílico al bailarín de la mesa.
Pero de lo que quiero hablar hoy es de los que se han divertido en la fiesta, sin molestar a nadie y colaborando con el ánimo general de todos. De los sectores y profesionales de la economía que han sabido evolucionar en estos años, que han crecido razonablemente, que han innovado y que han sabido anticipar nuevos tiempos, aunque ahora, de momento, se vean “pringados” también por el mal hacer de otros.
Hay empresas que supieron ver que el crecimiento tenía límites y en lugar de lanzarse a una aventura desmesurada basada en eventualidades, mantuvieron su tamaño y su calidad. Se verán afectadas también por los malos tiempos, pero tendrán más oportunidades para salir del atolladero. Otras iniciaron su actividad en sectores incipientes o en expansión y siguen siendo necesarias y creciendo, como las relacionadas con el sector tecnológico de la informática y las telecomunicaciones. Algunas otras mantuvieron los mismos negocios pero aplicando recursos distintos para su producción, con lo que dimensionaron, no porque la crisis se lo exigiera, sino de una forma natural por la evolución de su producción y su estilo de empresa.
Otras empresas buscaron mercados sustitutos de aquellos que comenzaban su caída libre y volvieron su mirada al exterior, a países que se iban a convertir en nuevas potencias en poco tiempo, como así ha sido. Su pretensión fue hacer lo mismo pero vendérselo a otros, por lo que su innovación fue su sistema de comercialización y los mercados que abrían. Muchos profesionales también se ajustaron, viendo que la gran empresa ya no daba seguridad, y han empezado actividades por su cuenta, bien relacionadas con lo que han hecho durante muchos años, bien cambiando por completo una vida de rutina que no les llenaba.
Como denominador común, la aplicación intensiva de tecnología, cada vez mayor, es un avance innegable sin marcha atrás. Las posibilidades de apertura de mercados que se pueden conseguir con el comercio online pueden ser puertas de salida muy importantes. Tenemos mucha experiencia en cosas bien hechas y, lo que es un gran valor, en cosas muy mal hechas que deberemos saber evitar, tanto nosotros, como aquellos con los que a partir de ahora trabajaremos, sea cual sea su continente.
Creo que merece la pena estudiar los casos de empresas y profesionales que han evolucionado de forma prudente, como deben hacerse los negocios, y aplicar soluciones y criterios parecidos. Creo que las empresas, y los correspondientes empresarios, deben hacer un planteamiento serio sobre el tamaño al que deben llegar sin provocar un riesgo importante porque la actividad se les empiece a ir de las manos
Creo que debemos hacer que las tecnologías de la comunicación estén en cualquier cosa que hagamos porque hoy en día son compatibles la artesanía y la tecnología punta y siempre la tecnología puede y debe ayudar. Creo que los profesionales debemos tener iniciativas y poner nuestro conocimiento para su utilización en nuestro sistema. Y creo que es necesario aprender nuevos idiomas como el portugués, el chino o el ruso (el inglés lo damos por hecho), porque muchas oportunidades para los que ya llevamos años trabajando, pero, sobre todo, para los jóvenes que necesitan incorporarse a los mercados de empleo, vendrán por este camino.
Y, además, todos debemos dedicar un momento para pensar si necesitamos de verdad consumir todo lo que consumimos y si eso nos acerca más a ser felices. Porque la reforma de nuestro sistema productivo, la sostenibilidad de los recursos y la mejora del medio ambiente en el que vivimos, no depende sólo de las empresas. Cuando consumimos, llevamos a cabo un acto de responsabilidad también muy importante. Pensémoslo.
Cerebros cautivos

En una entrada anterior que titulé “Motivación: ¿Ilusión o realidad?” llegaba a la conclusión de que es la auto-motivación la capacidad fundamental a desarrollar por parte de los profesionales en cualquier lugar que se encuentren, porque es la que les llevará a conseguir los más altos logros. Decía también que la empresa, y me refería sobre todo a lo que denominamos “gran empresa”, tiene habitualmente unos mecanismos importantes de desmotivación de sus profesionales, aunque sin generalizar, porque habrá alguna que esté haciendo un esfuerzo por aprovechar al máximo a su gente.
Y estos mecanismos provienen precisamente de su gran tamaño, que hace que todo sea mucho más difícil. Llegar con una propuesta al estamento y persona adecuado, convencer a todos los que te pueden ayudar o se pueden oponer a lo que propones, intentar incluir tu propuesta en unos objetivos, planes, programas, presupuestos, líneas de producción, gamas de productos y servicios, nichos de clientela… Es necesario tanto tiempo para que algo cuaje, que se pone a prueba la paciencia de tal manera que hasta el santo Job se subiría por las paredes. Y además, será casi imposible que nuestra propuesta llegue al final con pocas variaciones. Tanto, que puede que no se parezca en nada. También introduje algo de esto en otra entrada que titulé “¿Cuál es el tamaño ideal de una empresa?”.
Por lo tanto, nos encontramos con cientos de profesionales brillantes incorporados a la disciplina de grandes empresas que consiguen sacar sus ideas adelante a duras penas y no todas. Y estas ideas e iniciativas se están perdiendo para nuestra Economía porque donde se están generando no llegan a materializarse. Estos profesionales son “cerebros cautivos”. Acabarán acomodándose en la rutina de su gran empresa y tampoco se les podrá culpar porque el mínimo esfuerzo y máximo rendimiento es una ley natural adoptada, además, por la Economía, que la lleva en su propia definición.
La Nueva Economía necesita poner a trabajar de forma eficiente a estos cerebros cautivos y sólo con un importante estímulo se puede hacer porque estamos hablando de quebrar aparentemente una ley económica y natural. Pero en los últimos años, ha ocurrido algo que nos ha sacado de la comodidad: la crisis más virulenta que hayamos conocido. Esta situación está llevando a gigantes a regular todo el sobreempleo de unas vacas gordas que se tenían por eternas y muchos profesionales están ahora mismo fuera de esas grandes empresas de mejor o peor manera. De una forma no deseada pero muy efectiva, muchos cerebros cautivos han sido liberados. Les falta un poco de práctica para funcionar de forma efectiva como ellos saben, pero lo harán.
Pero tienen que hacer una reflexión profunda: No deben dejarse cautivar de nuevo. La Nueva Economía necesita más autónomos, freelancers, pequeños empresarios, artesanos y profesionales independientes que estén ligados a su profesión más que a una empresa y si tienen que estarlo a una, que no sea muy grande. De esta forma, hasta las grandes empresas de la Economía saldrán beneficiadas porque cuando necesiten los servicios de estos profesionales que ahora estarán fuera de sus plantillas y su tedio, recibirán ideas con toda la potencia de los cerebros activos.
El estado debe facilitar lo que la crisis ha forzado de forma cruenta. El fomento de la actividad profesional, facilitando trámites y concediendo ayudas que, si no pueden ser directas porque las arcas no lo permitan, que sí sean indirectas con la eliminación de tasas y de algunos impuestos. Puede parecer un contrasentido que se reduzcan los ingresos del Estado de esta forma, pero será la única manera de que a corto plazo vuelvan a crecer por otras vías. La puesta en circulación de los cerebros cautivos de nuestra Economía puede ser un efecto positivo de la crisis. Una catarsis que, desde la misma tragedia, pueda llegar a suponer el bienestar y la satisfacción de una buena e importante parte de la población.







