La atomización del conocimiento

Posted on Actualizado enn

Existe una palabra que tomó una relevancia fundamental en todos los aspectos de la vida hace unos treinta años, ESPECIALIZACIÓN, una rara extensión a todas las disciplinas de la revolucionaria división del trabajo de la revolución industrial. Me ha acompañado esta tendencia durante toda mi vida profesional como me acompaña mi sombra cuando voy andando por la calle y me he llegado a acostumbrar. La diferencia es que la sombra es natural, no molesta y no nos la podemos sacudir, pero la especialización la hemos creado nosotros, está llegando a hacernos inútiles (en todas las cosas menos en una) pero, al contrario que con la sombra, podríamos hacer que desapareciera.

La curiosidad y, sobre todo, la necesidad nos ha hecho investigar y avanzar. Pero los grandes pensadores del pasado hasta probablemente el siglo XIX, eran personas que «tocaban todos los palos», en unos con más conocimiento que en otros y otros con más acierto que en unos. Y esa condición, la apertura de miras, fue algo fundamental para avanzar. Cuando opinaban sobre algún tema específico, eran capaces de ver la generalidad, la influencia de lo que defendían en todo lo demás y las consecuencias que su pensamiento podría acarrear.

Sin embargo, a medida que se producían avances, y constatando ya de una manera clara y meridiana aquella frase socrática del «solo sé que no sé nada», viendo cómo cada vez se abrían más los campos de conocimiento, sobre todo en la ciencia, comenzó la ramificación de las disciplinas, la especialización y el principio del desastre.

Tuve la oportunidad de vivir de primera mano una pequeña mota de polvo en el universo de la especialización. Recién terminada mi carrera y trabajando ya en el sector financiero, comencé a impartir en la Universidad una de las dos «tremendas» asignaturas de Teoría Económica de aquella época, años 80 y 90, Microeconomía. Esta era la de primero, lógicamente. Era una asignatura anual, intensa y muy dura no solo para los alumnos, para mí también. Difícil de explicar para que se entendiera, muy difícil para crear los exámenes y absolutamente horrorosa para corregirlos. Esto piensa el profesor… imagínense el alumnado (evidentemente yo fui también cocinero antes que fraile). Y sobre todo, sabiendo que después de superar la «Micro «en primero, se les venía encima la «Macro» de segundo.

En estas condiciones, resulta difícil explicar la enorme satisfacción de superar el curso y llegar al final del mismo. Para quienes aprobaban era una sensación dulce, comparable con la inmensa responsabilidad sentida por quienes no superaban la prueba, para abordar una nueva oportunidad de superación en la siguiente convocatoria. Estudiar y esforzarse un poco más, ver las lagunas que llevaron a que las cosas no fueran tan bien como se esperaba, ser conscientes de qué se jugaban y estar seguros de que el esfuerzo se les iba a exigir sin duda alguna.

Photo by Element5 Digital on Pexels.com

Y llegó el cambio, la mejora, el progreso, la homogeneización con Europa (o mejor con los Estados Unidos). Teníamos que dejar la antigua Universidad obsoleta, carca, seria, que tanto exigía a los alumnos (y a los profesores), que valoraba los conocimientos y el esfuerzo por obtenerlos, que exigía tanto sacrificio y que, por eso, perdía tanta gente por el camino. Y teníamos que acoger con brazos abiertos a una Universidad abierta, novedosa, progresista, con nuevos métodos de valoración mas «pedagógicos» (o sea, menos exigentes) e igualitarios (o sea, tipo test) que no fueran subjetivos, porque un examen escrito donde hubiera que desarrollar un tema quedaba al criterio del profesor (pues claro…) y a veces no se podía entender muy bien lo que, en el fondo, muy en el fondo, querían decir algunos estudiantes, porque siempre, siempre, había que dar el beneficio de la duda, bajo amenaza de reclamación al organismo que fuera, ante unas patéticas sintaxis, semántica y ortografía. Frases mal construidas, sin aparente significado y con una ortografía penosa. Pero, al fin y al cabo, yo enseñaba Economía, no Lengua, eso era lo que me decían en su descargo.

El resultado fue una nueva asignatura con un nombre que asustaba menos, ya no fue «teoría económica», se quedó solo en «principios de economía». Tenía contenido de micro y también de macro, pero solo era «cuatrimestral», es decir, todo el contenido que podría ser incluso mayor en extensión que la otra, en la mitad de tiempo. Para dar el temario había que explicar a medias, no entrar mucho en materia, pasar por alto muchas cosas. Y creo que hoy en día sigue igual. Créanme, cuando la denominación de algo comienza por las palabras «principios de…» es que no va a ser gran cosa; salvo que sea obligatorio para ustedes por alguna razón, se lo pueden ahorrar.

Impartir esta asignatura era algo con lo que no estaba yo muy motivado pero seguí algún tiempo. Imagino que los alumnos tampoco se sentirían muy orgullosos de aprobarla como ocurría con la anterior, pero viendo el progresivo deterioro del nivel de lo que iba entrando por las puertas de la Universidad, no creo que llegaran a ser conscientes de ello.

El millón de carreras: Muchas disciplinas, poco contenido.

Este proceso descrito en mi pequeña experiencia personal fue institucionalizado y se crearon nuevas asignaturas, nuevos planes de estudio y, al final de la cadena, nuevas carreras. Y todo esto a base de cortar áreas de conocimiento con incipiente desarrollo, como el márketing dentro de Empresariales, para coronarlas como nuevas disciplinas. Además, como los planes de estudio hay que «rellenarlos», se articulan todas las asignaturas complementarias que hagan falta y ya tenemos el menú. Habrá que ver ahora quién cocina… Así que si alguien en el nuevo Márketing decide que se debe impartir estadística, se incorpora… y que la impartan los de estadística, lo que puede hacer que la asignatura de la nueva carrera sea tan difícil como la del grado de una ingeniería cualquiera, la arquitectura o la propia estadística, porque puede que sea incluso la misma.

¿Y qué nivel tendrá la asignatura de márketing que queda en las otras ramas de economía? Pues puede ocurrir lo mismo que con la estadística pero en el sentido opuesto, con lo cual no habría problema, tendríamos una muy fuerte asignatura de márketing en una carrera de Economía. Pero en este caso, siendo las mismas áreas de conocimiento, se podría optar por otra vía: efectivamente, podremos crear una asignatura de «Introducción al… márketing» con los tres o cuatro conceptos clave. Solucionado.

En este maremágnum vemos algunas veces disciplinas troncales, o sea, obligatorias, cuatrimestrales como todas las demás pero con un título significativo: «lo que sea I» y «lo que sea II«. Menos mal, ahí parece que se mantiene algo de cordura, solo se dividió en dos la antigua asignatura. Pero todo lo demás, un despropósito para descentrar a estudiantes, profesores y comunidad en general. ¿Cuántas asignaturas tienes este año? Respuesta: catorce. No puede ser…

Muchos pueden pensar que, hoy en día, con esta oferta de titulaciones, el panorama ha mejorado para los alumnos. Gran variedad de disciplinas y especialidades. Que es mucho mejor centrarse en aspectos muy concretos y «eliminar las generalidades» que, al fin y al cabo, no sirven para el trabajo directamente. Porque, ¿a quién le ha servido alguna vez la Microeconomía en su puesto de trabajo a menos que fueras el profesor de la asignatura? Pero, por esta regla de tres… ¿para qué vamos a estudiar Historia?, o Geografía… y no digamos ya Filosofía.

Tenemos más carreras que nunca, más titulaciones que nunca, pero no tengo yo la sensación de que se esté mejor preparado para dar el salto a la vida real. Llevamos ya muchos años con este sistema y todos los años se sigue discutiendo del gran «gap» (iba a decir desfase pero para quedar bien hay que utilizar algún anglicismo, de lo contrario alguien va a pensar que no estoy al día) que existe entre los conocimientos impartidos y los que se necesitan en la empresa. Todos los años clamando por que las empresas participen en la formación y cuando llega alguien de prácticas nos seguimos echando a temblar.

Llevamos años haciendo los estudios más específicos, intentando adaptarlos a los puestos de trabajo y, además, sin éxito por lo que se ve. Sin embargo, lo que sí se ve es un empobrecimiento personal evidente y un cambio de actitud preocupante.

La evolución de la Ciencia (esa «vaca sagrada» de la que hablaremos otro día) y de la Tecnología, hace que se diga aquello de que quien está hoy en secundaria puede que vaya a estudiar una carrera que todavía no existe. Nos quedamos anonadados ante los gurús que nos dicen estas frases altisonantes en conferencias de tres al cuarto (o de cuatro o cinco mil euros), y pensamos que «¡hay que ver qué maravilla de progreso y evolución…!» Nos quedamos tan conformes viendo la evolución desenfrenada en la que no somos capaces de vivir y disfrutar a la vez. Basta que nos salga un cantamañanas con una frase rimbombante para que todos asintamos sin ser capaces de discutirla por temor al rechazo social y al apaleamiento que nos espera por disentir de la corriente de progresismo, que no de progreso real, porque mejorar, lo que se dice mejorar, no hemos mejorado mucho, como hemos visto.

Cuando se dicen estas cosas en conferencias multitudinarias o peor, en las comparecencias después de un Consejo de Ministros, quizás no se tiene en cuenta que estas disciplinas tan novedosas que no existían hace unos años, van a formar personas en materias que muy probablemente sean efímeras y si tu pequeña parcela de conocimientos específicos cae en desuso con la misma velocidad con la que apareció, tendrás un problema, y deberás buscar nueva parcela casi desde cero y con unos cuantos años mas. ¿De verdad hay esa empleabilidad que decimos que se necesita actuando de esta forma? No creo que este sea el sentido de lo que denominamos formación permanente.

¿Preparación suficiente o solo muchos conocimientos?

Es posible que hablemos de las últimas generaciones como «las más preparadas de nuestra historia» pero quizás habría que matizar. Si decimos que son las que más titulaciones acumulan, ahí no cabe ninguna duda. Si decimos que son las que más conocimientos acumulan desde un punto de vista teórico, se podría discutir largo y tendido. Pero para estar preparado se necesita una actitud que no se ve ni por asomo salvo honrosas excepciones (que también conozco). En la vida no está mejor preparado el que más conocimientos tiene; si miramos a nuestro alrededor veremos multitud de ejemplos.

Hemos basado nuestras expectativas solo en los conocimientos certificados por un título. Y detrás de ellas va también nuestro bienestar y nuestra felicidad, si es que se puede realmente conseguir, que yo creo que no. Por lo tanto, estamos consiguiendo una sociedad mucho más «titulada», que no preparada, y a la vez más insatisfecha que la de nuestros padres que, por desgracia, tuvieron menos acceso a los estudios.

Photo by Rodrigo on Pexels.com

Hay desajustes que serán eternos en el mercado laboral porque no hay una verdadera planificación para cubrir las necesidades del país. Y no la hay ni en la Administración Central, que es la que debería hacer esa planificación, ni en los 17 satélites administrativo burocráticos que tenemos en España generando caos, diferenciación, disputas y mucho, mucho gasto. El sistema sanitario español parece que va a necesitar en breve «miles» de médicos, y esta no es una carrera de las novedosas a las que nos hemos referido antes. Es de las de toda la vida. Si van a hacer falta ahora, quizás hace ocho o diez años tendríamos que haber aumentado las plazas y/o relajado las notas de acceso para disponer ahora de una cantidad de egresados suficiente para nuestra demanda. No creo que se haya hecho.

Probablemente, durante estos años, haya sido más fácil acceder a carreras que disponían de muchas plazas y a las que se les habrá bajado la nota de corte para el acceso, aunque no hicieran ninguna falta hoy estos tipos de profesionales. El resultado puede haber sido que estudiantes que han sido rechazados en unas carreras han «emigrado» a otras «para seguir sus estudios» vocacionales o no, me inclino más por esta segunda opción.

En el lado del que estudia, una vez que se termina la carrera y se obtiene el grado con un año menos de estudios en la mayoría de los casos. se puede llegar a pensar que habrá trabajo en la materia que se ha estudiado, pero no es así. Y ocurre porque los estudios cursados no tienen demanda HOY en nuestro mercado, bien porque se trata de materias que tradicionalmente no necesitan muchos profesionales o porque sea una de esas formaciones, incluso novedosas, pero tan especializadas que existan pocas oportunidades.

Quizás sí que haya demanda en el mercado de Alemania o en el de Canadá, país en el que, por cierto, parece que hace falta de todo, incluidas las ganas de vivir allí. Si estás dispuesto a «emigrar» podrás trabajar. Y esta palabra tiene mala prensa, dada nuestra tendencia a querer que nuestro puesto de trabajo esté justo en la acera de enfrente de nuestra casa. Pero a una persona con formación «de verdad», buena actitud ante el trabajo y veintipocos años, la perspectiva de pasar varias temporadas en otro país trabajando y acumulando experiencia, no creo que deba parecerle mal. Muy al contrario, puede aparecer como una magnífica oportunidad de acumular experiencia profesional y de vida, y un conocimiento «de verdad» de otro idioma y de otra cultura, que pasará a ser ya patrimonio intangible suyo.

Quizás sea nuestro estado el que debiera preocuparse por esta situación, aunque solo a corto plazo, porque hemos sufragado los costes de formación de una persona que, al final, va a rentabilizar la economía de otro país. Si a medio o largo plazo estos nuevos emigrantes vuelven, entonces será nuestra Economía la que recupere a una serie de profesionales muy experimentados y el esfuerzo en términos de rentabilidad habrá valido la pena.

Esto en cuanto a los nuevos emigrantes, pero ¿y los que EXIGEN su puesto de trabajo (y salario) acorde con los estudios cursados aquí, en suelo patrio? Está claro… no lo van a poder tener. Y entonces, surgen las alternativas: la primera es trabajar en otra cosa. Para gente con actitud, sincera y honesta, que piensa que después de varios años estudiando lo que querían y les gustaba, son capaces de reconocer que aquí no hay necesidades para esos conocimientos, no quieren irse fuera, y deben incorporarse a nuestra Economía para producir y progresar, que seguro que lo harán, desde otros puntos de vista. Podrán también así, con valentía y con decisión, buscar la oportunidad, por qué no, de trabajar en un futuro, y en el momento adecuado, en aquello para lo que se prepararon.

La otra alternativa es, para mí, algo más preocupante: seguir formándose para… ¿para qué? Y si lo pensamos veremos que va a ser difícil la respuesta. Una persona que con la titulación que tiene no encuentra ocupación acorde a la misma y que como solución opta por ampliarla. Pero cuanto mayor sea el nivel, menos posibilidad habrá de que aparezca el puesto deseado y acorde con la preparación. ¿Qué pretende entonces, alejarse aún más de la realidad? También habrá otra alternativa. Como ya estaremos en el entorno de esa palabra mágica, MASTER, que ha sido capaz de interconectar las materias más dispares, se puede cambiar de alguna forma la tipología de estudios. Y en estos casos nos aparece una probabilidad, aunque pequeña, de que si se amplíe el campo de actuación. Menos es nada, que diría un castizo, pero esta alternativa ya empieza a resultar muy arriesgada, porque la concatenación de títulos puede derivar en el «miedo» a entrar en el mercado laboral, en el miedo a hacerse mayor.

Aún hay otra alternativa, los que optan por el sofá, el victimismo y la exigencia a un sistema en el que han vivido de forma plácida, que les ha proporcionado los estudios que querían aunque no fueran necesarios, y que ahora criminalizan por no ofrecerles una solución llave en mano y en la puerta de casa, o directamente en el brazo del sofá porque quizás el esfuerzo de ir hasta la puerta tampoco les compense. No hablaré hoy de esta opción parásita, para no hablar tampoco de política, porque esta gente puede incluso acabar en algún partido que fomenta estas actitudes y se sirve de ellas para tener escaños que les sirvan para seguir viviendo a mesa y mantel de ese horrible sistema que les oprime.

Cuando no existe previsión, habrá desajustes, y muchos, en nuestro sistema. Pero es que, incluso con previsión, los desajustes existirán… siempre. Los sistemas económicos y sociales siempre estarán en un desequilibrio permanente y podremos hacer que tiendan más o menos a equilibrarse. Pero no lo intentemos nunca al cien por cien porque el esfuerzo será hercúleo y probablemente nos lleguemos a frustrar por no llegar nunca al objetivo. Aprendamos a vivir con ese desequilibrio y a saberlo manejar.

Educación y Formación.

Hace décadas que se utilizan casi como sinónimos pero, aunque son complementarios, no tienen nada que ver. «Dar forma» es lo que se pretende con la formación. Es el concepto utilizado en la empresa, no hay departamentos de educación sino de formación porque lo primero ya se le supone a todo el que accede a la misma. En la empresa sólo habría que adaptar, dar la forma necesaria a las personas para que puedan desempeñar sus funciones de forma correcta.

La educación es un concepto mucho más profundo. No nos referimos sólo a dar forma sino a tener un «buen fondo», como profesionales y, sobre todo, como personas. Se trata de un proceso continuo, que comienza desde que se nace y que tiene en la familia el principal elemento impulsor. Podremos tener más o menos conocimientos, sobre pocas o muchas materias, pero si no tenemos un «fondo» en el que se hayan desarrollado las distintas actitudes que necesitamos ante la vida, libertad, respeto y tolerancia, valentía y algunas otras con la prudencia como resumen de todas, difícilmente podremos llegar a tener en algún momento un estado de satisfacción con nosotros mismos y de plenitud de nuestra existencia.

Hace no mucho tiempo, todas las instituciones «educativas», tenían la educación de las personas como objetivo. Se educaba en la familia, el colegio y la universidad. Y nos quedan vestigios de esta tendencia tan beneficiosa. Así, ministerios, consejerías y delegaciones se llaman «de Educación». Pero tan habitualmente nos doblegamos a los simples conocimientos que, al final, solo nos quedarán los títulos.

Es tan importante y estamos tan preocupados por que en la guardería se hable en Inglés, que quizás no comprendamos que podamos tener a un inadaptado en dos idiomas. Pero si el niño tiene un mal comportamiento y el «educador» lo corrige, los padres se le echan encima, aunque luego quieran que se corrija a los demás si el perjudicado es el suyo. Y digo niño… o niña, que para lo malo también tendrá que haber igualdad… y bastante. Si esto es así en las guarderías, imaginemos… o directamente veamos lo que pasa en el colegio. Más de lo mismo. Y si nos vamos a la Universidad, donde se supone un mínimo de «emancipación» al menos, sería interesante analizar las demandas que se presentan al «defensor» del estudiante y que le hacen la vida imposible al profesorado. Aquello de «el profesor me tiene manía» elevado a la enésima potencia. Si seguimos así será «ese alumno (… o alumna) me tiene manía».

El resultado de esto es claro, si quien intenta educar recibe palos, tarde o temprano dejará de hacerlo y que sea lo que Dios quiera, que no será nada bueno, claro. Con el colectivo que tiene que educar despojado de toda autoridad, anulada la disciplina, tan necesaria para conseguir cosas en la vida, e instaurada la cultura del cero esfuerzo e infinito rendimiento, que vendrá del estado (pagado por todos los demás), ya tenemos el escenario perfecto de la decadencia social, anticipada por supuesto, como lo ha sido en todas las épocas, por el arte patético de las últimas décadas.

¿Se puede salir de esto?

Claro que se puede, pero llevamos años haciendo el imbécil por intereses que normalmente tienen que ver con mantenerse en el poder siendo políticamente correctos. En concreto cuarenta años llevamos así. Políticas «buenistas» a mansalva a costa de más presupuesto en lo que sea o de la capacidad de adoctrinar y hacer a la gente menos libre. Creando una sociedad irritable y blanda, o peor todavía, de cristal, frágil, sin capacidad para afrontar retos, esperando que llegue alguien y resuelva los problemas o que desaparezcan por sí solos en el aire.

La educación, y la formación también, pero sobre todo la educación, necesita exigencia, disciplina y sacrificio porque muchas veces en la vida tendremos que hacer cosas que no son las que nos gustarían pero sí las necesarias. Y no estamos preparando a nuestra juventud para esto. No estamos educando, ni siquiera en la familia, que delega todo lo que puede en cualquier otra institución para que le haga el trabajo, aunque no dudará en escarmentarla cuando adopte alguna postura difícil.

No debemos pensar que tener una carrera resolverá nuestros problemas y nos dará la felicidad. No todo el mundo debería ir por ahí porque generaremos miles de personas frustradas en su futuro. Demos una educación adecuada pero exigente para que la persona sepa desenvolverse en el mundo tan complejo en el que le va a tocar vivir. Que sepa utilizar sus recursos, tanto conocimientos como emociones para sacar su vida adelante. Construyamos materias en el colegio y en la universidad que merezcan la pena ser estudiadas y no supongan una pérdida de tiempo. Materias que sirvan para tener un fondo que estructure la persona. Los conocimientos concretos luego irán y vendrán según me vayan haciendo falta, para eso estará la formación. Demos su sitio a los que nos van a enseñar y tengamos el respeto suficiente por ellos. Miremos de frente los problemas sin que nos afecten las críticas de quien no tiene suficiente nivel ni para pasar el día sin olvidarse de respirar.

Llegará un momento en que la elección para salir de este sinsentido la tendremos que hacer. Porque de lo contrario, desde fuera alguien la hará por nosotros y nunca viene bien que tengan que venir de fuera a decidir aquello que no hemos sido capaces. Pero esto da para muchos artículos. Seguiremos hablando.

Photo by u0410u043du043du0430 u0420u044bu0436u043au043eu0432u0430 on Pexels.com

Un comentario sobre “La atomización del conocimiento

    Hipercomunicación « Un momento para pensar escribió:
    22 de marzo de 2023 en 10:29

    […] No es sino un rasgo más de una sociedad extrema, hipócrita y decadente que hemos generado con nuestro «buenismo» y a base de mucha indignación por cualquier cosa, falta de disciplina y miedo a tener criterio. Estamos envueltos en una verborrea de falsos expertos en todo o, justo en el otro lado, en una verborrea «quizás cierta» pero ininteligible de aquellos expertos en las miles de materias que se nos presentan hoy en día; sí, de esos expertos de los que hablamos en el artículo de la atomización del conocimiento. […]

Replica a Hipercomunicación « Un momento para pensar Cancelar la respuesta