Inteligencia

Posted on

Allá por el año 1989 un Jefe de Préstamos discutía con un compañero de Organización que se sentaba en la mesa que estaba junto a la mía y le decía: «Hay que aplicar la inteligencia artificial» para dar los préstamos. Lo dijo varias veces a lo largo de la conversación como si fuera un entendido en la materia, que no estaba aún ni en los comienzos, mientras mi compañero, que era una verdadera personalidad en todo lo que fueran avances tecnológicos, aguantaba el chaparrón estoicamente.

Cuando se fue esta voluntariosa persona, mi compañero se volvió hacia mi, que era todavía novato en el departamento, y ante la mirada que le dirigí me dijo: «Inteligencia artificial, si… si… donde falte la natural». Y esa frase todavía resuena en mi cabeza y aún más hoy en día cuando al pronunciar la palabra «inteligencia» inmediatamente pensamos en la palabra «artificial» para complementarla como lo más natural del mundo.

No mucho tiempo después se implantó el primer Credit Scoring, muy básico pero ya efectivo, y hoy en día la mayoría de los créditos los da el ordenador de la entidad financiera con toda la normalidad del mundo. Ni mi compañero Pepe ni yo éramos, ni lo somos ahora, sospechosos de ir en contra de la tecnología, sobre todo después de haber dedicado más de treinta años a diseñar y mejorar procesos de trabajo e implantar aplicaciones que los facilitaban. Pero el matiz, muy importante, es que nunca hemos implantado tecnología «porque sí». Siempre había una causa final para su implantación que tenía que ver con la mejora de los procesos para clientes y empleados, mejora de la productividad de la empresa, facilidad en la ejecución de las operaciones, ahorros importantes de costes y medios materiales, etc, etc. NUNCA la tecnología era el fin, y creo sinceramente que esto siempre debe ser el núcleo, la clave de la cuestión.

Si nos fijamos en la telefonía, podemos ver el avance vertiginoso que ha tenido en los últimos años y que no tiene visos de parar en el futuro próximo. Todo tipo de dispositivos con los mayores avances, cámaras con una calidad que, salvo en el caso de los profesionales, han eliminado a las reflex digitales que tan buenas fotos hacían, sonido que ha hecho plantearse a marcas de amplificadores como Marshall la producción de auriculares para los móviles, conectividad casi total a tiempo real con todo el mundo, miles de aplicaciones que hacen de todo… Pero ¿nos hemos parado a pensar QUÉ ES LO QUE COMUNICAMOS? Porque esto creo que es lo realmente importante y cada vez tiene menos importancia en el panorama general.

Photo by Andrea Piacquadio on Pexels.com

Y puede ser aún peor, porque cuando se trata de texto veremos miles de comunicaciones con una ortografía penosa disimulada por la existencia de un cuasi idioma virtual que utiliza muchas veces la «k» y los «emoji» y que empezó así para «economizar recursos» en la época en que se pagaba por caracteres en los mensajes, pero que, hoy en día con la barra libre de la comunicación, sólo sirve para ocultar o al menos disimular el embrutecimiento manifiesto de la persona que escribe. Pero cuando se trata de imágenes, no solo se trata de una comunicación deficiente, aquí si que sale a relucir la pericia del comunicador para FALSEAR los contenidos. Hay tantas posibilidades para retocar imágenes que directamente no nos podemos creer nada. No vendría mal que esa pericia que usan algunas personas para retocar imágenes la utilizaran para aprender un poco mejor el idioma y mejorar ortografía y gramática, de forma que no hablaran «…en plan…» como si no hubieran asistido en su vida al colegio.

Claro que tampoco el texto puro y duro queda hoy al margen de la falsedad. La maravillosa inteligencia artificial es capaz de obtener un buen mensaje publicitario introduciendo unos parámetros en una aplicación como si hablásemos en «indio». El incipiente y preocupante ChatGPT ya ha sido capaz de aprobar exámenes de una ingeniería, ya hace programación de ordenador sin problemas y yo mismo he hablado con un teleoperador robot, de los que llaman a las tres y media de la tarde, sin saber que era una máquina hasta la cuarta frase justo antes de cabrearme mucho y colgarle.

En un artículo anterior que titulé «Hipercomunicación» ya mencioné el concepto de «delegación del pensamiento» y creo que es necesario que lo vuelva a referenciar, porque este futuro tecnológico es el que tenemos, no vamos a dar marcha atrás aunque lo pudiéramos creer conveniente ante el cariz que toman las cosas, y vamos a acabar delegando nuestra propia vida. No será necesario ya que sepa escribir, y lo digo en general, no ya sólo que no haya faltas de ortografía y que haya una mínima conexión entre lo que esté diciendo. Ni hablamos ya de que el texto sea fluido y elegante, que parece que ya no se lleva. Cualquier «bodoque» que sea capaz de hacer una petición a la inteligencia artificial aunque sea con mala ortografía (que ya el corrector saldrá en su ayuda) podrá tener un texto que en la vida hubiera imaginado que saliera de su pluma… como así habrá sido.

Transhumanismo y Posthumanismo

La inteligencia y su aplicación ha distinguido al ser humano del resto de la creación. Capacidad de entender o comprender, de adquirir conocimientos y resolver problemas, de desarrollar habilidades y destrezas y de aprovechar la experiencia. Esta es la inteligencia natural que ha hecho que nos desarrollemos como especie por encima de las demás y que ¿dominemos? el mundo. Esta inteligencia natural ha hecho nuestras vidas más cómodas aunque no en todas partes del planeta. Pero, como «de todo hay en la viña del señor», algunos han utilizado esta inteligencia natural para llegar a crear su propia suplantación.

Ordenadores cada vez más pequeños pero con más capacidad tienen un «mundo» de información que procesar y relacionar a unos niveles que el ser humano no podrá jamas por lo que, en ese aspecto de acumulación de conocimientos, nos podemos dar por superados. Los problemas pueden empezar cuando el ordenador ya empieza a aprender por sí mismo de la información que va recibiendo de la interacción con los propios humanos. Podrán crear nexos de unión de esas respuestas extrañas que somos capaces de dar con las situaciones en las que lo hacemos lo que nos llevará a la «percepción» de que ese robot de alguna manera razona. Visto el nivel de razonamiento actual de mucha gente de todas las edades y por distintas razones, tampoco vamos a tener que exigirle mucho al robot para considerarlo inteligente, por lo que tendremos que preguntarnos en algún día no muy lejano si esta inteligencia realmente nos distingue.

Yo creo que el nivel de desarrollo de la robótica y la inteligencia artificial llegará a detectar, distinguir, manejar y expresar sentimientos y, de la misma forma que muchas personas fingen, los robots serán capaces de hacerlo. ¿Esto es bueno, lo podemos considerar progreso, es ético que me engañe una máquina? No, no y no son las respuestas, pero tampoco importa mucho porque estoy seguro de que se va a hacer sin el más mínimo remordimiento visto el nivel (el poco nivel) ético de la ciencia y la tecnología actuales.

En este punto nos quedamos sin referencia para establecer lo que es humano, porque la inteligencia ya no nos sirve, ni siquiera la emocional. Para diferenciarnos y definir nuestra existencia, nuestro ser, sólo nos queda aquello que la máquina por su propia esencia se negará a admitir: el error; la inesperada, ilógica y delirante ristra de equivocaciones en cadena que somos capaces de cometer. Se podrá enseñar a la máquina a cometer errores intencionados como parte de su «nueva lógica» pero eso nunca creo que pueda hacerlo tan bien como nosotros, en el momento más inesperado, en contra de cualquier predicción, con una ausencia de sentido total y con una falta de empatía que ni la misma máquina sería capaz de tener en la frialdad de sus circuitos.

La corriente transhumanista postula que todos estos avances pueden y deben ser utilizados para suplantar aquellas capacidades perdidas por los humanos, de forma que puedan acceder a una mejor vida. De esta forma, si perdemos un brazo o una pierna, habrá una prótesis que la sustituirá y podremos seguir una vida normal. La curación de muchas heridas internas se podrá hacer inyectando «algo» que irá directamente al sitio y hará la correspondiente reparación sin necesidad de las actuales operaciones. Será posible replicar un riñón y no serán necesarios los transplantes, etc…

Parece todo magnífico hasta aquí y esta evolución que nos permita no perder capacidades y poder continuar con una vida digna es muy plausible. Pero, si necesito aprender un idioma, quizás con un implante tenga el problema resuelto. Si mi capacidad espacial está limitada, otro implante que estimule alguna zona concreta de mi cerebro y resuelto. Y así todo lo que podamos imaginar. Empezamos aquí a tener dilemas que nos hacen pensar un poco el sentido de todo este nuevo mundo de posibilidades que se abre ante nosotros. Y, si nos detenemos un poco, veremos que no es muy distinto de lo que ha venido pasando con la cirugía estética en los últimos años; después de un accidente o de una enfermedad como el cáncer, una reconstrucción estética puede ser una bendición que haga recuperar a la persona su autoestima. El problema se da cuando llegamos a gente que, por gusto, tiene en el cuerpo ya más silicona que músculo, quitando de unos sitios, poniendo en otros, comprometiendo a veces su propia salud, para llegar a lo que nunca se llegará por ese camino, que es sentirse bien.

Estos trabajos, además, se pueden «vender» como «democratizadores» porque cualquiera puede llegar a adquirir la capacidad que le haga falta, eliminando así la penosa discriminación que hace la malvada naturaleza, sí, esa que tanto queremos preservar. Pero, ¿realmente «cualquiera» podrá llegar a adquirir estas capacidades? Pues no, no será tan democrático e igualitario el proceso. Harán falta unos desembolsos tales que, al final, sólo los ricos podrán acceder al mercado de los implantes. O quizás las empresas contraten al «bodoque» al que aludí anteriormente a bajo precio y con dos o tres implantes le faciliten todas las capacidades que le hacen falta, sin formación, ni experiencia, ni asimilación cultural en la empresa y en dos patadas ya estará trabajando a buen nivel.

Como todo esto será caro, a lo mejor se puede alquilar y entonces los implantes serán temporales. Me alquilo un implante de árabe para irme de vacaciones a Egipto dos semanas, que podría ir, qué maravilla, dentro del paquete turístico. Claro que también puedo alquilar uno de matemáticas para el día del examen y problema resuelto. Pero como esto incluso a los más progresistas les parecerá un camión de cara dura, seguramente optarán por eliminar ya definitivamente los exámenes y así no damos lugar a problemas.

Y estas, que tanta polémica crearán porque sólo estarán al alcance de los ricos, son las aplicaciones «buenas» de la nueva tecnología, porque ¿estaremos de acuerdo en que nadie la va a utilizar para hacer algo malo, claro? Los que no se estén partiendo en dos a carcajadas será porque no han leído bien la pregunta. SI, se le van a dar malos usos, no cabe la menor duda. Podremos tener un ejército de Robocops o de Terminators aplastando en Ucrania, por ejemplo, a cualquier humano que se ponga por delante y luchando por las más altas… ¿qué… si serán robots fabricados para matar por aquél que los haya programado? Dada la evolución de la tecnología, con la disminución del tamaño y el aumento de la potencia, imaginemos también una nube de insectos, como las plagas, bíblicas o no bíblicas, de langosta que arrasen campos y bosques o que directamente exploten al contacto. Es muy pesimista la visión, si, pero, dados los niveles más que escasos de ética de los científicos actuales o de infantilismo si creen que sus inventos sólo se utilizarán para hacer el bien, ¿alguien tiene dudas de que esto no se vaya a realizar, si es que no está ya preparado?

La guinda del pastel será la visión Posthumanista, con la creencia de que se evolucionará de forma que, esos cerebros humanos que pueden llegar a manejar miembros conectados al cuerpo o usar chips que aumenten sus capacidades, podrán viajar en el sentido contrario; en lugar de conectar un brazo nuevo al cuerpo que maneja el cerebro, se trataría de llevar el cerebro al Robocop y darle al final la razón a Walt Disney que, según dice la leyenda, anda por ahí congelado esperando la oportunidad.

Y no quedaría ahí la cosa, porque ese cerebro tiene un fallo: que sería humano y, por lo tanto, degradable. Además le podría quedar algo de «humanidad», que ya sabemos que para Robocop sería un problema que no sabría resolver. Mejor dar el último paso y «sintetizar un cerebro», quizás en una impresora 3D muy avanzada con lo que eliminaríamos estos dos problemas de un plumazo. Y ya, con una buena ficha de mantenimiento para los cambios de aceite y demás menudencias, tendríamos al Robocop eternamente, todo entero artificial pero con capacidades humanas de aprendizaje y razonamiento lógico llevadas al infinito y ni un sólo sentimiento ridículo que entorpezca su trabajo, SEA CUAL SEA, desde cuidar a un bebé (si es que nos queda alguno), llevar la contabilidad o matar a todos los que midan más de un metro noventa y tengan ojos azules. Y mientras tanto el ser humano cada vez más tonto, extinguiéndose y además con merecimientos.

Cultura objetiva y cultura subjetiva

Quedan ya lejos los momentos en los que el ritmo de la innovación era asumible por las personas que formaban parte de una comunidad. Tiempos en los que podíamos «hacer nuestros» esos avances, incorporarlos en mayor o menor medida a nuestra vida. Ahora, sencillamente, es inabarcable con lo que damos esta batalla por perdida; sabemos a ciencia cierta, y nunca mejor dicho, que se avanza tanto en todos los aspectos de la vida, que nos hemos quedado atrás y cada minuto que pasa más atrás; y que seremos afortunados si somos capaces de ponernos un poco al día, no más, en aquellos aspectos que vayamos necesitando para seguir adelante.

Es así, es un hecho, la cultura objetiva, ese conjunto de objetos y saberes de nuestra comunidad, que cada vez es más grande gracias a la globalización, nos resulta inabarcable y sólo podemos utilizar de ella un pequeño conjunto que serán los que llevemos a nuestro día a día y que constituirán nuestra cultura subjetiva. En esta vorágine, es normal que algunas veces nos aferremos a algunas de nuestras tradiciones, porque sólo de esta forma llegaremos a tener un poco de confort y tranquilidad. Si la persona tiene que estar soportando continuamente cambios en todos los aspectos de su vida, la sensación de inseguridad y desarraigo crecerá continuamente para provocarnos, en el mejor de los casos, desasosiego y desde ahí, pueden intervenir muchas pastillas y psicólogos.

¿Por qué algunos clientes tienen ese rechazo tan frontal a la tecnología? Porque les sobrepasa, porque no quieren que esto forme parte de su día a día aunque tengan capacidades para asumirlo. Por lo tanto, uno de los temas fundamentales, que desde nuestras empresas tendremos que asumir, será el hacer que los nuevos productos y servicios que ofertamos formen parte de la cultura subjetiva del cliente, que adquieran conciencia de que son parte también de «su mundo actual» y que son una herramienta poderosa que les servirá para vivir mejor, bien sea su vida profesional o la personal.

No se tratará de convencer simplemente, sino de que los clientes se convenzan (que no es lo mismo) de la bondad de lo que les ofrecemos, es decir, de que lo pueden hacer formar parte de «su vida», de su cultura propia. Es un trabajo previo e importante porque si sólo les convencemos, a la primera de cambio renunciarán, mientras que si son capaces de incorporar lo que le ofrecemos a sus propias rutinas, tendremos una venta permanente y, probablemente, nosotros también pasaremos a formar parte de esa «su vida» que he dicho antes, lo que resulta incluso más importante que la propia venta del momento.

Pero, cuidado, tenemos un reto ético también nosotros: que nuestros productos y servicios sean verdaderamente útiles y aporten valor, que no sean creaciones para seguir la espiral de la venta sin sentido. Nadie nos dijo que las cosas fueran fáciles, pero algunas veces las soluciones hay que buscarlas en un ámbito mucho más extenso y también inesperado. Muchas de las soluciones de la Economía están en realidad en la Filosofía.

Siempre nos quedará la equivocación…

No tengo ninguna duda de que la Ciencia seguirá avanzando y que nos hará la vida mejor, sobre todo en los aspectos innumerables de la Medicina, facilitando operaciones, sintetizando órganos, mejorando la movilidad, etc. No me gustan los demás aspectos de los que he hablado y que, lamentablemente, existirán también. Sólo tendremos que ver cuál de estas dos tendencias queda por encima, si podremos tener una vida más o menos digna o si directamente se anulan o si el reparto entre la población no es todo lo equitativo que desearíamos.

Pero tampoco tengo ninguna duda, y, además, de esto estoy mucho más convencido, de que nos seguiremos equivocando, para desconcierto de nuestros nuevos amigos los robots. Y que para arreglar las meteduras de pata, no tendremos más remedio que utilizar nuestras emociones. Que seguiremos teniendo miedo a muchas cosas injustificadas y que provocaremos ternura ante algunos comportamientos por muchos años que tengamos. Por ahora todo esto que nos hizo diferentes al resto de la creación, lo seguimos teniendo y marca la diferencia, para bien y para mal.

Y si algún día te pones a hablar con un robot, por favor, piensa lo que estás haciendo no vaya a ser que te acostumbres. Aunque llegará un momento que el robot nos sacará de quicio con su lógica aplastante y lo podremos tirar por la ventana. ¿Nos detendrá la Policía? ¿Nos acusarán de asesinato? ¿Tendremos cargo de conciencia? No hay más preguntas… por ahora, porque de este tema quedará todavía mucha tinta que derramar.

Un comentario sobre “Inteligencia

    […] Inteligencia — Un momento para pensar […]

Replica a Inteligencia — Un momento para pensar – Por los Niños del Futuro Cancelar la respuesta