Cuatro años casi…
Poco tiempo es ese en la vida y muchos sentimientos, sin embargo, tienen cabida en él. A la última etapa de mi vida profesional llegué un 1 de agosto, después de varios años bonitos pero muy duros como consultor por cuenta propia. Se trataba de aprovechar los muchos años de buen trabajo en banca y no tirar por la borda las ventajas que da el sector por un sueño romántico de emprendimiento incierto, y tan incierto que ha sido luego para muchos.
El jueves 16 de junio, celebré mi prejubilación con la mayoría de los compañeros que han formado parte de mi vida en esta etapa. Y si la firma de toda la documentación fue el adiós formal a la empresa, realmente la verdadera desvinculación, la emocional, fue esta comida.
Entre los dos momentos, un sinfín de vivencias. Llegaba a una empresa que realmente no había sido nunca «la mía», así que tocaba empezar otra vez, como en 1985, en una ventanilla muy parecida a pesar de los años. Me recibió, curiosamente, la persona que se iba a convertir en la más importante de esta etapa por la ayuda tan desinteresada que me prestó y las innumerables veces que la tuve que molestar. Comprometida con la entidad y con el trabajo a pesar de las dificultades. Suerte que tuve.
Pero, teniendo en cuenta mi situación de ser una persona más bien «mayorcita» que «se reincorporaba para irse en la primera oportunidad» , pensaba que, por no ser un activo muy interesante, lo iba a pasar mal. La empresa podía moverme en un radio de 25 kilómetros, que después fueron 50, y tenerme danzando por la sierra sin saber muy bien qué hacer conmigo. Pero no fue así, no lo hizo, y esto es lo primero que tengo que agradecer.
Lo que vino después de ese temor inicial fue un grupo de personas sencillamente genial, las personas que realmente hacen la empresa, algunas veces (o muchas) a pesar de las consignas que provienen de un despacho impersonal en la planta catorce de una torre algo alejada de la realidad.
Como el director estaba de vacaciones, el primer jefe que tuve fue el subdirector, una persona tan alta como buena que me dio las primeras consignas de mi nueva etapa. Todavía le recuerdan los clientes a los que ayudó todo lo que pudo y más. Con el paso del tiempo cambió a otra oficina y le sustituyó una persona que yo pensé que acababa de salir de clase del Instituto, pero no, era la nueva subdirectora, incansable… todos los días ha tenido examen… y todos los días ha sacado nota.
A la vuelta de ese primer mes de agosto, el director, paisano mío, volvió y él fue quien me transmitió la tranquilidad que necesitaba para esta nueva (y última) etapa. Cuál era mi plan de actuación y qué se esperaba de mí en este equipo. No sé si habré llegado a conseguirlo en algún momento. También le tocó cambiar… y nos vino el relevo. Una mente eléctrica con la capacidad de encontrar el argumento correcto en una milésima de segundo… envidia sana. Además está ahora en la noble tarea de aumentar el número de futuros contribuyentes que nos paguen las pensiones… ya volverá.
Otra más llegó ese primer día, con un bolso, dos bolsas, el maletín del portátil y seguro que algo más que se me olvida, una persona que aporta todo el optimismo del mundo y a la que por cercanía de su puesto, también le tocó la mundial conmigo. Y también se fue… a trabajar «el campo», y la sustituyó otra persona de altura, en todos los sentidos, con cara de traviesa, que lo habrá sido, y que visto y no visto, también se dedicó a aportar contribuyentes… y que volvió hace poco… y nos duró tres días… el Guadiana, y ahora hace de todo en una oficina, que es lo que tiene ser la única persona trabajando allí.
Apareció también por la oficina otro «técnico», como yo, de los que trabajábamos en Sierpes y San Francisco facilitando (o complicando) la vida a las oficinas. Una paliza diaria de coche en el sentido contrario a las que yo me daba en tiempos.
A estas alturas del relato, ya no se sabe muy bien quién sustituía a quién, pero… ¿y a mí? ¿quién me iba a sustituir a mi? Pues apareció alguien… un fusionado, como lo he sido yo cuatro veces, y que por su trayectoria aportaría a la oficina el plus comercial que yo no he podido. Aunque tampoco venía a sustituirme, así que, como yo seguía sin recibir la carta, a casa, que tenía que cuidar de otro nuevo contribuyente más que había venido.
Y nuestra última incorporación, todo simpatía, con una misión difícil en la oficina, aunque me pregunto si hay alguna fácil como está la cosa en el pueblo. Una apuesta de futuro para la entidad y a la que las comidas de los jueves le han quitado las ganas de aportar contribuyentes a pesar de lo que le viene dentro de poco.
Este es el equipo de la entidad con el que me ha tocado trabajar. Pero también surgió una palabra mágica en la economía actual… eteteeeee… una especie de mercado informe de horas que la empresa necesita para cubrir huecos de todo tipo, un saco de talento desaprovechado con el que se sale del paso sin mirar mas a largo plazo, tal vez porque el largo plazo ya no exista… ni el medio, y nos perdemos en ver si somos capaces de pasar el día. Y esto nunca ha sido bueno para la inteligencia.
De este saco salieron varios elementos de mucho cuidado que la entidad debería tener en cuenta a futuro aunque poco importará lo que yo diga. Fueron muy cercanas para mí porque entre otras cosas me sustituían para ir desayunar así que algo sé de lo que hablo. Un supercomercial con vida social muy intensa, una conocedora del mercado como ninguna, una comprometida con las necesidades de verdad del cliente y una máquina todoterreno que ya la hubiera querido yo en alguno de los equipos de mis épocas de jefatura.
Si sumamos estas capacidades, todas necesarias para una empresa actual, sale un equipo invencible. Sólo hay un pequeño detalle… hay que saber combinarlas, no vale todos haciendo de todo, no vale el «no pienses y actúa», no vale hacer lo que se pueda… Pero ese saber combinar le corresponde a la empresa, para que no se malgasten esfuerzos y capacidades, o para que no se desmotiven los dueños de las capacidades. Pero me pregunto yo, como lo hice muchas veces desde que estudiaba en la calle Porvera… ¿quién es «la empresa»?
Para todas estas personas, que han sido mi vida profesional los últimos cuatro años… casi, sólo tengo agradecimiento por lo bien que me acogieron, por todo lo que me ayudaron y, lo más importante, por todo lo que me enseñaron (y no me estoy refiriendo a operaciones del terminal). Espero sinceramente que os vaya todo bien en la vida y que seáis capaces de disfrutarla de forma plena. No importa que haya dificultades, de todo se sale. Sólo hay que mirar al frente con ilusión. Hacedlo porque valéis mucho, y nunca, nunca lo dudéis.

27 de junio de 2022 en 15:24
Manolo, un abrazo fuerte. ¡Qué te vaya muy bonito en tu nueva etapa!
28 de junio de 2022 en 9:50
Muchas gracias José Luis, espero que estés bien