Vivimos de percepciones

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Una buena amiga, a propósito de todas estas reflexiones que estoy haciendo en el blog, me envió hace unos días una cita de Saramago que había leído:

«El mundo se está convirtiendo en una caverna igual a la de Platón: todos mirando imágenes y creyendo que son la realidad.»

José Saramago

Y lo que yo me planteo es si alguna vez ha dejado de ser así. Después de darle muchas vueltas, creo que nada ha cambiado desde que Platón formuló esta teoría, y creo que hay un mundo distinto por cada persona que exista sobre la faz de la tierra. Y la evolución de las civilizaciones lo confirma. Hay mundos sencillos, muy básicos, en los que la gente ve la vida pasar sin muchas más preocupaciones en su cabeza pero muchos males en el cuerpo. Los hay, algo más complicados, con muchos más avances en la tecnología donde la vida ya no pasa tan plácidamente. Y también existen mundos tormentosos en los que resulta muy complicado vivir aunque tengamos todas las comodidades.

Es curioso, pero parece que según avanza la tecnología en esos mundos para curar los males del cuerpo y hacer más llevadera la vida, más problemas aparecen en la mente para compensar ese desarrollo y que siempre tengamos algo de qué preocuparnos.

La Filosofía nos regala el concepto del «Saber» para salir del mundo de sombras y que seamos capaces de ver la realidad del mundo, una realidad incontestable que sería común a cualquiera que llegara a su contemplación, algo que nos parecería imposible en los tiempos que corren, y la Religión nos regala el concepto de «Dios» para que, en su contemplación directa, podamos llegar también a eludir esas sombras. Tanto para la Filosofía como para la Religión, y en algunos casos resulta muy difícil trazar una línea entre las dos, cobra una importancia fundamental el camino hacia su meta final (el saber o el mismo Dios, sea el que sea), porque ese camino es nuestro presente y es éste el que estamos «condenados a vivir», bendita condena.

En cursos que he impartido he comentado la carga emocional que tienen nuestras decisiones a la hora de comprar y, por lo tanto, la importancia que tiene que las consideremos a la hora de vender un producto o servicio, sabiendo que en muchos casos a estas cosas no se les puede aplicar mucha lógica. ¿No estaremos hablando de entrar un momento en el mundo del otro para ver si le cuadra lo que le queremos vender?

También se habla desde hace tiempo ya de la «empatía», ponernos en el lugar del otro para entender sus comportamientos y sentimientos. Más de lo mismo, ¿no estamos de nuevo intentando entrar en el mundo del otro para ver si somos capaces de entender algo de lo que pasa por su cabeza?

El problema es que para hacer todo esto tenemos que salir un momento de «nuestro propio mundo», porque no podremos saber qué sensación tiene un pez si no nos metemos en el agua. Y aunque este ejemplo puede ser extremo porque el pez puede respirar en el agua y yo no, los mundos de algunas personas pueden ser igual de incompatibles, lo que va a requerir un esfuerzo tremendo para poder llegar a entender qué pasa por sus cabezas.

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Una primera conclusión a la que podemos llegar es que jamás llegamos a la realidad como tal y que tenemos que manejar un concepto fundamental para nosotros que es el de PERCEPCIÓN. De la misma forma que llegamos a la conclusión de que lo único que no cambia es el cambio permanente, podemos llegar a decir que el conjunto de las distintas percepciones que tenemos sobre lo que ocurre en el mundo constituye nuestra realidad. Ese conjunto de percepciones que tenemos continuamente de todo lo que nos rodea ES nuestro mundo, y no tiene nada que ver con el de los demás.

Y ahora comienzan las interacciones, las relaciones más o menos amigables, más o menos interesadas o directamente los choques entre mundos, entre las distintas formas de percibir una realidad que permanece oculta. Y el problema de la comunicación. Por eso entiendo esta reflexión que hago aquí como extensión del artículo anterior sobre la «Hipercomunicación». Tal como mantenía en ese artículo, debemos protegernos de buena parte del caudal de información que nos llega precisamente porque intenta influir de forma manipuladora en «la percepción» que tenemos de las cosas y debemos ser conscientes de que cualquiera que se comunique con nosotros no lo va a hacer desde «la realidad» sino desde su propia percepción de la misma.

En realidad, todos manipulamos, o lo intentamos, y todos nos manipulan, o lo intentan, precisamente porque ninguno tiene el conocimiento absoluto de la realidad. Y si nos fijamos, personas que llegan a tener un nivel de conocimiento similar sobre algo pueden llegar a estar de acuerdo o, al menos, a estar muy cerca en sus criterios, mientras que si estamos confrontando percepciones superficiales sobre algo, los desacuerdos y los choques pueden llegar a ser bastante importantes. Por otra parte, somos capaces de confiar en personas que entendemos que «en ese camino de conocimiento» sobre algo, han llegado más lejos que nosotros, como ocurre con la mayoría de profesionales especializados.

Y esto último, un profesional, es lo que busca cualquier persona que se acerca a una empresa para lo que sea. Sabemos que el profesional nos dará un servicio y una opinión en función de su percepción y que será siempre subjetiva. Pero esperamos que esa percepción esté basada en un camino de conocimiento y experiencia adecuado. Esta será la garantía de nuestra empresa, ofrecer una percepción más cercana a la realidad que es la que busca nuestro cliente, sobre todo cuando estamos ofertando servicios que no sean tangibles. Y tenemos una responsabilidad importante, que es preparar adecuadamente ese camino de «sabiduría» y de «confianza» que garantizará nuestro desempeño, y operar sobre la parte emocional de nuestro cliente pero con la honestidad más absoluta porque, de lo contrario, además de tener esa insatisfacción que puede provocar una ética dudosa para obtener objetivos, nuestra empresa se puede ver perjudicada por las «percepciones muy negativas» que podemos generar en nuestros clientes en aquellos casos de ventas cogidas con alfileres.

Tengamos en cuenta, por lo tanto y como siempre, las dos direcciones: seamos conscientes de que lo que recibimos no son verdades absolutas sino percepciones de personas y seamos capaces de colocar un filtro razonable para valorar la corrección de lo que nos llega. Pero, sobre todo, seamos capaces de trabajar sobre nuestras propias percepciones para que cada vez se acerquen más a una realidad que nos convierta en profesionales y personas con criterio, y capaces de comunicarlas con la honestidad de aquellos sabedores de que no tienen la razón absoluta.

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Un comentario sobre “Vivimos de percepciones

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