vida
Complejos de culpa (II) – ¿Trabajo poco?
Entre no cumplir con mi cometido y que «se me caiga el lápiz» a la hora de salida y no poder dejar de trabajar ni de madrugada, hay un abismo que podemos analizar de manera conveniente para llegar a un comportamiento razonable con respecto al trabajo y que nos aleje de estas dos aberraciones que hemos indicado, mucho más habitual la primera que la segunda pero igualmente nocivas para la persona.
En muchos momentos de nuestra vida nos podemos encontrar con disyuntivas de este tipo. Imaginemos entre estudiar y trabajar. Tengo responsabilidades en mi trabajo y también estoy estudiando una carrera, máster o cualquier otro curso. Si dedico mi tarde a estudiar puedo estar pensando que debería estar trabajando. Pero si me pongo a trabajar, estaré preocupado por la marcha de mis estudios. El resultado será que no estaré rindiendo en lo que hago por la preocupación, ni mucho menos disfrutando de ninguna de las dos cosas.
Y este es un círculo vicioso muy perverso pero que, en un alto porcentaje de ocasiones, lo generamos nosotros mismos sin ninguna intervención exterior de otras personas; autogeneramos este complejo de culpa sin la más mínima piedad hacia nosotros mismos. El resultado: sentirnos mal hagamos lo que hagamos. Si a esto le añadimos los factores externos, que los habrá, ya tendremos un cóctel de los más explosivos del mercado.

Efectivamente, puede que nos encontremos un jefe para el que no existen las horas libres, todo es trabajo que, bajo una dulce capa de dedicación, vocación y entrega, oculta probablemente cualquier tipo de las frustraciones personales que se desfogan en la empresa (ver el artículo de este blog sobre el jefe). Puede que exista una «sana» (o no) competencia entre compañeros con o sin cargos de responsabilidad, a ver quién queda mejor enviando un informe por correo electrónico al equipo de trabajo a la hora más intempestiva. Si somos comerciales, además de todo esto aparecerá el inconmensurable universo «del cliente» en el que nos encontramos todas las modalidades de personas que existen en el mundo (al fin y al cabo es lo que son aunque podamos dudarlo en algunos casos). Así, los habrá respetuosos y prudentes, y los habrá que quieren hacer sentir su yugo sobre nosotros forzando situaciones difíciles por el hecho de no perder negocio.
Pues que sepamos, que en muchas ocasiones y con dolor de nuestro corazón, a este tipo de personas es mejor perderlas no ya como clientes sino perderlas de vista en términos absolutos, sólo hola y adiós por cortesía y educación pero poco más.
El remate de estas situaciones en las que aparece este complejo de culpa por no trabajar lo suficiente se da cuando analizamos a las Pymes y los autónomos. Porque, efectivamente, aquí se concentra todo lo que hemos dicho en los párrafos anteriores: soy jefe pero trabajo a pie de obra, tengo empleados de todo tipo y además tengo que tener en cuenta los deseos de mis clientes. Con razón algunas veces se busca una ventana por la que saltar y escaparte de todo. Curioso cuando ser dueño de tus actividades, tener la capacidad de elegir el ritmo de desarrollo, debería darte más reposo y satisfacción. Porque esta es la razón de que muchas personas opten por este camino: dejar la rigidez de una empresa grande, del mundo asalariado y de aquella «sana» competencia de la que hemos hablado antes.
En algún momento hemos hablado de la «Hipercomunicación» en nuestra sociedad, uno de los conceptos que trata el filósofo Byung-Chul Han al definirla como «sociedad de la transparencia», eso que denomina «el infierno de lo igual». Y en este caso concreto que tratamos para este complejo de culpa específico, la aceleración extrema de la comunicación tiene gran parte de la culpa.
Enviamos un mensaje y EXIGIMOS una respuesta inmediata y esto es simplemente no tener respeto por el tiempo de los demás. La aplicación además te dice si el mensaje que has enviado ha sido leído… peor aún. Más ansiedad todavía para el remitente: ¡Cómo puede ser que no me responda si ya lo ha leído! Y así vamos pasando por la vida, tan centrados en todo lo inmediato, que no nos damos cuenta de que se nos está escapando.
Las herramientas de comunicación que tenemos son fantásticas y han tenido una evolución estratosférica… y la siguen teniendo, de tal forma que no creo que nadie sepa, ni el mejor de los científicos, a lo que vamos a llegar. Y esto creo que es más un problema que otra cosa sin querer ser un agorero. Fijaros la facilidad de comunicación que tenemos hoy en día con cualquiera a través del Whatsapp, pero fijaros también los millones de idioteces que se envían por este medio tan «útil». Esa facilidad de comunicación ha tenido un efecto perverso haciendo que tengamos que navegar en un mar, o mejor en un océano de iconos, memes, oks, fotografías graciosísimas con o sin movimiento, etc, etc… La misma herramienta que me facilita la comunicación, a la vez, me la dificulta.

Pero no es el único efecto perverso. Esta dificultad la podríamos dominar con mucha selección de grupos, mensajes, sonidos, etc. Es mucho más peligroso para nosotros la acumulación progresiva de cargas de trabajo debido a una multitarea permanente. Yo mismo mientras estoy escribiendo esto he intervenido varias veces en una conversación (importante si) en la que estoy intentando aportar para resolver una situación de conflicto, pero voy a centrarme.
Si una tarde os da por pasear con vuestra familia, ¿dejáis el móvil en casa? Yo creo que no, que lo llevamos encima de forma permanente. Pues que sepáis que hubo un tiempo en que no existía y no pasaba nada… al revés. Y ya que lo lleváis, ¿va en silencio y sólo lo consultáis de vez en cuando? Puede que si… o puede que no. Si veis los mensajes, tanto si es de vez en cuando como si saltáis cada vez que suena uno, ¿qué ocurre si un cliente os hace una pregunta o petición?… vamos a dejarlo aquí por ahora, pero no olvidéis esta cuestión.
Creo que debemos hacer una serie de consideraciones a tener en cuenta cuando asoma este complejo de culpa de que «deberíamos trabajar algo más»:
El trabajo es un gas y se expande.
Así es, y ocupará, si lo dejamos, todo el tiempo de que dispongamos y aún nos parecerá que nos queda todo pendiente. Funciona como un plato de arroz que estamos comiendo sin ganas, cuando llevemos un rato masticando al revés, nos parecerá que tenemos más que al principio. Por lo tanto, todo deberá tener su límite en cada mes, en cada semana y en cada día que vivamos. Debemos establecer rutinas con las que nos sintamos cómodos y que nos sean útiles para poder disfrutar de lo que hacemos y para poder tener tiempo de otras cosas que puedan aparecer, porque no todos los días serán iguales… gracias a Dios.
Y ahora que estamos en tiempos de trabajo a distancia, el problema se agrava porque antes, había una distinción clara: hora de entrada, trabajo (con sus pausas… o no), hora de salida… y extras. Todo muy definido. Cuando llegaron los portátiles, internet, las nubes y demás, todo se difuminó y muchos ven una ventaja en trabajar de seis a ocho de la mañana, después hacer otras cosas, otro ratito luego, después por la tarde y así caer en un desmadre con el que no consigues centrarte o con el que vas a estar trabajando todo el día y más horas que en la antigua oficina. Cuidemos nuestro tiempo, porque el que haya pasado no lo volveremos a recuperar.
Identifica verdaderos problemas que debes atender.
Si ya tenemos claro que el teléfono no lo debemos atender de forma indiscriminada porque va a hacer que trabajemos, sin la calidad necesaria por supuesto, hasta en el último rincón del mundo, vamos a intentar diferenciar aquellas situaciones que sí merecerán nuestra atención inmediata y directa.
En este caso, si tenemos una comunicación correcta con nuestro equipo, conocerán nuestros hábitos y si existe un mensaje o llamada en un momento no habitual, es que será importante. En este caso lo atenderemos con la mayor normalidad del mundo porque sabremos que será algo importante y necesario y, en el caso de que no lo sea, deberemos tomar medidas para que no se repita, bien porque alguien de mi equipo tenga más formación o más confianza o bien porque determinemos claramente que ese tipo de problemas tienen otra resolución.
Si realmente tienes un equipo y tu servicio se lleva a cabo durante toda la jornada, define guardias para horarios no habituales de forma que puedan «repartirse» las situaciones excepcionales. Y valora la posibilidad de que exista una diferenciación entre los teléfonos de trabajo y los personales.
Selecciona clientes.
Cuando estamos empezando con nuestro negocio, esto se antoja muy difícil… y lo es. Entramos casi en todo lo que nos llega porque necesitamos comenzar a generar ingresos y poner nuestra maquinaria fina para el desarrollo de nuestro negocio pero pronto nos daremos cuenta de los inconvenientes si no conseguimos controlar la situación.
Determinados clientes pueden ocupar una parte muy importante de nuestro tiempo, lo que nos va a impedir desarrollarnos. Por lo tanto, llegará un momento en que tendremos que evaluar la conveniencia de tenerlos. Creo que es importante desde un principio fijar nuestros niveles de servicio y definir hasta dónde llegaremos, si hay determinados horarios, si la resolución de problemas tiene un procedimiento determinado o si contamos con un servicio de soporte.
Aquellos clientes que, como mencioné antes, disfrutan haciéndonos sentir su yugo por el hecho de que son nuestros clientes y se saltan todos los acuerdos de servicios que les hayamos explicado, sencillamente NO deberán estar, no deben existir dudas en esto y sentiremos una tranquilidad muy grande desde el mismo momento en que los hayamos dejado. Seguramente encontrarán su proveedor adecuado, pero no seremos nosotros, sin alterarnos, sin preocuparnos, sólo es una decisión correcta según nuestros criterios y puntos de vista, así de simple.
Llegados a este punto y con estas breves consideraciones, volvamos al paseo con la familia y a los mensajes que nos llegan. Si hemos reflexionado sobre estos temas, no tendremos problemas, pero si no, comenzará nuestro complejo de culpa a actuar de forma inmisericorde: «debería responder en un momento porque tengo que sacar mi empresa adelante… en realidad lo hago por ellos»… ¡estás perdido!
Necesitamos toda la tranquilidad del mundo para ir lunes, miércoles y viernes al gimnasio durante una hora porque nos gusta y nos viene bien para la salud y esos son unos momentos nuestros y no de nuestro trabajo. También para hacer ese paseo que hemos interrumpido con la llamada innecesaria en el noventa y nueve por ciento de los casos, porque el momento será de nuestra familia y no de nuestro trabajo. Sin complejos, porque son momentos necesarios incluso para poder trabajar bien después. Y no nos olvidemos de que la preocupación nos la generamos muchas veces nosotros mismos porque el resto del mundo sigue funcionando sin nosotros, aunque nos parezca que somos imprescindibles.
¿Es necesario crecer tanto o mi negocio se encuentra bien así? Puedo parar el ritmo de crecimiento y vivir más en paralelo. O puedo no hacerlo en las temporadas que yo decida porque es con mi negocio con el que disfruto. El problema será si me siento libre para tomar esa decisión. Si lo eres, trabaja hasta por la noche si quieres… pero plantéatelo.
Y quizás alguien que haya leído el primero de mis artículos sobre el complejo de culpa, podría decir que me estoy contradiciendo, pero verá que este último criterio también coincide con el que reflejé en dicho artículo y que justificaba perfectamente que, cuando YO QUIERA puedo decidir ser menos productivo y trabajar tardes o noches. Pero no será porque tengo un complejo de trabajar poco, sino por una decisión consciente de la que soy capaz de disfrutar y que en ese preciso momento, justo en ese momento y no en otro, es la que YO QUIERO tomar. Los problemas vienen sólo cuando empieza a desaparecer mi capacidad de elegir.

Complejos de culpa (I) – Productividad obsesiva
Pase que en España no seamos los más productivos del mundo, que desaprovechemos el tiempo un poco y no consigamos hacer en el mismo tiempo todo lo que un alemán, francés o noruego son capaces de hacer. También habrá que ver si por el camino de hacer las cosas, esas que nos han costado a nosotros más tiempo, ellos han disfrutado más o menos que nosotros, porque puede que la productividad sea mayor en sus casos pero la satisfacción menor. Es importante, eso sí, que el resultado final pueda tener la misma calidad en todos los casos.
Siempre que sale una estadística de productividad en Europa, o, en general, en ese grupo de países denominados «del primer mundo», comienza el debate por la posición de España. Una serie de expertos han definido los parámetros, en este caso de la productividad, de forma aséptica y fría y según unas teorías de la producción que no consideran bien los entornos y las formas de ser, y se acaban estableciendo las escalas de quiénes son mejores o peores. Pero según esos criterios sobre los que, muy probablemente, nadie nos ha preguntado.
Y así, siguiendo el error perpetuo de España desde que terminó el siglo de oro y empezó a fraguarse la ideología liberal y progresista, lo que viene de fuera siempre es lo mejor y se convierte en ley, nosotros no somos capaces de hacer nada a derechas y de establecer el más mínimo criterio y, por lo tanto somos una especie de «chuflas» y retrasados ante una Europa que nos escribió la historia. ¡Todos a acomplejarse!… Y hasta hoy y prácticamente en todos los aspectos de la vida: en cada parcela, una mayoría de acomplejados y una pseudo élite de expertos que se sienten por encima del común de los mortales porque defienden criterios que se han establecido en otros sitios «más avanzados», sin la más mínima capacidad de crítica hacia esos criterios que nos tenemos que «tragar» y sin ser capaces, tanto que saben, de proponer nada nuevo.

Pero creo que sería necesario que nos hiciéramos algunas preguntas, porque según su respuesta es posible que cambie mucho la situación:
Ante esta situación de la productividad por ejemplo, ¿aplicamos igual o mejor tecnología? Si la respuesta es que no, tenemos un claro margen de mejora que podremos analizar para igualarnos y probablemente con esas mejoras podremos alcanzar el mismo nivel. Aquí no habría mucha justificación de esos complejos, existe realmente un desfase y simplemente nosotros decidiremos cómo y cuándo hacer esas mejoras.
Si la respuesta es que sí y tenemos a nuestra disposición las mismas herramientas, entonces la cosa será algo más complicada y tendríamos que pasar a una segunda pregunta: ¿Es siempre así o estamos en aquello de generalizar por costumbre? Un vicio muy instaurado en nuestro país, analizamos unos resultados parciales e inmediatamente, si son malos claro, lo extendemos a la generalidad de los casos. Esto nos llevará al resultado de que habrá una gran mayoría trabajando muy bien, pero bajo el estigma de que no lo hace y sólo porque hay algunos que no cumplen esos estándares (que vienen de fuera). Tampoco caben aquí complejos porque en ningún sitio del mundo existirá un nivel de uniformidad total en la actividad económica y siempre «habrá de todo en la viña del Señor».
Pero está también la otra opción, que efectivamente sea siempre así en la mayoría de los casos, y teniendo a nuestra disposición la misma tecnología, los resultados sean peores. Esta situación nos llevaría a la tercera pregunta: ¿Nos importa realmente? Porque ya aquí, estamos entrando en otro tipo de análisis muchísimo más profundos aunque nos parezca todo lo contrario.
En el caso que nos ocupa de la productividad en el trabajo, el desfase podría significar que yo tardo, por ejemplo, tres horas más en hacer la misma tarea, con la misma calidad, que un holandés o un alemán teniendo a mi alcance las mismas herramientas y el mismo conocimiento personal y experiencia que ellos. Si esas tres horas además, las cobro, la empresa o el proyecto incurrirá en unos mayores costes de personal (suponiendo el mismo salario, que sabemos que en muchos casos no es así). Por lo tanto, o el margen será menor o, para tener el mismo que mis dos competidores, tendría que subir el precio del producto o servicio que he llevado a cabo. En ambas circunstancias mi negocio pierde, en teoría.
Y aunque haciendo las cuentas esto sería un hecho constatable, también he dicho «en teoría». Hagamos un supuesto: he tardado tres horas más porque he atendido, cuando no estaba previsto, a dos compañeros de trabajo que me pidieron opinión o ayuda para sus distintas actividades en lugar de ser un «estreñido» que les cortó en seco y les dijo que me pidieran cita por correo electrónico. Como consecuencia de esa ayuda, uno de ellos ha logrado una solución para la suya y el otro ha aprendido algo que incorporará de forma continuada como mejora a sus actividades diarias. La vida es compleja, como dije en otro artículo, así que, ¿qué balance podríamos hacer ahora? Mi actividad ha resultado algo más «cara» sí, pero posiblemente las mejoras de los otros dos compañeros han generado una notable mejora de la productividad de ellos y, por lo tanto, una mejora de la productividad «general» de la empresa desde ese preciso momento. ¿Con qué nos quedamos? Probablemente ya no sea tan crítica mi peor productividad, aunque también dichas aportaciones se las podría haber hecho en otro momento planificado más adelante y lo tendríamos todo… ¡o no!

Imaginemos que esas horas de más NO LAS COBRO. ¿Por qué puede ocurrir esto? Porque la empresa (que en muchos casos puedo ser yo mismo) no me las va a pagar aunque realmente hicieran falta para el proyecto; mal vamos, pero este es un tema muy distinto, porque si hacían falta, algo cambia en las condiciones con respecto al holandés y al alemán, pero en cualquier caso el coste de la actividad debería ser superior y estaríamos falseando los resultados… y esto da, no sólo para un artículo, sino hasta para un libro entero, y le dedicaremos tiempo al tema de los costes.
Pero, por ahora, vamos a las otras opciones: me han interrumpido esos compañeros y les he atendido con el resultado que he dicho antes y YO he decidido trabajarlas para terminar mi proyecto. O simplemente YO he decidido tomármelo con más calma en mi trabajo y de forma consciente he tardado más para hacerlo de una forma más tranquila, segura, e incluso disfrutándolo más. Con la primera opción (que es la que haría cualquier autónomo o pyme), la empresa no sólo no ha incrementado el coste sino que ha tenido una mejora; con la segunda opción (que es la que «debería» hacer el autónomo alguna que otra vez) no ha tenido incremento de coste y la persona ha seguido una decisión propia que entendemos que es satisfactoria para su bienestar personal.
En estos casos estoy sacrificando tres horas de mi vida personal para dedicarlas al trabajo sin tener ninguna compensación «económica», pero quizás de otro tipo sí (satisfacción por la ayuda prestada, satisfacción por disfrute de mi trabajo… y así podríamos seguir con este tipo de justificaciones por el que una buena parte de la población nos diría que somos tontos, que no debemos hacerlo, que deberíamos reclamar más salario, negarnos en redondo, acudir a la justicia o incluso a los sindicatos para que empiecen a envenenarlo todo, aunque eso era antes, ya ni eso…).
Es posible que nuestra forma de trabajo sea distinta a la del holandés o a la del alemán, pero el punto crítico es, según yo creo, ese «YO he decidido» que he usado antes y que constituye una libre y consciente elección de mi situación en el trabajo y que nadie puede ni debe criticar, porque hay fundamentos que no podemos imaginar detrás de cada comportamiento humano. Si nos fijamos, salvo en el último caso en el que decido trabajar de forma más relajada, en los demás en que atiendo a mis compañeros, cobrando las horas o sin cobrar, en realidad el problema es de una simple imputación contable, porque esas tres horas (y su correspondiente coste), nunca deberían haberse imputado al proyecto en cuestión, por lo que mi productividad habría sido la misma que la de los del norte, y si he cumplido al final los plazos, que es donde deberíamos tener mucho cuidado, incluso superior por las aportaciones realizadas a las demás actividades.
Si nos encontramos en estas situaciones, cualquiera de ellas, que son además la mayoría, COMPLEJOS NINGUNO, sólo mirada al frente y defensa de nuestra forma de trabajo, esa que nos hace más afables y que vivamos mejor si no fuera por el permanente complejo de culpa que tenemos en este tema concreto de la productividad.
Pero mucho cuidado: si no rindes lo suficiente, tardas más siempre, no aportas mucho al resto e incluso no cumples plazos… si siempre hay una excusa para lo que no se hace y una queja del poco tiempo que se tiene y lo complicado que resulta todo, probablemente debas plantearte que eres un flojo o un inútil o incluso las dos cosas juntas y que tu sitio no está ahí, en esa empresa y probablemente en ninguna otra, y si no cambias de actitud, deberías acabar en un sitio que yo personalmente no acabo de concretar o, como mínimo, en una cola de las tantas que hay para ayudas sin contraprestación alguna, quitándosela también a alguien que realmente la necesite, que hasta para eso se puede ser inútil en grado máximo.

¿Por qué? – Reflexiones sobre complejidad
Esta es una pregunta tremenda. Yo diría que es «la pregunta» por excelencia. Fijaros que es la más repetida por los niños cuando aprenden a hablar y no saben todavía cómo funciona esto de la vida, y puede llegar a tal punto que a algunos progenitores les entre un deseo desenfrenado de tirarse por la ventana… o de tirar al niño. Porque esta pregunta exige una respuesta razonada, o al menos razonable, o una aceptación un poco amarga de desconocimiento o de no tener muchas ganas de líos. Tanto si se responde como si no, siempre hay consecuencias, deseadas o no.

Admitamos que algunas veces las preguntas son inoportunas y evitables, y me refiero ya no a las de los niños (que serán inevitables), sino a las de los mayores con uso de razón. También tendremos que admitir que las respuestas en la mayoría de los casos no serán fáciles, bien porque la situación sea comprometida, bien porque, aunque no lo sea para el interrogado, la respuesta en sí sea difícil.
Y esto hace que nos planteemos el problema de «la complejidad», que tan bien ha tratado el filósofo francés Edgar Morin, a través de la «dialógica», el enfrentamiento necesario de contrarios.
«Legítimamente le pedimos al pensamiento que disipe las brumas y las oscuridades, que ponga orden y claridad en lo real, que revele las leyes que lo gobiernan. El término complejidad no puede más que expresar nuestra turbación, nuestra confusión, nuestra incapacidad para definir de manera simple, para nombrar de manera clara, para poner orden en nuestras ideas.»
Edgar Morin – Prólogo de «Introducción al pensamiento complejo»
Son múltiples los ejemplos muy contradictorios que nos encontramos de esta dialógica en nuestro desarrollo social y económico. Por ejemplo, la libertad se obtiene coartándola, es necesaria la ley (coerción) para garantizar las libertades individuales. Y para tener seguridad es necesaria la amenaza (policía). Para obtener bienestar físico es necesaria la disciplina y el sacrificio. Hasta la cosa más simple que nos podamos imaginar funciona, y progresa, con este enfrentamiento de contrarios.
Como Morin nos dice en el libro citado, la ciencia progresa porque es capaz de simplificar (consenso) y poner en duda de forma sistemática (conflicto). Progresa en definitiva porque es compleja. La evolución de la ciencia se logra a través de la puesta en duda de conceptos que en un principio quedaban fuera de su campo de actuación. Fundamentalmente se pusieron en duda los dogmas religiosos que imperaban en cada época para llegar a deducciones y demostraciones de las leyes que operaban en la naturaleza. Sin embargo, una vez superados todos estos dogmas y de dejar la religión en otro nivel de nuestra existencia, los nuevos dogmas sobre los que dudar serán los propios principios de la ciencia que se convierte en la nueva religión a superar. Y a medida que buscamos esos «ladrillos» de la creación, todo se va, a su vez, volviendo más y más complejo hasta tener que hacer los «nuevos actos de fe» sobre lo que nos dicen los científicos, porque entender lo que se dice entender, está al alcance de muy pocos, convertidos en los sumos sacerdotes de las nuevas creencias que durarán más o menos tiempo hasta que sean sustituidas por una nueva investigación aún más compleja.
Por lo tanto, cuando hacemos la consabida pregunta del título, por muy sencilla que veamos una situación, nunca llegaremos a saber de verdad en qué berengenal nos estaremos metiendo y cuál va a ser el resultado de nuestra investigación. Porque ante la situación que nos pueda parecer más sencilla se pueden esconder motivaciones muy profundas, muy complejas y, sobre todo, muy interconectadas.

Y voy a tocar de nuevo el tema de nuestras rutinas y su análisis de las que ya hablé en otras ocasiones y también en el artículo anterior dedicado al uso de la «ley del mínimo esfuerzo». Siguiendo el razonamiento que expongo en este artículo, la mayoría de nuestras rutinas conscientes se establecen en función de esta ley vital y pueden permanecer en el tiempo de forma indefinida si no nos las replanteamos nunca y nos sentimos cómodos con ellas. Aparecerán como el resultado de un análisis de todas nuestras circunstancias en un momento dado y se establecerán como una solución óptima para nosotros, como aquello que de una u otra forma «nos facilita y resuelve la vida». Pero es posible, casi seguro, que las circunstancias cambiarán. ¿Cambiaremos también nuestras rutinas? En estas situaciones puede ser necesario que aparezca la consabida pregunta: ¿Por qué?, ¿Por qué sigo haciendo esto o aquello? ¿Tiene sentido en mis circunstancias actuales?
Y nos podemos encontrar con distintos niveles de dificultad a la hora de respondernos. Dependerá de la trascendencia del hecho y de la profundidad con que hayamos admitido la rutina: no será lo mismo decidir a qué hora me levanto por la mañana que cambiar mi residencia; y habrá también una diferencia importante entre el «tener que» y el «querer». Por ejemplo, en cuanto a la hora de levantarme, si ya no tengo que ir a trabajar porque he cambiado al turno de tarde o me he jubilado, ¿tengo que seguir levantándome a las seis de la mañana?; es evidente que no, porque no tendré que estar ya en el trabajo a las ocho pero, ¿quiero seguir haciéndolo?; puede que sí, aunque a muchos les pueda parecer una idiotez; ¿qué sentido tiene que lo sigamos haciendo?
Pues puede que algunas rutinas que nos imponemos por obligación, como la de ir a trabajar, deriven en otro tipo de circunstancias personales que sean reconfortantes para la persona; quizás nos guste el frescor de la mañana (o directamente el frío en el invierno), que nos guste conducir, que ese primer café con tiempo no tenga precio, que se le añada un poco de lectura cuando las revoluciones del día aún no son muchas, ni las nuestras ni las de nadie…, que todas estas cosas juntas te hagan afrontar el día con más ganas, etc. De esta forma, la obligación de ir a trabajar ha generado una serie de elementos de los que no tenemos por qué prescindir. Sin embargo, a cualquiera que lo vea desde fuera, estos elementos por separado les parecerán una idiotez que no justifica el que nos sigamos levantando tan temprano, pero el conjunto puede que para nosotros sea importante.
Fijaros que todo esto que he comentado en el párrafo anterior puede llegar a justificar que una persona se siga levantando temprano independientemente de que desaparezca la causa que en principio lo generó. Y no estamos hablando en este caso de algo «vital», de una de esas cuestiones de peso en nuestra existencia. Sin embargo, ya para este hecho existen múltiples razones de fondo que alguien de fuera no se podrá explicar. Imaginemos qué profundas cuestiones aparecerán cuando el «¿por qué?» lo dirijamos hacia una de esas cuestiones vitales. Es posible que haya algunas razones a las que nunca seamos capaces de llegar, a veces ni nosotros mismos. Por eso, en multitud de circunstancias no queremos hacernos determinadas preguntas, y es cierto que, a veces, es mejor no hacerlas.
Inteligencia
Allá por el año 1989 un Jefe de Préstamos discutía con un compañero de Organización que se sentaba en la mesa que estaba junto a la mía y le decía: «Hay que aplicar la inteligencia artificial» para dar los préstamos. Lo dijo varias veces a lo largo de la conversación como si fuera un entendido en la materia, que no estaba aún ni en los comienzos, mientras mi compañero, que era una verdadera personalidad en todo lo que fueran avances tecnológicos, aguantaba el chaparrón estoicamente.
Cuando se fue esta voluntariosa persona, mi compañero se volvió hacia mi, que era todavía novato en el departamento, y ante la mirada que le dirigí me dijo: «Inteligencia artificial, si… si… donde falte la natural». Y esa frase todavía resuena en mi cabeza y aún más hoy en día cuando al pronunciar la palabra «inteligencia» inmediatamente pensamos en la palabra «artificial» para complementarla como lo más natural del mundo.
No mucho tiempo después se implantó el primer Credit Scoring, muy básico pero ya efectivo, y hoy en día la mayoría de los créditos los da el ordenador de la entidad financiera con toda la normalidad del mundo. Ni mi compañero Pepe ni yo éramos, ni lo somos ahora, sospechosos de ir en contra de la tecnología, sobre todo después de haber dedicado más de treinta años a diseñar y mejorar procesos de trabajo e implantar aplicaciones que los facilitaban. Pero el matiz, muy importante, es que nunca hemos implantado tecnología «porque sí». Siempre había una causa final para su implantación que tenía que ver con la mejora de los procesos para clientes y empleados, mejora de la productividad de la empresa, facilidad en la ejecución de las operaciones, ahorros importantes de costes y medios materiales, etc, etc. NUNCA la tecnología era el fin, y creo sinceramente que esto siempre debe ser el núcleo, la clave de la cuestión.
Si nos fijamos en la telefonía, podemos ver el avance vertiginoso que ha tenido en los últimos años y que no tiene visos de parar en el futuro próximo. Todo tipo de dispositivos con los mayores avances, cámaras con una calidad que, salvo en el caso de los profesionales, han eliminado a las reflex digitales que tan buenas fotos hacían, sonido que ha hecho plantearse a marcas de amplificadores como Marshall la producción de auriculares para los móviles, conectividad casi total a tiempo real con todo el mundo, miles de aplicaciones que hacen de todo… Pero ¿nos hemos parado a pensar QUÉ ES LO QUE COMUNICAMOS? Porque esto creo que es lo realmente importante y cada vez tiene menos importancia en el panorama general.

Y puede ser aún peor, porque cuando se trata de texto veremos miles de comunicaciones con una ortografía penosa disimulada por la existencia de un cuasi idioma virtual que utiliza muchas veces la «k» y los «emoji» y que empezó así para «economizar recursos» en la época en que se pagaba por caracteres en los mensajes, pero que, hoy en día con la barra libre de la comunicación, sólo sirve para ocultar o al menos disimular el embrutecimiento manifiesto de la persona que escribe. Pero cuando se trata de imágenes, no solo se trata de una comunicación deficiente, aquí si que sale a relucir la pericia del comunicador para FALSEAR los contenidos. Hay tantas posibilidades para retocar imágenes que directamente no nos podemos creer nada. No vendría mal que esa pericia que usan algunas personas para retocar imágenes la utilizaran para aprender un poco mejor el idioma y mejorar ortografía y gramática, de forma que no hablaran «…en plan…» como si no hubieran asistido en su vida al colegio.
Claro que tampoco el texto puro y duro queda hoy al margen de la falsedad. La maravillosa inteligencia artificial es capaz de obtener un buen mensaje publicitario introduciendo unos parámetros en una aplicación como si hablásemos en «indio». El incipiente y preocupante ChatGPT ya ha sido capaz de aprobar exámenes de una ingeniería, ya hace programación de ordenador sin problemas y yo mismo he hablado con un teleoperador robot, de los que llaman a las tres y media de la tarde, sin saber que era una máquina hasta la cuarta frase justo antes de cabrearme mucho y colgarle.
En un artículo anterior que titulé «Hipercomunicación» ya mencioné el concepto de «delegación del pensamiento» y creo que es necesario que lo vuelva a referenciar, porque este futuro tecnológico es el que tenemos, no vamos a dar marcha atrás aunque lo pudiéramos creer conveniente ante el cariz que toman las cosas, y vamos a acabar delegando nuestra propia vida. No será necesario ya que sepa escribir, y lo digo en general, no ya sólo que no haya faltas de ortografía y que haya una mínima conexión entre lo que esté diciendo. Ni hablamos ya de que el texto sea fluido y elegante, que parece que ya no se lleva. Cualquier «bodoque» que sea capaz de hacer una petición a la inteligencia artificial aunque sea con mala ortografía (que ya el corrector saldrá en su ayuda) podrá tener un texto que en la vida hubiera imaginado que saliera de su pluma… como así habrá sido.
Transhumanismo y Posthumanismo
La inteligencia y su aplicación ha distinguido al ser humano del resto de la creación. Capacidad de entender o comprender, de adquirir conocimientos y resolver problemas, de desarrollar habilidades y destrezas y de aprovechar la experiencia. Esta es la inteligencia natural que ha hecho que nos desarrollemos como especie por encima de las demás y que ¿dominemos? el mundo. Esta inteligencia natural ha hecho nuestras vidas más cómodas aunque no en todas partes del planeta. Pero, como «de todo hay en la viña del señor», algunos han utilizado esta inteligencia natural para llegar a crear su propia suplantación.
Ordenadores cada vez más pequeños pero con más capacidad tienen un «mundo» de información que procesar y relacionar a unos niveles que el ser humano no podrá jamas por lo que, en ese aspecto de acumulación de conocimientos, nos podemos dar por superados. Los problemas pueden empezar cuando el ordenador ya empieza a aprender por sí mismo de la información que va recibiendo de la interacción con los propios humanos. Podrán crear nexos de unión de esas respuestas extrañas que somos capaces de dar con las situaciones en las que lo hacemos lo que nos llevará a la «percepción» de que ese robot de alguna manera razona. Visto el nivel de razonamiento actual de mucha gente de todas las edades y por distintas razones, tampoco vamos a tener que exigirle mucho al robot para considerarlo inteligente, por lo que tendremos que preguntarnos en algún día no muy lejano si esta inteligencia realmente nos distingue.
Yo creo que el nivel de desarrollo de la robótica y la inteligencia artificial llegará a detectar, distinguir, manejar y expresar sentimientos y, de la misma forma que muchas personas fingen, los robots serán capaces de hacerlo. ¿Esto es bueno, lo podemos considerar progreso, es ético que me engañe una máquina? No, no y no son las respuestas, pero tampoco importa mucho porque estoy seguro de que se va a hacer sin el más mínimo remordimiento visto el nivel (el poco nivel) ético de la ciencia y la tecnología actuales.
En este punto nos quedamos sin referencia para establecer lo que es humano, porque la inteligencia ya no nos sirve, ni siquiera la emocional. Para diferenciarnos y definir nuestra existencia, nuestro ser, sólo nos queda aquello que la máquina por su propia esencia se negará a admitir: el error; la inesperada, ilógica y delirante ristra de equivocaciones en cadena que somos capaces de cometer. Se podrá enseñar a la máquina a cometer errores intencionados como parte de su «nueva lógica» pero eso nunca creo que pueda hacerlo tan bien como nosotros, en el momento más inesperado, en contra de cualquier predicción, con una ausencia de sentido total y con una falta de empatía que ni la misma máquina sería capaz de tener en la frialdad de sus circuitos.
La corriente transhumanista postula que todos estos avances pueden y deben ser utilizados para suplantar aquellas capacidades perdidas por los humanos, de forma que puedan acceder a una mejor vida. De esta forma, si perdemos un brazo o una pierna, habrá una prótesis que la sustituirá y podremos seguir una vida normal. La curación de muchas heridas internas se podrá hacer inyectando «algo» que irá directamente al sitio y hará la correspondiente reparación sin necesidad de las actuales operaciones. Será posible replicar un riñón y no serán necesarios los transplantes, etc…
Parece todo magnífico hasta aquí y esta evolución que nos permita no perder capacidades y poder continuar con una vida digna es muy plausible. Pero, si necesito aprender un idioma, quizás con un implante tenga el problema resuelto. Si mi capacidad espacial está limitada, otro implante que estimule alguna zona concreta de mi cerebro y resuelto. Y así todo lo que podamos imaginar. Empezamos aquí a tener dilemas que nos hacen pensar un poco el sentido de todo este nuevo mundo de posibilidades que se abre ante nosotros. Y, si nos detenemos un poco, veremos que no es muy distinto de lo que ha venido pasando con la cirugía estética en los últimos años; después de un accidente o de una enfermedad como el cáncer, una reconstrucción estética puede ser una bendición que haga recuperar a la persona su autoestima. El problema se da cuando llegamos a gente que, por gusto, tiene en el cuerpo ya más silicona que músculo, quitando de unos sitios, poniendo en otros, comprometiendo a veces su propia salud, para llegar a lo que nunca se llegará por ese camino, que es sentirse bien.
Estos trabajos, además, se pueden «vender» como «democratizadores» porque cualquiera puede llegar a adquirir la capacidad que le haga falta, eliminando así la penosa discriminación que hace la malvada naturaleza, sí, esa que tanto queremos preservar. Pero, ¿realmente «cualquiera» podrá llegar a adquirir estas capacidades? Pues no, no será tan democrático e igualitario el proceso. Harán falta unos desembolsos tales que, al final, sólo los ricos podrán acceder al mercado de los implantes. O quizás las empresas contraten al «bodoque» al que aludí anteriormente a bajo precio y con dos o tres implantes le faciliten todas las capacidades que le hacen falta, sin formación, ni experiencia, ni asimilación cultural en la empresa y en dos patadas ya estará trabajando a buen nivel.
Como todo esto será caro, a lo mejor se puede alquilar y entonces los implantes serán temporales. Me alquilo un implante de árabe para irme de vacaciones a Egipto dos semanas, que podría ir, qué maravilla, dentro del paquete turístico. Claro que también puedo alquilar uno de matemáticas para el día del examen y problema resuelto. Pero como esto incluso a los más progresistas les parecerá un camión de cara dura, seguramente optarán por eliminar ya definitivamente los exámenes y así no damos lugar a problemas.
Y estas, que tanta polémica crearán porque sólo estarán al alcance de los ricos, son las aplicaciones «buenas» de la nueva tecnología, porque ¿estaremos de acuerdo en que nadie la va a utilizar para hacer algo malo, claro? Los que no se estén partiendo en dos a carcajadas será porque no han leído bien la pregunta. SI, se le van a dar malos usos, no cabe la menor duda. Podremos tener un ejército de Robocops o de Terminators aplastando en Ucrania, por ejemplo, a cualquier humano que se ponga por delante y luchando por las más altas… ¿qué… si serán robots fabricados para matar por aquél que los haya programado? Dada la evolución de la tecnología, con la disminución del tamaño y el aumento de la potencia, imaginemos también una nube de insectos, como las plagas, bíblicas o no bíblicas, de langosta que arrasen campos y bosques o que directamente exploten al contacto. Es muy pesimista la visión, si, pero, dados los niveles más que escasos de ética de los científicos actuales o de infantilismo si creen que sus inventos sólo se utilizarán para hacer el bien, ¿alguien tiene dudas de que esto no se vaya a realizar, si es que no está ya preparado?
La guinda del pastel será la visión Posthumanista, con la creencia de que se evolucionará de forma que, esos cerebros humanos que pueden llegar a manejar miembros conectados al cuerpo o usar chips que aumenten sus capacidades, podrán viajar en el sentido contrario; en lugar de conectar un brazo nuevo al cuerpo que maneja el cerebro, se trataría de llevar el cerebro al Robocop y darle al final la razón a Walt Disney que, según dice la leyenda, anda por ahí congelado esperando la oportunidad.
Y no quedaría ahí la cosa, porque ese cerebro tiene un fallo: que sería humano y, por lo tanto, degradable. Además le podría quedar algo de «humanidad», que ya sabemos que para Robocop sería un problema que no sabría resolver. Mejor dar el último paso y «sintetizar un cerebro», quizás en una impresora 3D muy avanzada con lo que eliminaríamos estos dos problemas de un plumazo. Y ya, con una buena ficha de mantenimiento para los cambios de aceite y demás menudencias, tendríamos al Robocop eternamente, todo entero artificial pero con capacidades humanas de aprendizaje y razonamiento lógico llevadas al infinito y ni un sólo sentimiento ridículo que entorpezca su trabajo, SEA CUAL SEA, desde cuidar a un bebé (si es que nos queda alguno), llevar la contabilidad o matar a todos los que midan más de un metro noventa y tengan ojos azules. Y mientras tanto el ser humano cada vez más tonto, extinguiéndose y además con merecimientos.
Cultura objetiva y cultura subjetiva
Quedan ya lejos los momentos en los que el ritmo de la innovación era asumible por las personas que formaban parte de una comunidad. Tiempos en los que podíamos «hacer nuestros» esos avances, incorporarlos en mayor o menor medida a nuestra vida. Ahora, sencillamente, es inabarcable con lo que damos esta batalla por perdida; sabemos a ciencia cierta, y nunca mejor dicho, que se avanza tanto en todos los aspectos de la vida, que nos hemos quedado atrás y cada minuto que pasa más atrás; y que seremos afortunados si somos capaces de ponernos un poco al día, no más, en aquellos aspectos que vayamos necesitando para seguir adelante.
Es así, es un hecho, la cultura objetiva, ese conjunto de objetos y saberes de nuestra comunidad, que cada vez es más grande gracias a la globalización, nos resulta inabarcable y sólo podemos utilizar de ella un pequeño conjunto que serán los que llevemos a nuestro día a día y que constituirán nuestra cultura subjetiva. En esta vorágine, es normal que algunas veces nos aferremos a algunas de nuestras tradiciones, porque sólo de esta forma llegaremos a tener un poco de confort y tranquilidad. Si la persona tiene que estar soportando continuamente cambios en todos los aspectos de su vida, la sensación de inseguridad y desarraigo crecerá continuamente para provocarnos, en el mejor de los casos, desasosiego y desde ahí, pueden intervenir muchas pastillas y psicólogos.
¿Por qué algunos clientes tienen ese rechazo tan frontal a la tecnología? Porque les sobrepasa, porque no quieren que esto forme parte de su día a día aunque tengan capacidades para asumirlo. Por lo tanto, uno de los temas fundamentales, que desde nuestras empresas tendremos que asumir, será el hacer que los nuevos productos y servicios que ofertamos formen parte de la cultura subjetiva del cliente, que adquieran conciencia de que son parte también de «su mundo actual» y que son una herramienta poderosa que les servirá para vivir mejor, bien sea su vida profesional o la personal.
No se tratará de convencer simplemente, sino de que los clientes se convenzan (que no es lo mismo) de la bondad de lo que les ofrecemos, es decir, de que lo pueden hacer formar parte de «su vida», de su cultura propia. Es un trabajo previo e importante porque si sólo les convencemos, a la primera de cambio renunciarán, mientras que si son capaces de incorporar lo que le ofrecemos a sus propias rutinas, tendremos una venta permanente y, probablemente, nosotros también pasaremos a formar parte de esa «su vida» que he dicho antes, lo que resulta incluso más importante que la propia venta del momento.
Pero, cuidado, tenemos un reto ético también nosotros: que nuestros productos y servicios sean verdaderamente útiles y aporten valor, que no sean creaciones para seguir la espiral de la venta sin sentido. Nadie nos dijo que las cosas fueran fáciles, pero algunas veces las soluciones hay que buscarlas en un ámbito mucho más extenso y también inesperado. Muchas de las soluciones de la Economía están en realidad en la Filosofía.
Siempre nos quedará la equivocación…
No tengo ninguna duda de que la Ciencia seguirá avanzando y que nos hará la vida mejor, sobre todo en los aspectos innumerables de la Medicina, facilitando operaciones, sintetizando órganos, mejorando la movilidad, etc. No me gustan los demás aspectos de los que he hablado y que, lamentablemente, existirán también. Sólo tendremos que ver cuál de estas dos tendencias queda por encima, si podremos tener una vida más o menos digna o si directamente se anulan o si el reparto entre la población no es todo lo equitativo que desearíamos.
Pero tampoco tengo ninguna duda, y, además, de esto estoy mucho más convencido, de que nos seguiremos equivocando, para desconcierto de nuestros nuevos amigos los robots. Y que para arreglar las meteduras de pata, no tendremos más remedio que utilizar nuestras emociones. Que seguiremos teniendo miedo a muchas cosas injustificadas y que provocaremos ternura ante algunos comportamientos por muchos años que tengamos. Por ahora todo esto que nos hizo diferentes al resto de la creación, lo seguimos teniendo y marca la diferencia, para bien y para mal.
Y si algún día te pones a hablar con un robot, por favor, piensa lo que estás haciendo no vaya a ser que te acostumbres. Aunque llegará un momento que el robot nos sacará de quicio con su lógica aplastante y lo podremos tirar por la ventana. ¿Nos detendrá la Policía? ¿Nos acusarán de asesinato? ¿Tendremos cargo de conciencia? No hay más preguntas… por ahora, porque de este tema quedará todavía mucha tinta que derramar.

Vivimos de percepciones
Una buena amiga, a propósito de todas estas reflexiones que estoy haciendo en el blog, me envió hace unos días una cita de Saramago que había leído:
«El mundo se está convirtiendo en una caverna igual a la de Platón: todos mirando imágenes y creyendo que son la realidad.»
José Saramago
Y lo que yo me planteo es si alguna vez ha dejado de ser así. Después de darle muchas vueltas, creo que nada ha cambiado desde que Platón formuló esta teoría, y creo que hay un mundo distinto por cada persona que exista sobre la faz de la tierra. Y la evolución de las civilizaciones lo confirma. Hay mundos sencillos, muy básicos, en los que la gente ve la vida pasar sin muchas más preocupaciones en su cabeza pero muchos males en el cuerpo. Los hay, algo más complicados, con muchos más avances en la tecnología donde la vida ya no pasa tan plácidamente. Y también existen mundos tormentosos en los que resulta muy complicado vivir aunque tengamos todas las comodidades.
Es curioso, pero parece que según avanza la tecnología en esos mundos para curar los males del cuerpo y hacer más llevadera la vida, más problemas aparecen en la mente para compensar ese desarrollo y que siempre tengamos algo de qué preocuparnos.
La Filosofía nos regala el concepto del «Saber» para salir del mundo de sombras y que seamos capaces de ver la realidad del mundo, una realidad incontestable que sería común a cualquiera que llegara a su contemplación, algo que nos parecería imposible en los tiempos que corren, y la Religión nos regala el concepto de «Dios» para que, en su contemplación directa, podamos llegar también a eludir esas sombras. Tanto para la Filosofía como para la Religión, y en algunos casos resulta muy difícil trazar una línea entre las dos, cobra una importancia fundamental el camino hacia su meta final (el saber o el mismo Dios, sea el que sea), porque ese camino es nuestro presente y es éste el que estamos «condenados a vivir», bendita condena.
En cursos que he impartido he comentado la carga emocional que tienen nuestras decisiones a la hora de comprar y, por lo tanto, la importancia que tiene que las consideremos a la hora de vender un producto o servicio, sabiendo que en muchos casos a estas cosas no se les puede aplicar mucha lógica. ¿No estaremos hablando de entrar un momento en el mundo del otro para ver si le cuadra lo que le queremos vender?
También se habla desde hace tiempo ya de la «empatía», ponernos en el lugar del otro para entender sus comportamientos y sentimientos. Más de lo mismo, ¿no estamos de nuevo intentando entrar en el mundo del otro para ver si somos capaces de entender algo de lo que pasa por su cabeza?
El problema es que para hacer todo esto tenemos que salir un momento de «nuestro propio mundo», porque no podremos saber qué sensación tiene un pez si no nos metemos en el agua. Y aunque este ejemplo puede ser extremo porque el pez puede respirar en el agua y yo no, los mundos de algunas personas pueden ser igual de incompatibles, lo que va a requerir un esfuerzo tremendo para poder llegar a entender qué pasa por sus cabezas.

Una primera conclusión a la que podemos llegar es que jamás llegamos a la realidad como tal y que tenemos que manejar un concepto fundamental para nosotros que es el de PERCEPCIÓN. De la misma forma que llegamos a la conclusión de que lo único que no cambia es el cambio permanente, podemos llegar a decir que el conjunto de las distintas percepciones que tenemos sobre lo que ocurre en el mundo constituye nuestra realidad. Ese conjunto de percepciones que tenemos continuamente de todo lo que nos rodea ES nuestro mundo, y no tiene nada que ver con el de los demás.
Y ahora comienzan las interacciones, las relaciones más o menos amigables, más o menos interesadas o directamente los choques entre mundos, entre las distintas formas de percibir una realidad que permanece oculta. Y el problema de la comunicación. Por eso entiendo esta reflexión que hago aquí como extensión del artículo anterior sobre la «Hipercomunicación». Tal como mantenía en ese artículo, debemos protegernos de buena parte del caudal de información que nos llega precisamente porque intenta influir de forma manipuladora en «la percepción» que tenemos de las cosas y debemos ser conscientes de que cualquiera que se comunique con nosotros no lo va a hacer desde «la realidad» sino desde su propia percepción de la misma.
En realidad, todos manipulamos, o lo intentamos, y todos nos manipulan, o lo intentan, precisamente porque ninguno tiene el conocimiento absoluto de la realidad. Y si nos fijamos, personas que llegan a tener un nivel de conocimiento similar sobre algo pueden llegar a estar de acuerdo o, al menos, a estar muy cerca en sus criterios, mientras que si estamos confrontando percepciones superficiales sobre algo, los desacuerdos y los choques pueden llegar a ser bastante importantes. Por otra parte, somos capaces de confiar en personas que entendemos que «en ese camino de conocimiento» sobre algo, han llegado más lejos que nosotros, como ocurre con la mayoría de profesionales especializados.
Y esto último, un profesional, es lo que busca cualquier persona que se acerca a una empresa para lo que sea. Sabemos que el profesional nos dará un servicio y una opinión en función de su percepción y que será siempre subjetiva. Pero esperamos que esa percepción esté basada en un camino de conocimiento y experiencia adecuado. Esta será la garantía de nuestra empresa, ofrecer una percepción más cercana a la realidad que es la que busca nuestro cliente, sobre todo cuando estamos ofertando servicios que no sean tangibles. Y tenemos una responsabilidad importante, que es preparar adecuadamente ese camino de «sabiduría» y de «confianza» que garantizará nuestro desempeño, y operar sobre la parte emocional de nuestro cliente pero con la honestidad más absoluta porque, de lo contrario, además de tener esa insatisfacción que puede provocar una ética dudosa para obtener objetivos, nuestra empresa se puede ver perjudicada por las «percepciones muy negativas» que podemos generar en nuestros clientes en aquellos casos de ventas cogidas con alfileres.
Tengamos en cuenta, por lo tanto y como siempre, las dos direcciones: seamos conscientes de que lo que recibimos no son verdades absolutas sino percepciones de personas y seamos capaces de colocar un filtro razonable para valorar la corrección de lo que nos llega. Pero, sobre todo, seamos capaces de trabajar sobre nuestras propias percepciones para que cada vez se acerquen más a una realidad que nos convierta en profesionales y personas con criterio, y capaces de comunicarlas con la honestidad de aquellos sabedores de que no tienen la razón absoluta.

Un mundo de decisiones
Hace más de dos mil trescientos años desde que Aristóteles escribiera sus obras de ética. Un largo camino de sentido común aplicable a todos los ámbitos de la vida y que algunas veces complicamos más de lo necesario. Lo cierto es que cuando queremos buscar un poco de inspiración para ordenar las ideas y seguir adelante, no viene mal echar un vistazo a estos textos, algo difíciles en algunos párrafos, pero muy esclarecedores y aplicables a nuestras actividades actuales.
Vamos a analizar algunos de los aspectos fundamentales que pueden encontrarse en sus obras de Ética. Principios universales para gobernar nuestras empresas y, sobre todo, nuestras vidas, de las que nos olvidamos a veces, perdidos en una vorágine de obligaciones y falsos problemas que nos creamos para que el tiempo siempre esté ocupado y no nos permitamos pensar demasiado, porque pensar, algunas veces resulta hasta peligroso.
Una finalidad sencilla y aplastante
La buena vida. Sí, eso que decimos muchas veces de modo peyorativo para criticar lo que hacen algunas personas. Aunque el sentido en el que lo decimos, que tiene que ver con mucho ocio y poco hacer, oculta la realidad a la que nos tenemos que referir. Se trata de ver qué hacemos con nuestro tiempo. Se trata de qué actividades debemos abordar para caminar hacia la satisfacción y la felicidad. Se trata, en definitiva, de un camino de búsqueda del bien último que nos haga sentir nuestro vivir como un disfrutar de manera real y profunda nuestro tiempo en el mundo.
Es evidente que habrá que pensar qué significa disfrutar. Porque no nos servirá aquello de «eran pobres pero felices» donde se ve un conformismo velado que nos puede bloquear; pero tampoco vemos que sean más felices los que tienen de todo. Ya hemos hablado en estos artículos del modo de consumo extremo actual. Y cuántas veces hemos visto a un niño pequeño disfrutar más con la caja que con el juguete, y no digamos si la que llega es la caja de una lavadora o un frigorífico… da mucho que pensar esto también.
«…así también son los que actúan rectamente los que pueden alcanzar las cosas bellas y buenas de la vida. Y la vida de éstos es placentera por sí misma, pues sentir placer pertenece a las cosas del alma.»
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I,8
Vida placentera por sí misma, un matiz importante. No solo hago cosas para obtener algo aunque lo que tenga que hacer sea desagradable. También es importante que lo que hagamos en sí nos agrade. Y cómo cambia esto por ejemplo con el trabajo, ocho o diez o incluso más horas de martirio para tener mucho dinero que nos posibilite poder comprar o hacer otras cosas que nos ocuparán mucho menos tiempo. Pasar la mayor parte de la vida insatisfecho para poder estar ¿satisfecho? una pequeña parte de la misma. Quizás sería mejor que pudiéramos estar satisfechos durante esa gran parte de la jornada que nos dedicamos a sacar adelante ese castigo bíblico llamado trabajo. Pero es posible que nos encontremos con una limitación: nuestro «sistema». Será que tendremos que modificarlo un poco aunque ¿qué puedo hacer yo, un pobre mortal?
Un problema de recursos
Está claro que no podemos vivir solo del aire, que necesitamos recursos para poder desarrollarnos. Y el ser humano ha demostrado ser especialista en la obtención de recursos. Nuestra evolución se ha basado en una ilimitada habilidad para el aprovechamiento de los entornos en los que hemos vivido y en una creatividad desmedida para ser capaz de mejorar física e intelectualmente.
«Con todo, parece que también necesita adicionalmente de bienes externos, pues es imposible o nada fácil que nos vaya bien si carecemos de recursos.«
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I,9
Podremos tener todas las aspiraciones espirituales e intelectuales del mundo, pero casi con toda seguridad, no estará en nuestra mente el ideal de ser un esquelético y mugriento ermitaño. Y desde que empezamos en las cavernas hemos evolucionado para eliminar el hambre, el calor, el frío, el dolor y fomentar el placer y el bienestar. Cuando hemos visto que podríamos mejorar, sin dudarlo lo hemos hecho. Hemos sido capaces de aprovechar todos los recursos que teníamos a nuestra disposición a través de una técnica cada vez mejor. Hemos organizado los recursos para evolucionar… hasta hoy, el momento en el que parece que estamos quebrando una de las máximas fundamentales: debemos mantener y mantenernos en equilibrio con nuestro entorno.
Los griegos clásicos, que pusieron las bases de nuestra cultura, eran conscientes de que se necesitaban recursos externos para alcanzar nuestro bien supremo, pero a mi me gustaría conocer su opinión hoy en día a la vista del despilfarro y el agotamiento de dichos recursos hasta el punto de que pueda comprometerse en algunas décadas más el bienestar propiamente dicho, todo porque nos creemos no solo superiores a cualquier otra criatura del mundo, nos creemos el ser supremo.
Un camino de lógica y cordura
Aún admitiendo que nos hacían falta medios para conseguir mejorar y llegar a una buena vida, siempre el camino fue más espiritual que material. Y, hoy en día, también creo que una hora de buena lectura es infinitamente más gratificante que una hora de videojuegos. Lectura que te hace pensar, que te lleva a lugares, que te hace vivir sensaciones y que te proyecta hacia tu desarrollo personal, ante una actividad sin más pretensiones que una recompensa inmediata de satisfacción adictiva matando a doscientos monstruos ficticios o configurando la mejor plantilla de fútbol del mundo para jugar en una pantalla en la que pocas calorías vamos a perder.
Somos seres sociales que necesitamos relacionarnos pero vamos a una sociedad cada vez más numerosa, pero cada vez más aislada. Ese es nuestro camino. Pero hace poco hemos tenido una pandemia que nos ha mostrado hasta dónde pueden llegar las consecuencias del aislamiento… y no aprendemos, a pesar de todos los problemas de ansiedad y mentales de todo tipo que han surgido de este hecho lamentable que la «Ciencia» nos provocó y también nos resolvió con unos cuantos más ricos por el camino.
Por muchas vueltas que le doy, no veo ninguna señal en la marcha de la vida actual que nos lleve hacia ese bien supremo. Y quizás es que nos equivoquemos en el planteamiento. Tanto pensamos en lo que queremos llegar a ser, a sentir, a vivir, que parece que ese objetivo es una vida futura distinta de la que estoy viviendo. Pero hay que tener cuidado, porque cuando hablamos de la «buena vida» nos referimos a «nuestra» vida y esa la llevamos encima en cada momento, no es algo exterior a nosotros. La felicidad, la buena vida deberá ser un ideal al que nos gustaría llegar y por el que haremos grandes esfuerzos, pero que no vamos a conseguir si no miramos a lo que nos esté pasando ahora mismo, a lo que estemos haciendo por nosotros, por los demás y por el mundo ahora mismo.
Si quiero ser una persona valiente, justa, respetuosa y sensata, si quiero sentir lo que decía la primera cita que hemos apuntado en este artículo, «tener una vida placentera por sí misma», debo empezar ya. Debo hacer en cada momento lo que considere correcto y eso me llevará a la satisfacción.
Ser una persona virtuosa no es fácil, es más, es imposible, pero también nos viene el análisis desde esa lejanía de dos mil trescientos años:
«… de esta manera, todo experto rehúye el exceso y el defecto y en cambio busca el término medio y lo elige -pero el término medio no del objeto, sino el relativo a nosotros-.»
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro II, 6
Sí, así es, esta es una de las formulaciones de aquello que conocemos de forma popular como «en el término medio está la virtud» y por muy vulgar que se haya vuelto de tanto repetirlo en mil situaciones de nuestra vida, incluidas aquellas a las que no les va, el análisis es demoledor. Es un no a la obsesión, un no al perfeccionismo, un no a la generalización vulgar de todo lo que hacemos y una bienvenida a la adaptación, a la mejora y al sentido común.
¿Cómo debemos comportarnos en cada momento? Debemos ir domando nuestro carácter, debemos convertirnos en personas sensatas y en las que los demás puedan confiar por nuestro buen criterio. Pero las circunstancias de la vida son cambiantes y tenemos que saber adaptarnos, de ahí la segunda parte de la frase de Aristóteles.
En la cúspide de las virtudes, hay una moneda con dos caras, una teórica y otra práctica, y que parece resumir a todas las demás a la hora de definir nuestra vida. En la cara, el apartado teórico, está la sabiduría y en la cruz, el práctico, está la prudencia. Este tándem poderoso es el que nos hará vivir una vida buena y plena, pero no es fácil… sobre todo la práctica.
Cuando las cosas se tuercen: el mal menor.
Pero ya hemos dicho que las cosas no son fáciles y la vida nos trae circunstancias en las que no podemos poner en práctica nuestros criterios y maneras de pensar de una manera efectiva. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando te nombran jefe de algo y te sientas por primera vez en tu despacho. Si, los ves al llegar, allí te están esperando unos cuantos «marrones» sobre los que tendrás que tomar una decisión para no parar los temas en marcha de la empresa.
Es posible que algunas cosas que haya que hacer (algunas, muchas o incluso todas) no se adapten a tu forma de proceder, pero tienes que dar una respuesta porque el no hacerlo, sin duda, traerá peores consecuencias. En este momento será en el que tendremos que aplicar la teoría del «mal menor».
«… como es extremadamente difícil acertar el término medio, hay que aceptar el menor de los males.» y «… la condición de medio es elogiable en todos los casos, pero que hay que inclinarse unas veces al exceso y otras al defecto.»
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro II, 9
No siempre podremos operar con total rectitud en las circunstancias de la vida, habrá momentos de desasosiego, pero que nuestro criterio siempre sea tender a ese medio correcto evitando que provoquemos males mayores para nosotros y para los demás. Pensad en esas personas que nos dicen que son muy directas porque siempre dicen lo que piensan (que puede ser lo más honesto), ¿cuántas veces hay que callarse algo por muy verdad que sea?
La importancia de la ACCIÓN.
Bien hasta aquí, tenemos ya bastante para reflexionar sobre cómo podemos enfocarnos hacia una vida buena, que nos cause satisfacción. Conocemos la virtud, el término medio para su aplicación y la posibilidad de que se nos tuerza algo y tengamos que readaptarlo todo. Además valorando los medios con que contemos. Pero vayamos a una última cita:
«Lo mismo que en las Olimpiadas no reciben coronas los más hermosos y fuertes, sino los que compiten (es entre éstos entre los que algunos vencen), …
Aristóteles, Ética a Nicómaco, Libro I, 8
Esta es justo la frase anterior a la que sigue la primera cita que he hecho en este artículo, probad a leer las dos juntas y tendremos el sentido completo del artículo.
Si no somos capaces de actuar, NO TENEMOS NADA. Y es un tema repetitivo en Aristóteles la llamada a la acción. Solo seremos capaces de forjar nuestro carácter, nuestra forma de ser, mediante el mantenimiento de «hábitos», otro referente en este autor. No basta que hagamos algo una vez, debe ser nuestra norma para que pase a ser parte de nosotros, para que podamos sentirnos bien porque hacemos algo de forma correcta.
La prudencia, a la que hemos aludido anteriormente, es una virtud práctica, solo se puede dar si en realidad estamos siendo capaces de hacer algo. Algo que además sea voluntario, aquello por lo que el ser humano se distingue de los animales. No nos mueven sólo los actos reflejos de nuestra supervivencia sino también la capacidad de actuar según nuestros propios criterios, esos que nos habremos formado si hemos sido capaces de aplicar lo que nos dicen las demás citas de este hombre genial.
Y para actuar, debemos entrar en «un mundo de decisiones». Todo depende de nosotros. Podemos levantarnos o quedarnos en la cama, la primera decisión de cada día, podemos cumplir en nuestro trabajo, solo cubrir el expediente o sacudirnos de todo lo que nos llegue, podemos ayudar a otros o no. Continuamente tenemos que decidir, pero ya tenemos herramientas para hacerlo… la actuación según virtud, la mesura del término medio y la solución del mal menor adaptando todo a cada circunstancia de nuestra vida.
Algunas decisiones serán erróneas, claro que sí, otras veces dudaremos, pero es que no somos infalibles, ni tampoco tiene que ser perfecto. Pero tenemos que actuar y para hacerlo tendremos que tomar decisiones… con sabiduría y prudencia.

Tempus fugit
Nos acercamos al final del año. Época de revisiones, de ansiedad por cubrir los objetivos o de resignación porque ya sabemos que no vamos a llegar. A este estado de ánimo empresarial se incorpora el «espíritu navideño» para ayudar en el cóctel explosivo del momento. Ojo… no dejemos atrás las comidas con «mesura» que estamos haciendo, los extras azucarados que tomamos entre horas, un poco de alcohol para aderezar y sin olvidar las sesiones de compras que llevamos ya o nos quedan por el camino que vamos.
Visto así, estaremos deseando que llegue el 15 de enero, sin duda ninguna.
Pero como dice el título, el tiempo se nos va. Se nos va en desear siempre que nos llegue algo. Cuántos comienzan el lunes deseando que llegue el viernes. Cuántos a poco que baje el termómetro están deseando que llegue mayo, o que cuando aprieta el calor llegue noviembre… o diciembre… o enero o no se sabe ya qué mes para que refresque algo. Los hay que viven pensando en las vacaciones. Hay quien está deseando que llegue la noche y quien desea que levante el día. Y de la jubilación ni hablamos.
Y entre deseo y deseo se nos va el presente, el único momento en el que podemos VIVIR. Hoy, en este preciso instante que vivimos, somos lo que hemos conseguido hacer con nuestro pasado y tenemos la oportunidad de afianzarlo o cambiarlo si queremos con lo que podamos hacer en el futuro, pero es solamente hoy cuando podemos HACER. Y el hacer también en el sentido contrario si es que vemos que puede ser más conveniente, porque también el «no hacer» puede ser lo correcto en muchos casos. Se trata de poder decidir, de actuar o no, de decir algo o callarlo, de ir o quedarte, pero hacerlo todo porque hemos tomado esa decisión que sólo se puede tomar HOY y AHORA.
El hoy y el ahora es una herramienta potentísima. Podemos agradecer, ayudar, aconsejar y consolar. Pero también podemos decidir no odiar, rechazar o herir. Tomar la vida con la calma que necesitan las decisiones. Apartar la prisa y la ansiedad. Disfrutar al conocer a otras personas o al conocer, sin más.
En este año 2022 me incorporé de nuevo al grupo CEN de networking al que pertenecí como miembro y al que he vuelto como colaborador para aburrirles con estas cosas que se me ocurren de vez en cuando. Solo les puedo dar las gracias por acogerme y escucharme y permitirme ayudar quizás de la mejor (o única) forma que sé, con la reflexión serena que nos lleve a disfrutar un poco más… de la empresa… y de la vida.
El título del artículo no es porque ahora me crea yo un pensador o un erudito, es porque estuve el otro día comiendo en Cádiz y el restaurante se llamaba así, Tempus fugit, y me dio la idea para escribir esto, que también comenté en el grupo de networking de esta semana. Que, por cierto, también el restaurante os lo recomiendo porque comimos de lujo.
Ya que tenemos la Navidad aquí, disfrutemos de los momentos que nos traiga, porque habrá muchos muy buenos y no es cuestión de desperdiciarlos. Ya hablaremos más adelante en el nuevo año de objetivos, beneficios, costes, mercados y otras cosas que son importantes y que nos pueden también hacer disfrutar aunque de distinta forma. Pero por el momento, centrémonos en nuestro hoy con cantes, bailes, comidas y bebidas. Disfrutemos de las felicitaciones, de las sinceras y hasta de las de compromiso y que seamos capaces de absorber toda la ilusión para convertirla en la energía que nos hará falta para vivir un día tras otro el 2023.
Cuatro años casi…
Poco tiempo es ese en la vida y muchos sentimientos, sin embargo, tienen cabida en él. A la última etapa de mi vida profesional llegué un 1 de agosto, después de varios años bonitos pero muy duros como consultor por cuenta propia. Se trataba de aprovechar los muchos años de buen trabajo en banca y no tirar por la borda las ventajas que da el sector por un sueño romántico de emprendimiento incierto, y tan incierto que ha sido luego para muchos.
El jueves 16 de junio, celebré mi prejubilación con la mayoría de los compañeros que han formado parte de mi vida en esta etapa. Y si la firma de toda la documentación fue el adiós formal a la empresa, realmente la verdadera desvinculación, la emocional, fue esta comida.
Entre los dos momentos, un sinfín de vivencias. Llegaba a una empresa que realmente no había sido nunca «la mía», así que tocaba empezar otra vez, como en 1985, en una ventanilla muy parecida a pesar de los años. Me recibió, curiosamente, la persona que se iba a convertir en la más importante de esta etapa por la ayuda tan desinteresada que me prestó y las innumerables veces que la tuve que molestar. Comprometida con la entidad y con el trabajo a pesar de las dificultades. Suerte que tuve.
Pero, teniendo en cuenta mi situación de ser una persona más bien «mayorcita» que «se reincorporaba para irse en la primera oportunidad» , pensaba que, por no ser un activo muy interesante, lo iba a pasar mal. La empresa podía moverme en un radio de 25 kilómetros, que después fueron 50, y tenerme danzando por la sierra sin saber muy bien qué hacer conmigo. Pero no fue así, no lo hizo, y esto es lo primero que tengo que agradecer.
Lo que vino después de ese temor inicial fue un grupo de personas sencillamente genial, las personas que realmente hacen la empresa, algunas veces (o muchas) a pesar de las consignas que provienen de un despacho impersonal en la planta catorce de una torre algo alejada de la realidad.
Como el director estaba de vacaciones, el primer jefe que tuve fue el subdirector, una persona tan alta como buena que me dio las primeras consignas de mi nueva etapa. Todavía le recuerdan los clientes a los que ayudó todo lo que pudo y más. Con el paso del tiempo cambió a otra oficina y le sustituyó una persona que yo pensé que acababa de salir de clase del Instituto, pero no, era la nueva subdirectora, incansable… todos los días ha tenido examen… y todos los días ha sacado nota.
A la vuelta de ese primer mes de agosto, el director, paisano mío, volvió y él fue quien me transmitió la tranquilidad que necesitaba para esta nueva (y última) etapa. Cuál era mi plan de actuación y qué se esperaba de mí en este equipo. No sé si habré llegado a conseguirlo en algún momento. También le tocó cambiar… y nos vino el relevo. Una mente eléctrica con la capacidad de encontrar el argumento correcto en una milésima de segundo… envidia sana. Además está ahora en la noble tarea de aumentar el número de futuros contribuyentes que nos paguen las pensiones… ya volverá.
Otra más llegó ese primer día, con un bolso, dos bolsas, el maletín del portátil y seguro que algo más que se me olvida, una persona que aporta todo el optimismo del mundo y a la que por cercanía de su puesto, también le tocó la mundial conmigo. Y también se fue… a trabajar «el campo», y la sustituyó otra persona de altura, en todos los sentidos, con cara de traviesa, que lo habrá sido, y que visto y no visto, también se dedicó a aportar contribuyentes… y que volvió hace poco… y nos duró tres días… el Guadiana, y ahora hace de todo en una oficina, que es lo que tiene ser la única persona trabajando allí.
Apareció también por la oficina otro «técnico», como yo, de los que trabajábamos en Sierpes y San Francisco facilitando (o complicando) la vida a las oficinas. Una paliza diaria de coche en el sentido contrario a las que yo me daba en tiempos.
A estas alturas del relato, ya no se sabe muy bien quién sustituía a quién, pero… ¿y a mí? ¿quién me iba a sustituir a mi? Pues apareció alguien… un fusionado, como lo he sido yo cuatro veces, y que por su trayectoria aportaría a la oficina el plus comercial que yo no he podido. Aunque tampoco venía a sustituirme, así que, como yo seguía sin recibir la carta, a casa, que tenía que cuidar de otro nuevo contribuyente más que había venido.
Y nuestra última incorporación, todo simpatía, con una misión difícil en la oficina, aunque me pregunto si hay alguna fácil como está la cosa en el pueblo. Una apuesta de futuro para la entidad y a la que las comidas de los jueves le han quitado las ganas de aportar contribuyentes a pesar de lo que le viene dentro de poco.
Este es el equipo de la entidad con el que me ha tocado trabajar. Pero también surgió una palabra mágica en la economía actual… eteteeeee… una especie de mercado informe de horas que la empresa necesita para cubrir huecos de todo tipo, un saco de talento desaprovechado con el que se sale del paso sin mirar mas a largo plazo, tal vez porque el largo plazo ya no exista… ni el medio, y nos perdemos en ver si somos capaces de pasar el día. Y esto nunca ha sido bueno para la inteligencia.
De este saco salieron varios elementos de mucho cuidado que la entidad debería tener en cuenta a futuro aunque poco importará lo que yo diga. Fueron muy cercanas para mí porque entre otras cosas me sustituían para ir desayunar así que algo sé de lo que hablo. Un supercomercial con vida social muy intensa, una conocedora del mercado como ninguna, una comprometida con las necesidades de verdad del cliente y una máquina todoterreno que ya la hubiera querido yo en alguno de los equipos de mis épocas de jefatura.
Si sumamos estas capacidades, todas necesarias para una empresa actual, sale un equipo invencible. Sólo hay un pequeño detalle… hay que saber combinarlas, no vale todos haciendo de todo, no vale el «no pienses y actúa», no vale hacer lo que se pueda… Pero ese saber combinar le corresponde a la empresa, para que no se malgasten esfuerzos y capacidades, o para que no se desmotiven los dueños de las capacidades. Pero me pregunto yo, como lo hice muchas veces desde que estudiaba en la calle Porvera… ¿quién es «la empresa»?
Para todas estas personas, que han sido mi vida profesional los últimos cuatro años… casi, sólo tengo agradecimiento por lo bien que me acogieron, por todo lo que me ayudaron y, lo más importante, por todo lo que me enseñaron (y no me estoy refiriendo a operaciones del terminal). Espero sinceramente que os vaya todo bien en la vida y que seáis capaces de disfrutarla de forma plena. No importa que haya dificultades, de todo se sale. Sólo hay que mirar al frente con ilusión. Hacedlo porque valéis mucho, y nunca, nunca lo dudéis.
No es un Viernes Santo cualquiera.
Este no es un Viernes Santo cualquiera. La Hermandad del Cristo no hará su estación de penitencia. No hay nervios, no hay tensión. Tampoco habrá ese cansancio indescriptible a las tres de la mañana. Pero es que ese cansancio no lo cambiamos por nada. Hoy todo será mucho más duro. La penitencia va por dentro, siempre va por dentro, pero hoy más que nunca.
Tiempo para pensar, tiempo para reflexionar, tiempo para rezar. Para pedir que pase todo lo que estamos viviendo, para pedir a la Tierra, nuestra “Casa común”, que nos perdone lo que le hacemos de forma diaria. Y para pedir a los demás que nos perdonen por todas nuestras torpezas, por todo aquello que hacemos y que nos podríamos ahorrar, simplemente para no complicar tanto la vida y poder verla pasar de forma plácida.
Hoy haremos una y mil “levantás” internas en nuestra estación de penitencia particular, y haremos una carrera “no oficial” avanzando con tristeza por lo que hemos hecho mal pero con la esperanza de mejorar siempre.
Buena estación de penitencia en este Viernes Santo.
¿Cómo nos ve un perro?
Buena pregunta. Infinita paciencia la que tienen los perros con los humanos. Cuando ese animal llega a confiar en nosotros, nos lo da todo de forma incondicional, hasta su vida si hace falta y de esto no faltan casos.
Pero como hay expertos que entienden mejor que yo de estas cosas, os dejo un enlace a un post magnífico publicado por Carlos Alfonso López, director de EDUCAN y que titula «Los perros nos quieren».
Quizás también tengamos que aprender muchas cosas de ellos. Enhorabuena a esta escuela de adiestramiento canino de métodos no convencionales a la que espero asistir algún día.
- 1
- 2
- Siguiente →



