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Personas y empresa (III) – Los perfiles necesarios
El marco de actuación que he definido en mi anterior entrada del blog puede entenderse para las personas, en su binomio normativa-sociabilidad, como un estado de ánimo en un momento determinado de la vida laboral. Pero, como decía al finalizar el artículo, las posiciones de esta tabla que obtuvimos analizando las diferentes combinaciones, no tienen por qué coincidir para las personas con las que nos relacionamos, con lo que realmente necesitamos.
Y si pensamos detenidamente qué tipo de perfiles necesitamos, vemos que nos hace falta gente capaz de generar ideas, de tener una visión diferente del mundo que nos rodea para encontrar soluciones a nuevos retos y hacernos avanzar. También nos hará falta gente infatigable que asuma los primeros momentos de cada proyecto, gente capaz de poner un poco de orden en un caos inicial y que encauce la acción de una forma razonable y productiva. Y nada podría hacerse si nos faltara esa gente disciplinada y eficiente que, con pico y pala, saca adelante el día a día de cada una de nuestras líneas de actuación.
Y no se me ocurren más perfiles que estos para sacar adelante una actividad. Porque, cuando estamos en la labor de definir los perfiles que necesito, nunca debo hacer la definición de algo negativo, de algo que no buscaré, y que si nos fijamos, más que un perfil, resultará un estado de ánimo, una vivencia de un momento negativo más o menos largo para una persona, una «ausencia» de cualquiera de estas tres actitudes que buscamos. Y esta «ausencia de lo positivo» nos instalaría en uno de los estados definidos en el marco de actuación del artículo anterior o bien en una actitud negativa con respecto a la evolución personal, algo que trataremos en el siguiente.
Creativos
El primero de los perfiles que debo tener cerca es el de aquella persona «capaz de hacer magia» y sacar un pájaro de la chistera en el momento adecuado, cosas de la nada que a los demás no se nos ocurren. Gente capaz de «volar», que no tiene límites ni filtros y que no está encorsetada por nada. Pero, cuando pensamos en este tipo de personas, nuestra mente se va a grandes genios de la historia que nos parecen inaccesibles y, aunque éstos también serán necesarios (y mucho), no son realmente los que nos ocupan ahora. Tenemos un día a día, una vida normal en la que nos hacen falta estos papeles creativos.
Podemos ser nosotros los creativos, que hayamos tenido una idea que hayamos sido capaces de plasmar en una empresa para cubrir una necesidad de la sociedad, con un nuevo producto, un nuevo método de producción que abarata los costes, etc. Es posible también que necesitemos una campaña comercial para darnos a conocer y entren en juego los que llamamos de hecho «creativos», dedicados a la publicidad y la comunicación y que nos hagan conocidos en el mercado. Pero quizás haya tendencia a identificar este papel solo con personas extrovertidas como emprendedores y comerciales y nada más lejos de la realidad. Imaginemos un científico genial, capaz de descubrir un nuevo medicamento u otra fórmula magistral para cualquier aspecto que nos podamos imaginar; esa persona introvertida, casi asocial, a la que le cuesta trabajo hablar con los demás y hay que sacarle las palabras tirando de la lengua casi… también este perfil será creativo.
Si no existiera este perfil, estaríamos todavía viviendo en las cavernas. Pero, sin embargo, también los hay culpables de la sociedad de consumo extremo en la que vivimos. La creatividad es algo magnífico pero otra cosa muy distinta será el uso que le demos; estemos siempre atentos a esto.
Rompehielos
Después de muchos años de observación, la verdad es que la mayoría de estos creativos geniales, tanto por ser muy extrovertidos, como muy introvertidos, no sirven para poner en práctica las ideas que se les ocurren. Incapaces de «soportar» las exigencias, los rechazos y las actitudes en general de esos «mortales de mentes inferiores incapaces de apreciar su genialidad», sucumben a la realidad y al desánimo, dinamitando sus proyectos que puede que otros, mucho menos geniales pero más avispados, rescaten más adelante para beneficio propio y de esto sabemos mucho en España desde antes de la conquista de América.
Por esto, necesitamos de otro perfil fundamental. Gente capaz de traer a la tierra las ideas de los creativos, incluso bregando (negociando) con ellos mismos. Capaz de romper las resistencias de los distintos grupos de interés, de hacer ver las ventajas tanto en momentos cercanos como, sobre todo, en el medio y largo plazo, algo tan necesario pero tan difícil. Generación de acuerdos, cumplimiento de la legalidad, animación para la innovación, petición de colaboración y estructuración de los proyectos.
En definitiva, la apertura de caminos para avanzar con la nueva idea, el perfil del «rompehielos» que deja vías transitables para los demás.
Soldados.
Si tenemos una buena idea y hemos sido capaces de ponerla sobre la mesa y hacer que «aterrice», probablemente nos encontremos con que ninguno de los dos perfiles de los que hemos hablado hasta ahora tiene la suficiente «disciplina» para dotar a estos nuevos procesos de algo fundamental: la CONTINUIDAD. Será el perfil más numeroso, un ejército de «soldados» que, a base de pico y pala, con constancia y resistencia a la frustración, será capaz de hacer que el proyecto avance superando las dificultades de un día a día que puede aburrir tanto a los creativos como a los rompehielos.
Este perfil disfruta con la ejecución de las tareas, tiene una visión más a corto plazo, pero sin dejar de proyectarla al medio y largo. Es constante y capaz de resolver problemas con inmediatez, de forma que no se detenga la marcha. Es (debe ser) solidario y cree en el trabajo en grupo que fortalece las acciones y las orienta a logros. En definitiva, constituye la fuerza de trabajo sin la cual nada puede alcanzarse.
Podemos intentar complicar las cosas pero, a lo mejor, son así de simples… y a mí no se me ocurren más perfiles que sean necesarios para sacar las cosas adelante. O tenemos ideas, o somos capaces de traerlas a la tierra, o somos capaces de ejecutarlas, no hay más que se pueda pedir. Pero sí nos podríamos preguntar en cuál de estos tres perfiles nos situamos cada uno de nosotros. Pensadlo un poco y veréis que la cuestión no es tan fácil. Dependerá de en qué faceta de la vida nos centremos, en qué momento, cuál es nuestro estado de ánimo. De la misma forma que sucedió con el marco de actuación, las variables que tenemos que considerar son múltiples, por lo que no habrá una solución única ni un perfil totalmente claro.
La combinación de los perfiles.
Por lo tanto, ¿Podemos identificarnos con uno de estos tres perfiles? La respuesta, según mi punto de vista, será que no al cien por cien. Es más, en cada persona que analicemos habrá, en un momento determinado, una combinación de estos perfiles. Pero lo que sí es verdad es que, por nuestra formación, entorno, trayectoria personal y profesional, a lo largo de los años, sí que habrá alguno de los perfiles con los que nos identificaremos de forma mayoritaria.
Por ejemplo, he comentado que en el perfil de soldado se ejecuta, pero que también se deben resolver problemas con inmediatez. Pues este tipo de resolución de problemas necesita en ocasiones un punto creativo y alguna que otra habilidad de negociación, características básicas de los otros dos perfiles.
De la misma forma que sería necesario que el que estuviera como un rompehielos abriendo camino, fuera capaz de ejecutar actividades como un soldado. O que el creativo, con una idea en mente, fuera capaz por un momento de ver pros y contras y dar su brazo a torcer.
Cada uno de nosotros lleva dentro una combinación de los perfiles, nadie es al cien por cien uno de ellos siempre y en todas las circunstancias y esto también es algo que podemos modelar con trabajo y experiencia.
Por lo tanto, en un momento determinado de nuestra vida, tendremos una combinación de estos perfiles, pero, además, gracias a esta combinación, tendremos una disposición determinada en el cuadro que definimos como marco de actuación y, con respecto a nuestra actividad profesional, podremos ser más social que cuadriculado, o más normativo que estricto o, quizás, por los avatares de la vida, podríamos habernos convertido en un lastre. Sin embargo, nos nos preocupemos. De la misma forma que podamos haber evolucionado hasta una determinada situación, también podremos poner los medios para evolucionar hacia otra distinta. Y de esto es de lo que trataré en el último artículo de esta serie.
Personas y empresa (II) – El marco de actuación
Como ya comenté en el primer artículo de esta serie que dediqué a la figura del jefe o, de forma extensa, del empresario de cualquier tipo (aquí puedes ir a ese artículo), las clasificaciones de los tipos de persona que nos podemos encontrar en la empresa son muy dispares, incompletas y tendentes a conseguir mas un «artículo distraído» para la audiencia y que tenga muchos «me gusta», que a proporcionar una verdadera ayuda a la hora de tratar con personas.
Este mundo de las relaciones creo que es mucho más complejo y no deberíamos frivolizar con él ya que se no se trata de sacos en un almacén para fabricar nuestro producto, ni de ordenadores y aplicaciones para gestionar nuestra contabilidad y nuestros procesos, aunque también supongan, eso si, desde los puntos de vista operativo y económico, recursos para la realización de nuestra actividad.
Como consecuencia de esto, podemos afirmar que no es lo mismo una persona con 19 años recién llegada al mundo laboral que alguien con 30 años de experiencia (ojo con este término que es un arma de doble filo). El tiempo será un factor que tendrá mucho que decirnos. También dependerán nuestras actuaciones de con quién estemos interactuando; si tenemos que interactuar con alguien agradable y empático, no será lo mismo que si nuestro interlocutor tiene problemas habituales de «estreñimiento social», por lo que las personas con las que tratamos también tendrán una influencia importante en nuestro comportamiento.
Y así, debemos considerar si tenemos algún problema personal que nos afecte, si estamos en el extranjero y no conocemos bien el idioma, si nos hemos metido en camisa de once varas con el puesto y estamos apuntando demasiado alto, si el sistema de selección no ha reconocido nuestra capacidad o incapacidad para la tarea de que se trate… y mil factores más que se nos puedan ocurrir y que influyen en el comportamiento.
Para poner un poco de orden en todo esto, entre ese maremagnum de variables, creo que hay dos que pueden ayudarnos a establecer un marco de actuación de las personas en su relación con las empresas. Es evidente que por nuestro marcado carácter social, una de las variables que debemos considerar será la de las «Relaciones personales». La actuación de las personas en la empresa depende de la interacción con los demás y esto condiciona nuestro rendimiento, por lo que creo que debería ser una de las variables fundamentales a considerar.
Por otro lado, es evidente que pertenecemos o nos relacionamos con organizaciones que tienen unas determinadas formas de hacer las cosas, unos procedimientos que podremos mejorar siempre, pero que no nos deberíamos saltar nunca, salvo causas de fuerza mayor muy justificadas. Es por esto que la otra variable fundamental que debemos considerar es nuestra relación con las «Normas», en el más amplio sentido del término, que abarcará, no sólo los aspectos estrictamente legales, sino también el de los procedimientos establecidos en las empresas, así como los usos y costumbres de las mismas.
Si combinamos estas dos variables y situamos cada una de ellas en uno de los ejes cartesianos, podemos representar la posición relativa de una persona en un momento determinado de su vida profesional en relación con estas dos variables fundamentales. Podremos generar así, una serie de zonas de comportamiento que nos ofrezcan un «marco de actuación» con respecto a las personas en relación con nuestra organización.
Perfiles con baja consideración de las relaciones sociales.
Fijémonos para empezar en la línea de posicionamiento más baja, donde existe la mínima habilidad de relación con las personas. Nos podemos encontrar a la persona fiel y estricta cumplidora de normas, sin tener en cuenta cualquier otra circunstancia y que se convierte en alguien «cuadriculado». El lema de «la norma es la norma» es el suyo independientemente de que el edificio esté en llamas. Podemos considerar que este perfil es negativo, pero pensemos que, en algunas ocasiones como a la hora de llevar la contabilidad y los impuestos, nos puede salvar de muchas situaciones difíciles.
Si nos movemos algo hacia el origen de los ejes, nos encontramos con otra posición poco social pero no tan estricta con respecto a las normas. Se trata de un perfil «normativo» que, en general opera según la ley y la costumbre de la empresa, pero es capaz de considerar algunos puntos de flexibilidad en su aplicación pero considerando aún de que se trata de un perfil con poca disposición social.
Justo en el origen de los ejes se encuentra un perfil con bajas relaciones sociales pero que, además, tampoco cumple las normas, por lo que en estas personas, que he denominado «lastres» se concentra toda la negatividad posible para nuestra actividad. Se les debe ayudar y también exigir un cambio drástico en sus actitudes o, de lo contrario, deberían abandonar su relación con nuestra organización. Si hablamos de un proveedor que tiene esta actitud, será relativamente fácil cambiarlo salvo que actúe en forma de monopolio y no tengamos otra opción para nuestro negocio. Si se trata de un trabajador y ya se ha intentado el cambio, deberá salir irremediablemente de la empresa. Si nos encontramos con un cliente que tiene este tipo de actitud debemos dejar de atenderlo cuanto antes.
Imaginemos también aquellos casos en los que no podemos deshacernos de la persona, por ejemplo, un funcionario de carrera al que no se puede despedir de ninguna forma. En este caso, si no se consigue ese cambio de actitud necesario, se irá alejando a la persona de la atención al público y de otros sitios que puedan ser claves en los procesos de trabajo, lo que hará que las funciones se sigan desempeñando sin que las contamine, pero con la injusticia de tener una persona vacía de contenido y trabajo y con un sueldo pagado por todos, que en algún caso podría ser considerable. Esto pasaría a ser un problema social: ¿tenemos que soportar en la Administración Pública pagada por todos una persona así, o deberíamos poder despedirla para que siga buscando su sitio en el mundo? Yo creo que sí, pero este desarrollo ocuparía demasiado en este artículo y nos desviaría del tema central. Hablaré de ello en otra ocasión porque el problema es muy generalizado y realmente grave.
Perfiles con baja consideración de las normas.
Volviendo a la tabla que nos sirve para analizar el marco de comportamiento en las relaciones, nos moveremos ahora en aquellos perfiles con baja consideración de normas y costumbres bien en nuestra organización, bien en las relaciones en general. Partiendo del «lastre» que he definido ya, nos encontramos con un nuevo perfil que tiene ya un mayor nivel en las relaciones sociales. Se trata de la persona «Voluntariosa». Es aquella que trata de ayudarte, además de buena fe en la mayoría de ocasiones; su actitud puede ser muy sincera, pero su desconocimiento de procesos, procedimientos, usos y costumbres le hace meter la pata de forma continua, no llegando a terminar aquello en lo que se ha quedado, haciéndolo tarde, mal, o las dos cosas a la vez, hasta el punto de la desesperación que nos hacer perder cualquier mínimo nivel de confianza que pudiéramos tener. Su característica fundamental, en definitiva, es la incompetencia.
El último perfil es, a mi modo de ver, el más peligroso y el que probablemente tiene un menor respeto por las normas y, por extensión, por el resto de las personas con quienes se relaciona; es el «Buenista». A cada uno le dice lo que quiere oír, aunque se contradiga con lo que ha dicho una semana, un día o un minuto antes. Pretende caer bien a todos aunque sea a costa de su propio criterio, si es que tiene alguno distinto de medrar, mantenerse o simplemente ser popular. Será, sin duda, el perfil más difícil de modificar, incluso más que el propio lastre, pero también resulta más complicado a la hora de deshacerse de él, puesto que es posible que la apariencia externa que emana de estas personas sea incompatible con el hecho de prescindir de las mismas, sobre todo de cara a los demás, que pueden estar atrapados en sus redes de ilusionismo barato. Esto es común en la Política y pueden verse ejemplos muy certeros de este perfil en las últimas décadas y en el presente rabioso de España al más alto nivel.

Perfiles de equilibrio.
Una vez analizada esta «L» de perfiles problemáticos pero, en algunos casos, aprovechables en función de su propensión al cambio, nos queda un cuadrante de perfiles que pueden estar realizando un conjunto de aportaciones importantes a nuestra actividad y que, además, cuentan con grandes posibilidades de desarrollo futuro y de ajuste real a nuestras necesidades de recursos humanos. Son los que denomino «perfiles equilibrados».
Si hay una carga importante de relaciones sociales y un cumplimiento razonable de las normas, estaremos ante una persona con un perfil «Social», imprescindible, por ejemplo, si queremos conseguir negocio para nuestra empresa. No podríamos imaginar a un comercial retraído, con poco don de palabra y gentes y que no quisiera en algún momento pedir una pequeña transgresión, si es necesario, en el servicio de un pedido, las rutas de entrega, los plazos o incluso los pagos.
Si, por el contrario, tenemos una carga importante de cumplimiento de procedimientos de la empresa, pero con unas relaciones sociales adecuadas, que tienen un mínimo de empatía, estaremos ante personas con un perfil «Estricto». Aunque ser estricto pueda tener hoy en día algo de mala prensa, no hay nada en el mundo que se consiga sin una mínima disciplina. Pensemos en que las personas que tienen que hacer las entregas de productos y materiales para nuestras actividades no cumplan los plazos acordados. Pensemos también en que si cumplen perfectamente no sean capaces de hacer una excepción en algún caso particular; también esto podría acarrear un grave problema de abastecimiento. También las facetas de administración, control, fiscalidad, organización, etc, necesitan disciplina, tanto para ellas mismas como para el resto de la organización, por lo que no nos podemos permitir el lujo de no disponer de este tipo de perfiles cerca de nosotros.
La relación entre estos dos perfiles quizás se nos antoje con alguna que otra fricción, pero son, en general muy complementarios y capaces de trabajar juntos con altos rendimientos. La maduración de estos perfiles, nos llevaría a otros dos, uno que ocupa la parte central del mapa y que he denominado «Equilibrado», y otro que ocuparía la posición diametralmente opuesta al lastre y que es muy excepcional; por esa excepcionalidad, si no imposibilidad, lo he denominado el «Mirlo blanco», algo que nunca se ve.
Es curioso que me refiera a una «maduración» en posiciones de la tabla más cercanas al origen de coordenadas, pero pensemos también en el valor que siempre he dado en todos mis artículos al concepto de equilibrio. Estas posiciones de perfil equilibrado son el germen de toda la evolución que la empresa necesita, tanto en caminos de ida como de vuelta. Ida en el sentido de que el abandono de posiciones peligrosas de la «L» inicial que tratamos, se llevará a cabo casi con seguridad a través de estas posiciones en la búsqueda de una mejora personal. Y vuelta en el sentido de que la experiencia de haber estado en posiciones tanto estrictas como sociales y el consiguiente aprendizaje bien aprovechado, también nos puede llevar a unas modificaciones de conducta tendentes a un mayor equilibrio personal que nos haga, desde ese centro, entender las bondades, defectos y necesidades de cada una de las posiciones de la tabla para poder ejecutar una correcta gobernanza de todas las actividades. Por esto, las jefaturas requieren de este tipo de perfiles equilibrados pero, sobre todo, en caminos de vuelta, con toda la experiencia acumulada.
El caso del «Mirlo blanco», la persona perfecta (que no es lo mismo que equilibrada), es posible que lo encontremos una o dos veces en nuestra vida profesional y por un periodo muy breve de tiempo.
Estas dos variables que he considerado, nos da un cuadro bastante útil para el posicionamiento de todos los profesionales que se relacionan con nosotros, tanto dentro como fuera de la organización de nuestro negocio. Si tenemos en cuenta alguna otra variable adicional, podremos ver cómo las personas serán capaces de modificar su situación, pasando de unas zonas a otras. Por ejemplo, será necesario considerar el tiempo para que pueda producirse algún cambio. La influencia de un buen o mal jefe podrá tener mucho que ver con la evolución de una persona. Del mismo modo la influencia de los compañeros, etc. Dejaremos esta evolución para el último artículo de la serie.
Siguiendo la argumentación que estoy llevando a cabo, este marco de actuación nos da un reflejo de la situación de cada uno de los profesionales con los que me relaciono en un momento determinado. Es un análisis estático, en un momento concreto, de la situación con respecto a los recursos humanos. Pero, también desde un punto de vista teórico, ¿cuáles son los perfiles de profesionales que la empresa de verdad necesita? Lo veremos en el siguiente artículo.
Complejos de culpa (II) – ¿Trabajo poco?
Entre no cumplir con mi cometido y que «se me caiga el lápiz» a la hora de salida y no poder dejar de trabajar ni de madrugada, hay un abismo que podemos analizar de manera conveniente para llegar a un comportamiento razonable con respecto al trabajo y que nos aleje de estas dos aberraciones que hemos indicado, mucho más habitual la primera que la segunda pero igualmente nocivas para la persona.
En muchos momentos de nuestra vida nos podemos encontrar con disyuntivas de este tipo. Imaginemos entre estudiar y trabajar. Tengo responsabilidades en mi trabajo y también estoy estudiando una carrera, máster o cualquier otro curso. Si dedico mi tarde a estudiar puedo estar pensando que debería estar trabajando. Pero si me pongo a trabajar, estaré preocupado por la marcha de mis estudios. El resultado será que no estaré rindiendo en lo que hago por la preocupación, ni mucho menos disfrutando de ninguna de las dos cosas.
Y este es un círculo vicioso muy perverso pero que, en un alto porcentaje de ocasiones, lo generamos nosotros mismos sin ninguna intervención exterior de otras personas; autogeneramos este complejo de culpa sin la más mínima piedad hacia nosotros mismos. El resultado: sentirnos mal hagamos lo que hagamos. Si a esto le añadimos los factores externos, que los habrá, ya tendremos un cóctel de los más explosivos del mercado.

Efectivamente, puede que nos encontremos un jefe para el que no existen las horas libres, todo es trabajo que, bajo una dulce capa de dedicación, vocación y entrega, oculta probablemente cualquier tipo de las frustraciones personales que se desfogan en la empresa (ver el artículo de este blog sobre el jefe). Puede que exista una «sana» (o no) competencia entre compañeros con o sin cargos de responsabilidad, a ver quién queda mejor enviando un informe por correo electrónico al equipo de trabajo a la hora más intempestiva. Si somos comerciales, además de todo esto aparecerá el inconmensurable universo «del cliente» en el que nos encontramos todas las modalidades de personas que existen en el mundo (al fin y al cabo es lo que son aunque podamos dudarlo en algunos casos). Así, los habrá respetuosos y prudentes, y los habrá que quieren hacer sentir su yugo sobre nosotros forzando situaciones difíciles por el hecho de no perder negocio.
Pues que sepamos, que en muchas ocasiones y con dolor de nuestro corazón, a este tipo de personas es mejor perderlas no ya como clientes sino perderlas de vista en términos absolutos, sólo hola y adiós por cortesía y educación pero poco más.
El remate de estas situaciones en las que aparece este complejo de culpa por no trabajar lo suficiente se da cuando analizamos a las Pymes y los autónomos. Porque, efectivamente, aquí se concentra todo lo que hemos dicho en los párrafos anteriores: soy jefe pero trabajo a pie de obra, tengo empleados de todo tipo y además tengo que tener en cuenta los deseos de mis clientes. Con razón algunas veces se busca una ventana por la que saltar y escaparte de todo. Curioso cuando ser dueño de tus actividades, tener la capacidad de elegir el ritmo de desarrollo, debería darte más reposo y satisfacción. Porque esta es la razón de que muchas personas opten por este camino: dejar la rigidez de una empresa grande, del mundo asalariado y de aquella «sana» competencia de la que hemos hablado antes.
En algún momento hemos hablado de la «Hipercomunicación» en nuestra sociedad, uno de los conceptos que trata el filósofo Byung-Chul Han al definirla como «sociedad de la transparencia», eso que denomina «el infierno de lo igual». Y en este caso concreto que tratamos para este complejo de culpa específico, la aceleración extrema de la comunicación tiene gran parte de la culpa.
Enviamos un mensaje y EXIGIMOS una respuesta inmediata y esto es simplemente no tener respeto por el tiempo de los demás. La aplicación además te dice si el mensaje que has enviado ha sido leído… peor aún. Más ansiedad todavía para el remitente: ¡Cómo puede ser que no me responda si ya lo ha leído! Y así vamos pasando por la vida, tan centrados en todo lo inmediato, que no nos damos cuenta de que se nos está escapando.
Las herramientas de comunicación que tenemos son fantásticas y han tenido una evolución estratosférica… y la siguen teniendo, de tal forma que no creo que nadie sepa, ni el mejor de los científicos, a lo que vamos a llegar. Y esto creo que es más un problema que otra cosa sin querer ser un agorero. Fijaros la facilidad de comunicación que tenemos hoy en día con cualquiera a través del Whatsapp, pero fijaros también los millones de idioteces que se envían por este medio tan «útil». Esa facilidad de comunicación ha tenido un efecto perverso haciendo que tengamos que navegar en un mar, o mejor en un océano de iconos, memes, oks, fotografías graciosísimas con o sin movimiento, etc, etc… La misma herramienta que me facilita la comunicación, a la vez, me la dificulta.

Pero no es el único efecto perverso. Esta dificultad la podríamos dominar con mucha selección de grupos, mensajes, sonidos, etc. Es mucho más peligroso para nosotros la acumulación progresiva de cargas de trabajo debido a una multitarea permanente. Yo mismo mientras estoy escribiendo esto he intervenido varias veces en una conversación (importante si) en la que estoy intentando aportar para resolver una situación de conflicto, pero voy a centrarme.
Si una tarde os da por pasear con vuestra familia, ¿dejáis el móvil en casa? Yo creo que no, que lo llevamos encima de forma permanente. Pues que sepáis que hubo un tiempo en que no existía y no pasaba nada… al revés. Y ya que lo lleváis, ¿va en silencio y sólo lo consultáis de vez en cuando? Puede que si… o puede que no. Si veis los mensajes, tanto si es de vez en cuando como si saltáis cada vez que suena uno, ¿qué ocurre si un cliente os hace una pregunta o petición?… vamos a dejarlo aquí por ahora, pero no olvidéis esta cuestión.
Creo que debemos hacer una serie de consideraciones a tener en cuenta cuando asoma este complejo de culpa de que «deberíamos trabajar algo más»:
El trabajo es un gas y se expande.
Así es, y ocupará, si lo dejamos, todo el tiempo de que dispongamos y aún nos parecerá que nos queda todo pendiente. Funciona como un plato de arroz que estamos comiendo sin ganas, cuando llevemos un rato masticando al revés, nos parecerá que tenemos más que al principio. Por lo tanto, todo deberá tener su límite en cada mes, en cada semana y en cada día que vivamos. Debemos establecer rutinas con las que nos sintamos cómodos y que nos sean útiles para poder disfrutar de lo que hacemos y para poder tener tiempo de otras cosas que puedan aparecer, porque no todos los días serán iguales… gracias a Dios.
Y ahora que estamos en tiempos de trabajo a distancia, el problema se agrava porque antes, había una distinción clara: hora de entrada, trabajo (con sus pausas… o no), hora de salida… y extras. Todo muy definido. Cuando llegaron los portátiles, internet, las nubes y demás, todo se difuminó y muchos ven una ventaja en trabajar de seis a ocho de la mañana, después hacer otras cosas, otro ratito luego, después por la tarde y así caer en un desmadre con el que no consigues centrarte o con el que vas a estar trabajando todo el día y más horas que en la antigua oficina. Cuidemos nuestro tiempo, porque el que haya pasado no lo volveremos a recuperar.
Identifica verdaderos problemas que debes atender.
Si ya tenemos claro que el teléfono no lo debemos atender de forma indiscriminada porque va a hacer que trabajemos, sin la calidad necesaria por supuesto, hasta en el último rincón del mundo, vamos a intentar diferenciar aquellas situaciones que sí merecerán nuestra atención inmediata y directa.
En este caso, si tenemos una comunicación correcta con nuestro equipo, conocerán nuestros hábitos y si existe un mensaje o llamada en un momento no habitual, es que será importante. En este caso lo atenderemos con la mayor normalidad del mundo porque sabremos que será algo importante y necesario y, en el caso de que no lo sea, deberemos tomar medidas para que no se repita, bien porque alguien de mi equipo tenga más formación o más confianza o bien porque determinemos claramente que ese tipo de problemas tienen otra resolución.
Si realmente tienes un equipo y tu servicio se lleva a cabo durante toda la jornada, define guardias para horarios no habituales de forma que puedan «repartirse» las situaciones excepcionales. Y valora la posibilidad de que exista una diferenciación entre los teléfonos de trabajo y los personales.
Selecciona clientes.
Cuando estamos empezando con nuestro negocio, esto se antoja muy difícil… y lo es. Entramos casi en todo lo que nos llega porque necesitamos comenzar a generar ingresos y poner nuestra maquinaria fina para el desarrollo de nuestro negocio pero pronto nos daremos cuenta de los inconvenientes si no conseguimos controlar la situación.
Determinados clientes pueden ocupar una parte muy importante de nuestro tiempo, lo que nos va a impedir desarrollarnos. Por lo tanto, llegará un momento en que tendremos que evaluar la conveniencia de tenerlos. Creo que es importante desde un principio fijar nuestros niveles de servicio y definir hasta dónde llegaremos, si hay determinados horarios, si la resolución de problemas tiene un procedimiento determinado o si contamos con un servicio de soporte.
Aquellos clientes que, como mencioné antes, disfrutan haciéndonos sentir su yugo por el hecho de que son nuestros clientes y se saltan todos los acuerdos de servicios que les hayamos explicado, sencillamente NO deberán estar, no deben existir dudas en esto y sentiremos una tranquilidad muy grande desde el mismo momento en que los hayamos dejado. Seguramente encontrarán su proveedor adecuado, pero no seremos nosotros, sin alterarnos, sin preocuparnos, sólo es una decisión correcta según nuestros criterios y puntos de vista, así de simple.
Llegados a este punto y con estas breves consideraciones, volvamos al paseo con la familia y a los mensajes que nos llegan. Si hemos reflexionado sobre estos temas, no tendremos problemas, pero si no, comenzará nuestro complejo de culpa a actuar de forma inmisericorde: «debería responder en un momento porque tengo que sacar mi empresa adelante… en realidad lo hago por ellos»… ¡estás perdido!
Necesitamos toda la tranquilidad del mundo para ir lunes, miércoles y viernes al gimnasio durante una hora porque nos gusta y nos viene bien para la salud y esos son unos momentos nuestros y no de nuestro trabajo. También para hacer ese paseo que hemos interrumpido con la llamada innecesaria en el noventa y nueve por ciento de los casos, porque el momento será de nuestra familia y no de nuestro trabajo. Sin complejos, porque son momentos necesarios incluso para poder trabajar bien después. Y no nos olvidemos de que la preocupación nos la generamos muchas veces nosotros mismos porque el resto del mundo sigue funcionando sin nosotros, aunque nos parezca que somos imprescindibles.
¿Es necesario crecer tanto o mi negocio se encuentra bien así? Puedo parar el ritmo de crecimiento y vivir más en paralelo. O puedo no hacerlo en las temporadas que yo decida porque es con mi negocio con el que disfruto. El problema será si me siento libre para tomar esa decisión. Si lo eres, trabaja hasta por la noche si quieres… pero plantéatelo.
Y quizás alguien que haya leído el primero de mis artículos sobre el complejo de culpa, podría decir que me estoy contradiciendo, pero verá que este último criterio también coincide con el que reflejé en dicho artículo y que justificaba perfectamente que, cuando YO QUIERA puedo decidir ser menos productivo y trabajar tardes o noches. Pero no será porque tengo un complejo de trabajar poco, sino por una decisión consciente de la que soy capaz de disfrutar y que en ese preciso momento, justo en ese momento y no en otro, es la que YO QUIERO tomar. Los problemas vienen sólo cuando empieza a desaparecer mi capacidad de elegir.

Complejos de culpa (I) – Productividad obsesiva
Pase que en España no seamos los más productivos del mundo, que desaprovechemos el tiempo un poco y no consigamos hacer en el mismo tiempo todo lo que un alemán, francés o noruego son capaces de hacer. También habrá que ver si por el camino de hacer las cosas, esas que nos han costado a nosotros más tiempo, ellos han disfrutado más o menos que nosotros, porque puede que la productividad sea mayor en sus casos pero la satisfacción menor. Es importante, eso sí, que el resultado final pueda tener la misma calidad en todos los casos.
Siempre que sale una estadística de productividad en Europa, o, en general, en ese grupo de países denominados «del primer mundo», comienza el debate por la posición de España. Una serie de expertos han definido los parámetros, en este caso de la productividad, de forma aséptica y fría y según unas teorías de la producción que no consideran bien los entornos y las formas de ser, y se acaban estableciendo las escalas de quiénes son mejores o peores. Pero según esos criterios sobre los que, muy probablemente, nadie nos ha preguntado.
Y así, siguiendo el error perpetuo de España desde que terminó el siglo de oro y empezó a fraguarse la ideología liberal y progresista, lo que viene de fuera siempre es lo mejor y se convierte en ley, nosotros no somos capaces de hacer nada a derechas y de establecer el más mínimo criterio y, por lo tanto somos una especie de «chuflas» y retrasados ante una Europa que nos escribió la historia. ¡Todos a acomplejarse!… Y hasta hoy y prácticamente en todos los aspectos de la vida: en cada parcela, una mayoría de acomplejados y una pseudo élite de expertos que se sienten por encima del común de los mortales porque defienden criterios que se han establecido en otros sitios «más avanzados», sin la más mínima capacidad de crítica hacia esos criterios que nos tenemos que «tragar» y sin ser capaces, tanto que saben, de proponer nada nuevo.

Pero creo que sería necesario que nos hiciéramos algunas preguntas, porque según su respuesta es posible que cambie mucho la situación:
Ante esta situación de la productividad por ejemplo, ¿aplicamos igual o mejor tecnología? Si la respuesta es que no, tenemos un claro margen de mejora que podremos analizar para igualarnos y probablemente con esas mejoras podremos alcanzar el mismo nivel. Aquí no habría mucha justificación de esos complejos, existe realmente un desfase y simplemente nosotros decidiremos cómo y cuándo hacer esas mejoras.
Si la respuesta es que sí y tenemos a nuestra disposición las mismas herramientas, entonces la cosa será algo más complicada y tendríamos que pasar a una segunda pregunta: ¿Es siempre así o estamos en aquello de generalizar por costumbre? Un vicio muy instaurado en nuestro país, analizamos unos resultados parciales e inmediatamente, si son malos claro, lo extendemos a la generalidad de los casos. Esto nos llevará al resultado de que habrá una gran mayoría trabajando muy bien, pero bajo el estigma de que no lo hace y sólo porque hay algunos que no cumplen esos estándares (que vienen de fuera). Tampoco caben aquí complejos porque en ningún sitio del mundo existirá un nivel de uniformidad total en la actividad económica y siempre «habrá de todo en la viña del Señor».
Pero está también la otra opción, que efectivamente sea siempre así en la mayoría de los casos, y teniendo a nuestra disposición la misma tecnología, los resultados sean peores. Esta situación nos llevaría a la tercera pregunta: ¿Nos importa realmente? Porque ya aquí, estamos entrando en otro tipo de análisis muchísimo más profundos aunque nos parezca todo lo contrario.
En el caso que nos ocupa de la productividad en el trabajo, el desfase podría significar que yo tardo, por ejemplo, tres horas más en hacer la misma tarea, con la misma calidad, que un holandés o un alemán teniendo a mi alcance las mismas herramientas y el mismo conocimiento personal y experiencia que ellos. Si esas tres horas además, las cobro, la empresa o el proyecto incurrirá en unos mayores costes de personal (suponiendo el mismo salario, que sabemos que en muchos casos no es así). Por lo tanto, o el margen será menor o, para tener el mismo que mis dos competidores, tendría que subir el precio del producto o servicio que he llevado a cabo. En ambas circunstancias mi negocio pierde, en teoría.
Y aunque haciendo las cuentas esto sería un hecho constatable, también he dicho «en teoría». Hagamos un supuesto: he tardado tres horas más porque he atendido, cuando no estaba previsto, a dos compañeros de trabajo que me pidieron opinión o ayuda para sus distintas actividades en lugar de ser un «estreñido» que les cortó en seco y les dijo que me pidieran cita por correo electrónico. Como consecuencia de esa ayuda, uno de ellos ha logrado una solución para la suya y el otro ha aprendido algo que incorporará de forma continuada como mejora a sus actividades diarias. La vida es compleja, como dije en otro artículo, así que, ¿qué balance podríamos hacer ahora? Mi actividad ha resultado algo más «cara» sí, pero posiblemente las mejoras de los otros dos compañeros han generado una notable mejora de la productividad de ellos y, por lo tanto, una mejora de la productividad «general» de la empresa desde ese preciso momento. ¿Con qué nos quedamos? Probablemente ya no sea tan crítica mi peor productividad, aunque también dichas aportaciones se las podría haber hecho en otro momento planificado más adelante y lo tendríamos todo… ¡o no!

Imaginemos que esas horas de más NO LAS COBRO. ¿Por qué puede ocurrir esto? Porque la empresa (que en muchos casos puedo ser yo mismo) no me las va a pagar aunque realmente hicieran falta para el proyecto; mal vamos, pero este es un tema muy distinto, porque si hacían falta, algo cambia en las condiciones con respecto al holandés y al alemán, pero en cualquier caso el coste de la actividad debería ser superior y estaríamos falseando los resultados… y esto da, no sólo para un artículo, sino hasta para un libro entero, y le dedicaremos tiempo al tema de los costes.
Pero, por ahora, vamos a las otras opciones: me han interrumpido esos compañeros y les he atendido con el resultado que he dicho antes y YO he decidido trabajarlas para terminar mi proyecto. O simplemente YO he decidido tomármelo con más calma en mi trabajo y de forma consciente he tardado más para hacerlo de una forma más tranquila, segura, e incluso disfrutándolo más. Con la primera opción (que es la que haría cualquier autónomo o pyme), la empresa no sólo no ha incrementado el coste sino que ha tenido una mejora; con la segunda opción (que es la que «debería» hacer el autónomo alguna que otra vez) no ha tenido incremento de coste y la persona ha seguido una decisión propia que entendemos que es satisfactoria para su bienestar personal.
En estos casos estoy sacrificando tres horas de mi vida personal para dedicarlas al trabajo sin tener ninguna compensación «económica», pero quizás de otro tipo sí (satisfacción por la ayuda prestada, satisfacción por disfrute de mi trabajo… y así podríamos seguir con este tipo de justificaciones por el que una buena parte de la población nos diría que somos tontos, que no debemos hacerlo, que deberíamos reclamar más salario, negarnos en redondo, acudir a la justicia o incluso a los sindicatos para que empiecen a envenenarlo todo, aunque eso era antes, ya ni eso…).
Es posible que nuestra forma de trabajo sea distinta a la del holandés o a la del alemán, pero el punto crítico es, según yo creo, ese «YO he decidido» que he usado antes y que constituye una libre y consciente elección de mi situación en el trabajo y que nadie puede ni debe criticar, porque hay fundamentos que no podemos imaginar detrás de cada comportamiento humano. Si nos fijamos, salvo en el último caso en el que decido trabajar de forma más relajada, en los demás en que atiendo a mis compañeros, cobrando las horas o sin cobrar, en realidad el problema es de una simple imputación contable, porque esas tres horas (y su correspondiente coste), nunca deberían haberse imputado al proyecto en cuestión, por lo que mi productividad habría sido la misma que la de los del norte, y si he cumplido al final los plazos, que es donde deberíamos tener mucho cuidado, incluso superior por las aportaciones realizadas a las demás actividades.
Si nos encontramos en estas situaciones, cualquiera de ellas, que son además la mayoría, COMPLEJOS NINGUNO, sólo mirada al frente y defensa de nuestra forma de trabajo, esa que nos hace más afables y que vivamos mejor si no fuera por el permanente complejo de culpa que tenemos en este tema concreto de la productividad.
Pero mucho cuidado: si no rindes lo suficiente, tardas más siempre, no aportas mucho al resto e incluso no cumples plazos… si siempre hay una excusa para lo que no se hace y una queja del poco tiempo que se tiene y lo complicado que resulta todo, probablemente debas plantearte que eres un flojo o un inútil o incluso las dos cosas juntas y que tu sitio no está ahí, en esa empresa y probablemente en ninguna otra, y si no cambias de actitud, deberías acabar en un sitio que yo personalmente no acabo de concretar o, como mínimo, en una cola de las tantas que hay para ayudas sin contraprestación alguna, quitándosela también a alguien que realmente la necesite, que hasta para eso se puede ser inútil en grado máximo.

¿Por qué? – Reflexiones sobre complejidad
Esta es una pregunta tremenda. Yo diría que es «la pregunta» por excelencia. Fijaros que es la más repetida por los niños cuando aprenden a hablar y no saben todavía cómo funciona esto de la vida, y puede llegar a tal punto que a algunos progenitores les entre un deseo desenfrenado de tirarse por la ventana… o de tirar al niño. Porque esta pregunta exige una respuesta razonada, o al menos razonable, o una aceptación un poco amarga de desconocimiento o de no tener muchas ganas de líos. Tanto si se responde como si no, siempre hay consecuencias, deseadas o no.

Admitamos que algunas veces las preguntas son inoportunas y evitables, y me refiero ya no a las de los niños (que serán inevitables), sino a las de los mayores con uso de razón. También tendremos que admitir que las respuestas en la mayoría de los casos no serán fáciles, bien porque la situación sea comprometida, bien porque, aunque no lo sea para el interrogado, la respuesta en sí sea difícil.
Y esto hace que nos planteemos el problema de «la complejidad», que tan bien ha tratado el filósofo francés Edgar Morin, a través de la «dialógica», el enfrentamiento necesario de contrarios.
«Legítimamente le pedimos al pensamiento que disipe las brumas y las oscuridades, que ponga orden y claridad en lo real, que revele las leyes que lo gobiernan. El término complejidad no puede más que expresar nuestra turbación, nuestra confusión, nuestra incapacidad para definir de manera simple, para nombrar de manera clara, para poner orden en nuestras ideas.»
Edgar Morin – Prólogo de «Introducción al pensamiento complejo»
Son múltiples los ejemplos muy contradictorios que nos encontramos de esta dialógica en nuestro desarrollo social y económico. Por ejemplo, la libertad se obtiene coartándola, es necesaria la ley (coerción) para garantizar las libertades individuales. Y para tener seguridad es necesaria la amenaza (policía). Para obtener bienestar físico es necesaria la disciplina y el sacrificio. Hasta la cosa más simple que nos podamos imaginar funciona, y progresa, con este enfrentamiento de contrarios.
Como Morin nos dice en el libro citado, la ciencia progresa porque es capaz de simplificar (consenso) y poner en duda de forma sistemática (conflicto). Progresa en definitiva porque es compleja. La evolución de la ciencia se logra a través de la puesta en duda de conceptos que en un principio quedaban fuera de su campo de actuación. Fundamentalmente se pusieron en duda los dogmas religiosos que imperaban en cada época para llegar a deducciones y demostraciones de las leyes que operaban en la naturaleza. Sin embargo, una vez superados todos estos dogmas y de dejar la religión en otro nivel de nuestra existencia, los nuevos dogmas sobre los que dudar serán los propios principios de la ciencia que se convierte en la nueva religión a superar. Y a medida que buscamos esos «ladrillos» de la creación, todo se va, a su vez, volviendo más y más complejo hasta tener que hacer los «nuevos actos de fe» sobre lo que nos dicen los científicos, porque entender lo que se dice entender, está al alcance de muy pocos, convertidos en los sumos sacerdotes de las nuevas creencias que durarán más o menos tiempo hasta que sean sustituidas por una nueva investigación aún más compleja.
Por lo tanto, cuando hacemos la consabida pregunta del título, por muy sencilla que veamos una situación, nunca llegaremos a saber de verdad en qué berengenal nos estaremos metiendo y cuál va a ser el resultado de nuestra investigación. Porque ante la situación que nos pueda parecer más sencilla se pueden esconder motivaciones muy profundas, muy complejas y, sobre todo, muy interconectadas.

Y voy a tocar de nuevo el tema de nuestras rutinas y su análisis de las que ya hablé en otras ocasiones y también en el artículo anterior dedicado al uso de la «ley del mínimo esfuerzo». Siguiendo el razonamiento que expongo en este artículo, la mayoría de nuestras rutinas conscientes se establecen en función de esta ley vital y pueden permanecer en el tiempo de forma indefinida si no nos las replanteamos nunca y nos sentimos cómodos con ellas. Aparecerán como el resultado de un análisis de todas nuestras circunstancias en un momento dado y se establecerán como una solución óptima para nosotros, como aquello que de una u otra forma «nos facilita y resuelve la vida». Pero es posible, casi seguro, que las circunstancias cambiarán. ¿Cambiaremos también nuestras rutinas? En estas situaciones puede ser necesario que aparezca la consabida pregunta: ¿Por qué?, ¿Por qué sigo haciendo esto o aquello? ¿Tiene sentido en mis circunstancias actuales?
Y nos podemos encontrar con distintos niveles de dificultad a la hora de respondernos. Dependerá de la trascendencia del hecho y de la profundidad con que hayamos admitido la rutina: no será lo mismo decidir a qué hora me levanto por la mañana que cambiar mi residencia; y habrá también una diferencia importante entre el «tener que» y el «querer». Por ejemplo, en cuanto a la hora de levantarme, si ya no tengo que ir a trabajar porque he cambiado al turno de tarde o me he jubilado, ¿tengo que seguir levantándome a las seis de la mañana?; es evidente que no, porque no tendré que estar ya en el trabajo a las ocho pero, ¿quiero seguir haciéndolo?; puede que sí, aunque a muchos les pueda parecer una idiotez; ¿qué sentido tiene que lo sigamos haciendo?
Pues puede que algunas rutinas que nos imponemos por obligación, como la de ir a trabajar, deriven en otro tipo de circunstancias personales que sean reconfortantes para la persona; quizás nos guste el frescor de la mañana (o directamente el frío en el invierno), que nos guste conducir, que ese primer café con tiempo no tenga precio, que se le añada un poco de lectura cuando las revoluciones del día aún no son muchas, ni las nuestras ni las de nadie…, que todas estas cosas juntas te hagan afrontar el día con más ganas, etc. De esta forma, la obligación de ir a trabajar ha generado una serie de elementos de los que no tenemos por qué prescindir. Sin embargo, a cualquiera que lo vea desde fuera, estos elementos por separado les parecerán una idiotez que no justifica el que nos sigamos levantando tan temprano, pero el conjunto puede que para nosotros sea importante.
Fijaros que todo esto que he comentado en el párrafo anterior puede llegar a justificar que una persona se siga levantando temprano independientemente de que desaparezca la causa que en principio lo generó. Y no estamos hablando en este caso de algo «vital», de una de esas cuestiones de peso en nuestra existencia. Sin embargo, ya para este hecho existen múltiples razones de fondo que alguien de fuera no se podrá explicar. Imaginemos qué profundas cuestiones aparecerán cuando el «¿por qué?» lo dirijamos hacia una de esas cuestiones vitales. Es posible que haya algunas razones a las que nunca seamos capaces de llegar, a veces ni nosotros mismos. Por eso, en multitud de circunstancias no queremos hacernos determinadas preguntas, y es cierto que, a veces, es mejor no hacerlas.
Mínimo esfuerzo
Para operar según la ley del mínimo esfuerzo, hay que hacer un gran esfuerzo de lógica y criterio porque, que no se llame nadie a engaño, esto no es lo mismo que ser un flojo, todo lo contrario, es un «modus operandi» en la vida que implica un análisis de las situaciones, unas decisiones sobre los métodos de operar y un objetivo de ser razonablemente productivo para liberar tiempo que necesitamos para hacer otras cosas, que una de ellas será «nada», un arte ancestral de gran dificultad.
La Naturaleza opera según el principio del mínimo esfuerzo, otra cosa sería derroche de facultades y energía; los leones de la sabana se llevarían bastante mal con los centros comerciales nuestros por ejemplo. Fijémonos en que en la Naturaleza hay fallos. De vez en cuando aparece un tigre blanco, las abejas se desorientan y crean más de un problema en la ciudad, se desborda un río e inunda y arrasa todo a su paso o se quema un bosque entero (me refiero sin intervención humana) que deja una desolación total. ¿Por qué un mecanismo tan evolucionado tiene estos fallos? Porque la perfección costaría demasiado trabajo y recursos. Los maravillosos mecanismos de la Naturaleza que nunca nos dejan de asombrar son así porque su tendencia es a ser óptimos, pero nunca perfectos. Hay determinados costes que la Naturaleza no está dispuesta a pagar porque así perderá menos energía que la que necesitaría para llegar a la perfección absoluta en un procedimiento.
Pasa igual en la Economía. Todos sus mecanismos trabajan conforme a esta ley, que tiene la otra cara de la misma moneda en la ley del máximo rendimiento. Aunque un agente de la Economía pretenda la perfección en lo que hace, y por mucho que éste se empeñe, la propia confluencia de distintos participantes y elementos nos llevará a que dicha perfección nunca se alcance. Sólo si todos los factores y elementos que intervienen en un proceso de principio a fin estuvieran bajo nuestro control en todo momento, y decimos «todos y en todo momento», podríamos tener mayores probabilidades, y nunca todas, de obtener un resultado perfecto.
La realidad nos indica que este cúmulo de circunstancias nunca se da, por lo que la perfección no es rentable. Además, se ve claramente que estos esfuerzos por conseguirla no merecen la pena cuando vemos que la búsqueda de la perfección nos lleva a obsesiones como la de la limpieza, la vigorexia, la anorexia, etc.
Llegamos a la conclusión, por lo tanto, de que esta ley del mínimo esfuerzo resulta ser, como nos diría Aristóteles (siempre volvemos a él), el término medio entre dos extremos indeseables: por un lado, el «dejarse llevar siempre por las circunstancias», y ojo, que digo «siempre»; y por otro lado el fantasma de la obsesión en cualquier aspecto de la vida. Operar según el mínimo esfuerzo, como la Naturaleza y la Economía, nos alejará de las obsesiones perfeccionistas porque tienen un coste demasiado elevado para el resultado que vamos a obtener, que será básicamente no llegar nunca a lo que nos gustaría a pesar de haber consumido todos nuestros recursos, pero también nos alejará de la laxitud que consume nuestro espíritu hasta no poder llegar a ser ni la sombra de una persona, apenas un triste despojo sin ánimo ninguno.
En este punto de la reflexión, todavía alguien podría pensar que le estoy quitando un peso de encima, pero nada más lejos de la realidad: operar bajo la ley del mínimo esfuerzo es tremendamente complicado porque se trata, para cada hecho de nuestra vida, de analizar todos los elementos y procesos que le afectan, sistematizar todas las actuaciones que deberemos llevar a cabo y establecer un método para que, AHORA SÍ, nuestra vida sea más fácil y podamos hacer todas las cosas de la forma más sencilla, liberando tiempo que quedará a nuestra disposición para poder hacer otras que, si estuviéramos en alguno de los dos extremos, jamás podríamos hacer, y esta forma de actuar nos llevaría a nuestro «máximo rendimiento».
Las grandes empresas tienen departamentos dedicados a esta ley; yo he pertenecido a uno de ellos unos veinte años de mi vida profesional. Son los departamentos de Organización, o también los de Métodos, Procesos de trabajo, Productividad, etc. Donde hay que tomar la decisión de decir que no a un maravilloso desarrollo informático en un programa, que a cualquiera le gustaría, porque quizás en ese momento no venga al caso para lo que pretendemos y comprometería unos recursos que no hacen falta. O decidir todo lo contrario: hacer que los informáticos trabajen horas y horas en determinadas aplicaciones, muchas veces pensando que es un capricho del técnico de organización, para llegar a una «pequeña» mejora del programa pero que, en manos de miles de usuarios, supondrán un ahorro en tiempo para la empresa que habrá merecido la pena con creces.
La pequeña y mediana empresa y los autónomos no tienen departamento de organización, pero precisamente por eso es importante que los emprendedores tomen conciencia de esta ley tan simple, y a la vez tan difícil, del mínimo esfuerzo, porque pensar con este filtro económico y natural nos puede salvar muchas situaciones de dificultad. Porque se trata de hacernos la vida más fácil para trabajar mejor e incluso más, si queremos, pero sólo si queremos, porque trabajando así muy probablemente llegaremos a todo aquello que nos hayamos planteado y con suficiente margen para poder maniobrar si se da el caso.
Llegar a que los procesos, y en general todas las cosas de la vida, sean fluidos y simples, es decir, que utilicemos el mínimo esfuerzo para llevarlos a cabo, exige grandes dosis de reflexión, de pruebas y errores (muchos errores), de un método para trabajar y de unas rutinas que nos ayuden, pero sobre todo de la capacidad de analizar constantemente, casi por costumbre, todo aquello que nos ocurre incluidos los métodos y las rutinas por si acaso podemos hacer aún la vida más fácil.
Es evidente que la tecnología nos hace más productivos por ejemplo. Pero en otro artículo también analizamos la enorme esclavitud a la que nos está llevando. El dilema en este caso sería ¿ese incremento exponecial de tecnología y de productividad… nos hace mejores y más felices? Suponiendo que estos sean algunos de nuestros objetivos vitales. Por otro lado… ¿qué nos supondría quedarnos atrás, nos desconectamos de nuestro flujo vital y social o sería posible seguir si no estamos a la última? Pensemos en este caso en las personas mayores con los cajeros automáticos «que hacen de todo».
Debemos llegar a nuestro equilibrio con la tecnología en función de nuestra edad y necesidades. De ser capaces de usar más o menos a nuestro antojo y no por exigencias. De ver las bondades y comodidades para nuestra existencia que tienen los nuevos métodos y aplicaciones y usarlas, pero también ser capaces de eliminar todo el ruido que llevan alrededor.
También oímos decir que la rutina mata, que es necesario salir de ella para «vivir». Pero vamos a imaginar cómo sería un día en el que tuviéramos que pensar cómo nos afeitamos, cómo nos duchamos, cómo hacemos la cama, cómo conducimos, cómo comemos, cómo operamos con el móvil, etc. Sin duda no tendríamos tiempo suficiente en el día para hacer este conjunto de «banalidades», no digamos ya para dedicarnos a los temas importantes. Estamos hablando de las rutinas «operativas» por llamarlas de alguna forma. Pero hay otras rutinas no tan simples, que han sido sistemáticamente establecidas por nosotros mismos para nuestra comodidad o disfrute. Puede que tengamos la rutina de ver todas las noches una película después de cenar. O de levantarnos temprano para ir a desayunar a un sitio determinado y pasar una hora leyendo o preparando el día. O de ir lunes, miércoles y viernes una hora al gimnasio y darnos una paliza consentida, o escuchar música los domingos por la mañana. Lo hacemos porque nos gusta y nos sentimos bien; ¿tendría sentido que eliminásemos este tipo de rutinas de nuestra vida? Creo que no.

Sin embargo se nos alienta a salir de cualquier rutina aduciendo que nos comen la vida porque ¿qué haces sentado todos los días viendo una película? Bueno… antes a quien hacía esto se le llamaba cinéfilo y se le tenía por una persona culta y experta en «el séptimo arte». Pase, pero ¿y si cambiamos las películas por partidos de fútbol? Ahí sí que seguramente seremos crucificados y ¿por qué?, ¿quién determina que el cine es algo culto que ayuda a desarrollar a la persona y el fútbol es algo vulgar que la embrutece?, ¿la gente «culta» no puede ser aficionada al fútbol?

Pensad ahora que por alguna circunstancia no podéis atender alguna de esas rutinas… ¿fastidia verdad? Pues será necesario ver la importancia que realmente tienen en nuestra vida para definir si podemos dejarlas y analizar continuamente si podemos vivir sin ellas. En función de su objeto podrían ser buenas o malas pero muchas serán muy ambiguas, como la del ejemplo del párrafo anterior. De esto podremos hablar otro día y buscar un criterio para definir lo que es bueno o malo para nosotros, pero lo que nos atañe hoy es que el hecho de que nos saquen de una de esas rutinas afecta a la ley del mínimo esfuerzo para nosotros… y esa es la razón de que nos fastidie tanto. Estas rutinas han conseguido un equilibrio de esfuerzo y resultado óptimo para nosotros, nos sentimos bien en ellas, y si sus objetos son legales, si son respetuosas con los demás y además dominamos los esfuerzos necesarios para llevarlas a cabo, tenemos un resultado satisfactorio desde muchos puntos de vista.
Pueden ser algunas de esas zonas de confort de las que mucha gente nos quiere sacar y no niego que en algunos casos sea conveniente. Si las rutinas nos hacen desarrollarnos, crecer como personas y ser relativamente felices, quizás no debamos plantearnos su abandono. Pero cuando aparece la inercia y se hacen las cosas porque siempre fueron así, cuando nos vamos desplazando peligrosamente de la ley del mínimo esfuerzo al estado de dejadez personal, sí que será hora de cambiar los planteamientos. Porque nada hay fijo en la vida, exactamente igual que ocurre en la economía; el cambio y la incertidumbre siempre están ahí y fijaros que las rutinas intentarán frenar estos dos elementos para ofrecer un panorama de estabilidad a la persona. Pero en ningún caso podrán hacerlos desaparecer, por lo que una de las cosas más importantes es que revisemos periódicamente nuestras costumbres para estar convencidos de que deben seguir siendo las mismas, algo que puede ser muy crítico cuando afecta a creencias y criterios, o cuando hay una carga importante de nostalgia posible por la desaparición de algo en nuestra vida.
Pensemos que ante cambios en la vida y en nuestro entorno, mantener igual todo puede suponer un trabajo que nos saque de la aplicación de la ley del mínimo esfuerzo, con lo cual procedería una reformulación. Sin embargo, mucho cuidado, porque aplicar esta ley sin criterio nos llevará en algunos casos a dinamitar nuestras creencias más profundas y esto sí que nos llevará a una vida vulgar y a la dejadez que se sitúa en el extremo opuesto a la perfección.

Vivimos de percepciones
Una buena amiga, a propósito de todas estas reflexiones que estoy haciendo en el blog, me envió hace unos días una cita de Saramago que había leído:
«El mundo se está convirtiendo en una caverna igual a la de Platón: todos mirando imágenes y creyendo que son la realidad.»
José Saramago
Y lo que yo me planteo es si alguna vez ha dejado de ser así. Después de darle muchas vueltas, creo que nada ha cambiado desde que Platón formuló esta teoría, y creo que hay un mundo distinto por cada persona que exista sobre la faz de la tierra. Y la evolución de las civilizaciones lo confirma. Hay mundos sencillos, muy básicos, en los que la gente ve la vida pasar sin muchas más preocupaciones en su cabeza pero muchos males en el cuerpo. Los hay, algo más complicados, con muchos más avances en la tecnología donde la vida ya no pasa tan plácidamente. Y también existen mundos tormentosos en los que resulta muy complicado vivir aunque tengamos todas las comodidades.
Es curioso, pero parece que según avanza la tecnología en esos mundos para curar los males del cuerpo y hacer más llevadera la vida, más problemas aparecen en la mente para compensar ese desarrollo y que siempre tengamos algo de qué preocuparnos.
La Filosofía nos regala el concepto del «Saber» para salir del mundo de sombras y que seamos capaces de ver la realidad del mundo, una realidad incontestable que sería común a cualquiera que llegara a su contemplación, algo que nos parecería imposible en los tiempos que corren, y la Religión nos regala el concepto de «Dios» para que, en su contemplación directa, podamos llegar también a eludir esas sombras. Tanto para la Filosofía como para la Religión, y en algunos casos resulta muy difícil trazar una línea entre las dos, cobra una importancia fundamental el camino hacia su meta final (el saber o el mismo Dios, sea el que sea), porque ese camino es nuestro presente y es éste el que estamos «condenados a vivir», bendita condena.
En cursos que he impartido he comentado la carga emocional que tienen nuestras decisiones a la hora de comprar y, por lo tanto, la importancia que tiene que las consideremos a la hora de vender un producto o servicio, sabiendo que en muchos casos a estas cosas no se les puede aplicar mucha lógica. ¿No estaremos hablando de entrar un momento en el mundo del otro para ver si le cuadra lo que le queremos vender?
También se habla desde hace tiempo ya de la «empatía», ponernos en el lugar del otro para entender sus comportamientos y sentimientos. Más de lo mismo, ¿no estamos de nuevo intentando entrar en el mundo del otro para ver si somos capaces de entender algo de lo que pasa por su cabeza?
El problema es que para hacer todo esto tenemos que salir un momento de «nuestro propio mundo», porque no podremos saber qué sensación tiene un pez si no nos metemos en el agua. Y aunque este ejemplo puede ser extremo porque el pez puede respirar en el agua y yo no, los mundos de algunas personas pueden ser igual de incompatibles, lo que va a requerir un esfuerzo tremendo para poder llegar a entender qué pasa por sus cabezas.

Una primera conclusión a la que podemos llegar es que jamás llegamos a la realidad como tal y que tenemos que manejar un concepto fundamental para nosotros que es el de PERCEPCIÓN. De la misma forma que llegamos a la conclusión de que lo único que no cambia es el cambio permanente, podemos llegar a decir que el conjunto de las distintas percepciones que tenemos sobre lo que ocurre en el mundo constituye nuestra realidad. Ese conjunto de percepciones que tenemos continuamente de todo lo que nos rodea ES nuestro mundo, y no tiene nada que ver con el de los demás.
Y ahora comienzan las interacciones, las relaciones más o menos amigables, más o menos interesadas o directamente los choques entre mundos, entre las distintas formas de percibir una realidad que permanece oculta. Y el problema de la comunicación. Por eso entiendo esta reflexión que hago aquí como extensión del artículo anterior sobre la «Hipercomunicación». Tal como mantenía en ese artículo, debemos protegernos de buena parte del caudal de información que nos llega precisamente porque intenta influir de forma manipuladora en «la percepción» que tenemos de las cosas y debemos ser conscientes de que cualquiera que se comunique con nosotros no lo va a hacer desde «la realidad» sino desde su propia percepción de la misma.
En realidad, todos manipulamos, o lo intentamos, y todos nos manipulan, o lo intentan, precisamente porque ninguno tiene el conocimiento absoluto de la realidad. Y si nos fijamos, personas que llegan a tener un nivel de conocimiento similar sobre algo pueden llegar a estar de acuerdo o, al menos, a estar muy cerca en sus criterios, mientras que si estamos confrontando percepciones superficiales sobre algo, los desacuerdos y los choques pueden llegar a ser bastante importantes. Por otra parte, somos capaces de confiar en personas que entendemos que «en ese camino de conocimiento» sobre algo, han llegado más lejos que nosotros, como ocurre con la mayoría de profesionales especializados.
Y esto último, un profesional, es lo que busca cualquier persona que se acerca a una empresa para lo que sea. Sabemos que el profesional nos dará un servicio y una opinión en función de su percepción y que será siempre subjetiva. Pero esperamos que esa percepción esté basada en un camino de conocimiento y experiencia adecuado. Esta será la garantía de nuestra empresa, ofrecer una percepción más cercana a la realidad que es la que busca nuestro cliente, sobre todo cuando estamos ofertando servicios que no sean tangibles. Y tenemos una responsabilidad importante, que es preparar adecuadamente ese camino de «sabiduría» y de «confianza» que garantizará nuestro desempeño, y operar sobre la parte emocional de nuestro cliente pero con la honestidad más absoluta porque, de lo contrario, además de tener esa insatisfacción que puede provocar una ética dudosa para obtener objetivos, nuestra empresa se puede ver perjudicada por las «percepciones muy negativas» que podemos generar en nuestros clientes en aquellos casos de ventas cogidas con alfileres.
Tengamos en cuenta, por lo tanto y como siempre, las dos direcciones: seamos conscientes de que lo que recibimos no son verdades absolutas sino percepciones de personas y seamos capaces de colocar un filtro razonable para valorar la corrección de lo que nos llega. Pero, sobre todo, seamos capaces de trabajar sobre nuestras propias percepciones para que cada vez se acerquen más a una realidad que nos convierta en profesionales y personas con criterio, y capaces de comunicarlas con la honestidad de aquellos sabedores de que no tienen la razón absoluta.

Un mundo de decisiones
Hace más de dos mil trescientos años desde que Aristóteles escribiera sus obras de ética. Un largo camino de sentido común aplicable a todos los ámbitos de la vida y que algunas veces complicamos más de lo necesario. Lo cierto es que cuando queremos buscar un poco de inspiración para ordenar las ideas y seguir adelante, no viene mal echar un vistazo a estos textos, algo difíciles en algunos párrafos, pero muy esclarecedores y aplicables a nuestras actividades actuales.
Vamos a analizar algunos de los aspectos fundamentales que pueden encontrarse en sus obras de Ética. Principios universales para gobernar nuestras empresas y, sobre todo, nuestras vidas, de las que nos olvidamos a veces, perdidos en una vorágine de obligaciones y falsos problemas que nos creamos para que el tiempo siempre esté ocupado y no nos permitamos pensar demasiado, porque pensar, algunas veces resulta hasta peligroso.
Una finalidad sencilla y aplastante
La buena vida. Sí, eso que decimos muchas veces de modo peyorativo para criticar lo que hacen algunas personas. Aunque el sentido en el que lo decimos, que tiene que ver con mucho ocio y poco hacer, oculta la realidad a la que nos tenemos que referir. Se trata de ver qué hacemos con nuestro tiempo. Se trata de qué actividades debemos abordar para caminar hacia la satisfacción y la felicidad. Se trata, en definitiva, de un camino de búsqueda del bien último que nos haga sentir nuestro vivir como un disfrutar de manera real y profunda nuestro tiempo en el mundo.
Es evidente que habrá que pensar qué significa disfrutar. Porque no nos servirá aquello de «eran pobres pero felices» donde se ve un conformismo velado que nos puede bloquear; pero tampoco vemos que sean más felices los que tienen de todo. Ya hemos hablado en estos artículos del modo de consumo extremo actual. Y cuántas veces hemos visto a un niño pequeño disfrutar más con la caja que con el juguete, y no digamos si la que llega es la caja de una lavadora o un frigorífico… da mucho que pensar esto también.
«…así también son los que actúan rectamente los que pueden alcanzar las cosas bellas y buenas de la vida. Y la vida de éstos es placentera por sí misma, pues sentir placer pertenece a las cosas del alma.»
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I,8
Vida placentera por sí misma, un matiz importante. No solo hago cosas para obtener algo aunque lo que tenga que hacer sea desagradable. También es importante que lo que hagamos en sí nos agrade. Y cómo cambia esto por ejemplo con el trabajo, ocho o diez o incluso más horas de martirio para tener mucho dinero que nos posibilite poder comprar o hacer otras cosas que nos ocuparán mucho menos tiempo. Pasar la mayor parte de la vida insatisfecho para poder estar ¿satisfecho? una pequeña parte de la misma. Quizás sería mejor que pudiéramos estar satisfechos durante esa gran parte de la jornada que nos dedicamos a sacar adelante ese castigo bíblico llamado trabajo. Pero es posible que nos encontremos con una limitación: nuestro «sistema». Será que tendremos que modificarlo un poco aunque ¿qué puedo hacer yo, un pobre mortal?
Un problema de recursos
Está claro que no podemos vivir solo del aire, que necesitamos recursos para poder desarrollarnos. Y el ser humano ha demostrado ser especialista en la obtención de recursos. Nuestra evolución se ha basado en una ilimitada habilidad para el aprovechamiento de los entornos en los que hemos vivido y en una creatividad desmedida para ser capaz de mejorar física e intelectualmente.
«Con todo, parece que también necesita adicionalmente de bienes externos, pues es imposible o nada fácil que nos vaya bien si carecemos de recursos.«
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I,9
Podremos tener todas las aspiraciones espirituales e intelectuales del mundo, pero casi con toda seguridad, no estará en nuestra mente el ideal de ser un esquelético y mugriento ermitaño. Y desde que empezamos en las cavernas hemos evolucionado para eliminar el hambre, el calor, el frío, el dolor y fomentar el placer y el bienestar. Cuando hemos visto que podríamos mejorar, sin dudarlo lo hemos hecho. Hemos sido capaces de aprovechar todos los recursos que teníamos a nuestra disposición a través de una técnica cada vez mejor. Hemos organizado los recursos para evolucionar… hasta hoy, el momento en el que parece que estamos quebrando una de las máximas fundamentales: debemos mantener y mantenernos en equilibrio con nuestro entorno.
Los griegos clásicos, que pusieron las bases de nuestra cultura, eran conscientes de que se necesitaban recursos externos para alcanzar nuestro bien supremo, pero a mi me gustaría conocer su opinión hoy en día a la vista del despilfarro y el agotamiento de dichos recursos hasta el punto de que pueda comprometerse en algunas décadas más el bienestar propiamente dicho, todo porque nos creemos no solo superiores a cualquier otra criatura del mundo, nos creemos el ser supremo.
Un camino de lógica y cordura
Aún admitiendo que nos hacían falta medios para conseguir mejorar y llegar a una buena vida, siempre el camino fue más espiritual que material. Y, hoy en día, también creo que una hora de buena lectura es infinitamente más gratificante que una hora de videojuegos. Lectura que te hace pensar, que te lleva a lugares, que te hace vivir sensaciones y que te proyecta hacia tu desarrollo personal, ante una actividad sin más pretensiones que una recompensa inmediata de satisfacción adictiva matando a doscientos monstruos ficticios o configurando la mejor plantilla de fútbol del mundo para jugar en una pantalla en la que pocas calorías vamos a perder.
Somos seres sociales que necesitamos relacionarnos pero vamos a una sociedad cada vez más numerosa, pero cada vez más aislada. Ese es nuestro camino. Pero hace poco hemos tenido una pandemia que nos ha mostrado hasta dónde pueden llegar las consecuencias del aislamiento… y no aprendemos, a pesar de todos los problemas de ansiedad y mentales de todo tipo que han surgido de este hecho lamentable que la «Ciencia» nos provocó y también nos resolvió con unos cuantos más ricos por el camino.
Por muchas vueltas que le doy, no veo ninguna señal en la marcha de la vida actual que nos lleve hacia ese bien supremo. Y quizás es que nos equivoquemos en el planteamiento. Tanto pensamos en lo que queremos llegar a ser, a sentir, a vivir, que parece que ese objetivo es una vida futura distinta de la que estoy viviendo. Pero hay que tener cuidado, porque cuando hablamos de la «buena vida» nos referimos a «nuestra» vida y esa la llevamos encima en cada momento, no es algo exterior a nosotros. La felicidad, la buena vida deberá ser un ideal al que nos gustaría llegar y por el que haremos grandes esfuerzos, pero que no vamos a conseguir si no miramos a lo que nos esté pasando ahora mismo, a lo que estemos haciendo por nosotros, por los demás y por el mundo ahora mismo.
Si quiero ser una persona valiente, justa, respetuosa y sensata, si quiero sentir lo que decía la primera cita que hemos apuntado en este artículo, «tener una vida placentera por sí misma», debo empezar ya. Debo hacer en cada momento lo que considere correcto y eso me llevará a la satisfacción.
Ser una persona virtuosa no es fácil, es más, es imposible, pero también nos viene el análisis desde esa lejanía de dos mil trescientos años:
«… de esta manera, todo experto rehúye el exceso y el defecto y en cambio busca el término medio y lo elige -pero el término medio no del objeto, sino el relativo a nosotros-.»
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro II, 6
Sí, así es, esta es una de las formulaciones de aquello que conocemos de forma popular como «en el término medio está la virtud» y por muy vulgar que se haya vuelto de tanto repetirlo en mil situaciones de nuestra vida, incluidas aquellas a las que no les va, el análisis es demoledor. Es un no a la obsesión, un no al perfeccionismo, un no a la generalización vulgar de todo lo que hacemos y una bienvenida a la adaptación, a la mejora y al sentido común.
¿Cómo debemos comportarnos en cada momento? Debemos ir domando nuestro carácter, debemos convertirnos en personas sensatas y en las que los demás puedan confiar por nuestro buen criterio. Pero las circunstancias de la vida son cambiantes y tenemos que saber adaptarnos, de ahí la segunda parte de la frase de Aristóteles.
En la cúspide de las virtudes, hay una moneda con dos caras, una teórica y otra práctica, y que parece resumir a todas las demás a la hora de definir nuestra vida. En la cara, el apartado teórico, está la sabiduría y en la cruz, el práctico, está la prudencia. Este tándem poderoso es el que nos hará vivir una vida buena y plena, pero no es fácil… sobre todo la práctica.
Cuando las cosas se tuercen: el mal menor.
Pero ya hemos dicho que las cosas no son fáciles y la vida nos trae circunstancias en las que no podemos poner en práctica nuestros criterios y maneras de pensar de una manera efectiva. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando te nombran jefe de algo y te sientas por primera vez en tu despacho. Si, los ves al llegar, allí te están esperando unos cuantos «marrones» sobre los que tendrás que tomar una decisión para no parar los temas en marcha de la empresa.
Es posible que algunas cosas que haya que hacer (algunas, muchas o incluso todas) no se adapten a tu forma de proceder, pero tienes que dar una respuesta porque el no hacerlo, sin duda, traerá peores consecuencias. En este momento será en el que tendremos que aplicar la teoría del «mal menor».
«… como es extremadamente difícil acertar el término medio, hay que aceptar el menor de los males.» y «… la condición de medio es elogiable en todos los casos, pero que hay que inclinarse unas veces al exceso y otras al defecto.»
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro II, 9
No siempre podremos operar con total rectitud en las circunstancias de la vida, habrá momentos de desasosiego, pero que nuestro criterio siempre sea tender a ese medio correcto evitando que provoquemos males mayores para nosotros y para los demás. Pensad en esas personas que nos dicen que son muy directas porque siempre dicen lo que piensan (que puede ser lo más honesto), ¿cuántas veces hay que callarse algo por muy verdad que sea?
La importancia de la ACCIÓN.
Bien hasta aquí, tenemos ya bastante para reflexionar sobre cómo podemos enfocarnos hacia una vida buena, que nos cause satisfacción. Conocemos la virtud, el término medio para su aplicación y la posibilidad de que se nos tuerza algo y tengamos que readaptarlo todo. Además valorando los medios con que contemos. Pero vayamos a una última cita:
«Lo mismo que en las Olimpiadas no reciben coronas los más hermosos y fuertes, sino los que compiten (es entre éstos entre los que algunos vencen), …
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I, 8
Esta es justo la frase anterior a la que sigue la primera cita que he hecho en este artículo, probad a leer las dos juntas y tendremos el sentido completo del artículo.
Si no somos capaces de actuar, NO TENEMOS NADA. Y es un tema repetitivo en Aristóteles la llamada a la acción. Solo seremos capaces de forjar nuestro carácter, nuestra forma de ser, mediante el mantenimiento de «hábitos», otro referente en este autor. No basta que hagamos algo una vez, debe ser nuestra norma para que pase a ser parte de nosotros, para que podamos sentirnos bien porque hacemos algo de forma correcta.
La prudencia, a la que hemos aludido anteriormente, es una virtud práctica, solo se puede dar si en realidad estamos siendo capaces de hacer algo. Algo que además sea voluntario, aquello por lo que el ser humano se distingue de los animales. No nos mueven sólo los actos reflejos de nuestra supervivencia sino también la capacidad de actuar según nuestros propios criterios, esos que nos habremos formado si hemos sido capaces de aplicar lo que nos dicen las demás citas de este hombre genial.
Y para actuar, debemos entrar en «un mundo de decisiones». Todo depende de nosotros. Podemos levantarnos o quedarnos en la cama, la primera decisión de cada día, podemos cumplir en nuestro trabajo, solo cubrir el expediente o sacudirnos de todo lo que nos llegue, podemos ayudar a otros o no. Continuamente tenemos que decidir, pero ya tenemos herramientas para hacerlo… la actuación según virtud, la mesura del término medio y la solución del mal menor adaptando todo a cada circunstancia de nuestra vida.
Algunas decisiones serán erróneas, claro que sí, otras veces dudaremos, pero es que no somos infalibles, ni tampoco tiene que ser perfecto. Pero tenemos que actuar y para hacerlo tendremos que tomar decisiones… con sabiduría y prudencia.

La atomización del conocimiento
Existe una palabra que tomó una relevancia fundamental en todos los aspectos de la vida hace unos treinta años, ESPECIALIZACIÓN, una rara extensión a todas las disciplinas de la revolucionaria división del trabajo de la revolución industrial. Me ha acompañado esta tendencia durante toda mi vida profesional como me acompaña mi sombra cuando voy andando por la calle y me he llegado a acostumbrar. La diferencia es que la sombra es natural, no molesta y no nos la podemos sacudir, pero la especialización la hemos creado nosotros, está llegando a hacernos inútiles (en todas las cosas menos en una) pero, al contrario que con la sombra, podríamos hacer que desapareciera.
La curiosidad y, sobre todo, la necesidad nos ha hecho investigar y avanzar. Pero los grandes pensadores del pasado hasta probablemente el siglo XIX, eran personas que «tocaban todos los palos», en unos con más conocimiento que en otros y otros con más acierto que en unos. Y esa condición, la apertura de miras, fue algo fundamental para avanzar. Cuando opinaban sobre algún tema específico, eran capaces de ver la generalidad, la influencia de lo que defendían en todo lo demás y las consecuencias que su pensamiento podría acarrear.
Sin embargo, a medida que se producían avances, y constatando ya de una manera clara y meridiana aquella frase socrática del «solo sé que no sé nada», viendo cómo cada vez se abrían más los campos de conocimiento, sobre todo en la ciencia, comenzó la ramificación de las disciplinas, la especialización y el principio del desastre.
Tuve la oportunidad de vivir de primera mano una pequeña mota de polvo en el universo de la especialización. Recién terminada mi carrera y trabajando ya en el sector financiero, comencé a impartir en la Universidad una de las dos «tremendas» asignaturas de Teoría Económica de aquella época, años 80 y 90, Microeconomía. Esta era la de primero, lógicamente. Era una asignatura anual, intensa y muy dura no solo para los alumnos, para mí también. Difícil de explicar para que se entendiera, muy difícil para crear los exámenes y absolutamente horrorosa para corregirlos. Esto piensa el profesor… imagínense el alumnado (evidentemente yo fui también cocinero antes que fraile). Y sobre todo, sabiendo que después de superar la «Micro «en primero, se les venía encima la «Macro» de segundo.
En estas condiciones, resulta difícil explicar la enorme satisfacción de superar el curso y llegar al final del mismo. Para quienes aprobaban era una sensación dulce, comparable con la inmensa responsabilidad sentida por quienes no superaban la prueba, para abordar una nueva oportunidad de superación en la siguiente convocatoria. Estudiar y esforzarse un poco más, ver las lagunas que llevaron a que las cosas no fueran tan bien como se esperaba, ser conscientes de qué se jugaban y estar seguros de que el esfuerzo se les iba a exigir sin duda alguna.

Y llegó el cambio, la mejora, el progreso, la homogeneización con Europa (o mejor con los Estados Unidos). Teníamos que dejar la antigua Universidad obsoleta, carca, seria, que tanto exigía a los alumnos (y a los profesores), que valoraba los conocimientos y el esfuerzo por obtenerlos, que exigía tanto sacrificio y que, por eso, perdía tanta gente por el camino. Y teníamos que acoger con brazos abiertos a una Universidad abierta, novedosa, progresista, con nuevos métodos de valoración mas «pedagógicos» (o sea, menos exigentes) e igualitarios (o sea, tipo test) que no fueran subjetivos, porque un examen escrito donde hubiera que desarrollar un tema quedaba al criterio del profesor (pues claro…) y a veces no se podía entender muy bien lo que, en el fondo, muy en el fondo, querían decir algunos estudiantes, porque siempre, siempre, había que dar el beneficio de la duda, bajo amenaza de reclamación al organismo que fuera, ante unas patéticas sintaxis, semántica y ortografía. Frases mal construidas, sin aparente significado y con una ortografía penosa. Pero, al fin y al cabo, yo enseñaba Economía, no Lengua, eso era lo que me decían en su descargo.
El resultado fue una nueva asignatura con un nombre que asustaba menos, ya no fue «teoría económica», se quedó solo en «principios de economía». Tenía contenido de micro y también de macro, pero solo era «cuatrimestral», es decir, todo el contenido que podría ser incluso mayor en extensión que la otra, en la mitad de tiempo. Para dar el temario había que explicar a medias, no entrar mucho en materia, pasar por alto muchas cosas. Y creo que hoy en día sigue igual. Créanme, cuando la denominación de algo comienza por las palabras «principios de…» es que no va a ser gran cosa; salvo que sea obligatorio para ustedes por alguna razón, se lo pueden ahorrar.
Impartir esta asignatura era algo con lo que no estaba yo muy motivado pero seguí algún tiempo. Imagino que los alumnos tampoco se sentirían muy orgullosos de aprobarla como ocurría con la anterior, pero viendo el progresivo deterioro del nivel de lo que iba entrando por las puertas de la Universidad, no creo que llegaran a ser conscientes de ello.
El millón de carreras: Muchas disciplinas, poco contenido.
Este proceso descrito en mi pequeña experiencia personal fue institucionalizado y se crearon nuevas asignaturas, nuevos planes de estudio y, al final de la cadena, nuevas carreras. Y todo esto a base de cortar áreas de conocimiento con incipiente desarrollo, como el márketing dentro de Empresariales, para coronarlas como nuevas disciplinas. Además, como los planes de estudio hay que «rellenarlos», se articulan todas las asignaturas complementarias que hagan falta y ya tenemos el menú. Habrá que ver ahora quién cocina… Así que si alguien en el nuevo Márketing decide que se debe impartir estadística, se incorpora… y que la impartan los de estadística, lo que puede hacer que la asignatura de la nueva carrera sea tan difícil como la del grado de una ingeniería cualquiera, la arquitectura o la propia estadística, porque puede que sea incluso la misma.
¿Y qué nivel tendrá la asignatura de márketing que queda en las otras ramas de economía? Pues puede ocurrir lo mismo que con la estadística pero en el sentido opuesto, con lo cual no habría problema, tendríamos una muy fuerte asignatura de márketing en una carrera de Economía. Pero en este caso, siendo las mismas áreas de conocimiento, se podría optar por otra vía: efectivamente, podremos crear una asignatura de «Introducción al… márketing» con los tres o cuatro conceptos clave. Solucionado.
En este maremágnum vemos algunas veces disciplinas troncales, o sea, obligatorias, cuatrimestrales como todas las demás pero con un título significativo: «lo que sea I» y «lo que sea II«. Menos mal, ahí parece que se mantiene algo de cordura, solo se dividió en dos la antigua asignatura. Pero todo lo demás, un despropósito para descentrar a estudiantes, profesores y comunidad en general. ¿Cuántas asignaturas tienes este año? Respuesta: catorce. No puede ser…
Muchos pueden pensar que, hoy en día, con esta oferta de titulaciones, el panorama ha mejorado para los alumnos. Gran variedad de disciplinas y especialidades. Que es mucho mejor centrarse en aspectos muy concretos y «eliminar las generalidades» que, al fin y al cabo, no sirven para el trabajo directamente. Porque, ¿a quién le ha servido alguna vez la Microeconomía en su puesto de trabajo a menos que fueras el profesor de la asignatura? Pero, por esta regla de tres… ¿para qué vamos a estudiar Historia?, o Geografía… y no digamos ya Filosofía.
Tenemos más carreras que nunca, más titulaciones que nunca, pero no tengo yo la sensación de que se esté mejor preparado para dar el salto a la vida real. Llevamos ya muchos años con este sistema y todos los años se sigue discutiendo del gran «gap» (iba a decir desfase pero para quedar bien hay que utilizar algún anglicismo, de lo contrario alguien va a pensar que no estoy al día) que existe entre los conocimientos impartidos y los que se necesitan en la empresa. Todos los años clamando por que las empresas participen en la formación y cuando llega alguien de prácticas nos seguimos echando a temblar.
Llevamos años haciendo los estudios más específicos, intentando adaptarlos a los puestos de trabajo y, además, sin éxito por lo que se ve. Sin embargo, lo que sí se ve es un empobrecimiento personal evidente y un cambio de actitud preocupante.
La evolución de la Ciencia (esa «vaca sagrada» de la que hablaremos otro día) y de la Tecnología, hace que se diga aquello de que quien está hoy en secundaria puede que vaya a estudiar una carrera que todavía no existe. Nos quedamos anonadados ante los gurús que nos dicen estas frases altisonantes en conferencias de tres al cuarto (o de cuatro o cinco mil euros), y pensamos que «¡hay que ver qué maravilla de progreso y evolución…!» Nos quedamos tan conformes viendo la evolución desenfrenada en la que no somos capaces de vivir y disfrutar a la vez. Basta que nos salga un cantamañanas con una frase rimbombante para que todos asintamos sin ser capaces de discutirla por temor al rechazo social y al apaleamiento que nos espera por disentir de la corriente de progresismo, que no de progreso real, porque mejorar, lo que se dice mejorar, no hemos mejorado mucho, como hemos visto.
Cuando se dicen estas cosas en conferencias multitudinarias o peor, en las comparecencias después de un Consejo de Ministros, quizás no se tiene en cuenta que estas disciplinas tan novedosas que no existían hace unos años, van a formar personas en materias que muy probablemente sean efímeras y si tu pequeña parcela de conocimientos específicos cae en desuso con la misma velocidad con la que apareció, tendrás un problema, y deberás buscar nueva parcela casi desde cero y con unos cuantos años mas. ¿De verdad hay esa empleabilidad que decimos que se necesita actuando de esta forma? No creo que este sea el sentido de lo que denominamos formación permanente.
¿Preparación suficiente o solo muchos conocimientos?
Es posible que hablemos de las últimas generaciones como «las más preparadas de nuestra historia» pero quizás habría que matizar. Si decimos que son las que más titulaciones acumulan, ahí no cabe ninguna duda. Si decimos que son las que más conocimientos acumulan desde un punto de vista teórico, se podría discutir largo y tendido. Pero para estar preparado se necesita una actitud que no se ve ni por asomo salvo honrosas excepciones (que también conozco). En la vida no está mejor preparado el que más conocimientos tiene; si miramos a nuestro alrededor veremos multitud de ejemplos.
Hemos basado nuestras expectativas solo en los conocimientos certificados por un título. Y detrás de ellas va también nuestro bienestar y nuestra felicidad, si es que se puede realmente conseguir, que yo creo que no. Por lo tanto, estamos consiguiendo una sociedad mucho más «titulada», que no preparada, y a la vez más insatisfecha que la de nuestros padres que, por desgracia, tuvieron menos acceso a los estudios.

Hay desajustes que serán eternos en el mercado laboral porque no hay una verdadera planificación para cubrir las necesidades del país. Y no la hay ni en la Administración Central, que es la que debería hacer esa planificación, ni en los 17 satélites administrativo burocráticos que tenemos en España generando caos, diferenciación, disputas y mucho, mucho gasto. El sistema sanitario español parece que va a necesitar en breve «miles» de médicos, y esta no es una carrera de las novedosas a las que nos hemos referido antes. Es de las de toda la vida. Si van a hacer falta ahora, quizás hace ocho o diez años tendríamos que haber aumentado las plazas y/o relajado las notas de acceso para disponer ahora de una cantidad de egresados suficiente para nuestra demanda. No creo que se haya hecho.
Probablemente, durante estos años, haya sido más fácil acceder a carreras que disponían de muchas plazas y a las que se les habrá bajado la nota de corte para el acceso, aunque no hicieran ninguna falta hoy estos tipos de profesionales. El resultado puede haber sido que estudiantes que han sido rechazados en unas carreras han «emigrado» a otras «para seguir sus estudios» vocacionales o no, me inclino más por esta segunda opción.
En el lado del que estudia, una vez que se termina la carrera y se obtiene el grado con un año menos de estudios en la mayoría de los casos. se puede llegar a pensar que habrá trabajo en la materia que se ha estudiado, pero no es así. Y ocurre porque los estudios cursados no tienen demanda HOY en nuestro mercado, bien porque se trata de materias que tradicionalmente no necesitan muchos profesionales o porque sea una de esas formaciones, incluso novedosas, pero tan especializadas que existan pocas oportunidades.
Quizás sí que haya demanda en el mercado de Alemania o en el de Canadá, país en el que, por cierto, parece que hace falta de todo, incluidas las ganas de vivir allí. Si estás dispuesto a «emigrar» podrás trabajar. Y esta palabra tiene mala prensa, dada nuestra tendencia a querer que nuestro puesto de trabajo esté justo en la acera de enfrente de nuestra casa. Pero a una persona con formación «de verdad», buena actitud ante el trabajo y veintipocos años, la perspectiva de pasar varias temporadas en otro país trabajando y acumulando experiencia, no creo que deba parecerle mal. Muy al contrario, puede aparecer como una magnífica oportunidad de acumular experiencia profesional y de vida, y un conocimiento «de verdad» de otro idioma y de otra cultura, que pasará a ser ya patrimonio intangible suyo.
Quizás sea nuestro estado el que debiera preocuparse por esta situación, aunque solo a corto plazo, porque hemos sufragado los costes de formación de una persona que, al final, va a rentabilizar la economía de otro país. Si a medio o largo plazo estos nuevos emigrantes vuelven, entonces será nuestra Economía la que recupere a una serie de profesionales muy experimentados y el esfuerzo en términos de rentabilidad habrá valido la pena.
Esto en cuanto a los nuevos emigrantes, pero ¿y los que EXIGEN su puesto de trabajo (y salario) acorde con los estudios cursados aquí, en suelo patrio? Está claro… no lo van a poder tener. Y entonces, surgen las alternativas: la primera es trabajar en otra cosa. Para gente con actitud, sincera y honesta, que piensa que después de varios años estudiando lo que querían y les gustaba, son capaces de reconocer que aquí no hay necesidades para esos conocimientos, no quieren irse fuera, y deben incorporarse a nuestra Economía para producir y progresar, que seguro que lo harán, desde otros puntos de vista. Podrán también así, con valentía y con decisión, buscar la oportunidad, por qué no, de trabajar en un futuro, y en el momento adecuado, en aquello para lo que se prepararon.
La otra alternativa es, para mí, algo más preocupante: seguir formándose para… ¿para qué? Y si lo pensamos veremos que va a ser difícil la respuesta. Una persona que con la titulación que tiene no encuentra ocupación acorde a la misma y que como solución opta por ampliarla. Pero cuanto mayor sea el nivel, menos posibilidad habrá de que aparezca el puesto deseado y acorde con la preparación. ¿Qué pretende entonces, alejarse aún más de la realidad? También habrá otra alternativa. Como ya estaremos en el entorno de esa palabra mágica, MASTER, que ha sido capaz de interconectar las materias más dispares, se puede cambiar de alguna forma la tipología de estudios. Y en estos casos nos aparece una probabilidad, aunque pequeña, de que si se amplíe el campo de actuación. Menos es nada, que diría un castizo, pero esta alternativa ya empieza a resultar muy arriesgada, porque la concatenación de títulos puede derivar en el «miedo» a entrar en el mercado laboral, en el miedo a hacerse mayor.
Aún hay otra alternativa, los que optan por el sofá, el victimismo y la exigencia a un sistema en el que han vivido de forma plácida, que les ha proporcionado los estudios que querían aunque no fueran necesarios, y que ahora criminalizan por no ofrecerles una solución llave en mano y en la puerta de casa, o directamente en el brazo del sofá porque quizás el esfuerzo de ir hasta la puerta tampoco les compense. No hablaré hoy de esta opción parásita, para no hablar tampoco de política, porque esta gente puede incluso acabar en algún partido que fomenta estas actitudes y se sirve de ellas para tener escaños que les sirvan para seguir viviendo a mesa y mantel de ese horrible sistema que les oprime.
Cuando no existe previsión, habrá desajustes, y muchos, en nuestro sistema. Pero es que, incluso con previsión, los desajustes existirán… siempre. Los sistemas económicos y sociales siempre estarán en un desequilibrio permanente y podremos hacer que tiendan más o menos a equilibrarse. Pero no lo intentemos nunca al cien por cien porque el esfuerzo será hercúleo y probablemente nos lleguemos a frustrar por no llegar nunca al objetivo. Aprendamos a vivir con ese desequilibrio y a saberlo manejar.
Educación y Formación.
Hace décadas que se utilizan casi como sinónimos pero, aunque son complementarios, no tienen nada que ver. «Dar forma» es lo que se pretende con la formación. Es el concepto utilizado en la empresa, no hay departamentos de educación sino de formación porque lo primero ya se le supone a todo el que accede a la misma. En la empresa sólo habría que adaptar, dar la forma necesaria a las personas para que puedan desempeñar sus funciones de forma correcta.
La educación es un concepto mucho más profundo. No nos referimos sólo a dar forma sino a tener un «buen fondo», como profesionales y, sobre todo, como personas. Se trata de un proceso continuo, que comienza desde que se nace y que tiene en la familia el principal elemento impulsor. Podremos tener más o menos conocimientos, sobre pocas o muchas materias, pero si no tenemos un «fondo» en el que se hayan desarrollado las distintas actitudes que necesitamos ante la vida, libertad, respeto y tolerancia, valentía y algunas otras con la prudencia como resumen de todas, difícilmente podremos llegar a tener en algún momento un estado de satisfacción con nosotros mismos y de plenitud de nuestra existencia.
Hace no mucho tiempo, todas las instituciones «educativas», tenían la educación de las personas como objetivo. Se educaba en la familia, el colegio y la universidad. Y nos quedan vestigios de esta tendencia tan beneficiosa. Así, ministerios, consejerías y delegaciones se llaman «de Educación». Pero tan habitualmente nos doblegamos a los simples conocimientos que, al final, solo nos quedarán los títulos.
Es tan importante y estamos tan preocupados por que en la guardería se hable en Inglés, que quizás no comprendamos que podamos tener a un inadaptado en dos idiomas. Pero si el niño tiene un mal comportamiento y el «educador» lo corrige, los padres se le echan encima, aunque luego quieran que se corrija a los demás si el perjudicado es el suyo. Y digo niño… o niña, que para lo malo también tendrá que haber igualdad… y bastante. Si esto es así en las guarderías, imaginemos… o directamente veamos lo que pasa en el colegio. Más de lo mismo. Y si nos vamos a la Universidad, donde se supone un mínimo de «emancipación» al menos, sería interesante analizar las demandas que se presentan al «defensor» del estudiante y que le hacen la vida imposible al profesorado. Aquello de «el profesor me tiene manía» elevado a la enésima potencia. Si seguimos así será «ese alumno (… o alumna) me tiene manía».
El resultado de esto es claro, si quien intenta educar recibe palos, tarde o temprano dejará de hacerlo y que sea lo que Dios quiera, que no será nada bueno, claro. Con el colectivo que tiene que educar despojado de toda autoridad, anulada la disciplina, tan necesaria para conseguir cosas en la vida, e instaurada la cultura del cero esfuerzo e infinito rendimiento, que vendrá del estado (pagado por todos los demás), ya tenemos el escenario perfecto de la decadencia social, anticipada por supuesto, como lo ha sido en todas las épocas, por el arte patético de las últimas décadas.
¿Se puede salir de esto?
Claro que se puede, pero llevamos años haciendo el imbécil por intereses que normalmente tienen que ver con mantenerse en el poder siendo políticamente correctos. En concreto cuarenta años llevamos así. Políticas «buenistas» a mansalva a costa de más presupuesto en lo que sea o de la capacidad de adoctrinar y hacer a la gente menos libre. Creando una sociedad irritable y blanda, o peor todavía, de cristal, frágil, sin capacidad para afrontar retos, esperando que llegue alguien y resuelva los problemas o que desaparezcan por sí solos en el aire.
La educación, y la formación también, pero sobre todo la educación, necesita exigencia, disciplina y sacrificio porque muchas veces en la vida tendremos que hacer cosas que no son las que nos gustarían pero sí las necesarias. Y no estamos preparando a nuestra juventud para esto. No estamos educando, ni siquiera en la familia, que delega todo lo que puede en cualquier otra institución para que le haga el trabajo, aunque no dudará en escarmentarla cuando adopte alguna postura difícil.
No debemos pensar que tener una carrera resolverá nuestros problemas y nos dará la felicidad. No todo el mundo debería ir por ahí porque generaremos miles de personas frustradas en su futuro. Demos una educación adecuada pero exigente para que la persona sepa desenvolverse en el mundo tan complejo en el que le va a tocar vivir. Que sepa utilizar sus recursos, tanto conocimientos como emociones para sacar su vida adelante. Construyamos materias en el colegio y en la universidad que merezcan la pena ser estudiadas y no supongan una pérdida de tiempo. Materias que sirvan para tener un fondo que estructure la persona. Los conocimientos concretos luego irán y vendrán según me vayan haciendo falta, para eso estará la formación. Demos su sitio a los que nos van a enseñar y tengamos el respeto suficiente por ellos. Miremos de frente los problemas sin que nos afecten las críticas de quien no tiene suficiente nivel ni para pasar el día sin olvidarse de respirar.
Llegará un momento en que la elección para salir de este sinsentido la tendremos que hacer. Porque de lo contrario, desde fuera alguien la hará por nosotros y nunca viene bien que tengan que venir de fuera a decidir aquello que no hemos sido capaces. Pero esto da para muchos artículos. Seguiremos hablando.

La Economía sin alma
Hace ya bastantes años, asistí a un congreso de jefes de formación de entidades financieras y, tras una de las ponencias que correspondía a un profesor universitario, comenté que yo era un «economista frustrado». No recuerdo lo que pregunté en ese momento al ponente, pero sí que me definí de esta manera, y lo expliqué. Frustrado porque elegí una ciencia social y la matemática la había invadido. Frustrado por la evolución de unos mercados que ya no respondían a sus objetivos iniciales y habían caído en la más pura especulación. Frustrado porque el medio más sofisticado que habíamos creado para nuestro progreso, la empresa, se había convertido en un instrumento de tortura.

Claro que podemos reconocer estos problemas e intentar darles solución para el mayor bienestar y felicidad de todos los componentes de nuestro «sistema». Pero nos encontramos con algunos inconvenientes:
- Estamos inmersos en nuestra vorágine particular del día a día, de sacar adelante nuestro negocio, nuestro trabajo, nuestras obligaciones. Nos arrastra, nos dejamos llevar, no tenemos tiempo ni a veces fuerza para corregir nada, absolutamente nada, por pequeño que parezca.
- Las respuestas las buscamos sólo dentro de nuestro entorno, en este caso en la Economía. Así no salimos del bucle, pero es que, tal y como está la vida, nos habremos centrado tanto en nuestra área concreta que difícilmente tendremos ocasión de buscar soluciones fuera.
Seguro que se nos pueden ocurrir más, pero nos quedaremos con estos dos para abrir boca, porque son muy importantes en nuestra vida y son capaces de darle forma a una existencia que puede llegar a ser infeliz. Y si no, pensemos un poco… ¿cuánta gente conocemos que esté verdaderamente contenta con su trabajo, con su empresa, con su modo de vida? Y cuando hablo del modo de vida no me refiero al del fin de semana que mucha gente desea desde que empieza el lunes (mala señal). A la hiperactividad senderista, montañera, de playa, de barbacoas, cines, teatros, espectáculos, discotecas, conciertos. De fútbol, tenis, baloncesto, balonmano y hasta golf y piragüismo. Lo que sea para la gran evasión, para sentir que te diviertes, que sales de la rutina, para «engañarte» como sea.
¿Malvivimos cinco días de la semana pensando sólo en esos otros dos de fiesta? Y eso si el fin de semana está libre porque ¿y quien trabaja en fin de semana, cómo se hace este planteamiento para los lunes o los miércoles? Si todo esto es así, vivimos más mal que bien. Y si en ese sagrado fin de semana las cosas no vienen como queremos, que no nos quepa duda de que el lunes está ahí.
La resaca del día a día.
Nuestro día a día nos consume, nos arrastra como una corriente de resaca en la playa. Y es tan peligroso como esa resaca, porque luchar abiertamente contra ese diario nos puede agotar hasta la resignación. Muchos lo llaman «rutina» pero creo que el concepto está equivocado. Las rutinas son una herramienta que tenemos y que necesitamos para sacar nuestra vida adelante. De hecho difícilmente podremos mejorar si no incorporamos elementos en nuestras rutinas que se establezcan como algo habitual en nuestra vida. Ese hábito aristotélico que conformará cómo somos y nos comportamos, nuestro carácter.
No se trata de la negación de nuestra condición actual, de romper con nuestro día a día, de cerrar la empresa e irnos a vivir a una cueva. Sólo cuando llegamos a extremos insoportables en la vida, tendrían justificación este tipo de cambios. Cambios de rumbo sacralizados por algunos programas de televisión que nos muestran la inmensa felicidad que obtuvieron algunos al dejar su trabajo en una gran ciudad con puestos de corbata diaria para servir comidas en un chiringuito de una playa de Puerto Plata.
No dudo de la felicidad que puede darnos ese planteamiento, pero es que la mayoría somos «normales», del centro de la campana de Gauss, y habrá también que pensar cuánta gente ha fracasado estrepitosamente en planteamientos radicales de ese tipo y han tenido luego que volver con el rabo entre las piernas a una existencia que les parecerá mucho más triste… o quizás no, una vez vista la experiencia con la cruel realidad por testigo.
Pues nademos como en una corriente de resaca, sin grandes resistencias, desviándonos poco a poco hasta encontrar la vuelta a la orilla. Usemos nuestras rutinas para introducir en la vida elementos de mejora, pequeños pero importantes para nosotros. Dejemos la impaciencia por nuestro día a día para disfrutar cada vez más pequeños momentos que se convertirán en grandes y permanentes hábitos. El tiempo así, estará a nuestro favor.
Si queremos leer más porque así nos sentiremos mejor, no nos planteemos tres horas todos los días porque seguramente no podremos. Pero quizás podamos veinte minutos tomando café por la mañana antes de trabajar, o en la cama por la noche antes de dormir. Nos parecerá poco y que no merece la pena. Pero hacedlo y cuando pase un año entero echad un vistazo al estante de los libros leídos, a ver qué os encontráis. Porque al final la cantidad irá siguiendo poco a poco a la calidad, y en la vida no todo es «cantidad».
Si el problema es la salud física, todos sabemos lo que pasa cuando nos proponemos ir al gimnasio todos los días, o salir a correr cinco veces en semana… o comer sólo verduras… no hay más preguntas Señoría…
Usemos las rutinas para mejorar nuestra vida, incorporemos pequeños detalles que nos hagan disfrutar. Los cambios bruscos y los objetivos demasiado ambiciosos que he señalado como ejemplos por todos conocidos como los de la lectura, el gimnasio, las dietas, etc, sólo nos provocarán frustración, porque participamos de un sistema social concreto, con unas formas que adoptamos y que son, hoy por hoy, nuestro estilo de vida, nuestra cultura. Y habrá que trabajar para ganarnos la vida, y cuidar la casa y habrá hijos (e hijas, para que nadie se enfade) que nos «quitarán» mucho tiempo… Y hasta cosas que nos gustan al principio, como la pertenencia a clubs, hermandades, asociaciones, etc, pueden convertirse en otras obligaciones que nos martiricen.

Pero con el trabajo, la casa, los hijos… podemos incorporar este tipo de pequeñas cosas con las que disfrutar. ¡Quién sabe! Quizás encuentres los veinte minutos para leer esperando a que el niño salga del entrenamiento de fútbol en lugar de desesperarte por lo que tarda. O para escuchar música a todo volumen mientras limpias el salón. Nunca se sabe dónde va a saltar la liebre.
Y con todo aquello que «no sea una obligación» un sano NO también nos ayudará.
Sólo una advertencia en este punto de la potencia de una rutina para nuestra vida. Que también lo negativo entra por aquí. Así que tendremos que pensar si es conveniente fumar un cigarro después de comer o tomar una cerveza antes de cenar. Nada importante, pero pasará como con los libros del estante de los leídos después de un año.. ¿cuántos hay?
La solución endogámica.
El segundo inconveniente que señalé era buscar las respuestas a nuestros problemas siempre dentro y sólo dentro de nuestro entorno. Decía Avicena que para solucionar una enfermedad debían tratarse sus causas y no los síntomas, aunque si el estado del enfermo era de mucha gravedad, habría que actuar de urgencia sobre los síntomas. Parece que hoy en día nos quedamos sólo en la segunda parte, el enfermo en la UCI y a parar la fiebre.
Vivimos en sistemas globales, cada vez más globales para nuestro bien en muchas cosas y para nuestra desgracia en muchas otras. Esto implica un juego de acciones y reacciones cada vez más complicado por lo que cuando buscamos soluciones cada vez tendremos que ampliar más nuestro campo de actuación. Y el mayor problema será no encontrar una solución razonable dentro de nuestro ámbito de actuación, lo que nos llevará a intentar simplificar al máximo el problema y a obtener la menos mala de las soluciones. Es lo correcto para actuar de inmediato, algo que yo he defendido en muchas ocasiones: no podemos pretender siempre la solución perfecta al problema planteado. Será necesario utilizar la política del «mal menor», la menos mala de las soluciones, algo que ya planteara Aristóteles como forma de actuación, y es la segunda referencia que le hago.
Pero no deberíamos quedarnos ahí, solo en el cortísimo plazo. Será evidente que no hemos encontrado una solución correcta y una vía de actuación adecuada. Hemos hecho lo que debíamos ya que no actuar hubiera sido mucho peor. Sin embargo, se hará necesario que investiguemos la situación. Si no había una solución correcta dentro del entorno, seguramente sí la habrá fuera de él, por lo que deberíamos ampliar la búsqueda.
Si nos fijamos, no hay una sola crisis económica que no venga precedida de una intensa crisis social. Pero las soluciones que buscamos habitualmente son sólo «económicas», más o menos dinero en el mercado, mayor o menor tipo de interés, más o menos impuestos… Pero dejamos que sigan la hipocresía política, el populismo de los salvapatrias revolucionarios y, sobre todo los mismos patrones de consumo y de vida que han conseguido llevarnos a la situación crítica.
Deberíamos plantearnos qué es para nosotros la «buena vida». Significa «tener» o quizás es más «disfrutar», que no son la misma cosa por mucho que se intenten identificar los dos términos o que uno sea el resultado del otro. ¿Son correctos los patrones de consumo que tenemos hoy en día? Esto es lo que proviene de nuestro «estado social y personal» y lo que se refleja luego en nuestra actitud económica con respecto al consumo. Creo que sería necesaria una reflexión sobre nuestro modo de vida en particular y en la influencia sobre los otros modos de vida que hay sobre el planeta para prevenir futuras crisis, mucho más serias, que se plantearán sobre los recursos que utilizamos como si no tuvieran límite, además en muchos casos pasando por encima de lo que sea y de quien sea para obtenerlos.

La ambición humana no tiene límites. Y la Economía debe recuperar su faceta social. Algunos conceptos económicos deberían ser replanteados a la luz de una ética empresarial real, y no la que se quiere disimular con un falso ecologismo que compense los desastres que se provocan. Y no me refiero con esto a los accidentes, que siempre pueden ocurrir, sino a los efectos de la actividad diaria que resulta nociva para el medio en el que vivimos personas y empresas. Porque el deterioro de las condiciones… ¿no perjudicará también en un futuro no muy lejano a estas empresas? Estoy seguro de que así será, pero prima el beneficio inmediato, confundido de manera malintencionada con el «bien vivir» al que me referí antes.
Es preciso que las soluciones a los problemas económicos no solo se busquen en la Economía sino que abran su campo de estudio al resto de la realidad humana, como ciencia social que es, y que se indaguen los problemas sociales, antropológicos y del medio ambiente. De lo contrario, las soluciones endogámicas y matematizadas de la Economía de la Empresa sólo conseguirán efectos rebote perniciosos aunque aparenten en un principio que mejoran la situación.
Tengo serias dudas de que nuestra élite dirigente tenga valor suficiente para abordar soluciones de este tipo. Por esto, será necesario que los distintos grupos que actuamos en economía, empresas, consumidores y, si ello fuera posible, nos niveles menos politizados de la administración, tomemos decisiones como resultado de una mayor apertura en el estudio de los problemas cotidianos. Debemos buscar las causas más lejanas, aquellas que están en el comportamiento de las personas, en su sentir y en su cultura. Sólo así las decisiones serán adecuadas y no paños calientes para salir del paso. Sólo así podremos llegar a una nueva Economía más social y a la vez más estable y beneficiosa para todos.
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