Hipercomunicación

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Vivimos en la sociedad de la comunicación… y del estrés. Hace años ya que el problema no es que nos falte información sino cómo manejar el flujo que nos llega y, además, con un agravante añadido en las últimas décadas; cómo protegernos de informaciones falsas y malintencionadas y, sobre todo, del sesgo que con la clara intención de adoctrinar y manipular introducen muchos que se llaman «profesionales» de la información.

No es sino un rasgo más de una sociedad extrema, hipócrita y decadente que hemos generado con nuestro «buenismo» y a base de mucha indignación por cualquier cosa, falta de disciplina y miedo a tener criterio. Estamos envueltos en una verborrea de falsos expertos en todo o, justo en el otro lado, en una verborrea «quizás cierta» pero ininteligible de aquellos expertos en las miles de materias que se nos presentan hoy en día; sí, de esos expertos de los que hablamos en el artículo de la atomización del conocimiento.

Pero, supongamos que en nuestra vida personal podamos permitirnos el lujo, con nuestro tiempo, de atender a miles de estupideces que nos distraen un rato y a las que no les damos mayor importancia. En principio no supondrá ningún problema si somos conscientes de ello. No es difícil, basta con poner la televisión o la radio en cualquier programa informativo o de opinión y tendremos ejemplos a manos llenas. Lo difícil será encontrar algún profesional con criterio, sin sesgo ideológico, que exponga los hechos para que puedas formarte tu propia opinión. Sobre todo porque si aparece uno así, normalmente se va a jugar el puesto de trabajo en la cadena de turno. El problema real aparecerá si esta distracción se convierte en adictiva para nosotros y nuestra vida personal comienza a llenarse de falacias y adoctrinamientos.

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Pero es aún peor, porque todo esto también está al alcance de jóvenes y no tan jóvenes, que no tienen la formación y experiencia como para recibir estas oleadas de desinformación y no sucumbir a lo que pretenden. Lo que empieza como una distracción y un espectáculo de los medios acaba modelando cerebros inmaduros dispuestos a defender causas perdidas según convenga a unos o a otros. ¿Queremos más problemas? El modelado de cerebros, ya que no llevará nunca a una reflexión lógica y serena, acabará generando violencia. A la vista está el odio y la crispación permanente en que vivimos, generados y manejados convenientemente ya incluso por formaciones políticas para la defensa de sus intereses, y me refiero a los intereses de sus dirigentes sobre todo.

Por lo tanto, si pensamos en la situación de la persona en nuestra sociedad, está pasando a ser más amenazada que ayudada por la gran cantidad de información, así como de la comunicación adulterada que se genera a su alrededor. Esta situación nos lleva a una saturación que puede incidir en nuestros criterios, creencias y, en general, en nuestra forma de ver el mundo.

Podemos fijarnos en que cuanta más distracción sin sentido, menos tiempo para pensar y reflexionar. Cuanto mayor sea el debate y la comunicación dirigida, menor el tiempo para una actuación consciente. De esta forma llegamos a veces a «delegar» nuestro pensamiento. Otros harán las reflexiones, otros formarán nuestros criterios sobre todos los temas posibles y esos mismos otros llegarán a las conclusiones y resultados que nosotros simplemente firmaremos sin mirar.

Ante esto es importante reaccionar. Y lo haremos cuestionando toda información que nos llega, hay que desempolvar el viejo criterio de Descartes para ponerlo a funcionar de nuevo. Lo haremos descartando totalmente fuentes de información que no exponen opiniones, lo que es algo plausible y necesario, sino que tienen un sesgo manipulador importante y cuyo objetivo no será informar sino adoctrinar. Y filtrando el resto de la información para atender a las fuentes fiables. Huyamos de la locuacidad estéril de muchos comunicadores.

Aunque yo no suelo citar los Evangelios porque me parecen muy complicados, más que muchas obras de Filosofía, y suelen necesitar una interpretación profunda, sí que os voy a hacer referencia a esta sentencia que Cristo dice justo antes de enseñar el Padre Nuestro:

«Y al rezar, no parlotearéis como los gentiles, pues piensan que mediante su locuacidad serán escuchados.»

Evangelio de Mateo 6,7

Esto sería algo así como «Huye de la confusión. Sé directo y sincero». En el momento cumbre de la relación con Dios, no valen las florituras para decir lo que queremos. En el momento de hablar con los demás tampoco. Y no me refiero a la persona que alardea de ser muy directa y decir siempre lo que piensa «a la cara» y que se convierte al final en una maleducada. Me refiero a una sinceridad prudente y oportuna. Prudente porque sólo hay que decir lo que sea conveniente en cada momento. Oportuna porque debemos aportar siempre algo positivo a aquello de lo que se esté hablando.

La locuacidad y la verborrea lo que hacen en la mayoría de los casos es enturbiar la comunicación, que no será inteligible para la otra parte. Si realmente estamos diciendo algo serio, envolverlo más de la cuenta le hará perder importancia por el ruido generado en la comunicación. Pero es que en muchas ocasiones en esos largos discursos «tampoco se dice nada», con lo que la pérdida de tiempo es total y absoluta. Así, una y otra vez, llegamos al cansancio comunicativo que tenemos hoy en día. Recibimos casi con el mismo impacto una noticia de guerra que el resultado del partido de ayer, que alguno habría sin duda.

La empresa también sufre las consecuencias.

Si esta interferencia la trasladamos al mundo de la empresa, un mundo en el que buscamos de forma denodada la eficiencia, empezamos a mascar la tragedia. La evolución de la empresa, aquella de departamentos estanco que no se comunicaban entre sí, y que pasó a necesitar de esa comunicación porque quizás podía estar en juego su supervivencia, nos ha llevado a todo tipo de teorías y prácticas para su mejora y nos dejó por el camino una herramienta para comunicarnos de la que aún seguimos «disfrutando»: la reunión.

No sé si habrán estado ustedes en alguna…. ¡Por supuesto que sí! Probablemente en muchas. Pensemos dos cosas: la primera, de todo el tiempo de reunión que hayamos tenido en los últimos años, ¿cuánto ha sido verdaderamente productivo?… y la segunda, de todos los temas, propuestas, objetivos, etc, que se hayan planteado, ¿cuántos nos quedaron totalmente claros?

Salvo casos excepcionales, no creo que las respuestas a estas preguntas sean muy esperanzadoras, pero aun así, creo que el balance terminaría siendo positivo. Unos flujos de comunicación deficientes en la empresa nos llevan directamente a la mala utilización de todos los recursos disponibles. Y digo «todos» porque aunque siempre se suele pensar de forma directa en el tiempo que se pierde en reuniones inútiles, y esto es cierto, las deficiencias en la comunicación, el hecho de que tampoco aquí sea «directa y sincera» como hemos dicho para el caso personal, va a hacer que las acciones que resulten no sean eficientes.

Si no tengo claro cómo y en qué momento tengo que intervenir, desperdiciaré recursos. Si no tengo claro el alcance de mi intervención en un proyecto, o bien no llegaré, y se resentirá el resultado final, o bien me pasaré y habré vuelto a usar recursos de más. Puede que por falta de comunicación el producto o servicio final no sea el correcto y pasamos al apartado de mejoras y correcciones, etc, etc, etc…

Cuando hablamos de trabajo es más importante aún esa comunicación directa y sincera, con prudencia y oportunidad. Sólo así se podrán conseguir flujos de trabajo y procedimientos en nuestra empresa que nos hagan sentir bien y consigan lo que queremos de nuestro quehacer. Y para esto hay dos elementos que me gustaría comentar y que creo fundamentales para la salud de la empresa y de la nuestra.

El primero de ellos es la preparación. Y hay que tomar esta palabra en todos los sentidos en que la podamos usar. Si volvemos a las reuniones que he mencionado, pensad lo que cambian si se preparan o no; de la noche al día. Con preparación pasamos en estos casos a dominar la situación porque perdemos ese plus de ansiedad que da el no saber por dónde me van a venir los tiros. Pero además, esa reducción de estrés permite intervenir con mucho más sentido, analizar mejor las consecuencias de lo que se está diciendo y quedar en disposición de llegar a mejores acuerdos, y esto es muy importante…, para todos.

Pero la preparación la podemos tomar también en su sentido genérico. Si tenemos una mayor formación y conocimiento estaremos en una mejor disposición para todas las situaciones. De la misma forma que si somos capaces de madurar nuestras experiencias y sacar conclusiones adecuadas, de compartirlas para tener opiniones diversas y de formar «recuerdos» que podamos usar a conciencia en las nuevas ocasiones que se nos presentan en la vida.

Y la segunda es la calma. Cuando interactuamos con personas, no debemos olvidar la «humanidad» de ambos interlocutores. Pensad en la sensación que os causa esa persona que se nos presenta alterada, insegura y, por lo tanto, a la defensiva, que no tiene criterios claros sobre algo o que quiere unos resultados que carecen del nivel de reflexión oportuna. Os propongo un nombre para esa sensación que causa: rechazo. Y el rechazo es una de las peores sensaciones que una persona puede sentir, con lo que el círculo negativo está asegurado. Pensad que no lo sabemos todo y los demás tampoco. Que podemos aprender mucho de los demás y que también nosotros podemos hacer aportaciones. Que es mejor ser sincero que andar siempre dando una imagen que seguramente no podemos mantener eternamente.

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Cada vez más, no sé si decir afortunada o desgraciadamente, interactuaremos también con máquinas. Ahí no habrá entendimiento ni sentimientos, sólo bases de datos y programas lógicos. También nos hará falta la calma porque no sé si alguna vez habéis tenido ganas de meterle fuego al aparato o tirarlo por la ventana que también debe relajar bastante en el momento. Yo no he llegado a esto pero por muy poco, y algún golpe si que se llevó alguno pero siento deciros que no sirvió de nada. Mantener la calma es mejor solución.

Llegarán las situaciones complicadas en la vida, y entonces nos hará falta esta calma de la que hablo. Y es posible que cualquiera de ellas se complique aún más… pues más calma todavía necesitaremos porque cualquier otra actitud aboca al desastre.

El momento del equilibrio.

Sí, como ya he dicho muchas veces en mis artículos, «equilibrio» es el término fundamental en la vida. Y en la empresa lo es mucho más. Se trata de aplicar lo que aprendimos sobre Aristóteles en el artículo «Un mundo de decisiones». Porque no siempre iremos bien preparados a reuniones y entrevistas y será casi imposible que tengamos en cada momento el nivel de calma que necesitaríamos.

Quizás tendríamos que callar algunas cosas que vamos a decir y otras veces nos habremos guardado lo que deberíamos haber dicho. Siempre ocurre así, pero es que somos humanos y, por lo tanto, tenemos esa maravillosa cualidad de no ser perfectos. Pero para sentirnos bien, que en definitiva es lo que siempre vamos buscando, hay que intentar mejorar, en este caso que tratamos, nuestra comunicación. Y aunque no se consiga del todo, siempre podremos ser algo más prudentes a la hora de decir las cosas, siempre podremos intentar prepararnos antes de hacer algo. Quizás seamos capaces cada vez más de ser empáticos, algo muy complicado en el mundo en que vivimos. A lo mejor, poco a poco, vamos siendo capaces de controlar esos nervios y esa ansiedad que nos puede producir la comunicación, pero, al hablar en público por ejemplo, si alguien nos dice que no siente ese cosquilleo al menos al principio… o es una máquina o miente o, lo peor, no respeta a los que le están escuchando.

Por lo tanto, y como conclusiones ante el estado de la comunicación en nuestra sociedad, eliminemos aquellas fuentes que practican adoctrinamiento, dudemos de toda la información que nos llega y contrastemos para tener seguridad, no difundamos nada de lo que no estemos convencidos, practiquemos la calma en nuestras relaciones con los demás y apliquemos la prudencia en todo.

«Las palabras no son nunca «sólo palabras». Importan porque definen los contornos de lo que podemos hacer.»

Slavoj Žižek, «Chocolate sin grasa» pág. 21 Ediciones Godot

Y como última recomendación, no nos castiguemos demasiado si algunas veces no lo conseguimos, porque esto nos hará perder esa calma que necesitamos. Así podremos convertirnos en personas en las que se puede confiar, con criterio y sinceridad para reconocer aquello sobre lo que no se sabe y que los demás, por todo esto, podrán y sabrán valorar.

4 comentarios sobre “Hipercomunicación

    […] Hipercomunicación — Un momento para pensar […]

    […] Hipercomunicación — Un momento para pensar […]

    Inteligencia « Un momento para pensar escribió:
    3 de mayo de 2023 en 23:37

    […] un artículo anterior que titulé «Hipercomunicación» ya mencioné el concepto de «delegación del pensamiento» y creo que es necesario que lo vuelva […]

    Vivimos de percepciones « Un momento para pensar escribió:
    30 de marzo de 2023 en 9:50

    […] Por eso entiendo esta reflexión que hago aquí como extensión del artículo anterior sobre la «Hipercomunicación». Tal como mantenía en ese artículo, debemos protegernos de buena parte del caudal de información […]

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